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CAPITULO 4

Desde el umbral del salón, Terry pudo observar a la familia al completo. Sharon estaba junto a una mesa baja de roble dispuesta con fina porcelana para el té y servía el líquido humeante sobre las delicadas tazas como si fuera la anfitriona de la casa. Susana dialogaba con un hombre alto y de pelo cano que, aunque se encontraba de espalda, imaginó que se trataba del Conde.

El hombre giró para escuchar las palabras de su mujer y Terry pudo vislumbrar su rostro por primera vez, una barba grisácea y bien cuidada cubría sus prominentes pómulos y barbilla, pero lo que más llamó su atención fue el color de sus ojos, tan parecidos a los de la joven que acaba de conocer en la terraza. Desvió su mirada hacia ella, que parecía absorta en sus pensamientos mientras contemplaba el paisaje a través de la ventana, y allí la mantuvo fija por unos instantes.

Se adentró en la sala para hacer notar su presencia y varios rostros giraron hacía él.

Candy también lo hizo y sus ojos verdes se abrieron desmesuradamente a la par que sus mejillas se sonrojaban. El Marqués le guiñó un ojo sin que nadie se percatara de ello y la joven sonrió tímidamente ante su gesto.

Susana se acercó hasta Terry cogida del brazo de su progenitor.

-Padre, te presento al marqués de Grandchester.

Robert ignoró las formalidades y estrechó la mano de su futuro yerno campechanamente.

-Susan -espetó a su hija-, no seas tan formal. Puede llamarme Robert.

-Entonces, llámeme Terry.

Su futuro suegro le provocó una grata impresión, era un personaje curioso que le sorprendió con su humor. Parecía más interesado en los campos del condado de Clearwater y sus arrendatarios, que en el próximo enlace de su hija.

La Condesa era harina de otro costal. Parecía nerviosa y no hacía más que vigilar lo que su marido hablaba, lo que evidenciaba que era ella quien acostumbraba a controlar al resto de la familia. En un principio, no fue consciente de su comportamiento irritante, perdido como estaba en su deseo por conquistar a Susana, y después ya no tenía solución. Al parecer Archie no erraba en sus conclusiones respecto a la Condesa, aunque le hubiera dado igual, ya encontraría el cómo controlar a Sharon. Además, con quien pensaba casarse era con la belleza más exótica de la temporada. Su pelo dorado y liso refulgía en los lujosos salones de baile y sus ojos azules cautivaban con solo parpadear, por no hablar de su figura proporcionada que le embelesaba con una cintura estrecha y senos generosos.

Terry aguardó un tiempo prudencial, pero en vista de que Sharon no pensaba prestarles intimidad para concretar los detalles de la petición de mano, decidió invitar a Robert a su despacho para degustar una copa de licor. La Condesa frunció el ceño, sin embargo, no podía seguirlos a una reunión en la que no había sido incluida.

El Marqués sirvió dos copas y se acercó hasta su invitado, que se había colocado junto a la lumbre, y le entregó una. Fue directo al asunto como era su costumbre, deseaba casarse con Susana en cuanto las amonestaciones estuvieran preparadas y no estaba dispuesto a perder el tiempo en un noviazgo largo.

Robert no se opuso, pero se empeñó en que la boda debía celebrarse en el condado de Clearwater. Terry, diestramente, lo llevó a su terreno hasta convencerlo de que la mejor opción era su casa campestre en Bach, una finca grande que contaba con un lago junto a los cuidados jardines.

White pareció avergonzado cuando trató el tema de la dote, pero Terry le aseguró que no era necesaria dicha formalidad y que él se casaba con Susana porque la quería. Aquel comentario hizo sonreír al padre gustoso de escucharlo.

* * *

Sentado cómodamente en su sillón de cuero, Terry disfrutaba de una copa de brandy. Frente a él, sobre el escritorio, reposaban las carpetas más urgentes: las cuentas de la finca de Bach. Se había retrasado días en su revisión y no podía posponerlo por más tiempo. Apenas daba abasto con la gestión de sus tierras y la dirección de la naviera, era demasiada responsabilidad para una sola persona, y más, desde su compromiso, porque necesitaba tiempo para estar con Susana y solo había una manera de conseguirlo.

Esperaba paciente a que su hermano acabara de levantarse, había llegado al amanecer a la casa, según le había informado el señor Oliver cuando le solicitó la presencia del mismo ese medio día. Últimamente se estaba extralimitando con su comportamiento licencioso, salía cada noche con sus amigos para llegar de madrugada. Charles no aceptaba las obligaciones que le imponía para intentar forjar su carácter. Eran esos los motivos por los que ambos discutían a menudo, pero Terry esperaba que al menos en aquella ocasión se comportara como se esperaba de él.

Los golpes en la puerta anunciaron su llegada y, como era su costumbre, entró sin ser invitado. Charles no se había molestado en adecentar su apariencia desastrosa, la barba incipiente se adivinaba en sus mejillas y manchas violáceas bajo sus ojos teñían su piel. Vestía unos pantalones negros arrugados y una camisa blanca con los primeros botones desabrochados.

-¿Me buscabas? -preguntó el joven sentándose pesadamente en la butaca frente a su hermano.

Terry cerró su mano en un puño y respondió contrariado a su pregunta desganada.

-Llevo una semana intentándolo. Ni siquiera te presentaste el día que vinieron los familiares de la señorita White.

-Estuve ocupado -respondió con el ceño fruncido.

-Charly, no me vengas con excusas vanas. Estoy empezando a cansarme de tus desmanes y los del primo Neil...

-No me incluyas en el mismo saco -replicó molesto-. Que cargue él solito con sus faltas.

-Dejemos ese asunto, yo te buscaba para otro.

Charles elevó sus ojos hasta los de su hermano, de antemano ya sabía que lo que tuviera que decirle no le iba a gustar, pero no le quedaba otra opción que acatar sus órdenes. Con tristeza recordó a su padre y cuanto lo necesitaba. Su hermano era demasiado estricto y no comprendía que él era joven y quería gozar de esa etapa de su vida.

Al ver que su hermano no hablaba, Terry prosiguió con su discurso.

-Quiero que te hagas cargo de la naviera.

Charles se incorporó contrariado.

-¿Para qué? Tú lo haces perfectamente.

-Tienes ya edad suficiente para cumplir con tus responsabilidades. Yo no puedo hacerme cargo de todo. El Marquesado me resta mucho tiempo.

Sabía que su hermano tenía razón, aunque no estaba preparado para semejante empresa.

-Quizás...

-Te quiero mañana a primera hora aquí. Ahora duerme algo, esta noche tenemos una cena en casa de los White.

-Terry, ¿debo ir? -preguntó con rostro contrariado. No le gustaban las escenas familiares.

-Nos han invitado a los dos. Y esta vez -dijo señalándolo con el dedo-, no te libras.

-¡El que se va a casar eres tú! -protestó.

-¡No discutas! -Terry elevó la voz, estaba empezando a cansarse de sus protestas.

-No pienso ir -Charles no estaba dispuesto a ceder.

-Entonces, yo no ingresaré tu renta el próximo mes -su hermano lo miró con los ojos consumidos por la furia, pero a Terry no le afectó en lo más mínimo, era la única manera que tenía de controlarlo. Sabía que, finalmente, cedería.

Charles se levantó de la silla con ira. Era consciente de que no tenía otra opción que aceptar la invitación de su hermano si no quería pasar las siguientes semanas encerrado en la casa y sin un chelín en los bolsillos.

-Asistiré -consintió, arrastrando las sílabas.

-Procura estar despejado.

-Me portaré como un monje.

-Y aféitate, quiero dar buena impresión.

-Creo que a tu suegra le basta con tu título -comentó con humor.

-No te hagas el gracioso -le advirtió.

-Hermano, deberías tener mejor humor, te vas a casar con la mujer más bella de todo Londres.

-No seas condescendiente y desaparece de mi vista.

Charles no lo dudó ni un segundo y salió por la puerta con celeridad en dirección a su alcoba para buscar el consuelo de recuperarse de los excesos cometidos la noche anterior sobre su blando lecho.

* * *

Candy contemplaba el reflejo de su hermana en el espejo, mientras la doncella amoldaba su cabello en un elaborado peinado.

El vestido elegido para aquella velada reposaba sobre la cama a la espera de cubrir el cuerpo de Susana. Era un diseño en raso verde aguamarina, sus mangas caían sobre los hombros y numerosas cuentas transparentes adornaban el escote. Al lado estaba el de Candy. No era tan bonito, pero para ella era un sueño, ya que nunca había vestido seda. Era de color melocotón con mangas abullonadas y escote cuadrado decoroso.

La mirada de Susana se posó sobre ella. Su pelo, rubio dorado, iba amarado en un entramado de trenzas que había formado la doncella poco antes. Su rostro relucía por la emoción y sus mejillas arreboladas la embellecían. La pequeña Candy se había convertido en una belleza y aquello no le gustaba, Susana temía que le quitara el protagonismo como había hecho siempre con Thomas.

La entrada precipitada de su madre rompió el silencio reinante. Estudió el peinado de Candy, le dio el visto bueno y le indicó que se vistiera.

Inmediatamente, se olvidó de su presencia, giró y caminó unos pasos para dedicarse a Susana, que ya se vestía con ayuda de la doncella. Sharon se había esmerado mucho en la preparación de aquella cena y quería que todo estuviera perfecto.

-Niñas, casi es la hora -comentó con nerviosismo mal disimulado-. No tardéis.

Candy se acercó hasta su madre en busca de su auxilio.

-Madre, ¿me ayuda con los botones?

Sharon la miró con reproche.

-Nelly lo hará -dijo e instó a la aludida para que así lo hiciera-, yo debo ayudar a Susana a elegir las joyas -giró precipitadamente en busca del cofre sin percatarse de la mirada triste de Candy.

Una vez que la doncella acabó con su cometido, Candy salió silenciosa de la estancia y bajó pesarosa por la escalera. A su encuentro llegó su padre que al percatarse de su mirada huidiza supo al instante que algo ocultaba. Con delicadeza, elevó su barbilla en un gesto tierno.

Terry fue testigo de ello, quieto como se encontraba en una esquina del hall, acababa de llegar y ni padre ni hija fueron conscientes de su presencia.

A Robert le preocupó ver tristeza en los ojos de su pequeña. Creía que con aquel viaje olvidaría aquella pena que se había instalado en su corazón tras la marcha de Thomas, pero parecía que había errado en sus conclusiones.

-Mi pequeña Candy, ¿qué te pasa?

-Nada, padre -mintió, no quería contarle cómo se comportaba su madre con ella. Odiaba cuando se ponían a discutir por su causa.

-Sabes que a mí no tienes porqué mentirme -la presionó.

Candy giró su rostro en un intento por protegerse de la mirada insistente de su padre, y fue cuando se encontró con los ojos azules del Marqués que la miraban con una preocupación que la sobrecogió. Se sintió de nuevo avergonzada ante su presencia, pero no perdió la ocasión de deshacerse de la mirada acusatoria de su progenitor.

-Mi Lord -lo saludó e inclinó levemente la cabeza.

Su padre se giró por la sorpresa y se encaminó hasta él, lo que le permitió olvidarse momentáneamente de su hija.

-Terry, bienvenido a mi humilde morada -ya le tendía su mano.

Terry la estrechó antes de hablar.

-Robert, sabe que es un placer visitarlos.

Robert buscó con la mirada a Candy que ya se había escabullido por una de las puertas. Movió contrariado la cabeza, estaba seguro que lo que le pasaba a la joven tenía que ver con Sharon, pero ahora debía atender a su invitado. Ya hablaría más tarde con ella del asunto.

La cena transcurrió según lo esperado. La condesa de Clearwater quería que todo estuviera perfecto y para eso había aleccionado concienzudamente al servicio. Se dispuso la mejor vajilla, la cubertería de plata y un fino mantel blanco de lino. La cena se sirvió a su hora y caliente.

Terry escudriñó con discreción a los comensales, estaba aburrido de escuchar la constante cháchara sobre cosas insulsas entre su tía Sarah y Sharon. Sus ojos se fijaron en su hermano Charly que parecía congeniar con Susana, en varias ocasiones los había visto conversar y reír juntos. Su primo Daniel no parecía tan feliz junto al conde de Clearwater que parlamentaba sobre lo difícil que era llevar un condado.

Todos hablaban, todos menos la pequeña de las hermanas White. Parecía tan aburrida como él en aquel salón. Su cabeza no se levantaba del plato donde jugaba despreocupadamente con la verdura, la cual colocaba en grupos por colores. Terry sonrió al percatarse y pensó que el hombre que lograra conquistar a aquella joven sería afortunado.

Un par de veces descubrió que su madre la amonestaba con la mirada por su comportamiento inapropiado.

Tras la cena, los hombres se retiraron al despacho para tomar una copa, fumar puros y hablar de política. Terry sonrió al ver el rostro hastiado de Charles, mientras Robert parlamentaba sobre los beneficios de la vida en el campo.

CONTINUARA