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CAPITULO 5
Faltaban pocas semanas para la fecha del enlace que uniría a las familias y en la casa solariega Grandchester todo eran prisas y carreras para organizar la ceremonia. Eran muchos los invitados que asistirían y las órdenes del señor Oliver al servicio habían sido muy precisas; las habitaciones debían ser adecentadas antes de su llegada y la casa debía relucir como la plata.
La familia de la prometida del Marqués había llegado días antes, según la Condesa, para colaborar en los preparativos del importante evento. Su futura suegra amenazaba con acabar con la paciencia de Terry, sus extravagancias dirigidas a impresionar a los invitados le estaban ocasionando discusiones con su tía Sarah. Su prometida apenas protestaba ante a los tejemanejes de su madre y aquello comenzaba a irritarle.
Esa mañana sintió la necesidad imperiosa de salir al exterior. Con el paseo pretendía despejar su mente, aunque no podía negar que también se debía a que codiciaba zafarse de la visita matutina de Sharon. Abandonó su despacho más temprano de lo habitual, dejando olvidados unos documentos en el escritorio, cosa poco habitual en él. Cuando los débiles rayos del sol acariciaron su rostro se sintió feliz y recordó con nostalgia lo que disfrutaba cuando cabalgaba y en los últimos días no había tenido tiempo para practicar. Deseaba que pasara la boda para volver a la cotidianidad de su vida.
Terry caminaba por la orilla del lago e iba tan absorto en sus pensamientos que no se percató de la tormenta que se había formado sobre su cabeza. Sólo fue consciente cuando el viento elevó su levita y una pertinaz lluvia se desató sobre su persona.
Maldijo sonoramente su mala suerte, ya que en pocos segundos sus ropas estaban caladas. ¿Quién iba a suponer que llovería en pleno verano?
Estaba a punto de salir corriendo en busca de la protección de la casa cuando su mirada se cruzó con algo que captó su atención.
Era la figura de una mujer vestida de amarillo que parecía tambaleante en sus movimientos, cosa que lo preocupó. Sin dudarlo, sus pasos se dirigieron hasta ella y cuando estaba a escasos metros la joven tropezó y cayó al lago.
* * *
Tras el desayuno familiar, Candy había logrado escabullirse de la vigilancia de su madre que estaba ocupada en la elección de las mantelerías para el banquete.
Salió de la casa dispuesta a inspeccionar los alrededores, sobre todo para acercase al lago donde esperaba ver saltar algún pez con sus brillantes escamas.
Paseaba por la orilla mientras observaba las verdes aguas cuando la lluvia hizo su aparición. Sus ojos se elevaron al cielo gris para descubrir los nubarrones que descargaban su furia. Un viento persistente la acompañaba y eso la asustó, más aún cuando notó cómo su vestido ondeaba con su fuerza. Se abrazó a sí misma intentando controlar su estabilidad.
Su vestido de mañana se empapó por completo y se adhirió a su cuerpo como una segunda piel, su pelo cayó lacio a su espalda y las gotas que se posaron sobre sus pestañas apenas la dejaban distinguir donde posaba el pie, por lo que no fue consciente de la piedra cubierta de musgo que la hizo caer.
Terry corrió como nunca en su vida con el corazón acelerado y cuando llegó a la orilla no había rastro de la joven. Se deshizo solamente de la chaqueta que impediría sus movimientos, pero el resto de su indumentaria, incluidas las botas de piel, se sumergieron en el agua junto a su cuerpo. No lo dudó antes de tirarse al lago.
Buscó incansablemente, entrando y saliendo del agua en pos de aire para sus pulmones, estaba acostumbrado a nadar ya que era necesario si querías sobrevivir en un barco. Al tercer intento su mano palpó la piel fría y tiró del antebrazo para poder arrastrar un cuerpo inerte.
Con trabajo, logró llegar hasta la orilla con el frágil cuerpo entre sus brazos. Al rebasar la zona embarrada, la colocó sobre la hierba y con manos temblorosas apartó el cabello húmedo que cubría su rostro, su cuerpo se tensó al descubrir a Candy. Se estremeció por la palidez de su piel, sus ojos cerrados parpadeaban levemente y sus labios estaban morados por el frío.
Sus dedos helados rozaron su mejilla con delicadeza y movió la cabeza para despejarse. No era la primera vez que veía a alguien a punto de ahogarse, sabía lo que podía hacer y que debía actuar con premura. Colocó sus manos sobre su pecho y presionó intentando que expulsara el agua ingerida repitiendo varias veces la operación hasta que ella tosió y se contorsionó dolorosamente para expulsar el líquido que atenazaba su garganta.
Terry estaba a escasos centímetros de su rostro.
—Candy, ¿estás bien?
—Sí... —afirmó con una voz que no era la suya.
Cuando escuchó el monosílabo, Terry se irguió sobre sus rodillas y elevó el rostro al cielo para agradecer el milagro. Cerró los ojos unos segundos y volvió a prestar atención a Candy.
—¿Te encuentras fuerte para levantarte?
—Creo que sí —contestó insegura.
Terry se levantó y extendió su mano.
—Intentémoslo —le sonrió levemente para infundirle ánimos.
Candy logró ponerse en pie, pero un mareo le sobrevino y Terry cogió su cintura para evitar que cayera. Finalmente, su brazo izquierdo enlazó sus piernas mientras que el otro la oprimía contra su pecho. Candy no pudo librarse de la necesidad de apoyar su mejilla junto a su corazón cerrando los ojos al sentirse protegida.
Terry caminó a paso ligero hasta la mansión y al llegar a la escalinata la puerta se abrió. El señor Oliver vislumbró la situación y sin dudar se dispuso a dar órdenes precisas al servicio para que avisaran a la condesa Clearwater.
En la alcoba que le habían asignado a la joven, Terry la recostó sobre la cama y recorrió con la mirada la estancia en busca de algo con que secarla. Junto al aguamanil encontró una toalla de lino blanco, la cogió y volvió a acercarse a ella. Los ojos de Candy seguían cerrados y protegidos por largas pestañas gruesas. Con suavidad y delicadeza fue secando sus mejillas sin poder apartar la vista de sus facciones.
Así lo encontró su prometida, a escasos centímetros del rostro de su hermana, sentado a su lado. Mostraba en sus ojos una ternura que nunca le había dirigido a ella y Susana sintió que el odio hacia Candy se acrecentaba en su pecho.
—¿Qué ha pasado? —preguntó sobresaltando a Terry.
Escuchar la voz de su prometida lo hizo girarse. Dejó la toalla sobre el cobertor y se acercó a ella.
—Tu hermana paseaba por la orilla del lago cuando comenzó la tormenta, la vi tropezar y caer al agua.
—¿Respira? —preguntó sin mostrar emoción en su voz.
—Sí —contestó Terry ya más tranquilo—, conseguí que expulsara el agua ingerida.
Susana estudió los ropajes de su prometido, estaba calado de pies a cabeza y sus botas rezumaban agua. Solo una idea le pasó por la cabeza y, sin pensarlo, expresó en voz alta lo que la contrariaba.
—¡Arruinaste las botas que te regalé!
Terry la miró estupefacto ante sus palabras. Desde que había llegado al dormitorio apenas prestó la atención requerida a su hermana y, tras relatarle lo sucedido, Susana solo se preocupaba por el estado en el que habían quedado aquellas dichosas botas. Nunca había escuchado salir de sus labios un comentario tan poco afortunado como en aquella ocasión. Estaba a punto de amonestarla cuando entró la condesa de Clearwater.
La madre de la criatura puso el grito en el cielo al conocer lo sucedido. Se acercó hasta el lecho, donde Candy aún se recuperaba del malestar, con la única intención de recriminarle su imprudencia. Terry observó la escena contrariado y sabiendo que no podía intervenir decidió salir de la estancia.
Se dirigió a su dormitorio con la intención de ponerse ropas secas y tirar aquellas malditas botas a la lumbre. Mientras se secaba el cabello con fuerza no dejaba de pensar en la escena que acababa de presenciar. Se había percatado en varias ocasiones del trato diferenciado entre las hermanas White por parte de su madre, la condesa no estaba conforme con nada de lo que hiciera la menor de sus hijas, incluso parecía que la joven la molestara, en cambio Susana nunca cometía ningún error y aquello lo enfureció. Solo su padre parecía prestarle la atención adecuada a Candy, cosa que al menos logró apaciguar el malestar que Terry sentía ante una situación semejante.
* * *
La doncella descorrió los cortinajes azules que protegían la ventana para dejar entrar los primeros rayos del sol a través de los pulcros cristales. Susana abrió los ojos con enojo ya que no le gustaba madrugar, pero desde que habían llegado a la mansión Grandchester su madre la obligaba a asistir al desayuno con la familia a la diez en punto. Miró ceñuda a la doncella, que en aquel momento preparaba la ropa que se pondría aquella mañana, y apartó las sábanas con desgana.
Al llegar al comedor se encontró con que todos estaban ya sentados y charlaban amigablemente mientras el servicio colocaba sobre la mesa fuentes delicadamente preparadas con diversas viandas.
Su padre estaba concentrado en una discusión con Terry sobre la forma de rentabilizar la tierras de cultivo y su madre parecía contrariada por algo que había dicho la tía Sarah.
Nerviosa por la mirada que se cernía sobre su persona, se sentó junto a su aburrida hermana.
Apenas probó bocado, no podía, aquellos ojos bronce no dejaban de observarla y la hacían sentir cosas que ni su prometido le provocaba.
En la tarde, tras la visita de la modista para realizar los últimos retoques al vestido de novia, buscó paz en el salón con vistas al lago. Pegó un salto cuando la puerta se abrió de repente, temía que fuera de nuevo su madre, pero, para su sorpresa, su mirada se encontró con la que deseaba y que le sonreía con osadía. Iba pulcramente vestido con una levita gris, a juego con sus pantalones negros, y chaleco azul añil que enfatizaba su porte regio.
Susana sonrío al ver que se sentaba en el sillón frente a ella. Disfrutaba de su compañía más de lo que debería, era consciente de ello, pero cuando se «tropezaban» él solía amenizar la conversación con historias divertidas que la hacían reír. En los últimos días sus encuentros accidentales se habían multiplicado e incluso, la última vez, se habían besado apasionadamente.
La agradable conversación que compartían fue interrumpida por Sharon, que los observó con sospecha desde el umbral de entrada. El caballero salió de la estancia al poco tiempo, alegando que debía ocuparse de unos asuntos importantes para dejar a madre e hija solas.
La primera en hablar fue la Condesa.
—Quiero que dejes de encontrarte con ese hombre.
—Madre, no sé a qué te refieres —Susana se hizo la desentendida.
Las cejas de Sharon se unieron por la contrariedad.
—Lo sabes perfectamente.
—Madre...
—No me creas una ilusa —la cortó con un gesto de su mano derecha—. Tu futuro marido podría percatarse. ¿Se te olvidó nuestro plan?
—No —contestó Susana.
—¿Acaso no te gustan los lujos? —conocía demasiado bien a su hija.
—Sí.
—Sin una buena fortuna no los tendrás. ¿Ha quedado claro? —apuntilló.
—Perfectamente.
—Ahora ve a visitar a tu prometido, está en el despacho. Es tu deber conquistarlo...
—Madre, sé cuál es mi deber —contestó ofuscada—. Pero quiero que apartes a Candy de «mi prometido».
Su madre la observó sin comprender su petición.
—¿De qué hablas?
—Es demasiado bella y Terry la mira con ternura —gruñó al recordarlo.
—No digas tonterías —le restó importancia Sharon—. El Marques te adora.
—Promételo —le exigió.
—Te lo prometo —le concedió su madre—. La mantendré alejada, pero tú cumple tu parte.
—Lo haré.
Susanq caminó con desgana por el pasillo en dirección al despacho de su prometido. Llamó a la puerta con delicadeza y esperó hasta escuchar su voz profunda que la invitaba a entrar.
Lo encontró como esperaba, inmerso en aburridos documentos desplegados sobre la mesa de su escritorio.
Pensó con desasosiego que cuando Terry estaba a su lado no sentía nada. Su cercanía la dejaba fría por dentro, no como Thomas o ese otro hombre con el que simpatizaba. Cerró la puerta a su espalda con la intención de tener la intimidad que requería para sus propósitos.
Las oscuras cejas de Terry se curvaron con sorpresa. A pesar de estar comprometidos, y a pocos días de la boda, no era correcto que estuvieran solos tras una puerta cerrada. Ella le sonreía con cierta picardía mientras se acercaba con paso insinuante hasta la silla en la que estaba sentado. Sus suaves manos enmarcaron su rostro hasta quedar a poca distancia y Susana rozó sus labios contra los suyos, lo que le provocó que volviera a sorprenderse y que se le acelerara la respiración. Disfrutó del contacto por unos segundos, hacía tiempo que la deseaba, pero estaba dispuesto a comportarse como se esperaba y por ello la separó con trabajo de su cuerpo. Desde que se habían conocido no había vuelto a estar con ninguna otra mujer y aquello estaba haciendo mella en su cuerpo.
—Susana, ¿a qué ha venido esto? —preguntó con voz ronca.
—Mi amor, solo te echaba de menos —se excusó. Estaba decepcionada con el resultado de su experimento.
—Nunca antes me has besado así.
—¿Es algo malo? —Susana fingió inocencia.
—No —la tranquilizó—, solo que me has sorprendido.
—Necesitaba saber si te gustaba —se excusó—, nunca me besas.
—Sabes que no es correcto que lo haga hasta que seas mi esposa...
—Creía que los novios sí lo hacían...
—¿Qué pensaría tu madre sobre tu actitud? —la reprendió.
En su interior se sintió frustrada. No era la primera vez que besaba a un hombre, el primero había sido un mozo de caballeriza de su padre, y, definitivamente, Terry no la hacía sentir nada.
—No quería molestarte —se excusó.
—No lo haces, mi amor. ¿Quieres que demos un paseo?
—¿No estás ocupado con tus papelotes? —dudó señalando la mesa de roble.
—Para ti siempre tendré tiempo.
—Podemos pasear junto al lago —propuso con ilusión.
—No —la voz de Terry sonó más dura de lo que pretendía—. Es peligroso.
—Hace un día soleado...
—No.
—¿Es por lo que pasó con Candy? —preguntó enojada.
—Sí —contesto categórico.
—Mi hermana siempre ha sido temeraria. Si hubiera obedecido a mi madre nada habría pasado.
—Está bien —accedió el Marqués, no quería discutir con ella a tan pocos días de la boda por una nimiedad—. Si quieres vamos a la orilla.
—Gracias, mi amor —le correspondió con emoción, como si minutos antes no se hubiera enfurecido con la mención de su hermana.
* * *
Terry esperaba pacientemente en la pequeña capilla familiar de la finca donde se habían casado muchos de sus antepasados. Era una pequeña edificación de piedra gris con vidrios de vivos colores. Yedras silvestres colgaban de los respaldos de los bancos de madera reluciente y ramos de rosas blancas adornaban el altar.
Charly, de pie junto a su hermano al actuar de padrino, observaba con aburrimiento el rostro del viejo párroco, encorvado y mayor. Aquel hombre de Dios los había bautizado cuando ambos nacieron.
Su tía Sarah, estaba regiamente sentada en el banco reservado a los familiares. Su vestido de seda azul destacaba por los bordados dorados que ornamentaban el corpiño. Un zafiro pendía de una cadena de oro sobre su delicado cuello, una pieza única que le había regalado su difundo esposo junto a un anillo y unos pendientes que reafirmaban su posición. A su lado se encontraba su hijo, Daniel, que vestía un traje negro que se ajustaba perfectamente a su cuerpo. El chaleco y la corbata eran de raso en color granate que resaltaba sobre el oscuro de la chaqueta y el blanco de la camisa impoluta.
Los acordes de los violines anunciaron la llegada de la flamante novia y Terry giró nervioso y observó cómo Susana avanzaba por el pasillo central. Iba envuelta en un delicado vestido de raso blanco bordado con hilos de plata. Su rostro estaba oculto bajo un velo liviano que Terry deseó apartar. Tras ella, caminaba la niña de ojos de esmeralda. Su vestido era una confección sencilla de organza en color azul. Las mangas abullonadas mostraban sus delicados brazos y el escote cuadrado le confería un aspecto aniñado. Terry pensó con ternura que se la veía tan tímida al cruzar el pasillo, como una delicada flor que cuando se presentara en sociedad causaría estragos.
Estaba seguro de eso.
La tía Sarah se enjuagó algunas lágrimas con un delicado pañuelo bordado, cuando la pareja intercambió los votos. Había sido una ceremonia emotiva y los invitados se reunieron poco después en el gran salón donde todo estaba dispuesto para el banquete nupcial. La servidumbre dispuso suculentos manjares que aderezaban el ambiente con sus olores especiados. En las mesas se habían dispuesto manteles blancos de lino, una fina vajilla en tonos crema y cubertería de plata con el escudo de la casa Grandchester. El conjunto lo completaba finas copas labradas.
Tras una comida apetitosa, las damas se retiraron a descansar para mostrarse esplendorosas para el baile. Candy apenas pudo dormir, nerviosa como estaba ante la perspectiva de acudir al primer baile de su vida. Cuando la doncella de su hermana las despertó se levantó como impulsada por un resorte del lecho.
Los hombres se recluyeron en el salón privado del Marqués y allí bebieron su mejor brandy y fumaron sendos puros mientras hablaban sobre política y negocios. El ambiente se caldeó en varias ocasiones, ya que los debates políticos eran motivos de disputas. Charles y Daniel disfrutaban cizañando a los hombres más exaltados llevándoles la contraria ante la mirada reprobatoria de Terry.
En la noche se ofreció un ligero refrigerio en el comedor antes de que la orquesta amenizara el evento previsto. La velada fue un desfile de mujeres elegantemente vestidas para la ocasión. Los recién casados se unieron en el centro de la pista a la espera de los primeros acordes para abrir el baile como era la costumbre.
Para aquella ocasión Susana se había decantado por un vestido de tafetán color azul que hacía resaltar sus ojos.
Terry la miraba obnubilado por su belleza deseando que el tiempo pasase con celeridad.
—Eres preciosa —la piropeó cerca de su odio.
—Gracias, mi amor.
—Estoy deseando que acabe esta fiesta —expuso frustrado.
Susana sonrió con esfuerzo.
—El baile acaba de empezar.
—Me gustaría coger un carruaje y alejarme.
—¿Solo?
—Sin ti no iría a ninguna parte.
—Sabes que eso es imposible, a mi madre le daría un vahído.
Terry lo entendía, no necesitaba que ella se lo dijera.
—Ten paciencia —lo animó Susana con una sonrisa—. La noche llegará pronto.
El baile se alargó hasta altas horas de la madrugada. Los invitados se resistían a abandonar la sala en dirección a sus aposentos y Terry, como buen anfitrión, aguantó hasta que despidió a los últimos rezagados que quedaban en su despacho, donde habían vuelto a discutir sobre política.
Se quitó la levita que amenazaba con asfixiarle y la dejó sobre una silla cercana. Al ver como él aire removía la cortina de la puerta acristalada, que daba acceso a la terraza, decidió salir con intención de respirar aire fresco, el interior de la sala estaba recargado por el humo de los puros y el aroma de los licores. Su esposa había subido media hora antes a sus aposentos y él estaba deseoso de unirse a ella.
* * *
Candy aprovechó el momento en que su madre entró en la nueva habitación de su hermana para escabullirse de su vigilancia. No entendía porqué debía ayudar a Susana a prepararse para dormir cuando lo hacía todas las noches sin ninguna ayuda. Pero tampoco le importaba demasiado el asunto, ya que gracias a eso tenía unos minutos de libertad en aquella casa esplendorosa.
Salió de su dormitorio y caminó con precaución por el pasillo apenas iluminado. Bajó las suntuosas escaleras hasta llegar a la sala de baile. Las grandes lámparas de araña refulgían con el brillo de docenas de velas incombustibles que aún permanecían encendidas. Las paredes estaban lamidas en tono crema y el parqué oscuro relucía como recién encerado a pesar del baile. Admiró el conjunto de la estancia con emoción. La mansión de los Grandchester, engalanada como estaba, era la más hermosa que había visto en su vida, aunque nunca había asistido a ninguna celebración en casa de ningún Marqués, a lo sumo a la casa de algún terrateniente del condado de Clearwater.
Se adentró en el amplio salón, todavía podía oír la música que minutos antes había deleitado a los invitados y comenzó a tararear la última balada que había interpretado la orquesta.
Sin apenas percatarse, danzaba con los ojos cerrados y disfrutó de su nuevo vestido de raso color lavanda que se arremolinaba entre sus piernas. Lo habían encargado expresamente para aquella noche, era la primera vez en su vida que su madre elegía un vestido de su gusto, y se sentía hermosa.
CONTINUARA
