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CAPÍTULO 6
Terry decidió entrar por la puerta que daba acceso al salón de baile cuando escuchó una melódica voz que llenaba el ambiente y sus pasos se detuvieron en el quicio. Con cuidado de no ser visto, se asomó a través de los finos visillos blancos que se movían con la suave brisa nocturna.
La imagen que se encontró hizo que su garganta se secase; se trataba de la niña de ojos esmeralda. Daba vueltas alrededor de la pista desierta, como si estuviera bailando con un acompañante imaginario, su mano derecha sujetaba con delicadeza el raso de su vestido lavanda y dejaba al descubierto los botines forrados en el mismo tejido. Tenía los ojos cerrados y una gran sonrisa se dibujaba en sus tiernos labios de los que salía una suave melodía.
Entró sigilosamente y se aproximó, cual pantera en la noche, aprovechando que ella no era consciente de su presencia.
Cuando una de sus vueltas la llevó junto a él, cogió su delicada cintura y atrapó la pequeña mano suspendida en el aire con la suya.
Candy detuvo sus movimientos, y el corazón se le aceleró en el pecho al percatarse de que no estaba sola. Abrió los ojos con rapidez para encontrarse con aquella mirada azul que tan grabada tenía en su memoria. La sorpresa se translució en su rostro y un velo de vergüenza lo cubrió al verse descubierta.
—Señorita White, ¿me concede este baile? —le preguntó Terry con voz profunda.
—Marqués... —balbuceó Candy con nerviosismo.
—Ahora somos cuñados, llámeme Terry.
—Terry —pronunció su nombre mortificada.
—He cometido un error imperdonable al no bailar con la «pequeña Candy» esta noche, pero aún estoy a tiempo de subsanarlo.
—Ya no suena la música —se excusó con deseos de huir.
—Nos bastará con su melodía. No sea tímida —la instó.
—Me siento avergonzada... —confesó.
—Cierre los ojos —le ordenó.
—Pero...
—Hágalo. Quiero escuchar su voz mientras bailamos.
Candy se dejó llevar e hizo lo que le pedía. Así fue como acabaron bailando con el único sonido de sus susurros. Podía sentir la fuerte mano de Terry sobre su estrecha cintura transmitiéndole calor a través de la tela. Sus palmas unidas, piel contra piel, parecían fundirse en una, mientras su corazón galopaba acelerado. Su olor masculino, mezcla de almizcle y tabaco, la envolvió y no pudo evitar disfrutar de aquel mágico momento. Tener los ojos cerrados multiplicó las sensaciones que le producían el estar en sus brazos y le daba la impresión de que volaba por la pista de baile, ya que él la guiaba sin hacer esfuerzo alguno al parecer pesar menos que una pluma. Se sentía una delicada flor inglesa.
Terry no pudo dejar de observarla. Su rostro era angelical y sus pupilas no se apartaban de las suyas. Sus ojos verdes estaban protegidos por unos delicados parpados bordeados de unas largas pestañas oscuras, su piel parecía de porcelana bajo la iluminación de las velas y de sus labios rosados escapaban las notas musicales que surgían de su garganta. Notaba el temblor de su mano bajo la suya junto a la suavidad de su piel. Era consciente de estar disfrutando de un momento mágico e inesperado y se sintió hipnotizado por su pureza y ternura.
La danza fue interrumpida por unos aplausos secos procedentes del arco que daba entrada al salón. Terry y Candy se miraron cohibidos al ser sorprendidos como si fueran niños haciendo una trastada. Daniel los observaba desde su posición y con una sonrisa maligna en los labios. Había pillado a su perfecto primo en un baile con su bella cuñada y, por primera vez en su vida, Terry parecía incómodo con ello, cosa que disfrutó aún más.
Terry separó a la joven de su cuerpo para ocultarla a su espalda antes de hablar.
—Niel, ¿qué haces aquí?
—No esperaba encontrarte —no se molestó en contestar a su primo, simplemente lo atacó donde sabía que podía hacer daño—. ¿Dónde se encuentra tu esposa? —indagó con sorna.
Terry se sintió acorralado. Sabía que su primo intentaba provocarlo, así había sido desde que eran niños, pero no pudo evitar que la cólera lo embargara.
—Repito, ¿qué haces aún aquí? —insistió con voz dura.
—No tenía sueño y decidí ir al despacho a tomar una copa.
Terry iba a replicar, pero la voz de Candy lo sobresaltó.
—Discúlpenme, pero debo retirarme —tras salir del refugio que le ofrecía el Marqués, caminó apresuradamente en dirección a la salida. Sus mejillas estaban sonrojadas y parecía mortificada.
—Señorita White —Daniel se plantó frente ella para que no pudiera escapar como tenía pensado—, ¿le he dicho que hoy esta preciosa?
—Gracias. Con permiso.
Daniel no se apartó de inmediato y observó de soslayo la actitud de Terry. En apariencia parecía sereno, pero sus ojos fríos anunciaban su cólera.
—Niel, deja salir a la señorita —le ordenó iracundo.
—Discúlpeme, señorita White —hizo una cómica reverencia a la joven, para finalmente apartarse y dejarla pasar. Candy, al ver libre su vía de escape, corrió hacía las escaleras.
Cuando la joven desapareció, Terry se acercó hasta su primo con un gesto duro en el rostro y el cuerpo tenso.
—Tú comportamiento ha sido impertinente —le espetó.
—¿Te molesta que me fije en tu dulce cuñada? —lo hostigó.
Terry apretó los puños a los costados, pero se contuvo. No era el mejor momento para armar un escándalo.
—La has asustado.
Los labios de Daniel formaron una sórdida sonrisa, mientras apoyaba su hombro contra la pared cercana.
—Es demasiado bonita para su bien.
—Aléjate de ella —le advirtió—. Es demasiado joven y tú un depravado.
—«Primito», no juegues con una doble moral. He sido testigo de cómo la mirabas.
—Niel, estás cruzando la línea —le advirtió con mirada velada.
—No te tengo miedo —lo retó.
—Pues deberías.
Daniel percibió que Terry estaba punto de explotar.
—No creo que sea asunto tuyo. A tu mujer le gustaría saber cómo miras a su hermana...
El Marqués se abalanzó sobre su primo con ira y le asestó un puñetazo en pleno rostro.
Daniel, que no había esperado una reacción tan primitiva por su parte, cayó al suelo noqueado.
Terry notó los nudillos doloridos, pero no le afectó. No apartaba la mirada enfurecida del cuerpo de su primo, que permanecía sentado en el suelo donde había acabado mientras se palpaba su nariz agraviada.
Finalmente, Daniel se levantó furioso.
—¡Maldito seas! —gritó.
—Lárgate de mi vista —le dijo con voz fría.
—Te arrepentirás de esto... —lo amenazó.
—Sal de mi casa cuanto antes.
—Mi madre...
—Me importa poco lo que piense tía Sarah del asunto. Estoy cansado de tu comportamiento irresponsable.
Su primo abandonó la mansión con un sonoro portazo y dejó a Terry solo en el hall hasta donde lo había seguido. No estaba contento con lo sucedido, pero había previsto que aquella escena se desarrollaría en cualquier momento dado el comportamiento que Daniel presentaba en los últimos tiempos. Su amigo Kenneth le había comentado que su primo estaba gastando mucho dinero en las mesas de juego, y ahora debía sumar a la lista de desmanes, el atemorizar a Candy con sus malas formas.
No podía explicarse ni a sí mismo la reacción que había tenido al ver el deseo reflejado en los ojos de Daniel al referirse a su cuñada. ¿La sentía como si fuera de su propiedad? ¿La veía como a una hermana a la que proteger? Y si era así, ¿dónde había nacido esa necesidad de bailar con ella? ¿Por qué había disfrutado como un sediento con unas gotas de lluvia sobre los labios al tenerla en sus brazos? No quiso profundizar más en lo que había sentido con aquella proximidad. Maldijo por su estupidez y subió las escaleras en dirección a su dormitorio.
Al entrar aún lo dominaba la tensión, pero al ver a Susana con un fino camisón de lino que cubría su cuerpo sugerente, todo se borró de su mente. Olvidó por completo la disputa con su primo, tenía asuntos más placenteros que resolver en aquel momento.
Susana observó, con cierto deseo, cómo su marido se deshacía del chaleco y el corbatín a juego. Poco a poco fue descubriendo ante sus ojos su cuerpo, aderezado con músculos que no se adivinaban bajo sus ropajes. Quizás sus sentidos habían errado con la primera impresión sobre su ahora esposo.
Terry se acercó al lecho donde su esposa parecía esperarle con urgencia y al sentarse sobre el mismo, el peso de su cuerpo logró que Susana cayera sobre su ancho tórax. Descubrió que no era tan pudorosa como esperaba cuando sus suaves manos rozaron su pecho con sensualidad, podía percibir su respiración acelerada y sin contemplaciones se apoderó de sus labios. Se unieron en un baile de húmedas caricias que subieron varios grados la temperatura de la estancia, apenas iluminada por unos candelabros.
Terry necesitaba tocar con libertad la suave piel de Susana y sin poder dominarse le quitó el camisón por encima de la cabeza.
Se quedó sin aliento al contemplar su cuerpo desnudo. Como tantas veces imaginó, sus senos eran generosos y estaban ante sus ojos como frutos que podía coger, y así lo hizo. Cuando uno de sus dedos rozó el capullo rosado que los coronaba, el jadeo que surgió de la garganta femenina encendió más su deseo.
Susana no se coartó a la hora de recorrer cada recoveco del cuerpo masculino con sus manos, haciendo suspirar a su marido al rozar la zona más sensible de todas. Por primera vez pudo acometer con un hombre con lo que siempre había fantaseado.
Fue una noche larga en la que ambos disfrutaron de sus cuerpos sin condición.
* * *
Daniel Morgan salió malhumorado de la finca familiar fustigando al pobre caballo con saña. Terrence Graham era un hombre que nunca demostraba ningún sentimiento, pero aquella noche lo había hecho de la peor manera. Su primo Charles y él solían hacer chanzas sobre su persona, y lo comparaban con un pez frio y escurridizo.
Pagaría por su osadía, pensó y aceleró el paso para llegar cuanto antes a la pequeña villa que se asentaba en el marquesado de Grandchester. No se sorprendió al encontrarse en la única taberna del lugar, con su compañero de correrías y primo predilecto.
Charles estaba cómodamente sentado en un pequeño taburete frente a la mesa gastada, donde una botella de whisky acompañaba a un vaso a medio llenar. Una de las camareras se aposentaba sobre sus rodillas sin ningún tipo de pudor. Era rubia y de tez clara, pero lo que realmente llamaba la atención, eran sus generosos pechos y de los que gozaba su primo en aquel momento.
Daniel caminó hasta él y tosió a su lado, fue cuando Chales se percató de su presencia.
—Niel, te esperaba hace horas —le espetó y apartó a la mujer que se levantó con desgana de su regazo para dirigirse a la barra.
—Estuve ocupado con cierta viuda —mintió.
—Ya me imagino. ¿Y cómo quedó la fiesta? ¿Mi hermano tardó en retirarse?
—No me hables de él —la ira se translucía en su voz y en un gesto inconsciente se frotó la mandíbula dolorida.
Charles lo miro sin comprender a qué se debía su mal humor.
—¿Te ha dado uno de sus tediosos sermones?
—Ha hecho más que eso, me ha dado un puñetazo.
—¿Qué? —cuestionó Charles con incredulidad.
—Lo descubrí bailando con la señorita White.
—La nueva Marquesa... —apuntilló Charles.
—No —su negativa fue rotunda—, la hermana de su esposa.
—Esa joven es hermosa —pensó Charles en voz alta.
—Al parecer a tu hermano no le gustó que me fijara en ella. Me ha prohibido siquiera mirarla.
A Charles no le pasó desapercibida la dureza de su tono. No le gustaba verlo en aquel estado, motivo por el cual intentó aligerar el ambiente.
—Primo, olvídalo y saborea lo que aún nos queda de noche —ya hacía un gesto a otra de las chicas, que se acercó sigilosamente hasta ellos—. Mi hermano ya tiene a su esposa. Disfrutemos nosotros también.
—Tienes razón, amigo mío.
La joven morena, de labios sugerentes, se sentó sobre sus rodillas y jugueteó con el corbatín suelto mientras su otra mano se dirigía a la cinturilla de su pantalón. Daniel cerró los ojos para gozar de sus caricias, y ante él apareció el rostro de la señorita White. Antes no le había interesado en demasía la joven, era demasiado inocente para su gusto, pero ahora que veía con qué ahínco la defendía Terry, deseaba conquistarla con la única intención de fastidiarlo.
CONTINUARA
