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CAPITULO 7

A la mañana siguiente, Susana se estiró lánguidamente sobre las sábanas de lino y abrió con pereza sus ojos. Notó un cuerpo cálido junto al suyo, tan desnudo como el propio, y, al girarse, descubrió que su esposo todavía dormía. Aprovechó la ocasión para estudiar sus rasgos relajados que le otorgaban un atractivo a su rostro que no había apreciado antes. Sus labios gruesos estaban entreabiertos y los hacían más apetecibles, su cuerpo bronceado era suave bajo sus manos, la noche anterior lo había comprobado sin pudor alguno al palpar cada uno de sus músculos, y una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios al recordar lo sucedido.

Los ojos de Terry se abrieron soñolientos y al descubrir el rostro de su esposa que lo miraba, curvó sus labios en una sonrisa lobuna. El deseo consiguió que una parte de su anatomía también se despertara. Con una mano cogió la cintura de Susana y la acercó a su cuerpo bajo las sábanas.

—Buenos días, mi Lady.

—Buenos días, mi Lord —respondió con humor.

—¿Has dormido bien? —le preguntó su marido besando su nariz con ternura.

—Sí, pero estoy hambrienta —confesó.

—Mandaré que nos sirvan el desayuno.

—¿Aquí? —cuestionó sus palabras, su madre nunca hubiera permitido que desayunara en su alcoba.

—Sí. No creo que pase nada porque nos tomemos el día con calma —comentó terry despreocupadamente—. Nos acabamos de casar.

—Me parece una idea estupenda —exclamó Susana contenta.

Deseaba empezar con su nueva vida.

Hasta el mediodía no salieron de sus aposentos. Parte de los invitados ya habían partido y otros tantos estaban a punto de hacerlo. La pareja bajó para almorzar y se encontraron con tía Sarah que los recibió con una sonrisa en los labios. Tras los saludos pertinentes cada uno se sentó en el lugar que les correspondía.

La tía Sarah reclamó la atención de Susana.

—Querida, tu familia partió esta mañana a primera hora. Tu madre me encomendó que os diera el recado. Estuvieron esperando hasta última hora, pero en vista de que no bajabais decidieron partir.

—Gracias, tía Sarah —le agradeció Susana con una sonrisa fría—, pero no se preocupe, les mandaré una carta disculpándome. Esta mañana estaba agotada —explicó.

—Claro, mi niña. Es lógico tras la esplendorosa fiesta de ayer —exclamó orgullosa por su aportación—. Incluso Niel, que no es amante de estas fiestas, se quedó hasta última hora, no como otros.

Terry suspiró molesto por el comentario de su tía Sarah, no le gustaba la forma en la que evidenciaba el mal comportamiento de su hermano cuando su propio hijo tenía las mismas faltas o, incluso, peores. Por supuesto que estaba al tanto de que Charles había abandonado la sala con la segunda balada que interpretaba la orquesta. Era un comportamiento poco apropiado, no lo discutía, pero el de Daniel era cien veces peor. Se mordió la lengua al recordar su acción de la noche anterior, prefería olvidar aquel asunto y tampoco quería disgustar a su querida tía, pero aun así comentó.

—Supongo que esos dos estarán aún en la cama.

—Te equivocas —lo cortó su tía algo irritada—. Se marcharon a primera hora de la mañana. Neil tenía la mandíbula hinchada y el labio partido —compartió su temor—. No quiso explicarme cómo sucedió.

—Lo más probable es que los dos acabaran en la taberna del pueblo —mintió sin apenas inmutarse—, y seguro que se metieron en algún lio, como es su costumbre.

—¡Terry! —le espetó su tía, se avergonzaba con la sola mención de aquel lugar—. No deberías hablar sobre esos asuntos delante de tu esposa. Vas a asustarla.

—No pasa nada porque Susana conozca a la familia. No es un secreto que mi hermano y Niel son unos crápulas.

—Sobrino, me asombra tu comportamiento —comentó Sarah con disgusto.

—No se preocupe —habló Susana en un intento por amainar las aguas—, todo Londres conoce la fama de...—dudó qué palabra usar—, mujeriegos que tienen.

—Ello es porque esos muchachos no han encontrado una joven como tú —los defendió.

—Tía —apuntilló Terry con acritud—, creo que pides un imposible.

* * *

Sharon no quiso escuchar nada de volver al campo al menos en un par de semanas, que era lo que habían pagado por el alquiler de la casa en Londres. Le gustaba demasiado vivir en la capital como para encerrarse antes de tiempo en el tedio que le provocaba su vida alejada de todo. Y más ahora que Susana se había ido.

Robert, por primera vez, no se tomó a mal alargar la estancia en la ciudad, tenía sus propios planes para esas semanas. En cuanto consiguió una mañana libre de su esposa, que decidió visitar a su prima Verónica junto a Candy, salió de la casa con una determinación poco habitual en él.

Durante un tiempo callejeó por el puerto de Londres hasta dar con el edificio de ladrillos rojizos que buscaba. En el cartel de madera que colgaba sobre la puerta se podía leer el nombre de la naviera para la que trabajaba su hijo. Esperaba poder reunirse con el hombre para el que Thomas llevaba años trabajando. Subió las escaleras de madera, que chirriaron a su paso, hasta llegar a la puerta donde se leía en letras cursivas «Capitán S. Lowell».

Golpeó la madera con los nudillos y esperó hasta que del otro lado una voz potente le confirmara el acceso.

Al entrar, los ojos de Robert se encontraron con una pequeña oficina desordenada que le recordó a su propio despacho. Frente al gran escritorio descubrió a un hombre corpulento, de cabello negro como el ala de un cuervo. Sus ojos oscuros lo miraron con suspicacia y, finalmente, lo invitó a sentarse con un gesto de mano.

Robert siguió sus indicaciones y se colocó en una silla dura como una piedra.

—¿Quién es usted? —preguntó el capitán.

—El conde de Clearwater.

Los ojos de Lowell volvieron a clavarse en Robert.

—.¿Y qué desea de mí? ¡Hable! —lo increpó—. No tengo tiempo que perder. Parto en la tarde.

—Lo sé. Por eso mi premura por hablar con usted.

—¿De qué me conoce? —lo interrogó sin dejar de estudiar al aristócrata—. No frecuentamos los mismos círculos.

—El asunto tiene que ver uno de sus trabajadores, un muchacho llamado Thomas Steven.

—Sí. Es cierto que Steven trabaja para mí. Es uno de mis mejores hombres ¿Que tiene usted...? —indagó con suspicacia.

—Es un asunto que no le incumbe —afirmó con rotundidad. No estaba dispuesto a airear sus intimidades con un desconocido. Sacó de su levita una saca marrón donde portaba el dinero que le había pedido a su yerno pocos días antes. Terry se mostró sorprendido por su petición, pero sin dudarlo le entregó la cantidad solicitada sin una sola pregunta. Lo dejó sobre la mesa.

—Le haré otra entrega con la misma cantidad la próxima vez que nos veamos.

—¿A cuenta de qué? —preguntó Lowell con desconfianza.

—De que forme al joven Steven para capitán y que sea su valedor.

Lowell no salía de su asombro.

—¿Me está pidiendo que le ascienda a contramaestre?

—Exactamente —rebatió Robert y señaló la saca que esperaba sobre la mesa—. Si quiere, puede contar la cantidad antes de tomar una decisión.

Lowell lo abrió y sonrió al ver la cantidad de monedas de plata que contenía.

—Como ya le dije, el muchacho tiene madera para la mar. Su sugerencia ya rondaba mi cabeza, pero gracias a su «consejo», finalmente, me he decidido. En este viaje Thomas Steven comenzará su formación y en el siguiente viaje ocupara su puesto.

—Me alegro de que nos hayamos entendido, capitán Lowell —Robert ya se levantaba de la incómoda silla para estrechar la mano de su interlocutor y sellar lo hablado.

Cuando se quedó solo, Stefan Lowell se reclinó en la silla mientras acariciaba su mentón con los dedos. Sonrió para sí mismo, contento por su buena suerte al encontrarse con aquel aristócrata que le daría una buena suma de dinero por algo que ya rondaba por su cabeza. Su actual contramaestre le estaba dando demasiados problemas y estaba cansado de pasar por alto ciertos desmanes que se cometían en las bodegas. En el último viaje habían desaparecido varios rollos de costosa seda, además de algunos barriles de especias, y empezaba a sospechar que Darrel Sullivan tenía mucho que ver con aquellos hurtos.

Tras guardar el saco en su levita, se levantó y se encaminó a la taberna con la seguridad de que allí encontraría a Sullivan. Ya estaría casi borracho a pesar de la hora temprana, pensó Lowell contrariado.

Darrel Sullivan estaba sentado en una mesa baja en el fondo del oscuro y maloliente local. Sobre la mesa reposaban dos botellas, una vacía y otra a medias, junto a un vaso. Sintió una mirada sobre su espalda y al girar su rostro se contrajo al descubrir de quién se trataba, no esperaba que el capitán lo encontrara en aquella taberna a pocas horas del viaje.

Se levantó de la silla resuelto y se acercó a la barra, donde lo esperaba su superior, su intención era la de inventarse una excusa plausible por su estancia en el local.

—Capitán, estoy agrupando a los hombres.

—Me imagino —contestó escuetamente.

—Ahora me dirigía a ver si todo está preparado...

—No tengas prisa —le indicó con voz fría.

—Pero...

—No vas a hacer este viaje, ni ningún otro en mi barco.

—¿Cómo? —preguntó Darrel con incredulidad.

—No soy estúpido y me he dado cuenta que robas a tus anchas en las bodegas.

—¿Quién le ha dicho eso? Es absurdo...

—No malgastes saliva. No quiero verte en mi barco nunca más.

Lowell dejó de prestarle atención y tras dejar varias monedas en pago a lo consumido, giró y caminó hasta la puerta sin mirar atrás.

Darrel Sullivan dio un puñetazo sobre el gastado mostrador antes de pedir al camarero un trago de whisky, el hombre lo miró con temor antes de servirle. Tras años de fiel servicio, el capitán Lowell osaba echarlo y solo pudo pensar en vengarse de él. Maldijo mil veces por su infortunio, además de quedarse sin trabajo, había gastado su último sueldo en dos días.

Thomas Steven amarraba las cuerdas que manejaban las velas tras colocarlas como había ordenado el capitán, debían aprovechar la suave brisa de la tarde para partir. A su lado estaba su compañero, Evans Kenneth. Aún recordaba cuando ambos se conocieron siendo simples grumetes que solo buscaban una oportunidad. Desde entonces siempre habían trabajado juntos y de eso hacía años.

—¿Por qué no fuiste al condado de Clearwater? —la voz de su amigo lo sobresaltó. Hacía solo unos días que habían vuelto a reencontrarse tras el último permiso y le había comentado escuetamente donde había pasado ese tiempo.

—No pienso volver al condado de Clearwater —afirmó exasperado.

Evans no comprendía su mal humor.

—¿Y tu madre?

—No quiero hablar de eso —dijo para dar por zanjado el asunto.

Evans estudió su rostro y vio que algo lo atormentaba, le daría el tiempo que sabía que necesitaba.

—Cuando tengas ganas de hablar aquí me tendrás.

—Te lo agradezco...

Su conversación fue interrumpida por el segundo de a bordo, que se detuvo a pocos pasos de ellos.

—Steven, el capitán quiere hablar contigo.

—Sí, señor.

Confundido, subió las escaleras que conducían al despacho del capitán y golpeó ligeramente la puerta antes de entrar. Era un compartimento amplio presidido por el escritorio amarrado a las tablas del suelo. En él se adivinaban las cartas navales junto a un sinfín de papeles.

Lowell estudiaba un documento que abandonó para prestar atención a Steven.

Finalmente, fue Tom el primero en hablar.

—Usted dirá, capitán. ¿Hay algún problema?

—Ninguno, muchacho. Quería hacerte una proposición que espero te interese.

—Lo escucho.

—Te has convertido en uno de mis mejores hombres.

Tom notó el orgullo crecer en su interior.

—Gracias, señor.

—Desde hoy serás mi mano derecha —expuso sin tapujos, el joven lo miró con la incredulidad pintada en la cara y el capitán le dedicó una leve sonrisa.

—Pero...—balbuceó Tom—. ¿Y el señor Sullivan?

—Eso no te incumbe. ¿Te conviene el puesto?

—Por supuesto, señor.

—Eso esperaba que dijeras.

—Gracias por la oportunidad, señor.

—Ahora sigue con tus tareas.

Tom bajó las escaleras con una gran sonrisa que embargaba su rostro. Había trabajado duramente a lo largo de los años y por primera vez sus esfuerzos parecían dar fruto. Quería demostrarle a «su padre» que no necesitaba de su apellido para ser alguien en la vida.

La voz de su amigo sonó a su espalda y volvió a sobresaltarlo.

—Tom, ¿qué ha pasado?

—Nada malo —tranquilizó a su amigo que parecía preocupado.

—¿Para qué te ha mandado llamar el capitán?

—El señor Sullivan ha dejado el barco y el capitán ha pensado en mí para sustituirlo.

Evans abrió sus ojos desmesuradamente antes de abrazarlo y palmear su espalda con afecto.

—Llevas años esperando una oportunidad como esta.

—No me lo esperaba —confesó algo confuso.

—Así es la vida. Un día cambia la suerte...

—Tú y tus creencias irlandesas —se mofó de su amigo pelirrojo.

—Tom, no te rías de ella, es una cosa seria.

CONTINUARA