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CAPITULO 8
Londres, dos años después
Candy observó con desgana los edificios que poblaban las calles a su paso. El carruaje traqueteaba en dirección a la nueva casa de su madre en Londres, que había adquirido tras la venta de algunas hectáreas de las tierras del condado de Clearwater. El motivo de aquel viaje era su presentación en sociedad y debía estar contenta, lo sabía, pero no lograba alegrar su ánimo desde la muerte de su querido padre un año antes.
Solía consolarse al pensar que él siempre estaría a su lado, en un convencimiento infantil, y que seguía protegiéndola donde estuviera. Aún recordaba con dolor el día que su madre le informó fríamente que su progenitor no se había levantado de la cama y no lo haría nunca más. En la noche, una llorosa María le explicó que el corazón de Robert White se había agotado.
Tras el entierro, Candy se derrumbó y cedió a semanas funestas en las que no quería seguir viviendo. Entró en un estado de aflicción del que aún no se había recuperado. Tampoco ayudó el empeño de su madre en «pulir los desmanes creados por su padre» al contratar para dicho fin a una dura institutriz que vigilaba cada uno de sus movimientos.
El carruaje se detuvo frente al nº 13 de la calle Mayfair. La vivienda contaba con un pequeño jardín repleto de flores de vivos colores que daba la entrada a una amplia mansión de dos pisos. La fachada estaba revestida en piedra gris, donde resaltaban las ventanas de madera de caoba, y en el interior el gusto recargado de su madre se adivinaba por doquier.
El primer día en la ciudad lo pasaron recorriendo Regent Street en busca de los mejores tejidos y complementos para la próxima apertura de la temporada. La calle estaba repleta de viandantes que iban y venían en un pulular constante. Eran fechas señaladas para las damas de la alta sociedad que se preparaban para lucir los diseños más exclusivos en los eventos de la capital.
Semanas después Candy se encontraba frente al espejo para admirar el resultado de una tarde de arreglos que se lucirían en la noche de su presentación en sociedad. Su madre y hermana habían organizado el evento y el Marqués había sido tan amable de ofrecer su casa para la celebración, ya que la mansión Grandchester contaba con una gran sala de baile.
Candy se sentía hermosa con aquel vestido que resaltaba su figura. El diseño estaba confeccionado en una suave seda de color anaranjado, el corpiño se ajustaba a sus senos como una segunda piel, las delicadas mangas apenas cubrían sus hombros nacarados y la falda caía en hondas sobre sus piernas.
La doncella había creado con su cabello un delicado peinado que dejaba unos graciosos tirabuzones que enmarcaban su rostro.
Cuando Sharon entró en la alcoba estudió concienzudamente el aspecto de su hija y sin ningún pudor retocó varios bucles del peinado antes de dar su aprobación. Finalmente, le indicó, sin emoción, que esperara el aviso de la doncella para bajar, y, sin más, abandonó la estancia.
Al escuchar los tenues golpes sobre la puerta Candy no dudó en salir, pero se quedó petrificada en el vano al descubrir que quien había llamado no era la doncella, sino el mismísimo Marqués.
Terry realizó una exagerada reverencia que hizo que la joven sonriera.
—Señorita White, ¿está preparada?
—Sí —contestó en un susurro.
Las palmas de sus manos sudaban copiosamente dentro de los guantes y sus piernas temblaban bajo las capas de tela.
—No la veo muy convencida.
—Es que... —balbuceó— Esperaba a mi madre.
—Debo ser yo quien la acompañe a la sala, como anfitrión que soy —vio la duda reflejada en sus ojos—. No se preocupe, yo hablaré con ella.
Cuando el Marqués le ofreció su brazo, Candy colocó allí su mano y su corazón latió aceleradamente. Sus pasos los llevaron a la barandilla de caoba con vistas al gran hall de mármol.
Candy observó a su hermana, con un elegante vestido en color aguamarina, que estaba en la entrada y saludaba a los invitados. Con nerviosismo y retorciendo sus manos, imaginó el momento que sabía la aguardaba: todos los ojos estarían puestos en ella y eso la aterraba.
Una mano a su espalda la sobresalto y giró para encontrarse con el rostro de Terry, que la observaba con humor.
—Cuénteme lo que le pasa, no se lo diré nada a nadie.
Candy dudó antes de confesarse.
—Temo cometer alguna torpeza —sus pupilas verdes no se apartaban de la falda de su vestido.
—Si así fuera, nada pasaría. No tenga miedo, solo tiene que comportarse con naturalidad.
—No sé si podré —expresó con angustia.
—Lo hará, y su padre estará orgulloso de usted.
Terry acercó su mano al rostro femenino y con un dedo elevó su frágil barbilla para poder ver sus ojos.
—Candy —la tuteó—, ¿confías en mí?
Se sintió perdida en la marea azul de su mirada. Obnubilada, obligó a su voz a salir de sus labios.
—Confío.
—Eso esperaba, pequeña Candy —concluyó Terry con la necesidad de apartarse de ella. Le ofreció su brazo, que ella cogió, y finalmente bajaron por las majestuosas escaleras ante las miradas apreciativas de los invitados.
Archibald Cornwell llegó a la puerta de la mansión Grandchester en compañía de su abuela. La anciana había insistido en que fuera a aquel baile y le recalcó que si no lo hacía le retiraría el saludo. La conocía demasiado bien como para no acatar sus deseos.
Sofie Cornwell arrugó la nariz al ver que quien recibía a las visitas era la Marquesa Grandchester, en compañía de su madre. Observó con ojos críticos la ostentosidad de la fiesta que había organizado la frívola mujer del joven Terry, como solía llamarlo al conocerlo desde que usaba pantalones cortos. A pesar de que no le agradaba su anfitriona, había decidido arrastrar a su nieto hasta allí sabedora de que asistirían muchas jóvenes debutantes y que esperaba lograran encandilarlo.
Nada más entrar en la sala, su abuela lo guió por la misma y saludó a diferentes señoritas de buena familia que le sonrieron tontamente. Estaban claras sus intenciones, pero él no podía darle lo que tanto anhelaba.
Hacía años que su corazón no estaba en su pecho, se lo había entregado a Annie Taylor, una mujer a la que nunca podría tener.
Recordó la emoción que sentía en el pecho cada vez que la tenía cerca, la necesidad que sintió de expresarle sus sentimientos y el jarro de agua fría que había recibido cuando Brett Taylor le confesó que la amaba y que era correspondido. Los veía tan felices juntos que encerró sus sentimientos bajo siete llaves.
Cuando la familia de Annie se enteró de aquella relación clandestina le prohibieron ver al joven Taylor. Aquel matrimonio no era digno de su linaje, le espetó su padre, Brett solo era el hijo menor de un Conde, por el contrario, su estirpe se remontaba a siglos de antigüedad.
Annie no entendía la obcecación de su progenitor sobre el asunto. Su amado se había dedicado a la carrera militar y había logrado varios ascensos en poco tiempo. Había demostrado sobradamente que llegaría a ser alguien importante por su tesón, pero nadie quiso escucharlos.
Finalmente, la pareja huyó para casarse en Escocia y cuando la familia de Annie se enteró la repudió públicamente, avergonzados por su comportamiento. Poco le importó a la joven, que era feliz junto a su marido y nada hacía presagiar la muerte de Brett en un accidente en el acuartelamiento, cuando la pólvora almacenada explotó sin motivo aparente. Annie intentó buscar consuelo en su familia, pero volvió a ser rechazada.
Actualmente se mantenía gracias a la generosa renta que le proporcionaba su suegro, que siempre la había apreciado.
Archie dejó que Annie llorara sobre su hombro por el hombre al que amaba, y, finalmente, se habían convertido en amigos. De eso hacía años y Archie, a pesar de lo que seguía sintiendo por ella, se mantenía a una distancia prudencial por temor a expresar sus sentimientos y ser rechazado.
La posibilidad de que su frágil relación se rompiera por confesar un amor condenado al olvido se le hacía insoportable.
La voz de la propia Annie lo sacó del pozo que eran sus recuerdos.
—¡Archie! —exclamó sorprendida — No esperaba encontrarte aquí.
El aludido consiguió recomponerse para responder a sus palabras.
—Mi abuela puede ser muy convincente.
Annie sonrió pícaramente.
—Sofie es una mujer adorable.
—Tú no la sufres —rebatió contrariado.
—¿Qué ocurrió esta vez? —preguntó Annie resignada. Sabía que abuela y nieto discutían a menudo.
—Está empeñada en encontrarme esposa.
A Annie le sorprendió su confesión y sin saber porqué un hueco se formó en su interior. Sabía que así tenía que ser, él debía casarse y hacer su propia vida, pero con solo pensar que su estrecha relación podía variar le causó una inusitada tristeza. A pesar de sus pensamientos desconcertantes, consiguió responder.
—Quizás Sofie tenga razón. Te estás haciendo mayor —finalizó para dar humor al asunto.
—¿Tú también? —exclamó Archie iracundo. La ira creció en su interior al escuchar a la mujer que amaba aconsejarle que buscara esposa.
—Adam, no te molestes —Annie pudo notar la tensión que irradiaba su cuerpo sin comprender el motivo.
—Discúlpeme, señora Taylor —su mirada era fría como el acero—. Debo buscar esposa.
Annie se quedó estupefacta cuando Archie se giró con furia y comenzó a caminar resuelto en dirección contraria a su persona. Suspiró contrariada por lo sucedido y sin entender porqué Archie se había molestado con sus palabras.
Terry llegó a su encuentro tras cruzarse con el dueño de sus pensamientos.
—Annie, ¿qué le pasa a Archie?
—No lo sé, pero ya se le pasará —afirmó con esperanza—, ya sabes que no le agradan los bailes.
—Lo sé, incluso a mí me ha sorprendido verlo aquí esta noche —cogió su mano con afecto—. Gracias por aguantar su mal genio —añadió mientras observaba cómo Archie salía al exterior por una de las puertas acristaladas que daban al jardín.
—Terry, sabes que os adoro a los dos. Tras la muerte de Brett solo tuve vuestro apoyo... —recordó con pesar.
—Annie. Debes seguir viviendo, es lo que querría Brett.
—Lo sé, pero no puedo —una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Perdóname —le rogó Terry—. No pretendía entristecerte.
—Se me pasará —afirmó recomponiéndose—. ¿Me vas a presentar a tu cuñada? —preguntó con la intención de cambiar de tema—. Estoy deseando conocerla.
—Es una joven especial —proclamó Terry con orgullo.
—Espero que se case pronto. Al menos así saldrá del amarre de su madre —comentó Annie con sinceridad.
—Annie —la reprochó—, no hables así de mi suegra.
—Solo recalco lo evidente. Vivir con la condesa de Clearwater deber ser un...
—Basta —la cortó—, ¿para qué crees que armé esta reunión? Ahora discúlpame, pero debo abrir el baile.
El Marqués se aproximó a Candy con paso lento y, cuando estuvo a su altura, le sonrió antes de tenderle la mano que la joven aceptó confiada. Cuando Terry posó su mano sobre la cintura femenina sus miradas se encontraron y el recuerdo del primer baile compartido flotó en el aire.
Candy notaba el corazón palpitar por su proximidad, podía percibir su aroma almizclado y el calor que emanaba de su cuerpo. A su pesar, sentía algo especial por aquel hombre. Cuando se encontraban en la misma estancia, mariposas danzaban en su estómago y su respiración se aceleraba irremediablemente.
Todos aquellos sentimientos que atenazaban su alma eran una locura, lo sabía, pero no podía evitar sentirse enamorada del Marqués. Era algo que había crecido en su interior de la nada y a pesar de que rezaba todas las noches para que desapareciera no lo había logrado. Seguía atormentándose cada día por amar a un hombre que le pertenecía a su hermana.
Terry observaba absorto su rostro angelical sin poder evitar sentirse atraído. Era una joven demasiado inocente, pensó con pesar, la sociedad londinense era un nido de víboras en el que tendría que moverse a partir de aquel momento. Tenía la esperanza de encontrar pronto a un hombre que la tratara como se merecía y que cuidara, celosamente, la pureza de su alma.
La orquesta entonó los últimos acordes de la melodía y ni siquiera habían intercambiado una sola palabra perdidos en lo que ambos sentían. Terry detuvo sus pasos y besó su mano enguantada con galantería, Candy le sonrió. Al incorporarse se encontró con la miraba fría que les dirigía Susana, que parecía celosa de su propia hermana.
Tras dejar a la joven junto a su madre, Terry se encaminó apresuradamente hasta su esposa con la intención de mitigar su enfado. En el tiempo que llevaban casados se había percatado de su carácter irascible y sabía por experiencia que si se la contrariaba podía ser temible.
La mimaba para no tener que soportar su ira. Era una actitud un tanto cobarde, lo sabía, pero lo prefería a soportar constantes disputas sin sentido.
Charles observaba con tedio la sala repleta de cándidas jóvenes que le resultaban insulsas. Estaba a punto de abandonarla cuando sus ojos se detuvieron en la puerta por donde hacía su entrada Andrew Ledger, el mismísimo marqués de Strafford. Iba impecablemente vestido con una levita negra, camisa blanca y chaleco a juego el corbatín azul. Charles se quedó quieto al presagiar que se avecinaba una escena interesante con aquel invitado tardío. Era bien conocido por la sociedad el antagonismo existente entre el marqués de Strafford y el anfitrión, a nadie más que a su cuñada se le podía ocurrir semejante idea. Disfrutó del rostro petrificado de su hermano al ver que su esposa lo dejaba con la palabra en la boca para dirigirse hacia Andrew Ledger. Una sonrisa asomó a sus labios al comprobar la artimaña de la marquesa Grandchester, cuando se lo proponía podía ser temible, solo ella era capaz de invitar a aquel hombre a sabiendas de que su marido no lo toleraba.
Terry observó partir a Susana con el cuerpo tenso tras una nueva discusión que había quedado en el aire. Su mujer había conseguido, si aquello era posible, que se enfureciera todavía más con su acción al ir a recibir al marqués de Strafford. La maldijo mil veces por su osadía al invitar a su peor enemigo a su propia casa. Su genio no mejoró cuando Andrew Ledger besó con galantería la mano de Candy para poco después danzar con ella.
Se sentía observado por sus propios invitados que esperaban su reacción ante la llegada inesperada, pero no pensaba protagonizar tal espectáculo. Con paso resuelto abandonó la sala en dirección a su despacho, en busca de intimidad y una anhelada copa de brandy. Para su sorpresa, al entrar en la estancia, descubrió a Archie que ya degustaba uno de sus mejores licores sentado en su butaca favorita. Cerró la puerta dejando atrás el bullicio que en aquel momento le resultaba exasperante. Su amigo lo saludó con un leve gesto de cabeza, no parecía de mejor humor. Terry le retribuyó antes de servirse una copa del ambarino líquido para, poco después, sentarse en la butaca frente a la de Archie.
—¿Escondiéndote de tu abuela? —preguntó Terry antes de saborear el primer trago en su paladar.
—No me parece gracioso —contestó Archie iracundo—. Estoy cansado de su insistencia por casarme.
—Te comprendo, yo pasé lo mismo con tía Sarah.
—Es un caso completamente diferente. Mi hermano es quien posee el título y ya está felizmente casado.
Terry entendía su posición, pero tenía la esperanza que una buena mujer endulzara su carácter arisco, aunque sospechaba que ya había entregado su corazón sin demasiada fortuna.
—El matrimonio no es tan horrible como piensas...
Archie resopló, ¿acaso aquella noche el mundo entero se había aliado en su contra?
—Simplemente no quiero casarme —dio por zanjado el asunto y cambió de conversación con aspereza—. ¿Qué te trajo hasta aquí?, eres el anfitrión.
Terry recordó el motivo y contestó furibundo.
—Andrew Ledger se encuentra en la sala —explicó escuetamente.
Las cejas castañas de Archie se curvaron por la sorpresa.
—¿Has invitado a Andrew Ledger? —preguntó con incredulidad.
—¡Por supuesto que NO! —exclamó ofendido—. Fue Susana aconsejada por su madre. Piensan que Ledger es un buen partido para Candy —las palabras de Susana lo volvieron a golpear. No quería que el degenerado de Andrew Ledger se acercara a la niña de ojos esmerada.
—Espero que la joven le resulte insulsa —comentó Archie contrariado—, ya lo conoces —concluyó con voz fría al recordar lo que se rumoreaba sobre él.
—Creo que es imposible que Andrew no se percate de su hermosura —pronosticó Terry mientras se mesaba la barbilla pensativo y buscaba una posible solución al dilema que se le presentaba.
—No te apures —intentó calmarlo Archie al ver su angustia—, seguramente habrá más hombres en su cartilla de baile. ¿Piensas echar a Andrew?
—No tengo intención, sería un escándalo.
—Puedes estar seguro.
—Y si no quieres que averigüe el nombre de la mujer que te robó el corazón será mejor que te calles y rellenes de nuevo mi copa.
* * *
El baile se prolongó hasta la madrugada y la condesa de Clearwater, junto a su hija menor, decidió pasar la noche en la mansión Grandchester tras el ofrecimiento de Susana, que no quería quedarse a solas con su esposo tras su última discusión.
Candy se despertó al alba, apenas había descansado pese a la comodidad de la cama con dosel de la alcoba que le había asignado su hermana. La emoción de la noche anterior bullía en su interior y en el tiempo pasado en vela había rememorado como se había sentido entre los brazos del Marqués. Sabía que no era correcto, pero nadie podía robarle sus anhelos en la intimidad.
La luz que se filtraba entre los espesos cortinajes animó a Candy a colocar sus pies sobre el frío suelo. Desperezándose, para aflojar los músculos cansados de su cuerpo, se dirigió a la ventana y se asomó curiosa. Su cabeza se despejó, dejando atrás el sueño, cuando sus ojos localizaron una figura que reconoció al instante: Terry caminaba enérgicamente hacía el mozo de cuadras que sujetaba las riendas de un semental de pelaje negro. Sus movimientos fueron diestros cuando se encaramó a la montura. Tras dar una palmada en el flanco del animal, emprendió su paseo matinal.
Candy suspiró, se apartó y colocó una mano sobre su pecho, intentando con el gesto detener los alocados latidos de su corazón. ¿Por qué tenía que amar al hombre equivocado? ¿Por qué su cuerpo la traicionaba con solo verlo? ¿Podría enterrar lo que sentía en el fondo de su corazón o la atormentaría toda la vida? No merecía la pena seguir haciéndose preguntas para las que no tenía respuesta.
El desayuno progresó de la forma habitual, su madre no paraba de parlotear sobre el éxito de la noche anterior y apenas dejaba replicar a quien la rodeaba. La conversación cambió de rumbo cuando el marqués de Strafford se coló en ella, tanto su madre como Susana saturaron su cabeza con las alabanzas hacía el hombre con el que había bailado un par de piezas la noche anterior.
Al concluir, tanto su madre como Susana se retiraron a su saloncito privado ignorando, como era su costumbre, a la joven. Candy ni se molestó en entrar, sabedora de que no sería bien recibida.
Sin saber bien en qué ocupar el tiempo, se aventuró por uno de los corredores hasta llegar a la puerta abierta de la biblioteca, admiró las paredes repletas de estanterías de caoba donde descansaban docenas de ejemplares finamente encuadernados en piel.
Oteó los títulos durante minutos, pero finalmente se decantó por uno que reposaba sobre una mesa auxiliar junto a un cómodo sillón que parecía acogedor y donde decidió sentarse. Abrió el libro con ilusión y se sintió confusa al descubrir que se trataba de un manuscrito. El autor retrataba sus experiencias sobre viajes a lugares lejanos que ella desconocía y que la atraparon en su influjo. Con curiosidad, buscó al final del ejemplar el nombre de quien las había vivido y cual no fue su sorpresa al encontrar escrito con perfecta caligrafía: Terrence Graham. Acarició su nombre con los dedos con deleite.
Una tos a su espalda la sobresaltó y al levantar la mirada se encontró con el dueño de sus pensamientos, que la observaba con sospecha al percatarse de que intentaba ocultar el ejemplar que reposaba sobre su regazo.
Su cabello castaño estaba alborotado y algunos restos de barro se adivinaban en sus botas marrones lo que evidenciaban que regresaba de la cabalgata que había iniciado en la mañana.
—Espero que no haya leído mi diario, me avergonzaría —comentó Terry sin apartar la mirada de sus manos nerviosas.
Candy se sintió mortificada y sus mejillas se tiñeron de rubor.
—Lo siento, mi Lord —se disculpó—. No me percaté de que se trataba de un diario y cuando lo hice ya estaba perdida en sus líneas.
—Entonces, lo leyó —afirmó Terry mientras se sentaba en una butaca cercana—. ¿Le gustó lo narrado?
—Me fascinó todo —confesó con ilusión a la vez que se perdía en el azul de su mirada—. Desearía conocer todos los lugares de los que habla.
—Quizás algún día los pueda recorrer —Terry imaginó que era él quien se lo mostraba, tal pensamiento le sorprendió.
—Lo dudo —exclamó Candy frustrada, sin percatarse de la mirada extraña del Marqués—. Mi única función en esta vida es buscar esposo —confesó con fastidio.
—Quizás tenga suerte —lo esperaba fervientemente.
La joven lo miró con una infinita tristeza que lo apabulló.
—Supongo que tiene razón, pero tengo serias dudas —Candy suspiró sin muchos ánimos.
—¿No ha conocido a nadie especial? —Terry se mordió la lengua cuando la pregunta salió de sus labios.
—Para el caso, daría lo mismo, mi madre será quien «elija» al candidato.
—No debería permitirlo —otra vez hablaba de más.
Candy se sintió furiosa con sus palabras y lo miró con intensidad.
—¿Piensa que es fácil oponerse a ella? —preguntó con incredulidad.
—Candy, no cometa un error... —intentó aconsejarla, pero un sonido proveniente del pasillo silenció sus palabras.
Susana entró en la estancia con gesto iracundo y los observó inquisitivamente antes de anunciarles que el almuerzo estaba dispuesto y, sin decir nada más, giró con furia y desapareció con paso ligero. Terry apretó la mandíbula, pero se contuvo de mostrar su ira por el comportamiento de su esposa y, con una leve sonrisa, le prestó su brazo a Candy para dirigirse al comedor.
CONTINUARA
