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CAPITULO 9
Como cada miércoles desde su llegada, Sharon y Candy cenaron en la mansión Grandchester. En aquella ocasión se había sumado a la reunión el hermano del Marqués junto a la tía de ambos.
Candy presuponía que sería una velada de aburrimiento con la voz estridente de su madre de fondo, pero se equivocó cuando Charles Graham ocupó el lugar a su derecha. Era un hombre jovial y disfrutaba con su diálogo, pero cuando verdaderamente atrapó toda su atención fue cuando mencionó los jardines que Candy tanto ansiaba conocer. Escuchaba embelesada las maravillas de Vauxhall Garden, donde se podía disfrutar de cenas veraniegas, grandiosos conciertos y, las noches de cielo despejado, de los grandiosos y afamados fuegos de artificio. Charles, animado por el entusiasmo del rostro de la joven, propuso al resto asistir al mismo, ya que aquella noche era la propicia para disfrutar del espectáculo. Y todos lo secundaron animados.
Candy estudió el rostro de su madre, que mostraba claramente que se negaría a darle consentimiento. Escuchaba a su alrededor los planes que se hacían y, agarrada fuertemente a su valentía, se atrevió a preguntar si podía asistir. Como esperaba, la observó con desagrado y se negó en redondo.
Terry fue testigo del corto intercambio de palabras entre madre e hija y no le pasó inadvertida la desilusión en la mirada verde de Candy. Sabía que no debía inmiscuirse por muchos motivos, entre ellos, el genio de su esposa, pero no pudo evitar salir en su auxilio. Presionó a Sharon para que la joven pudiera cumplir sus anhelos y así verla sonreír.
La Condesa se negó y arguyó que era demasiado joven y que en aquellos jardines pasaban cosas que no debía conocer. No añadió que eran muchas las parejas, y no precisamente casadas, que se encontraban allí al amparo de la oscuridad. Terry no cejó en su empeño, se ganó una mirada airada de Susana, pero logró la aceptación por parte de su suegra que no quería contrariar al Marqués en demasía.
El carruaje familiar partió, finalmente, en dirección al afamado parque. Candy no podía borrar la sonrisa de su rostro, a pesar de que su hermana parecía contrariada con su presencia. Poco le importaba en aquel momento que la ignorara, con su rostro girado hacia la ventanilla. La perspectiva de ver el estallido de colores del que le había hablado Charles la tenía en una nube. Por su parte, Terry conversaba exaltadamente sobre política con su hermano, sin tener en cuenta el comportamiento infantil de su esposa. Estaba hastiado de ceder a sus caprichos.
Al bajar del vehículo, caminaron por los senderos iluminados por farolillos hasta llegar a un claro situado junto a un pequeño lago.
Candy se quedó enamorada del entorno misterioso que la rodeaba. Casualmente, se encontraron con la señora Taylor, que acompañaba a sus suegros aquella noche. Tras los saludos pertinentes, el numeroso grupo se situó cerca de la orilla a la espera del descomunal ruido, que estalló poco después en el cielo.
Candy se colocó la mano en el pecho, impresionada por el espectáculo y con el bello de la piel erizado por la mezcla de sentimientos que había despertado en su interior.
Susana y Terry se encontraban alejados del grupo y parecían mantener una conversación acalorada. El resto de integrantes de la cuadrilla comenzó a dispersarse en la verde pradera perdidos en las emociones que inspiraban los sonidos atronadores acompañados por el juego de luces.
Según pasaban los minutos, la multitud se fue aglomerando en la zona y Candy fue rodeaba por el gentío que se movía inapreciablemente. Así fue como se alejó de sus parientes hasta situarse cerca de la arboleda. Tan pérdida estaba en la contemplación de la exhibición que no percibió que un hombre a su espalda se le aproximaba.
Aquel sujeto aprovechó un nuevo estallido para atrapar el frágil cuerpo y tapar su boca antes de arrastrarla hasta la oscuridad de la arboleda sin que nadie se percatara.
Cuando Candy fue consciente de lo que sucedía, mordió con saña la mano que la silenciaba y pudo gritar a pleno pulmón, pero su voz fue silenciada por el ruido que retumbaba en la lejanía. El hombre no dudó en abofetearla antes de introducir en su boca un pañuelo. Candy intentó luchar con todas sus fuerzas, pero su oponente era demasiado fuerte y su ímpetu se agotó.
El silencio invadió el parque y los espectadores se fueron dispersando del lugar. Candy White se levantó con trabajo del suelo, notó que sus piernas flaqueaban, pero se obligó a mantenerse en pie. Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas blancas como la cera. Podía percibir la tierra húmeda adherida a sus rodillas ensangrentadas junto a un dolor lacerante que palpitaba en su femineidad maltratada. La parte superior del vestido estaba rasgada y mostraba la piel enrojecida de sus senos por las uñas de aquel desalmado. Notaba la mezcla del sabor de la sangre con el de su propio llanto en el paladar. Con cierta dificultad, logró recoger su capa, olvidada en el suelo, y colocarla sobre sus hombros para intentar mitigar el frío que se había adueñado de su cuerpo. Intentaba respirar con todas sus fuerzas, pero sus pulmones parecían no querer responder como debían y un temblor la recorrió.
A su mente volvió lo sucedido, las manos bruscas que recorrían su cuerpo y el pañuelo de seda que amordazaba su boca, con el aroma del mismo entrando por sus fosas nasales, mientras una nausea trepaba por su garganta.
Su fría risa se clavó en sus oídos una y otra vez, amenazando con volverla loca. Sabía bien quién era el dueño de aquella voz que le había susurrado palabras obscenas mientras la forzaba, pero juró no decirlo nunca.
Candy inició su andar con paso lento y vacilante, completamente desorientada y con la mirada perdida, sin advertir lo que la rodeaba. Tanto fue así que no se percató de que una mujer caminaba precipitadamente a su encuentro. El hombre que la acompañaba se quedó a unos pasos sosteniendo el farol que portaba y con el espanto reflejado en su rostro.
Annie observó la piel cenicienta de la joven y su mirada perdida. Su capa mostraba manchas de barro y a través de la misma pudo vislumbrar el vestido rasgado y el bajo de su enagua ligeramente ensangrentado. Un hilo carmesí corría por la comisura de sus labios y sus preciosos ojos verdes estaban enrojecidos por el llanto. Annie Taylor se santiguó antes de acercarse a Candy.
—¿Señorita White...? —Annie apenas podía hablar por la angustia que atenazaba su garganta.
Candy se sintió avergonzada ante su mirada de horror e intentó apartarse de su lado, pero Annie no se lo permitió y la abrazó protectoramente contra su pecho hasta que la joven cedió al consuelo que necesitaba.
—Tranquilícese —le rogó Annie y acarició su pelo—. Todos la estábamos buscando.
—¿Mi hermana? —preguntó con el miedo tiñendo su voz. No quería que Susana supiera lo sucedido.
—Cuando alcancemos el carruaje, mandaré al lacayo con un aviso a Terry —le explicó Annie con intención de apaciguarla.
La joven sintió que su corazón se resquebrajaba un poco más al recordar al Marqués.
—¡Me siento tan avergonzada! —exclamó con tormento—. ¡Por favor! —le suplicó—, no se lo cuente a nadie.
Annie meditó lo que le pedía y le fue imposible negarse.
—Se lo juro, pero ahora debemos ir a su casa ¿Se hallará su madre?
Candy se puso más blanca, si era posible, al imaginar la situación. La señora Taylor parecía conocer bien a su progenitora.
—Creo que se encuentra en casa de la prima Verónica —recordó Candy con esfuerzo—, en una de sus pequeñas reuniones donde juegan a los naipes.
—Apresurémonos antes de que regrese. No puede verla con este aspecto —Annie cogió su cintura y la instó a andar hasta llegar al carruaje.
En el interior del pequeño habitáculo, Candy se abandonó de nuevo a las lágrimas y la desesperación que pugnaba por salir, sobre las rodillas de Annie Taylor, apenas una conocida.
El silencio solo era interrumpido por el llanto de la joven, rompiéndole el corazón de Annie. Notó una lágrima solitaria correr por su mejilla al adivinar lo pasado aquella noche. La fatalidad se había cebado en aquella pobre niña.
Candy apenas fue consciente de que se habían detenido frente a la fachada de su casa. La señora Taylor la ayudó a incorporarse y a bajar del vehículo y, con la ayuda del conductor, llegaron hasta la puerta trasera donde esperaban encontrar a la mujer que la joven había indicado que era de completa confianza.
Golpearon la puerta en varias ocasiones hasta que la hoja chirrió al abrirse para mostrar a una mujer delgada y de cabello castaño salpicado de canas, que portaba un vestido azul marino cubierto por un delantal blanco.
María observó al grupo que se presentaba ante sí y su corazón se aceleró al reconocer el rostro de su pequeña Candy. Corrió a su encuentro y estrecho su frágil cuerpo entre sus brazos con angustia.
—Mi vida, ¿qué te ha pasado?
La voz de Annie sonó preocupada.
—¿Es usted María? —La aludida se volvió y afirmó con un gesto de cabeza. Los ojos marrones de aquella joven le habían contado lo sucedido sin pronunciar una sola silaba—. Cuídela bien —le rogó.
—Lo haré —y con un nudo en la garganta logró concluir—. Gracias por su ayuda.
María había indicado al servicio que podían retirarse una vez hubieran preparado un baño para la señorita White. Mientras las doncellas acataban sus órdenes, mantuvo oculta a la joven en sus aposentos. Cuando se cercioró de que nadie podría verlas, ayudó a Candy a subir las escaleras hasta llegar a su dormitorio.
Con sumo cuidado la ayudó a desvestirse y a meterse en la pila de latón que humeaba, pero ver aquellas ropas sangrientas sobre el suelo dañaban aún más su corazón, y decidió deshacerse de ellas. Cuando regresó, Candy se frotaba frenéticamente con una gasa, dejando su delicada piel enrojecida por la fuerza en su empeño. Ni siquiera se percató de que alguien había entrado en la alcoba, perdida como estaba en la necesidad de limpiarse.
Cuando María se acercó lo suficiente, la joven se sobresaltó cubriendo su cuerpo desnudo con los brazos.
—¿Cómo te encuentras? —sabía que era una pregunta estúpida.
—Sucia —confesó con voz débil, mientras sus ojos no se apartaban de las burbujas que había formado el jabón.
María acarició su cabeza sintiéndose destrozada.
—Mi cielo, lo que sucedió no fue culpa tuya...
—¡No debí insistir en ir a ver los fuegos! —exclamó con intensidad y miró a los ojos de la mujer que era como la madre que nunca tuvo.
—Mi niña, no digas eso. No eres culpable de que un desalmado osara abusar de ti —María dudó antes de hacer una pregunta que la atormentaba—. ¿Pudiste reconocerlo? —finalmente se atrevió a formularla.
El rostro de Candy mostró espanto.
—No, no, no puedo... —volvió el llanto incontrolado impidiendo que hablara.
—Mi niña, tienes que olvidar lo sucedido y seguir adelante. No permitas que destruya tu vida. Solo tú puedes hacerlo.
Candy era incapaz de contestar, estaba sumida en el cataclismo en el que se había convertido su mente.
María la ayudó a salir de la pila, sin importar que su vestido se mojara, y la ayudó a secarse y ponerse un camisón limpio. La acompañó hasta al lecho y la arropó antes de darle un beso en la frente y sentarse en el sillón junto a la ventana para llorar en silencio por la joven a la que sentía como a una hija.
* * *
Candy se despertó especialmente cansada tras apenas dormir, los recuerdos no dejaban de perseguirla desde hacía tres semanas. Todavía padecía la sensación de sus manos sobre su cuerpo junto a aquella voz en su cabeza que le hacía imposible descansar: «si hablas te mataré a ti y a todos los que amas».
Cuando intentó incorporarse, un leve mareo embocó en una arcada que hizo que cerrara los ojos y, con piernas temblorosas, consiguió llegar hasta la palangana de porcelana que reposaba sobre la cómoda. Estaba recuperándose de su estado cuando la puerta se abrió con estrépito, dando paso a su madre.
Alargó la mano para apresar una toalla de lino blanco con la que secó su rostro antes de enfrentarse a su madre, la dragona, como solían llamarla Tom y ella a sus espaldas.
A Sharon no le pasó inadvertida la palidez de su rostro. Hacía días que vigilaba a su hija y empezaba a sospechar sobre sus continuos malestares.
—¿Qué te pasa ahora? —preguntó con frialdad.
—Debió sentarme mal algo que comí —contestó Candy con voz cansada.
—Niña, ni siquiera has desayunado aún.
—Sería la cena... —intentó justificarse.
—Candice Elisabeth White, ¡NO me tomes por estúpida! —su voz tronó, lo que hizo sobresaltar a su hija—. ¿De quién es la criatura que llevas en tu vientre? —gritó Sharon con enojo y roja de ira.
Candy se sintió desfallecer ante sus palabras. Un sudor frío cubrió su piel al asimilar lo que no había sabido leer en su cuerpo por su inocencia. Le impactó descubrir que un nuevo ser crecía en su interior sin llegar a imaginar la magnitud de la situación en la que se encontraba. Notó que su visión se volvía a nublar y buscó a tientas el lecho donde se sentó al perder las fuerzas que le quedaban.
Su madre no se apiadó de su lamentable aspecto y continuó con su interrogatorio.
—¿Cómo te has atrevido a deshonrar el buen nombre de la familia?
—Déjame explicarte... —le rogó la joven con labios temblorosos.
—No quiero justificaciones —Sharon se acercó hasta Candy y atrapó su brazo para apretarlo con saña—. Quiero un nombre.
—Eso es imposible... —replicó, temía más a su agresor que a su progenitora.
La mano de la Condesa impactó en su rostro con dolor.
—¡Maldita seas! Dímelo de una vez.
Candy oprimió los labios y se clavó las uñas en las palmas de las manos con rabia. Su madre no pensaba escucharla y aunque se hubiera tomado la molestia de hacerlo ella seguiría siendo la responsable de lo sucedido ante sus ojos. Siempre la culpaba por todo lo malo que sucedía en la familia.
—¡No colmes mi paciencia!
Una fuerte bofetada impactó de nuevo en su rostro. No era la primera vez que su madre la abofeteaba y apenas se inmutó.
—No voy a decirte ningún nombre —contestó Candy con tozudez.
Los ojos de Sharon estaban llenos de violencia, pero finalmente la soltó.
—No tengo tiempo para acertijos con la boda de tu primo en vista, pero espero que recapacites o tendré que tomar medidas al respecto —sin añadir nada más su madre abandonó la habitación dando un portazo.
Al quedarse sola, Candy se levantó del lecho con el cuerpo tembloroso, para poco después derrumbarse sobre la gruesa alfombra bajo sus pies. Se abrazó las rodillas y ocultó su rostro entre ellas mientras lloraba de forma lastimera. Así fue como la encontró María cuando entró en la alcoba de forma silenciosa.
Simplemente, se arrodilló a su lado y abrazó a su pequeña, que temblaba como una hoja al viento.
—Candy, ¿qué ha sucedido? —María había escuchado gritos en la alcoba y luego vio salir a la Condesa más furiosa que nunca.
La joven tardó un tiempo en contestar por los hipos que la asediaban.
—Estoy...estoy... esperando un hijo —balbuceó.
—¡Dios mío! —exclamó María y se tapó la boca con la mano, digiriendo la fatídica noticia—. ¿Candy? —más que una pregunta era una súplica, pero la joven era incapaz de contestar—. Debes tranquilizarte.
—¿Qué voy a hacer? —contestó con los ojos húmedos y miró a María con una intensidad que la perturbó—. No puedo seguir con esto. Necesito a papá —suplicó al cielo, aun sabiendo que no se lo concedería.
—Mi pequeña —la llamó, con el corazón destrozado por sus palabras—, sabes que yo estaré a tu lado siempre.
—María, solo abrázame —no hizo falta que insistiera puesto que ella lo necesitaba tanto como su pobre niña.
CONTINUARA
