Solamente le quedaban tres días de plazo para entregar la canción terminada y arreglada para completar el álbum, pero Gaara no tenía absolutamente nada, estaba totalmente frustrado, mientras trataba de componer una melodía decente con la guitarra en mano, aunque nada le gustaba y terminaba desechando cada idea.
Se encontraba en su departamento, solo, habían pasado un par de días desde el accidente de la quemadura y ya no le dolía tanto, el rojo había comenzado a disminuir y las ronchas habían cesado, después de recibir el tratamiento apropiado, le había dicho a Matsuri que era una estúpida, como siempre, haciéndola sentir fatal.
—Esto es una basura —murmuró, arrancando la hoja del cuaderno en donde había apuntado un par de notas musicales. Si no podía conseguir terminar una canción, Itachi le iba a obligar a usar esa que le había mandado y que, aunque no estaba mal, no era el tipo de trabajo que Gaara haría. Tenía que concentrarse o buscar inspiración en algún lado, de algún modo, pues no quería convertirse en un mediocre.
Cerró sus ojos y trató de sentir la melodía, mientras un recuerdo nada grato se le venía a la mente, algo ocurrido hace sólo dos días, en la televisora.
—Escuché que te accidentaste —dijo Mei, su expresión mostraba lo preocupada que estaba por el pelirrojo, quién no podía evitar sentirse algo feliz por eso—. Espero que te estés cuidando bien esa herida.
—No fue nada grave, sólo una quemadura con agua caliente —respondió Gaara, restándole importancia al asunto, pero la mujer de cabellera anaranjada exclamó sorprendida.
—¡Eso es bastante serio! —aseguró—. Si no te cuidas correctamente, tu quemadura se podría infectar y te quedará una enorme cicatriz.
A Gaara le tembló todo el cuerpo cuando escuchó lo de la enorme cicatriz, ni siquiera quería pensar en algo tan horrendo como eso.
—No trates de asustarme, Mei —le dijo a la mayor, frunciendo el ceño—. No sé si lo has notado, pero tiene tiempo ya que dejé de ser un niño —añadió, mirando fijamente a la mujer frente a él, con esos ojos de color verde aguamarina tan penetrantes y únicos, tan majestuosamente hermosos. Ella no podía evitar sentirse intimidada y es que Gaara provocaba eso en cualquier mujer, cualquiera.
—Para mí sigues siendo el pequeño Gaara —contestó ella, desviando la mirada, cosa que molestó profundamente al cantante.
Gaara apoyó ambas manos sobre los hombros de Mei, incitándola a que volteara a verlo, a que lo mirara atentamente, que viera al hombre que ahora él era.
—¿Hasta cuándo seguirás con eso? Sabes que me molesta, soy un adulto, Mei, soy un hombre —aseguró, obligándola a verlo a los ojos cuando la tomó por el mentón—. Soy un hombre que está loco por ti... —a medida que hablaba, se iba acercando a los labios de la mujer, pero ella lo apartó de un suave empujón en el pecho.
—Gaara, entiende, yo no te veo de ese modo y jamás lo haré, ya basta de esto —dijo de mala gana, retirándose y dejando a solas al pelirrojo, una vez más, con los sentimientos que tenía por ella siendo arrastrados por el piso.
Arrojó la guitarra sobre la cama con cierta molestia, realmente se sentía mal, agobiado, furioso y todo lo demás, siempre que pensaba en Mei era así, luego estaba Sakura, abrumándolo constantemente con su insistencia en retomar la absurda relación que una vez tuvieron, en un intento del pelirrojo por desechar lo que sentía por su mentora; algo que le fue totalmente inútil, además, Sakura le había dejado para salir con el hermano menor de Itachi, Uchiha Sasuke, no entendía qué bicho le había picado ahora para querer volver con él.
—Maldita sea —masculló, echándose de espaldas sobre la cama. Cerró sus ojos tratando de pensar, pero sólo estaba perdiendo el tiempo, la presión de los tres días lo estaba acabando, no sabía si podría seguir así, esto era terrible.
Ding Dong.
No quería ni siquiera pensar en tener que usar la canción de otra persona, eso sería una mancha en su carrera perfecta, para él, cada una de sus canciones era especial y sabía que no pondría el mismo sentimiento en algo que no haya salido de él, nunca iba a ser igual.
Ding Dong.
Lo peor que podría pasarle tenía que ser esto, un bloqueo mental era una pesadilla para cualquier artista, ¿cómo salir de algo así teniendo el tiempo contado encima? ¡Aún debía arreglar muchas cosas! La melodía, la letra, un tema que fuese coherente y que resultara interesante, ¿qué rayos debía hacer para que su cerebro funcionara?
Ding Dong.
Y luego estaba ese jodido timbre que no dejaba de sonar.
—¡Carajo! —exclamó molesto, parándose de la cama para salir de la habitación, fue hasta la sala y abrió la puerta, estaba furioso, la persona del otro lado lo supo apenas vio su expresión—. ¿Qué demonios estás haciendo aquí? —preguntó, frunciendo el ceño, pero un poco más relajado.
—*—*—*—*—*—*—*—
Disfrutar de un día libre era algo que Lee no conocía desde que había comenzado a trabajar para Gaara, el pelirrojo era sumamente exigente en todo y él, como su mánager, debía estar siempre alerta y dispuesto, pero, finalmente, había conseguido un pequeño descanso luego de que Gaara decidiera aislarse en su departamento para terminar de componer la última canción del disco que estaba próximo a salir. Los retrasos estaban provocando estragos con el fandom, habían recibido muchísimas quejas y reclamos, ya que las fans de Gaara eran igual de ansiosas que él.
La habitación de Lee estaba completamente adornada de todo tipo de cosas en tonalidades distintas de verde, ya fuesen las paredes, el edredón de la cama, e incluso algunos de sus muebles, se notaba que le agradaba el color. En la pared, había un enorme póster de Gaara, era de su primer concierto, el pelirrojo aparecía con el micrófono en mano, su expresión en el escenario siempre era de felicidad absoluta, era difícil pensar que ese chico en realidad era bastante temperamental, pero Gaara no era una mala persona, Lee lo sabía y por eso continuaba estando a su lado, porque, a pesar de todo, lo consideraba su amigo.
—Parece un sueño no tenerlo a mi lado con esa cara de odio —dijo para sí, dejándose caer sobre el sofá. Apenas y pudo cerrar sus ojos para procesar que no tenía nada que hacer ese día, cuando el celular comenzó a sonar.
No pudo evitar fruncir el ceño, parecía que no sería capaz de disfrutar su día libre, puesto que algo tenía que haber sucedido con Gaara; sin embargo, al coger el móvil, se dio cuenta de que no se trataba de él. Sus ojos miraron la pantalla durante un par de segundos, confundido, ¿por qué esa persona le estaría llamando?
—¿Bueno? —contestó.
—*—*—*—*—*—*—*—
Matsuri observó la expresión de fastidio de su jefe con un poco de molestia, ¿acaso no había forma de que Gaara alguna vez cambiara esa cara tan odiosa? Ni siquiera el hecho de ser tan guapo lo salvaba de que ella quisiera agarrarlo a bofetadas cuando la veía así.
—Permiso —la chica sonrió con sarcasmo, ignorando la pregunta del mayor. Entró al departamento sin siquiera ser invitada, a lo que Gaara cerró la puerta de golpe, viéndola como si la fuese a matar.
—Te pregunté qué estás haciendo aquí —insistió. Se suponía que él había pedido expresamente que nadie le molestara, el único que tenía permitido ir a su casa era Lee, ¿acaso esto era obra de él? Iba a matarlo en cuanto lo viera, eso sin duda alguna.
—Lee-san me llamó —respondió la castaña, mirando el departamento de Gaara de rincón a rincón. El lugar era enorme y hermoso, la decoración sobria, con colores negros y rojos la mayoría del tiempo, se notaba que Gaara se preocupaba incluso de detalles como esos. Era impresionante pensar que un chico de sólo diecinueve años ya tenía todo eso, gracias a su esfuerzo y talento, claro estaba.
—¿Para qué? —Gaara insistió, le parecía el colmo que esa chica se apareciera en medio de algo tan importante como era su espacio personal y creativo—. Largo, necesito estar solo, estoy ocupado.
Matsuri volteó a verlo, frunciendo el ceño. No le gustaba tampoco la idea de estar ahí, no soportaba a Gaara, no importaba lo que hiciera, él jamás la iba a tratar con respeto, incluso sabiendo lo mucho que ella lo admiraba como artista.
—No te voy a interrumpir demasiado, señor amargado —dijo la joven, provocando que el cantante sólo se enojara más, aunque ella debía admitir que aquello le causaba bastante gracia—. Solamente vine a ver lo de tu quemadura y Lee-san me pidió que limpiara un poco, la señora que vendría hoy se reportó enferma.
Gaara chasqueó la lengua, había una señora que iba cada tres días a limpiar su departamento, generalmente, cuando él no estaba, pero lo más seguro era que le hubiese dado miedo aparecerse por ahí cuando él estaba en casa, así que se había reportado enferma, a fin de cuentas, casi todo el mundo a su alrededor le temía, aunque Matsuri era un poco distinta en ese aspecto.
—No necesito que revises mi quemadura, estoy bien —respondió, desviando la mirada hacia otro lado—. Sólo limpia y vete, no me interrumpas más —dicho esto, se dirigió de vuelta a su habitación, no tenía tiempo que perder con esa chica tonta, debía ponerse a trabajar a fondo.
Matsuri, por su parte, solamente suspiró al verlo irse, Gaara era demasiado cerrado, no permitía que nadie se le acercara, a veces ella se preguntaba por qué él tenía esa actitud tan odiosa, ¿habría sido siempre así?
—En fin, a trabajar —murmuró la castaña. Hoy se había levantado animada al pensar que no tendría que ver a Gaara, pero los ruegos de Lee a través del teléfono le habían convencido, estaba segura de que ese pobre hombre no tenía un minuto de paz cuando se trataba del Sabaku No. Se puso a limpiar primero los muebles, Gaara no tenía muchos adornos, aunque había bastantes premios musicales, además de algunas otras cosas que parecían ser académicas.
En un estante de la sala, una fotografía llamó la atención de Matsuri, no pudo evitar sorprenderse cuando notó que ahí aparecía Gaara de pequeño y que, además, tenía una expresión risueña y alegre, así como se mostraba ante las cámaras y los fans que no lo conocían de verdad. A su lado, había una niña de cabello rubio, tomado en cuatro coletas, al otro lado estaba un niño más alto que él, con el cabello castaño. Los tres niños sonreían alegres, parecía que estaban pasándolo bien.
—Ya veo… con que no siempre fue amargado… —murmuró. Escuchó la guitarra de Gaara volver a sonar y sacudió su cabeza para volver a la realidad, tenía muchísimo trabajo que hacer y quería terminar pronto para irse, lastimosamente, ese departamento era más grande que toda su casa.
—*—*—*—*—*—*—*—
—Todavía no entiendo tu insistencia en querer verme —dijo Lee, mirando fijamente a la persona que estaba frente a él, su hermoso cabello rosa era, ciertamente, una distracción, pero él no era alguien que se dejara llevar por ese tipo de cosas.
—Lee-san —habló ella, Sakura Haruno, mientras jugaba con su cabello, parecía bastante inocente cuando había cámaras alrededor, pero cuando no las había, lucía mucho más intrépida y seductora—. Te llamé porque quiero hablar sobre Gaara.
El pelinegro suspiró, era obvio que se trataba de Gaara, ¿quién sino?
—¿Qué pasa con él? —interrogó. Conocía bien los pormenores del tórrido y tóxico romance que mantuvieron esos dos, algo no muy alentador para Gaara, aunque era un secreto de la prensa y los fans.
Sakura hizo un gesto infantil.
—Me dijo que está interesado en alguien, me preguntaba si sabes de quién se trata.
Oh, claro que lo sabía, lo había sabido siempre, aunque nunca le pareció algo sana la obsesión de Gaara por aquella mujer.
—Ni idea —mintió, no podía hablar de algo tan privado para Gaara, sabía que sería terrible si alguien se enteraba que él estaba enamorado de una mujer mucho más grande que él y que, además, lo rechazaba constantemente.
La boca de la peli rosa se torció, estaba segura de que Lee, como mánager de Gaara, sabía todo sobre el ídolo, ella no estaba dispuesta a irse sin algo de información, así que usaría todas las armas que tuviera disponibles.
—No quería tener que llegar a esto —dijo de mala gana, sacando su teléfono celular, desde donde abrió la galería y le mostró al hombre que estaba frente a ella una sola y única imagen—. ¿Ves esto, Lee-san? Somos Gaara y yo.
Lee abrió sus ojos completamente aterrado, aquella era una foto en donde se veía claramente que Gaara se estaba besando con Sakura.
—Si no me dices lo que quiero saber, no me va a quedar más opción que difundir esto a la prensa —amenazó la chica, el tono de voz que ahora usaba era completamente autoritario, no parecía que fuera a tener alguna contemplación para hacer lo que advertía, ni siquiera por su propia carrera—. Esta foto no es la única, hay más, también un vídeo muy… comprometedor —se mordió el labio inferior, haciendo alusión a que el contenido de dicho vídeo era sexual.
El mánager empuñó sus manos, ¿cómo es que Gaara había sido tan descuidado? No era algo normal en él.
—Entiendo —contestó finalmente—. Pero de verdad no sé nada, sin embargo —añadió, antes de que ella lo interrumpiera—. Dame un par de días, voy a averiguar quién es.
La Haruno sonrió, satisfecha.
—Tienes tres días, Lee-san —guiñó un ojo y volvió a guardar su teléfono en su bolso, le envió un beso volado a Lee y se fue, mientras el pelinegro solamente se resbalaba en su silla, soltando un suspiro.
—¿Por qué tiene que ser tan bonita? —se preguntó, visiblemente frustrado. No era alguien con problemas de autoestima, para nada, pero no podía evitar sentir que alguien como Sakura jamás le voltearía a ver.
Eran como la bella y la bestia, sólo que esta bestia no era ningún príncipe hechizado; parecía que Gaara era el único príncipe que le interesaba a la peli rosa.
—*—*—*—*—*—*—*—
Mientras Matsuri se dedicaba a limpiar el polvo de los sillones de Gaara, todavía podía escucharlo tocar la guitarra, pero se oía como si éste intentara una y otra vez probar melodías, sin encontrar algo que le convenciera del todo. Después de un rato, ya no escuchó nada más.
—¿Sigues aquí? —esa voz le hizo dar un salto, Gaara la había tomado por sorpresa y la asustó, haciendo que el plumero con el que sacudía saliera volando, yendo a parar sobre la cabeza del pelirrojo, quién lo retiró con fastidio, tosiendo un poco por el polvo que le cayó encima.
—¡Lo siento! —se disculpó Matsuri, corriendo hacia él. Se tropezó con sus propios pies y se fue de bruces contra el suelo, pero fue atrapada justo antes de caer por los fuertes brazos del hombre que estaba frente a ella, pudo sentir su musculatura y su calidez, así que se sonrojó como un tomate.
—Qué tonta eres —dijo Gaara, ayudándola a recuperar el equilibrio—. ¿Siempre tiras todo y te caes?
—N-no es así —contestó ella, avergonzada.
Gaara la quedó mirando fijamente, ese día, ella iba vestida con ropa normal, no traía el uniforme de la escuela como siempre, se veía un poco más grande. Gaara era dos años mayor que Matsuri, lo sabía porque tuvo que leerlo en su contrato, sabía que era una de las mejores estudiantes de toda su escuela y que ella apuntaba a ingresar a la universidad al terminar. Él nunca había ido a la universidad, puesto que siempre se había dedicado a la música, desde que tenía memoria, incluso si a su familia no le gustaba.
—Deberías marcharte ya, no creo que haga falta más limpieza y necesito ponerme a trabajar.
La chica asintió, todavía un poco avergonzada por lo de hace rato.
—¿Estás pasando por un bloqueo? Desde aquí pude escuchar tu indecisión al tocar —comentó, quitándose del cabello la manta que había atado para protegerse de la suciedad.
Gaara la vio con cierta sorpresa, no sabía que Matsuri fuera capaz de distinguir algo así como entender su estado de ánimo sólo por la música que estaba interpretando, quizá ella no era tan tonta después de todo.
—Eso no es de tu incumbencia —respondió, observándola con cierto fastidio, pero a Matsuri eso no pareció importarle.
—Es normal que a veces un artista se bloquee, no se puede ser siempre perfecto y chorrear ideas como loco —dijo la castaña, dejando su cabello suelto—. A mí también me ha pasado cuando escribo una historia y no sé cómo seguirla.
—¿Tú escribes? —cuestionó el cantante, a lo que la chica asintió con la cabeza—. Y bien, señorita artista —habló con cierto sarcasmo—. ¿Qué me recomiendas para deshacerme del bloqueo?
La chica le miró en silencio por un par de segundos, luego observó a su alrededor y negó con la cabeza.
—Gaara —dijo viendo al mayor a los ojos—. Lo que tú necesitas es salir de aquí por un par de horas.
Gaara la miró como si ella estuviera loca, porque realmente debía estarlo si esperaba que él saliera de su departamento a perder el tiempo cuando tenía las fechas encima, además, no podía andar por la calle sin ser reconocido.
—¿Acaso te golpeaste la cabeza? —cuestionó, torciendo un poco la boca en una mueca de sarcasmo—. Yo no puedo andar por la calle como una persona normal, obviamente van a reconocerme.
La chica sonrió de modo intrigante.
—Eso no será problema —respondió, rebuscando entre las cosas del bolso que llevaba colgado al hombro. Sacó una gorra de color negro, alzándose de puntitas para ponérsela a Gaara y cubrir todo su pelo con ella, incluido su enigmático tatuaje de la frente, después, sacó también un par de anteojos de sol y se los colocó al cantante, el cual se sintió ultrajado, aunque ella fue tan rápida, que ni siquiera se pudo quejar—. Muy bien, así nadie va a saber que eres tú —aseguró la chica, sacando un espejo pequeño de maquillaje, para mostrarle a Gaara que, a pesar de lucir un poco sospechoso, de hecho, no se notaba que él era él.
—Mh… —Gaara miró su reflejo en el espejo, escéptico, pero terminó por admitir para sí mismo que, seguramente, así pasaba desapercibido—. Y bien, ¿a dónde me vas a llevar? —preguntó, observando a la chica, la cual no dejaba de sonreír.
Ella le tomó de la mano de forma sorpresiva, provocando que una especie de corriente eléctrica los recorriera a ambos de pies a cabeza, pero tanto Gaara como Matsuri ignoraron esa situación.
—Tú sólo sígueme y no hables —respondió la castaña, jalándolo fuera del departamento.
—*—*—*—*—*—*—*—
Habían pasado años desde la última vez que Gaara se sentía de ese modo, por primera vez, luego de muchísimo tiempo, él estaba caminando en medio de la multitud, como una persona normal, como alguien común y corriente, que pasaba desapercibido por el resto de mortales. Estaba tan acostumbrado a llamar la atención, a ser el centro a donde quiera que iba, que solía sentirse siempre abrumado, era muy extraño que nadie le estuviera viendo ahora.
—Matsuri… —llamó a su torpe asistente, apretando más su mano, pues sí, desde que habían salido de su departamento, ella no lo había soltado, ni él a ella.
—¿Qué? —la chica le vio de reojo, se sentía como una madre sacando a pasear a su bebé, Gaara actuaba como un niño asustado, en cierto modo, era un poco tierno.
Él no respondió, no sabía qué decir, así que solamente miró en otra dirección. Ambos estaban en medio de la ciudad, en la calle, esperando a que el semáforo cambiara a verde para que les dejara cruzar. El gentío a su alrededor era casi sofocante, como una de las ciudades más pobladas de todo el mundo, Tokio le hacía honor a su título.
—Vamos —dijo Matsuri, jalando nuevamente de él para que pasaran al otro lado, en donde la luz verde se había iluminado. La gente ni siquiera miraba por donde iba, muchos llevaban el rostro pegado al celular o a las tabletas, Gaara lo notó mientras caminaban entre el mar de personas.
Después de cruzar, caminaron un poco más y llegaron a una parada de autobuses, la cual él miró con curiosidad.
—¿Qué hacemos aquí? —quiso saber, notando que Matsuri se sentaba, pero sin soltarle de la mano; no recordaba haber sostenido la mano de una mujer por tanto tiempo, ni siquiera cuando se había acostado con alguna.
—Estamos esperando el autobús —respondió la menor, mostrándole una sonrisa de dientes brillantes, pero Gaara se descolocó al oírla.
—El… ¿qué? —cuestionó. Definitivamente, había sido una pésima idea hacerle caso a la mocosa, ¿cómo es que ella pensaba subirlo a un transporte público? Para eso él tenía auto, jamás se había subido a un autobús, con suerte había usado un taxi, incluso antes de volverse famoso, porque venía de una familia con dinero, aunque ahora no se llevara con nadie.
Matsuri pudo darse cuenta de que Gaara comenzó a tirar de su mano, como si quisiera soltarla y escapar.
—No pienso subirme, déjame volver al departamento, no tengo tiempo para estupideces —dijo de mala gana, sin embargo, ella se levantó y lo sostuvo con fuerza, frunciendo el ceño.
—¿Te da miedo subir al autobús, Gaara?
El tono desafiante que ella había usado, logró el propósito que tenía, hacerle sentir retado.
—¿Miedo? —repitió el famoso artista, casi forzando la media sonrisa en su rostro—. ¿A quién crees que le estás hablando, niña? Yo no le temo a nada.
—¿Entonces? —Matsuri arqueó una ceja, entonces Gaara la jaló un poco hacia su cuerpo, apretando el agarre de su mano, al mismo tiempo que la sostenía por la cintura con la otra mano, ¿por qué su ser entero se sentía tan menudo y frágil al tenerla tan cerca?
—¿Entonces qué? —dijo molesto, sin notar que ella tembló ante su toque, ante el roce de su cuerpo contra el propio.
El autobús se detuvo junto a ellos, quiénes se miraban fijamente, así que Matsuri cortó el momento al darse cuenta de que su transporte ya estaba ahí.
—Ven, te va a gustar a donde iremos —le dijo, llevándolo dentro del largo vehículo, que no estaba lleno del todo, aunque no había ningún asiento vacío.
Matsuri pagó dos pasajes, puesto que, obviamente, Gaara no tenía con qué hacerlo, a pesar de tener muchísimo dinero en su cuenta bancaria, no tenía la tarjeta de transporte requerida, porque él no era alguien que la necesitara.
Después de pagar, ambos se agarraron del tubo que colgaba del techo para que las personas se pudieran sostener, Matsuri era algo baja, pero igualmente alcanzaba el objetivo con su mano derecha, que era la que tenía libre. Gaara la soltó por fin, sosteniéndose con esa misma mano del tubo, la derecha. El autobús partió, mientras ambos sólo veían por la ventana.
—Esto es incómodo… —murmuró el pelirrojo, que en ese momento se vio reflejado en el vidrio del autobús. Parecía un tipo cualquiera, era muy extraño que nadie se le acercara gritando y pidiendo su autógrafo, aunque no es que fuese malo del todo.
En eso, un tipo pasó detrás de él y le dio un empujón sin querer.
—Lo siento —dijo el sujeto, a lo que Gaara sólo le miró con enfado, pero no se podía distinguir su expresión a través de los anteojos oscuros.
Matsuri lo miraba de reojo, a pesar de que ambos iban en completo silencio, ella no descuidaba a Gaara, sabía que traerlo aquí debía ser terrible para una persona como él, aunque no podía dejar de reírse internamente al notar que Gaara reaccionaba a cada cosa con asco, como si todo y todos fuesen inferiores a él.
—Sostente firme —le dijo al más alto, aguantándose la risita al ver que él casi perdía el equilibrio luego de que el autobús frenara.
—Tsk —masculló él.
La chica volvió a mirar hacia el frente y, notando que ya estaban cerca de su destino, quiso avisarle a Gaara, pero el autobús volvió a frenar, esta vez, de forma abrupta, provocando que Matsuri se soltara de su agarre y cayera. Creyó que se daría de bruces contra el suelo, pero se sorprendió cuando los fuertes y cálidos brazos del arrogante cantante la sostuvieron, estremeciéndola por completo.
—Sostente firme —dijo él con sarcasmo. Matsuri se sonrojó como un tomate y rápidamente volvió a recuperar la compostura, agarrándose de la baranda nuevamente.
—No necesitaba tu ayuda —habló de mala gana, pero avergonzada.
Gaara no dijo nada, simplemente volvió a agarrarse con fuerza y esperó a que ella le avisara cuando debían bajar. Cinco minutos después, ambos se encontraban frente a una enorme casa, parecía una mansión, era sumamente grande y tenía un aspecto antiguo. Matsuri le indicó a Gaara que ingresaran, entonces él se dio cuenta de que ese era un hogar de niños huérfanos.
Cuando llegaron al patio, vio al montón de pequeños jugando alegremente, todos lo estaban pasando increíble.
—¿Aquí es donde me pensabas traer? —cuestionó él, claramente molesto. Se llevó una mano a la base de los anteojos de sol y los bajó un poco, permitiendo que sus ojos verdes apreciaran el lugar un poco mejor—. Es una broma, ¿no?
—No —la jovencita le tomó nuevamente de la mano, jalándolo alegremente con ella, hacia donde los niños estaban jugando. Ellos se subían a los juegos, los toboganes, columpios, había de todo, incluso el sube y baja—. ¡Hola, niños! —exclamó la chica, llamando la atención de esos pequeños—. Adivinen qué, les traje un amigo para jugar.
—¿Qué? —exclamó, confuso. No supo en qué momento pasó, pero al cabo de unos segundos, todos esos niños se le echaron encima, abrazándolo, jalando de su ropa, haciéndole preguntas—. ¡Matsuri, quítamelos de encima!
La castaña solamente se reía, no tenia intención alguna de "salvarlo", era divertido ver como esos diablillos pretendían jugar con su nuevo amigo.
—¡Nii-san, ven con nosotros! —exclamó uno de los pequeños, tironeando la mano de Gaara, el cual se resistía como todo un amargado, no soportaba a los niños, eran demasiado ruidosos y escandalosos, por eso, siempre se mantenía alejado de lugares así.
—No quiero, déjame, mocoso —respondió de mala gana, pero ninguno de ellos lo escuchó, simplemente lo obligaron a seguirlos.
Matsuri se quedó de pie junto a ellos, observando como los niños le pedían a Gaara que jugara con ellos a "la pelota", mientras algunas de las niñas le preguntaban si acaso él era un príncipe, porque era muy apuesto. Gaara no les respondía, aunque se vio obligado a jugar soccer con ellos.
—¿Él es un nuevo amigo tuyo, Matsuri-san? —escuchó una voz femenina a su lado. Se volteó y se encontró con una mujer anciana, completamente vestida de hábito, era una monja, la encargada del orfanato, ella cuidaba y protegía a todos esos pequeños que no tenían familia ni hogar.
—Algo así —dijo la chica, sonriendo—. Buenas tardes, Haruna-sama, veo que los niños están más inquietos que nunca —comentó, viendo de reojo cuando uno de los críos pateó el balón hacia Gaara y le dio en la cabeza, a lo que éste se quejó, como solía hacerlo siempre.
—¡Nii-san, eres muy malo! —exclamó el niño, carcajeándose.
Gaara apretó los puños, molesto.
—Están felices de tener con quién jugar, sabes que les encanta que los visites —respondió la madre, dedicándole una amable sonrisa a Matsuri—. Hace poco recibieron todos estos juegos como una donación, pero nada se compara que los vengan a ver.
—Lo sé, me alegra mucho ayudar —la chica volvió a observar hacia el patio de juegos, Gaara dio una patada a la pelota, pero un poco de arena saltó sobre su zapato, así que comenzó a refunfuñar sobre lo caros que éstos eran y cómo se estaban arruinando, pero a los niños no les importó, siguieron corriendo y levantando polvo a su alrededor—. Iré con ellos —avisó Matsuri, antes de correr hacia donde estaba Gaara, el cual se había caído al suelo, luego de un pelotazo de otro chico más grande.
—¡Mis pantalones se van a ensuciar! Son muy caros —masculló, notando que la castaña llegaba a su lado—. Te voy a descontar esto de tu salario, Matsuri.
Ella rodó los ojos.
—No me digas —contestó, aguantándose la risa. Se acuclilló frente a Gaara y le miró, esbozando una enorme y dulce sonrisa—. Ya deja de quejarte y disfruta, ¿acaso siempre estás así de amargado?
El cantante se la quedó viendo, el modo en que ella sonreía le hacía ver muy linda, quizá demasiado, incluso si a él le parecía tonta y fastidiosa, tenía que admitir que tenía cierto encanto.
—No tengo tiempo, tengo trabajo que hacer —contestó, desviando la mirada, aunque ella no podía notarlo bajo esos anteojos oscuros.
Justo cuando ella iba a responder, un pelotazo le dio en la cabeza a Gaara, otra vez.
—¡Levántate ya, perdedor! —escuchó que le decían, así que una venita se le marcó en la frente de la rabia.
—¡Repite eso, engendro! —exclamó al ponerse de pie, agarró la pelota y salió corriendo detrás de los niños, sin saber cuál de ellos había sido. Matsuri solamente se le quedó viendo con asombro, cuando, al cabo de unos segundos, Gaara y los niños empezaron a corretearse los unos a los otros, riéndose.
Ella se puso de pie y se quedó observando, Gaara poco a poco dejaba de estar molesto y comenzaba a pasarlo bien, pateaba el balón y jugaba con esos pequeños, incluso las niñas, así que ella se unió, disfrutando del momento juntos. Cuando ambos se dieron cuenta, ya estaba atardeciendo, el cielo estaba rojo y los niños estaban cansados, así que la madre superiora les indicó que ya debían entrar, pues era casi la hora de la cena.
Gaara se dejó caer sobre el pasto del enorme patio del orfanato, quitándose los anteojos y la gorra, mientras respiraba agitado por el cansancio, ya no había nadie ahí que pudiera llegar a reconocerle, así que estaba bien si bajaba un poco la guardia.
—Me sorprende que en el fondo sí tengas corazón, Gaara —dijo Matsuri, sentándose a su lado. Gaara le vio con el ceño fruncido, aunque ella siguió hablando—. Realmente parecías divertirte con esos niños.
—¿Me trajiste aquí para burlarte? —cuestionó el pelirrojo.
La chica negó con la cabeza, sonriendo.
—Creo que estabas demasiado estresado, he sido tu fan durante algún tiempo, ¿sabes? —mientras ella hablaba, él continuaba molesto, Matsuri ya se había acostumbrado a eso—. Sé que la composición es algo importante para ti y, aunque no te interese mi opinión, pensé que, si te relajabas un poco, quizá tengas buenas ideas.
—¿Relajarme? —repitió Gaara, aún con aquella expresión—. Estoy cansado y sudado, esos niños son unos monstruos.
—Pero jugaste con ellos y te divertiste —dijo la castaña, mirando hacia el cielo, las nubes de color rojizo se movían raudas con el viento—. Estabas sonriendo, Gaara —volvió a mirarlo a él, perdiéndose en el color de sus ojos—. A veces, es bueno recordar que también fuimos pequeños y que nada nos importaba más que jugar.
Gaara no respondió, simplemente bajó la cabeza, analizando esas palabras, pues Matsuri tenía mucha razón, toda la presión que llevaba encima sobre terminar la canción, le estaba tensionando, estaba bajo un increíble estrés, pero ahora se sentía mejor, había olvidado todo aquello por un instante y, sólo por ese pequeño momento, se había sentido como un niño.
—Gracias… —dijo finalmente, mirando a su torpe asistente, su fan incondicional que, a pesar de todo lo vil y cruel que él era con ella, continuaba siendo su fiel seguidora.
Cuando la noche llegó, Gaara regresó a su departamento, Matsuri se había ido a casa en el autobús y él volvió en un taxi, dijo que no pensaba volver a subirse a ese transporte de la clase baja. Cuando por fin se pudo deshacer de ese estúpido "disfraz", se dio cuenta de que muchas ideas vinieron a su cabeza, así que tomó la guitarra y se puso a escribir.
Parecía que esa escapada sí había rendido sus frutos.
Continuará…
