Capítulo 9: Recuerdos de niñez

Desde que él podía recordar, había estado visitando a su madre en un hospital, estaba acostumbrado a esos muros blancos, a la gente vistiendo batas y mascarillas, a las personas que iban de un lado a otro. No tenía en su mente alguna imagen de él y su madre fuera de ese lugar, pues ella siempre estaba enferma.

Disfrutaba pasar las tardes junto a ella, le pedía que le leyera un cuento o le cantara una canción, aunque le hubiese gustado ser como los demás niños y poder ir a la escuela junto a ella, sabía que su salud era muy delicada y que no podía ser como todas las madres.

—Mamá —dijo el pequeño Gaara, que entró corriendo al cuarto, en donde una hermosa mujer de cabellera castaña se encontraba recostada. Había una manguera de suero conectada a su brazo derecho, ella lucía muy demacrada y cansada, pero no dudó en sonreírle a su hijo.

—Gaara —habló ella, el pequeñito estaba ahí para visitarla, como hacía todos los días—. ¿Qué traes ahí, hijo?

El niño alzó su mano para mostrarle un libro de cuentos, lo había traído desde la biblioteca de la escuela, solía pedirlos prestados para que su mamá se los pudiera leer por las tardes.

—Es un libro nuevo —respondió, jalando una silla que estaba cerca de la cama, para luego subirse a ella y entregarle el libro a su progenitora, que lo recibió con delicadeza—. Léeme, mamá.

—Por supuesto —contestó la castaña, abriendo la primera página.

El pequeño Gaara se acomodó en su asiento y sonrió al escuchar la voz de su madre narrando aquella emocionante historia, era lo que más disfrutaba en el mundo, el poder estar junto a ella.

Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que se encontraba en su habitación, en su cama. Aunque su vista estaba algo borrosa, podía reconocer sus pertenencias. Le dolía horriblemente la cabeza y no tardó en toser.

—Tiene que ser una broma… —murmuró, él era muy sano, no podía creer que se hubiera enfermado.

Se sentó sobre la cama y volvió a toser un par de veces más, le dolía la garganta, eso quería decir que no iba a poder cantar hasta que mejorara de esa estúpida gripe. No podía recordar la última vez que se había sentido tan mal, siempre estaba demasiado ocupado para detenerse, aunque sea un momento del día, era por eso que ahora mismo le dolía todo, como si lo hubiese arrollado un tren.

—¡Gaara! —escuchó un grito, miró hacia su costado y vio al dueño de tan escandalosa voz, el cual estaba parado junto a la puerta.

—Lee —habló, tosiendo una vez más—. ¿Qué me pasó?

—Recuéstate, necesitas descansar —respondió el pelinegro, empujándolo gentilmente de vuelta hacia el colchón—. Te desmayaste ayer, estuviste dormido toda la noche, Gaara.

El todavía confuso y somnoliento pelirrojo miró al techo de su habitación, estaba realmente ofuscado.

—¿Toda la noche? No puede ser —intentó volver a pararse, pero todo le dio vueltas—. Joder.

—Descansa, Gaara —le recomendó su mánager, frunciendo ligeramente el ceño—. El doctor dijo que tenías agotamiento extremo, además de una fuerte gripe, deberás estar al menos un día más en cama, Itachi ya lo sabe y está de acuerdo.

Antes de poder contestar, Gaara empezó a toser una vez más, así que se llevó una mano a la boca para cubrirla.

—Dijiste que llevo aquí toda la noche —dijo entonces, buscando la mirada de su amigo y representante, que no se veía nada contento—. No puedo estar aquí perdiendo el tiempo, tengo muchas cosas que hacer.

Lee soltó un suspiro, no podía creer lo terco que era ese chico, ¿qué era lo que tenía en la cabeza? ¿Acaso no podía pensar en otra cosa que no fuera el trabajo? Ni siquiera porque su salud estaba en juego.

—Mira —habló el pelinegro—. Sé que nunca me haces caso, pero Gaara, esta vez no voy a dejar que hagas lo que quieras, te quedarás en casa y vas a descansar, punto —dijo con autoridad y seriedad.

Un poco sorprendido, Gaara lo miró con los ojos abiertos, Lee jamás le ordenaba nada, mucho menos en ese tono, debía estar realmente preocupado por él como para comportarse de ese modo y, honestamente, no se sentía bien como para insistir.

—Bien… —fue todo lo que dijo.

—Me alegra que al fin entiendas la situación —dijo Lee, esbozando una suave sonrisa—. No puedo quedarme aquí contigo, debo atender algunos asuntos mientras estás fuera, pero no puedes quedarte solo.

El pelirrojo chasqueó la lengua, de pronto sentía mucha hambre, pero no podía levantarse de su lecho, estaba muy débil para ello.

—Sólo vete, yo puedo cuidar de mí mismo.

En ese momento, ambos escucharon el timbre del departamento, así que el mánager se dirigió hacia la puerta del cuarto nuevamente.

—De ningún modo, ya le pedí a alguien que te ayude, así que tú sólo duerme y recupérate, ella se encargará de todo —dijo antes de perderse tras el marco de la entrada, dejando a Gaara un poco desconcertado.

—¿Ella? —cuestionó.

Pudo escuchar voces a lo lejos, pero le dolía demasiado la cabeza como para concentrarse en ellas, así que simplemente cerró los ojos, entonces oyó pasos, los cuales se iban acercando cada vez más hacia su habitación, hasta que la voz de Lee volvió a hacerle despertar.

—Gaara, ya me retiro —avisó el pelinegro—. En caso de cualquier cosa, Matsuri-chan estará aquí contigo —añadió, apuntando hacia la castaña, quien estaba de pie a su lado.

Al escucharlo, Gaara miró a Matsuri con asombro, aunque lo disimuló bastante bien. La idea de que ella lo cuidara no le gustaba para nada, seguramente acabaría muerto bajo la vigilancia de aquella chiquilla torpe.

—Hola, Gaara —dijo Matsuri, que inmediatamente bajó la mirada. Era la segunda vez que estaba en casa de Gaara, pero tal y como la primera vez, se sentía muy fuera de lugar.

El pelirrojo simplemente suspiró, tenía el presentimiento de que este sería un día muy largo.

—*—*—*—*—*—*—*—

De haber sabido que quedarse dormido en clases le acarrearía un castigo tal como tener que ayudar al comité de la fiesta del cierre de curso, se habría aguantado las ganas de pegar pestaña todo el tiempo posible, porque ahora se arrepentía enormemente de ello.

La presidenta del comité era un verdadero dolor de cabeza, esa mujer no conocía lo que era el descanso, ni mucho menos, el pedir las cosas de buena manera, sólo se la pasaba dando ordenes al resto de sus ayudantes y gritándoles, pero con él ponía especial cizaña, seguro que lo odiaba.

—¡Shikamaru! —exclamó Temari, haciéndolo dar un salto del puro susto que le metió—. ¿Por qué estás de pie sin hacer nada? ¡Ve a traer las sillas!

El recién nombrado entornó los ojos, honestamente, estaba harto de todo esto, sólo quería que en semestre acabara pronto y esa estúpida fiesta se llevara a cabo.

—Voy —respondió, alejándose hacia el almacén que estaba detrás del gimnasio, en donde guardaban las sillas y mesas viejas de la universidad.

Ese lugar estaba hecho un asco, a parte de que era sumamente oscuro y apenas le entraba luz por una minúscula ventana, el foco que colgaba del techo estaba reventado, así que no encendía.

—Y obvio, el trabajo sucio me toca a mí —masculló Shikamaru, observando la enorme pila de sillas y mesas sucias que se cernía delante de sus ojos, la cual casi llegaba a topar el techo.

El aroma a polvo era bastante fuerte, así que se puso una mascarilla para no respirarlo, la traía en el bolsillo del pantalón, pues ya habían estado haciendo limpieza del recinto del gimnasio, en donde se llevaría a cabo el evento. Con cuidado, se dispuso a ir sacando una por una las sillas que estaban más abajo, que eran las más accesibles, aunque pudo notar que algunas estaban rotas, así que esas las iba descartando, por lo que le tomó un poco de tiempo dejar todo listo.

—¿Qué demonios haces? —escuchó el reclamo de Temari, la rubia neurótica que acababa de ingresar al almacén, tan sólo para encontrarse con ese revoltijo de muebles—. Ew, este lugar está hecho un asco.

—Lo sé —dijo el pelinegro, encogiéndose de hombros—. Por eso me estoy tardando, debo sacar lo que sirva y lo que no desecharlo.

La chica asintió con la cabeza, venía con la intención de regañarlo, pensando que nuevamente estaba flojeando, pero él en realidad sí que estaba trabajando.

—Te ayudaré —comentó, acercándose a pasos dudosos con sus zapatos de tacón, ya que el suelo estaba polvoriento y no quería arruinarlos, eran bastante caros.

Shikamaru notó su andar y no pudo evitar reprimir una carcajada, aún siendo el ogro que era, Temari Sabaku No era como una princesita mimada, siempre usando ropa cara, bolsos finos, iba a clases en un auto último modelo, tenía todo lo que cualquier persona de recursos promedio soñaría, pues su familia poseía una gran fortuna, o eso tenía él entendido.

—Cuidado, no se vaya a llenar de polvo tu vestido de miles de yenes, su majestad —bromeó un poco el Nara, notando la expresión de completo enojo de la chica.

—¿Crees que no soy capaz de hacer algo como esto? —cuestionó ella, sintiéndose desafiada.

Sin ninguna sutileza y sin preocuparse de que se fuera a ensuciar, Temari empezó a desarmar la pila de sillas desde abajo, agarrándolas con cierta brusquedad y rapidez, sólo para demostrarle a ese "mocoso" que ella era mucho más hábil que él en una tarea tan sencilla.

—¿Ves? Lo hago mejor que tú.

Cuando fue a sacar otra silla, no se dio cuenta de que esa misma estaba haciendo de soporte para otras que estaban más arriba, lo que provocó que desestabilizara la pirámide por completo. Shikamaru, que había visto lo que estaba por suceder, no dudó en lanzarse a ayudarla.

—¡Cuidado! —exclamó, jalando con velocidad y precisión a la mayor, directo hacia su propio cuerpo, lo que provocó que el peso de ambos los tirara al suelo, en donde las sillas cayeron peligrosamente cerca de ellos, a sus costados.

Temari tenía los ojos muy abiertos mientras veía al chico debajo de ella, parecía que se había dado un golpe en la cabeza, pero estaba bien.

—¿Qué…? —ella se alejó rápidamente, quedando arrodillada a un lado de Shikamaru, el cual se sentó, doblándose la zona adolorida.

—Debes ser más cuidadosa, mujer —dijo el pelinegro—. Se nota que eres muy impulsiva, pudiste matarnos a ambos de un golpe con todo lo que tiraste.

La rubia volteó a ver el montón de sillas que habían caído, era cierto que podrían haberse accidentado con eso, tendría que haber sido más paciente y sólo sacar las correctas para no derrumbar la torre, así como le decía Shikamaru, pero era demasiado impaciente y quería hacer todo rápido.

—Tienes razón, lo lamento —admitió al fin, soltando un suspiro—. Gracias por no permitir que me golpeara —añadió, poniéndose de pie para sacudirse el polvo de su finísimo vestido de marca.

Tal vez Shikamaru no era tan malo como pensaba, sólo tal vez.

—Qué golpe me di —murmuró el chico, pero cuando ella iba a decirle algo, notó que su celular empezaba a sonar.

Lo sacó de su bolsillo y se sorprendió un poco cuando vio el nombre en la pantalla, esa persona no solía llamarle a menos que se tratara de una emergencia.

—*—*—*—*—*—*—*—

Kiba miró el asiento vacío de Matsuri con bastante desánimo y preocupación, ella se había reportado enferma ese día y no asistió a sus clases, tenía que estar padeciendo de algo muy serio como para que se atreviera a faltar a la escuela, pues Matsuri era sumamente responsable.

—¿Estará bien…? —se preguntó en voz baja, estaba realmente preocupado, sólo esperaba que ella no tuviera nada grave y que volviera pronto.

Desde su lugar, Ino no dejaba de reírse disimuladamente, Kiba era totalmente evidente en cuanto a sus sentimientos por Matsuri, no podía entender cómo es que su amiga no se daba cuenta, ¿acaso podía ser más distraída al respecto?

—Psss, Kiba —le susurró la rubia, tratando de captar su atención, lo cual consiguió casi de inmediato—. Oye, no te sientas tan desolado, seguro que Matsuri volverá mañana.

El chico, un poco avergonzado, frunció el ceño.

—¿Quién está desolado? Tonta.

Aunque él la había insultado, Ino no estaba ofendida, pues su relación con Kiba era así, ambos se decían cosas, pero seguían siendo amigos.

—Qué sensible —dijo la chica, aguantándose la risa—. ¿Qué tal si vamos a visitarla después de clases y le llevamos los apuntes de hoy? Estoy segura de que ella estará sumamente agradecida.

Sus últimas palabras hicieron eco en la mente del Inuzuka, que enseguida paró oído a lo que su amiga acababa de sugerir, pues se puso imaginar a Matsuri abrazándolo y agradeciéndole por ayudarla a no atrasarse con las materias, lo que logró que su cara se pusiera roja.

—Creo que es buena idea —admitió, entusiasmado porque llegara pronto ese momento del día.

Ino no dejaba de reírse disimuladamente desde su asiento, Kiba estaba totalmente perdido por Matsuri, sólo esperaba que su amiga pronto se diera cuenta de ello y le hiciera caso, seguro que harían una pareja muy linda.

—*—*—*—*—*—*—*—

Gaara despertó con el delicioso aroma que entró desde la puerta abierta de su habitación. Aún sentís que le pesaba la cabeza y no se podía mover del todo, así que sólo permaneció recostado, hasta que escuchó que algo se caía, seguido de un grito agudo.

—¡Auch!

No sabía lo que había pasado, pero podía apostar a que Matsuri tiró algo en su cocina y, seguramente, se había lastimado.

—Mocosa torpe —murmuró, soltando un suspiro, ni siquiera quería pararse a ver el desastre que ella seguramente había dejado.

Pasaron un par de minutos y finalmente sintió sus pasos acercarse, así que cerró los ojos, fingiendo que seguía dormido.

—Gaara, despierta —escuchó su voz, pero decidió ignorarla—. Gaara, te traje algo de comer.

Cuando escuchó que le habían traído comida, su estómago sonó como si no hubiera probado bocado en días, lo que prácticamente era cierto, nunca tenia mucho tiempo para comer mientras estaba trabajando y, con el silencio que había en la habitación, hasta Matsuri pudo escucharlo, así que a él no le quedó más opción que actuar como si acabara de despertar, haciéndose el loco, aunque estaba algo avergonzado de ser delatado por su propio cuerpo.

—Ah, ¿sigues aquí? —dijo, mirando a la castaña, la cual sostenía una bandeja con alimentos que –a decir verdad– no lucían nada mal.

—No puedo irme, además no ha pasado mucho tiempo —respondió ella, dejando la comida sobre la mesita de noche de Gaara, para así tener las manos libres y poder ayudarlo a sentarse sobre la cama—. ¿Te sientes un poco mejor? —preguntó, acomodando un par de almohadas detrás de la espalda de él.

Gaara se sintió mareado, pero su fiebre había bajado un poco, así que asintió con la cabeza.

—Creo que estaré bien con algo más de descanso.

—Me alegra mucho —Matsuri sonrió de forma sincera, se veía muy linda, así que el cantante no pudo evitar mirarla más de la cuenta, ¿quizá era la fiebre lo que lo hacía ver a esa chica tan bonita ese día?

Ella, con cuidado, acomodó la bandeja de comida sobre las piernas de Gaara, había preparado algo que no le fuera a caer pesado, un poco de ensalada, algunas grutas picadas y sopa de pollo, la cual humeaba y desprendía un delicioso aroma.

—¿Tú cocinaste? —preguntó el pelirrojo, agarrando la cuchara con miedo, no sabía a qué se iba a enfrentar, quizá moriría envenenado, aunque la comida tenía buena pinta, nunca se sabía con alguien como Matsuri.

—Sí —la chica asintió con la cabeza alegremente—. Como sólo vivo con mi papá, que es un completo manco en casi todo lo que respecta al hogar, yo soy la que cocina —explicó, viendo como Gaara se llevaba un sorbo del caldo a la boca, para luego abrir un poco los ojos de la impresión.

—Delicioso… —murmuró, comiendo enseguida otro poco.

Matsuri se sonrojó al oírlo, no esperaba ningún cumplido de su parte, menos verlo comer con tanto entusiasmo, ese pequeño gesto que él realizó sin notarlo, la hizo muy feliz.

—Qué bueno que te gustó —murmuró en voz muy bajita, pero él igualmente pudo oírla, sin embargo, decidió no comentar nada al respecto.

Cuando Gaara terminó de comerse todo lo que ella le había traído, que tampoco era demasiado, ya que no podía ingerir grandes porciones, Matsuri le retiró la bandeja y salió por la puerta, sólo para volver un par de minutos después con un vaso de agua y los medicamentos del pelirrojo.

—No quiero nada —dijo él, cruzándose de brazos, pero la chica lo ignoró, dejando todo sobre la mesa de noche una vez más.

—Son los medicamentos que te recetó el doctor y no me importa si no los quieres, si es necesario te los haré tragar —dijo la castaña, mostrando una adorable sonrisa que no concordaba para nada con el tono de su voz y lo amenazante de sus palabras.

Gaara, entre sorprendido y ofendido, decidió callarse la boca y tomarse las pastillas, no tenía ánimos ni fuerzas para discutir con esa chica.

—Deberías dormir otro poco, yo haré la limpieza mientras.

Él frunció el ceño, mientras se acomodaba para volver a descansar otro poco.

—No entres a la habitación que está junto a la entrada, o ya verás.

Matsuri rodó los ojos, las amenazas de Gaara ya no le asustaban, menos cuando estaba en ese estado tan débil.

—Sí, sí, lo que digas —respondió, yéndose de la habitación.

El pelirrojo se quedó mirando la puerta cerrada durante un par de segundos, luego sus ojos se fijaron en el techo y, finalmente, sus párpados se empezaron a cerrar, estaban pesados y sólo quería dormir nuevamente, debía aprovechar esta oportunidad para descansar todo lo que no había descansado en años de trabajo.

Las paredes blancas del hospital lo rodeaban una vez más, ya era costumbre para él el pasar las tardes en ese lugar, acompañando a su mamá. Ese día, después de que ella terminó de leerle una de las historias de su libro, el pequeño Gaara se levantó para ir corriendo al baño, pues ya no aguantaba.

Cuando logró terminar sus necesidades, se lavó las manos y se acomodó el gracioso sombrerito del uniforme escolar frente al espejo, parecía un marinero en miniatura, a decir verdad, no le gustaba, le daba un poco de vergüenza, pero su mamá siempre decía que se veía muy lindo con él, así que Gaara lo aguantaba por ella.

—Mamá debe estar esperándome —dijo emocionado, quería pedirle que le leyera otra cosa, antes de que su padre viniera por él, o más bien, mandara al chofer por él, porque ese hombre siempre estaba ocupado con el trabajo.

Corrió hacia la habitación de su mamá, pero cuando llegó, se dio cuenta de que ella no estaba sola, lo que le sorprendió. Ahí, en la misma habitación, estaba una niña pequeña, se veía menor que él, parecía que la habían traído mientras él no estaba.

—¿Quién eres? —cuestionó.

—Oh, Gaara —su madre, Karura, sonrió al verlo aparecer. Estiró su mano derecha hacia él y le hizo un gesto para que se acercara—. Cariño, mira, tengo una nueva vecina.

La niña estaba sentada en la cama frente a Karura, que antes siempre estaba vacía, su carita estaba muy triste, lucía como si hubiera llorado, pues había marcas rojas debajo de sus ojitos negros.

—Mamá, ¿por qué llora? —le preguntó Gaara a su madre, lo hizo en voz baja, pero la niña lo escuchó de todas formas, lo que provocó que se le llenaran los ojos de lágrimas nuevamente.

—Extraño a mi mamá, no quiero estar aquí sola —dijo ella, su vocecita apenas se podía escuchar, ya que sollozaba mientras hablaba.

Karura, que entendía lo triste y sola que debía sentirse esa pobre pequeña –que no parecía tener más de seis o siete años–, esbozó una suave sonrisa en su rostro, intentando hacerla sentir reconfortada.

—No llores, querida —dijo la mayor—. Seguramente tu mamá vendrá pronto, debe estar ocupada con los médicos.

La niña de cabello castaño sólo lloró más fuerte.

—¿Y si ya no me quiere y me abandonó aquí?

Mientras ella lloraba desconsolada, de pronto sintió que alguien tomaba su mano, así que se detuvo, dándose cuenta de que la persona que la estaba sosteniendo era ese pequeño niño de cabello rojo.

—No llores, seguro que tu mamá va a venir, pero mientras mi mamá y yo te podemos acompañar, así que no estarás sola —dijo con dulzura, algo que incluso sorprendió a su propia progenitora, no sabía que su bebé era tan caballeroso, seguro que cuando creciera iba a ser todo un galán, por eso rio ante su pensamiento.

La pequeña paciente nueva, asombrada por lo que acababa de oír, se limpió las lágrimas con su mano libre y asintió con la cabeza.

—S-sí.

Gaara la soltó y sonrió.

—¿Cómo te llamas? —preguntó con curiosidad, desde que la había visto, no le apartaba la mirada de encima.

—Me llamo… —la vio mover los labios, pero no escuchó lo que dijo, en ese momento, todo se volvió borroso.

—¡Matsuri, me llamo Matsuri! —escuchó gritar a la chica desde la sala, así que abrió los ojos con confusión. ¿Por qué demonios estaba alzando la voz de ese modo? ¿Qué estaba pasando?

—*—*—*—*—*—*—*—

—¿En serio tenías que venir justo ahora?

Sasuke miró con el ceño fruncido al chico que estaba parado delante de él, el cual solamente mostraba una sonrisa nada sincera en su rostro. Físicamente, ambos eran bastante similares, con cabello negro y ojos del mismo tono, pero el otro sujeto poseía un tono de piel un poco más pálido.

—Qué grosero eres, primo —respondió el otro pelinegro, quien se sentó con toda comodidad sobre el sofá de la casa de Sasuke, o más bien, la casa de sus padres.

—Sai —el azabache suspiró—. ¿Me puedes decir qué necesitas? Estaba por llamar a mi novia.

El recién nombrado Sai, era nada más y nada menos que el primo de Sasuke y de Itachi, era un año mayor que Sasuke y era alguien un poco singular, pues tenía toda la apariencia de ser una persona seria y reservada, pero solía decir cosas fuera de lugar en los momentos más tensos.

—¿Tienes novia? —interrogó, ligeramente curioso—. No me digas, se trata de esa idol que tanto te gustaba, ¿no? ¿Cómo se llamaba? —dijo en pose pensativa—. Era una chica con cabello rosa.

El Uchiha lo miró como si lo fuese a matar y a enterrar ahí mismo, odiaba que la gente siquiera le mencionara a Sakura, como para que ahora ese idiota se atreviera a recordarle que alguna vez llegó a sentir algo por esa chica, porque frente a Gaara podía actuar como si no le importara, pero eso era sólo una fachada.

—No, no es ella —dijo de mala gana—. Y en todo caso, no es de tu incumbencia, dime a qué viniste —insistió.

Hace poco tiempo, Sai había llegado a la ciudad desde China, en donde estaba estudiando, supuestamente venía de vacaciones a Japón, pero ya había pasado un rato y no se regresaba a donde correspondía.

—Ah, sí —Sai lo miró con seriedad—. Quiero que me lleves a tu universidad, pienso transferirme el siguiente semestre.

—¿Qué? —cuestionó Sasuke. No era que le molestara, solamente le parecía raro todo esto, desde hacía años que su primo no vivía en el país, ¿por qué regresar así tan de repente?

—*—*—*—*—*—*—*—

Gaara se levantó de la cama con dificultad, todavía le pesaba un poco el cuerpo, pero no podía seguir durmiendo, menos cuando esa chica no dejaba de gritar como una loca, así que fue hasta la sala, sólo para verla respondiendo con enojo a un pequeño aparato redondo y negro que él tenía junto al televisor.

Entendido, buscando el significado de tsunami.

—¡No, que no me llamo así! —exclamó la furiosa chica.

El pelirrojo no pudo evitar reír.

—¿Qué estás haciendo? ¿Por qué gritas? —preguntó, exaltándola.

Matsuri se dio la vuelta y vio que Gaara estaba levantado, aunque se apoyaba contra una pared y parecía un poco sudado y débil, se estaba riendo de ella, así que se puso roja de la vergüenza.

—E-es que… yo quería encender la tele y esta cosa comenzó a hablarme y a preguntar mi nombre —respondió, señalando el aparato negro—. Tu Alexandra es muy pesada —añadió con el ceño fruncido.

Gaara reprimió una pequeña carcajada.

—¿Hablas de Alexa?

—¡Pues eso! —exclamó la castaña, más avergonzada que antes.

Después de verla refunfuñar de ese modo, Gaara no pudo pensar en otra cosa más que, a pesar de lo torpe que era esa chica, lucía muy adorable en ese momento, le causaba bastante gracia su forma de actuar.

—Deberías rendirte, ese aparato es para gente lista —dijo, encogiéndose de hombros.

La castaña entrecerró la mirada.

—¿Me estás diciendo que soy tonta?

—No sería la primera vez —respondió Gaara, caminando hacia el pasillo para ir al baño, pero al estar tan débil, fácilmente perdió el equilibrio.

Tan veloz como un rayo, Matsuri corrió para impedir que él cayera, lo atrapó al medio camino, apoyando sus dos manos contra el pecho del pelirrojo, cuyo rostro quedó a escasos centímetros del suyo, así que no pudo evitar que un escalofrío le recorriera todo el cuerpo.

—¿Estás bien? —le preguntó, mirándolo a los ojos, estaba segura de que estaba roja como un tomate, ya que el rostro le ardía, pero, honestamente, no sentía deseos de alejarse de él, cuando normalmente buscaría empujarlo y apartarlo, después de todo lo que Gaara había hecho para ganarse su desprecio, le sorprendía ser tan débil ante su persona.

—Sí —dijo Gaara, que tampoco se alejaba de ella, no hacía más que sostenerle la mirada, como si de pronto hubiese sido hipnotizado por los ojos negros de Matsuri, pero rápidamente recuperó la compostura y se apartó—. Gracias —dijo, mirando al piso—. Si me permites, voy al baño.

—T-te ayudo —Matsuri lo acompañó hasta la puerta, le asustaba un poco ver lo frágil que Gaara se encontraba en ese momento, como si se fuera a derrumbar en cualquier instante.

Una vez llegaron, él se detuvo y volvió a mirar a la jovencita, haciendo que lo soltara.

—Aquí está bien, yo puedo solo —aseguró—. ¿O acaso planeas acompañarme dentro también?

Ella, aún avergonzada, enseguida negó —Claro que no, tonto —contestó, retirándole las manos de encima, con las cuales lo sostenía y lo ayudaba a mantenerse de pie.

Gaara entró al baño y Matsuri regresó corriendo hacia la sala, cubriéndose la cara con ambas manos, pues sentía muchísimo calor.

—Tonta, tonta, recuerda que él ya no es tu ídolo, es tu jefe —se dijo en voz baja, intentando calmarse, aunque no dejaba de pensar en ese pequeño instante en el cual lo tuvo tan cerca de ella.

Después de unos minutos, sintió que la puerta se abría, pero ella continuaba dándole la espalda a Gaara, le avergonzaba mucho tener que verlo.

—Matsuri —él la llamó—. Estoy muy sudado, quiero darme una ducha, ¿podrías traerme ropa limpia y una toalla? No me siento muy bien.

—Claro —ella corrió hacia la habitación del pelirrojo, procurando revisar los cajones y el armario rápidamente en busca de lo pedido, Gaara era muy organizado y no le fue difícil, aunque no sabía dónde él guardaba todo, no le costó casi nada conseguir la toalla, un pantalón de tela ligera y una camiseta, aunque le faltaba la ropa interior.

Abrió un cajón, ahí había calcetines, todos perfectamente ordenados por color, parecía un chiste, pero era cierto. Sacó un par para añadirlos a los artículos que llevaría consigo y luego abrió el cajón de más abajo, dio con la ropa interior, en su mayoría, eran bóxer de colores sobrios, negro, blanco o rojo, aquello volvió a ponerla roja, nunca había visto la ropa interior de un chico, al menos no uno de su edad, porque en casa ella hacía el lavado y su padre dejaba todo tirado, pero eso no contaba.

—Ya está todo —murmuró, cerrando ese cajón para luego tomar todo junto, pero notó que una fotografía se caía de arriba del mueble en el cual había estado escudriñando, al parecer, se había desprendido de entre las hojas de una libreta.

La chica la recogió con su mano libre y le echó un rápido vistazo, ahí estaba Gaara, parecía ser una foto de cuando estaba entrenando para ser cantante, lucía bastante menor, pero igual de guapo. Le estaba sonriendo a la cámara, acompañado de Mei Terumi, su mentora, la cual le rodeaba el cuello con su brazo, en ese tiempo, la mujer era más alta que él, le ganaba casi por una cabeza, pero al Gaara de la foto no parecía preocuparle eso o cualquier otra cosa, pues tenía una enorme sonrisa en el rostro, era radiante, lucía muy bien.

—¿Por qué tardas tanto? —oyó cuestionar a Gaara, así que rápidamente volvió a meter la foto entre las páginas de la libreta y corrió hacia el baño.

—¡Ya voy! —exclamó.

—*—*—*—*—*—*—*—

Estudiar en casa no era algo que precisamente le agradara a Sakura, aunque tenía clases personalizadas con los mejores profesores, siempre estaba aburrida, deseaba poder ir a la escuela como cualquier otra chica, pero sabía que no podía, después de todo, estaba viviendo el sueño de su vida, el que cualquier otra chica desearía vivir.

Después de volverse famosa y de que su cara apareciera en todos lados, su madre le impidió seguir asistiendo a la escuela, durante meses no pudo continuar con sus estudios, pues tenía demasiado trabajo, pero ahora estaba por fin terminando, algo por lo que había rogado, pues, aunque Sakura lucía como la típica chica vacía y tonta, en realidad era muy lista y sabía que no viviría para siempre de la fama.

—Gracias por venir, maestra —le dijo su madre a la profesora particular de matemáticas, la cual recibió su pago y se marchó, no sin antes halagar lo brillante que era su estudiante.

La peli rosa estaba sentada en la sala, viendo la televisión, estaban pasando una publicidad sobre Gaara, así que suspiró al verlo. Ambos habían sido novios hace dos años, cuando Gaara tenía diecisiete y ella dieciséis, al principio, pensaba que estaba muy enamorada de él, pero rápidamente notó que Gaara no la tomaba en serio, que, a pesar de estar a su lado, parecía más pendiente de cualquier otra cosa, fue entonces que conoció a Sasuke. Se había enamorado cono una niña de él y, mientras su dúo con Karin se iba haciendo poco a poco conocido, ella se atrevió a engañar a Gaara con su mejor amigo.

Pensó que el amor lo justificaba todo, pero entonces su fama se disparó, Gaara y Sasuke se alejaron, y su madre se dio cuenta de todo. A ella le importaba demasiado su carrera artística, tanto, que se había convertido en su mánager, para velar personalmente por sus intereses. Fue así que le obligó a dejar a Sasuke, diciéndole que él no aportaría nada a su vida, que era un don nadie, a pesar de ser el hijo de un empresario y de que su hermano mayor fuese el dueño de la disquera, Sasuke Uchiha era sólo un niño, no tenía nada que ofrecerle, no como Gaara, que era una estrella.

—No entiendo, Sakura… —el azabache la miró con duda, no podía creer lo que acababa de escuchar de los labios de la chica que creía que lo daba todo por él, así como él lo hacía por ella.

La peli rosa, con una seriedad y aplomo que no sabía que tenía, simplemente se mantuvo ahí, fija en su lugar, mirándolo como si él no tuviera ni la más mínima importancia.

—¿Qué no entiendes? —cuestionó, ladeando ligeramente su cabeza—. Creo que fui bastante clara, dije que ya me cansé de ti, solamente te usé porque estaba aburrida.

Para alguien que jamás en su vida había sido rechazado, escuchar esas palabras de una persona que realmente le importaba, fue como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago para Sasuke. Aunque se había quedado sin su amigo, que ahora lo odiaba, él pensaba que estar junto a Sakura lo valía, porque realmente se había enamorado de ella, aunque actuara de modo indiferente al respecto, pero ¿ahora ella simplemente lo abandonaba como si fuera basura?

—¿Qué quieres decir con que estabas aburrida? —interrogó, torciendo los labios en expresión de disgusto.

Sakura sonrió.

—Sólo estaba contigo porque me distraías, pero nada más —dijo con arrogancia—. A decir verdad, mi intención es recuperar a Gaara, él es alguien que sí vale la pena.

Odiaba haber actuado de ese modo frente a Sasuke, pero él tampoco se mostró dolido, así que supuso que simplemente fue un pasatiempo para él, por eso decidió superarlo y hacerle caso a su madre; recuperar al ídolo más aclamado de las masas era lo correcto, era la oportunidad de catapultar su carrera mucho más allá, siendo la novia de una verdadera estrella, así que estaba en la obligación de recuperar a Gaara, no importaba con quién estuviera encaprichado ahora.

—Sakura, ya es hora de que te levantes y vayas a ensayar —dijo Mebuki, su madre, mientras la urgía a levantarse del cómodo sillón en donde estaba sentada.

—Mamá, estaba por comer —contestó, ligeramente molesta, pero su madre simplemente frunció el ceño, negando con la cabeza.

—De ningún modo, jovencita —dijo—. ¿No has notado lo gorda que te has puesto? A partir de hoy, sólo comerás una vez al día.

Sakura, sorprendida por lo que acababa de escuchar, empezó a examinar su cuerpo, pellizcándose las caderas para comprobar si acaso era cierto que tuviera más grasa de lo normal. Aunque estaba muy delgada, luego de oír a su mamá decirle que había engordado, ella efectivamente encontró que era cierto, como si su subconsciente creara la ilusión de que lo que le decía Mebuki era la verdad.

—Ah, qué horror, tienes razón, mamá, no comeré nada más hoy —respondió, levantándose de su asiento para ir a ensayar a la habitación de baile que su mamá había mandado a instalar para su hija, la futura hija ilustre de Japón.

—*—*—*—*—*—*—*—

Gaara se encontraba bajo el chorro de agua de la ducha, continuaba sintiéndose débil, pero estaba más preocupado por el trabajo que otra cosa, sabía que no tenía mucho que hacer y, aún así, le preocupaba que Lee no lo hubiese llamado para comentarle sobre cómo iban las cosas. Con tanto en mente, realmente no lograba descansar como debería, siempre tenía mucho en qué pensar, demasiado de lo cual ocuparse, desearía tener menos responsabilidades, como cuando era un niño y lo único que le importaba era pasar el tiempo junto a su mamá; a pesar de que la tuvo durante poco tiempo a su lado, al menos logró disfrutar ese limitado lapso.

Al quitarse un poco del exceso de agua del rostro con sus manos, por un instante miró hacia la puerta, recordando a la chica ruidosa y torpe que lo esperaba del otro lado. Ella podía estar endeudada hasta el cuello con él y seguramente lo había dejado de admirar desde que supo sobre su verdadera personalidad, pero aún así, Matsuri era amable, alegre y dulce, aunque era un poco tonta, todavía parecía adorable, él envidiaba un poco eso, ni siquiera tenía veinte años y ya tenía que pensar en todo y ocuparse de todo él solo, era estresante, sí, pero de ningún modo pensaba acudir a su familia.

—¡Gaara, estás tardando mucho! —escuchó la voz de la chica, la cual le daba leves golpecitos a la puerta—. ¿Está todo bien?

—Estoy bien —contestó él, girando el grifo para que el agua dejara de caer.

Se secó el cuerpo con la toalla que ella había traído y se miró al espejo, su aspecto desmejorado no le gustaba, siempre había sido alguien que se preocupaba de su apariencia, así que se sentía un poco disgustado ahora mismo, en serio odiaba enfermarse.

Matsuri caminaba de un lado a otro por el pasillo, hasta que vio salir a Gaara del baño, traía puesta la ropa que ella le dio, así que no pudo evitar sonreír un poco, de cierto modo, esto se sentía como una escena natural de una pareja, claro que eso sólo era una impresión de ella.

—Ten —la chica se apresuró a poner una toalla pequeña sobre la cabeza del ídolo, asegurándose de secarle muy bien el cabello—. Lee-san llamó hace un rato —dijo, notando que él parecía interesado, aunque no podía apreciar del todo su rostro, debido a que seguía frotando la toalla sobre su cabellera—. Dijo que todo estaba en orden, que no te preocupes y que sólo te concentres en descansar.

—Lee se preocupa demasiado —murmuró Gaara, quitándose la toalla de encima, lo que provocó que todo su cabello se desparramara más de lo acostumbrado, así que, al verlo, Matsuri empezó a reír—. ¿Qué? —cuestionó, frunciendo el ceño.

La menor, sin pensarlo mucho, revolvió más el cabello húmedo del cantante, sin dejar de sonreír de forma radiante.

—Nada, te queda bien el cabello revuelto —respondió, notando que él seguía molesto, pero no le importaba mucho, a diferencia de lo que muchos podían pensar de Gaara, que era intimidante y que tenía una horrible personalidad, ella no le temía. Cuando se alejaba de él, por un segundo sus ojos se fijaron en el tatuaje de la frente de él, era un detalle de Gaara que le gustaba mucho a todas sus seguidoras, una de las razones por las que pensaban que era alguien sensible, pues llevaba escrito "amor" en la frente, pero, a decir verdad, él siempre evitaba hablar sobre eso en las entrevistas, nadie tenía claro el por qué él se había tatuado aquella palabra—. Oye… —habló entonces, curiosa—. ¿Por qué tienes ese tatuaje?

Gaara la miró con seriedad, para después hacer una mueca de sarcasmo.

—¿No lo sabes? —rio—. Creí que eras mi fan número uno.

Matsuri hizo un pequeño puchero.

—Soy tu fan y por eso sé que nunca has respondido con la verdad, dices que es para decirle a tu público que los amas, pero desde antes de volverte famoso ya lo tenías, así que es obvio que es mentira.

—Ahora eres detective —comentó el pelirrojo, caminando hacia la sala, en donde se sentó sobre el sillón. Agarró el control de la televisión para encenderla y ver un poco algo que le entretuviera, pero la chica no era alguien que se rindiera fácil, así que lo siguió dando zancadas hasta pararse justo delante de la pantalla, tapándole toda la imagen—. Oye, muévete —se quejó él, pero ella no le hizo el menor caso.

—No quiero, responde lo que quiero saber y me muevo —dijo Matsuri, cruzada de brazos—. Además, tú no deberías estar viendo televisión, vete a tu cuarto —le ordenó, señalando hacia la puerta de la habitación del mayor, quien se sintió regañado.

—¿Acaso eres mi madre? —cuestionó, mirándola con indiferencia—. ¿Cómo es que me hablas así? Te recuerdo que soy tu jefe, mocosa.

La joven asistente simplemente sonrió, encogiéndose de hombros.

—No importa lo que haga, te debo dinero y no me despedirás, quieres que te pague, ¿no? —ella cerró sus ojos y dio un paso hacia atrás, pretendía alejarse, ya no le importaba saber sobre el significado de su kanji, pero cuando se movió, notó que Gaara la tomaba por la muñeca y la jalaba hacia él, agarrándola con la guardia baja.

Cuando se dio cuenta, él la tenía acorralada debajo de su cuerpo, contra el sofá.

—¿Q-qué estás…?

—¿En serio no me tienes miedo? —habló él, mirándola fijamente, no podía evitar admirar un poco la rebeldía, o tal vez estupidez de esa chica ante su persona, pero no había nadie en el mundo que no sintiera, aunque sea, un poquito de respeto por él, no podía haberlo.

Los ojos negros de Matsuri se fijaron en la cercanía del rostro del hombre que estaba casi sobre ella, podía sentir la calidez de su cuerpo y también su forma, no creía que siquiera en sus sueños más perversos habría podido suceder algo así, por lo que su corazón se aceleró como una bomba, Gaara era un idiota, pero era tan guapo, que ella no conseguía no sentirse abrumada.

—A-aléjate —dijo Matsuri, intentando moverse, pero el peso de Gaara simplemente se lo impedía—. Y-ya no me haré la graciosa, pero suéltame.

El pelirrojo se dio cuenta en ese momento que, aunque ella parecía estar asustada, no era el tipo de miedo con el que todo el mundo lo veía, Matsuri realmente no le temía, pero sí le asustaba esa situación, el hecho de tenerlo encima de ella, como si fuera la primera vez que experimentaba algo así.

—Bien —murmuró, levantándose hasta liberarla.

Ella estaba roja y tan sorprendida, que se quedó paralizada por un par de segundos más, entonces se sentó, estaba al lado de él, pero Gaara no la miraba, tenía el rostro totalmente ladeado hacia el otro costado de la habitación, como si la evitara a toda costa.

—No vuelvas a hacer algo así —dijo la castaña, que cuando se fue a poner de pie, sintió que él nuevamente se le abalanzaba encima—. ¡Gaara! —exclamó furiosa, pero notó algo diferente, Gaara estaba respirando agitado, como cuando se desmayó en el trabajo, aunque ahora seguía consciente.

—Matsuri… llévame a mi cuarto… —susurró, en una voz apenas audible.

La chica apoyó la mano contra su frente y sintió su temperatura, le había vuelto a subir, esto era muy malo, así que, sin pensarlo mucho, lo ayudó a ponerse de pie y con cuidado lo acompañó hasta la cama, recostándolo suavemente.

—Tranquilo, todo estará bien —dijo ella, sonriéndole. Lo acomodó bajo las sábanas y buscó un paño frío para ponerle sobre la frente y así poder bajarle un poco la temperatura, odiaba verlo así, incluso si era un verdadero idiota con ella, como hace rato, cuando trataba de intimidarla, siempre que veía a los ojos a Gaara, podía percibir ese vacío que lo acompañaba a todos lados—. Pronto vas a mejorar, Gaara —susurró, dejando suaves caricias sobre el cabello del chico, justo sobre su kanji.

Por su parte, al verla tan pendiente de él, por un momento, Gaara se sintió como si fuera su madre quien lo cuidara, porque ella también solía sonreírle de ese modo, decirle que pronto estaría bien y acariciar su cabello para que se relajara y se durmiera, fue por eso que se quedó dormido después de unos minutos. Al rato después, lentamente fue recuperando la conciencia, se dio cuenta de que seguía en su habitación y al mirar hacia un costado, Matsuri estaba dormida a su lado, se veía tan tranquila y despreocupada en ese momento, como si estuviera teniendo un buen sueño.

Justo ahí, a Gaara le pareció que ya había visto esa expresión de ella al dormir, en algún lugar, en algún otro tiempo, aunque seguro sólo debía ser su imaginación.

Luego de eso, volvió a dormirse.

Continuará…