—¿Qué hiciste qué? —preguntó Shikamaru desde el otro lado de la vía telefónica. Su voz sonaba más confundida que sorprendida—. Diablos, sí. Suena bastante jodido, seguramente quedaste como todo un idiota —coincidió una vez que Naruto terminó de contar sus pesares: sus precipitadas acciones con el Uchiha lo habían llevado al declive, y por ende, ahora se encontraba incluso más lejos que en el inicio.
—Lo sé —canturreó mientras se pasaba la mano izquierda por todo su rostro, y aunque nadie pudiera verlo (puesto que se hallaba en la comodidad interior de su automóvil) hizo una mueca de disgusto—. Creo que lo mejor será apartarme, quizás no estabas destinados a estar juntos...—habló con una particular tristeza claramente perceptible para cualquiera.
—¿Tanto te afectó? —inquirió el azabache, alzando una ceja con incredulidad. Aunque no estuvieran charlando cara a cara, ambos hacían gestos como si se tuvieran enfrente—. El Naruto que yo conozco jamás se da por vencido. No lo sé, piénsalo: quizás él se encuentra en tu misma posición y el conocerte le cambiará la vida, incluso podrían dejar a sus esposas de una vez por todas y perseguir su propia felicidad, algo que debiste hacer hace mucho —más que un reproche, sonaba como un consejo—. Cuanto menos deberías disculparte, lo que hiciste fue muy inapropiado.
—Shikamaru...—pronunció con una gran sonrisa en su rostro, agradecido de tener un amigo como él en su vida—. Gracias... Por todo.
Y tras un breve intercambio de palabras, el Nara colgó la llamada ya que su escaso tiempo del almuerzo había terminado y ahora debía volver al trabajo.
Habían pasado dos días desde aquel incidente. El Uzumaki trataba de no darle tantas vueltas al asunto, pues entre más lo rebuscaba, más tortuoso se hacía. Así que, siguiendo la sugerencia de su buen amigo Nara, decidió dejar las cosas amortiguarse por sí mismas, por lo menos en lo que planeaba una manera adecuada de expresar su apenamiento.
A menudo fantaseaba en cómo sería su encuentro; pensaba en las posibilidades de que acudiera la madre de Sarada en dado caso de que citara a sus padres, o en lo improbable y vergonzoso que sería topárselo repentinamente en la calle, o algún establecimiento público. Incluso, consideró la opción de volver a encontrarse en el mismo sitio en el que lo había conocido; aquel elegante bar decorado con luces neones que alumbraban con radiantes colores y mantenían viva la esencia de la noche. Aquel maravilloso lugar que los hacía sentir eternamente jóvenes.
Sin embargo, todas aquellas casualidades rompían los estándares de su fortuna. Estaba ahí, quieto, paralizado. Ofuscado ante el surrealismo que sus ojos presenciaban.
—Tú... ¿Qué haces aquí? —a duras penas, el rubio pudo articular esas palabras. Estaba demasiado asombrado como para poder gestionar algo más que esa entendible oración.
Era un sábado a las tres de la tarde, lo cual significaba que ambos descansaban ese día. Aunque, en realidad Sasuke no, pero se había tomado la molestia de pedir el día libre puesto que, en palabras de él, "tenía que realizar un asunto importante".
Naruto acababa de despertar abruptamente de una plácida siesta gracias a la crueldad de su maleducado engendro, quien se encargó de gritarle en el oído la palabra "despierta". Se talló los ojos varias veces, como si quisiera confirmar que no estaba dentro de un sueño... Aunque, ese dolor de oído que tenía a causa de la imprudencia de Boruto se sentía bastante real.
El azabache había tocado a la puerta tres veces, no sin antes contemplar la casa durante varios minutos. No era una gran casa, pero para el número de personas que habitaban en ella, era más que suficiente. A diferencia de su hogar, no parecía estar acomodada lujosamente, pero aún así no perdía su encanto. Estaba bien cuidada, y eso valía más que cualquier adorno costoso.
Después de unos cortos intentos más en recibir alguna especie de respuesta, y justo cuando concluyó que no había nadie en casa, se dio la vuelta, dispuesto a marcharse. Giró su cabeza en cuanto escuchó la puerta abrirse levemente, y permaneció inmóvil en cuanto miró unos ojos azules asomarse curiosamente. Sin embargo, el dueño de aquellos orbes tan azules como el cielo, no era quien esperaba que fuera.
Se sorprendió al escuchar la dudosa voz de un niño no mayor de doce años, quien le cuestionaba su identidad y las razones de su visita. El Uchiha rió levemente ante las medidas de seguridad del mocoso y terminó contestando directo y simple; "dile a tu padre que vengo a buscarlo porque tenemos asuntos pendientes por resolver". El niño no lo invitó a pasar, pero tampoco le pidió que se marchara. Y pocos minutos después, la persona que él deseaba ver se encontraba justo delante suyo.
—Tranquilo, Uzumaki —le llamó por su apellido, intentando verse formal—. Tengo algunas cosas por charlar contigo respecto al nuevo proyecto. No me sorprende que lo hayas olvidado, con esa cabeza hueca que tienes es algo común en ti —bromeó, hablando como si su visita fuese con tal de resolver condiciones del trabajo. Lo hacía, obviamente, para no lucir sospechoso en dado caso de que su esposa los escuchara—. Así que acompáñame a la empresa para presentarte con mis jefes, están interesados en publicar tu nuevo libro.
El rubio lo miró estupefacto. Aunque fuese una mentira, conocía dos datos sobre él que le perturbaba saber de dónde había conseguido tal información. Uno, su dirección. Dos, su pasión por escribir, ese legado que Jiraiya sembró en él.
—¿Justo... Ahora? —se pasó una mano por la nuca, mirando de reojo hacia el interior de su vivienda mientras de fondo se escuchaba el bombardeo de las máquinas de los videojuegos de su retoño—. Me temo que no es posible, mi esposa sale a visitar a nuestros suegros todos los sábados y regresa hasta en la noche, tengo que cuidar de mi hijo —lo miró con tristeza. Realmente deseaba poder ir con él para aclarar las cosas, pero al mismo tiempo, aceptaba su paternidad y aunque no amara a su esposa, tenía muy en claro ese afecto y compromiso con su descendiente.
—Ese no es problema —respondió Sasuke—. Sólo arréglate y trae a tu criatura, sal en cuanto estés listo.
El rubio miró hacia sus pies, y por un breve instante pudo sentir su cara arder de vergüenza en cuanto notó las fachas en las que había recibido a su amante. Vestía un short viejo y descolorido, con un logo imperceptible de lo que alguna vez fue algún equipo de fútbol. Usaba una camiseta de la misma edad, desgasta por el uso y con imborrables manchas de sólo Dios sabe qué.
No comprendía perfectamente la situación, y en cualquier otro caso, hubiera llamado psicópata a cualquier desconocido que apareciera en su casa y le pidiera lo que Sasuke dijo. Si bien era cierto que tampoco era de su conocimiento las verdaderas intenciones por las cuales el azabache se tomó la molestia de indagar sobre él, no le molestaba, ni siquiera le aterraba.
Por alguna razón, sabía que podía confiar en él.
Noviembre 12, 2020.
