Tras una breve discusión con su retoño y al notar que éste no cedía a sus indicaciones, hizo uso de su ventaja paternal y lo amenazó crudamente con castigarlo si éste continuaba haciendo caso omiso a sus órdenes. Por más que le disgustara a su consanguíneo llevarle la contraria, en esta ocasión no se tomó la libertad de hacerlo, puesto que no se encontraba su solapadora madre para socorrer a su auxilio.

Su padre se vistió apresuradamente con las primeras prendas que tomó de su armario, las cuales, para su fortuna, combinaban perfectamente y le daban un aspecto sencillo pero sin rozar lo casual. Mantenía la misma esencia que Sasuke; lucía formal, sin ser exagerado. Su hijo, por su parte, se había dirigido al bulto de ropa limpia sin doblar que yacía amontonada despreocupadamente sobre una de las dos sillas de su habitación, en una esquina. Rebuscó con cierta paciencia hasta toparse con algo que fuera de su agrado, y finalmente, optó por utilizar una sudadera grisácea y un short con estampado militar. Ambos Uzumaki salieron de la casa, siendo el menor el primero.

Naruto no estaba muy seguro acerca de la explicación que estaba a punto de proporcionarle a su hijo. No era bueno improvisando, y claramente, en situaciones como esa las palabras no fluían solas, por lo que la tensión en él aumentó. Había ideado algo más o menos decente, pero antes de que pudiera siquiera emitir el más leve sonido, el Uchiha ya había acaparado por completo la atención del infante.

Se presentó formalmente, y luego de ello, soltó unas escasas palabras más que dejaron satisfecha a la curiosidad del niño. Al parecer, entendió "correctamente", dado que concluyó que irían a charlar asuntos del trabajo.

—Es idéntico a ti —comentó Sasuke una vez que los tres se encontraban dentro de su automóvil, el cual olía ligeramente a cerezas. Manejaba con paciencia mientras miraba de reojo a sus acompañantes, como su analizara sus rasgos—, es como un clon tuyo —clavó su mirada en Boruto, quien parecía demasiado entretenido jugando en su Nintendo Switch como para percibir lo que ocurría a su alrededor.

Naruto rió levemente ante la comparación por lo acertada que esta era. Incluso a él mismo le sorprendía lo predominante que era la genética Namikaze; todos sus descendientes eran como copias ensimismadas con imperceptibles alteraciones.

—Y yo soy exactamente igual a mi padre —agregó el hombre, con una extraña sonrisa dibujada en el rostro. Desvió la vista al exterior, con melancolía—. Y él era idéntico a mi abuelo.

Sasuke comprendió que su comentario había desatado memorias tortuosas en Naruto, podía detectarlo por la manera en la que su tono de voz se volvió más suave y su lenguaje corporal clamaba inquietud.

—Yo soy una copia de mi madre —dijo el Uchiha, sonriendo levemente al recordarla—. Solían burlarse de mí justamente por lo finos que son mis rasgos, y mi hermano mayor corría a defenderme de los bravucones.

—¡Vaya! No esperaba que tuvieras un hermano mayor —respondió el rubio, aparentemente emocionado—. Siempre me pregunté qué se sentía... Bueno, soy hijo único, pero viví gran parte de mi vida con mi prima, así que supongo que así se siente tener un hermano.

No hubo respuesta por parte del azabache. Su mirada permanecía fija en el camino, y la sonrisa en su rostro se había borrado por completo. Naruto dedujo que le había traído malos recuerdos, por lo que habilidosamente decidió cambiar de tema:

—Aún no me has dicho hacia dónde nos dirigimos, específicamente —mencionó el rubio—. Y hay otro par de cosas que me gustaría...

—Llegamos —interrumpió el pelinegro. Buscó un lugar y procedió a estacionarse en las afueras de lo que parecía ser un restaurante—. No seas impaciente —le regañó mientras se desabrochaba el cinturón de seguridad—, pronto obtendrás las respuestas que necesitas —susurró cerca de su rostro, y posteriormente, tras apartarse, se bajó del vehículo.

Los tres varones caminaron hacia el interior del restaurante, siendo bienvenidos por una oleada de aire frío en cuanto las transparentes puertas automáticas se abrieron.

El local era amplio y ordenado, y pese a sus relucientes instalaciones, no lucía costoso. Conservaba cierto destello de humildad, probablemente de las ruinas que anteriormente había sido. Pero ahora se mostraba majestuoso; con plantas bien cuidadas decorando su interior, el piso pulido y bien lavado, múltiples lámparas que colgaban agraciadamente de las barras del techo de madera, y los comensales que charlaban pacíficamente proporcionaban una bonita sensación de calidez. No era de extrañarse que fuera exuberante la cantidad de gente que inundaba el lugar.

El azabache los guió con firmeza hasta la parte trasera, en donde se encontraban unas cuantas mesas disponibles en el patio. Habían juegos para que los niños disfrutaran su estadía, y la vasta extensión les permitía correr libremente.

Tomaron asiento en una mesa circular, y a los pocos segundos, una muchacha se acercó a ellos:

—Buenas tardes, sean bienvenidos —los saludó con cortesía una mesera castaña mientras depositaba delicadamente las cartas sobre la mesa—. En cuanto estén listos para ordenar, llámenme —y dicho eso, la mujer dio una breve reverencia y se marchó a continuar con su trabajo.

—Quiero una malteada de chocolate y una hamburguesa —sentenció Boruto, sin siquiera mirar el menú—. Si me necesitas, estaré en los columpios —se levantó de la silla y se dirigió al lugar que previamente había mencionado. Su comportamiento siempre era así; terco, nunca escuchaba razones. No le agradaba del todo convivir con su progenitor, puesto que le guardaba cierto rencor por diversos motivos. Así que, evitaba el menor contacto con él. Prefería encerrarse en su propio mundo y fomentar su odio antes que darle una oportunidad a su torpe padre.

—¡Oye, Boruto! —gritó su padre mientras extendía la mano, al mismo tiempo en el que se resignaba a la conflictiva rebeldía de su descendiente—. Ya verá después... —suspiró con pesadez, negando con la cabeza. Reanudó su misión de seleccionar algo entre los numerosos platillos, pero dicha acción se vio severamente frustrada en cuanto cayó en cuenta de un curioso detalle.

Alzó la vista del menú, encontrándose con la genuina sonrisa del pelinegro.

—Tú... ¿Cómo...

—Trabajo para una empresa —empezó el azabache antes de que el contrario pudiese gestionar su pregunta—, tengo una posición importante y recientemente me hice cargo de unas cuantas bajas por recorte de personal. Contratamos a un nuevo asesor financiero, y ese resultó ser tu buen...

—Shikamaru —completó Naruto, sonriendo mientras pensaba en lo pequeño que era el mundo.

El pelinegro asintió con la cabeza.

—Él me contó mucho acerca de ti. Se conocen desde la infancia, ¿o me equivoco? —al ver la respuesta afirmativa del rubio, prosiguió—. Han estado juntos por mucho tiempo, pero aún así sólo me contó cosas superficiales como tu edad, la universidad a la que asistieron, tu pasión por la literatura de Jiraiya el galante y por supuesto, tu indiscutible amor por el ramen. Es por eso que te traje aquí, a Ichiraku, el palacio del ramen.

—Cielos, Sasuke —exclamó algo sonrojado mientras se rascaba la nuca avergonzadamente—. Esto es... Un hermoso gesto, 'ttebayo —se sonrojó aún más en cuanto se percató de su muletilla, y se burló internamente de lo patético que seguramente se veía. Ya era un adulto, sin embargo, sentía su corazón latir como si fuera la primera vez que se enamoraba, como si fuese un adolescente inexperto durante su primer noviazgo—. Oh, lo siento, es herencia de mi madre —se excusó rápidamente.

El azabache rió un poco. Curiosamente, se sentía de la misma manera. Hacía mucho desde la última vez que estuvo nervioso a causa de algo tan especial como lo era el amor; en realidad, hacía mucho desde que había sentido algo tan mágico como lo era aquel momento.

Su relación con Sakura estaba en decadencia gracias al alejamiento que ambos tuvieron debido a sus jornadas laborales. Su tiempo juntos se había reducido drásticamente de unas cuantas horas a prácticamente nada. Los trabajos de ambos eran sumamente exigentes y demandaban gran cantidad de tiempo, por lo cual, era inevitable que aquella distancia se forjara entre ambos. Su relación nunca fue del todo sana gracias a la toxicidad que emanaban ambas partes; él, haciendo disparates y provocándole un gran dolor durante su juventud, y ella, siendo tan ingenua y perdonando todos y cada uno de sus errores, esa horrenda dependencia emocional que construyó a base de algo tan banal como lo era la atracción física.

Esos lazos debieron haber sido cortados hace mucho, sin embargo, ahí se encontraban ahora mismo. Los dos, charlando amenamente ante un futuro incierto, sosteniendo fuertemente sus pasiones prohibidas. Teniéndose el uno al otro, comprendiéndose más de lo que cualquier otro podría haber hecho.

Noviembre 19, 2020.