Capítulo II: ¿Dónde estamos?.

Un sonido punzante acaba por abrirle los ojos, una pequeña brisa templada baña su rostro. El chico se encuentra en shock y no se mueve, puede sentir la camisa de su uniforme subir dejando su ombligo al aire.

Qué cojones.

Hasta hacía unos segundos no había brisa alguna sino un calor del demonio, escucha el sonido de unos pasos un poco pesados y mira hacía esa dirección esperando encontrar a uno de sus compañeros. Pero no es ninguno de ellos, sino un caballo.

Un caballo suelto, con las crines trenzadas y los cascos recién engrasados. El caballo del capitán Levi.

Jean tiene que incorporarse para evitar que el caballo lo aplaste. El animal se encontraba muy asustado, y la idea de atraparlo pasa por su mente pero en el momento en que se pone en pie suelta un grito.

La cabeza le dolía como si le hubieran dado una paliza. Entrecierra los ojos comenzando a andar directo en la misma dirección en la que el caballo se había ido, pero cada paso que da le cuesta bastante. Tiene el cuerpo adormecido y la cabeza a punto de explotar.

No es hasta que se encuentra frente al mar que se le olvida momentáneamente el dolor punzante en el cráneo. El mar inmenso y azul le da la bienvenida. El olor a salitre inunda sus fosas nasales y Jean sin saber muy bien cómo actuar, empieza a caminar directo al agua.

Esto debía de tratarse de un sueño, estaba seguro.

Un sueño o una pesadilla…

–¡Jean!. –gritan su nombre.

El chico miró en la misma dirección en la que la voz lo llamaba. Una chica menuda y de cabello dorado corría hacia él.

–¿¡Christa!?.–Jean también corrió al encuentro de la chica.

Cuando estuvieron cerca, la chica soltó un gemido ahogado y se tiró a sus brazos. Jean notó como la sangre se alborotaba en sus mejillas sonrojándolo, y correspondió de forma torpe al abrazo de la chica.

Christa una vez dejó de abrazarlo, lo miró con ojos llorosos mientras se quitaba mechones de pelo de la cara. La trenza tan elaborada que había sostenido su pelo se había deshecho:

–No sé qué ha pasado, un momento estaba en las catacumbas con Mikasa y Hange y al siguiente estaba aquí. –se apresuró a decir la chica.

Jean miró una vez más a su alrededor y pudo vislumbrar otras siluetas en la lejanía, posiblemente de sus compañeros. Sin pensarlo un segundo empezó a correr en esa dirección intentando poner en segundo plano el punzante dolor de cabeza, seguido de una nerviosa Christa que pareciera estar haciendo un gran esfuerzo para no llorar.

La cabeza huevo de Connie fue lo primero que reconoció y también lo primero a lo que se acercó; su amigo estaba ayudando a levantarse a un chico al que no había visto nunca.

Nuevo cadete seguramente.

–¿Qué está pasando?. –Preguntó Connie mirando a Christa y Jean. –hace un momento estábamos debajo del árbol y ahora…

–Esto debe ser una pesadilla.–Argumentó Jean.

–¿Pesadilla?. –Por alguna razón la voz de Connie sonó insufrible a oídos de Jean en ese momento. –Más bien un sueño, ¡mira el mar!.–La mano del chico señaló al agua y empezó a acercarse.

Pero Christa rápidamente lo retuvo sorprendiéndolo:

–Espera. –Le instó la chica. –Esto es normal, acabamos de forma súbita en una playa y ¿esto te parece un sueño?.–De nuevo, el tono de voz de la chica cambió dando paso a un tono más formal.

Por supuesto, ella era la reina.

La reina que se encontraba en el mismo apuro que sus compañeros.

–¿Y si un titán surge del agua, qué?. –preguntó a espaldas de todos la voz de otra persona.

Otro cadete al que ni Christa, Connie o Jean conocía. Probablemente nueva promoción.

–Si hay titanes en el agua habrá que acabar con ellos. –Dijo Jean tomando el mando.

Por alguna razón, siempre que Jean se encontraba junto a sus compañeros entre los cuales no estaban ni Eren ó Mikasa, el sentía la obligación de tomar el mando.

Su yo maduro tomaba el control total de su cuerpo y la principal prioridad era la seguridad de los demás.

–Un momento. –Se escuchó decir a Christa. –si Hange y Mikasa estaban conmigo cuando… esto ha pasado, ¿dónde están ahora?. – El miedo en la chica se dejaba ver en su voz.

El corazón de Jean dio un vuelco.

Mikasa…

La simple idea de que algo malo le hubiese sucedido casi le obligó a recordarse que tenía que respirar.

–Voy a buscarlas.–Acató Jean. –Vosotros, –Se dirigió a los otros dos cadetes de los cuales no tenía idea de quienes eran. –Permaneced aquí sin acercaros al agua, si algo sucede simplemente soltar una bengala roja con la pistola.–Les ordenó dándoles su propia pistola de bengalas.

Por alguna razón esos dos estaban sin armas, al igual que Christa.

Mierda. Solo Connie y él tenían espadas…

Tragando saliva duramente se dirigió al espesor de la vegetación de donde había venido en un principio. Una vez dentro, y notando que la temperatura entre ese sitio se incrementaba a la par que te inmiscuías dentro, tiró su chaqueta al suelo y se arremangó la camisa todo lo que pudo. A su lado, Connie hizo lo mismo.

–Tu por la derecha y yo por la izquierda. –Le dijo su amigo dirigiéndose rápidamente a su destino sin darle pie a reprochar.

Era posible que Connie fuese bien consciente del peligro que corrían siendo solo dos los que estaban armados.


El sonido de insectos de todo tipo le hacía recordar a Jean algo así como un nido de monstruos, en donde los insectos se apilaban dispuestos a deleitarse del sabor de la carne putrefacta de las victimas.

Céntrate. Se dijo a sí mismo.

Un latigazo cervical le hizo pararse y sentarse en mitad de la nada, se llevo una mano al comienzo de la espalda y notó un líquido viscoso.
Sangre.

La espalda le estaba sangrando.

Mierda.

A ese paso los insectos volarían directos a su herida.

La blusa del uniforme fue difícil de desabotonar porque tenía las manos sudadas, tenía que limpiarse la sangre rápidamente y reanudar la búsqueda de las dos mujeres desaparecidas. Hange y Mikasa.

Pero en ese momento unos pasos frente a él le hicieron levantar la mirada.

–¿Mikasa?.–su voz sonó sorprendida.

A unos tres metros de distancia estaba ella. Mikasa. Con los ojos bien abiertos, desorientada, sujetándose una de sus muñecas. El pelo totalmente desordenado y tapándole media cara.

Qué atractiva era. Más ahora que su pelo había comenzado a crecer y pareciese que le había dado igual y lo había dejado.

–..q…¿qué?. –La voz de Mikasa sonó ausente. Claramente estaba confusa.

La chica era consciente de que la llamaban a ella, pero no de qué tenía que hacer al respecto. Jean sonrió agradecido de haberla encontrado, ó más bien de que ella hubiera aparecido por su cuenta. Sin pensarlo se levantó del tronco del árbol caído donde se había sentado tras el súbito dolor de espalda, pero tuvo que hacerlo de nuevo porque volvió a darle un latigazo cervical.

–Mikasa…–Jean se sintió cansado de repente, como si hubiese terminado de correr sesenta vueltas en la base. –Menos mal que estás a salvo, por un momento pensé que te habría pasado algo.

Los ojos grises de la chica se centraron en el muchacho, no estaba segura de acercarse o no pero acabó haciéndolo tomando asiento al lado de él sin dejar de tocarse la muñeca.

–¿Dónde estamos?.–Fue la primera frase que Mikasa pudo soltar.

Por un momento Jean pensó que la chica le abrazaría de la misma forma que Christa lo había hecho… pero Mikasa no era Christa.

–No lo sé…–Fue lo único que el chico le dijo, sus ojos la observaban preocupados. Daba la sensación de que la chica tenía cierto estrés postraumático después de todo lo que les había pasado.

–Estás sangrando.–Se cercioró Mikasa dejando de tocarse la muñeca de la mano derecha para señalar con el dedo angular la espalda de Jean, el cual se enderezó lo mejor que pudo intentando dar la sensación de que no era tan importante.

–Lo sé yo…–Suspiró–me he dado cuenta ahora.

Mikasa dejó que sus ojos se posaran en los del chico nuevamente:

–Date la vuelta.

Jean abrió los ojos nervioso:

–¿Qué?.–Le preguntó notando la garganta repentinamente seca.

Mikasa se quitó el pelo de la cara dejando ver claramente su rostro a lo que Jean se sonrojó pudiendo apreciar tan de cerca sus facciones:

–Dame la espalda.–Le indicó casi obligándolo a hacerlo, posando ambas manos en los hombros del chico los cuales se tensaron ante el contacto como piedras.

–Mikasa, no es necesario deberíamos apresurarnos al encuentro con los demás. No…

La voz de la chica acalló a la del chico:

–Siempre llevo aguja e hilo en uno de los bolsillos del pantalón.–Le explicó.–Esto te va a doler un poco, Jean.–De nuevo, la espalda del chico se tensó. No solo por lo que acababa de decir Mikasa sino porque había pronunciado su nombre. –Quédate quieto.

La desnudez entre la espalda del chico tras desprenderse de la camisa y los dedos de Mikasa le provocaron mariposas en el estómago pero intento quedarse todo lo quieto que el contacto con la chica le permitía.

Sus sentimientos por ella eran tan intensos que ésa era la parte más complicada, no el hecho de que Mikasa estuviese cosiendo la herida en su espalda:

–El padre de Eren nos enseñó primeros auxilios.–Escuchó decir a la chica.

Una vez finalizó de coser la herida, los dedos de la chica acariciaron la piel del chico unos milímetros antes de cesar el contacto, apreciando si estaban bien hechos los puntos.

Ésa había sido la primera vez desde que Mikasa y Jean se conocían que habían tenido un contacto tan íntimo. Sin embargo el momento pasó al olvido cuando de entre la espesa maleza apareció un agitado Connie el cual iba cortando el frondoso espesor lleno de hojas de árboles y demás plantas con una de las hojas de espada que formaban parte de su uniforme:

–¡Chicos!.–Los llamó. –Tenéis que venir enseguida.


Dot Pixis sentía la tela del uniforme pegarse a la piel por la humedad de la isla. Porque eso era donde estaban, una isla.

Si las circunstancias no hubieran sido las dadas, probablemente se encontraría disfrutando del hecho de que se hallaba en una isla. Sin embargo el panorama ante sus ojos era desolador, frente a él algunos cadetes estaban reunidos en un circulo intentando calmarse los unos a los otros, otros, se encontraban aventurándose al mar o incluso al interior de la misma isla. Él por su parte no quería moverse de donde estaba ya que era ahí, en lo alto de una gran roca situada en uno de los extremos de la playa, donde casi todos podían apreciar que estaba ahí, con ellos.

Ya se había encargado de ordenar a los cadetes armados y con cierta experiencia al interior de la isla a investigar, a otros que supiesen nadar, a bucear en busca de algo.

Todo era bastante extraño. Aunque si algo bueno había de aquella pesadilla es que no estaba solo.

A lo lejos, y mirando al horizonte estaba el capitán Levi, con el pelo totalmente despeinado y manchas de sudor en la camisa de su uniforme.

Levi no estaba contento.

Nada contento.

No sabía a ciencia cierta si todo aquello era algún tipo de broma de muy mal gusto, o… quién sabe. Un momento estaba entrando en su despacho intentando mantener el equilibrio debido a las sacudidas del suelo por un inesperado terremoto, y al siguiente estaba tirando en una isla, con el sonido de las voces de los cadetes de fondo.

Hizo una mueca al notar lo manchada que estaba su camisa, y sin pensarlo demasiado se la quitó mojándola en el agua del mar. De hecho, terminó metiéndose él mismo en el agua que estaba tibia.

Ésa era la primera vez en su vida que se metía en el mar.

El mar.

Hacía muchos años había llegado a pensar que el océano era algo que unos ancianos habían inventado para seguir contándole historias a los niños.

Pero había errado.

El olor salado del agua no era del todo de su agrado, pero por lo menos tenía donde desprenderse del sudor producido por el estrés de todo aquello.

Sus ojos azul oscuro recorren la cara de varios chicos hasta que de entre el fondo de la maleza de fondo se ven aparecer a tres caras conocidas y por su semblante inquietas, Connie, Jean y Mikasa.

Por un breve segundo se siente mejor.

Ya no se encuentra solo del todo.

Levi acaba por salir del agua ponerse de nuevo las botas y llevando en el brazo la camisa de su uniforme se acerca a ellos.

Los ojos de los tres chicos examinaron a su capitán, cerciorándose de que estaba con el torso al descubierto, las botas semianudadas y cara de fastidio:

–¿Alguien sabe por qué estamos aquí, o qué mierda significa todo esto?.–Preguntó Levi dándose el lujo de escrutar con la mirada a Jean y Connie ya que eran los que tenía en frente, mientras que Mikasa simplemente parecía no prestar demasiada atención.

Connie y Jean se irguieron formando una pose de soldado frente a Levi mientras a la par decían: No, señor.

–Qué suerte la mía.–Terminó por decir Levi.

–El general Pixis está allí, capitán.–Indicó Connie señalando al susodicho en la lejanía.

Daba la sensación de que Pixis también los estaba mirando en ese momento.

–Todavía veo bien, Springer. Cuando necesite un perro lazarillo ya te avisaré.

La sangre se acumuló en las mejillas de Connie.

–Ackerman.–Llamó Levi a una Mikasa distraída. –¿sabe algo de todo esto?.–El nivel de reprendimiento por alguna razón desapareció de la voz de Levi cuando le habló a la chica.

Mikasa encontró la mirada intensa del capitán fijada en su cara. En ese momento deseó no haberse quitado el pelo que ya le llegaba un poco más debajo de los hombros de la cara.

Simplemente no le gustaba la forma en que Levi la observaba porque eso significaba que tenía toda su atención en ella, y a Mikasa le gustaba pasar más desapercibida. Sobretodo en ese momento:

–Me encontraba en las catacumbas con Christa y Hange. –Le informó, gris y azul metálico se analizaban el uno al otro.–Un temblor seguido de otro es lo único que recuerdo.

Por un momento pensó que había sido un error comunicarle a Levi que tanto ella como Christa habían preferido ir por Hange para contarle lo muy peligrosa que era esa desconocida a la que habían tenido que atender y que pretendía experimentar con Eren.

Eren…

Hasta entonces no había caído en la cuenta de que no había visto a Eren todavía. Un pánico conocido se apoderó de su cuerpo, ya no importaba donde estaba ni con quien estaba hablando, simplemente tenía que encontrar a Eren.

Sus pies automáticamente formaron un semicírculo y empezó a caminar hacia el otro extremo de la playa, dejando atrás a sus dos compañeros y al capitán.

¿Cómo era posible que hasta ese momento no hubiese recaído en que Eren no estaba allí con ella?.

Cómo…

–¡Mikasa!.–Christa apareció a su lado. –Me alegro de que estés de una pieza.–las manos de la chica más menuda cogieron una de las de Mikasa, entrelazando por un segundo los dedos.

Mikasa dejó de caminar buscando a Eren, y le preguntó a Christa:

–¿Has visto a Eren?.

La rubia soltó la mano de la otra chica, y sus ojos reflejaron lo que Mikasa se temía iba a decir:

–No. Lo he buscado también, pero no hay rastro de él.

Los ojos de Christa dejaron de estar fijos en los de Mikasa. Parecía que se sentía avergonzada de algo que había dicho pero Mikasa se encontraba bastante distraída como para notarlo.

–Debo encontrarlo.–Le dijo de forma tajante.

–Un momento Mikasa. –La voz grave de Jean hizo que ambas chicas se girasen a su encuentro y al de Connie.–Déjame ir contigo.

–Vamos todos.–Acompañó Christa siendo la primera en internarse en la jungla.

Mikasa no tuvo tiempo de decir nada, simplemente acabó siendo la última en meterse dentro del frondor de la vegetación, no sin antes advertir de reojo como Levi se acerca Pixis.


Había perdido la cuenta de las veces que había llamado a Eren, a sabiendas de que el sol comenzaba a desaparecer y estaban en territorio desconocido.

Los titanes no atacaban de noche, pero no sabían si había algún otro depredador acechando. Todavía así, Mikasa tenía que llamar a Eren

Tenía que encontrarlo.

Era una necesitad vital.

–Creo que deberíamos dejarlo para mañana, chicos.–dijo Connie acercándose al grupo ya que se habían separado unos metros intentando acaparar más terreno en la búsqueda.

–¡Eren!.–la voz de Mikasa parecía cansada, al igual que el resto de la chica.

–Connie tiene razón, Mikasa.–le dijo Jean. –Lo más inteligente sería esperar a mañana.

Mikasa tuvo que comprender que el nivel de cansancio de sus compañeros era bastante más fuerte que la necesidad de dar con Eren, muy al contrario que ella.

–De acuerdo. –aceptó.

Dándose por contentos por la contestación de Mikasa, Connie, Christa y Jean empezaron el camino de vuelta. Pero Christa la cual iba la última reparó en que Mikasa había ido en la otra dirección, siguiendo en su empeño de encontrar a Eren:

–Mikasa…–la voz de la rubia sonó desapasionada. –No le haces ningún favor a Eren si sigues buscando hasta la extenuación.

La espalda delgada pero bien definida de Mikasa se irguió como si de un latigazo se trataran las palabras de la otra chica.

Christa tenía razón.

Pero Eren era su responsabilidad.

–No hay problema en que volváis a la playa a descansar. –las hojas de espada que Mikasa tenía en ambas manos relucieron. –Yo no puedo dejar de buscar. Debo encontrarlo.

Se escuchó a Jean suspirar, volver a sacar dos espadas del cinto y acortar distancia con Mikasa:

–Bien, sigamos.–le indicó liderando el frente.

–…Jean…–se quejó Connie.

Pero esa queja quedo en nada ya que tanto Jean como Mikasa avanzaron por el camino que habían decidido tomar para seguir buscando a Eren.

Connie miró entonces a Christa, ésta parecía más pálida de lo habitual y se sostenía la barriga con ambas manos. El chico comprendió que la rubia no estaba preparada físicamente para enfrentar semejante aventura en ese momento, así que odiando tener que elegir, acompañó a Christa de vuelta a la playa.


–¡Eren!.–el grito de Mikasa recordó al de una osa a la que le arrebatan a su cría.

Jean estaba preocupado por ella, era plenamente consciente de que si ya se encontraba con cierto estrés post traumático desde que se había hallado en esa isla, ahora se le sumaba el hecho de que su hermanastro, del cual estaba muy unida, no había hecho acto de presencia desde que estaban allí.

Todo era un desastre.

–¡Er…

–¡Mikasa, cuidado!.

No obstante la advertencia de Jean no llegó a tiempo porque la chica tropezó y cayó al suelo.

En un segundo estuvo a su lado ayudándola a levantarse, estaba claro que sus piernas empezaban a fallarle por el cansancio y el estrés.

–¿Sasha?.–preguntó Mikasa mirando el punto donde se había tropeza.

Y es que era complicado ya que la luz solar había desaparecido hacía unos diez minutos, y la luna comenzaba a bañarlos con una tenue luz plateada.

Jean se dio cuenta de dos cosas en ese momento, la primera, que el cuerpo inconsciente de su amiga Sasha estaba tirado en el suelo en posición fetal y era con lo que Mikasa se había tropezado, y segundo, sus manos seguían entrelazadas con las de Mikasa tras haberle ayudado a levantarse.

Casi pudo jurar que toda la sangre de su cuerpo se le acumuló en la cara, pero no fue el quien rompió el contacto:

–¿Sasha?.–volvió a llamar Mikasa arrodillándose a su lado y meciéndola.

–Déjame.–le dijo Jean al acercarse al cuerpo inconsciente de Sasha, la cual respiraba de forma audible y parecía no tener ninguna herida.

Después de cargar en brazos con Sasha, Jean le dirigió una mirada cargada de circunstancias a Mikasa. La cual no tuvo más remedio que asentir:

–Llévala y ponla a salvo, yo seguiré buscando a Eren.

Jean tragó saliva y odió tener que llevarle la contraria a la chica de la cual estaba prendado:

–Es una insensatez separarnos. No sabemos si hay algo más que posibles titanes, Mikasa.–la voz del chico sonó bastante madura.

Y es que, ese fue otro momento en el que se vio obligado a tomar el control de la situación.

–Simplemente…–empezó a decir Mikasa evitando la mirada de Jean.

–Mikasa, por favor.–le instó en una voz muy suave el chico.

–Está bien.–terció Mikasa.

Y honestamente, eso le hizo sentir bastante bien a Jean. Porque sino recordaba mal, ésa había sido la primera vez que él había convencido a Mikasa para que siguiera a su lado y no lo dejara todo para ir por Eren.

Pero el destino es caprichoso y muchas veces traidor, y mientras el chico miraba por el rabillo del ojo a Mikasa que iba siguiendo sus pasos mirando cabizbaja sus pies, se escucharon unos pasos muy pesados y rápidos.

Mikasa no tuvo tiempo de advertir a su compañero, y Jean acabó derribado por una sombra enorme y peluda que se abalanzó encima del muchacho.

–¿¡Qué cojones!?.–exclamó Jean luchando contra la bestia que tenía encima y que intentaba clavar sus enormes y afilados dientes en su cuello.

Mikasa en un segundo estuvo encima de la bestia, y en un abrir y cerrar de ojos la sangre de éste salpicó la cara de Jean que escupió asqueado cuando notó que algunas gotas se le habían metido dentro de la boca:

–¿Qué era eso?.–preguntó el chico señalando al cuerpo inerte de la bestia.

Ésta debía medir cerca de dos metros, su cuerpo estaba cubierto de un inmenso pelaje blanco y gris, tenía los músculos bien definidos y unas zarpas igual de mortales y afiladas que su dentadura.

Sus ojos eran rojos.

–Parece un… lobo gigante.

Un gemido de dolor hizo que las cabezas de los chicos asustados se voltearan hacia Sasha, que en ese instante se estaba despertando, tocándose la cabeza de la misma manera que lo había hecho Jean horas antes:

–¡Ahhhh! ¿¡Por qué me duele tanto la cabeza!?.–preguntó Sasha aún con los ojos cerrados.

Mikasa una vez vio a Jean poder levantarse él solo, se acercó a su amiga y una vez estuvo a su lado intentó sonreírle de la manera más creíble que fue capaz debidas las circunstancias. Aunque posiblemente falló en su intento de calmar a Sasha, porque esta dibujó una mueca de miedo observando a su alrededor.


NA: Podría entender que esto esté resultando un poco complicado de entender ahora mismo, la trama es un fantasiosa pero bare with me people, this is gonna be good.

Lo prometo.