Capítulo V: Por humanidad.

Una lluvia fuerte asoló el pequeño campamento que se habían montado. Mientras los demás corrían a refugiarse, Mikasa permanecía sentada a orillas del mar con la mirada perdida.

Ella pensaba que sabía lo que era ser la culpable de la muerte de otro, desde que sus padres habían sido asesinados y sabiendo que no podía haber hecho nada, se había echado la culpa.

Y cargaba con esa culpa sobre la espalda desde entonces.

Sin embargo eso estaba siendo más duro, porque esta vez sí había sido la responsable directa del sufrimiento y posiblemente muerte de alguien.

Desde hacía unas pocas horas se escuchaba al chico soltar gritos de dolor desde la tienda. Jean entraba y salía con actitud desesperada; era comprensible, sin saber porque los demás le habían atribuido la responsabilidad de atender a los heridos, sin haber estado más de unos meses como interino en la enfermería.

Le venía grande la situación.

Otro grito desgarrador estremeció el cuerpo de Mikasa, que cerró los puños con fuerza y trago una saliva metálica.

Al siguiente grito, la chica se levantó, y se dirigió a Jean quien entraba en ese momento a la tienda.

Sin importar lo brusca que estaba siendo, asió de uno de los brazos al chico quien se volvió hacia ella asustado en un primer momento:

–¿No puedes acabar de una vez con su miseria?. –Mikasa no era experta en suavizar las palabras, era directa y a veces distante.

Jean se zafó del agarre de la chica y se quitó la lluvia de los ojos:

–He matado titanes Mikasa, me alisté aceptando que debería convertirme en algo que probablemente acabaría conmigo de forma horrenda, pero, –la lluvia volvió a impedirle mirar el rostro completo de la chica que tenía el pelo aplastado sobre ambos lados y debido a eso parecía más largo. – en ningún momento acepté convertirme en asesino.

Dicho eso entró en la tienda, dejando a la chica sola a la entrada bajo la lluvia.


Una hora más tarde la lluvia cesó, las botas de agua de todo el mundo volvían a estar rellenas y se seguían escuchando los gritos de dolor del muchacho.

Sasha se le acercó en un momento dado e intento darle conversación incómoda, queriendo acabar con el sonido de los gritos pero Mikasa no era capaz de reaccionar.

Cuando la chica se quiso dar cuenta la noche había caído y con movimientos mecánicos fue a recoger unos trozos de tronco de árbol para encender una hoguera.

Su cuerpo actuaba solo, su mente estaba ida.

Con las dos manos comenzó a restregar un palo para intentar hacer fuego, pero alguien se le acercó:

–Ten. –La chica giró la cabeza hacia Levi quien iba caminando hacia ella bañado por la luz plateada de la luna. La mano de la chica fue rápida al coger el encendedor que le tiraron. Era el encendedor de plata que anteriormente Sasha le había dado a Levi.

Mikasa agradeció el gesto y encendió el fuego. Instantes después, Levi estaba sentado a su lado, se había quitado la otra manga de la camisa y se podían apreciar, incluso en la penumbra, lo deshilachada que se le había quedado.

–¿Qué le está tomando tanto tiempo?.

Mikasa parpadeó confusa:

–¿A quién?.

Levi suspiró y adoptó una postura cómoda frente al fuego ante la atenta mirada de la chica:

–Kirschtein, ¿por qué no acaba de una maldita vez con el sufrimiento de ese pobre chico?.

Mikasa tuvo que dejar de mirarlo, se sentía jodidamente culpable y Levi era experto en leer la expresión de la cara en los demás:

–… no lo sé. –le contestó en un susurro que esperó que no oyera.

Pero lo hizo:

–Estamos en un punto en el que todos pensamos lo mismo, –Levi cruzó las piernas intentando que la arena no se le metiera en las botas. –¿qué es más inhumano?, el acabar de una vez por todas con el sufrimiento de ese chaval o el pretender mantenerlo estable hasta que muera por sí solo.

Obviamente, las palabras de Levi tenían un doble significado.

Mikasa volvió a conectar su mirada con la de él. Levi la estaba analizando, con una expresión neutral en la cara, no había rechazo en sus ojos cosa que agradeció:

–No te muestres sorprendida, Mikasa. Compartimos el mismo sentimiento, lo humano es terminar con el dolor y seguir adelante. –La forma en que pronuncio su nombre le dio un vuelco en el estómago. Los ojos de Levi eran igual de magnéticos que un imán, ahora no podía dejar de mirarlo, casi sin pestañear. –Es algo que hemos tenido que hacer en bastantes ocasiones, por desgracia. –Levi formó una sonrisa con un toque malicioso y miró al horizonte. –Esto es lo que pasa por nacer en casa de pobres, tienes que elegir entre la vida y la muerte muchas veces mientras otros… se limpian el culo con papel de oro.

Las llamas encandilaron igual que instantes anteriores los ojos de Levi, a Mikasa, quien tuvo que esforzarse por no dejar escapar las lágrimas que estaba sosteniendo.

A unos escasos quince metros de la tienda, estaba Jean acompañado de Sasha quien desde que habían despertado todos en esa isla, se había mostrado menos comunicativa de lo normal.

Aunque era normal, todos intentaban mantener la compostura pero lo que estaban viviendo era una locura:

–Te sienta bien.

Jean miró a su amiga sin entender a qué se refería esta:

–¿El qué?.

Sasha le sonrió amablemente y metió las manos en los bolsillos del pantalón:

–La posición en la que estás ahora, ya sabes, –Jean parpadeó confuso. –el de líder.

La confusión desapareció del semblante del chico:

–No soy líder de nada, Sasha, solo el pringado que se tiene que comer todo esto sin tener idea de lo que hace.

–Deja de hacerte el mártir, sé que te gusta. –Le contestó la chica ampliando la sonrisa. –Se te da bien.

Jean, imitando a su amiga, metió las manos en sus bolsillos y se deleitó del bonito paisaje que mostraba el horizonte.

–Gracias. Intento hacerlo lo mejor que puedo.–le contestó con humildad.

Sasha que había girado la cabeza al oír movimiento a su espalda, regresó los ojos al perfil de Jean:

–Lo sabemos, se podría decir que por fin estás madurando.

–Si esto es madurar entonces es una mierda.–le dijo bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro.

Sasha se encogió de hombros:

–No he dicho que fuera un camino de rosas sin espinas, además, está bien que permitas que Mikasa tome el relevo con el chico. Ella sabe de primeros auxilios también, según me dijo una vez el padre de Eren les enseñó lo básico… ¿crees que encontraremos a Eren y Armin?.

Jean abrió los ojos como platos:

–¿Qué?. –preguntó con voz queda.

–Que si crees que encontraremos a Eren y Armin.

Jean miró la tienda y corrió hasta ella dejando a Sasha atrás, sin poder creer que Mikasa se hubiera atrevido a… Pero todas las dudas se solventaron antes de meterse por la tienda ya que la espalda de la chica abandonaba la tienda por la otra entrada con paso lento y las manos cruzadas en el pecho:

–Mikasa…–la llamó, ella giró la cabeza provocando el movimiento de su cabello y creando mariposas en el estómago del chico. Sin embargo antes de que pudiese decirle nada más se escuchó un gemido ahogado dentro de la tienda junto con el sonido de la carne abriéndose.

Era un sonido que Jean conocía muy bien después de haber luchado contra tantos titanes. La carne tenía un sonido propio cuando la cortabas con una espada como la que ellos tenían.

Mikasa bajó la mirada al suelo y siguió caminando.

Levi salió por la entrada principal de la tienda, encontrándose a Jean de paso:

–¡Capitán!, ¿qué ha hecho?.

Levi movió la hoja de la espada de forma brusca, haciendo que gotitas de sangre se estamparan en la arena:

–Lo que no has podido hacer tu.

–¡Joder!.–exclamó Jean antes de meterse dentro de la tienda.

El capitán Levi sintió el peso de lo duro que esto era para Jean; advirtió los ojos asustados de Sasha puestos en él. La saludo con un leve movimiento de cabeza y se alejó en dirección opuesta a la que antes había tomado Mikasa.


Aceptar que era la única solución le había costado toda la noche. Había sido despiadado pero él no disponía de los conocimientos necesarios para haber ayudado a ese chico.

Jean se hallaba sentado cerca de la orilla del mar, notando como la camisa de su uniforme se levantaba a su espalda a cause del viento, que ese día soplaba con más fuerza que los anteriores.

El olor a agua salada del mar le ayudaba a despejar las pocas dudas que aún le quedaban.

Las piernas de Mikasa aparecieron a su lado, y tomó asiento a su lado de forma rápida como temiendo que éste la echara. Pero no lo hizo.

Pasados unos segundos en los que los dos se mantuvieron en silencio mirando al infinito del océano, Mikasa rompió el silencio:

–Siento mucho lo que ha pasado, Jean. –El chico giró la cabeza encontrándose con el perfil de la chica, que en ese momento, tenía la bufanda anudada de forma holgada, dejando apreciar todo su rostro. –En ningún momento he querido hacerte daño a ti o a nadie, en especial no a alguien que forma parte de nuestro cuerpo de soldados.

Las manos de Jean jugaron con la arena:

–No quiero saber nada al respecto, Mikasa. –Le contestó negando con la cabeza, volviéndose a mirarla. Esta vez ella le mantuvo la mirada con solemnidad. –La verdad es que no importa lo que crea o lo que haya pasado. No se puede cambiar el pasado y… he llegado a la conclusión de que quienquiera que fuésemos hasta hace seis días no importa. –Jean notó que sus palabras pesaban en la chica. –Estamos en territorio desconocido, y hace casi una semana en cierto sentido morimos todos. –Mikasa se miró las botas incapaz de seguir observando a su amigo. –Creo que deberíamos permitirnos el empezar de cero, al menos mientras sigamos aquí.

¿Desde cuando Jean era el más maduro de los dos?.

Mikasa cerró los ojos unos instantes para luego tomar aire y asentir, aceptando la verdad de las palabras de Jean:

–Okay. –Jean también hizo un movimiento afirmativo con la cabeza, y se limpió las manos de arena–Me alegra que podamos retomar nuestra amistad. –le susurro la chica. –Significa mucho para mí.

Jean notó sus mejillas tornarse rojas.

Sonrió:

–Me sorprende que sigas aquí todavía. –Ambos se miraron. –Ya sabes, el querer ir a buscar a Eren y todo eso.

Por todo eso Jean se refería claramente a manejar sus sentimientos. Y quizás esa vez Mikasa lo entendió:

–Ni Eren ni Armin están aquí. Sino ya habrían aparecido.

Mikasa confiaba totalmente en sus propias palabras, Jean carraspeó nervioso:

–¿Estás segura?. –Le preguntó, sabiendo que no debía hondar demasiado en la herida.

Ella formó una pequeña pero encantadora sonrisa.

Encantadora pero triste:

–Sí.


Los primeros rayos del sol del día siguiente despertaron a Jean quien había acabado cayendo dormido por el cansancio de los días anteriores como un bebé.

Había algo que no encajaba ahí.

Jean se restregó los ojos quitándose las legañas y enfocó la vista enfrente.

–¡Jean!, ¡JEAN!.

El susodicho se incorporó quedándose sentado, notando la arena rozar su piel. Connie se le acercaba todo lo rápido que su pierna herida le permitía, señalando a lo lejos, en el mar:

–¡Hay alguien allí!, –Jean le concedió unos instantes a Connie para que recuperase la compostura. –parece que se está ahogando. ¡No puedo nadar!.

Cuando Jean dejó de estar adormilado, entendió el significado de las palabras de su amigo. Desvió la mirada de la cara angustiada de Connie hacia donde la mano de él le señalaba. A lo lejos se veían unos brazos haciendo movimientos extraños y un cuerpo retorciéndose. Alrededor de ese cuerpo había bastante espuma.

Jean no se demoró ni un segundo más, se quitó la camisa y las botas y se metió al agua; nadando lo mejor que podía sorteando las olas, directo a ayudar a esa persona.

El tiempo que tardó en llegar nadando pasó muy lento, pero lo consiguió, pudo jalar con fuerza al chico que se estaba ahogando. El chico no tendría más de quince años:

–¡Estás a salvo!. –le gritó Jean sin soltarlo, colocando el cuerpo del chico boca arriba haciendo que flotara y le fuese más fácil remolcarlo. –Respira. Te tengo.

Mikasa y Sasha fueron las primeras en llegar a la orilla y ayudar a Jean a soltar al chico que había salvado. Y mientras el chico era cargado por las dos mujeres, Jean se dejó caer de rodillas en la arena, totalmente agotado, con la mano de Connie en la espalda dándole palmaditas de apoyo.

Un cuarto de hora más tarde, y tras haber retomado fuerzas desayunando junto a Connie y algunos integrantes más, Jean vio que Mikasa aparecía ante sus ojos, cargando una rama enorme de lo que parecían ser bananas a la espalda.

La chica estaba sudada, su uniforme tenía manchas de todos los colores, y su habitual color pálido era de un tojo ligeramente rosado en la cara. Posiblemente por el esfuerzo.

–Déjame ayudarte.–le pidió una vez fue a su encuentro.

Mikasa lo miró y encogiéndose de hombros le pasó la rama de bananas.

Mierda. Era muy pesada.

¿Cómo había podido cargar con eso ella sola?.

–Lo que has hecho es admirable, Jean. –Le dijo Mikasa limpiándose las manos de tierra.

Jean notó sus mejillas sonrosarse, y aceptando el cumplido llevó la rama de bananas hasta el punto donde por inercia habían ido dejando las frutas que se iban encontrado.

Algunos llamaban a ese trozo de la playa, la despensa:

–¿Has ido sola a coger bananas?.

Mikasa asintió, quitándose unos mechones de pelo de la cara:

–Las he encontrado justo cuando me iba a dar por vencida, he trepad…

–¿Has trepado uno de los árboles?. –La chica era consciente de que Jean estaba mostrando que le importaba y se preocupaba por ella. Pero eso era algo a lo que no estaba acostumbrada viniendo de él. –Quién sabe lo que podría haber pasado, la próxima vez ve con alguien. A mí me… puedes avisar cuando quieras.–Añadió metiendo las manos en los bolsillos avergonzado.

–Gracias.–Le contestó Mikasa sin querer hondar demasiado en todo aquello.

La manera en que Jean se mostraba preocupado era muy parecida a como muchas otras veces, Eren y Armin lo habían estado por ella, y en cierta manera Mikasa sentía que Jean pretendía sustituir ese papel en su vida.

No le gustó la idea.

Por otro lado Jean, quien estaba devorando con los ojos cada movimiento de la chica, fue distraído por algo, o más bien alguien a orillas del mar.

No…

No es posible.

Estás muerto.

Marco Bodt estaba de pie metido en el mar, las olas bañaban sus piernas y él tenía su mirada puesta en Jean:

–¿Jean?. –El cambio de expresión en el chico llamó la atención de Mikasa quien iba a alejarse de él pero repentinamente el chico se puso pálido, sus ojos se abrieron en toda su amplitud y tenía la mirada sobre un punto específico del mar. –¿Estás bien?.

–¿Has… has visto eso?. –La voz del chico pareció ahogada.

–¿Qué?.–Mikasa miró fijamente el mismo punto donde Jean parecía mirar:

–Estaba ahí, de pie, en el agua… Marco.

Marco había sido una persona importante en la vida de Jean; era cierto que no habían disfrutado de mas de tres años y medio de la compañía del otro pero había sido una persona que le marcó.

Fue el primero dentro del cuerpo de su promoción que había creído en él.

Su muerte había sido la primera de tantas que cambiarían el carácter del chico:

–Jean, ¿cuándo fue la última vez que dormiste más de dos horas?.

Ajena al remolino de emociones desatadas en el chico, Mikasa lo observaba con cierta distancia:

–Yo eh… –Soltó un hondo suspiro. – voy a…–No acabó la frase, simplemente se marchó dejando a Mikasa atrás.


El agua le llegaba hasta los muslos, era una sensación muy refrescante.

Mikasa, quien estaba en el sitio más alejado de la playa que había encontrado, retorcía la camisa de su uniforme en el agua, lavándola.

Una vez se dio por vencida al ver que las manchas de sangre seca, tierra y algunas otras más no salían del todo, pasó a mojarse el cabello, la cara y el cuello.

Estaba en ropa interior. Se había quitado todo el uniforme y si bien había tenido más éxito con los pantalones que con la camisa, ambos seguían estando sucios.

Una bandada de pájaros paso por encima de ella, observándolos alejarse pensó en Eren, Armin y en cómo iban a poder salir de ahí.

De ese hechizo.

Más bien maldición.

Brujas y magia, quién lo hubiese pensado:

–Te dejo esta ropa aquí.

Mikasa se giró para encontrar a Christa, quien le había dejado una camiseta de manga corta y unos pantalones cerca de sus botas:

–¿De dónde has sacado esa ropa, Christa?.

La rubia se quitó sus botas, y se arremangó los pantalones que llevaba puestos. Fue entonces cuando Mikasa se cercioro de que ella estaba vistiendo ropa que no era su uniforme:

–Al igual que la tienda de campaña, ésta y más ropa ha aparecido tirada en la playa. –Una ola hizo que las chicas se tuviesen que echar un par de pasos hacia atrás. –Parece que va a haber que darle las gracias a Yamauba por estos detalles. –Christa dijo eso último con un toque de rencor en la voz.

Mikasa contempló como la cara de la rubia estaba enrojecida; el sol le había quemado la piel levemente.

–Gracias.

Christa se hizo una trenza y le sonrió amablemente:

–Somos familia Mikasa, tenemos que cuidar los unos de los otros.