No había pegado ojo, el sol por alguna razón le molestaba en los ojos y no hacía más que restregárselos. Desde que había visto a… Marco, su cerebro no había sido capaz de asimilar muchas más información.
Era consciente de que a su alrededor había movimiento, pero era incapaz de seguir ese movimiento:
–Woow. –Jean encontró a Connie a su espalda. –Tienes un aspecto horrible.
Los ojos le empezaron a picar y dejó de restregárselos:
–Estoy bien, ¿qué quieres?. –En ese momento no le importó utilizar ese tono de voz tan directo con Connie.
El cabeza huevo terminó de acercarse a su amigo y Jean suspiró:
–Tenemos un problema. – Connie adoptó una posición en la que claramente se le leía en el rostro "lo sé, es una mierda". –Un nuevo problema.
Ambos amigos se acercaron hasta donde estaban reunidos la mayoría de las personas, allí es donde Jean se enteró de que si bien había llovido hacía dos días, estaban en una isla y el calor y la humedad predominaban por lo que el agua escaseaba de forma alarmante.
Si Jean hubiese estado en una mejor condición física, se hubiese dado cuenta de que Mikasa lo observaba con cierta preocupación desde la distancia; pero lo único que contribuyó el muchacho fue un simple:
–Joder. –Y se alejó del círculo, dejando a los demás discutir o hacer lo que quisieran.
Todo le estaba pesando demasiado.
Se empezó a replantear si en realidad era tan fuerte como le habían dicho tanto su madre, sus amigos… Marco. Jean pateó una concha que había llegado arrastrada hasta la orilla, devolviéndola al mar.
Cuando se dio la vuelta para volver a su lugar e intentar descansar un poco más, el cuerpo se le heló, delante de él a unos cinco metros se encontraba de nuevo Marco Bodt.
¡Nada de esto tenía sentido!.
Marco había muerte hacía años a causa de un titán, no era posible que estuviera vivo y allí con ellos.
El contraste de color de la vegetación con la arena de la playa le hizo lloriquear, Jean sin pensarlo un segundo echó a correr hacia Marco.
Marco se metió dentro del espesor y Jean tardó unos segundos en llegar, sudado, con los ojos enrojecidos y llorosos y la respiración agitada; pero ahí estaba, Marco Bodt le daba la espalda, vestido con el uniforme de combate y armado:
–¿Marco?.–la voz de Jean sonó aterrorizada.
La espalda de Marco se volvió, encarándolo.
Jean quien había levantado la mano acercándose a él, dispuesto a tocarlo se vio en el suelo tras haberle fallado los pies.
Marco le miró desde arriba, y sin más volvió a desaparecer entre la vegetación.
Limpiar las botas de arena era una tarea insufrible, por más que lo intentase, siempre acababa metiéndose un poco de ella dentro.
Levi chasqueó la lengua fastidiado:
–Capitán. –Era Christa que llevaba ropa en las manos. –Póngase esto.
Los ojos del capitán examinaron con cuidado la camisa de cuadros y los pantalones que la rubia le había traído:
–¿De dónde has sacado la ropa?.
No le gustaba lo más mínimo, pero debido al estado de su propio uniforme tenía que ceder y usarla:
–Debemos estar haciendo algo que los Yamauba quieren, esto es como un regalo, supongo. Apareció ayer, en la playa.
Levi hizo una mueca, desconfiaba en los Yamauba y en la información que Christa tenía sobre ellos. Era bastante mayor como para creer en magia.
Aun así, el hecho de haberse despertado en una isla desconocida en donde habitaban lobos gigantes apuntaba a que los Yamauba eran brujos, y que Christa tenía razón.
–Me gustaría darle las gracias capitán Levi, –Levi dejó de examinar la ropa para volver a mirar a Christa quien estaba más pálida de lo habitual y tenía grandes ojeras surcando su rostro de ninfa. –por no haber contado a nadie que estoy… embarazada.
Levi asintió preguntándose si todo ese aspecto tan deplorable que mostraba la chica era debido a su embarazo:
–No es algo que me corresponda contar. Has de decidirlo tu. –Le contestó.
Christa parpadeó unos instantes, y al siguiente segundo se desplomó frente a Levi quien se levantó de un salto de la arena y la cogió en brazos, corriendo hasta la tienda de campaña.
En el camino hasta la tienda, Pixis que apareció tras haber dejado otro jabalí que acababa de cazar a unos cadetes que empezaron a despellejarlo, le acompañó abriéndole la puerta de dicha tienda.
Levi la depositó con cuidado, y en ese momento Mikasa y Sasha entraron:
–¿Qué ha pasado?.–Preguntó Sasha alarmada.
Mikasa se apresuró a arrodillarse junto a Christa que seguía inconsciente, con Levi a su izquierda y ahora Mikasa a su derecha:
–Debe de ser el calor y la deshidratación. –Determinó Pixis.
–¿Está respirando?. –Preguntó Mikasa acercando su cara a la de Christa, esperando notar si lo hacía.
Sí lo hacía.
Bien:
–¿Christa?. ¿Puedes oírme?. –La voz de Mikasa sonó igual de dulce que una melodía. –Christa, despierta. –Las manos de Mikasa tocaron las mejillas quemadas de la rubia con cuidado. –¿Christa?.
Poco a poco, los ojos infinitamente azules de la chica se abrieron con pesadez. Tenía la boca pastosa, los labios cuarteados y mucha sed:
–¿…qué?. ¿Qué ha pasado?.
Mikasa le dedicó una pequeña sonrisa y le retiró varios mechones de la cara:
–Te has desmayado. –Christa quiso incorporarse, pero tanto Mikasa como Levi quien seguía allí sin moverse de su lado se lo impidieron. –Tómatelo con mucha calma, ¿de acuerdo?.
Christa asintió pasándose la lengua sobre los labios.
Mikasa miró a Levi quien tenía los ojos sobre ella. Por alguna razón los ojos del capitán le parecieron de un color más claro que de costumbre.
Quizás era que estaban más cerca de lo que habían estado nunca:
–Necesita agua. –Les indicó a los demás, centrándose en Christa y dejando a un lado sus emociones.
Sasha sacó rápidamente su gota de agua, pero entonces recordó que estaba prácticamente vacía.
Pixis también tenía el mismo problema, al igual que Mikasa y la propia Christa.
–Aquí. –Le tendió su bota de agua Levi.
Mikasa apreció el gesto del capitán, cuando cogió la bota de agua sus dedos rozaron unos instantes los de él y notó sus mejillas sonrosarse.
La bota de agua de Levi estaba por menos de la mitad; así que esto no iba a ser la solución al problema del agua.
Christa bebió con ansia la poca agua que había en la bota, y recostó la cabeza en el suelo, notando el mareo apoderarse de su menudo cuerpo.
Cuando la rubia se quedó adormecida, Pixis, Levi, Sasha y Mikasa la dejaron descansar tranquila, reuniéndose afuera de la tienda formando un pequeño círculo.
Levi quien se había puesto inconscientemente al lado de Mikasa, notó la cercanía del cuerpo de la chica:
–¿Dónde está Jean?.–Preguntó Sasha que tenía la cola de caballo que llevaba habitualmente deshecha.
–No lo sé. –Le contestó Mikasa. –Y nadie puede encontrarle desde la mañana.
–No parece que vaya a llover pronto. –Aseguró Pixis mirando al cielo. –Ha sido un error permanecer aquí sin buscar agua hasta ahora. No sé si lo lograremos, todos estamos sedientos.
Pixis tenía razón, Mikasa suspiró y aceptó el riesgo:
–Voy a meterme en la isla en busca de una fuente de agua natural. –Dijo empezando a caminar hacia su destino.
–No. –Negó Pixis a la vez que Levi la había retenido del antebrazo. –Sois los miembros de más alto rango de aquí,–Pixis se dirigió a Sasha y Mikasa– no sería apropiado que fueseis a una misión suicida sin saber dónde mirar. Yo sé donde mirar. –Pixis señaló a las dos chicas y a Levi. –Quedaos en la playa sin moveros demasiado, no hagáis esfuerzos que requieran mucho trabajo para el cuerpo. Intentaré ser rápido.
Dentro de la isla, la humedad era casi insoportable. La camisa de Jean se le pegaba como una segunda piel y notaba los pies calcinados dentro de las botas. Pero tenía que seguir buscando, debía encontrar a Marco.
No sabía dónde estaba exactamente, pero eso no le impedía seguir corriendo.
Imagina que tienes a un titán detrás y estás desarmado, se decía para darse ánimos y seguir corriendo.
Tanto enfrente, como a los lados, como atrás de él se veía lo mismo.
La jungla era igual en todas direcciones.
–¿Dónde estás?.– preguntó a la nada sin obtener respuesta. Jean paró de correr. –¿Dónde estás, Marco?. ¿DÓNDE ESTÁS?.
Una rama se estampó en una de sus mejillas lacerándosela.
Le escoció. Pero no paró.
Siguió caminando hacia delante con el corazón latiendo muy deprisa y la respiración agitada; unos minutos después, Jean dio con Marco a lo lejos que se encontraba caminando a un paso ligero a unos metros por delante de él.
No lo llamó, simplemente emprendió la marcha corriendo de nuevo tras él, internándose todavía más en la isla.
Sin embargo cuando estuvo cada vez más cerca de Marco, se tropezó con una piedra y empezó a caer rodando colina abajo.
Jean soltaba gritos de dolor conforme su cuerpo era sacudido por los golpes con el suelo.
De repente se sintió volar, y siendo igual de rápido que cuando tenía que matar a un titán, se cogió de unas ramas de árbol bastante gruesas para evitar la caída despeñándose.
Jean se encontraba en un desfiladero colgado.
Mierda.
No sabía qué hacer, si dejarse caer hacia abajo en donde le esperaban una rocas puntiagudas y una caída de varios metros o si intentar escalar la rama del árbol que empezó a escucharse como se rompía.
Las manos se le resbalaron, y el tacto con la rama le quemó la piel. Jean soltó un grito, y volvió a mirar al suelo, preparándose para el impacto.
Quizás tuviese suerte y se matara directamente.
–Coge mi mano, chico.
Jean miró hacia arriba asustado, y pudo ver a Pixis asomado tendiéndole una mano grande y callosa.
No se lo pensó dos veces y haciendo un último esfuerzo pudo coger la mano de Pixis, quien haciendo acopio de toda la fuerza que tenía, subió a Jean arriba.
Ambos acabaron tendidos en el suelo, mirando al cielo.
El sol les cegó los ojos momentáneamente:
–¿Estás bien?. –preguntó Pixis.
Jean quien hasta hacia unos segundos se había preparado para morir, dejó que la adrenalina que bullía de su cuerpo formase una risa maníaca.
Por un pelo.
Media hora después, Jean observaba como Pixis recogía gotitas de agua de las hojas, llenando su bota de agua:
–¿Cómo están?. –Pixis le miró intrigado. –El resto…–Añadió.
Pixis tapó la bota de agua, y tomó asiento enfrente de Jean:
–Sedientos, hambrientos, esperando encontrar una solución a esta locura y volver a nuestra realidad. –Jean tragó una saliva que se le hizo pesada. –Y necesitan a alguien que les oriente.
La mirada que el viejo le dedicó a Jean fue suficiente para que el chico entendiera:
–¿Yo?. –Soltó un bufido acomodándose en la roca en donde estaba sentado. –No puedo.
Pixis arrugó la frente:
–¿Por qué no puedes?.
–No soy un líder.
–Y aun así, te tratan como a uno. –Le dijo Pixis atando la bota de agua a su cintura.
Jean notó entonces lo sudado que estaba:
–No estoy hecho de esa pasta especial que se necesita para ser un líder, general. Posiblemente les acabe fallando.
El sonido del canto armonioso de los pájaros les acompañó:
–¿Qué hacías aquí solo, chico?.
Jean se tomó unos segundos antes de contestar, no sabía cómo contar lo que le sucedía y menos al general Pixis quien no quitaba su mirada de él:
–Creo que me estoy volviendo loco.
Pixis sonrió, y cruzó las piernas:
–No, –le dijo– la gente que está loca no saben que lo están y piensan que están curando la demencia, no lo contrario. –Jean tomó una bocanada de aire llenando los pulmones y sintiéndose muy pesado. –Así que, ¿qué hacías aquí?.
Jean se mordió los labios nervioso:
–Estoy siguiendo a… algo. –Esto estaba siendo más duro de lo que se había imaginado. –Alguien.
Pixis soltó un "ahhh", y amplió la sonrisa llenando su cara de arrugas.
¿Qué edad tendría?:
–Sigues al conejo blanco (1). –Jean le regresó la mirada aturdido. –Alicia en el País de las Maravillas.
Las manos de Jean se estrujaron la una a la otra en su regazo:
–Sé que no está aquí en realidad…
–Pero tu lo ves. –Más que una pregunta fue una afirmación.
Jean agradeció en su fuero interno que Pixis le creyera:
–… sí. Pero no es real, no está aquí.
El cantar de los pájaros se volvió una agradable música de fondo:
–Y si yo me dirigiera a ti contándote lo mismo, chico, ¿cuál sería tu reacción?.
Jean se imaginó insultando a Pixis.
No.
Ése era el viejo Jean:
–Pensaría que… sería una alucinación. Posiblemente por deshidratación, estrés post-traumático… no dormir más de un par de horas desde que llegamos aquí.
Pixis asintió:
–Bien, entonces estás alucinando. –Jean se preguntó si al estar tan cansado sería capaz de levantarse. –Pero, y si no es así.
–Entonces estoy en problemas. –Le contestó bajando el tono de su voz. Casi no queriendo dar esa respuesta.
Pixis soltó una bocanada de aire:
–Soy una persona bastante ordinaria, chico, no creo en… magia. –Jean parpadeó. – Pero, este lugar, el cómo hemos llegado aquí… es diferente a todo lo que hemos conocido. Es… especial, muy especial. –La voz del viejo encandiló a Jean. –Los otros no hablan de esto porque están asustados, pero todos lo notamos. ¿Es tu conejo blanco una alucinación? Probablemente, PERO, y si todo lo que está sucediéndonos es por una razón.
Jean dejó de estrujarse las manos, y adelantó el torso hacia delante:
–Está sugiriendo que, ¿siga buscándolo?. –No esperó respuesta alguna. –¿Qué sucederá cuando lo alcance?.
Pixis arqueó las cejas y negó con la cabeza:
–No lo sé. Lo que si sé, es que este lugar es hermosamente mágico.
Jean no estuvo seguro de si Pixis había perdido la cabeza completamente.
Entonces, ¿debería seguir su consejo?.
Había anochecido, Pixis había abandonado al chico indicándole que no abandonara la búsqueda, Jean había hecho una pequeña fogata y estaba luchando por combatir las lágrimas.
Pero se encontraba demasiado cansado; así que se dejó llorar.
Lloró por su familia, por la gente que había muerto, por Marco…
En eso se escucharon una pisadas a su espalda. Jean notó un escalofrío y se volvió hacia el ruido.
Sigue al conejo blanco.
Cogió un pequeño tronco que usó de antorcha y siguió el sonido de los pasos.
Caminar por la isla de noche era toda una experiencia.
Bastante distinta a caminar de día.
Sus sentidos estaban más agudizados, y las manos tenían la antorcha cogida con fuerza.
Frente a él, apareció un camino distinto al resto. Jean tomó aire sabiendo que tenía que seguir, y así lo hizo.
Una fuente de agua le dio la bienvenida, Jean abrió los ojos como platos y se acercó hasta ella, metió una de las manos en el agua y bebió de ella.
Agua fresca.
Cuando Jean alcanzó la playa, vio que todos sus compañeros estaban discutiendo en medio de ésta.
Con las ideas más claras y paso acelerado, se metió entre ellos hasta quedar en el mismo centro.
Todas las miradas estaban encima de él.
Jean aclaró la garganta y habló:
–Entiendo que estos días han sido una locura, que la falta de comida y agua nos han nublado la mente. Pero no podemos seguir haciendo esto, el ir cada uno por su propio camino no va a ayudar a nadie a salir de esta. –Jean averiguó donde Sasha, Connie y Mikasa estaban situados entre la multitud, entonces se sintió más seguro y continuo hablando. –He encontrado agua. Agua fresca, arriba del valle. –señaló con la mano por donde había llegado. –Llevaré un grupo mañana, si alguien no quiere venir entonces que busque otra manera de contribuir al grupo. –Terminó diciendo, y se alejó de todos ellos seguido de Connie quien cada vez cojeaba menos.
La mañana siguiente llegó, Christa se encontraba bien tras beber de la bota de agua de Jean y haber comido un poco. Jean estaba preparándose para iniciar la excursión junto a Connie y Sasha. Levi observaba desde la lejanía todos los movimientos de los chicos, nunca les había quitado el ojo de encima. Si bien podía estar distante, su atención estaba en ellos.
Era el responsable de la vida de esos mocosos y no iba a permitir que ninguno muriera.
O al menos así lo sentía él.
Cuando vio como quince de ellos emprendían la caminata hasta la fuente de agua, Levi se apresuró a alcanzarles convirtiéndose así en un grupo de dieciséis.
Llegar hasta la fuente no fue muy complicado, pero ésta se hallaba a un ratio lejano de la playa:
–Bien, aquí está. –Señaló Jean a la fuente.
La fuente estaba dentro de una cueva en donde había una temperatura ligeramente más baja que en el resto de la isla:
–Hey Kirschtein. –Llamo Levi a Jean. –Lléname la bota de agua. –Le ordenó tirándosela mientras decidía pararse a explorar esa cueva.
Impresionante, debía admitir Levi mirando de reojo a Jean quien estaba rellenando bastantes de las botas de agua que le habían pasado.
El capitán se sentía en cierto sentido orgulloso del chico.
Por fin estaba usando la cabeza.
Aunque, todavía se le veía demasiado ensimismado con Mikasa.
Levi pasó a mirarla a ella, que también estaba rellenando botas de agua.
Por un momento dejó de reprimir los recuerdos de su infancia, y la cara de su madre apareció en su mente. Más detalladamente, su cabello, el cual era idéntico al de Mikasa.
El corazón le dio un vuelco y suprimió la imagen de la mente enseguida, ahora, sintiéndose enfadado con él mismo por haberse dejado llevar.
Rellenar todas las botas de agua les llevó un rato, pero una vez las tuvieron todas a tope, volvieron de camino a la playa.
Las voces de los cadetes sonaban alegres.
Era la primera vez desde que habían despertado allí que se apreciaba cierta alegría.
