Sus ojos se estaban empezando a acostumbrar a la oscuridad, escuchaba los latidos de su corazón y su respiración agitada. Había sido sorprendida por un hombre que la había asaltado, atándole las muñecas con un cable y encerrándola dentro de una habitación sola.

Christa estaba tumbada boca arriba en el suelo, notando como su cuerpo iba dibujando su figura en el suelo por el sudor; había flexionado las rodillas todo lo que podía, alegrándose de no tener una barriga de embarazada prominente todavía que le permitía seguir haciendo esos movimientos, y estaba intentando pasar los brazos que estaban atados a su espalda bajo los glúteos para así poder meter las piernas entre ellos y dejar de estar en esa posición.

De la boca de la chica salieron insultos y gemidos de esfuerzo, al estar tan sudada sus antebrazos se resbalaban incluso por la tela de su pantalón dificultando la tarea. Pero finalmente pudo lograrlo, una vez pasó las piernas por los brazos, se levantó y empezó a palpar la pared en busca del interruptor de luz.

Lo encontró y encendió la luz.

"Oh".

En la sala donde la había metido ese hombre, había comida, bebidas y utensilios de cocina, y esto dejaba claro que no lo debería haber pensado demasiado o que quizás la había subestimado. No sería la primera vez que Christa era menospreciada por su físico, y tampoco iba a ser la primera vez que superaba las expectativas por ella misma.

Cogió un cuchillo jamonero, se lo colocó entre las dos rodillas sentándose en el suelo y con la punta hacia arriba y cortó el cable que tenía sus muñecas presas.

Se deshizo del cable y se masajeó la piel de las muñecas doloridas, después inspeccionó atentamente la estancia buscando la salida.

Intentó salir por la puerta, pero ésta estaba cerrada.

Sus ojos se movieron a gran velocidad al igual que su cerebro asimilando la información, finalmente descubrió en el techo una rendija de ventilación.

Sonrió satisfecha.

Deslizarse dentro de los conductos de ventilación no sería mayor inconveniente por su tamaño; se acercó a unas cajas de madera y descubrió que eran portadoras de vino.

Este hombre es ostentoso.

Traslado con esfuerzo la caja de madera colocándola justo debajo de la rendija de ventilación. No era suficiente para ella. Necesitaba usar la otra caja.

Resopló.

Cuando cogió la otra caja, unas barritas de color azul llamaron su atención. Christa dejó la caja encima de la otra y volvió a coger una barrita. Era chocolate con nueces. Christa salivó. Rompió el plástico de la barrita de chocolate y se la comió devorándola con ansiedad. Después de esa, se comió otra que satisfizo su necesidad de chocolate, se guardó entonces unas cuantas barritas en los bolsillos de su pantalón y se subió a las cajas de madera. Abrió la rendija, y dando un salto no sin dificultad, se pudo meter dentro del conducto de ventilación.

Los conductos eran suficientemente anchos para que ella no se sintiese en una jaula de hámster, también, su vientre al no estar apenas abultado no tenía el problema de poder sufrir algún golpe mientras se arrastraba. La chica avanzó entre los conductos buscando a Levi, su voz se podía escuchar entre los conductos.

Si sus oídos no le mentían, el capitán Levi se encontraba al igual que Pixis a quien acababa de escuchar en la siguiente habitación. No obstante Christa dejó de avanzar. Unas formas oscuras y bien apiladas en estanterías, llamaron su atención.

La rubia quitó la rendija del conducto que correspondía a esa habitación, y de un salto se metió en ella. Tuvo la suerte de recibir el impacto del salto cuando Levi estaba gritando en la otra sala.

Frente a ella, un arsenal de armas estaban cuidadosamente guardadas en ese lugar.

La chica se decidió por una escopeta ya que era el arma más próxima a ella. Supo usarla ya que cuando todavía era una niña, en la casa de campo en donde se crió, tenían un capataz que de vez en cuando traía los animales que había cazado.

Algunos días, estos animalillos se encontraban cerca de la finca, entonces, Christa había podido ver cómo se usaba ese tipo de arma.

La cargó cogiendo sus balas correspondientes que estaban en una cajita de cartón junto a la escopeta, y se dirigió hacia la sala en donde se escuchaban las voces.

Christa se deslizo sigilosa por la estancia, la espalda de ese hombre de media melena y Pixis fue lo primero que vio. Enfrente de ellos, estaba Levi apuntándole con el revolver. Entonces Christa vio que Pixis tenía un arma apuntándole al cuello.

No se lo pensó. Actuó.

Le propinó un fuerte golpe con la culata de la escopeta a ese hombre en la parte trasera de las rodillas que lo doblegó hasta tirarlo al suelo; debido a su baja estatura, Christa no habría podido darle en la cabeza. El arma que llevaba en las manos este tipo se disparó.

Christa soltó un grito asustada, Pixis le arrebató de las manos a ese hombre el arma, y Levi quien había sido rápido y rodado por el suelo hacia el otro extremo evitando así, la bala, vio a la rubia aparecer desde una esquina.

Sintió alivio al ver que seguía de una pieza.

Algo salía bien.

Menos mal.

–¿Qué habéis hecho?. –Dijo el hombre desde el suelo mirando a un punto al lado de Levi. –Nos habéis condenado a todos.

A la izquierda del capitán Levi, un ordenador echaba humo al haber sido el que recibiese la bala.

–Jodido loco. –Masculló Levi caminando deprisa hasta donde estaba ese hombre que se estaba levantando en ese momento, y subiéndose encima de él, evitando que se moviera al igual que le seguía apuntando con el revolver. –¿de qué coño hablas ahora?.

–¡Tengo que arreglarlo!. –El hombre intentó ponerse en pie de nuevo, pero Levi apretó una de sus rodillas en su espina dorsal impidiendo que así lo hiciera. –¡Escúchame!, si no me dejas que lo arregle vamos a morir todos.

–Deja de moverte, o te aseguro que te vuelo la cabeza. –Levi arrastraba las palabras adquiriendo un tono bastante amenazante.

–¡Mira la pared!. –Levi apretó el cañón del revolver en el cráneo de ese hombre, y miró hacia donde le indicaba. Había una especie de reloj que en vez de contar hacia delante contaba hacia atrás. –¿Lo ves?, ¡es un contador!. Tengo que meter el código y presionar el botón…

–¿O qué?, ¿te meas en los pantalones?.

Pixis dejó de apuntar a ese hombre con el arma que le había quitado, y se arrodilló quedando así a la altura de Levi quien seguía sentado a horcajadas encima de la espalda del otro:

–Levi, –En la voz de Levi se notó una urgencia. –déjalo.

Levi presionó de nuevo con fuerza la rodilla en la espalda del hombre que soltó un grito de dolor, y se volvió a mirar a Pixis con odio:

–¡No me digas lo que tengo que hacer!. –Entonces, giró la cabeza del hombre provocando que lo mirase. –¿O qué, gilipollas?. ¿Qué cojones pasa si no aprietas el botón?.

–Capitán…–Dijo Christa caminando hasta quedar dentro del radio de visión de Levi. –hemos llegado hasta aquí, creo que podemos permitir que arregle la máquina. –Le sugirió sin dejar de apuntar con la escopeta al otro hombre.

Levi que miraba los ojos azules de Christa, dejó ir al hombre que tenía apresado bajo su cuerpo. Pixis al igual que Levi, se levantó del suelo. Observando como el hombre corría al ordenador que echaba humo.

Éste apretó el botón de encendido y apagado, pero el ordenador no funcionaba. El humo se le metió en la nariz a ese hombre y tosió asqueado.

–Bastardo.–Susurró el hombre echando a correr hacia la sala contigua, seguido por los otros tres.

Empezó a tirar todo lo que se encontraba en una estantería, buscando algo:

–Historia, ya no necesitas eso. –Le dijo Pixis señalando la escopeta que Christa seguía llevando.

La chica asintió, y bajó el arma. Pero no la dejó en ningún lado.

–Genial, tenemos espectáculo de bufones ahora. –Dijo Levi cruzándose de brazos, siguiendo muy de cerca los movimientos del otro hombre.

Todos los libros que había en la estantería acabaron desparramados en el suelo:

–¡Está aquí!. –Exclamó el hombre cogiendo un tarrón de vidrio que había estado escondido detrás de unos libros.

Éste emprendió la carrera otra vez hacia el ordenador, de nuevo, seguido por los demás.

–Ahora, vas a explicarme qué cojones está pasando. –Dijo Levi cogiendo de la mesa en donde estaba el ordenador que seguía echando humo, el tarrito de vidrio que contenía pequeñas piezas de ordenador.

Los ojos desesperados del otro hombre siguieron el movimiento de mano rápido de Levi:

–No tenemos tiempo. Déjame arreglar el ordenador… –Había súplica en las palabras de ese hombre.

Pero a Levi no le importaba:

–Vamos a hacer tiempo entonces, ¡si quieres ponerte a trabajar, primero me vas a contar cómo coño acabaste aquí!..

El otro hombre gesticulo una rabieta con su cuerpo, sabiendo que lo único que le dejaría arreglar la máquina sería contarle a Levi lo que quería oír:

–Fue hace tres años, quizás tres años y medio. ¡Estaba viajando solo por el mundo, y mi estúpido barco se quedó sin gasolina en esta isla!, y Kevin vino.

–¿Kevin?. –Preguntó Pixis metiéndose en la conversación.

–¡Sí, Kevin!, vino corriendo desde la isla, pidiendo mi ayuda. –Levi entrecerró los ojos analizando los movimientos de ese hombre, decidiendo si contaba la verdad o no. –¡Me trajo hasta aquí abajo!, y lo primero que hizo porque estaba pitando, fue introducir el código y presionar el botón de este ordenador y el pitido cesó. –Señaló el ordenador. –Le pregunté qué era todo eso, lo único que me dijo fue que acababa de salvar el mundo.

–¿Salvando el mundo?. –Preguntó Levi con escepticismo.

El hombre asintió moviendo su media melena de adelante a atrás:

–Sus palabras, no las mías. Así que empecé a apretar el botón también, –Levi miró a Pixis, y Pixis miró de vuelta a Levi. –y así salvamos el mundo durante un tiempo. Entonces Kevin murió, lo encontré un día en la jungla con medio cuello arrancado, no sé qué paso… ahora estoy aquí solo, ¡ese es el final!.

Levi bufó, el sonido del contador que iba por ese momento por el minuto 84 les llamó la atención a todos. Finalmente, Levi le tiró el tarro de vidrio que el otro cogió al aire.

–Jodido loco. –Masculló Levi.

Christa se acercó hasta el capitán al igual que Pixis:

–Todo esto es…–Empezó a decir la chica sin saber realmente qué decir.

–Es una mierda, –Acabó su frase Levi. –¿no me digas que le crees?. –Le preguntó Levi a Pixis. –¿Apretar un botón?, joder.

Pixis que siempre estaba sonriente, se mostraba serio. Reculó sus pasos, y se fue de vuelta con el hombre que estaba desmontando el ordenador:

–¿Crees en sus palabras, viejo?.

–Sus palabras es todo lo que tenemos ahora mismo, Levi. –Le contestó Pixis parándose y girándose a mirarlo.

–No tienes que creer en mis palabras, mira la película. –Le dijo el hombre dejando de arreglar el ordenador un segundo mientras miraba a Levi quien estaba perdiendo la poca paciencia que le quedaba.

–¿Qué?. –Preguntó Christa entrando en la sala.

–En la parte baja de la estantería. Hay una cinta, en la habitación de al lado está el proyector. Tiene ruedas, llévalo hasta la cocina y siéntate a verla.


Tocaron tierra por fin, debería ser media mañana en ese momento. Connie, el joven cadete y Jean que ayudaba a caminar a Mikasa, entraron en la playa.

Jean sentó con cuidado a la chica en la arena. Su aspecto no era el mejor, se encontraba pálida, pero la herida había remitido la hemorragia de forma considerada.

–Debemos estar en la otra punta de la isla. –Dijo Connie observando toda la playa.

Jean asintió, y se arrodilló enfrente de Mikasa que estaba luchando por mantener los ojos abiertos:

–Voy a buscarte agua. –Le dijo con delicadeza.

Mikasa quiso sonreírle, pero no tuvo fuerza para hacerlo. La manera en que Jean se preocupaba por ella y la cuidaba la hacía sentirse valorada.

Siempre había adoptado el papel de la persona fuerte e inquebrantable del grupo, no dejando espacio para que ni Eren ni Armin la tratasen como Jean lo hacía en ese momento.

Había sido su decisión, por lo que no culpaba a ninguno de los dos chicos.

Sin embargo, se sentía bien, dejándose cuidar por una vez. Saber que tienes a alguien que pase lo que pase va a estar ahí, era reconfortante.

Los ojos de Jean adquirieron un tono dorado por los rayos del sol, sus largas pestañas dibujaban ligeras sombras en sus mejillas y su color de piel se estaba tostando después de tantos días en la isla.

¿Cómo no se había dado cuenta antes de todos esos detalles?.

–No tardes demasiado.–Le susurró como respuesta.

Jean arqueó las cejas:

–Necesitas agua, Mikasa. Estás deshidratada, si tengo que ir al fin del mundo a conseguirla, lo haré.

Mikasa encontró las fuerzas para formar la sonrisa.

–Pero si vas al fin del mundo tardarás en llegar. –Le dijo Connie que los miraba con un gesto estúpida en el rostro.

Jean rodó los ojos y se incorporó, o más bien quiso hacerlo porque Mikasa le había agarrado una de sus manos:

–No tardes. –Le volvió a pedir.

Si las circunstancias hubiesen sido distintas, la sangre se le hubiera acumulado en las mejillas sonrojándolo. Pero la herida de Mikasa seguía sangrando.

No había tiempo para esas cosas.

Jean apretó suavemente la mano de la chica como respuesta, y se acercó hasta la entrada de la jungla. Por el rabillo del ojo miraba la espalda de Mikasa mientras se iba alejando, así que no vio como un enorme puño se estampaba en su cara noqueándolo.

–¡Jean!.–Gritó Connie corriendo a socorrerlo.

Un hombre de color, cercano a los dos metros de altura y musculado salió de la jungla seguido de dos personas más. Tenía una feroz expresión en el rostro.

Connie pudo esquivar un par de golpes, pero el tercero fue inevitable y acabó noqueado de la misma manera que Jean. Mikasa notó la adrenalina arremolinándose en su cuerpo, y gracias a eso pudo levantarse de la arena.

–Vete. –Le dijo al joven cadete que miraba con horror como ese enorme hombre empezaba a caminar hacia ellos. –¡Ve a buscar a los demás!. –Le gritó Mikasa señalando a lo lejos.

El chico no esperó más, y corrió dejando atrás a la chica.

Mikasa le asestó una patada en la barriga a ese hombre que casi lo derribó. Con su brazo sano le propinó un buen puñetazo que le abrió una herida en la mejilla a ese hombre de casi dos metros. Pero debido al sol, la deshidratación, el cansancio, la perdida de sangre y el hambre, Mikasa se acabó desmayando antes de que la tocara.

Había agotado las fuerzas golpeándolo.

Ese hombre cogió a Mikasa como si de una muñeca se tratara, y se la puso al hombro. A Connie y a Jean los agarró de los tobillos y los llevó arrastrándolos por el suelo hasta un hoyo en donde los tiró y cerró con una verja de bambú. Haciéndolos así, prisioneros.


Christa encontró la película que estaba metida dentro de una caja de latón en la que ponía Orientación, trajeron el proyector como así les había indicado el hombre de la otra sala contigua y se sentaron a verla en la cocina.

Aunque Levi permaneció de pie.

La película trataba de un grupo de científicos que se reunieron en esa isla en concreto hacía más de una década para estudiarla. Había meteorólogos, psicólogos, parapsicólogos, zoólogos, químicos y sociólogos.

Según se explicaba de forma breve en la cinta, la isla tenía algo especial que ese grupo de científicos estaban estudiando. No indicaba qué, pero sí se explicaba que había que entrar un código en el ordenador cada 230 minutos para mantener todo en orden.

El bunker había sido originariamente construido como un pequeño laboratorio en donde se estudiaban las fluctuaciones electromagnéticas que la isla emitía en ese sector.

–No entiendo nada de esto, –Dijo Christa levantándose de la silla en donde había visto la cinta. –pensé que esto era culpa del clan de los Yamauba. Que todo esto… de alguna manera, era por un hechizo.

La chica estaba consternada. Daba pequeñas vueltas alrededor de la silla en donde había estado sentada:

–El puzle se complica. –Dijo Pixis, también levantándose de su silla y caminando hacia ella. –Pero eso no significa que no seamos capaces de resolverlo. –La paró tocándole un hombro. –Debo admitir que es una pena que tu compañera Hange no esté con nosotros, Levi. Ella hubiera sido capaz de desentrañar el enredo.

Pixis tenía razón. Hange debía de estar junto a Eren y Armin, pero, ¿dónde era eso?. ¿En su mundo?, ¿en otro parecido a esa isla?, ¿estaría Eren bien?.

Todo eran preguntas sin respuesta.

Levi estaba frustrado.

Hizo una mueca, y fue hasta la sala de ordenadores en donde ese hombre seguía tratando de arreglar el ordenador, bastante centrado en la tarea. Casi sin moverse.

Levi se acercó hasta quedar detrás de él, y observó el trabajo que estaba haciendo con la máquina. Había conseguido que dejara de salir humo, lo cual indicaba que algo estaría haciendo bien, y lo había desmontado totalmente. Cientos de partes reposaban en la mesa esperando ser colocadas en el sitio correcto.

Se tenía que tener bastante paciencia para hacer eso, cosa que Levi era consciente, no poseía.

A su izquierda quedaba una ventana, Levi se acercó hasta ella y contempló la pared del túnel por donde había llegado hasta el bunker.

Otra pared llena de grafitis.

Se preguntó si esos dibujos habían sido trabajo de ese hombre; quizás algún día se lo preguntara:

–¿Sigues manteniendo el contacto?, –Le preguntó al hombre que se acababa de poner unas gafas redondas para tratar con las partes más pequeñas del ordenador. –con los científicos de la película.

–¿Crees que seguiría aquí si lo estuviese?. –Le contestó con cierta sorna.

Levi bufó, haciendo acopio de fuerzas para no propinarle una patada en toda la cabeza ahora que estaba inclinado en la mesa arreglando el ordenador:

–¿Cómo es que no has sabido de nuestra existencia hasta ahora?, ¿eres retrasado mental o algo por el estilo?.

La nariz del hombre seguía pegada a las piezas pequeñas del ordenador, prácticamente diminutas. De ahí el uso de esas gafas:

–Pulso el botón cada 230 minutos, no salgo fuera demasiado.

Levi se apoyó en la ventana, notando el tacto frio del vidrio en la espalda:

–En el video se habla de sustitutos. ¿Dónde están los tuyos?.

–Kevin murió esperando su sustituto.

Levi arqueó una ceja, si la situación no fuese aquella, estaba seguro de que ese hombre no le caería demasiado mal:

–Si no sales fuera mucho, ¿cómo consigues comida?.

Repentinamente el hombre se incorporó y se levantó de su asiento para ir al otro lado del ordenador, dejando sin contestar la pregunta de Levi. El capitán rápido como una gacela, se puso enfrente de él ocupando el lugar en el que instantes anteriores había estado el:

–De verdad crees que esto es verdad, que esta maldita isla volará por los putos aires si no aprietas un jodido botón cada 230 minutos. ¿Te das cuenta de lo ridículo que suena todo esto?.

El hombre lo miró un momento, para luego volver al quehacer de arreglar el ordenador:

–Sé como suena. –Se quitó las gafas para ver de cerca, y sacó un destornillador. –Una de las muchas cosas que he aprendido aquí, es que la verdad suele ser aterradora y a veces ridícula.

Levi se sentó en el asiento que había ocupado ese hombre anteriormente, cruzó una de las piernas y descansó la espalda en el respaldo del asiento. Analizándolo con la mirada:

–En la parte interior de la puerta a este lugar estaba escrito la palabra Cuarentena, para mantenerte aquí dentro. Mantenerte asustado, ¿pero sabes qué?, –La voz de Levi era un susurro amenazante. –hemos estado ahí fuera por más de cuatro semanas y nadie ha enfermado. ¿Piensas que esta es la única parte del plan que no encaja?, ¿te has parado a pensar que quizás te tengan apretando un botón cada 230 minutos solamente para ver si lo haces? ¡Toda esta mierda!, el ordenador, el botón, es un jodido experimento.

El destornillador quedó olvidado en la mesa, junto a las gafas, el hombre miró a Levi con los ojos bien abiertos y las pupilas dilatadas:

–¡Cada día que pasa!. –Levi dejó de descansar la espalda en el respaldo, y se inclinó hacia ese hombre apoyando las manos en sus rodillas. –Y por nuestro propio bien, espero que no sea verdad. –Levi bufó aburrido. –Pero la cinta dice que esto es una estación electromagnética. Y no sé si lo habrás notado con toda esta actuación que tu y tus dos amigos de ahí habéis orquestado, pero cada vez que tengo que pasar por al lado de esa pared, –Levi supo que se refería a la pared donde había tenido que luchar para que su hoja de espada no se quedara pegada. –siento dolor en el cuerpo.

Levi no tuvo más preguntas que hacerle en ese momento, estaba agotado y notaba como el cuerpo le iba pesando cada vez más.

Enfrente, ese hombre terminó de arreglar el ordenador, y lo montó nuevamente.

Juntó las manos rezando antes de presionar el botón de encendido, y lo hizo. El ordenador se encendió de nuevo. Ante los ojos acusadores de Levi, ese hombre gritó victoria, y metió el código numérico, una vez hecho eso, el contador empezó desde el minuto 230 hacia atrás.

–Tú, sí, tu. –Le llamó a Pixis quien entraba en la sala en ese momento. –Ya que veo que eres el único que no ha cuestionado nada, haz el favor de ser el primero en tomar el turno.

El hombre se levantó de su asiento, y Pixis accedió a hacer lo que le había pedido.

–Estás mal, viejo. Muy mal. –Le dijo Levi antes de levantarse y seguir al hombre a la despensa.

Estaba metiendo comida en una mochila:

–¿Qué haces?. –Le preguntó Levi admirando la cantidad de comida que había en esa despensa.

–Por primera vez en mucho tiempo, tengo a alguien que va a tomar turnos por mí. He de aprovecharlo.

Una vez consideró que su mochila tenía suficientes alimentos; salió de allí chocando inintencionadamente un hombro con el de Levi, y salió por la puerta principal de la base que consistía en una rueda que había que girar hasta abrirla. Igual a la de un barco.

Levi continuo siguiendo los pasos del hombre, hasta que se vieron en la isla nuevamente tras haber caminado por los túneles un poco más en otra dirección.

El clima tropical fue casi una bofetada a comparación del de allí abajo, el hombre que vestía un mono azul, se arremangó las mangas y se ató el pelo; entonces comenzó a caminar muy deprisa.

–¡No hace falta que me sigas!, no voy a ir muy lejos. –Le dijo a Levi.

Levi por su parte, notó el cuerpo incluso más cansado que abajo en la base una vez el calor le dio la bienvenida nuevamente. Sin embargo, se esforzó por seguir el ritmo del otro:

–No quiero que pienses que tienes libertad para hacer lo que te plazca. –Le contestó Levi arrastrando las palabras intencionadamente.


Pudieron pasar treinta minutos, cuarenta, una hora, dos… Jean y Connie finalmente retomaron el conocimiento. Pero Mikasa seguía desmayada, y por lo que se podía apreciar, su herida de bala había comenzado a sangrar copiosamente de nuevo.

–Tengo la espalda destrozada. –Comentó Connie tocándosela, ajeno a la situación de Mikasa.

–¡Dame tu camiseta!. –Le gritó Jean acercándose hasta Mikasa y tocándole las mejillas que estaban peligrosamente pálidas y frías.

Nada más abrir los ojos, lo primero que Jean había buscado era a Mikasa.

"Oh no" soltó Connie al clavar sus ojos avellanados en la chica.

Se quitó su camiseta pasándosela a Jean, quedando así los dos chicos sin camiseta. Entonces, Jean se la anudó encima de la suya en el hombro a Mikasa:

–Te voy a sacar de aquí, te lo prometo. –Le susurró cogiéndole la cara con ambas manos.

–¿Sigue inconsciente?. –Le preguntó Connie acercándose.

–¿Tu qué crees?. –Le respondió Jean de mala manera.

Connie resopló, y miró a su alrededor inspeccionando el sitio. Estaban dentro de un hoyo profundo, probablemente cavado por ellos. Arriba, había una reja hecha de bambú tapada con algunas hojas de palmera, que los mantenía dentro.

–Súbeme. –Le pidió a Jean.

Jean inspeccionó el lugar por su cuenta también, y aceptó la propuesta de su amigo. Él era el más alto de allí, probablemente el más alto de todos sus compañeros cadetes, así que quizás Connie pudiese abrir la reja empujándola con fuerza.

Dejó a Mikasa sentada, la cabeza de la chica rodó hasta quedar colgada de un lado. Su respiración era inquietantemente pausada, y sus labios estaban agrietados.

Jean se acercó hasta Connie, y le ofreció las manos, Connie entonces subió los pies a las manos de Jean. Y Jean lo impulsó hacia arriba.

No se había esperado que fuese tan difícil, porque si bien Connie era de complexión delgada, al igual que sus compañeros, se había musculado en los entrenamientos y la caza de titanes cogiendo un peso que Jean no había esperado.

Por unos centímetros todavía no llegaba, Connie quiso cogerse de la pared, pero no había pared, sino tierra:

–A mis hombros. –Le indicó Jean.

Connie se subió encima de los hombros de Jean, y así pudo empujar la reja de bambú. Pero no la pudo mover:

–No puedo moverla, debe estar cogida con algún peso…–La mano de Connie salió fuera de entre las rejas de bambú, descubriendo unas lianas. –está atada a algo.

En ese momento, un cuchillo de caza de gran tamaño se metió entre los barrotes. Connie soltó un grito y Jean perdió el equilibrio. Ambos fueron a parar al suelo.

La reja se abrió, y apareció ese hombre inmenso. Traía a una chica de pelo corto y ondulado que echó dentro del hoyo junto a ellos. Entonces cerró la reja nuevamente, y desapareció.

–Un momento, ¿no es esa Hitch Dreyse?.

Jean examinó a la chica que el hombre había tirado dentro, tenía el pelo sucio, lleno de barro, por lo que el color parecía más oscuro. Pero sí, era ella.

–Ella también…–Dijo Jean acomodando aún más a Mikasa en el hoyo.

No habían visto a Hitch desde hacía meses. Tampoco se habían preocupado por ella, de hecho, ni siquiera habían pensado en la chica hasta ese momento.

De la boca de Hitch, salió un sonido que alertó de que estaba recuperando el conocimiento; por un momento, Jean se preguntó si eso era bueno o malo.

Hitch parpadeó ajustando la vista a la poca luz que entraba tras las hojas de palmera que tapaban la reja del hoyo, y se quitó el pelo que tenía pegado a la cara, descubriendo así una herida en la frente de la cual salía un poco de sangre sucia:

–¿Qué es esto?, ¡dónde estoy!. –La chica empezó a ponerse cada vez más nerviosa mirando alrededor. –¿Kirschtein, Spinger?. Pero, ¿qué…

Oh sí, era por eso, que Jean se lo había preguntado.

El tono de voz de la chica tenía el mismo efecto que un spray anti bichos en los insectos.

–¿Sabes cómo has llegado aquí?. –Le preguntó Connie ayudándola a levantarse.

Hitch soltó la mano de Connie enseguida de estar de pie, aún magullada, adoptó una pose egocéntrica:

–¿¡Desde cuándo estáis aquí!?. –Los chicos se miraron extrañados. –He estado en malviviendo en esta asquerosa isla desde hace más de dos meses. ¡Sola!. ¡De repente aparecéis vosotros!, qué diablos… –Hitch reparó en Mikasa, y dejó de usar el tono de sabelotodo. –¿Mikasa Ackerman?. –Jean asintió volviendo a sentarse junto a ella. –Tiene una pinta horrible, ¿qué le ha pasado?.

–¿Te has mirado tu?.–Le espetó Jean con odio.

Hitch recuperó su pose engreída, y colocó las manos en su cadera:

–Oh sí claro, en la isla disponemos de espejos, camas, restaurantes, bibliotecas…

–El agua sirve para verse reflejado, no es solo para beber y lavarse. "Biblioteca", como si alguna vez hubieras pisado una.

La cara de Hitch adoptó un tono rojizo por las palabras de Jean:

–He estado sobreviviendo sola en esta jungla, ¡hay lobos gigantes!.

Connie asintió:

–Sí, hemos tenido que lidiar con alguno de ellos. –Le dijo recordando el momento.

–¿Cuánto tiempo hace desde que estáis aquí?. ¿Estáis solo vosotros tres?.–Hitch decidió preguntar a Connie ya que Jean no hacía más que intentar pelear con ella.

Connie era más simple, más manejable. Alguien más de su gusto:

–He perdido la cuenta si te soy sincero, –Le empezó a decir Connie, mirando a Jean que lo miraba de vuelta. –cerca de un mes.

Hitch resopló, pero al tener el pelo lleno de barro, su flequillo no se movió de la piel de su cara:

–Vuestras armas, –Señaló las espadas de Connie y Jean. –¿son esas todas las que tenéis?.

En ese instante, Jean recabó en que Hitch no tenía sus espadas. Estaba desarmada.

Algo no cuadraba:

–¿Has sobrevivido dos meses aquí sin ningún arma?. –Le preguntó arqueando las cejas. Escéptico.

El semblante de Hitch cambió drásticamente, ya no se presentaba como la ególatra de Hitch sino… como algo más:

–¡Salgo!. –Gritó mirando a la reja.

–¿Qué?.

Pero la pregunta de Connie quedó olvidada, enseguida la reja se abrió dejando ver al hombre de dos metros o casi dos metros, éste le tiró la liana a Hitch y ella fue a cogerla; sin embargo Connie la paró cogiéndola de uno de sus brazos. La chica, rápida, le asestó una bofetada que le hizo soltarla.

Hitch fue subida por el dos metros y desapareció, dejándolos de nuevo encerrados.


Levi siguió a ese hombre hasta varios árboles frutales. Entonces, lo observó trepar con dificultad y coger fruta.

Una vez bajó, le ofreció manzanas y mangos, pero Levi las rechazó volviendo a mover el revolver delante de él:

–Como ya te he dicho, no salgo demasiado. No como mucha fruta por desgracia. –Dio un mordisco a una manzana. A Levi le dio asco la forma en que la comía. –Ahora tendré sustitutos. Ha sido un buen día al final de todo. –Le sonrió con la boca llena.

Levi arrugó la nariz:

–Me estás haciendo perder el tiempo. –Levi hizo un movimiento con la cabeza, indicando que regresasen a la base.

–Dabeet, mi nombre es Dabeet.

Levi arqueó las cejas, se acercó unos pasos hasta Dabeet, y le hincó el cañón del revolver en el pecho:

–Esto no es el tiempo del recreo, no me importaría pegarte un tiro ahora mismo. ¿De qué nos sirves? De nada, además, tu base es un buen lugar para un asentamiento. –Levi dejó mostrar una sonrisa oscura. –Estoy seguro de que nos vamos a sentir muy a gusto allí.

Dabeet dejó de comer la manzana:

–¿Cuántos sois?.

Veintiocho. Pensó.

No. Ya no eran esa cifra. Jean, Connie, esos dos chicos jóvenes y Mikasa no contaban. Se habían ido.

Irremediablemente, la mente de Levi viajó hasta el recuerdo de la chica.

Deseó que todo hubiese salido bien, que se encontraran a salvo y que no arriesgasen su vida por ellos. En especial ella.

Ella era una persona única.

Quizás como él. Sí, eso era, ellos dos parecían las dos caras de una moneda.

Resopló volviendo a la realidad, en donde la cara fea de Dabeet le miraba y no la de Mikasa:

–Y a ti qué cojones te importa. –Le hincó más el cañón del arma. –Vamos. –Le ordenó.


La reja se abrió, las cabezas de Hitch y el hombre de casi dos metros aparecieron con una importante diferencia de altura.

Les tiraron la liana:

–Coge la liana. –Le dijo a Connie.

Éste miró a Jean, y Jean quien se había puesto en el regazo la cabeza de Mikasa, negó con la cabeza:

–¿Quién nos asegura que no nos vais a hacer algo cuando subamos?. –Les preguntó Jean sin dejar a Mikasa.

La chica desde arriba parecía estar perdiendo la poca paciencia que tenía; ya no quedaba rastro de la egotista de Hitch:

–Repito, coge la liana y sube. –Se dirigía a Connie. –Sino, le tiro el cuchillo a tu amigo al cuello. Soy muy buena cazadora. No fallaré.

El cuchillo de cazador de gran tamaño asomó entre los dedos de la chica. Connie cogió entonces la liana y fue subido hacia arriba por el hombre alto:

–Ahora la chica. Átala a la liana.

Ésa fue la gota que colmó el vaso para Jean, se incorporó repentinamente golpeando sin querer la cabeza de Mikasa que entre los labios soltó un pequeño quejido:

–A ella ni tocarla.

–¿Estás seguro de que está mejor contigo que con nosotros aquí arriba?. Piensa otra vez, amigo. –Le dijo Hitch, saboreando el momento desde arriba. –Átala a la liana, no lo voy a repetir más.

La forma en que le llamó amigo fue una mofa.

Jean no sabía qué hacer. Por un lado, no quería dejar a Mikasa y por otro, ahí dentro sin agua, sin comida, sin nada más que tierra, significaba la muerte.

Con los dientes apretados por la rabia, Jean cogió en brazos el cuerpo de Mikasa y le ató la liana a la cadera. Notando la piel de su vientre entre las manos.

Unas mariposas revolotearon por su estómago.

Mikasa fue subida por ese hombre igual que Connie. Jean esperó entonces que volvieran a tirar la liana, pero lo único que obtuvo fue el gesto del dedo por parte de Hitch, y le cerraron la reja dejándolo solo y a oscuras.

–¡Hija de…–Soltó un grito enrabietado. Y pateo la tierra alrededor de él gastando las energías que le quedaban.


Levi y Dabeet entraron por la puerta trasera de la base, Levi tuvo que admitir que Dabeet no era demasiado atlético pero se sabía mover bien por la isla.

No se creía que Dabeet no saliera muy a menudo de allí, no era posible si se movía de esa forma por la jungla. Se preguntó si alguna vez habría visto alguno de los lobos gigantes, o quizás esa mujer loca que les llevó hasta la dinamita.

Levi había visto los arañazos que tenía la mujer titán en uno de sus brazos, no le concordaba que tuviesen ese aspecto si realmente era un titán.

A no ser que se los infringiese ella misma cada cierto tiempo.

Posiblemente su titán fuese uno débil.

No presentaba ningún tipo de peligro inminente, o al menos así lo veía él.

La humedad de los túneles le provocó un escalofrío, el cambio tan drástico de temperatura entre la isla y ese bunker debía ser de entre cinco y ocho grados.

Se notó demasiado sudado. Hizo una mueca de asco, y escoltó a Dabeet hasta dentro de la sala del ordenador en donde Pixis seguía sentado delante de la máquina en una posición relajada:

–Vigílalo. –Le indicó a Pixis saliendo de la sala y dirigiéndose a la alacena en donde se encontró con Christa que estaba contando los botes de aceitunas que había. –Vigílalos. –Le pidió señalando a Pixis y Dabeet.

Christa asintió sonriendo:

–Si racionamos correctamente la comida que hay aquí para los veintiocho, podemos estar…

–Veintitrés. –La corrigió Levi.

–Oh, sí. –Los ojos azules de Christa casi traspasaron con la mirada a Levi. –Estoy segura de que están a salvo, capitán. –Levi le devolvió la mirada. –Y que los volveremos a ver pronto.

Christa era capaz de leer a Levi cuando se trataba de Mikasa. Para ella era obvio los sentimientos que afloraban en el capitán cuando se mencionaba a la chica.

¿Era obvio para el propio Levi también?:
–Sigue con el racionamiento, harás un buen trabajo. –Cambio de tema Levi, empezando a buscar algo entre las estanterías. –¿Hay jabón por aquí?.

La rubia asintió señalando una estantería repleta de utensilios de higiene personal y limpieza.

Levi se acercó hasta ella y cogió un bote de gel de baño y champú.

–Estoy cansado de oler a muerto. –Le dijo saliendo de la estancia y dirigiéndose al baño.

Christa no dijo nada. Para alguien como Levi debía ser difícil aceptar sus sentimientos por Mikasa. No estaba segura de qué había pasado en la infancia del capitán, pero sabía que debía de haber sido algo traumático.

En los libros de su padre acerca de las personas que residían en los pueblos, había leído hacía tiempo algo sobre Kuchel Ackerman, la madre de Levi, pero no especificaba demasiado.


La intensidad de los rayos solares había bajado; debían de ser cerca de las 20:00 horas. Jean estaba sentado en el centro del hoyo en una creciente oscuridad.

Había dejado de pensar. Simplemente estaba intentando reservar fuerzas para atacar en el momento más adecuado y salir de allí.

Escuchó el sonido de la reja al abrirse. Arriba, el dos metros lo miraba con recelo, Jean parpadeó ajustando la mirada y descubrió la liana:

–Coge la liana. –Le ordenó el dos metros.

Jean no se movió:

–No hago nada hasta que sepa si mis amigos están bien. –Le respondió con odio.

–Jean, estamos bien. –Connie apareció al lado del dos metros.

De nuevo, la diferencia de estatura fue casi cómica:

–Hazlo ahora, o la liana sube y no baja más. –Hitch también apareció, con la cara limpia y el pelo de un color más claro al estar sin barro.

Jean fue subido como si de un muñeco de trapo se tratara por el dos metros.

Inmediatamente después de tocar la tierra de arriba del hoyo, Jean empezó a planear la forma de acabar con ese hombre gigante.

–¿Qué tienes en la mano?. –Le preguntó Hitch señalando la mano izquierda en la que Jean se había guardado una piedra en el hoyo.

–Nada.

Hitch se acercó hasta quedar muy cerca de Jean de forma amenazante:

–¿Una piedra?, ¿estás buscando algún tipo de venganza?. –Jean bufó. –Tienes tres segundos para tirarla.

–Hitch…–La llamó el dos metros intentando calmarla.

Pero Hitch se mostraba oscura, ya no quedaba nada de la egocéntrica chica que era parte de la policía militar. Su carácter había cambiado al igual que su cuerpo.

Estaba bastante más delgada:

–Uno, dos…

–Espera, Hitch. –Comenzó a decir Jean. Pero no se esperó el puñetazo que Hitch le estampó en toda la cara.

Jean se sorprendió de la fuerza de la chica que llegó a tumbarlo en el suelo. Se toco la nariz comprobando si sangraba, pero había tenido suerte de que la fuerza del puñetazo se hubiese desviado hasta sus molares en vez de su nariz. Sino, estaría rota.

Connie quiso acercarse a Jean, pero fue parado por el dos metros.

Hitch pateó a Jean en el costado en el suelo haciendo que se quedase tumbado boca arriba:

–¡No has dicho tres!.

La chica volvió a patearlo:

–Cállate idiota, cuando te digo de hacer algo, lo haces. Te digo que te muevas, te mueves, te digo que te pares, ¡te paras!, digo salta, ¿qué respondes a eso?.

Jean escupió tierra que se le había metido en la boca al caer:

–Digo que tu primero. –Le contestó enfadado.

El dos metros se acercó hasta Jean y Hitch, y por la mirada que le echó, Jean supo que estaría en problemas si seguía peleándose con Hitch:

–Si no te gustan las reglas hay una solución muy sencilla, –Hitch se agachó para quedar más cerca de Jean. –te echo de nuevo al hoyo y todos felices. ¿Lo entiendes?.

Jean tomó aire:

–Lo entiendo. –Le dijo controlando la furia de su voz.

Cuando Hitch se alejó dejándole espacio personal, Jean se levantó del suelo tocándose el costado que la chica había pateado con dolor. Buscó a Mikasa que estaba siendo trasladada en unos trozos de corteza de árbol, bastante pálida. Corrió hacia ella y se cercioró de que siguiera respirando:

–¡Necesita agua!. –Les gritó a los otros con urgencia.

El dos metros le tiró su bota de agua, y Jean incorporó un poco a Mikasa para que bebiese. El agua se derramó por las comisuras de su boca, pero en un momento dado la chica reaccionó empezando a beber.

Jean sintió un alivio que afloró en su pecho al verla moverse.

–Se está poniendo oscuro. –Dijo Hitch. –Nos movemos. –Ordenó colocándose la primera en la fila de gente, liderando así la caminata.

–¿Movernos donde?. –Preguntó Jean.

Hitch dejó de caminar y abandonó la primera posición de la fila para encarar a Jean:

–¿Qué te acabo de decir?.

Jean asintió rememorando:

–Ah, sí. Tienes razón, lo siento. Pero acabo de recordar una cosa importante, –Le contestó evaluando el peligro que Hitch podría suponer en un hipotético cuerpo a cuerpo. –si vuelves a golpearme no me contendré. Me da igual que seas una chica.

Hitch sonrió con sorna:

–¿Tratas así a tu novia también?. –Señaló a Mikasa que después de beber el agua había recuperado un poco de su color natural en la piel.

La castaña se puso la primera en la fila de nuevo, y todos comenzaron a caminar siguiéndola.


No había sido la mejor ducha de su vida, pero era la sensación más gratificante que había sentido desde que su culo acabó en esa isla.

Levi miró con desprecio la ropa que había llevado puesta y que estaba llena de manchas de todo tipo, incluidas sangre, sudor, barro… Por suerte había tenido la idea de ir a buscar una camiseta, unos pantalones y unos calcetines nuevos que ponerse en el sitio de la playa en donde había decidido asentarse.

La gente en la playa estaba nerviosa. Pero Sasha había hecho un buen trabajo cuidando de ellos.

Antes de desaparecer hacia el bunker, le había contado todo lo que había sucedido y accedió a que lo acompañase para verlo con sus propios ojos.

Hizo una pelota con la ropa sucia, y tras haberse vestido, abandonó el baño notando gotitas de agua mojar la camiseta por los hombros debido a que se había lavado el pelo.

Había metido los dedos hasta el fondo de su cabello, restregando con energía. Quitando mucha suciedad, y todavía así, sentía que al día siguiente tendría que repetirlo hasta quedar satisfecho y con la cabeza limpia.

La obsesión de Levi por la limpieza venía causada por las condiciones desastrosas de higiene que había tenido que afrontar de niño.

En ocasiones podía oler el cuerpo de su madre descomponiéndose.

Estaba todo en su mente, lo sabía, pero tenía que luchar contra ello.

Encontró a Christa y Sasha hablando de lo que parecía ser vino en la alacena. Ambas chicas se mostraban animadas, sin poder evitarlo pensó en cómo se habría mostrado Mikasa si estuviese ahí.

Alejó esos pensamientos todo lo rápido que pudo:

–He dejado el champú y el jabón en el baño, por si alguna de vosotras quiere ser la siguiente. –Les indicó.

Ambas asintieron, y volvieron a su quehacer.

Levi salió del bunker ignorando a Dabeet y Pixis, y una vez se vio fuera, en la jungla, caminó sorteando la vegetación hasta una cima alejada. Allí, sacó el encendedor que había cogido de Sasha hacía ya tantos días, y prendió fuego a la ropa sucia. Sintiéndose de alguna forma liberado haciendo eso.


El sol fue desapareciendo entre las montañas, Hitch los había llevado por la jungla sorteando la vegetación y los bichos. Por suerte, no había habido señal alguna de los lobos, Connie y Jean estaban sudados, deshidratados y hambrientos pero los nervios todavía los mantenían en pie con una falsa sensación de energía en el cuerpo.

Mikasa ya no estaba tan pálida y la por lo visto ya no sangraba tanto.

Tenían que buscar una solución para ella porque tenía mal aspecto esa herida de bala. Las dos camisetas de los chicos estaban anudadas en su hombro totalmente mojadas de sangre.

Delante de Connie iba una mujer de mediana edad y pelo rubio ceniza que se resbaló al pisar una roca de mala forma, y casi cayó al suelo. Connie la sostuvo de un brazo impidiendo que lo hiciese.

–Gracias. Mi nombre es Laura.–Le contestó ella entablando conversación con él, por su acento se notaba que era de muy lejos.

–Connie.

–¿Cuántas personas sois?, en el otro lado de la isla me refiero. –Le preguntó.

Jean que iba detrás de ellos, pudo notar que por la manera de hablar y gesticular de esa mujer, no parecía ser tan ególatra como Hitch ni peligrosa como el dos metros.

Connie suspiró, miró por el rabillo del ojo a Jean que se encogió de hombros. A esas alturas, no les importaba revelar cuántos eran porque, ¿qué iban a hacerles? Estaban todos en la misma situación de desesperación:

–Cuando nos separamos éramos veintiocho. –Connie miró al frente, parando unos segundos sus ojos en Mikasa que era cargada por el dos metros. –Ahora no lo sé.

Laura asintió:

–Siento que hayáis pasado por tantas atrocidades, –Connie la miró. –nosotros también hemos tenido que luchar contra los lobos gigantes. Sé lo que es eso. Varias veces no teníamos armas para hacerlo, ha sido… horrendo.

Laura se encogió conforme sus palabras salían de la boca:

–¿Cuántos de vosotros habéis sobrevivido hasta ahora?. –Le preguntó Jean desde atrás.

Laura se volvió hacia él:

–Doce.

Doce más los veintiocho de ellos daban como resultado cuarenta personas encerradas en esa isla. Por la maldición de los Yamauba.

El poder de ese clan de brujos era grande; ¿por qué los habrían escogido a ellos?. ¿También por Eren?. ¿Eren conocía a esas personas?.

A Hitch sí.

Cientos de ideas revolotearon como pájaros en la mente de Jean.

–Hey. –La voz del dos metros se escuchó. Sus ojos negros como el azabache miraban a Jean. –¿Qué le ha pasado?, tiene mala pinta. –Señaló a Mikasa.

Jean aceleró el paso posicionándose al lado de la chica.

Le cogió una mano:

–Ahora te preocupas. Estoy seguro de que también la golpeaste en la playa, ¿allí no te preocupaste?. –Jean lo miraba con rencor. –Pegar a una mujer, patético.

Los músculos de dos metros se tensaron marcando las venas en sus brazos y en el cuello:

–No iba a pegarle. Ella me pegó a mí, yo no le hice nada. Simplemente se desmayó, estuve ahí para cogerla. Todo esto ha sido un desafortunado malentendido. –Le explicó volviendo la vista al frente, sin dejar de llevar a Mikasa en la pequeña tabla de ramas de bambú.

Jean acarició la piel de la mano de Mikasa.

Después de todo lo que estaban viviendo, había decidido hablar sobre sus sentimientos con ella una vez estuviese en condiciones de hacerlo. Estaba cansado de ocultarlo o alejarse de ella. Sabía que no iba a ser correspondido, pero por lo menos se quitaría ese peso de encima.

Había llegado a pensar a veces que, aunque Mikasa lo rechazase, él se conformaría con verla feliz con otra persona.

–Un malentendido es cuando me ofreces té helado en vez de limonada. –Le respondió con odio.

–Pensé que había quedado claro lo que tenías que hacer cuando dije en silencio. Eres subnormal, Kirschtein. –Le espetó Hitch parándose.

Jean se mordió la lengua. Por ahora era mejor mantener un nivel bajo frente a Hitch.

Habían llegado a lo que parecía un inmenso árbol lleno de plantas y bichos.

A Jean le picó el cuerpo solo de pensar en la cantidad de insectos que habría anidados ahí.

Hitch ajena a eso, apartó unas ramas y apareció una puerta de hierro oxidada.

Jean y Connie se miraron de nuevo.

La castaña entonces llamó de una forma peculiar, repitiendo el patrón dos veces más. En pocos instantes la pesada puerta se abrió para dejarlos pasar.


Pequeño avance del próximo capítulo:

Las mejillas de la chica se sonrojaron, pero no luchó contra esos sentimientos. Los dejó aflorar dentro de ella.

Se preguntó si la situación fuese al revés, si ella lo hubiera dejado atrás si con ella hubiera significado volver al lado de Eren y Armin.

Antes sí. Sin dudarlo. Pero ahora… no.

Ya no.

Ya no lo dejaría atrás nunca; Jean era un buen amigo y Mikasa se sentía en deuda con él.

–Jean. –Lo llamó con una voz profunda, sorprendiéndose a ella misma.

El chico soltó un leve "hmm", y la miró.

En el momento en que los ojos del chico conectaron con los de la chica, se sintió una profunda unión entre ambos. Jean juró que casi pudo notar electricidad en su cuerpo.

Los labios de Mikasa se entreabrieron pero no dejaron escapar sonido alguno, fue un momento intenso y sincero. El corazón le latió con una fuerza apabullante; Jean se levantó quedando así de pie frente a ella que no se había sentado en ningún momento.

Ese día, Mikasa no llevaba puesta la bufanda de Eren así que todas sus facciones estaban expuestas.