La cara de un anciano los saludó con cierta oscuridad en la mirada.
A Jean le sorprendió ver a un hombre de tan aventajada edad allí, desde luego los Yamauba no parecían tener escrúpulos ni corazón.
Nada más entrar, contemplaron como las paredes de yeso de ese sitio estaban destrozadas. Eran de un color negro, antaño posiblemente blancas. Connie y Jean siguieron al resto por un angosto pasillo.
El suelo estaba también destrozado y en algunos lugares había agujeros. Al igual que mucha suciedad.
Si el capitán Levi viese aquello decidiría demolerlo en vez de arreglarlo; de eso estaba seguro.
El pasillo llegó a su fin, y se encontraron con una amplia estancia en donde aparte del anciano, había otra mujer, también de color, que tenía encendida una hoguera.
Ella se levantó y corrió hacia Hitch y el dos metros.
A su lado, Connie le dijo en un susurro a Laura:
–Pensé que habías dicho que erais doce.
Ella suspiró:
–Lo éramos.
Jean miró la espalda huesuda de Hitch, casi entendía el panorama al que se enfrentaba la chica y el resto. No armas, una isla salvaje, lobos gigantes… ellos habían tenido más suerte.
Casi se compadeció de ella.
Casi.
–Bien, traigámosla aquí. –Escuchó hablar al anciano que señalaba una esquina con unas hojas de palmera apiladas.
–Un momento, ¿qué vais a hacer con ella?. –Preguntó asustado mirando como el dos metros trasladaba a Mikasa hasta la esquina, y la cogía depositándola sobre las hojas de palmera.
–Quieto. –Le indicó Hitch enseñándole el cuchillo de caza a Jean como amenaza.
El anciano que había estado atento a Jean, se arrodilló con dificultad junto a Mikasa, y sacó algo plateado de uno de sus bolsillos.
Balas.
Jean y Connie tensaron el cuerpo a la misma vez:
–¡No la toques!. –Le gritó Jean al anciano adelantándose un par de pasos pero siendo bloqueado por el dos metros que le empujó hacia atrás.
–Deja al viejo Fuji hacer magia. –Se escuchó decir a Laura que se había acercado hasta allí.
–Per…
–Fuji era médico. –Le explicó el dos metros sin dejar de parecer una amenaza. –Él arreglará a tu chica.
Jean se sonrojó.
Tú chica.
Hitch se acercó hasta Fuji que todavía sostenía la bala en la palma de su anciana mano, cogió la bala del viejo y comenzó a golpearla con el cuchillo de caza hasta que el plomo de la bala salió.
Al viejo se le escuchó decir un gracias seguido de unos adjetivos cariñosos que hicieron sonreír a Hitch. Pero esa sonrisa se esfumó cuando ésta miró a Jean quien notaba como le temblaban las extremidades de miedo.
Miedo por Mikasa.
El viejo quitó las dos camisetas de los chicos del hombro de Mikasa. Y echó agua de su propia bota limpiándole así la herida:
–Ahora fuego, por favor. –Pidió Fuji.
La mujer negra le acercó la rama más pequeña de la hoguera, y el anciano depositó el plomo encima de la herida de bala de Mikasa una vez estuvo destapada. Lo siguiente que hizo fue prender la herida con fuego.
Jean fue sujetado por el dos metros otra vez.
Mikasa abrió los ojos instantáneamente y se incorporó gritando de dolor, entonces volvió a caer desmayada:
–¡Mikasa!. –La llamó Jean desesperado.
–Puedes soltar al chico ya, Earl. –El dos metros llamado Earl, dejó que Jean corriese hacia la chica.
El anciano Fuji se levantó con la ayuda de Hitch, y miró a Jean:
–No es la forma más políticamente correcta de cerrar una herida, y menos la de una chica, pero esta era la forma en que a muchos se les curaban las heridas en la guerra, chico.–Le explicó aclarándose la garganta.
Varios días pasaron en los que Levi ignoró tanto a Dabeet como a Pixis. Días en los que simplemente se dedicó a buscar frutas que recolectar y almacenarlas en la despensa que tenían en la base.
Sin haber querido pensarlo, Levi había adoptado la rutina de Mikasa.
Trepar por los árboles sin el equipo de maniobras tridimensionales no era tan sencillo; Levi se preguntaba a veces como Mikasa podía trepar y bajar de los árboles con tanta agilidad.
A lo mejor es que él estaba perdiendo la agilidad.
El capitán Levi era consciente de que había habido un momento en que ciertos rumores habían llegado hasta él, los rumores eran acerca de Mikasa y él mismo. Los cadetes comparaban a ambos Ackerman en el campo de combate. Nunca había hecho demasiado caso a aquello ya que veía a Mikasa como una aprendiz todavía; pero todo había cambiado desde que estaban allí. La chica era toda una mujer, fuerte e inteligente, quizás a veces demasiado distante pero él mismo era así.
Demasiado según Hange.
Qué suerte has tenido de no acabar aquí, cuatro ojos. Pensó.
Levi rellenó la bolsa de rafia que había encontrado dentro de la base, y había tomado prestada para coger la fruta, de manzanas.
Las manzanas eran su fruta favorita.
Aunque cogiese otro tipo de fruta, siempre volvía a los manzanos en busca de más. Y, en ese momento lucían un tanto vacíos para su gusto.
Quizás debería de plantar semillas de manzana para tener otro manzano, pero no sabía cuánto tiempo tomaba a las semillas florecer. Y tampoco si tenía posibilidades sin abono o fertilizantes.
No tenía ni idea de agricultura.
El único que sabía era Connie, y Connie al igual que Jean y Mikasa habían partido hacía ya casi dos semanas de la isla.
Por situaciones como esa era por las que Levi nunca creaba vínculos fuertes con otras personas. Depender de alguien que no era el mismo era casi una pesadilla para él.
Esa era la forma en que había sido criado por su tío Kenny.
Ni siquiera se había llegado a abrir con su novia de la infancia, Sonny. Tampoco con Petra. Ni siquiera con Erwin a quien llegó a considerar un amigo.
Aunque sabía que no habían llegado a tener una amistad real por culpa de él mismo. Tener una relación exigía tener cierta dependencia del otro.
Una vez comprobó que todas las manzanas que había cogido no tenían gusanos, emprendió camino de vuelta a la base. Los rayos del sol eran fuertes ese día, Levi se notaba la piel más oscura.
Caminó varios pasos, hasta que detrás de él escuchó el sonido de otros.
Se volvió sacando el revolver del pantalón y dejando la bolsa de manzanas en el suelo, a su lado. Frente a él apareció primero un hombre de color de casi dos metros, enorme, que cargaba a alguien en una pequeña tabla de bambú. Ese hombre iba seguido de una mujer rubia de aspecto cansado y ropa destrozada, un anciano sudado y con piernas que parecían dos palillos, Hitch Dreyse, otra mujer de color, Connie y Jean.
Los ojos de Levi se abrieron como platos al reconocer a Jean, Connie y Hitch.
Qué cojones pasaba ahí, ¿porqué seguían en la isla?.
–¡Capitán Levi!. –Exclamó Connie corriendo hacia él.
Levi bajó el revolver y observó el estado de Jean y Connie. Inmediatamente notó la ausencia de Mikasa, sin saber por qué se notó el corazón en la garganta, latiendo furioso:
–¿Qué coño es todo esto?. ¡Deberíais estar fuera de la isla!. –Les gritó azorado. –¿Dónde está Mikasa?.
Connie a su lado soltó un hondo suspiro. Levi se dio cuenta de que la ropa que llevaban los dos chicos era distinta de la que usaban cuando se fueron en la balsa:
–Es una larga historia, y no tenemos tiempo. –Le dijo Connie señalando la tabla de bambú.
Debido a que el hombre de dos metros era enorme, Levi no había visto a Mikasa en la tabla. Iba siendo trasladada en ella, tapada hasta el pecho por unas hojas de palmera resecas.
El estomago le dio un vuelco, y dejando olvidada la bolsa de manzanas y sin preguntar quién eran los otros, los guió hasta la base.
Dos días antes:
Desde que Fuji había quemado la herida de bala de Mikasa con el plomo de la bala habían pasado días. Casi dos semanas, Connie y Jean se habían ido integrando en el grupo poco a poco. Aunque la desconfianza seguía estando presente, ya que ellos todavía eran los extraños.
Mikasa había recuperado un poco de movilidad en el brazo, y podía realizar alguna tarea. Siempre a espaldas de Jean porque éste no le permitía hacer nada más que reposar, lo que le venía bastante bien.
Al haber perdido tanta sangre, Mikasa seguía estando débil. A veces se mareaba y se caía al suelo cuando se levantaba. Era frustrante, nunca se había visto tan frágil.
La imagen de guerrera había pasado a ser un recuerdo, ahora era la chica pálida que si no tenía cuidado, se desmayaba.
En ocasiones se obligaba a comer sin apetito, era consciente de que tenía que luchar por poder volver a ser la persona fuerte que era.
Y, en todo ese tiempo tanto Connie como Jean habían demostrado ser muy buenos amigos. Estaban disponibles en todo momento para ella, incluso en la madrugada, cuando debían estar dormidos. Jean se había apoltronado en un montón de hojas de palmera a su lado para dormir.
Al principio fue raro para los dos. Conciliar el sueño al lado del otro, pero conforme pasaron los días se convirtió en rutina. A veces se quedaban dormidos susurrando experiencias y compartiendo sueños.
Mikasa había escuchado alguna vez que la llamaban "la novia" de Jean. Y si bien por cansancio o por… algo más, no les había rectificado.
Jean tampoco.
Ese día Mikasa se había despertado con un poco más de energía de lo que se había convertido en habitual desde que le habían disparado, y quiso aprovecharla saliendo por su cuenta de la casa en ruinas en donde solían hacer vida.
El brazo entero y hasta la parte derecha del cuello le hormigueaba, y a veces le daban latigazos de dolor. Pero no se lo había dicho a nadie, estaba harta de ser la chica desmadejada.
Notó los músculos de sus piernas más pequeños debido a la poca actividad física que tenía. Caminó hasta donde quedaba un pequeño lago en donde solían coger agua fresca, y se miró el reflejo en el agua.
Estaba más delgada.
Hasta su cuello parecía más fino.
–¿Estás segura de que deberías estar aquí sola?.
Mikasa se giró encontrando a Jean que debería venir de pescar de la playa porque estaba empapado. Su pelo chorreaba gotitas de agua que una vez estuvo frente a ella, le hicieron picar la nariz al impactar contra ésta.
La chica sonrió de forma sincera. Agradecida por la atención.
Aún no sabía cuándo había sucedido, pero Mikasa notó que la relación entre ellos dos se había estrechado más. Habían compartido cosas intimas de la infancia mientras se intentaban dormir. También recuerdos más o menos felices de su época de cadetes, consejos de combate, comida y bebida favoritos, colores… Mikasa casi podía dibujar la imagen de la madre de Jean en su mente por la cantidad de detalles que le habían contado sobre su familia, en especial su madre.
Mikasa no solo estaba cansada y dolorida, sino que también tenía los nervios a flor de piel por ello. En el fondo temía que debido a un giro drástico de actitud de Hitch, la abandonasen a su suerte en la jungla en donde estando como estaba, seguramente moriría.
Sin embargo, llegados a ese punto de imaginación, la chica sabía que Jean no la dejaría atrás. Que lucharía por ella.
–Quería estirar las piernas. –Le contestó señalándoselas.
–¿Te importa si te acompaño?. –Le preguntó sentándose a orillas del lago.
Mikasa lo observó sentarse, lo examinó más de cerca. El pelo del chico al igual que el suyo, estaba más largo y de alguna manera eso le hacía más atractivo.
Las mejillas de la chica se sonrojaron, pero no luchó contra esos sentimientos. Los dejó aflorar dentro de ella.
Se preguntó si la situación fuese al revés, si ella lo hubiera dejado atrás si con ella hubiera significado volver al lado de Eren y Armin.
Antes sí. Sin dudarlo. Pero ahora… no.
Ya no.
Ya no lo dejaría atrás nunca; Jean era un buen amigo y Mikasa se sentía en deuda con él.
–Jean. –Lo llamó con una voz profunda, sorprendiéndose a ella misma.
El chico soltó un leve "hmm", y la miró.
En el momento en que los ojos del chico conectaron con los de la chica, se sintió una profunda unión entre ambos. Jean juró que casi pudo notar electricidad en su cuerpo.
Los labios de Mikasa se entreabrieron pero no dejaron escapar sonido alguno, fue un momento intenso y sincero. El corazón le latió con una fuerza apabullante; Jean se levantó quedando así de pie frente a ella que no se había sentado en ningún momento.
Ese día, Mikasa no llevaba puesta la bufanda de Eren así que todas sus facciones estaban expuestas. Estaba convaleciente y eso se mostraba en su cuerpo, pero para Jean seguía siendo la mujer más hermosa que había tenido el placer de conocer.
Le gustaba todo de ella, incluso sus momentos más oscuros.
Aun no le había querido decir nada sobre sus sentimientos porque no conseguía encontrar un buen momento en el que ella se encontrara al cien por cien de nuevo; y por alguna razón pensó que ése sería el momento idóneo.
Estaban a centímetros de distancia, Mikasa notaba el aliento de Jean chocar contra el suyo.
Le gustó.
Dejó de poner barreras, y permitió que su corazón actuara en vez de su mente.
Le debía todo a ese chico.
Además, sabía que él sentía algo por ella. Algo que Eren nunca le procesaría, no de la forma en que Jean lo hacía. Y Mikasa estaba muy cansada de luchar.
Quería sentirse normal.
Deseaba ser una chica. Solo una chica.
–Mikasa yo…–Empezó a decir el chico. Pero su voz se perdió.
La chica lo jaló con el brazo izquierdo y lo besó.
Cuando sus labios tuvieron contacto con los de Mikasa, Jean abrió los ojos todo lo que pudo, después los cerró saboreando lo que tantas veces había deseado.
Era el primer beso de los dos, así que los movimientos eran un poco torpes. Pero se estaban besando los dos. Ambos se estaban correspondiendo.
Mikasa subió ambas manos a la cara del chico sin dejar de besarlo, y le acarició conforme abrió la boca y metió su lengua en la boca de Jean. La caricia de la lengua de Mikasa sobre la lengua de Jean le produjo una ráfaga de adrenalina.
Era una sensación placentera y quería más.
Jean colocó las manos en la cadera de la chica, y la apretujó más contra él intensificando el beso.
La lengua de Jean empezó a moverse más rápido, y cuando notaba que casi no podía respirar más, el beso cesó. Odió ese momento, abrió los ojos y encontró los ojos grises de Mikasa a milímetros.
Le quiso decir que la quería. Que deseaba volver a besarla, abrazarla, reír con ella… pero no pudo, porque Mikasa cogió aire y sin previo aviso palideció y se desmayó.
Sino hubiera sido porque Jean la mantenía cogida de la cadera, la chica se hubiese estrellado contra el suelo.
Jean la cogió en brazos y corrió a buscar a Fuji.
Levi abrió la puerta de la base de una patada, la tabla de bambú no entraba por la puerta, así que Levi cogió en brazos a Mikasa antes de que Jean pudiese hacerlo. Pasó junto a Pixis que estaba en el ordenador y se levantó mirando como Levi seguido de los demás iban al baño.
Fuji indicó a Levi que la metiera debajo de la ducha para bajar la fiebre. El capitán accedió después de que Connie le explicase que Fuji era un médico jubilado.
Sentó a Mikasa en el plato de ducha y la abrió totalmente.
–¿Qué ha pasado?, ¿quién es esta gente?. –Preguntó Pixis apareciendo en el marco de la puerta. –¿Hitch?.
La castaña que se había mantenido un poco al margen asintió sonriéndole a su general.
–¿Hay medicinas en este sitio?. –Preguntó Fuji.
Levi asintió tocando el agua y cerciorándose de que estaba fría:
–Sí, hay en el almacén. ¡Pixis, enséñale dónde está!. –Levi se volvió hacia Mikasa y debido a que el agua la había mojado ya por completo, pudo ver que tenía algo en el hombro derecho.
–Le dispararon. –Le dijo Jean que se había puesto en cuclillas frente a la chica, mientras que Levi estaba dentro de la ducha junto a ella, mojándose también.
Cuando Fuji regresó de la alacena, consideró que ya había sido suficiente ducha fría y la trasladaron hasta la cama. Levi tumbó a Mikasa con cuidado, mientras Jean no paraba de dar vueltas dibujando círculos casi perdiendo el control:
–Es mejor que salgas, chico. Ahora necesito concentración. –Le dijo Fuji a Jean, quien paró de dar vueltas.
–¡Fuera!. –Le gritó Levi al chico al ver que iba a negarse.
Jean prácticamente tuvo que ser sacado de la habitación por Laura y Connie. Entonces, Levi cerró la puerta de un portazo dejándolos fuera.
–¿Por qué está temblando?. –Le preguntó Levi a Fuji al comprobar que Mikasa tiritaba sin control.
–La infección ha persistido y parece haberse ido a la sangre. Está séptica. –Fuji sacó las píldoras de medicina. –Si la medicina no le baja la fiebre, me temo que entrará en shock.
Levi notó la boca seca de repente, el corazón le latía apresurado y las manos se le quedaron frías. Ayudó a Fuji a incorporar a Mikasa sentándose detrás de la espalda de la chica, manteniéndola sentada. Le sujetó con delicadeza la cabeza notando su cabello mojado entre los dedos, y Fuji le introdujo una píldora en la boca y le acercó el vaso de agua que Pixis les había dado junto con las medicinas.
Pero Mikasa lo expulsó tosiendo.
Era un auto reflejo.
–Vamos chica. –Le dijo Fuji a Mikasa volviendo a intentarlo.
Pero nuevamente, Mikasa expulsó la píldora.
Levi entonces le quitó la pastilla de la mano a Fuji:
–Déjame a mí.
Levi la miró unos segundos, la tenía muy cerca, tanto que su nariz rozaba la piel del rostro de la chica. Aspiró su olor, ése olor característico que le recordaba a miel y jazmín que siempre llevaba encima. Era su olor. Un olor que Levi se había descubierto echando de menos.
Levi se olvidó de Fuji; se fijó en que las pestañas de los ojos de Mikasa tenían una curvatura ideal, al igual que sus labios que eran carnosos y bien definidos, los pómulos que enmarcaban toda su cara con suavidad, al igual que sus casi inapreciables pecas en la nariz.
Levi había echado en falta todo aquello.
Aspiró el aroma de Mikasa, y le acarició la cabeza:
–Mikasa, –Le susurró. –sabes quién soy. Soy Levi. –Por un momento pensó en decir "tu capitán", pero no lo hizo. Levi consideraba a la chica como una igual, ya no estaba por debajo de él. –Tienes que escucharme, la única forma de ponerte mejor es tomarte esta pastilla. –La voz de Levi era dulce, como una canción de cuna. –Así que necesito que la tragues, ¿de acuerdo?.
Levi introdujo la pastilla en la boca de la chica, deleitándose unos instantes por el contacto de los labios de ella sobre sus dedos.
Mikasa no expulsó la pastilla, entonces Fuji le pasó el vaso de agua y Levi con cuidado posó el filo del vaso sobre la boca de la chica.
Mikasa tragó y se tomó la pastilla.
Levi sonrió, notando como el cuerpo de la chica seguía agitándose en sus brazos:
–Buen trabajo, –Le dijo Fuji. –no aprendimos el "susurro en la oreja" en la escuela de medicina, sabes.
Levi volvió a darse cuenta de que no estaba solo con Mikasa allí.
Irremediablemente se sonrojó, y no le mantuvo la mirada al viejo doctor que cogió el vaso y se fue de la habitación dejándolo a solas con la chica en sus brazos.
Sin embargo no duro demasiado, ya que Jean entró al igual que Connie en la habitación.
Jean corrió a sentarse en un extremo de la cama, cogiéndole una mano a Mikasa ante la atenta mirada de Levi:
–Capitán, no logramos salir de aquí. –Le explicó Connie. –Nos interceptaron unas personas en otro barco.
Levi tumbó a Mikasa con cuidado, y salió de la cama. Se acercó hasta Connie mirando por el rabillo del ojo a Jean que se mostraba devastado.
Connie le puso al corriente de todo lo sucedido, Pixis estaba siendo también informado por Hitch quien mostraba cierto respeto hacia el viejo; mientras Jean seguía con Mikasa.
Una vez Levi regresó a ver a Mikasa a la habitación, encontró a Jean dormido en una silla al lado de la cama de la chica.
Le puso una mano sobre el hombro despertándolo:
–Ve a descansar, yo me ocupo de ella. –Le dijo.
Jean se restregó los ojos, y negó con la cabeza:
–No, puedo quedarme. Quiero hacerlo.
Levi arrugo la frente:
–No era un consejo, sino una orden. –Le dijo con cierta dureza.
Toda pretensión de Levi era que Jean tuviera el merecido descanso que necesitaba. Sabía que había cuidado día y noche a Mikasa, no porque Connie se lo hubiera dicho, sino porque conocía al chico.
Jean se levantó de la silla, y se arrastró a la salida con movimientos torpes.
Estaba muy cansado.
–Capitán, yo…
Pero Levi le cerró la puerta en las narices, tras eso, ocupó el asiento que Jean había ocupado instantes antes y cruzó las piernas mirando a la chica que seguía temblando entre las sábanas.
Unos delicados rayos de sol entraban por la ventana que tenía las cortinas casi cerradas, tapándola. El perfil de Mikasa era dibujado por un tono anaranjado violáceo gracias al sol.
–Hey, –Le comenzó a decir Levi, descruzando las piernas y echando hacia delante el torso quedando más cerca de ella. –vas a estar bien. –Le animó llevando una mano a la frente de Mikasa y apartándole el cabello. –Te lo prometo. –La mano en la frente de ella, se deslizó hasta la mejilla. –Estás en casa. –Le susurró con suavidad acariciándole la mejilla.
Poco a poco, el temblor en el cuerpo de la chica dejó de ser tan intenso.
El reencuentro entre Sasha y Connie había sido especial, la chica había corrido a abrazarlo derribándolo al suelo. Connie rojo como un tomate se había levantado ayudando a Sasha también a hacerlo.
Jean estaba un poco distante, todavía se le notaba cansado, no había si quiera respondido a los insultos de Hitch una vez se instalaron los nuevos integrantes en la playa, eligiendo cada uno un lugar específico.
Varias carpas habían aparecido semanas atrás en la playa, la mayoría de los cadetes dormían bajo un techo ahora tras haberlas montado.
A Hitch le había tocado una un tanto pequeña para meterse el viejo Fuji, Laura, Earl y Katerina (la mujer de color). Pero lo habían hecho, Laura les había comentado que preferían seguir estando juntos, después de todo lo que habían vivido se sentían más seguros así.
A Sasha no le había gustado tener a Hitch allí, había culpado de su presencia en la playa a Jean y Connie, acusándoles de que estaba ahí por su culpa:
–¡Y cómo íbamos a evitar que viniera, Sasha!. –Le contestó Connie azorado. –Mikasa está viva gracias a ellos.
Jean se sentí en la arena de la playa, notaba las extremidades muy pesadas. Apenas había podido descansar aunque sí había dormido, pero las pesadillas habían aparecido perturbándole el merecido descanso.
Se había acostumbrado a conciliar el sueño junto a Mikasa, a su presencia, a escuchar su voz antes de cerrar los ojos, y ahora se sentía vacío:
–¿Habéis ido a verla hoy?. –Preguntó Sasha mirando tanto a Connie como a Jean.
–Aún no, –Connie señaló a Jean que tenía una banana en las manos. –pensaba hacerlo una vez desayunásemos.
Sasha asintió y se dio cuenta de lo fatigado que estaba Jean, tenía grandes ojeras bajo los ojos y el pelo totalmente descuidado.
Dudaba de que hubiese podido dormir.
Sasha se sentó a su lado y le dio unas palmadas de ánimo en la espalda:
–Mikasa es la persona más fuerte que conozco, –Le dijo sonriéndole. –antes de lo que pensamos estará con nosotros.
Jean tomó aire, y asintió. Sasha tenía razón.
Unos pies pequeños aparecieron frente a ellos, era Christa que tenía el semblante preocupado:
–Woow Christa, estás enorme. –Dijo Connie señalándole la barriga.
–¡Connie!. –Le llamó la atención Sasha llevándose una mano a la frente por la falta de tacto del chico.
Desde la semana pasada, la barriga de embarazada de Christa empezó a salir hacia fuera. Ya no era un secreto que estaba embarazada, ningún tipo de ropa lo podía ocultar en ese punto:
–Oh, sí. Lo sé. –Christa le sonrió. –Ahora tendré que aceptar que realmente hay un bebé en mi interior. A veces era fácil olvidarse de ello…–Explicó tocándose el vientre con las manos.
–Estás muy guapa. Tienes una expresión especial en los ojos. –Le dijo Connie de vuelta rascándose la cabeza nervioso.
Christa se rio del comentario:
–Gracias. –La rubia dejó de reír y se sentó junto a Sasha y Jean. –He oído lo que le ha pasado a Mikasa, la próxima vez que vayáis a verla quisiera ir.
En la base, Fuji estaba limpiándole la herida a Mikasa con suero fisiológico y unas gasas. La chica se removía inquieta desde la inconsciencia, el temblor de su cuerpo había cesado.
Estaba evolucionando bien, aunque era evidente que tenía dolor:
–Lo siento chica, sé que duele. –Le dijo el viejo Fuji eliminando los restos de suciedad de la herida. –Tus amigos me han dicho que te quitaste la bala de dentro con tus propios dedos. –Fuji hizo un movimiento con la cabeza impresionado. –Alguna vez tendrás que enseñarme a hacer eso.
La respiración de la chica era relajada y una vez Fuji dejó de limpiarle la herida, su cuerpo se acomodó en la cama:
–Mm…dó…dónde est…¿dónde está?.
Fuji acercó la oreja a la cara de Mikasa para poder escuchar qué estaba diciendo:
–¿Quién?. –Le preguntó.
Mikasa sin abrir los ojos, tomó aire y tragó saliva:
–Est… estaba aquí…conmigo…teng…tengo que…decirle…
Fuji frunció el ceño, Mikasa estaba haciendo un gran esfuerzo:
–¿Tus amigos?. ¿Te refieres a ese chico tan alto que nunca se separa de ti?.
Las manos de Mikasa jalaron la sabana arrugándola:
–Le...Levi…teng…tengo que decirle… algo
Fuji asintió a una casi inconsciente Mikasa:
–Oh, el hombre, sí. Estuvo aquí cuidando de ti por casi veinticuatro horas, casi lo tuve que echar con la fuerza de Earl. Es muy persistente.–Fuji observó que las manos de Mikasa se relajaron dejando de coger con fuerza la sábana. –Volverá pronto, recupérate hasta entonces.
No muy lejos de la base, Levi había recogido la bolsa de rafia que había dejado con manzanas olvidada el día de ayer; la mayoría de las manzanas habían sido comidas por jabalíes y otros animalillos, pero por lo menos la bolsa estaba intacta, y aun quedaban algunas manzanas.
Se dirigió hasta los árboles de mango, y trepó por ellos hasta arriba.
Recolectó bastantes, pero cuando fue a bajar uno de sus pies resbaló y casi se fue al suelo. Gracias a la fuerza de sus brazos no se cayó; Levi soltó una serie de insultos hacia sí mismo, el árbol y la isla.
Un par de mangos se le cayeron al suelo.
Hoy es mi día de suerte. Pensó.
No había dormido, simplemente había estado sentado en una silla al lado de la cama de Mikasa. Las primeras horas habían sido arduas porque la chica se sacudía entre las sabanas de la cama igual que un papel en el viento; no obstante conforme pasó el tiempo y el antibiótico hizo efecto, el movimiento cesó y la chica durmió al parecer tranquila.
Posiblemente con dolor.
Pero durmió en una cama.
Recogió los mangos del suelo, y los metió en la bolsa cuando un resoplido le hizo volverse.
Delante de él, estaba ¿su caballo?.
–¿Saku?. –Llamó a su caballo.
Ni en mil años se hubiese imaginado que su caballo estaba en la isla, ¿qué significaba todo aquello?.
Levi procedió a acercarse a su caballo con paso lento, el animal estaba nervioso, tenía las venas del cuello hinchadas al igual que los hoyares y la cola un poco levantada. Todo eso eran detalles que te dejaban ver que el caballo estaba muy nervioso, y un caballo nervioso no conocía a nadie, simplemente hacía caso de lo que sus genes le dictaban y huía desaforado, pudiendo incluso derribarte si te encontraba en su camino.
–Está bien, pequeño. –Le empezó a hablar con ternura al animal. –Dime, ¿dónde has estado en todo este tiempo?.
A Levi le faltaba poca distancia para tocar al animal, sin embargo el sonido de unos pájaros que sobrevolaron en ese momento el lugar en el que estaban, lo asustó más y el caballo soltó un relincho y galopó a toda velocidad en dirección contraria perdiéndose entre la vegetación, dejando la huella de sus cascos sobre el suelo.
Levi se agachó y toco una de las huellas de los cascos.
Era verdad, el caballo estaba allí.
Malditos hijos de puta, pensó en los Yamauba con odio.
Llegó hasta la base caminando deprisa, casi corriendo, notando los golpes de la bolsa de fruta en las piernas al chocar contra ellas por el movimiento; Levi entró sin saludar a Dabeet que estaba en el ordenador junto con Earl, el hombre de casi dos metros, Levi no quiso fijarse en ellos. Simplemente no le importaba en ese momento ni siquiera que fornicaran en la mesa del ordenador.
Abrió la puerta de la habitación en donde estaba Mikasa, y encontró a Fuji quien estaba desechando unas gasas llenas de suciedad y sangre seca.
Levi dejó la bolsa de la fruta en el suelo, y se acercó hasta el viejo Fuji:
–¿Cómo está?.
Fuji era viejo, pero no había perdido apenas ninguna facultad, así que pudo apreciar el nivel de urgencia en la voz de Levi:
–Sigue teniendo unas decimas de fiebre, pero, está recuperándose rápido. Mucho más de lo que yo creía posible. –Fuji y Levi miraron a Mikasa. –Esta chica es muy fuerte, –Levi asintió dándole la razón. –es casi sobrenaturalmente fuerte. Impresionante.
–Puedes irte, me quedo con ella. –Le indicó al doctor sentándose en la silla de al lado de la cama.
Fuji observó a Levi tomar asiento, y coger una de las manos de Mikasa entre las suyas. Todo aquello le recordó cuando él era un joven médico que tenía una historia romántica con una de sus compañeras. Fue muy intensa y bonita, pero breve.
Le deseo que no fuese tan breve como la suya, y tomó el pomo de la puerta:
–Casi se me olvidaba, ha preguntado por ti. –Le dijo antes de salir.
Levi se giró soltando momentáneamente la mano de Mikasa:
–¿Ha hablado?.
Fuji asintió:
–Escucha y razona como todos nosotros. –Entonces salió de la habitación.
Levi dejó que el silencio los embarcara unos momentos, mientras volvía a coger la mano de la chica que había soltado. No había pensado hasta entonces qué significaría todo esto que estaba haciendo por ella, cómo se estaba comportando. Solamente había actuado haciéndole caso a sus instintos.
Tenía sentimientos por ella. Eso por fin estaba claro; ¿en qué lugar los dejaría a los dos eso?.
Levi no pretendía tener nada romántico con ella, no porque no quisiera, sino porque era consciente de que Mikasa no sentía nada especial por él.
Una parte de él creía saber que era porque la chica presentía la cantidad de oscuridad que dibujaba la vida de Levi. No la culpaba, bastante dolor habían pasado ya con la perdida de seres queridos, los titanes y ahora la maldición del clan de brujos sobre ellos.
–¿Mikasa?. –Decidió romper el silencio. –Puedes hablar conmigo ahora. –La voz de Levi era un susurro dulce como los caramelos.
Hasta pasados unos segundos, la chica no reaccionó, sus labios se abrieron levemente y una voz apenas audible salió de su garganta:
–… Lo sie… siento… n… no pude evi… evitar la muerte de… ese chico.
Levi suspiró, y miró la mano de Mikasa entre la suya. Sus dedos eran delgados y largos, las uñas cortas y algo sucias de tierra. Colocó su mano abierta sobre la de ella, y apreció que la suya era un poco más grande que la de ella:
–Habrá tiempo para llorar a ese chico, –Le empezó a decir. –tienes la mala costumbre de cargar con toda la responsabilidad. Como capitán te ordeno que cambies de actitud.
Los ojos de Mikasa se movieron aun con los parpados cerrados, la mano inmóvil de la chica que permanecía entre la de Levi, agarró la suya sorprendiéndole:
–Odio est… estar aquí…
Levi sonrió, todos se sentían así:
–Te prometo que te ayudaré a volver con Eren, Mikasa. –La voz de Levi era casi melódica.
Segundos después, notó como la chica se volvía a relajar por completo y se dormía.
Levi se quedó sentado a su lado sin moverse, igual que la noche anterior.
Mientras tanto, en la sala de ordenadores, Pixis saludaba a Hitch y Earl que acababan de hacer acto de presencia:
–¿Qué es todo esto, general Pixis?. –Le preguntó Hitch señalando toda la habitación en donde se podía ver la pantalla de ordenador en negro con un código en amarillo que parpadeaba.
Hitch no había sido nunca amante de la tecnología, ella había sido la única de su pandilla de amigos en la escuela, que no quería saber nada sobre ella. A causa de esto, había sufrido cierto acoso por parte de muchas personas cuando era niña.
Un sabor amargo se le puso en el paladar al rememorar lo mal que lo paso:
–Lo más conveniente será que mires un video. –Le explicó Pixis guiándola hasta el proyector que seguía en el mismo lugar de la cocina, en donde semanas antes él, Levi y Christa lo habían dejado.
–Esto es demasiado raro, hace dos días estábamos sobreviviendo en la jungla y ahora… aquí. –Dijo la chica sintiéndose como un pajarillo fuera del nido.
Earl y Hitch tomaron asiento en las sillas de la cocina, entonces Pixis puso en marcha la película.
Conforme iban pasando los minutos, y la cinta informaba sobre el experimento que se había llevado a cabo en esa base, los ojos de Earl y Hitch se iban abriendo más y más.
El actor del video tenía toda la atención puesta sobre él.
Una vez terminó la cinta y Pixis apagó el proyector y guardo la película en la caja de latón, se volvió hacia Hitch y Earl:
–Okay,–Empezó Hitch tocándose el pelo, se la veía nerviosa. –¿habéis estado pulsando el botón cada dos horas y media desde que llegasteis aquí?.
Pixis asintió:
–Exacto.
Hitch negó con la cabeza nerviosa:
–¿Cómo está funcionando eso?.
Pixis tomó asiento también, quedando frente a frente con Hitch y Earl:
–Cada siete horas una persona sustituye a la otra. Por ahora no ha habido inconvenientes.
–¿Estas personas no quieren saber por qué están haciendo esto?.
La idea de realizar un trabajo sin que nadie te explicase por qué lo debías hacer era algo sin sentido ante los ojos de Hitch:
–La cinta se explica suficientemente bien, Hitch.
La chica arqueó las cejas contrariada:
–Todo lo que he escuchado de esa película es algo sobre electromagnetismo e "incidente". ¿Qué pasa con las piezas que faltan?, el puzle está incompleto.
Pixis relajó la expresión al ver lo persistente que era la chica explicando porqué no le parecía aquello bien; por un momento, Pixis había olvidado el carácter de la chica.
No era razón para enfadarse con ella de todos modos. Así que se dirigió a Earl que aun estaba mirando la pantalla del proyector:
–¿Qué te parece, Earl?.
El hombre de casi dos metros se mantenía quieto, callado, con una expresión fría en el rostro.
No dijo nada, simplemente miró a Pixis y a Hitch, y se levantó de la silla en la que estaba dirigiéndose a la sala del ordenador.
Su actitud era extraña; Pixis no sabía qué pensar acerca de ese hombre. Según Hitch, se lo había encontrado en la isla el segundo día de aparecer allí.
¿Quién sería ese hombre?, y, ¿por qué había acabado allí?.
Pixis y Hitch siguieron a Earl. Éste se pegó a la ventana de la sala, dejando una buena distancia entre él y la maquina. Pixis tomó asiento poniéndose al frente del ordenador y Hitch se quedó a su lado de pie:
–¿Por qué no se teclean los números desde ya?. Eso ahorraría tiempo. –Le preguntó observando la pantalla del ordenador que seguía en negro con un símbolo amarillo parpadeante.
Pixis negó con la cabeza, y tecleó los dígitos en el teclado pero nada apareció en la pantalla:
–No funciona así, solamente puedes ingresar el código cuando faltan cuatro minutos.
El sonido de los pasos de Earl los distrajo un momento, el hombre salió de la sala del ordenador para volver a la cocina en donde tomó asiento en el mismo lugar que antes.
Pixis apareció por la puerta enseguida, intrigado:
–Tengo algo que debería de ver. –Le dijo a Pixis.
En ese momento, Pixis vio como Earl sacaba de debajo de la camiseta que llevaba puesta, algo envuelto en un trozo de tela deshilado y sucio.
Lo colocó en la mesa, y le señaló a Pixis que tomase asiento. El viejo así lo hizo.
–Si no le importa, comenzaré por el principio. –Pixis asintió acomodándose en la silla. – Tiempo antes de Cristo, el rey de Juda era un hombre llamado Josías.
Pixis arrugo la frente sorprendido:
–Vaya, cuando dices desde el principio realmente te refieres desde el "principio".
Earl mostró una pequeña sonrisa que dejó entrever unos dientes blancos como la nieve:
–En aquella época, el templo donde la gente rezaba estaba en ruinas. La gente seguía a ídolos, dioses falsos, por esto el reino estaba en completo desorden. Josía era un buen hombre y envió a su secretario a la tesorería con la clara intención de reformar el templo; le ordenó que repartiese el oro entre los trabajadores para que el trabajo estuviese hecho. Pero cuando el secretario regresó, no tenía el oro. Y cuando Josía preguntó por qué, el secretario le contestó que habían hallado un libro. –Los ojos negros de Earl bajaron de los ojos de Pixis hasta el trozo de tela en la mesa. Pixis también miró aquello. –¿Es usted conocedor de esta historia, Pixis?.
El viejo Pixis negó con la cabeza:
–Me temo que no. Pero es bastante interesante, por favor, continúa. –Le indicó sonriéndole con amabilidad.
–Lo que el secretario había encontrado era un libro antiguo, El Libro De La Ley. Conocido como El Viejo Testamento. Y fue con ese libro con lo que pudieron reconstruir el templo, no con el oro; –Pixis mostró una sonrisa más grande, estaba claramente sorprendido por todo aquello. No era católico pero sí una persona aburrida. –en el otro lado de la isla, –Las manos de Earl comenzaron a destapar el trozo de tela. –encontramos un lugar parecido a este pero en ruinas. –Pixis clavo sus ojos en Earl, notando por fin que estaban llegando a la parte importante. –Y en ese lugar, encontramos este libro.
Pixis quien se había sentido como un niño escuchando un cuentacuentos, observó la tapa del libro que estaba en mal estado, al igual que la tela que lo había cubierto.
Earl empujó el libro hacia él.
–Creo que lo que hay dentro del libro, será de gran valor para usted. –Le dijo devolviéndole la sonrisa.
Pixis cogió el libro y lo abrió. Paso varias paginas hasta llegar a unas en donde había un agujero en el medio de la página. Más o menos a mitad del libro.
Pixis aguantó el aliento, dentro de ese agujero se hallaba otra cinta.
El viejo Fuji vino acompañado de Sasha, Jean, Connie y Christa unas horas más tarde.
Levi quien se había adormecido un poco, soltó la mano de Mikasa al verlos entrar:
–Luce bastante mejor. –Comentó Fuji acercándose a Mikasa y tomándole la temperatura con la mano en la frente. Sonrió. –Ya no hay fiebre. –Un afable suspiro de agradecimiento salió de las bocas de los chicos. –Si volvemos al mundo real, sea como sea, deberías replantearte estudiar enfermería. Sirves para esto. –Le dijo Fuji a Levi.
Levi negó con la cabeza y se levantó de la silla, sintiéndose más ligero desde que había oído que Mikasa ya no tenía fiebre.
Jean se acercó rápidamente a la chica junto a Sasha y uno le cogió la misma mano que Levi y el otro el brazo. Levi los observó, en ese momento Mikasa estaba a salvo entre sus amigos.
Empezó a sentir que sobraba, lo mejor sería regresar a la playa a intentar descansar un poco.
Antes de salir, notó la expresión de Christa, ésta lo miraba con ¿pena?. ¿Por qué?.
Quiso pensar que serían cosas del embarazo.
Sin decir nada a nadie, salió de allí cerrando la puerta con cuidado.
Pasó por delante de la sala de ordenadores, y vio a Hitch que se había sentado frente al ordenador, la chica estaba meditativa.
–¡Eh!. –La llamó chasqueando los dedos como si se tratara de un perro. –¿Qué cojones haces ahí?.
La idea de tener a esa chica a cargo del código del ordenador no era placentera. Levi no creía en que el mundo volaría por los aires si nadie introducía el código pero tampoco había creído al clan de los Yamauba cuando le amenazaron por no poder experimentar con Eren:
–¡Capitán!. –Exclamó Hitch saliendo de su estado meditativo y sonrojándose avergonzada por la forma en que se había dirigido a ella.
–No me llames capitán, no soy tu capitán. Formas parte de la Policía Militar.
Mencionó Policía Militar con sorna; para Levi la PM no era más que un puñado de niños malcriados que deseaban llegar a lamerle el culo al monarca.
Lo irónico del asunto es que el monarca, en este caso la monarca, formaba parte de su escuadrón. Historia era mil veces más valiente que todos los niñatos de la PM juntos.
–¿Quién te ha dicho que puedes sentarte ahí?, –Se acercó hasta ella dispuesto a sacarla de la silla, pero Hitch fue más rápida y se levanto antes de que Levi estuviese a su lado. –¿Pixis?. –La chica asintió. –Maldito viejo.
Bip, bip, bip.
Un sonido molesto interrumpió a Levi. Era el momento de introducir el código.
Levi bufó, y doblo el torso para teclear el código.
Tuvo que pararse a pensar unos segundos; estaba tan cansado por la falta de sueño que no podía acordarse de todos los números:
–Está escrito ahí. –Le dijo Hitch señalando un pequeño papel pegado en una esquina de la pantalla del ordenador.
–Oh, así que eres la listilla de tu escuadrón. Ya veo. –Comentó antes de teclear el código fijándose en el papel.
El contador hizo un crack y empezó a contar desde el minuto 230 hacia atrás. En ese instante, Pixis acompañado de Earl apareció por la sala:
–Deberías tomarte un descanso, Levi. Tienes un aspecto horrible. –Le dijo Pixis al verlo.
Levi rodó los ojos, y señaló a Hitch que tensó cada fibra de su cuerpo nerviosa:
–No la quiero a cargo del código Pixis, estás avisado. No me fio de ella.
Dicho eso y sin permitir contestación alguna por parte de nadie, Levi se largó con pasos rápidos.
Hitch tragó saliva incomoda:
–Levi es así, no se lo tengas en cuenta. –Le dijo Pixis intentando tranquilizarla.
N/A: Ya que no hemos conocido nunca el nombre del caballo de Levi, ¡pues le he puesto uno!.
Significado del nombre Saku: Recuerdo del señor
Preview del próximo capítulo:
Mikasa separó los mechones de su pelo negro y empezó a cortar con cuidado.
El sonido de la tijera cortando el pelo era lo único que se escuchó entre los dos.
Levi notó un picazón en las palmas de las manos; el deseo de tocarla predominaba.
–Quieto. –Se quejó Mikasa.
–Esas tijeras están demasiado cerca de mi oreja, Mikasa. –Le dijo cuando notó el frío metal en la parte trasera de una oreja.
–No tienes que ser maleducado simplemente porque puedes serlo. –Le contestó sonriéndole.
Levi bufó, pero en su boca había plasmada una sonrisa, al igual que en la de Mikasa.
No muy lejos de allí, Jean caminaba por la orilla de la playa refrescándose los pies, sus ojos vagaron por la gente en la playa hasta que dio con Mikasa que estaba cortándole el pelo a Levi.
Los dos sonreían.
Jean podía jurar que era la primera vez que veía sonreír a Levi de esa forma, es más, no recordaba haberlo visto sonreír.
Mikasa se defendía bien utilizando de vez en cuando su brazo herido, se la notaba mucho mejor. Estaba seguro de que si hubiese sido él quien hubiera sido disparado, no estaría de esa forma. La chica era muy fuerte.
