Jean entró a la base ya que su turno comenzaba en cinco minutos, bebió un poco de agua del grifo de la cocina antes de ir a decirle a Pixis que estaba ahí y que él se podía ir a descansar.

Lavó el vaso con el que bebió agua en el fregadero y se secó las manos en un trapo de cocina, caminó directo a la sala del ordenador:

–¡General Pixis soy su reemplazo!.

Al entrar en la sala, no encontró a nadie. Extrañado miró alrededor y escuchó un ligero quejido viniendo de la armería; se acercó sin dejar de observar lo que había a su alrededor, y encontró a Pixis en el suelo tocándose la cabeza dolorido.

Corrió a agacharse a su lado, y antes de que pudiese tocarlo, una voz femenina detrás de él le advirtió:

–Quédate ahí. –Jean se volvió encontrándose a Laura que le apuntaba con una de las armas de la armería. –Quédate ahí dentro, Jean.

–¿Laura?.

¿Qué estaba pasando?, Laura parecía ser la más sensata del nuevo grupo que se había integrado en el suyo.

–¡Todo esto está yendo muy deprisa!, –Los ojos de la mujer estaban llenos de lágrimas. –no quiero herirte, ¡quédate ahí dentro, quieto!.

Jean se levantó del suelo y levantó las manos:

–Laura, lo que sea que esté pasando me lo puedes contar. Puedo ayudarte.

La mujer rubia tomó aire serenándose un poco. No quería disparar a Jean, pero sino le quedaba más remedio tendría que hacerlo:

–Son ordenes directas, no lo entenderías aunque te lo explicase. Es demasiado complejo para ti; lo único que puedes hacer es quedarte ahí dentro y dejar que el tiempo ponga las cosas en su sitio.

Jean estaba más confuso que antes:

–¿Qué…

Laura jaló la puerta de la armería hacia ella cerrándola de un portazo.

Pixis despertó debido al portazo, Jean se agachó de nuevo para ayudarle. El viejo Pixis había recibido un buen golpe en la cabeza, en su cabeza rapada estaba empezando a salir un buen moratón (1).

–Chico, dime, ¿qué ha pasado?, ¿qué hacemos aquí?. –Pixis estaba desubicado.

–General, ha recibido un buen golpe en la cabeza. ¿Se siente mareado?. –Le preguntó Jean permaneciendo arrodillado a su lado.

Pixis negó con la cabeza:

–No, –Suspiró. –estoy bien. Ahora, respóndeme, ¿qué hacemos encerrados aquí?.

Jean miró la puerta cerrada a su espalda:

–Laura nos ha dejado aquí encerrados, ha cogido un arma y me ha amenazado. No he podido hacer nada. –Jean tragó una amarga saliva.

–¿Laura?, ¿esa mujer rubia que estaba con Hitch?.

Jean asintió. Entonces se le ocurrió un plan:

–General, necesito que me de un empujón hacia arriba para colarme por los conductos de ventilación…

Pixis para sorpresa de Jean, empezó a reírse. Era una risa amarga, sin emoción, oscura:

–No podrás hacerlo. –Pixis notó la mirada intensa del chico sobre él. –Verás, no solo cambie la combinación de la puerta de la armería, supuse que lo mejor sería taponar el conducto de ventilación también.

Genial.

–¿Cómo es posible que nadie se diese cuenta de que esa mujer cogía un arma de aquí?. –Preguntó Jean intentando averiguar si había sido Pixis.

–Si te refieres a si yo la dejé entrar, te equivocas. Debió hacerlo en el turno de otro.

–Menuda mierda. –Se quejó Jean apretando los nudillos sobre las palmas de las manos, rabioso.

–¡El ordenador!. –Exclamó repentinamente Pixis levantándose.

–¡Cuidado!. –Le advirtió Jean al ver que el viejo general se tambaleo al haberse levantado tan deprisa.

–¿Cuánto tiempo he estado aquí inconsciente?, ¿lo sabes?. –Pixis estaba desesperado. En sus ojos se reflejaba la exasperación.

Jean se encogió de hombros:

–He llegado aquí hace unos cinco minutos, quizá llevaba diez inconsciente. No lo sé…

–¡Y el contador!, ¿has mirado el contador?, ¿por qué numero iba?.

Jean volvió a notar el amargo sabor de la saliva en la lengua:

–No general, no lo he mirado.

Pixis gesticulo movimientos desesperados con las manos:

–Hay que meter el código… ¿tienes algún amigo que suela acompañarte en tu turno?.

–Quizás Mikasa venga a cambiarse el vendaje, pero no estoy seguro. –Le contestó sintiéndose idiota por no ser de más ayuda.


El sonido de las olas del mar y la pequeña brisa del mar habían conseguido dormir a Mikasa que se había sentado en la playa a ver el mar.

Una costumbre que había cogido desde que no podía hacer gran cosa por la herida de bala.

La brisa mecía mechones de su cabello por todas direcciones, su ropa se mecía al mismo compás que el pelo. Estaba a gusto.

Levi sonrió al verla así, le llevaba un poco de comida porque sabía que aún no había comido. Cuando estuvo a menos de medio metro de distancia, le tiró una banana al pecho.

Mikasa despertó soltando un suspiro agitado:

–¿Me has tirado una banana, Levi?.

Levi asintió aumentando la sonrisa.

A veces actuaba como un niño cuando estaba con ella:

–Buenos días, y sí, te he tirado una banana. Aún no has comido, ¿verdad?.

La chica parpadeó enfocando la vista en él. Volvía a tener el aspecto del antiguo Levi, su cabello era exactamente igual que antes de aterrizar en la isla:

–Hay mejores maneras de despertar a alguien, ¿sabes?.

Levi se hidrató los labios pasándose la lengua por ellos. Si tan solo fuese consciente del doble significado de sus palabras seguramente no las repetiría de ese modo.

Los ojos del hombre vagaron unos segundos por el cuerpo de la chica, que empezó a pelar la banana y comérsela.

Levi tuvo que obligarse a mirar el horizonte unos instantes para serenarse; desde que Mikasa había retornado herida de bala y él la había cuidado pasando noches enteras junto a ella, tocándola, creando contacto, de alguna manera su relación se había estrechado lo suficiente para que en el fondo, Levi empezase a tener esperanza.

–Es hora de cambiarte el vendaje.–Le dijo volviendo a mirarla una vez puso los pensamientos en orden.

Mikasa ya se había acabado la banana y lo estaba mirando de la misma manera que él a ella. Levi se vio reflejado en los ojos grises de la chica, volvió a sonreírle:

–¿No podrías traerme las vendas desde la base?.–Le preguntó observando su sonrisa.

–No soy tu enfermero, tampoco tu mayordomo. ¡Vamos!.

Levi la obligó a levantarse empujándola desde la espalda, Mikasa intentó evitarlo pero Levi fue más rápido.

–¡Para!, me haces cosquillas. –Le dijo la chica empezando a reír y dándole con las manos.

–Oh, ¿enserio?. Mmm,–Levi entonces recorrió los costados de la chica moviendo los dedos rápidamente, haciéndole más cosquillas. –esto hará que andes más rápido.

Y lo cierto es que era así; Mikasa casi comenzaba a correr mientras le hacían cosquillas intentando evitarlas.

Parecían dos niños jugando.

El camino hasta la base fue un juego entre Levi y Mikasa, él haciéndole cosquillas y ella intentando evitarlo. Cuando llegaron a la base y entraron por la puerta, Levi cerró la puerta dándole vueltas a la rueda que la cerraba desde dentro:

–Este lugar no me gusta. –Murmuró Mikasa mirando a ambos lados de la estancia.

–Te harás a él. –Le contestó Levi empezando a caminar al baño, aunque algo le llamó la atención. –¿Dónde está Kirschtein y Pixis?.

Mikasa notó mariposas en el estómago cuando escuchó el apellido de Jean; todavía no había hablado con él, y deseaba hacerlo cuanto antes para evitar más malentendidos. Aunque, en cierto modo pensaba que si se daba un poco más de tiempo quizás se daría cuenta de que todo era erróneo y no se sentía atraída por Jean porque le recordaba a Eren.

Estaba forzándose a si misma a intentar verlo de ese modo.

–Espero que no se hayan ido a por helado. –Comentó Levi yendo hacia la sala de ordenadores. –¡Pixis, Kirschtein!. –Los llamó gritando.

Una voz apenas apreciable se escuchó.

Luego otra.

Dos voces venían de otro sitio.

Levi y Mikasa se miraron, y juntos salieron de la sala de ordenadores para averiguar de dónde provenían las voces. Mikasa señaló la armería y Levi la abrió jalando con fuerza la puerta e ingresando el código que Pixis le había facilitado; Mikasa prestó atención a los números que Levi presionó, pero solo pudo memorizar los tres últimos ya que la ancha espalda de Levi le tapaba la visión.

Mikasa decidió ir a poner el código en el ordenador antes de que Levi terminara de abrir la pesada puerta de la armería, y es que aunque pusieses el código, después tenías que empujar hacia ti con fuerza la puerta porque era de hierro puro. Muy pesada.

Levi encontró a Pixis sentado encima de una caja, y a Jean cargando una pistola:

–¿Qué es todo esto?, ¿os sentíais solos y habéis intimado aquí dentro?. –Les preguntó con burla Levi, cruzándose de brazos en el arco de la puerta.

–Voy a ir detrás de ella. –Terció Jean dirigiéndose a Pixis.

Pixis soltó un suspiro cansado, y aceptó la pistola que Jean había cargado. Después, Jean salió de la armería esquivando a Levi quien no se había movido ni un centímetro y los examinaba con su fría mirada.

Sintiendo que la animadversión de Levi hacia él crecía, Pixis se apresuró a explicarle lo ocurrido. Levi dio un golpe sordo en la pared mientras gritaba: ¡Mierda!.

–¿Qué ha pasado?. –Preguntó la voz de Mikasa entrando en el sitio.

Jean se volvió hacia ella, y le explicó lo pasado. La chica entonces se metió en la armería y cogió una de las armas:

–¡Hey!, ¿qué haces?. –Le preguntó Jean interponiéndose entre Levi y Mikasa sin ser consciente de ello.

Levi se mordió la lengua.

–¿Qué crees que hago?, –Mikasa cargó la pistola que resultó ser el mismo modelo que Pixis llevaba, y le devolvió la mirada a Jean. –voy con vosotros.

–Ni hablar, todavía estás con los antibióticos que te dio Fuji.

Los ojos de Mikasa se mostraba decididos, Jean había visto esa expresión cientos de veces antes en la cara de la chica cuando había que salvar a Eren.

Sabía que no iba a conseguir que se quedase allí:

–Entonces es bueno que viaje acompañada. –Terció poniéndose la pistola en uno de los bolsillos.


Habían caminado cerca de diez minutos en la jungla, cuando Pixis se agachó frente a la huella de un zapato en el barro:

–¿Y bien?. –Le preguntó Levi parándose junto a él.

–Esta huella no pertenece a ninguno de nosotros, –Los ojos de Pixis viajaron desde los pies de Levi hasta los de Jean y Mikasa. –nosotros usamos botas, y esta huella es de otro tipo de calzado. Es posible que se trate de ella.

Jean que se había adelantado viajando el primero del grupo, dijo:

–Aquí hay otra huella. –Les informó señalando el lugar exacto.

Levi y Pixis se acercaron al lugar y en cuanto Mikasa lo hizo también, Jean le quitó la pistola del pantalón que se volvió hacia él a la defensiva:

–Devuélveme la pistola. –Le pidió con cierta con tensión en la voz.

Se notaba que la chica estaba haciendo un esfuerzo por no gritar, pero Jean negó con la cabeza metiéndose la pistola en su propio pantalón:

–No vienes con nosotros. –Le contestó ignorando lo enfadada que Mikasa estaba.

–¿Perdón?. –Le preguntó asombrada de lo rápido que el chico le había dado una orden.

Jean suspiró, y volvió a negar con la cabeza:

–Alguien tiene que quedarse en la base para introducir el código.

Mikasa parpadeo, todavía sin creerlo:

–¿Y porque tengo que ser la persona que se quede atrás?, soy rápida luchando pued…

–Mikasa no vienes y punto. No eres rápida ahora mismo, todavía te estás recuperando. –Dicho eso, Jean se adelantó volviendo a ser el primero del grupo.

Levi y Mikasa se miraron unos instantes antes de que éste emprendiese el mismo camino que Pixis y Jean, dejándola sola a cargo del ordenador.


La respiración agitada de los tres hombres era lo que rompía el silencio. En ese momento, estaban subiendo una pequeña montaña, pero aún así era una cuesta empinada.

Pixis iba liderando el grupo, seguido de Jean y por ultimo Levi que tenía el revolver en las manos, dispuesto a disparar si tenía que hacerlo.

Observó la espalda de Jean, si bien, Levi sabía que Jean estaba enamorado de Mikasa desde que eran unos críos, había algo que se le escapaba. Había sucedido algo entre ellos y Levi no sabía el qué:

–¿Qué te ha hecho?. –Le preguntó mirando los hombros de Jean.

Los hombros de Jean pronto se convirtieron en una cabeza, cuando la giró para mirar a Levi:

–¿Quién?.

–Mikasa.

Las mejillas de Jean se colorearon un poco, el chico volvió la cara al frente evitando así los ojos inquisidores de Levi:

–Nada.

Levi arqueó las cejas molesto, quería saber qué había pasado:

Claro, gritarle porque quiera venir a ayudar a encontrar a esa mujer, es lo más sensato.

Levi apreció que Jean apretó los puños. Había tocado la fibra sensible del chico.

Jean olvidó por un momento que Levi era su capitán, y le dijo:

–¿Por qué no regresas a ver si he herido sus sentimientos?.

Levi sonrió; definitivamente el chico estaba totalmente enamorado de ella.

Y, lo cierto es que le molestaba:

–Estás jodidamente enamorado de ella, mocoso. –Le dijo notando el peso de las palabras.

Jean dejó de caminar y se volvió azorado hacia Levi:

–¿Qué has dicho?. –Le preguntó. No enfadado. Sino más bien sorprendido de tal revelación.

En cierto modo, ni siquiera Jean era consciente de que lo que sentía por Mikasa se llamara amor.

Esas palabras le llegaron al corazón.

–¿Ella te corresponde?. –Esa pregunta le ardió en la boca a Levi.

Pixis dejó de caminar, y se paró. Levi y Jean dejaron de hablar para centrarse en Pixis:

–¿Alguna parte de este camino te resulta familiar?, –Le preguntó Pixis a Jean. –de cuando regresabais del otro lado de la isla. –Aclaró el general.

Jean notó el peso de la pistola en el pantalón. El corazón todavía le latía muy deprisa y se notaba la piel de la cara ardiendo:

–Oh claro, –Respondió con sarcasmo. –ahí está mi árbol favorito. –Dijo señalando un árbol cualquiera.

–¡Hey, Krischtein!. Cuida las palabras. –Le advirtió Levi.

–Cuando volvíais del otro lado de la isla, ¿de qué lado quedaba el océano?. –Le preguntó nuevamente Pixis.

Jean tomó aire, intentando calmar los nervios. Y pensó un momento:

–Este. –Le respondió tras unos instantes.

Pixis asintió:

–Viniste del Este, y Laura está yendo al Norte.

La conclusión a la que llegó Pixis parecía definitiva, sin embargo Jean no lo entendía del todo:

–¿Qué significa eso?. –Le preguntó sintiéndose un poco estúpido.

–Significa que esa idiota no está regresando al mismo lugar de donde vinisteis. –Le explicó Levi.


Treinta minutos después y con un paso más lento, Levi, Pixis y Jean estaban subiendo una colina agarrados a una liana que caía de uno de los árboles de arriba.

Pixis iba el primero, y en un momento dado uno de sus pies resbaló, estuvo a punto de caer, pero Jean que iba detrás soltó una de las manos de la liana y le sujetó el pie antes de que siguiese todo el cuerpo de Pixis hacia abajo:

–Estás fuerte, chico. –Le dijo Pixis cuando estuvieron arriba de la colina.

Los tres tenían la respiración muy agitada, y estaban bastante sudados. La ropa parecía una segunda piel, y el pelo se quedaba pegado al cráneo y al cuello como un gorro de baño.

Unos disparos se escucharon, Jean, Pixis y Levi se agacharon escuchando el sonido de las balas al salir por el cañón.

Jean gritó el nombre de Laura pero no obtuvo respuesta, los disparos cesaron. Jean volvió a llamar a Laura aumentando el tono de voz, sin importarle revelar su posición y la de los otros dos y al final corrió en dirección en donde se habían escuchado los balazos.

Le siguieron Pixis y Levi.

Cuando Jean llegó al lugar en donde algunos casquillos de bala estaban esparcidos por el terreno, no encontró a nadie. Soltó un hondo suspiro y dobló el torso hasta que sus manos se apoyaron en las rodillas.

Pixis se le acercó tendiéndole su bota de agua:

–¿Puede estar perdida?. –Preguntó Jean después de beber un largo trago de agua.

–No lo parece. –Le contestó Pixis recibiendo su bota de agua de nuevo. –El rastro de la mujer es tan recto como una carretera. –Le explicó. –El camino de alguien que sabe dónde va. –Pixis se giró a mirar a Jean que todavía estaba tranquilizando la respiración. –¿Dónde vas tu, Jean?.

Jean le miró también, sin comprender a qué se refería el general:

–¿Qué?. –Le preguntó con sincera curiosidad.

Pixis le sonrió:

–Digamos que encontramos a esta mujer, a Laura. ¿Qué vas a hacer?.

Jean parpadeó notando como unas gotitas de sudor que estaban en sus cejas, caían a causa del parpadeo hasta su camiseta:

–Pienso traerla de vuelta. –Le dijo como respuesta en un tono bastante obvio.

Pixis aumentó la sonrisa, ésa era la respuesta que había esperado del chico:

–¿Y qué ocurre si ella no quiere regresar?.

Jean notó entonces lo incómodo que se sentía en sus pantalones por el sudor:

–La convenceré. Debo hacerlo. –El tono de voz de Jean denotaba responsabilidad. –Estoy seguro de que todo es un malentendido, de que puedo arreglarlo.

Pixis puso una mano en uno de los hombros de Jean:

–Chico, no puedes ayudar a todo el mundo; menos salvarlos de un final que ellos mismos han buscado.

Las palabras del general Pixis le produjeron a Jean una sensación de vacío.

–¡Hey! Vosotros dos, dejad de jugar a las cien preguntas.–Les ordenó Levi poniéndose en medio de los dos y señalando uno de los troncos de árboles que los rodeaban.– Ahí hay un balazo.

–Estaba disparando a alguien… ¿de verdad queremos que ese alguien vuelva junto a Laura?, ¿quién nos asegura que siga viva?. –Dijo Pixis tocando la madera del árbol en donde estaba bien dibujado el balazo.

Levi enseñó su revolver, sus ojos tenían ese aire oscuro que siempre mostraban cuando iba a matar un titán:

–Claro que sí. Sería acabar con dos problemas a la misma vez. –Terció Levi.

Jean se volvió hacia él nervioso:

–¡No!, Laura no es ese tipo de amenaza. No puedes matarla.

¿Dónde había quedado el trato de usted?. Se preguntó Levi mirando con distancia a Jean:

–Esa mujer ha robado un arma, os ha atacado a ti y a Pixis y si no hubiera sido por Mikasa y por mi os podríais haber quedado ahí dentro muchas horas más. Personalmente, no creo en la estupidez del código y el ordenador, pero vosotros sí. Es evidente que nadie habría estado ahí para meter el código. ¿Quieres que siga, mocoso?.

–Hay tres casquillos de bala. –Informó Pixis agachándose y cogiendo uno. Lo examinó e incluso lo olió. –Estas balas son de las nuestras.

–¿Estáis sordos aparte de idiotas?. –Levi tenía arrugado el entrecejo. –Se oyeron al menos siete disparos, no tres.

–Sí. –Admitió Pixis levantándose. –Fueron siete disparos.

–Se está poniendo oscuro, ¡olfatea!.–Inquirió Levi gesticulando con las manos, haciendo que algunos destellos saliesen del revolver en su mano.

Pixis se adelantó a Levi y Jean, y Levi se giró hacia Jean:

–¿Qué?. –Le preguntó Jean notando la intensa mirada del capitán examinando su rostro.

–¿Estás aquí porque piensas que se lo debes a esta tipa por haberos recogido en la playa?, ¿o para demostrar que eres el líder de tu pandilla de amigos?.

Las palabras de Levi fueron como un puñetazo en el estómago:

–¿Y tu capitán?, ¿por qué estás aquí?. ¿Para dirigir toda tu rabia contra una simple mujer?.

Touché.


La noche llegó, y con ello la necesidad de antorchas. Jean apiló varios trozos de ramas secas de los árboles, y las prendió con las cerillas que había cogido hacía días de la base.

Mientras tanto, Levi recriminaba a Pixis haber perdido el rastro:

–Es una persona Levi, no un oso. Su rastro es más sutil.

Sutil mis cojones…

–Necesito luz para seguir buscando. –Dijo Pixis ignorando la respuesta de Levi.

Jean se acercó a los dos hombres y les dio a cada uno una rama prendida de fuego:

–Creo que lo más sensato es que volvamos a la base, y…

–Vuelve a buscar, Pixis. –Le ordenó Levi bañado por la luz del fuego.

–General, ¿por qué no quiere seguir buscando?. –Le preguntó Jean intentando ser lo más educado que la situación le permitía.

–Chico, no he caminado la mitad de toda esta isla para no querer encontrar a Laura.

–No podemos dejar de buscarla. No podemos darnos la vuelta sin más. –Jean estaba profundamente emocionado y decidido con la búsqueda de la mujer.

–No vamos a conseguir que vuelva aunque la encontremos y esté viva, ¡lo sabes!. –Pixis se señaló a si mismo y a Levi. –¡Lo sabemos!.

Jean estaba desesperado en ese punto:

–Si nos volvemos y no regresamos no la encontraremos nunca. –Los ojos de Jean reflejaban todas sus emociones. –Y eso nos pesará a los tres, ¡porque somos humanos y ella también! Es una mujer que no sabe como usar un arma, estaba obligada por alguien a golpear a Pixis y a encerrarnos. En el fondo, Laura es una buena persona.

–¡Qué buen discurso!, habría que darle un premio a este chaval por buena persona. –Esa voz no vino de ninguno de los tres.

Levi, Pixis y Jean se volvieron hacia la voz. Apuntando con las armas a la oscuridad.

Hasta que la oscuridad formó una figura, la de un hombre.

Jean conocía esa voz:

–Es el hombre que nos disparó. Él es el causante del disparo de Mikasa. –Informó Jean a los otros dos teniendo que hacer uso de la pistola que le había quitado horas antes a Mikasa del pantalón.

Un odio letal hizo que Jean quitase el seguro de la pistola, y se adelantara varios pasos, ignorando la advertencia del hombre que les había disparado hacía semanas de que bajara el arma.

Varios disparos se escucharon. Pero ninguno dio con Jean, fueron disparos de advertencia que pararon los pies al chico.

Ese hombre no estaba solo.

Salió un poco más de la oscuridad, y la luz del fuego de las antorchas iluminó parcialmente a ese hombre de barba y ésa vez sin sombrero de pescador:

–¿Por qué no mantenemos las armas abajo, señores?.

Jean y Pixis bajaron sus armas, sin embargo Levi tuvo que ser obligado a hacerlo por Pixis que puso una mano encima del revolver de Levi.

–¿Qué coño quieres?.–Le preguntó Levi con aspereza.

A Levi ya no le interesaba saber quién era ese hombre, sino qué quería de ellos. El hombre carraspeó, y se atusó la barba:

–Es hora de tener una charla. –Informó. – Dejemos algo claro desde el principio, si estáis vivos todavía, es porque nosotros os hemos permitido seguir vivos. Os hemos dejado comer nuestra fruta, cazar nuestros animales, beber de nuestra agua, bañaros en nuestra playa… Ésta NO es vuestra casa. –Les dijo el hombre mirándolos atentamente a los tres.

Levi bufó adelantándose un par de pasos hacia el hombre de la barba:

–No creo una mierda de lo que dices.

El hombre de la barba se mostró sorprendido:

–¿No crees en qué?.

Levi mostró su típica sonrisa sardónica:

–Creo que tienes un par de idiotas detrás de ti con armas. Creo que nosotros somos más que vosotros. Si hubieras tenido algún tipo de poder, no habrías enviado a ningún mocoso a espiarnos.

El hombre mostró sus dientes, blancos, en una sonrisa:

–Es una teoría interesante. ¡Mostraos!. –Gritó subiendo ambos brazos.

En unos instantes, Jean, Pixis y Levi se vieron rodeados de antorchas. ¿Quince, veinte, treinta? No estaban seguros. Pero eran bastantes más que ellos.

–Tenemos un malentendido entre nosotros; –Volvió a hablar el viejo de la barba. –así que escucha con cuidado, hay líneas que no deben cruzarse. Esta de aquí, –Señaló a sus pies una línea imaginaria. – no se traspasa. Si pasáis la línea, entonces el malentendido… pasa a ser algo más. –La expresión de Levi estaba tensa, al igual que su cuerpo. Sus músculos se marcaban debajo de la ropa de manera apreciable. –Ahora, tirad las armas y regresar a vuestro lado de la isla.

–No. –Terció Levi sin dejar a Pixis que interviniese.

–Bien, pensé que no iba a tener que hacer esto… ¡tráela aquí, Alexa!.

El cuerpo delgado de Mikasa apareció, con las manos atadas a la espalda y una bolsa de tela en la cabeza. Se la escuchaba quejarse dentro de la bolsa.

Jean casi pudo jurar que el corazón le dejó de latir. Levi en el otro extremo, cogió con más fuerza el revolver en la mano adelantándose un paso más.

–Os estaba siguiendo. –Les informó reteniendo a Mikasa por las manos atadas a su espalda. –La curiosidad, mató al gato. –Destapó la cara de Mikasa quitándole la bolsa de la cabeza.

Unas lagrimas resbalaban por las mejillas de Mikasa, estaba amordazada con otro trozo de tela en la boca. Respiraba muy agitada, y miraba con una expresión derrotada a Jean.

Jean dio una vuelta sobre si mismo llevándose una mano a la cabeza, intentando controlar los nervios. Pixis a su lado observaba a todos los que estaban del lado del viejo con barba; no podían arriesgarse a nada. Eran bastante más que ellos.

–¡Ni se te ocurra!. –Le advirtió el viejo de la barba a Levi quien había dado otro paso más empuñando el revolver.

Mikasa notó el frío acero del cañón de un arma en el cogote. El viejo de la barba había desenfundado su propia arma y el click que indicaba que el seguro se había quitado retumbó en sus oídos.

–¿Puedes vivir con el hecho de que puedo disparar y lo haré, a esta chica tan bonita frente a ti?, sabiendo que podrías haberle salvado la vida dejando las armas aquí y regresando a vuestro lado de la isla. –Mikasa aguantaba la respiración. – Es vuestra decisión.

–Si le tocas un solo pelo de la cabeza, te juro que te… –Empezó a amenazarle Levi con una mirada peligrosa.

–¡Cállate!. –Le gritó el viejo de la barba apretando aun más el cañón de su pistola en el cogote de Mikasa. –Voy a contar hasta tres.

Uno.

Jean sabía que tenía que darse por vencido esa vez, no podía arriesgar la vida de Mikasa.

Dos.

Levi abrió la palma de su mano casi dejando resbalar el revolver al suelo.

Tres.

El sonido de la pistola de Jean al tocar el suelo acalló al viejo de la barba, Pixis le siguió tirando su escopeta y luego Levi tuvo la desfachatez de dar un par de pasos más al frente de forma amenazante:

–Esto no queda así, viejo asqueroso. –Le dijo Levi arrastrando las palabras.

El otro sonrió, y aun sosteniendo a Mikasa, se agachó a recoger las armas que habían tirado. Cuando las tuvo a sus pies, empujó a Mikasa hacia Levi, que la recibió con los brazos abiertos.

El pecho de Mikasa chocó contra el de Levi. La chica perdió la respiración un segundo. Las manos de Levi se apresuraron a quitarle la mordaza de la boca y la cuerda de las manos a su espalda. El viejo de la barba chasqueó los dedos de una mano, y desapareció con todas las personas que iban con él en cuestión de segundos, dejando claro que conocían el terreno de la isla como la palma de su mano.

–¡Jean!, –Lo llamó Mikasa. –lo siento mucho. Sé lo importante que era esto para ti…

Y es que, Mikasa era consciente de que Jean tenía un gran corazón. Se sentía responsable por todo y todos y lo que más quería en ese momento era posiblemente encontrar a Laura y traerla de vuelta a la playa, intentando averiguar el porqué de su comportamiento. Pero Mikasa lo había estropeado todo, y se había puesto en peligro ella misma también.

La herida de bala del hombro le quemaba como si se la hubiesen restregado con fuego.

Jean que se había mantenido a un metro de distancia de ella, no la miraba, estaba dolido. Todo lo que él había querido era mantenerla a salvo y solucionar el problema con Laura, pero Mikasa se había comportado como una niña tozuda:

–¿Estás bien?. –Le preguntó sin mirarla. Sus ojos deambulaban en la oscuridad de la noche.

Mikasa notó el peso de su error en ese momento:

–… sí.


El sol salió dando la bienvenida a un nuevo día, el grupo se encontraba bajando una montaña. Había una ligera brisa que removía el cabello de Mikasa.

Pixis, seguido de Levi, Jean y por ultimo la chica iban en silencio.

Sin embargo Mikasa se sentía demasiado culpable para seguir estando callada:

–Solo quería ayudar Jean…–El chico seguía sin mirarla. –¡Hey!. –Lo paró cogiéndolo de un brazo. – ¿Podrías hablar conmigo un momento?. –La voz de Mikasa era desesperada.

Le dolía que Jean se mostrara tan distanciado de ella.

Jean puso ambas manos en su cadera. Todavía no la miraba:

–Se que lo sientes. –Su voz era desapasionada. –Yo también.

Y se alejó de ella retomando el camino, siguiendo a Pixis y Levi.

De nuevo el silencio impero la marcha. Llegaron a la playa, y Jean fue directo junto a Sasha y Connie quienes se encontraban sentados a orillas del mar hablando.

Nunca había visto así a Jean, Mikasa se daba cuenta de lo importante que era el chico para ella en ese instante. Eran personas muy diferentes, ese era el inconveniente:

–Deja de mostrarte como un perro apaleado, –Le dijo la voz de Levi a su lado sorprendiéndola. –si hubiese estado en tu lugar hubiera hecho lo mismo.

Mikasa miró a Levi quien tenía una expresión decidida en el rostro.

Ella asintió agradecida por su apoyo, aunque sus ojos volvieron a Jean quien había tomado asiento junto a sus amigos. Mikasa suspiró, y se metió en su tienda de campaña a descansar.


Avance del próximo capítulo:

–Es tan perfecto que da la sensación de irreal. –Le comentó la chica señalando la ropa ya doblada.

Dentro de la tienda de Levi no había nada que no estuviera ordenado.

–Siempre se puede mejorar, Mikasa. En todos los aspectos.

La chica se sentó junto a Levi dentro de su tienda, con la cremallera de la entrada abierta. La brisa del mar se colaba dentro dejando un suave aroma salado.

–Me encuentro bastante mejor del hombro. Quería darte las gracias por ayudarme todos los días.–Le dijo de forma sincera la chica mirándolo a la cara.

Levi dejó de doblar la ropa para acomodarse cerca de Mikasa:

–Es bueno que te encuentres mejor, puede que vayas a tener que poner en uso ese hombro antes de lo que piensas. –Le comentó.

Mikasa frunció el ceño sin saber a qué se refería Levi:

–¿Qué significa eso?.

Levi le sonrió restándole importancia:

–Supongo que como Jean está enfadado contigo no te lo ha dicho, –La expresión de Mikasa se ensombreció. –pero él y Hitch tienen en mente montar un pequeño ejercito para ir a buscar a los otros. Los mismos que te metieron un balazo en el hombro y casi te vuelan la cabeza.

A Levi le molestaba profundamente que Mikasa se mostrara dolida cada vez que se hacía mención de su enfado con Jean.

Quizás debería haber sido más delicado dándole la información, pero no tenía paciencia después de encontrarse celoso por todo aquello.

Tenía celos.


N/A: Vuelvo a recomendar leer la historia en archiveonourown, siempre intento subir imágenes de los protagonistas con los capítulos.