Ch 22 La Muerte De Marco Antonio
Candy regresaba del hogar de Pony con la determinación inquebrantable de aclarar las cosas. La Señorita Pony la había ayudado a analizar la situación desde otro punto de vista y se daba cuenta de lo mal que se había portado con Terry, de lo traicionado que se debía sentir con su proceder.
-Sabía que algo malo te sucedía mi amor cómo he podido ser tan ciega de no darme cuenta. Tú siempre has sido lo más importante en mi vida. – Candy tenía muchísimas ganas de ver a Terry de abrazarlo, de decirle que lo entendía y sabía por lo que estaba pasando. Quería reiterar que él era su prioridad, tan solo esperaba poder llegar a tiempo de alcanzarlo en Chicago.
La fuerte nevada que había iniciado justo antes de entrar a la ciudad estaba causando estragos en la llegada de los trenes y el transporte en general. Por el momento no había carros disponibles que la pudieran llevar de regreso a la mansión, así que no le había quedado más remedio que hablar para que fueran a recogerla. Le tocaba esperar en la estación pues caminar bajo la tormenta, en esas condiciones era imposible. Ya en alguna ocasión había decidido caminar bajo una tormenta y el frío se había alojado en sus huesos durante un largo tiempo. Esta vez, no se arriesgaría a un resultado desfavorable.
Esa separación había sido por una buena causa, así lo había creído firmemente y aunque le había roto el corazón ese motivo al que se aferraba aunado al recuerdo de Terry, era lo que la había ayudado a salir adelante. Ahora después de haber confirmado que Susana había sido quien rompiera las relaciones con Terry se sentía al igual que él engañada. Los habían timado de la posibilidad de estar juntos. Se sentía una tonta de no haberse quedado a su lado en Rockstown cuando más la había necesitado. No permitiría que eso sucediera de nuevo.
Escuchó un alboroto a lo lejos que la hizo interrumpir sus pensamientos. El bullicio se escuchaba cada vez más cerca mientras veía que una multitud se aproximaba en la plataforma contraria a la que ella se encontraba. Las ruidosas explosiones de unos flashes se escuchaban.
-¿Qué tiene que decir con respecto a las acusaciones de Fritzherbert?-
-Cuéntanos acerca de tu última conquista, ¿Dejaste a alguien suspirando en Chicago?-
-Terry, Terry te proclaman como el mejor Hamlet que se haya presentado, ¿cómo lo haces? ¿Cómo es posible que transmitas a la perfección todo el dolor del personaje, te basas en experiencias reales?-
Terry detuvo su andar y con una sonrisa se dirigió al reportero que hizo esta última pregunta.
-No sé si sea el mejor, pero si te aseguro que para poder transmitir emociones, debes de conocerlas a la perfección- había contestado bajando levemente la mirada – Pero ¿Quién no valora un buen drama?- para entonces, Candy que lo observaba desde lejos sintió un gran pesar en su alma al percibir algo más en sus palabras. No lograba entender exactamente qué era, pero sabía que había algo más que la mera territorialidad con su madre y el que ella no se lo hubiera revelado antes. Algo no cuadraba.
Otro tren recién arribaba en la plataforma donde Candy se encontraba. Del vagón de primera clase bajaban uno a uno los actores de la compañía Kensington. La prensa se volvió loca ante la aparición de la diva Eleonor Baker. Era la primera vez que coincidían en público los supuestos amantes desde que se había publicado el artículo.
-¿Señorita Baker que nos puede decir sobre los rumores de la relación entre usted y Terruce Graham?-
-¿Ha venido aquí para verlo?- Como toda una dama, la señorita Baker jamás contestaba alguna pregunta que tuviera que ver con su vida personal. Ni siquiera dignificaba las absurdas deducciones con algún comentario.
-Estoy muy contenta de estar aquí en Chicago, espero que disfruten de nuestra actuación.-Fue lo único que dijo con una sonrisa para después seguir su camino.
Madre e hijo apenas cruzaron miradas. En esos instantes más que nunca, ambos hicieron gala de su talento como actores ignorándose por completo.
Para Candy no pasó desapercibida esa mirada y la manera en la que Eleonor Baker desaparecía apresurada de la plataforma guiada por el staff de su compañía.
Los siguientes en salir del vagón fueron Susanna tomada del brazo de Thomas. Ella estaba en su elemento, si bien había presentido que algo había entre la diva y Terry, nunca se habría imaginado que entre ellos había una relación secreta. Honestamente no lo creía posible, pues sabía perfectamente que en el corazón de Terry no había cabida para nadie más excepto su enfermera. Pero esto no evitaba que ella aprovechara la ocasión de ser el centro de atención de nueva cuenta.
-Susanna, Susanna ¿Dinos por favor que se siente trabajar con la supuesta "amiga" de tu ex prometido?-
-¿Fue por esto que lo dejaste, te diste cuenta de su infidelidad?-
Susana era toda sonrisas, -Solo puedo decirles que tuve motivos muy importantes para cortar mi relación con Terruce Graham, en realidad ya no veía un futuro con él a mi lado. Creo que sus acciones quedan más que evidentes con su comportamiento de estos últimos meses, yo no tengo nada más que decir al respecto- decía levantando una ceja.
-Jamás me atrevería a hablar mal de una compañera en especial alguien como la señora, perdón la "señorita" Baker.-
-Nuestros motivos para salir de la compañía Stratford son personales y les aseguro que fue la mejor decisión que pudimos haber tomado Thomas y yo- decía al tiempo que volteaba a ver a Hightower como si en realidad fuera el hombre de su vida. El joven español solo veía como la figura de la diva se perdía en la lejanía.
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Había logrado resistirse a la tentación de buscarla, en su ciudad, pero al estar en el tren le había parecido verla de lejos. La historia se repetía, su desencuentro de la vez que estuvo ahí con la representación de "El Rey Lear" la misma desesperación lo embargó, salió con prisa al último vagón tan solo para cerciorarse. Sí, era su pecosa, estaba cabizbaja como si leyera algo y no lo vio. Obviamente sabía que él estaba ahí, pero en esta ocasión nadie corrió tras él. Tomado de los barrotes del tren sintió muchas ganas de saltar al vacío tan solo para estrecharla entre sus brazos y embriagarse de su perfume. En vez de eso se quedó ahí afuera aferrado al hierro forjado. Sus lágrimas al igual que su cabellera ya un poco más larga danzaban con el viento, con la mirada fija en la lejanía, en ese punto que representaba el amor hasta que la perdió de vista por completo. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo al recordarla de esa manera.
Se había recluido en su departamento. Las cartas de su pecosa parecían quemar un agujero en el piso bajo su sofá. Aunque cada vez tenía mayor éxito en su carrera y bien podría haberse pagado una casa o departamento en una mejor zona, le había tomado cariño a ese, su primer refugio propio que para entonces ya había comprado con el sudor de su esfuerzo. No le debía nada a nadie. Era dueño de su propio destino y le importaba una mierda lo que se pensara de él. Las ruedas del destino giraban y se reacomodaban. No podía sentirse más satisfecho de lo que se sentía por cómo habían resultado las cosas con La Leagan.
Su ex casero había terminado por confesarle que La señorita Marlowe le había pagado a la encargada de la limpieza para que le entregara su correspondencia en sus días de intercambio epistolar con Candy después del breve encuentro en Chicago. Así que no tardó en atar cabos y caer en la cuenta que dichas cartas eran las que por algún retorcido motivo había presenciado que Susana le había entregado a Elisa. Susana otra arpía de la que tarde o temprano se encargaría.
Se había enterado por una carta que recibiera de la misma Elisa, que después del escándalo, la habían recluido en uno de los hoteles de su familia en la Florida. Lejos de Candy, donde no podía dañarla.
Sabía que jamás volvería a amar como la había amado a ella. Esa era una realidad. También sabía que Albert la había defendido poniendo incluso su propia vida en peligro. Elisa le había mandado un recorte de periódico fechado del tiempo que él estuviera perdido la primera vez que abandonó Broadway. En la fotografía se veía claramente la figura de Albert interponiéndose entre un león y Candy.
En el reportaje decían que el león salvaje se había escapado del circo y que de no haber sido por el heroico comportamiento del rubio, los resultados habrían sido fatales para la señorita en cuestión. Sus sentimientos al respecto eran contradictorios. Por un lado le agradecía infinitamente el haberla protegido, por el otro lado era una rabia absoluta en primer lugar, consigo mismo por no haber estado en condiciones de poderla defender y en segundo contra Albert por tomar un lugar que sentía le pertenecía solo a él. La breve nota incluida con el recorte hacía mella en su interior.
Se esperaba alguna represalia por parte de la pelirroja, estaba preparado para esta, de lo contrario no hubiera alborotado el avispero, pero esas evidencias irrefutables de la constante presencia de Andrey en la vida de Candy,-que muy a su pesar debía aceptar como positivas en su vida.- lo llenaban de impotencia. Lo desarmaban, El alcohol lo hacía buscar pretextos para alimentar su odio en contra de su "amigo".
-Un maldito león, justo mi suerte- El departamento se había inundado con sus erráticas carcajadas de incredulidad.
"Admítelo de una vez, tal vez no seas mío, pero ella jamás será tuya, siempre ha tenido quien la proteja. Como verás no le sirves para nada" Las palabras de Elisa lo quemaban.
La pared había sido la receptora de su furia ante el venenoso contenido de la misiva. Los nudillos sangrantes de su puño derecho daban fe de la agresividad en su interior. De no haber sido por el anuncio del cartero con un mensaje proveniente de Europa, no se habría detenido hasta destrozarse por completo los huesos de ambas manos.
"Lo encontré, Stear está con vida. Quise compartirlo contigo antes que con nadie más, para que sepas que mi búsqueda fue fructífera. Él se encuentra algo delicado de salud. No sé lo que pase de aquí en adelante, pero créeme que haré todo lo que esté en mi poder para lograr que mi hermano regrese a casa.
Si ves a Annie dile que.. nada, no le digas nada. A ti te cuento que su recuerdo me ha ayudado a mantenerme fuerte.
Espero que también hayas tenido éxito en tu misión. Dale besos a mi gatita de mi parte, aunque no le digas que yo te lo pedí. Dudo mucho que requieras de algún pretexto para hacerlo de todas formas. Nos vemos cuando nos vemos saludos"
Sgto. Marshall
Esa carta lo había regresado de golpe a la terrible realidad que se vivía con la guerra. Se sentía aún más estúpido de estarse preocupando por "tonterías" pues ¿Qué era un corazón roto comparado con lo que millones de personas sufrían con el conflicto bélico?
Y aun así, dentro de todo ese caos, algo bueno había salido. Archie, su amigo Archie había encontrado a su hermano. Se sentía feliz por ellos, más no así por lo que Cornwell encontraría a su regreso.
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Nueva York, 18 de Marzo 1918
No lo podía creer, al fin estaba en NY habían llegado para el estreno de "Marco Antonio y Cleopatra" al fin vería a Terry actuar y después de la obra los involucrados aclararían la situación con él. Ella había rezado mucho por ablandar el corazón de Terry apelando a su lado noble que ella bien conocía para que aceptara la relación entre Albert y su madre. Entendía que se hubiera ofendido al sentirse traicionado no solo por Albert, sino por ella también al no ser honestos desde el principio. Conocía de primera mano lo que su amado rebelde había sufrido por el rechazo de su madre y por lo mismo sabía perfectamente que la amaba y seguramente la quería ver feliz.
Los escándalos en los que la familia se había visto envuelta, habían requerido de sus habilidades de enfermera para con la Tía Elroy poniéndole fin a sus múltiples compromisos en sociedad. Al menos era un descanso, no era que quisiera ver mal a la Tía, sino todo lo contrario, pero prefería mil veces fungir como enfermera que como socialité fallida. El primer motivo por el deterioro en la salud de la matriarca había sido ese extraño acontecimiento en el que se rumoraba un compromiso entre Elisa y Terry.
El corazón le dio un vuelco y sus entrañas se revolvieron de solo imaginar que podría ser verdad. Aunque casi de inmediato leyó el artículo donde el mismo Terry desmentía la noticia. Obviamente para la familia había sido una ofensa total. La tía había pegado el grito en el cielo de saber que el buen nombre de la familia -aunque fuera por rumores- había sido involucrado con alguien de la farándula, eso sin mencionar el ridículo en el que había quedado Elisa con sus acciones. Todos los Leagan habían sido convocados para una junta y como resultado habían sido enviados a Florida, aún bajo protesta Neil tambíen tuvo que obedecer.
-Hay tía no quiero ni saber cómo se pondrá cuando se entere de quién es la mujer que finalmente le robó el corazón a Albert.- reía algo divertida. Seguramente Albert ya tendría preparado un plan de contingencia para cuando eso sucediera.
Lo que sí le había tomado por sorpresa, había sido la situación de Archie, apenas y podía creer lo egoísta que había sido al centrarse en sus problemas y no haberse dado cuenta de la decisión que había tomado de ir a la guerra. No había sido sino hasta que había escuchado una conversación entre Albert y George donde discutían el paradero de su primo que Albert había terminado por confesarle que estaba buscandolo para traerlo de regreso, por eso era que se había ausentado de repente todos esos meses. Aunque se le ocultaron a la tía los pormenores de dicha prolongada ausencia, la señora que ya tenía años de saber mover el abanico, tenía sus propios medios. Al enterarse que uno de sus dos amados sobrinos que le quedaban se había enlistado en el ejército resultó demasiado para su presión arterial y sus nervios.
Archie había realizado la fiesta para reencontrarse con Annie, él había querido abrirle su corazón y ella no lo había aceptado. Continuamente se mandaban cartas y había sido de esta manera que Candy se enterara que las cosas no habían terminado bien entre ellos. No tanto por Annie, sino más bien por Patty. Se había sentido como una traidora para con el único de sus primos que había estado ahí para ella. El único de sus paladines que le quedaba y que ahora se encontraba padeciendo quién sabe qué horrores ¿Por desamor? Eso le extrañaba, todavía no le quedaba claro el motivo por el cual Archie se había inscrito para pelear una guerra que bien sabía que repudiaba al haber sido la causante de la muerte de su adorado Stear.
Felizmente eso quedaría atrás. Después de una ardua búsqueda, Albert le había escrito para decirle que había dado con el paradero de su primo, y que ya se había embarcado de regreso a casa así que llegaría en unos días al puerto de Nueva York. En su carta también le había dicho que era hora de encarar la situación y que había mandado una nota a Terry para reunirse junto con Eleonor después de la función.
Alguien tocó a la puerta de su habitación sacándola de sus pensamientos. Era el botones, que amablemente le hacía entrega de una nota. Alguien la esperaba en el Lobby.
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Terry, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, aunque debo confesar que no tanto como el que te imaginas.
Han sucedido eventos muy importantes que conciernen mi corazón y el de una dama muy cercana a ti. Candy me ha puesto sobre aviso y sé que estás enterado de esta situación. Por tal motivo te ruego que nos concedas una audiencia al término del estreno para aclarar dichos eventos. Te reitero que ante todo entiendo tu molestia y aunque sé que te pongo en una situación incómoda, me gustaría reiterarte que te sigo viendo como mi amigo. Tengo fe que al término de nuestra reunión, tú puedas considerarme de la misma manera.
Sludos W. Albert Andrey
La nota había sido leída y releída incontables veces desde que fuera entregada en mano. Arrugada y desechada, para después volver a ser tomada del cesto de basura del camerino de un muy caracterizado Terruce Grandchester como el heroico general romano Marco Antonio. Estaba en las últimas pruebas de vestuario. La blanca túnica que utilizaba le llegaba apenas por debajo de las rodillas mostrando sus musculosas piernas. Sus muslos inferiores eran enmarcados por las cintas de las alpargatas de piel características del calzado. Su torso cubierto con la pechera grabada y mandada a hacer especialmente para el actor. Con el águila en medio y los galardones dorados que hacían alusión al rango del personaje a interpretar. La capa roja con las grecas doradas a todo alrededor y el imponente casco que con la elegante espada completaba el atuendo a la perfección. Terry era un magnífico Marco Antonio el porte regio, el aire de mando y en ese momento sentía la furia del general por la traición de su amada y del que fuera su amigo.
Ella estaba ahí en su ciudad, asistiría a la función, ya lo había comprobado, había tres entradas a nombre de la familia Andrey en el palco de honor, el más cercano al escenario. No lo entendía, para qué era que pretendían hablar con él. Jamás habría pensado que ellos dos fueran del tipo de personas que restregaban su triunfo ante los demás, ante él. Habían ido ahí para dejarle las cosas en claro, y ¿Encima de todo eso tenía el descaro de reiterarle su amistad?
–Estúpido pedazo de mierda, ¿Cuando fue que decidiste hacer pomada mi corazón? Vaya buen amigo al que elegí a primera de cambios abusa de la confianza depositada en él. –
Tenía ganas de blandir su espada y utilizarla contra su enemigo. Tomó un trago de su ánfora y se desvistió lo más rápido que pudo. Salió con dirección al hotel donde el chico que le entregara el mensaje le había dicho que se hospedaba el señor Andrey.
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Terry se sentía como un intruso. El solo hecho de estar ahí lo hacía sentirse indigno de observar a los miembros del trío de rebeldes y recordar la camaradería y el espíritu libre que compartían en sus reuniones en el zoológico de Londres. Era de esperar entonces que el amor hubiese aflorado entre aquellas almas tan afines. Ella se veía feliz, radiante. Como en sus mejores momentos en el Colegio, pero esa sonrisa no la había provocado él.
Después que los viera tomar asiento, esperó un tiempo prudente para seguirlos y se sentó de espaldas a cierta distancia de ellos en el lobby del hotel, aún así lograba escuchar algo de la conversación. El semblante de Candy había cambiado.
–No llores pequeña, verás que todo estará bien–
–Es que, la última vez que estuve aquí venía con tantas esperanzas de hablar con Terry, de aclarar las cosas para que todo estuviera bien entre nosotros, y todo resultó tan diferente. Es un tonto y cuando se pone terco es imposible razonar con él. Tengo miedo que se eche todo a perder y que nuestra relación sufra por esto. No puedo evitar tener un terrible mal presentimiento. – Terry se levantó tenía que poner distancia de por medio. No soportaba seguir escuchando.
Observó cómo Candy se despedía de Albert con un fuerte abrazo y desvío la mirada antes de presenciar el beso entre ellos dos. No podía hacerlo, no podía ser él, el causante de borrar esa sonrisa de su rostro, sin embargo se había comportado como un perfecto imbécil las últimas veces que se habían encontrado. Lo había visto, ese dolor reflejado en las esmeraldas que tanto amaba. Cuanto se había arrepentido de no habérsela llevado consigo después de su picnic improvisado el día de su cumpleaños, pero la incertidumbre de su futuro en el teatro había podido más que la confianza en su amor. Levantó de nuevo su mirada para verla desaparecer tras las puertas del ascensor. Ella sonreía de nueva cuenta.
Se dio la media vuelta y salió con paso veloz acomodando su boina y cuello de su chaqueta para pasar desapercibido.
Ya en la calle tuvo la sensación de estar siendo seguido. Pero no fue hasta que escuchó su voz, que se detuvo.
- Hola Terry, que bueno que te veo- El joven Grandchester sintió la mano de Albert posarse sobre su hombro y la sangre le hirvió en sus venas.
Sin dudarlo se dio la media vuelta arrancando la traicionera mano de su hombro para después propinar uno, dos, tres ganchos al hígado con toda la ira de la que era capáz. Luego, el rubio recibió un golpe en la quijada que lo mandó al suelo. El golpe lo hizo sentirse entumecido. Ya en el piso llevó su mano a su quijada masajeandola, moviéndola hacia los lados. Tenía idea que Terry golpeaba duro, pero no le había tocado sentir su furia. Con el dorso de su mano, limpio el hilillo de sangre que brotaba de su labio mientras recuperaba el aliento.
Ya esperaba una reacción así, pudo haber esquivado los golpes, pero estaba allí para encararlo, y aunque tuviera que recibir veinte golpizas más de su
amigo-hijastro-yerno bien valdrían la pena.
–Vamos, defiéndete amigo– le hacía ademanes con sus manos, para que se acercara.
–Vale, tienes razón, estás en todo tu derecho de sentirte traicionado. En mi defensa solo te puedo decir que realmente la amo, nos amamos.- No pudo evitar que una sonrisa bobalicona se instalara en su rostro.
–"Hay puñales en las sonrisas de los hombres; cuanto más cercanos son, más sangrientos." –Dijo citando a Sakespeare.
Terry daba vueltas sin parar, se pasaba las manos incesantemente por su cabellera, trataba de sacudir las ansias que tenía de moler a golpes al hombre frente a él. Justo ese momento fue el que eligió su conciencia para hacer acto de presencia. "Lo sabes, él es un buen hombre". –Sí, el hombre que finalmente se quedará con ella. – pensaba el moreno.
Albert observaba a Terry quien respiraba aceleradamente y parecía tener un muy difícil dialogo interno.
– Desde hace tiempo que lo sé "amigo", dime una cosa ¿Te has reído mucho de mí? ¿Por qué no me lo dijiste antes? Nos hubiéramos ahorrado mucho. –
Finalmente extendió una mano a Albert, esta le temblaba por rabia contenida, por la necesidad que tenía de un trago. El rubio magnate la aceptó poniéndose de pie.
–Sé que te debo una explicación, pero sobretodo una disculpa por mi falta de honestidad. Por eso hemos venido. Como te dije en mi nota, queremos platicar contigo al terminar la recepción del estreno. Nos importa mucho aclarar varias cosas. –
– ¿Sabes qué? ya no importa, ya entendí después de tanto tiempo que eres el mejor hombre para estar a su lado. – Le dijo con la intensidad de su amor asomándose por sus cobaltos –Tan solo prométeme que la harás feliz. –
–Por supuesto, con todo mi corazón– Terry apretó los dientes ante tal contestación. Se detuvo a medio andar –Eres un cabrón malnacido, al menos ya comprobé que tu sangre no es azul, estúpido príncipe. – agregó de espaldas para luego alejarse de ahí prácticamente corriendo.
– ¿De qué rayos hablas Terry? ¿Cómo que príncipe? –
El actor había emprendido el camino de regreso al teatro. Caminando como autómata, perdido en sus pensamientos. Terry ya no era más un espíritu libre, estaba por demás el siquiera resentirse al respecto. Pero su honorabilidad si es que algún rastro le quedaba llegaba hasta ahí. Nadie más que él se podía culpar por haber perdido a Candy, la había perdido por cobarde.
–No fui lo suficientemente hombre como para cumplir con mi palabra, mi palabra a "ella" a mi amor luego entonces no soy más que indigno de ser amado por ella. – Ese sentimiento grabado en su inconsciente le recordaba con amargura las palabras de la duquesa.
"Eres indigno del apellido Grandchester, indigno del ducado, eres una pobre excusa de vida y tu existencia es fútil"Esa voz se mezclaba con la de la duquesa y la suya propia. Qué más daba, ya no sabía distinguir la diferencia.
Sacudió la cabeza tratando de enfocarse en la situación presente. Conocía bien los motivos detrás de la decisión de Candy y por más que le doliera ahora no valían las excusas respaldadas por el alcohol. Al menos debía reconocer la realidad. Muy a su pesar Terry tenía que admitir que Albert era el mejor hombre para ella, lo había demostrado en más de una ocasión mientras que él la había lastimado una y otra vez, incluso la había puesto en riesgo con la sola mención de su nombre. Su amor era veneno para ella. Su amor todo lo consumía. No hacía sino robarle su felicidad.
Recordó la promesa que se había hecho al separarse de ella en El San Pablo donde juraba que nunca perdonaría a quien se atreviera a hacerla infeliz y que solo él podía protegerla. De pronto la realidad lo golpeó en la cara con toda su brutalidad. Tenía que honrar esa promesa, muy a su pesar se había dado cuenta que era de él de quien habría tenido que protegerla ahora y para siempre.
–Perdóname Candy por tanto dolor que te he causado. Te doy mi palabra que ya no te molestare más. He elegido ya mi camino. El teatro, es un maravilloso lugar lleno de magia, puedes ser un rey o un mendigo. También puedes enamorarte. En el teatro puedes matar por justicia. – Podía sentir ya el conocido temblor en las manos recordándole que era hora de "su" medicina. Sacó su ánfora del bolsillo interno de su saco y se echó un trago.
De una cosa sí estaba seguro. Ya no volvería a pasar por el sufrimiento de no tenerla jamás.
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Daba ya los últimos retoques a su maquillaje. Se había escabullido para comprobar si en verdad asistirían a la función. No solo estaban ellos dos Albert y Candy, sino que Eleonor aunque disfrazada con peluca oscura y cubriendo su lunar bajo una espesa capa de maquillaje estaba con ellos en el palco.
– ¿Qué diablos se creen al traerla aquí? De verdad Candy que no le guardas información a tu pareja. ¿Qué caso tenía que le revelaras a Albert mi más íntimo secreto? Apenas lo puedo creer, que me puse de nuevo en la misma situación. Yo ya sé que el mostrarme vulnerable jamás ha funcionado. Me lo merezco por idiota. ¿Será que también les comentaste a ambos de mi ridícula y cursi declaración? Se habrán reído a carcajadas de mi imbécil corazón. – Esa era la estocada final, la más dolorosa.
– ¡Ah! Candy jamás fuiste para mí. A penas me doy cuenta de eso. Debí haberme despedido a tiempo. Te debí haber olvidado desde que dejé el San Pablo. Debió haber quedado todo en un hermoso recuerdo de verano. No debería de quejarme, a pesar de todo, has sido por mucho lo mejor que me ha pasado en la vida, es natural, será mejor así.–
Ira, eso es lo que sentía, después de todo lo que había pasado y regresaba al mismo punto de partida. Decidió sacarla contra la persona que más odiaba en esta vida, más que a su padre, aun más que a la duquesa, ya que aquella persona era la verdadera causante de todas sus penas.
El reflejo en el espejo le devolvía una imagen por demás odiosa, la única forma en la que podía soportar verla era cuando se ponía la máscara del actor. La bestia reflejada en sus ojos salía a saludarle recordándole la oscuridad de su alma y reafirmándole que estaba condenado al infierno, cada vez se acercaba más al desenlace esperado. De su padre aprendió la indiferencia, de su madrastra el rechazo y la humillación. Cuando al fin se decidió a buscar a su verdadera madre, de ella aprendió el abandono. Así pues, él había crecido con grandes maestros que lo marcaron y contribuyeron a forjar su carácter.
–Estoy listo para la función. Haz ganado– brindó con la bestia que se reflejaba sonriéndole desde el espejo.
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La escena de la Muerte de Marco Antonio finalmente había llegado.
Al enterarse que su amada reina se había quitado la vida antes que él le llamara traidora Antonio le pidió a su fiel sirviente Eros que le quitara la vida con su espada. Este la desenvainó pero en vez de matar a su señor, la usó en sí mismo para evitar la pena de vivir en un mundo sin su general, su emperador, su amigo.
*"Tres veces más noble que yo...
Eros, valiente... ¿Así me enseñas a hacer
lo que yo debería y tú no pudiste? Mi reina y Eros
han escrito con el ejemplo de su enseñanza
en los anales de la nobleza. Pero yo seré
el amante de mi muerte, y correré a encontrarla
como los novios al lecho nupcial. ¡Ven, pues! ¡Eros,
tu maestro muere siendo tu discípulo! ¡Se hace así!
(Cayendo sobre la espada soltó un muy realista grito de dolor que ocasionó el estremecimiento de los presentes)
De ti lo he aprendido... ¿Cómo? ¿No muero?
(Dijo con dificultad)
¡A mí la guardia! ¡Ah! ¡Rematadme!"
Marco Antonio es llevado -cargado en brazos de su guardia personal- moribundo ante su reina Cleopatra, quien ya temía lo peor. A él solo le importaba ver a su amor una última vez, poco le importó su previo engaño.
Finalmente Cleopatra se suicida con el veneno de la serpiente y César Octavio pronuncia su sentido discurso. Cae el telón. Los actores van saliendo para recibir sus merecidos aplausos.
La ovación en el teatro fue estruendosa al salir Terry para la última reverencia. Candy desde su palco tan cerca del escenario le aplaudía de pie. Sin embargo ella notaba algo raro en el joven actor. – ¿Qué te pasa Terry? Te vez tan pálido y sudoroso, ¿Será por las luces? –pero ella no se creía del todo sus argumentos y notó cómo su corazón empezó a palpitar de angustia.
"Así, justo así es como quiero que sea, al fin algo que puedo controlar, bajo mis propios términos. En el único escenario donde me atrevería a considerarme relevante y contemplando sus traviesas pecas una última vez." diciendo esto último se giró hacia Candy. Levantó la mirada y se perdió en las joyas preciosas de sus ojos verdes, para luego llevarse la mano a su pecho y desvanecerse en el escenario ante la mirada atónita de los espectadores.
Un grito femenino proveniente de la dama junto a Candy llenó el silencio que se había creado en el teatro. De repente todo era confusión y gritos. Candy apenas pudo darse cuenta cuando Albert abandonó su lado y saltó a la duela desde su palco para prestar ayuda a su amigo.
Pareciera que la escena de la muerte de Marco Antonio se repetía fatídicamente pues entre varios hombres sacaban a Terry en brazos del escenario. Ella no podía moverse, se quedó petrificada en su lugar. Tan solo observando la mancha roja que había dejado la sangre sobre las tablas. Se sintió desfallecer, por un momento se permitió ser más mujer que enfermera y requirió de toda su fuerza y resolución dirigirse hacia donde era requerida con urgencia.
En la prensa dirían que fue heroico como Terry había decidido seguir con la función a pesar de sus heridas. No hay mejor actor que él en Broadway. Llevó al extremo la frase de "El show debe continuar". Lo llamaron error de utilería, seguramente despedirían al causante de tan garrafal accidente. Habrase visto, confundir una espada de utilería por una real. ¿Quien en esos tiempos tendría en su haber semejante arma?
Tristemente los más allegados sabían que la realidad era otra.
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Hasta aquí por lo pronto. Gracias por comentar, gracias por votar y mil gracias por acompañarme en esta aventura de emociones que significa para mí el estar escribiendo esta historia que espero siga contando con su preferencia.
¡Nos Seguimos leyendo!
Elby8a ;-)
