Ch. 23 DEMONS
Los recuerdos de lo sucedido iban y venían, perdió la noción del tiempo. Escuchaba voces a su alrededor, muchas voces de lo que sucedió, de antes que tomara la decisión de liberar al mundo de su existencia y voces que reconocía de personas que decían interesarse por su bienestar.
-Terry amor mío ¿Por qué has hecho esto? ¿Qué no sabes que eres mi vida? ¿Qué no sabes que me duele respirar si tú no estás?- "Esa voz es de Candy ¿Amor mío? Debo estar soñando, Pecosa, jamás hubiera querido que me vieras así". Pensaba tratando de aferrarse a ella, pero siempre había algo que se lo impedía.
"¿Soy acaso alguien tan malo, tan patético que debo por siempre suplicar por el cariño de quien a mí me interesa?
¡No!, se equivocan ese placer no se los daré. No me importa, así no es como quiero este amor, por pena, por lástima jamás.
La atención de los aplausos, ¿Debo pedirla? La necesito, necesito sentirme querido por alguien y ahí está, la audiencia lista, añorante de mí, de que me entregue por completo con todos y cada uno de ellos. Me entrego de manera total a mi público porque no tengo a quien más nadie entregarme, a alguien más a quien le importe. Siempre ha sido así ¿Por qué debo mendingar por atención? ¿No me merezco acaso un cumplido verdadero? ¿Por qué debo arrancarselo de los labios a alguien más? ¿Porque afuera ven mi valía y los cercanos la ignoran? Quiero que valoren mi alma, quiero que me valoren por quien en realidad soy. Soy un hombre apasionado que merece ser amado por completo, la gran pregunta es...¿Acaso no hay nadie que me acepte así? ¿Por qué nadie cercano lo hace? ¿Por qué es que me involucré con alguien que no está disponible porque elige no estarlo?
Estoy tan roto que no merezco ser reparado, no vale la pena la energía involucrada en un proceso tan desgastante. ¿Quién querría tan titánica tarea?" Tales eran sus pensamientos mientras entraba y salía de estados de conciencia.
Milagrosamente la espada no había tocado ningún órgano, sí, lo había atravesado, pero había llevado la navaja hacia el hombro, entrando sin ingresar al pulmón, justo arriba del lóbulo superior. Afortunadamente lejos del corazón, así que no había lesionado arterias ni grandes vasos. Había sido una herida profunda, pero limpia que había salido arriba del omóplato. El daño inminente era la sangre que había perdido, prevenir una infección ya que su sistema inmunológico estaba muy deteriorado a causa de los excesos. Era importante llevar una recuperación en reposo para que los tejidos dañados -que habían sido suturados durante la cirugía- se pudieran reponer. Eso en cuanto a los daños físicos. La recuperación de las heridas del alma eran otra historia.
En esta ocasión, nadie culpaba a Terry de su ausencia de los escenarios.
–La obra, la compañía yo, debo salvarlos– balbuceaba febrilmente.
–Terry, hijo, aquí estoy. – Decía Eleonor mientras secaba el sudor de su frente con infinita ternura. Su mano sobre su rostro se sintió fugazmente reconfortante hasta que una pesadez lo inundo de repente. Quiso levantarse pero no pudo, sentía que la cabeza se le partiría en dos aunque no sabía si le dolía más el pecho el cual sentía que le quemaba o la cabeza, que le punzaba. Apenas se dio cuenta que tenía el brazo izquierdo inmovilizado pegado a su pecho con vendajes. El ya familiar temblor de manos empezaba a tornarse incontrolable. No sabía en dónde estaba pero quería salir corriendo ¡Ya!
Quería decir algo, reclamarle a ella por estar ahí, pero al estar delirante su corazón hablaba por él.
–¿Mamá, mamá por qué no me quieres? – preguntó el joven de 22 años cuya voz sonaba como la de un chiquillo abandonado, pero de nuevo fue presa de la inconciencia.
– ¿Quiero saber por qué tiembla de esa manera? Se supone que ya se trataron las heridas, Doctor Martin explíqueme por favor. –
– Sra. Baker, ya se lo dije, le estamos tratando las heridas, pero debemos también tomar en cuenta el episodio de abstinencia por el cual está pasando. El delirium tremens es un proceso muy delicado del que apenas se está aprendiendo y.. –
– Pero si apenas se está aprendiendo de eso ¿Cómo puede saber que esas reacciones son normales? Yo lo veo todo menos normal, está muy pálido, delira constantemente y la manera en la que dice las cosas. – Decía Eleonor sumamente alterada.
– Ellie deja que nos termine de explicar, conozco al Dr. Martín desde hace años y créeme él sabe de lo que está hablando – Dijo Albert tocando su hombro en muestra de apoyo.
– Así es mi querida señora, yo lo sé porque lo he experimentado en carne propia. De igual manera, me temo que esto apenas empieza. Las circunstancias en las que se dio su abstinencia no fueron por voluntad propia, sino que fueron consecuencia de su encierro por el tratamiento a sus heridas. Por tal motivo su cerebro no ha procesado aún que lo que se estaba haciendo a sí mismo era matarse lentamente. Desconozco los motivos exactos de la depresión que detonó este suceso pero mientras él no sepa y acepte la magnitud del daño que se estaba haciendo no podrá sanar. Al ritmo que iba, tarde o temprano tocaría fondo. –
– ¿William cómo es que llegó a esto? No puedo creer que haya intentado quitarse la vida. Debo entender que fue lo que provocó esto en él. – Se preguntaba una Eleonor abatida y emocionalmente hecha trizas, intentando darle un sentido a lo que le sucedía a su hijo.
– ¡Ah otra vez tú bastardo! – Un angustioso grito proveniente del cuarto de Terry los interrumpió.
Alaridos de dolor salían de aquella habitación, maldiciones e improperios mientras Terry se enfrentaba a la bestia que vivía en su interior y quien ya se sentía como en casa en ese corazón adolorido.
– ¿A qué has venido ahora si no me llevaste cuando debiste hacerlo? Seguramente resulté estar demasiado dañado para hacerme un lugar en tu infierno. ¿Quién es el fracaso ahora?– gritaba Terry reclamando furioso con los ojos clavados en un punto fijo en la esquina de la habitación. La mayoría de las veces si no estaba inconsciente tenía la mirada perdida, pero en esta ocasión era retadora, cargada de sarcasmo burlón.
El corazón de Candy se hundía más en su pecho con cada palabra que salía de la boca de Terry. – Dios mío por favor ayúdalo, ayuda a mi amor a superar esto, dale las fuerzas suficientes para sobrevivir, ayúdalo a recordar su valor– rezaba en voz alta la rubia enfermera recordando que eso mismo había hecho por el Dr. Martin cuando tenía sus episodios más oscuros durante su recuperación.
– ¿Candy, eres tú, mi pecosa estás aquí? – decía recobrando la cordura un poco.
–Sí mi amor aquí estoy a tu lado– dijo tratando de tomarle la mano que tenía libre. Pero él no se lo permitió. Su mirada llena de reproche la heló. No soportaba que la viera de esa manera.
– ¿Tu amor? Mentirosa, ya no eres mía, nunca lo has sido. Tú eres de él, del estúpido príncipe. Eres de todos tus enfermos, de todos los Andrey. Hasta eres más de Susanna ya que elegiste la felicidad de ella sobre la mía sin siquiera preguntarme. –
Se levantó de la cama, pero solo logró dar unos cuantos pasos antes de caer de rodillas masajeando sus sienes con su mano derecha, ya que la izquierda seguía inmovilizada.
– ¿Terry de qué hablas? – Preguntó Candy. En ese instante se aparecieron el Dr. Martin, Eleonor y Albert en la habitación. El joven castaño hizo acopio de todas sus fuerzas para ponerse de pie. Tembloroso y sudoroso, pero decidido a hacer uso de sus dotes de actor para que según él, no se notara su debilidad. ¡Que un rayo lo partiera antes de inspirarles lástima!
– ¿Tú que haces aquí? ¿Has venido como los buitres a comerse la carroña?, ¿Me han venido a restregar su felicidad? A constatar que soy un estúpido de mierda ya que ni siquiera matarme me sale bien. ¿Quieren hacerlo ahora? está bien hablemos de una maldita vez de lo imbécil que he sido buscándote una y otra vez – dijo volteando a ver a Candy con el dolor disfrazado de furia en sus cobaltos- y siempre habías estado a su lado. En Londres, en el zoológico, en el departamento Magnolia y por supuesto en la Colina de Pony tocando la gaita. Tú, "Amigo" Me la has querido robar desde siempre. Te sientes con derechos sobre ella porque has pagado por su adopción por su educación. La has querido moldear a tu antojo. En que enferma cabeza cabe el meterte con tu protegida. Pero la realidad es que nunca la has visto así ¿No es cierto? Qué manera tan ruin de cobrarte lo que has invertido en ella. Me das asco–
Candy y Albert se volteaban a ver con incredulidad. Eleonor estaba helada escuchando las palabras que salían de la boca de su hijo, apenas vislumbrando un poco de la tortura por la que había estado pasando todo ese tiempo.
–Terry, jamás he visto a Candy con otros ojos que no sean los de una hermana pequeña– desconcertado de escuchar esas atroces acusaciones.
–Es cierto Terry yo no amo a Albert como hombre, por favor ¿De dónde sacaste esa idea tan descabellada? – No lo podía creer, ¿Terry sentía celos de Albert?
–Dejen ya de mentirme a la cara, acéptenlo de una buena vez. ¡MALDITA SEA!-
Soltó ese grito con todas las fuerzas que tenía, iba cargado de la frustración que lo invadía. Se sentía drenado, se tambaleó y la vista se le nubló, pero eso no le impidió que hiciera el intento por irse a los golpes contra el rubio, cuando este trató de acercarse para ayudarlo. Apenas logró aferrarse a buró junto a su cama ante el mareo que lo invadió.
– Habría luchado por ti hasta las puertas del infierno si tan solo...
Ya lo sé que he sido yo quien siempre se ha interpuesto entre ustedes. – Sus ojos ya no disfrazaban la insoportable pena que había estado cargando, que lo destruía desde dentro, que no escuchaba más que sus propios argumentos envuelto, sumergido en la realidad que él había creado.
– ¿Qué más quieren de mí? –
Dijo al fin casi inaudible, perdiendo el control de sus emociones, la careta había caído, al igual que él, se había desplomado en el suelo de rodillas, rendido, respirando aceleradamente, mientras sentía que el corazón se le saldría del pecho por la taquicardia. Candy corrió a su lado y lo abrazó. Él instintivamente se aferró a su cuerpo derramando lágrimas de frustración, de vergüenza, de derrota, ante la atónica mirada de los presentes. Sabía que no era de él, pero no podía evitar el seguirla necesitando, el seguirla amando.
El Dr. Martin aprovechó la distracción, para administrarle a Terry un muy necesario calmante. Albert ayudó a acomodarlo de nueva cuenta en la cama. –Estúpido príncipe, estúpido prin.. – Balbuceó el actor.
– Me temo que deberemos mantenerlo sedado hasta que sus heridas sanen lo más posible, de lo contrario correrá mucho peligro de que se vuelvan a abrir, tenemos que prevenir una infección. – Las dos rubias presentes derramaban incesantes lágrimas ambas sintiéndose igualmente culpables por la situación en la que el joven Grandchester se encontraba. Había sido demasiado el escuchar la confesión de sus labios. Él había querido quitarse la vida.
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Salieron de la habitación dejando tras de sí a un Terry temporalmente dormido a cargo del Dr. Martin. Se dirigieron a una de las salas privadas de lo que era el proyecto de un centro de rehabilitación en el que el Dr. Martin había volcado toda su atención con ayuda de Albert a las afueras de la ciudad de Nueva York, en Saranac Lake. Un pequeño poblado rodeado de naturaleza, tradicionalmente utilizado para reponerse de enfermedades.
Eleonor siempre supo que algo malo debió haberle pasado a Terry en aquella ocasión que había ido a buscarla, algo lo suficientemente fuerte para hacerlo bajar la guardia y buscar su consuelo. Sabía que ahí estaba la clave de esa maraña de dimes y diretes que había ocasionado la debacle de su hijo.
– ¿Qué fue todo eso? Albert, Terry piensa que tú, que tú y yo.. – Candy se paseaba de un lado a otro, abrazándose a sí misma, tratando de contenerse para no colapsar.
–No lo digas pequeña, está claro que me tiene en el peor de los conceptos. Piensa que soy un ser repugnante– decía recargando su codo sobre su rodilla deteniendo su barbilla con su pulgar mientras su índice se extendía hasta su sien en ademán pensativo. Empezaba a entender muchas cosas.
–Esto es un malentendido de proporciones épicas que ha llegado ya demasiado lejos. Will, Lo que ha quedado muy claro, es que Terry no sabe de nuestra relación como lo habíamos pensado, así que debemos asumir que la información intercambiada con él, siempre ha sido bajo el precepto que ustedes dos mantenían una relación a sus espaldas– Por más que a Eleonor le doliera la situación de su hijo, de nada servía ahora echarse a llorar. No ahora que tenían alguna noción, una parte del infierno que Terry había estado viviendo todo ese tiempo. La prioridad era su salud, primero física después mental y espiritual y para eso debían averiguar exactamente en donde era que todo se había desviado. Haciendo acopio de toda su entereza para no dejarse agobiar por el dolor de ver el sufrimiento de su unigénito, se dio a la tarea de esclarecer los hechos.
– ¿Candy necesito saber cuándo fue la última vez que viste a Terry antes de tu cumpleaños? –
–En Rockstown, después de que usted y yo nos reunimos en el restaurante, lo fui a buscar a la carpa, pero lo encontré dormido en la estación de trenes. Él no se dio cuenta que yo estuve ahí.– apresuró su respuesta algo extrañada por la pregunta.
– ¿Estas segura? Robert me contó que después de esclarecer su situación con Susana, había platicado con él recuperado un puesto en la compañía Stratford y le había dicho que te iría a buscar, pero ya no había regresado ¿No lo viste? –
–No, y hay algo que me inquieta. Durante nuestro encuentro en mi fiesta de cumpleaños él me dijo que había caído en un hoyo aún más profundo que el de Rockstown. Eso me ha estado dando vueltas en la cabeza ¿A qué exactamente se refería Terry al decir eso? Yo sé que bebe y se pelea desde antes que lo conociera. Todos fuimos testigos de lo que le sucedió cuando abandonó Romeo y Julieta así que mucho me temo que tuvo otro episodio del que poco sabemos. – Analizaba Candy sabiendo que lo que su corazón le decía era cierto.
–Archie– dijo Albert recordando algo importante. –Archie me contó que lo había encontrado en un bar en muy mal estado y que sospechaba que algo tenía que ver tu ruptura con él. ¿Candy tú sabes por qué Terry me llama príncipe? La única que me había llamado así antes eres tú. – Candy detuvo su incesante andar.
–Por dios, el piensa que tú eres mi príncipe de la colina. Bueno sí lo eres, pero eso era el sueño de una niña. ¿Te das cuenta lo que implica? Terry piensa que siempre has estado destinado a estar conmigo Albert. Justo hace un momento dijo que tocabas la gaita para mí en la colina, debió habernos visto en el pícnic de la Colina de Pony cuando me rebelaste que eras aquel chiquillo que alguna vez me obsesionara con encontrar. Terry sabía porque se lo conté diciéndole que a él lo había confundido con Anthony en el Mauretania, y a Anthony lo había confundido con el príncipe aunque en ese momento no sabía que se trataba de tí. – concluyó derrumbándose en el sofá.
No tomó mucho darse cuenta que realmente todo ese tiempo Terry se había sentido engañado pensando que había una relación amorosa entre ellos. No eran los desvaríos producto de su afiebrada mente como habían pensado en un principio. Eleonor le añadió la presión a la que se había visto sometido con su abrupto papel protagónico y regreso a los escenarios. Ella misma había logrado ver lo agobiado que se sentía en las múltiples ocasiones que intentó contarle sobre su relación. El acoso de la prensa y las escandalosas notas que sobre él se publicaban.
EL silencio reinaba en la sala. Cada uno estaba sumergido en sus pensamientos.
Todo este tiempo él había esperado una explicación creyendo que tanto ella como Albert lo habían traicionado de la peor manera. Candy no hacía sino repasar una y otra vez los diálogos intercambiados con Terry después de que se encontraran en su cumpleaños dándoles otro sentido. La manera tan drástica en la que había cambiado su actitud. Incluso durante su pícnic nocturno viéndolo en retrospectiva, había notado cierta renuencia por parte de Terry al mencionar a Albert, ella había creído que había sido él quien le ayudara con los preparativos para la sorpresa, jamás se habría imaginado que Archie era el "amigo" al que Terry hizo referencia en cuanto a la ayuda para organizar su reencuentro. Ese era su mocoso engreído que se había atrevido a irla a buscar después de tanto tiempo separados. Terry se había abierto con ella revelándole sus más puros sentimientos y después de eso ante los ojos de su rebelde, ella se había decidido por "su príncipe". ¡Por dios!, en todas sus conversaciones jamás habían dicho nombres. Él le había preguntado por teléfono si su decisión de quedarse en Chicago tenía que ver con Albert.
"Terry piensas que me has perdido de nueva cuenta. Hiciste un esfuerzo por buscarme, haciendo tu orgullo y tu dolor a un lado. Derrumbaste tus murallas, me confesaste tu amor mostrándote vulnerable ante mí y por malos entendidos crees que me decidí por Albert. Crees que te confesé mi amor por él." No cabía en la magnitud de todo lo que había sucedido. Era tal como la Señorita Pony le había hecho ver. Su prioridad debía ser el hombre que amaba por encima de todos los demás, ahora más que nunca lo entendía y no hacía sino reprocharse el no haber estado ahí para él. Candy abrazaba sus piernas, con la cabeza enterrada entre sus brazos sobre el sillón.
"Soy el peor de los... no te culpo Terry que pienses tan bajo de mí. Encima de todo me debes creer un cínico. En nuestro encuentro en Nueva York debiste imaginar que me burlaba de ti en tu cara, restregándote mi amor por Candy. De haber estado en tu lugar yo me habría matado a golpes, y aun así te detuviste a decirme que cuidara de ella. Pequeña te he puesto en la peor de las posiciones" Se decía a sí mismo recargado en la pared con los brazos cruzados.
Eleonor lloraba desconsolada. Habían llegado a la raíz de los sucesos. Una vez más no había estado ahí para su hijo. No lo había consolado cuando la fue a buscar con su corazón roto. Para él esos malos entendidos eran una realidad. Había sufrido otra vez en soledad. Como Ave Fénix había logrado resurgir de entre las cenizas retomando su carrera a pesar de todo y de todos, y como ser humano imperfecto había caído de nueva cuenta.
Albert caminó desde su lugar y se hincó para envolver a su dama en un abrazo consolándola. Eleonor se acurrucó en su pecho, se permitió ser reconfortada una vez más por el hombre que había logrado hacer que su corazón latiera de nuevo después de tanto tiempo de haber estado congelado. El hombre que la había hecho vibrar como mujer recordándole lo que esto significaba cuando ya se sentía marchita. Junto a él se había dado el lujo de imaginar nuevos comienzos. De soñar con una vida diferente. Esto había traído consecuencias igual que la última vez que se permitiera bajar la guardia ante un hombre. Albert estrechó más el abrazo deslizando su mano arriba y abajo de la femenina espalda. La sintió temblar entre sus brazos. Se separó un poco de ella y tomándola por la barbilla le dio un tierno beso primero en el lunar que tanto amaba y después en sus labios.
Albert y Eleonor se veían, el azul cielo atormentado dialogaba con el azul índigo que lo decía todo sin necesidad de palabras. Compartían la culpa de no haber hablado las cosas claramente desde un principio. La situación había llegado demasiado lejos. Su amor había ocasionado daños irreversibles y casi fatídicos para sus hijos, los seres que más decían importarles. El magnate levantó la delicada mano de la diva entre las suyas para acariciarla con su mejilla para tatuar en su mente esa sensación, besó suavemente el dorso y finalmente la soltó. Inclinó su cabeza con infinito respeto y salió de la habitación.
Pasaron unos minutos más en silencio antes que Eleonor se pusiera de pie limpiándose sus lágrimas – Voy a ver a mi hijo– dijo dirigiéndose a una sorprendida Candy que había sido una silenciosa testigo de su despedida amorosa.
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Habían pasado tres semanas de haber sido operado. En algunos momentos de lucidez, el doctor Martin había podido hacerlo entrar en razón al compartirle parte de su experiencia, para que se tratara por su alcoholismo. El dolor físico que experimentaba valdría la pena, le había dicho el galeno si decidía ponerle fin a su malsano comportamiento. Nadie más que él debía decidir hacerlo por propia convicción.
–Haz esto por ti y por nadie más. – Fue el sabio consejo del doctor que sabía perfectamente por lo que el joven actor estaba pasando.
Candy y Eleonor se turnaban para pasar las noches a su lado. Ese era su momento más difícil, ya que sufría de insomnio y cuando se lograba quedar dormido, tenía pesadillas. Había querido negarse a que ellas estuvieran con él, pero debía admitir que la presencia de ambas rubias lograba traerle algo de tranquilidad cuando estaba despierto.
Sus heridas iban mejorando muy lentamente. Su condición de aristócrata jugaba un papel importante en contra de él. Era bien sabido que la consanguineidad entre los nobles debilitaba las plaquetas y que aunado a su estado previo al "accidente" era algo que debían observar muy de cerca. A veces sus episodios provocados por la ansiedad eran tan violentos, que prefería que lo encerraran bajo llave, para evitar que se escapara de la clínica. Candy había llevado su armónica en un intento por ayudarle con sus crisis de angustia, pero los constates temblores de sus manos le habían impedido el poder tocarla.
"Lo siento pecosa, en esta ocasión no podré sustituir el vicio por la armónica"
Había terminado por aceptar la ayuda que se le brindaba. Su madre estaba ahí y por el momento no tenía las fuerzas necesarias para seguir haciéndole la guerra. En cuanto a Candy, estaba muy confundido con ella, con su actitud para con él. Igual podría tratarse de un episodio de santa Candy de los que bien le había tocado presenciar para con los desvalidos. Habían hecho un acuerdo silencioso de no tocar temas delicados. Lo único que importaba en ese momento era su recuperación en todos los sentidos. Si era cierto que no estaba con Albert o no, eso pasaba a segundo plano, no lo había vuelto a ver desde que lo encarara aceptando su derrota. Ella estaba con él ahora y había estado tanto tiempo solo, añorando su compañía, que le tenía sin cuidado el por qué se encontraba ahí. Pretendía aprovecharlo todo el tiempo que durara.
Tenía días malos y días terribles, en estos últimos, era cuando sentía que la voz no lo dejaba en paz. Todo el tiempo susurrándole mil y un teorías de conspiración en su contra. A medida que se reducía la dosis de morfina que recibía como analgésico, su ansiedad se incrementaba.
Ese había sido un día particularmente malo. El hecho de estar cerca de Candy y no tenerla como él quería lo estaba desquiciando aún más que la falta de alcohol. Todos los días obtenía su dosis de ella, su aroma dulce llenaba sus fosas nasales rompiendo con el olor aséptico de la clínica, paseándose libremente restregándole lo que no era suyo. Su olfato se había vuelto más sensible a los sutiles cambios en el cuerpo de su pecosa, sabía que también él la alteraba como mujer. Soñaba con ella, quería compartir sus días y sus noches. Al igual que a Marco Antonio con su droga Cleopatra, poco le importaba ya su traición con tal de estar cerca de ella. Fantaseaba con tener la vida que siempre imaginó a su lado, con recorrer la tersura de su piel, poseerla en cuerpo y alma. Declararse sin lugar a dudas su dueño absoluto.
– ¿Qué estás dispuesto a hacer a cambio? –
La respuesta siempre era la misma
– ¡Todo!–
Se encontraba en la esquina del cuarto desprovisto de mesas sillas y cualquier otra cosa que pudiera ser lanzada, ya antes había roto un par de sillas. Tan solo había un colchón en el suelo, a petición suya. Él estaba sentado en el piso en posición de loto, con el pantalón del pijama de algodón azul claro a rayas ligeramente subido revelando parte de sus piernas y con los pies desnudos. La espalda encorvada mostraba signos de transpiración a nivel de la nuca y entre los omóplatos de la blanca camiseta que cubría su torso, los brazos colgaban sobre sus rodillas. Trataba de serenarse ante los perturbadores pensamientos que lo atacaban de repente.
Candy sabía de las verdades del alma no de las de la sociedad. Así había actuado siempre siguiendo a su corazón siéndole fiel a este sin importar las repercusiones que esto podía tener. Se había asomado por la ventanilla en la puerta del cuarto de Terry y al verlo tan abatido, no lo había pensado dos veces antes de tomar la llave y abrir el cerrojo. Ese había sido un día caluroso de primavera y le llevaba una hermosa y fragante rosa. Había querido compartir un poco de la belleza del paisaje con él ya que bien sabía lo que le gustaba interactuar con la naturaleza.
Era su día libre, y aunque ella nunca quería tomarse esos días, era obligada por el Dr. Martín y Eleonor a que lo hiciera "para reponer fuerzas" le decían. Ella lo único que quería era estar cerca de Terry, ayudarlo a restablecerse, así que entró, no portaba su uniforme blanco. Llevaba puesto un vaporoso vestido color durazno que hacía juego con el tono de sus mejillas. Se sentó junto a él en el piso y extendió su mano para entregarle la rosa que le llevaba como obsequio.
La espesa mata de cabello castaño que ya le llegaba a la nuca, le cubría parte de la frente y tenía la mirada clavada en un punto fijo del piso. Terry parecía no hacerle caso. pero ella estaba decidida a romper con esa muralla que él había levantado de nueva cuenta entre ellos. Ya había logrado hacerlo antes y nada la haría desistir esta vez. Candy levantó su mano y en un tierno gesto retiró alguno de los mechones detrás de su oreja, rozando la piel de su rostro con la punta de sus dedos. Al acomodar el segundo mechón tocó la delicada piel de su cuello a la altura de su áspera mandíbula cubierta de incipiente barba.
"¿Acaso sabrá lo inadecuado de su presencia en este momento? ¿De sus caricias?" En un movimiento rápido, la tomó por la muñeca.
– ¿Qué pretendes? –La mirada y el tono que utilizó fueron tan fríos, que desconcertaron a la joven quien se levantó ágilmente quedando en medio de la habitación para poner algo de distancia entre ellos.
–Solo quiero ayudarte, quiero hacerte sentir mejor–
La comisura de sus labios se curvó ligeramente hacia arriba, se puso de pie y caminó hacia ella lentamente como un elegante tigre de bengala acechando a su presa al momento que se quitaba su camiseta desnudando su torso mostrando sus heridas. Se le acercó, mucho... hasta invadir su espacio personal. Dio una vuelta alrededor de ella observándola, más bien comiéndosela con los ojos. Candy sintió como él se posicionaba detrás de ella, el calor de su pecho, aunado a su masculino aroma la hacía perder la razón. Él inclinó la cabeza para hundir su nariz en los rizos rubios, tan cerca como para tocarla pero sin hacerlo aún.
–He deseado hacer esto desde siempre– dijo Terry susurrándole al oído apenas rozando con los labios su lóbulo derecho. Ella se sintió desfallecer ante la calidez de su aliento, ante la potencia y el tono grave de su voz que le provocó un cosquilleo en lo más profundo de su ser, mientras un escalofrío recorrió todo su cuerpo erizándole la piel. Terry sonrió de media luna al percibir el efecto que provoco en Candy.
Colocándose frente a ella le acarició con el dorso de sus dedos su mejilla, bajó lentamente por su barbilla y deslizó su dedo índice suavemente desde el hueco de su cuello pasando sugerente entre sus pechos para reposar en su vientre un momento como transmitiéndole el fuego de su piel.
"No puedo mentirle a mi corazón. Da igual todo más allá del bien y del mal." Pensaba la rubia cuya respiración acelerada le hacía inhalar el aire cargado de feromonas derritiéndola. Su centro se tornó líquido al recordar las caricias intercambiadas en el pícnic nocturno. La rosa roja cayó al suelo.
– ¿De verdad quieres hacerme sentir mejor, Pecosa?– Era la primera vez desde que estaban ahí que la llamaba por ese nombre y se llenó de alegría.
El castaño continúo su tortuoso camino por debajo de su vestido para volver a subir lentamente aún sin hacer contacto con la femenina piel. La anticipación la estaba matando. Sin dejar de verla acarició finalmente su muslo interno y después la tocó entre sus piernas, sobre su ropa interior, percibiendo su calor con los dedos y comprobando así su humedad. Su gesto asusto y excitó a Candy al mismo tiempo haciéndola jadear.
Terry se llevó los dedos hacia su nariz y aspiró con fuerza apretando los párpados y dejando escapar un rugido gutural como si algo o alguien se despabilara desde dentro de él. Cuando volvió a abrir los ojos estaban desquiciados por el deseo de reclamarla a ella completamente. Cuánto la deseaba, desde el colegio, desde el barco, desde siempre.
De repente la empujo contra la pared y repego su cuerpo estrujándolo contra el de ella. Candy pudo sentir la rigidez de él abultada en su entrepierna y abrió mucho sus ojos esmeralda, en un intento por asimilar lo que realmente estaba pasando. Cualquier rastro de cordura la abandono en cuanto él reclamo sus labios impetuosamente. Ella se le entrego de la única forma en que sabía hacerlo, de manera total y absoluta.
–Si es esto lo que necesitas amor, tómame– le dijo con toda la calidez de su corazón, no había duda en sus espejos del alma.
Terry besaba su cuello saboreándolo glotonamente con su lengua, pero no podía evitar dejar de pensar en los sacrificios de las doncellas vírgenes que se lanzaban a las fauces de un volcán embravecido en un intento por acallar su furia. Él quería seguir, enterrarse dulcemente en sus entrañas y que ella sintiera aquella punzada deliciosamente dolorosa atravesarla. Libraba una batalla interna entre seguir su delirio, rendirse a sus deseos y detenerse, de verdad, siempre se imaginó estar con ella pero no de esa forma, tan básica, tan animal. Amor ¿Era eso lo que él estaba haciendo? ¿Amor? La duda gritaba desde cada uno de sus poros, desde cada fibra de su ser resonando más allá de su cuerpo físico.
– ¡ARGH! – Era la bestia de nuevo tomando el control, reclamándola exigiendo ese sacrificio, Él era pues el volcán y temió por la seguridad de Candy y la corrupción total de su propia alma. De pronto encontró fuerzas no supo de donde y se separó de ella lleno de pesar.
–Así no Candy, Así no– le dijo separándose de ella.
– ¡VETE! – Le gritó Terry encolerizado –Vete de aquí– sus ojos azul verde una tormenta que parecía ir en aumento de intensidad – ¡SAL DE AQUÍ TE DIGO! – Y de alguna forma se interrumpió la tormenta un instante como para permitirle a su amor asomarse y rogarle –Huye, por favor– lo último no era un grito ni exigencia, era una súplica proveniente desde lo más profundo de su alma. Candy temblorosa y desconcertada ante tal reacción, salió de ahí apresuradamente, pisando sin querer la rosa que yacía tirada sobre la duela, dejándolo solo para enfrentar a su enemigo. Sentía sus lágrimas calientes recorrer sus mejillas.
La puerta se azotó y Terry estrelló sus puños contra la pared.
"Candy, Candy estaba dispuesto a jurarle a la bestia que si te traía de regreso le daría hasta mi alma si me dejara estar ante tu presencia, tenerte entre mis brazos y percibir tu aroma ¡Una vez más! Así pues ya vez la ironía, me ha llegado la hora de pagar."
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–Pero Dr. Martin ¿Por qué no puedo pasar? Necesito hablar con Terry–
–Lo siento Candy eres una excelente enfermera, pero me temo que en esta ocasión estas demasiado cercana a tu paciente. –
–Y ¿A caso no lo estaba con Albert? ¿Con usted doctor? –
– Tú sabes que es muy diferente la relación que tienes con Albert y conmigo, a la que tienes con el joven Grandchester. –
–Pues no pienso moverme de aquí hasta no haber hablado con Terry. –
–Ha sido él quien explícitamente me lo ha pedido. Tuvo una crisis, no diría que es un retroceso aunque cualquiera que no lo ha experimentado diría que sí. La realidad es, que es la primera vez que lo veo completamente arrepentido y en total consciencia de lo que hace aquí. –
–Pero yo.. ¿Él lo pidió? – La de rizos dorados atrapó su labio inferior entre sus dientes para detener el temblor que amenazaba con desencadenar su llanto.
–Enfermera White Andrey ante todo es usted una profesional y seguirá las indicaciones– la chica respiró profundo. Se había olvidado que ante todo está la salud de los pacientes llámese familia o el amor de tu vida. –Candy, si en verdad quieres ayudarlo a mejorar debes respetar su decisión. – Había concluido el doctor a manera más personal.
–Sí doctor–
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El doctor Martín le aconsejaba que saliera de su auto encierro, le decía que podía pasear, que el contacto con la naturaleza le ayudaría, pero Terry se había resistido a hacerlo. Después de esa ocasión en que estuvo a poco de quitarle a Candy su virtud, ya no quiso verla más. De eso había pasado ya tres semanas. La tentación era demasiado para él. No confiaba en poder volverse a detener de ser necesario y debía confesar que una parte de él no se arrepentía de lo que había sucedido. Dos cosas habían quedado claras, la primera, sabía perfectamente que tipo de chica era su pecas y si en verdad había estado dispuesta a entregarse a él en la intimidad era porque realmente lo amaba.
La segunda, que él había sido un mal nacido hijo de puta que la había tratado injustamente pensado lo peor de ella, cuando en realidad en lo único que había tenido razón todo ese tiempo era en pensar que él no la merecía. Candy realmente lo amaba a él sin lugar a dudas a él y no a Albert. ¡Había cometido un error garrafal! Su madre se lo había confirmado pensando que el motivo de no querer ver más a Candy era que le seguía reprochando que tuviera una relación con Albert. Esa confesión le había hecho hervir la sangre, pero más que nada había servido para confirmarle lo que ya sabía su Tarzán con Pecas nunca había dejado de amarlo. Su estupidez había sido monumental e imperdonable.
"Candy, jamás hubiera querido que me vieras así"
No la veía, pero sabía que ella se había rehusado a irse de ahí. Aunque no quisiera saber exactamente el tiempo transcurrido las flores se lo recordaban. Todos los días le hacían llegar una rosa roja y por las noches si se acercaba por la pequeña ventana en lo alto de su habitación el viento nocturno le llevaba su esencia delatando su presencia sin falta, excepto esa noche. No la percibía, tal vez al fin se había dado por vencida.
De repente escuchó el ruido del cerrojo en la puerta y el aroma que tanto añoraba se hizo presente.
Candy estaba ahí frente a él, con su ensortijado cabello revuelto por el viento, se veía más delgada que la última vez que se vieron. Había círculos oscuros bajo sus ojos, pero sus esmeraldas encendidas ardían con determinación y algo más. Estaba a punto de decirle que se fuera reconociendo el incontrolable impulso por estrecharla entre sus brazos, pero ella fue más rápida.
–Óyeme bien Terruce Grandchester. No me importa lo que pienses de mí, o si esto es un castigo más que estúpidamente piensas merecer. No voy a seguir soportando la agonía de no estar contigo. – Terry se quedó de una pieza ante sus palabras, pero aún más ante sus actos. Candy tomó el dobladillo de su vestido y lo elevó sobre su cabeza tirándolo al suelo quedando tan solo en paños menores.
La rubia caminó con paso decidido hacia él y al tenerlo frente lo tomó de las solapas de su pijama y lo jaló hacia ella partiendo sus labios con su lengua, penetrando su boca ávidamente inyectándole vida, esperanza y amor, provocando que los dos alcanzaran la gloria en esa sublime caricia de sus lenguas.
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Hasta aquí por lo pronto. Ya vamos en la recta final de este relato aunque no se me confíen faltan algunas situaciones por resolver. Espero seguir contando con su sus comentarios, sus votos y sus recomendaciones.
Infinitas gracias por estar.
¡Nos seguimos leyendo!
Elby8a ;-)
