Ch. 24 Healing
ADVERTENCIA: Capítulo con alto contenido sexual y lenguaje descriptivo si no te agrada pasa de largo. Si te gusta el lemon te espera una deliciosa limonada ojala ne regales un comentario.;-)
Cación "One Last Breath" interpretada por Creed.
Ese beso, la osadía de su pecosa eso era lo que él necesitaba. Ella estaba ahí por él, determinada, con ese espíritu indomable que la caracterizaba.
Detuvo el beso.
–Candy, no puedo hacerte esto– tomándola por los hombros la separó de él.
– ¿No puedes qué Terry, demostrarme que me amas? – se sintió dolida, pero estaba ahí con un propósito y no desistiría.
–Yo había jurado protegerte de quienes se atrevieran a hacerte infeliz así que debo protegerte de mí. No quiero arrastrarte. No quiero que mi oscuridad te absorba o controlo a mi demonio o nos arrastrará a ambos. – La angustia de su lucha interna se reflejaba en su atormentada mirada.
–No necesito que nadie me proteja, solo necesito que tú me ames, y si crees que es en el infierno donde debes estar, ahí estaré contigo – Candy sabía reconocer la luz de Terry dentro de esa maraña de confusión que había en él y estaba determinada a qué él viera su brillo interno.
– No, jamás digas eso pecosa, tú eres un ángel–
–No lo soy Terry, sabes, yo también he querido quitarme la vida, cuando nos separamos en N.Y. hubo un momento en que.. – la chica tragó en seco, se lo tenía que decir para que supiera que lo entendía– Quise aventarme del tren, más bien soltarme.. dejarme ir. – Terry abrió mucho sus ojos incrédulo de lo que su pecosa le confesaba. La abrazó la apretó contra su pecho. Jamás podría haber imaginado que ella se dolía tanto por su separación, no a ese grado o jamás la hubiera dejado ir.
– No me vuelvas a decir eso, no podría existir en un mundo donde tú no estuvieras. – un estremecimiento recorrió su espalda de solo imaginarlo. La rubia se separó de él y lo tomó de las manos.
–Terry, es verdad, no lo hice, pero tampoco me detuve. Tan solo me quedé ahí entre los vagones del tren rogando que la tormenta helada desvaneciera mi dolor o me arrastrara con ella. No queriendo tomar la responsabilidad de lo que sucediera conmigo– El agachó la mirada, su pecosa, a punto de quitarse la vida por esa estupidez sin sentido que significó el episodio con Susanna. La mente se le nubló, se alejó de ella pasando sus manos por su larga cabellera. Empezó a respirar aceleradamente, recargó sus manos contra la pared inclinándose en esta, empujándola sintiendo la textura rugosa bajo las yemas de sus dedos, tratando de contener la ira que lo invadió. Elevó su puño con toda la intención de estrellarlo contra la pared, pero una pequeña mano se posó en su brazo, deteniéndolo.
– ¡No, Terry, así no, no más, contra ti, no más, para ya por favor!– las lágrimas humedecieron su rostro. –Te he contado este oscuro pasaje porque todos en algún momento nos hemos sentido de esta forma. Es lo que nos hace seres humanos, el sentir con cada fibra de nuestro ser cada una de las emociones. La diferencia está en reconocerlas y en la forma que actuaremos después. No soy perfecta, nadie lo es y no se supone que lo seamos – Terry se derrumbó cubriéndose el rostro perdiéndose dentro de sí mismo. Candy se arrodilló junto a él. No permitiría que se volviera a hundir en ese oscuro pozo que parecía no tener fondo.
Parecía que su taquicardia amenazaba con regresar, el dolor que siempre había sentido en su pecho en sus terrores nocturnos la había atacado con mayor fuerza todas las noches desde lo que aconteció en el teatro. Ahora sabía que ese dolor tenía nombre y apellido era la insoportable "Ausencia de Terruce Grandchester".
Le tocó las manos, estaban heladas, las retiró de su cara estrechándolas entre las suyas, recorrió sus brazos para darle calor. Llegó a su rostro y le acarició la mejilla para hacerlo regresar de donde quiera que se hubiese ido.
–Terry, estas aquí conmigo, juntos saldremos de esto. Ven aquí, te necesito. Prefiero un momento entre tus brazos a una eternidad en el pedestal en el que pretendes ponerme. Tú eres perfecto en tu imperfección y así te amo. Quiero entregarme a ti en cuerpo y alma, ¡Ven, hazme el amor! –
–El inglés levantó la mirada ante sus palabras, reaccionando del letargo en el que había caído. Sin decir nada, elevó sus manos dirigiéndolas hacia el pecoso rostro sosteniéndolo entre ellas muy delicadamente, como si fuera lo más bello y frágil que tocara jamás. Candy estuvo a punto de romper el silencio con un reclamo para rebatir la renuencia de Terry a continuar con lo que se había propuesto para ese instante, pero lo vio observarla buscando algo en sus ojos.
Los apagados zafiros preguntaban si lo creía digno de ese regalo que ella había llegado ahí para ofrecerle, y en ese momento ella le transmitió toda la fuerza de su amor proyectada en ellos. Fue testigo de como una chispa incendiaba las vetas verdes de los cobaltos frente a ella haciéndolos refulgir con sus destellos.
Terry se vio a través de los ojos de Candy. Vio esa voluntad inquebrantable que lo había caracterizado toda su vida. Esa fortaleza para defender su camino, el derecho ganado a pulso de ser él mismo. Se reconoció en las esmeraldas de su Pecosa. Vio el amor, la pasión que creía haber perdido, esa certeza que le gritaban sin lugar a dudas una verdad absoluta.
"Creo en ti".
Se sintió vivo, como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Un rayo de luz que emanaba de las esmeraldas entró en él entibiando su corazón desvaneciendo su pesadez.
–Candy te amo–
Le dijo y la inicial incertidumbre de la que había sido presa la rubia pecosa, fue acallada por completo.
–Lo sé y yo también te amo a ti mi mocoso engreído–
Las lágrimas se derramaban por sus ojos al reconocer la esencia que de nueva cuenta brillaba en los traviesos cobaltos que tanto amaba.
Terry la besó primero en sus mejillas, en sus danzarinas pecas y después un dulce roce de labios que les reconfortó el alma a ambos.
Se puso de pie y caminó hasta el vestido, tomó las llaves de su bolsillo y echó cerrojo por dentro, después se quitó la camisa del pijama y lo colgó para cubrir la ventanilla. Le dirigió a su amada una sonrisa de esas que derriten todo a su paso.
Ella le regresó la sonrisa y entonces haciéndole un ademán con su dedo índice le indicó que se acercara.
–Ya me he quitado el vestido, así que ahora ven aquí y dame mi regalo de cumpleaños–
– ¿Qué voy a hacer contigo mí atrevida Tarzan Pecosa?–
–Terminar lo que empezaste en nuestro picnic nocturno– los ojos de su pecosa recorrieron ávidamente su torso desnudo, reflejaban deseo puro que se le acumuló en su entrepierna haciendo su excitación más que evidente para su rubia compañera.
La tomó entre sus brazos estrechándola fuertemente contra la piel de su pecho queriéndola fundir en él. Después, unió sus labios a los de ella, masajeando su lengua y deleitándose en la manera impetuosa en la que ella le correspondía. La muerte podía llegarle lenta y dolorosa si es que ese era el pago por la gloria de sus besos.
Lo tomó de la mano y lo guió hasta la cama individual y se sentó en ella, Terry se posicionó de pie a sus espaldas. En un suave ademán le retiró la rizada cascada hacia un lado, desnudando su hombro apenas cubierto por el tirante de su enagua. Ahí estaba esa constelación de pecas que desde siempre había querido recorrer.
Aspiró el delicado aroma floral de su cuello llenándolo de deseo, la caricia provocada por su nariz envió choques eléctricos por el cuerpo de Candy erizandole la piel. Se deleitó cubriéndole de besos desde donde nacía su cabello hasta los hombros, sintiendo como ella se deshacía con el solo roce de sus labios y lengua deslizarse por su piel expuesta.
Desde su posición casi abrazándola, le soltó los tres ganchos superiores de su corsé que en esta ocasión estaban por enfrente liberando un poco los pechos. Acarició la piel recién expuesta con sus dedos Candy se estremeció cada toque era fuego al tacto y
Terry aprovechó para introducir su mano y liberar el seno derecho revelando un hermoso y tímido pezón color caramelo que moría por degustar. Se sentó detrás de ella acomodándola entre sus piernas.
"¡Oh-por-dios! ¿Cuándo se quitó el pantalón?"
Fueron los pensamientos de una más que sorprendida Candy al ser consciente de la contundente erección presionarse contra ella, podía sentirlo aun a través de sus bragas. Él la envolvió jalándola, atrayéndola aún más hacia su cuerpo, pasó sus manos por debajo de los brazos, terminó de desabrochar los ganchos restantes del corsé y se despegó un poco de ella, apenas lo suficiente para jalar la desquiciante prenda y aventarla lejos. Su altura le permitía una vista privilegiada de la incitante y curvilínea anatomía de su amada. Cerró su abrazo alrededor del femenino torso pegándola contra la piel de su pecho, transmitiéndole su calor. Candy podía escuchar los latidos del corazón de su rebelde retumbarle en el oído y tenía la impresión que también él era capaz de percibir el contundente golpeteo del suyo.
– Eres hermosa– le dijo muy bajito, en un tono que le provocó a la joven contener la respiración, después sintió la humedad de su lengua probar su oreja mientras sentía que algo duro se clavaba cada vez más entre sus nalgas, sobre la única prenda que vestía.
Una gota de sudor corrió por entre los senos de la rubia y Terry siguió el húmedo camino primero con su índice para después aprisionar ambos montes con sus manos acunándolos por completo excepto por los pezones, masajeado, palpando desde abajo hacia arriba, pero seguía ignorando la erectas cúspides. Las femeninas caderas empezaban a moverse hacia atrás y hacia adelante tratando de encontrar cierto desahogo al restregarse contra el creciente falo tras de ella, el cual ya había humedecido un poco su prenda íntima con su líquido pre seminal.
El inglés se seguía deleitando con el pecoso cuello y los exquisitos movimientos de caderas sobre su miembro, cuando de repente liberó el seno derecho y muy lentamente, arrastró la palma por el abdomen, pasando por el ombligo hasta introducirse bajo la tela y topar con el pubis. Candy ya tenía las piernas abiertas de par en par ante las expertas caricias de las que estaba siendo presa. Una creciente ansiedad se apoderaba de ella, se había estado acumulando en lugares estratégicos que habían sido monumentalmente ignorados con ese propósito.
Por su parte Terry tocaba a su pecosa despertando sus terminales nerviosas, tan solo lo suficiente para darle placer y crearle expectativa. Las respuestas de su cuerpo el cual leía con su tacto lo estaban volviendo loco. Ella era su más grande tesoro y como tal la cuidaría y la haría gozar del hecho de convertirse en mujer entre sus brazos. Era lo menos que se merecía por su valentía, por demostrarle que lo amaba a pesar de su estupidez. Ella lo amaba así con todos sus defectos, con todas sus caídas. Lo sabía, su corazón se henchía de felicidad al sentir la esperanza nacer de nuevo en su pecho.
Quería demostrarle con sus caricias cuanto la había amado desde siempre. Darle a saber lo afortunado que se sentía de tener el privilegio de estar con ella.
Trazó con sus dedos el contorno de los labios de la vulva que ya se encontraban expectantes, abiertos, introdujo su dedo en su interior humedeciéndolo lo sacó para lubricar al rededor. Finalmente acarició el clítoris al tiempo que su otra mano apretaba el bien trabajado pezón entre su índice y pulgar izquierdo. Candy se convulsionó ante su toque mientras Terry apretaba los dientes conteniendo la excitación que el grito lanzado por el orgasmo de su pecosa le había provocado. La abrazaba sosteniéndola mientras su cuerpo se rendía al placer.
Le acarició el vientre para calmar los espasmos y al sentirla más relajada se levantó de la cama con ella en brazos.
La rubia apenas fue consciente de la ternura con la que era acomodada en el lecho. Poco le importó que Terry la despojara de su última línea de defensa.
Las bragas estaban empapadas cuando las removió. Al fin expuesta completamente desnuda, al igual que él.
– Eres una diosa, otro día beberé de tu manantial–
La amenazó mientras le daba primero un ardiente beso en los labios y después uno tierno en la frente. Candy lo había visto sin camisa, pero hasta ahora lo miraba bien. Sintió un pinchazo de dolor al ver las costras en sus heridas que seguramente dejarían cicatrices, pero esa sensación fue reemplazada rápidamente por el renovado deseo que la invadió al admirar el firme y bien torneado trasero que era el gran final de su amplia espalda de trapecio invertido. De nueva cuenta perdió su línea de pensamiento al verlo parado frente a ella, al pie de la cama mostrando toda su gloriosa masculinidad. Se quedó sin habla mientras una "O" se formaba en sus labios.
Cierto era que se veía un poco más delgado de lo que debía estar, pero se notaba que era el cuerpo bien trabajado de años. Los fuertes brazos que la habían apretado contra ese pecho en el que se sentía como en casa y el abdomen definido que culminaba en el camino de vellos que enmarcaban eso que había sentido chocar contra sus nalgas, eso mismo que estaría dentro de ella. Terry, "SU" Terry era definitivamente un superdotado dios griego. La hizo recordar aquella experiencia líquida tan intensa.
– Es mejor que en mis sueños– dijo pensando en voz alta.
– ¿Así que has soñado conmigo? ¿Con estar así? –
Candy se ruborizó mortificada. Él le sonrió travieso y complacido.
– Pecosa, modestia aparte, te informo que aún falta lo mejor– Le dijo con su tono más seductor y mirada vanidosa mientras se subía a horcajadas en la cama sin perder el contacto con sus ojos. Se hincó ante ella y en un rápido movimiento la cargó por las caderas sentándola sobre su regazo pero sin introducirse en ella. Las piernas de Candy le rodeaban la cintura y él hundió su cara entre los pechos saboreándolos por primera vez. Eran tan dulces como los había imaginado, pero tenían un delicado picor salado que desde ya lo hacían sentirse embriagado.
– ¡Oh Candy mi bella pecosa eres deliciosa!–
Decía mientras chupaba, y sorbía sus aureolas, sus pezones. Cada caricia que Terry le propinaba a sus endurecidos botones le enviaba oleadas de placer directamente al punto que había acariciado en medio de su centro. Sus piernas apretaban la cintura del bello inglés quien la sostenía por la espalda. Las femeninas caderas se movían buscando fricción obligándola a echarse hacia atrás. Él se fue inclinando sobre ella sin despegar sus labios de los pezones succionándolos, maravillándose ante lo receptivos que eran. Terminaron ella recostada por completo en la cama y el cerniéndose besando las pecas de su abdomen introdujo su lengua de fuego en el ombligo. Su sabor, su aroma era intoxicante.
–Sé que te dije que sería en otra ocasión, pero no puedo resistirme pecosa. Yo también he soñado contigo en múltiples ocasiones. Me he desahogado pensándote así incontables veces. He soñado que hacemos esto, debo probarte completa– Acto seguido le besó el muslo interior, recorriéndole la ingle con sus labios, con sus dientes. Su lengua probó el límite entre donde se unía la pierna a su centro femenino. Probó sus labios internos y después acarició su perla de placer saboreándola.
El elixir que emanaba de su pecosa era irresistible, adictivo, era un delicioso manantial que saciaba la sed de su garganta, de su alma.
– ¡Terry, ah! –
Poco le importaba lo que le hacía, la placentera degustación que él hacía de su cuerpo la estaba llevando al precipicio, se había rendido a su voluntad. Él sintió el temblor que anunciaba un nuevo orgasmo incrementarse rápidamente, pero esta ocasión no le permitió desahogarse. Quería seguir bebiendo de ella, pero el miembro entre sus piernas quería explotar. Se incorporó y se acomodó entre sus piernas. Se inclinó hacia su acalorada pecosa y con su infinito amor reflejándose en sus cobaltos le habló tiernamente.
–Amor no hay manera fácil de hacer esto, te prometo que cuidaré de ti. Dime por favor si es demasiado–
Terry sabía lo abrumador que podía ser su inusual tamaño. Regó cariñosos besos en su sien mientras introducía la cabeza de su miembro que llenaba la entrada de su más que ansiosa compañera. El joven cerró sus ojos deleitándose en las sensaciones que le provocaban el poder al fin tocar con su virilidad el húmedo centro. Respiró profundamente, tenía que controlarse para soportar lo que estaba por venir.
Se inclinó y en una certera embestida entró en ella arrancándole con su virginidad un grito.
–Amor, mi pecosa, perdón ¿Estás bien? – sus cobaltos llenos de preocupación, apoyándose en sus brazos, le retiró unos rizos de la frente con sus dedos para verla a los ojos, debía asegurarse.
–Sí, Terry– le dijo recobrando el aliento –Yo quiero esto, te amo– le reiteró con una sonrisa, tomándolo de la nuca para jalarlo hacia ella.
–Y yo a ti – Contestó con un beso que ahogaba un gemido al tiempo que se introdujo un poco más dentro de ella. Para su sorpresa Candy en vez de quejarse elevó su cadera para atrapar más de él. Era como en ese sueño tan vívido, ella se estaba amoldando a él. Lo acogía ávidamente haciéndole saber con ese gesto que lo había añorado tanto como él a ella.
Ahora el rugido salió gutural de la masculina garganta. Candy se excitó aún más con esa muestra innegable del placer que ella provocaba en su rebelde. En un acto de valentía lo abrazó con sus piernas apretándolo contra ella obligándolo a hundirse todo en ella soltando un profundo jadeo gozoso.
Candy se sintió plena, completamente llena de él, tenía la necesidad de abrazar esa parte que era la prueba máxima de su masculinidad, con su parte tan íntima de mujer.
Terry casi pierde la cordura ante la osadía de su amada.
– Amor, Amor, Amor –
Repetía con reverencia e incredulidad, el estar completamente dentro de ella, compartiendo por primera vez el mismo espacio, era...
Sublime.
De repente se detuvo sobrecogido, otra vez esa lucha renuente de no creerse digno de esa entrega, pero al mismo tiempo la vehemencia de los actos de su Pecosa lo hacían llenarse de amor y desesperación, apretó los dientes y se volteó ocultando su rostro con su propio hombro. No podía creer su suerte, ella, su valiente dama rebelde se acoplaba perfectamente a él.
Jamás había experimentado algo así, no solo era la unión física que estaba aconteciendo en ese instante, también era que siempre había deseado más, un intercambio más profundo, había añorado toda su vida el sentirse tan cerca de otro ser humano, todo lo cerca de lo que era posible.
El miedo, el arrepentimiento de sus pasadas estupideces, de su comportamiento tan demente le dolía, la amaba, y le dolía haberla lastimado. Sentía que no podía respirar, tal vez debería dejarla, él le hacía daño. La tibieza de las pequeñas manos recorriendo sus mejillas de textura rasposa, los pulgares trazándole los trémulos labios lo hicieron regresar de nueva cuenta a su "aquí y ahora" y sintió su quijada temblar mientras su respiración se entrecortaba. Temía abrir sus ojos, lo menos que quería en esos momentos era ver lástima en las esmeraldas que tanto amaba.
– Ven, Terry, regresa a mí – Un océano de lágrimas se desbordaba de la tormenta del mar índigo humedeciendo sus dedos, cayendo libremente sobre sus pechos. Finalmente abrió los atribulados cobaltos que se topaban con las cristalinas lagunas que le profesaban amor absoluto.
– ¡Oh Candy, mi valiente dama intrépida! Ámame, necesito que me ames, ámame como si no hubiera un mañana – lo pedía, lo exigía, era lo que su alma gritaba y al fin expresaba.
– Terry, eres mi vida, Así te amo y te amaré por siempre aún a pesar de ti y de mí–
canción "Give Me Love" Interpretada por Ed Sheeran.
Su corazón hablaba por ella, así era desde que sus vidas se habían cruzado, sus destinos estaban entrelazados ahora y siempre. Solo con él se podía mostrar vulnerable, tal cual era. Sin sonrisas fingidas, sin pretensiones, con lágrimas o con sonrisas él la amaba. ¿A cuánto había renunciado ese hermoso hombre por ella? ¿Por salvaguardar su reputación? Ese petulante aristócrata engreído había renunciado justo a eso, a su orgullo por ella. La había buscado, le había abierto su corazón y ella ahora decidía sin importar lo que sucediera después que se entregaría al hombre que sabía amaría por siempre.
Le creía, esas palabras y su mirada renovaron sus fuerzas. Se inclinó sobre sus antebrazos a los lados de la rubia cabellera y la besó primero a lo largo de la quijada, en el cuello. Se empezó a mover de nueva cuenta en su interior. La pasión se apoderó de él, los besos iban cargados de angustia de tanto tiempo de añorarla y no tenerla Con besos desesperados le tomó los labios, se la quería comer metiéndose por su boca para que le arrancara todo lo que sentía que lo ahogaba.
La embestía con el deseo que le quemaba el alma por estar dentro de ella, de darse por completo a ella, de entregarle algo que nunca le había entregado a nadie más, algo que solo era para ella, por propia convicción y para corresponderle lo que hacía por él. Sus movimientos más frenéticos, elevándolos en esa deliciosa sensación de la fiesta de la piel. Candy sentía la desesperación, la necesidad que igualaba a la de ella de entregarse mutuamente, de fundirse en uno. Sentía la energía fluir desde el centro de su ser recorriéndola por la espalda en un sinuoso movimiento ascendente, percibió un delicado hilo rosa que salía de su corazón para entrar en el de Terry alimentándolo mientras ella se nutría de la energía entre sus piernas cerrando el círculo.
– ¡Ah! Pecosa, Amor– Gritó al fin vaciándose poseído por una vorágine de amor y pasión hacia ella, al tiempo que sentía las uñas de su mujer clavársele en la espalda anunciándole que también era presa de su orgasmo.
88888888
Corría el mes de mayo, tantos planes que se habían preparado para esa primavera, planes que de nueva cuenta eran pospuestos porque la vida así lo requería. Habían decidido en silencioso acuerdo alejarse, por ellos, por sus hijos a los que habían dañado por las circunstancias. Albert sabía cada movimiento de la recuperación de Terry, no podía culparlo de la manera en la que había reaccionado. ¿Quién era él para juzgarlo si también fue presa de la desesperación cuando padeció de amnesia? Tenía una plática pendiente con él, como hombre cabal le debía una explicación, pero por lo pronto lo más prudente era dejar las cosas así y darle espacio para sanar.
Parte de su corazón había sido arrancado dejándole una herida que por más que quería no podía ignorar. El aroma de su bella dama se alojaba en él, en los recuerdos de su piel, en ese lunar que le recordaba los labios que le robaban el aliento. En la mujer que había tenido que recorrer el mundo entero para encontrarla sin saber que estaba más cerca de lo que en su loca mente habría imaginado. Solo se permitía pensar en ella por instantes. Había tanto por hacer. La tía Elroy había tenido que ser llevada a una casa de descanso sus nervios habían casi colapsado al enterarse que Archie se había dado de alta en el ejército.
Los Leagan recluidos y vigilados en Florida sobre todo después del escándalo de Elisa y los enredos de Neil con la mafia, ese era otro asunto que debía solucionar. La lista de pendientes crecía interminable. Al menos sabía que estando juntos Candy y Terry serían dos asuntos menos de los cuales preocuparse, ellos se sanarían mutuamente. No valía la pena por el momento distraerlos de esa misión.
Unos toquidos en la puerta de su despacho en la mansión de Chicago lo sacaron de sus pensamientos. Observó su reloj marcaba las 11:50 am, ya sabía de quien se trataba así que le dio el paso.
Una bella chica de azules ojos apesadumbrados entró en la habitación, se mordía los labios nerviosamente mientras en su mirada se dibujaba la silenciosa pregunta que había venido formulando todos los días desde casi un mes atrás, desde que se había enterado por Patty de lo sucedido.
–Lo siento Annie, aún no sabemos nada–
–Lo entiendo, ¿Señor Andrey me permite? –
–Por supuesto, ya te he dicho que no hace falta que me lo preguntes todos los días, aún si yo no estuviera siéntete con la libertad de venir y hacer lo que quieras. Aquí siempre serás bienvenida– La chica de apariencia frágil salió del despacho, la larga cabellera negro azulado volando tras de ella. Se dirigió al jardín donde lo viera por última vez. Llegó al lugar donde sus corazones conversaran por primera vez a través de sus labios conectados en ese único y revelador beso en el que sintió la entrega total de Archie para con ella. Se hincó y comenzó a rezar.
Albert la observaba por el ventanal. Volvió al reloj que ya marcaba las 12:00 pm la hora del Ángeluz conocido por los católicos como la hora en la que se anunció la encarnación de Cristo y que al rezarlo otorgaba indulto y absolución así como protección e incluso algunos atribuían poderes milagrosos. Después de eso se dirigía al piano y descargaba su apesadumbrado corazón en unas cuantas melodías antes de retirarse tan solo para regresar al día siguiente puntual.
Vaya si el destino era cruel, el amor fraternal había enviado a un hermano en busca del otro y el milagro había sucedido, se habían encontrado. Lo triste era que tan solo uno de ellos había regresado y en esos momentos luchaba por su vida mientras que del otro no se tenía noticia alguna. No deseaba más que las oraciones de la señoritas Britter y O'Brian dieran resultado y que más milagros ocurrieran para que los hermanos Cornwell se pudieran reunir de nuevo.
88888888
Candy se arremolinó pesadamente, se sentía muy cansada pero de una manera agradable, más que agradable deliciosa. Se sentía rodeada de una calidez que le llegaba hasta el corazón. Abrió los ojos y lo vio entrelazado a su cuerpo, era hermoso, una visión digna de ser pintada por algún artista del Renacimiento. Se sentía plena, adolorida en lugares que no sabía que podían dolerle, pero aun así lo de anoche había sido una locura que había valido la pena. Terry era todo y más de lo que había soñado. Su respiración acompasada le daba a saber que él aún dormía, así que volvió a cerrar sus ojos para perderse en sus recuerdos.
Bañados en lágrimas de alegría, de desahogo se habían abrazado al regresar de su orgasmo compartido.
Ella se había quedó profundamente dormida entre sus brazos, no supo cuanto tiempo. Estaba segura que él al contrario de ella había permanecido despierto, le parecía sentir que trazaba con sus dedos el contorno de su rostro, en especial su nariz, su nariz y sus pecas, pero no había sido hasta que sintió una exquisita presión en sus caderas y un cosquilleo en sus pezones, que había despertado en la oscuridad de la noche. Incesantes quejidos provenientes de ¿ella? Llenaban el silencio.
–Señorita Pecas, ¿Ya está usted despierta?, tengo algo para usted– dijo al tiempo que se posicionaba frente a ella y descendía arrastrando los labios por su piel.
Él descubrió que de ella provenía el único manantial del cual él podía finalmente saciar su sed. De sus labios, de sus pezones erectos, de su sexo, quería pues bebérsela completa. Como un náufrago en medio del mar rodeado de agua salada, el entendió, descubrió que aquél manantial que brotaba entre sus piernas era capaz de traerle paz a la sed de su alma. Toda la vida había tenido sed de ella, así que se la bebió, bebió haciéndola gemir gritando su nombre bajo el incesante arremetimiento de su lengua casi hasta el borde de la cordura.
Así era como él demostraba su amor, él que tanto había anhelado el contacto físico desde que tenía uso de razón. Cuanto había añorado un abrazo, un cariñoso roce que le acomodara tiernamente su rebelde cabellera, una palmada en la espalda.
Finalmente había encontrado a la persona con quien estaba destinado a conectar su alma y al mismo tiempo había encontrado una solución para saciar su sed.
–Pecosa, no me canso de tocarte, te voy a hacer sentir con mis caricias cuanto te necesito, te lo voy a transmitir con mi piel, con mi lengua con todo mi ser–
Esas palabras y la manera en la que las decía eran promesas que había cumplido cabalmente.
– ¡No, espera!–
Gritó con su profunda voz sacando a Candy de sus candentes recuerdos. Se incorporó para acariciar su húmeda frente. El rostro del castaño era de preocupación, tenía el ceño fruncido y sudaba profusamente.
– ¿Terry que pasa? Despierta amor, es un sueño– Abrió sus preciosos cobaltos atormentados, la abrazó fuertemente y le acariciaba su dorada cabellera como lo más preciado del mundo. Ella podía sentir los erráticos latidos de su corazón. Se quedaron así unos momentos, la respiración se fue ralentizando al igual que los latidos se fueron calmando. Al fin habló...
– ¡Candy, se sintió tan real!, soñé con Richard, mi padre–
88888888
Hasta aquí por lo pronto chicas, para mis compañeras Golosas pues ya ven un muy buen postre YUMMY! Espero se deleiten con él.
Bueno de los Cornwell ¿Qué les digo? Todavía falta por resolver algunos asuntos.
Y de ELAL (EleonorAlbert) también está por verse qué pasará con ellos.
¡Infinitas gracias por estar y continuar!
Nos seguimos leyendo
Elby8a ;-)
