Ch. 26
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El Legado Leagan
El dolor de cabeza le perforaba las sienes como si se tratara de millones de finas agujas incrustándose al mismo tiempo, se despertó en medio de cuatro paredes, aturdido, desorientado, estas no eran las cuatro paredes a las que se había acostumbrado por los últimos meses. No estaba ya en la clínica, el olor a alcohol proveniente de su camisa le dejaba eso en claro. Lo que para nada le quedaba claro era como es que había llegado hasta allí y que lugar era ese. Quiso llevar sus manos a su adolorida cabeza, pero las tenía atadas fuertemente tras su espalda. Cerró sus ojos haciendo un esfuerzo por concentrarse en lo que escuchaba, tratando de recordar lo que había ocurrido en las últimas horas o ¿días? La línea del tiempo era un concepto que por el momento le resultaba algo desdibujado.
*Flashback*
Una carta, Eleonor le había entregado una carta que Hathaway le había hecho llegar y que lo había cambiado todo.
¿Cómo era que no le había dicho nada? ese había sido el reclamo de su pecosa y a juzgar por todo lo que habían pasado por la falta de comunicación la entendía, pero también ella debía entender que él hizo una promesa,
– y que tal la promesa de vivir una vida junto a ella por dios, si serás estúpido – estaba cansado de poner como prioridad a todos menos a su felicidad. – ¡Maldición Cornwell espero que estés bien! –
18 de Marzo de 1918
Grandchester si estás leyendo esto, bueno, ya sabes. Te pido que entregues las cartas adjuntas una para mis padres otra para el tío William y la última para Annie. Supongo que te he dejado con la responsabilidad de explicar las cosas, mis motivos tras la decisión de enlistarme. Tal vez me sigas juzgando como tonto, pero no me arrepiento aquí en medio de la inmundicia del hombre he sido testigo de los más grandes actos de amor y empatía que te puedas imaginar. He decidido quedarme con eso. Los hombres ayudándose entre sí, incluso haciendo una pausa del fuego para compartir momentos de camaradería con el bando contrario. Ojalá las personas por las que se ocasionó esta matanza desistieran de sus egoísmos e intereses monetarios. Ojalá se dieran cuenta que la vida de cualquier hombre es mucho más importante que salvaguardar un trozo de tierra ensangrentada. Creo que ya estoy filosofando de más. Solo tengo un arrepentimiento en mi vida, no haberme permitido ser tu amigo antes, sabes nos habríamos ahorrado bastantes problemas y alguna que otra nariz rota.
El hubiera no existe, tan solo existe el aprender de los errores del pasado, o más bien verlo como parte de algo más grande, arrepentirse de las decisiones tomadas no tiene caso ya que siempre nos dejan una enseñanza.
Soy feliz, sé que mi hermano vivirá una vida larga y llena de amor con su Patty y no espero menos de ti y de Candy ¿Entendido? Recuerda que Anthony y yo estaremos vigilando que así sea. Cuiden de Annie por favor ahora sé que es una mujer fuerte, que no supe valorar antes, pero las penas son mucho más llevaderas cuando te permites tener amigos.
Prométeme que buscarás a mi tío William, que cualquier mal entendido que tengan lo arreglarán no vale la pena perder una amistad por estupideces. Será que desde acá cualquier situación anterior se ve tan pequeña.
Te deseo lo mejor al lado de Candy
Gracias tu amigo
Archivald Cornwell Andrey
Candy había llegado juguetona arrebatándole la carta de las manos justo el momento en el que acababa de leer la misiva que lo había dejado tan desconcertado. Gran sorpresa se había llevado la rubia al leer que el remitente era su primo Archie a quien ahora buscaban por cielo mar y tierra.
Después algo acerca de la confianza, algo más con respecto a informarle a Albert de la carta, era muy importante tenía que irse de inmediato, ya habría tiempo después para aclarar las cosas.
–Candy, ¿Ven a dónde vas?, maldita sea no permitiré que te vayas sola. – Tardó solo unos minutos en reaccionar, pero fueron suficientes para que la rubia tomara la delantera y él la perdiera de vista al subirse a un carro de alquiler. Un estruendo lo había regresado súbitamente de sus recuerdos a la humedad del cuartucho en el que se encontraba el cual le recordaba muy peculiarmente a cierta mazmorra del castillo ducal en el que había crecido en Inglaterra.
Escuchaba voces a lo lejos. Risas de hombres, se burlaban de alguien. Hasta que de repente escuchó una voz de mujer.
– Hola Terry, al fin solos– dijo cerrando la pesada puerta tras de sí.
–Elisa–Claro, había sido ingenuo de su parte el pensar que ella se quedaría de brazos cruzados. La pelirroja lo observaba ahí sentado en el piso aún con la mirada algo perdida, probablemente a causa del golpe en su cabeza, una masa protuberante se había formado arriba de la sien desde donde se desprendía un camino de tono marrón que llevaba algún tiempo ahí seco y que le bajaba por el costado derecho de su bello rostro. Elisa hizo una nota mental de hacerle pagar al estúpido que se había atrevido a mancillar su hermoso perfil.
–Así es, por supuesto que no me quedaría tan campante después de la humillación pública por la que me hiciste pasar. – Le dijo algo dolida aunque con cierto tono dulzón y condescendiente, como si estuviera hablando con un niño travieso.
–Pero para tu fortuna, estoy dispuesta a dejar eso en el pasado. No me veas así, claro que puedo dejarlo pasar, en especial si lo que tengo en mente es tan satisfactorio. – Terry la veía con incredulidad y sus alarmas empezaron a sonar desquiciadamente dentro de su cabeza, le retumbaban cual sirena de ambulancia junto con la voz chillona de la mujer frente a él. Quería ponerse de pie, pero no lograba hacerlo, le costaba trabajo hilar sus pensamientos, se sentía confundido.
–Verás tú y yo haremos un trato y antes de que protestes, déjame decirte que será un acuerdo al que no te podrás negar. – le dijo con la mirada fría al momento que le acariciaba los labios con su índice.
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–Siempre he querido que me veas, que me aceptes, tenerte a mi lado porque eres lo más sorprendente con lo que me he topado en este mundo, todo lo haces más brillante y yo quería ser parte de eso, de ese brillo que contagia. Quería, poder respirar en la calidez de tu presencia porque junto a ti soy mejor persona pero jamás me diste la oportunidad, has elegido y una vez más no es a mí a quien quieres a tu lado. – daba vueltas por la pequeña estancia vaciando al fin sus sentimientos.
–Cuando bailábamos te sentía tan mía, dando vueltas en la pista, se sentía correcto, veía nuestra vida juntos a eso pretendía aferrarme. Eres la florecilla que crece en el asfalto y termina convirtiéndose en girasol, enorme girasol bello y resplandeciente cuyas raíces rompen el suelo, transformándolo todo a su alrededor, logrando que todo y todos se amolden para darle su espacio, pero conmigo haces justo eso, romperme, desmoronarme, sacudirme los cimientos que creía tan fuertes para solo girarte y darme la espalda sin siquiera detenerte a reflexionar lo que en mí provocas. Me haces perder la perspectiva, me haces soñar con una vida rosa que jamás habría pensado que realmente me atrajera.
Me haces querer limpiar mis errores y desear ser mejor persona. Tu sonrisa es capaz de elevarme al cielo o de hundirme en el mismísimo infierno, pero un paso en falso contigo es imperdonable, resultaste peor que todas, juzgas y te crees perfecta decidiendo a diestra y siniestra los destinos de todos a tu alrededor.
Quien es digno o indigno de ti, de tu presencia, Anthony, Archie, incluso el tonto de Stear estoy seguro que sentía algo por ti, diablos si hasta… –se mordió la lengua casi hasta sangrarse, eso no, jamás le compartiría el estúpido sueño que había tenido de pequeños niños pelirrojos corriendo en la mansión Leagan- suspiró exhalando fuertemente mientras una sonrisa que reflejaba el monumento a la imbecilidad se postraba en su moreno rostro.
–Se me acabó el cuento de hadas, ya lo entendí no importa lo que suplique, lo que grite, quererme aferrar a esto es inútil, perdí el piso, el sol se apagó para mí, su luz iba muriendo cada vez que te alejabas, cada vez que en tu mirada veía reflejado el rostro de alguien más. – Una oscuridad se postraba en su rostro, se le asomaba por los ojos el veneno del ego que se apoderaba cada vez más de él.
No podía quitarle la mirada de encima. ¿Cuánto tiempo tenía que esa mujer había entrado en su vida revolviéndolo todo, sacándolo de sus cabales haciéndolo actuar de manera tal que hasta le costaba trabajo reconocerse a sí mismo? Qué más daba si todo había sido en vano, le había demostrado una y otra vez que no lo necesitaba, que de nueva cuenta no lo elegía a él.
"Has sido tú quien le ha hecho creer que tiene una elección ¿Desde cuándo te ha importado lo que ella piense o diga para salirte con la tuya?"
Le decía la voz de quien se había vuelto su mejor amigo, su gran consejero a quien debió haber escuchado desde un principio. Tenía razón, ¿Quién se creía ella para dejarlo botado a primera de cambios? Era una caprichosa mujer que le gustaba jugar con los hombres a su alrededor. Él había pretendido hacer de ella una verdadera dama, darle un apellido respetable pero resultó mucho más hábil. Desde hace años tenía ya su plan, solo su hermana la había sabido reconocer por la arribista que en realidad era. Solo ella le había frustrado sus planes con Grandchester, al fin y al cabo era el hijo del duque. Era hora de poner las cosas en el orden correcto según las clases sociales. Viéndola ahí con sus grandes ojos verdes retadores le provocaba tomarla, sentirla bajo su cuerpo, beber de sus pechos, ¿Cómo serían sus aureolas anchas o pequeñas? Esa mirada de reproche había regresado. Había trabajado mucho en convencerla de su arrepentimiento, tanto que hasta él mismo casi se lo cree.
– "Dime imbécil ¿De qué te sirvió portarte así, rogándole arrastrándote ante ella como el gusano que siempre te ha considerado? Más bien le reiteraste la opinión que ya tenía de ti al mostrar tu debilidad" –
– De nada me sirvió, a ella no le importó que tratara de ser bueno, nunca me dio una oportunidad, de todos fui el único que le hablo claro, la quiero, la quería para mi esposa y ella solo me humilló sin importarle lo que su rechazo me ocasionaba – pensaba con amargura.
–"Tú sabes quien sí le importa"–
Harto de la voz que lo azuzaba caminó hacia la rubia y la tomó de las mejillas con su mano atrayendo su cara hacia él con toda la intención de besarla.
– Si me lo merezco todo, ¿Cómo es que tú me desprecias? si soy Neil Leagan, todos quieren ser yo, o estar conmigo. – dijo soltándola con desprecio pero sin dejar de verla con lascivia.
¿Así te gustan los hombres, no? – su aliento etílico tan cerca de su boca la tenía al borde del colapso nervioso. De cualquier otra forma estaba segura que habría podido razonar con él, pero así, en ese estado, rodeado de hombres a los que percibía que él sentía que debía demostrarles algo le estaba resultando aún más difícil. La espeluznante escena vivida en aquella mansión vacía en la que se había hecho pasar por Terry para intentar algo más con ella venía a su mente una y otra vez.
Sabía que había un ser bondadoso dentro de esa oscuridad que percibía, ella lo había sentido sincero en su compañía en esas fiestas a las que había atendido por instrucción de la Tía abuela. Desde su captura dos días atrás ya había tratado de dialogar, incluso disculparse ante su falta de consideración a sus sentimientos en un intento por razonar con él y obtener su libertad. Cuando la veía con esas intenciones reflejadas en su cambiante mirada le crispaba la piel, en especial después de haberlo escuchado debatirse entre el amor y el odio que por ella sentía. Sabía que su seguridad pendía de un hilo. Leagan se relamió los labios recorriéndola con la mirada.
¡Agh! Qué asco, por favor Neil no hagas eso delante de mí. –
La recién llegada desfilaba haciendo despliegue del profundo desprecio que sentía por la enfermera sentada en el sillón individual en medio de la estancia de una casa abandonada. La espesa capa de polvo en los escasos muebles y piso le daban a saber que ese lugar tenía ya tiempo de estar solo.
Era el tercer día de cautiverio, ahí solos Candy Neil y los tres tipos que no dejaban de verla como un trozo de carne. Habían estado jugando naipes, bromeando entre ellos y bebiendo, Neil mucho más que los otros. La dinámica había sido la misma, despertarse deseando que todo fuera una pesadilla, ropa elegida especialmente para ella de pies a cabeza hasta el más íntimo detalle se encontraba dispuesta en el diván a un lado de la cama en alcoba que le había sido asignada. En esta ocasión se trataba de un vestido negro de tirantes al estilo flapper con un collar de perlas largo y liguero incluido con medias de hilo de seda. Había aceptado ponerse los provocativos atuendos únicamente después que Neil amenazara con desvestirla y vestirla él mismo si se seguía negando. La comida llegaba puntal tres veces al día, sabía que había al menos una persona encargada de la comida y la limpieza, pero jamás le había visto, ya que siempre eran los tipos con cara de matones los que le entregaban las charolas y aunque en un principio se había resuelto a no probar bocado, se repetía a sí misma que debía consumir los alimentos a manera de tener fuerzas para cuando se le presentara la oportunidad de escapar.
Sabía que algo, o a alguien esperaban. Se encontraba bajo suficiente estrés al ver numerosas maletas sabía que el plan no era quedarse ahí por mucho tiempo y ocupaba el poco tiempo que pasaba sola tratando de pensar en maneras de cómo salir de allí y ¿ahora esto, Elisa? En realidad no debería sorprenderle tanto, casi siempre que algo salía mal podía adjudicárselo a esos hermanos frente a ella.
– Mira Candy– En ese momento dos de los tipos que habían estado escuchando las incesantes retoricas de Neil llevaban a alguien a rastras y lo tiraron frente a ella.
¡Terry! –
Gritó con horror al darse cuenta que se trataba de su rebelde quien llevaba puesta la misma ropa con la que lo viera hace tres días por última vez. Estaba golpeado y se veía intoxicado. Ni siquiera había reaccionado al escucharla llamarlo, seguía tirado en el suelo con las manos atadas en la espalda y el cabello revuelto cubriéndole la mitad de la cara.
– Tengo un juguete nuevo– ¿y sabes qué? El me amará sin siquiera dudarlo, ¿sabes por qué? Por ti, porque sabe perfectamente que todo lo que me haga, cualquier desplante por pequeño que este sea me lo cobraré contigo infeliz huérfana. Aceptará el ducado y me convertirá en lo que siempre he querido, en parte de la realeza ¿No es así amor?- dirigiéndose a Terry quien intentaba incorporarse, pero sentía la cabeza muy pesada- acariciándole la mejilla, le tomó el rostro entre sus manos y lo besó mordiéndole el labio. El joven parpadeaba constantemente para aferrarse a algún rastro de conciencia.
–Aléjate de mí – dijo Terry con voz casi ininteligible reaccionando en ese momento y volteando la cara para intentar cubrirse de la depredadora boca.
La antes preocupada mirada de Candy se convirtió en una llamarada de furia al escuchar y ver como trataba Elisa a su mocoso engreído.
Déjalo en paz, ¿Qué le hicieron? – Demandaba saber mientras sus muñecas se arremolinaban tras de sí con desesperación para tratar de soltarse de sus ataduras. Habían tomado esa medida preventiva después de que en uno de sus primeros intentos por escapar le había roto una silla en la cabeza a uno de los maleantes dejándolo knockeado. Todavía se burlaban de él sus compañeros.
Eso no te importa, lo que yo haga con "mi hombre" de ahora en adelante no te concierne. Neil, a ver si controlas a tu mascota– Decía mientras se dirigía al sillón frente a Candy.
¿Qué tiene ese borracho de Broadway que no tenga yo? – se puso de pie viéndola con evidente molestia y tono de decepción. –Traté de hacer las cosas bien contigo. Hasta llegué a arrepentirme de la forma en que te traté de niños y tú ¿Me pagas así? Con desprecio cuando yo lo que quiero son tus caricias, además lo que yo te hice no es nada en comparación con lo que te hizo Grandchester. Ah pero ¿Has decidido entregarle tu corazón, a él? Te lo rompió, en mil pedazos, me consta. Yo lo vi cuando te trajeron de la estación de tren, desmayada, afiebrada, a punto de la neumonía. Sí ahí estuve, entré a tu habitación sin que nadie se diera cuenta. "hasta que entró la otra huérfana y me impidió besarte" – esto último lo recordó en su mente silenciosamente antes de continuar –y en tu delirio lo seguías llamando a él, a éste imbécil– hizo un ademán con su mano señalando la semiconsciente figura de su prometido.
Terry podría haberlo soportado todo, excepto el ver a Candy en esa situación, ¡Candy!, ella estaba allí, no lo había imaginado, estaba en peligro, ella lo necesitaba. Eso que Elisa le había forzado a beber con la ayuda del gorila ese, realmente le estaba afectando, no lograba articular palabra alguna. Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano tan solo para mantenerse despierto. Como pudo se recostó de lado tenía que verla, asegurarse que no le hicieran nada. No sabía cómo, pero ambos saldrían de ahí para poder vivir su vida juntos como siempre lo habían soñado. El destino, el universo mismo se los debía y estaba dispuesto a reclamar su derecho a su vida con su pecosa a su lado, eso no era negociable. –Tranquilo, guarda tu fuerza para cuando la necesites, no caigas en provocaciones– Esa voz, tan familiar, otra vez aconsejándole.
Elisa por su parte estaba atónita y sumamente molesta ante las declaraciones de amor que su hermano le profesaba a la maldita huérfana. Se abanicaba furiosamente tratando que el aire que le llegaba al rostro se llevara su fastidio que iba en aumento. De verdad le interesaba saber qué es lo que la mojigata sirvienta les había dado a todos los masculinos miembros de su familia para tenerlos tan embelesados. Un momento, había algo, se veía diferente. De repente su hastío fue sustituido súbitamente con la malicia de quien te atrapa en un secreto y está a punto de revelarlo. Se acercó a Candy escudriñándola con la mirada.
– ¿Aun ahora le vuelves a entregar tu corazón? ¿Cuáles pues han sido mis pecados? ¿Qué graves errores he cometido yo? Son juegos de niños comparados a los de él. ¿Por qué no puedes amarme a mí? Mientras que a él, a él se lo perdonas todo – Para él era inaudito el comportamiento de la rubia, no lograba entender el porqué de su proceder, se había expuesto ante ella, había perdido una fortuna por ella, en pro de su futuro juntos. Se había puesto en riesgo involucrándose con personas peligrosas pero eso la tenía sin cuidado. Ya tenía en mente la manera de cobrarse todas sus penas después que estuvieran en su nueva vida como marido y mujer.
– Mmmm… Neil hermano mío me temo que te llevarás una decepción, a "esta" se le nota a leguas que ha dejado de ser doncella – aseguró levantándole el rostro con la punta de su abanico para verla a los ojos.
¿En serio? ¿Acaso ya se lo has entregado todo a él? – Candy los veía desafiante a ambos confirmando así la falta que se le imputaba. No pediría perdón ni daría explicaciones del por qué había decido regalar su virtud al hombre que amaba.
"Ves te lo dije, ya bien sabías que era una cualquiera y tu queriéndola respetar hasta el último momento"
Ya está, esa era la gota que derramaba el vaso de agua que representaba las emociones y deseos hasta entonces apenas contenidos. –Pues tendré que comprobarlo– Neil se acercó a Terry con renovadas intenciones de desquitar su despecho, una sonrisa maliciosa se dibujaba en su rostro al tiempo que sentía que algo se había roto dentro de él, tal vez el último resquicio de cordura que le quedaba.
–Bebamos juntos pues, brindemos, te agradezco, no tendré que esperar hasta la noche de bodas para estar con mi mujer– le hizo señas a los tipos que habían empezado una nueva ronda de naipes y al momento tomaron a Terry por los brazos, incorporándolo. El moreno derramó los contenidos de su copa sobre la boca del ya tambaleante actor obligándolo a beber. El líquido chorreaba por las comisuras de los labios empapando la mojada camisa blanca que se pegaba al pecho del joven. Se encorvó hacia adelante tosiendo violentamente mientras arcadas de asco recorrían todo su cuerpo.
–Así que mis sospechas son ciertas, Todavía me rehusaba a creerlas pero está bien, al fin he abierto los ojos, y tú ramera te arrepentirás de haberme despreciado por tanto tiempo, me suplicarás que te haga mía –
Él se acercó a ella como la hiena que era rodeándola bebiéndosela con la mirada, Candy jamás se había sentido tan sucia, cuando él tocó su mejilla fue completamente invadida por una sensación de repulsión que le costó trabajo contener. La súplica apenas perceptible en los verdes ojos fue captada por quien era el dueño de su corazón logrando con eso hacerlo reaccionar de su letargo.
–Maldito infeliz te mataré, tócala y desaparecerás de la faz de la tierra. – Terry dijo eso con toda la intención de cumplir cabalmente con sus palabras, no era una amenaza, era una promesa.
– ¿En serio? Y dime como planeas hacerlo– En ese instante sacó una navaja del bolsillo y la acercó amenazante a la mejilla del apuesto actor.
– ¡No! Su cara no, es perfecta, no se la deformes, pero tal vez en otro lado donde no se le vea –dijo intercambiando miradas de complicidad con su gemelo.
¿Qué tal aquí? – dijo poniéndola en la yugular mostrando el filo al cortar superficialmente apenas una línea que sacó algunas gotas de sangre. Elisa rio, pero movió su índice negativamente.
¿Y aquí? – Bajó la navaja arrastrando la punta por el masculino pecho que subía y bajaba lentamente denotando una calma que probablemente estaba muy lejos de sentir en esos momentos. El contacto visual fluía ininterrumpidamente entre el moreno y el ojiazúl dejando muy en claro el repudio que se tenían. La cuchilla se dirigió hacia el costado izquierdo, cortando al sentido de las costillas, la sangre empezó a aparecer un poco a lo largo de la herida. Parecía que Neil tenía la sonrisa cínica tatuada y de igual manera el aristócrata le sostenía la mirada combativo, desafiante, altanero.
Leagan torció la cabeza en una peculiar manera burlona exagerando aún más la sonrisa de bufón endemoniado hundiendo la navaja en la herida, introduciendo la punta esperando escuchar un ahullido adolorido por parte de su víctima, pero este nunca llegó. La lesión que ahora sí sangraba considerablemente le había provocado sudoración al aristócrata y la respiración se le había agitado. La quijada evidentemente apretada para evitar emitir sonido alguno.
–¡No, déjalo ya! – Candy agachó la cabeza.
– Bueno, te dejo, sería muy incómodo estar aquí mientras te sirves de esta mucama de establo– dijo con un brillo en sus ojos de puro odio. –Sé que se lo merece por lo que me hizo, pero te advierto que no te pases con mi juguete si no quieres que después me desquite con tu mascota. No te olvides de las reglas hermanito. – advirtió señalando a Candy con su barbilla.
–Nos vemos perrita, ¿Ves cómo en este juego jamás ganarán? Bienvenida al primer día del resto de tu vida. – Se alejó dejando escuchar sus estruendosos tacones a la par de sus carcajadas.
–¿Entonces, ya estas lista para suplicarme que te haga mía?–
Candy estaba petrificada se sentía acorralada y sabía que la sentencia que había lanzado Terry sería cumplida sin lugar a dudas. Sí, sus ojos jamás mentían jamás habían podido mentirle a ella y menos ahora después de su conexión, después de conocerlo tan bien como eran capaces de conocerse quienes lo han dado todo, quienes se lo han entregado todo.
Sintió temor, pero no por ella y su cada vez más precaria situación, si no por él, por Terry porque tenía la certeza de que de algún modo sino en esta vida o en la siguiente se vengaría de Neil.
Trató de serenarse un poco algo tenía que hacer, no podía permitir que utilizaran su amor mutuo en contra de ellos, no permitiría que por sus acciones obligaran a "su Terry" a condenarse en el infierno.
Volteó a verlo a él, a su amor como suplicándole que le perdonara por lo que estaba a punto de hacer. Se volvió a Neil y lo congeló con la mirada, pero asintió en silencio.
–¿No te escuché putita?, debes decirlo en voz alta si en realidad lo quieres– demandaba implacable, sabía que las palabras darían un golpe certero en su rival.
–Quiero que me hagas tuya– dijo Candy simplemente, cerrando los ojos para no llorar.
A Terry se le desencajó el rostro, aún más en ese momento que cuando la navaja le abriera la carne, ahora sí que sentía el dolor pero no era de donde sangraba.
–No amor, no lo hagas, Yo encontraré la forma yo… – fue interrumpido por un puñetazo justo donde tenía la herida, Se dobló dejando salir al fin un fuerte gemido y los gorilas que lo habían estado deteniendo lo dejaron caer al suelo al punto del desmayo. Neil guardó la navaja de nuevo en su bolsillo del pantalón y soltó una estruendosa carcajada al ver que Candy se puso de pie.
– Imbécil petulante, ahora sí me las pagarás todas juntas. Esta ronda será en privado, pero la siguiente te obligaré a vernos juntos. –
– Caaandy – gritaba Terry al parecer agotando lo último que quedaba de sus fuerzas con el corazón desgarrado al ver como su enemigo se echaba al hombro a su más preciado tesoro como si fuera un costal de papas.
Las reglas consistían en no provocarlos demasiado, al menos no en un principio, hasta que estuvieran fuera del continente, lejos del pronto alcance del tío William. Se supone que en ese tiempo mientras esperaban que se enfriara un poco la vigilancia en los muelles se podrían divertir con ellos, amenazándolos pero sin ocasionarles algún daño físico.
–Jefe, lo regresamos al sótano–
–No, como ya dije, tengo otros planes para él, por lo pronto mientras me espera, háganlo sentirse a gusto, después de todo no siempre se tiene el privilegio de contar con un futuro duque como invitado de honor–
–Elisa podrá tener sus planes, pero yo también tengo los míos, a la mierda con sus reglas que mejor que matar dos pájaros de un tiro, muero por dejar mis huellas en tu piel. – le dijo a Candy ya en privado.
La tomó de la cintura y la tumbó en la cama. Después se acercó a ella y le recorrió con su dedo el hombro moviendo el tirante del vestido desnudándolo, comenzó a bajar lentamente por la línea del escote ahí donde enmarcaban sus senos, le arrancó el collar de perlas que rodaron ruidosamente por todos lados, como en muchas otras ocasiones habrían rodado lágrimas por su ojos, pero no ahora, en este momento no le daría el gusto de verla quebrada.
Como quisiera dejarse ir tal vez… eso sería lo mejor.
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Después de recibir algunas patadas de sus celadores se había quedado de nueva cuenta tumbado en el piso, la buena noticia era que la herida había dejado de dolerle, la mala era que no paraba de sangrarle.
–No te duermas hijo, ya casi es hora, debes estar preparado, todo saldrá bien, yo estoy contigo–
¿Papá?
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Hasta aquí
Nos seguimos leyendo
Continuamos en el reto con las golosas
Saludos Elby8a ;)
