Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.

Advertencias: BL, OoC, Semi AU, posible lenguaje vulgar. Notas al final.


SHOWTIME

Capítulo 4: ¿Confía en mí?

La única actividad que había realizado durante la última media hora era no despegar la vista de la misma puerta blanca, atento a cualquier movimiento. De todas formas no había mucho que ver en el resto del pasillo: paredes pulcras que se extendían a los lados, lámparas en el techo, alguna planta de ornato; y un silencio absoluto, parte de la intimidad que podía ofrecer el hospital privado. Estaba agradecido de que fuera así, prefería la calma sepulcral a un desenfrenado escándalo al ver a Castiel Eyheralde herido con un gran corte encima de su ceja izquierda.

Cerré los ojos y me recargué en la pared, el cansancio estaba haciendo estragos en mi cuerpo. Pasaba de la media noche y no sabía cuánto tiempo más tendría que esperar por noticias. Comenzaba a masajear mis sienes cuando oí el sonido de las bisagras, lo que me hizo abrir mis ojos en el acto.

―No fue grave ―explicó el doctor―, ya casi termino. Solo falta el vendaje. Puede pasar a verlo.

No dudé en entrar en la habitación y repentinamente Castiel y yo nos encontrábamos solos.

Quería gritarle, reprocharle por su actitud y poca cooperación para salvar su carrera. ¿Quién demonios comienza una pelea sabiendo que su trabajo pende de un hilo? Pero de alguna forma comprendía su reacción. Al final, después de unos segundos de silencio que parecieron años, únicamente suspiré.

―Los sermones irán después― le dije. Él no respondió y me pareció ver culpabilidad en sus ojos grises. No dejaba de mover sus pulgares por sobre sus manos entrelazadas―. Déjame revisarte― hice un intento por acercarme pero el huyó. Con un ademán le advertí que hablaba en serio.

En algún momento, entre los golpes y jaloneos, la pelea se movió del plató hasta la zona de cámaras, destruyendo a su paso la escenografía y ocasionando un caos entre las personas. Mientras algunos miembros del staff corrían a detenerlos, otros preferían garantizar la seguridad del equipo de grabación con valor de miles de dólares. El público se dividía entre la euforia de aquellos que parecían disfrutar lo que prometía coronar los titulares del día siguiente, y entre los que en sus rostros reinaba el terror al ver a su celebridad favorita sufriendo. El revuelo terminó justo cuando una cámara con su pedestal cayó muy, muy cerca de Castiel, causándole una herida que ya había recibido algunas suturas.

Casi me da un ataque al ver el rojo de la sangre fluyendo de su frente. Tu manager, tu segunda familia; TRE, tu segundo hogar –ese estúpido slogan– implica aspectos muy personales, uno de los cuales es cuidar de su salud. No supe en qué momento moví mis pies, cuando reaccioné ya estaba ayudando a Castiel a detener el sangrado.

Por suerte, pude comprobar que el resultado de la riña no fue tan grave. Además de los puntos, su única preocupación sería la cicatriz que podía quedar. Y por supuesto lo que el día de mañana (si no es que ya estaba corriendo por Internet) pudiera decirse sobre él.

Ventura, por el contrario, no corrió con la misma suerte: estuvo a punto de perder un ojo, un molar siguió ese destino. Golpes por todo el cuerpo a causa de las múltiples caídas que tuvo al tratar de huir de los puños de Castiel, que sin duda producirían cardenales e hinchazón los siguientes días. Fractura en uno de sus brazos después de accidentalmente tropezar con algunos cables. Realmente el único daño que recibió directamente de Castiel fue el que comenzó la riña.

El programa de esa noche (y del resto de la semana, obviamente) fue cancelado por problemas técnicos y ambos fueron trasladados a diferentes centros de salud. Para seguridad de Emmet.

Inconscientemente acerqué mi dedo índice con el deseo de delinear la herida que se dibujaba en su frente. Mentiría si dijera que no estaba preocupado por la repercusión que tendría tanto él, como a TRE por hacerle perder ganancias a la televisora donde se trasmitía El Gran Espectáculo. Reaccioné cuando la yema del dedo rozó la carne aún expuesta y escuché un quejido por parte de Castiel. Me aparté con brusquedad.

―Bueno… ―carraspeé―. No puedo decir que estoy aliviado, pudo haber sido mucho peor. ¿Podemos hablar ya de las razones por las que golpeaste a un sexagenario?

―Él me provocó.

―Sí eso es evidente.

―No lo comprendes ―espetó, y su tono de algún modo me molestó.

―Claro que lo hago ―contesté, serio―. Él violó términos de tu contrato, lo cual nos da una tremenda ventaja sobre la inevitable demanda que presentará ―fue notorio el escalofrío que sintió por la última frase―. Él tuvo la culpa primero y habló de un tema que ni si quiera yo tengo derecho a saber, mucho menos el resto de Norteamérica. Pero no por eso pierdes los estribos y lo golpeas. Así no se resuelven las cosas, Eyherlande―. Castiel hizo el esfuerzo por responder, pero mi teléfono celular vibró y por un instante mi corazón se paralizó al ver el nombre en la pantalla.

―¿A dónde vas? ―me cuestionó cuando me dirigí a la puerta.

―A tratar de salvar tu carrera.

-showtime-

―¿Nathaniel? ―la voz preocupada del productor Michael Kang sonó en la bocina―. ¡Gracias al cielo! Temía que no contestaras. Estamos muy apenados con lo sucedido.

―Eh, no ―por un momento no supe qué decir. No me esperaba escuchar disculpas por parte de él, en realidad ya estaba preparado para contraatacar―. Quien debería disculparse soy yo, Eyheralde no debió tomar esa actitud.

―¡Pero si fue Emmet quien se propasó y rompió el contrato en primer lugar!

―Pero Eyheralde golpeó a Emmet, sin contar que por su culpa cancelaron el show.

―Nada de eso, Emmet llevó muy lejos sus bromas.

―¡Pero…! ―la risa de Michael me calló.

―De acuerdo, de acuerdo. Ambos tuvieron la culpa. Pero no te preocupes por ello. Te aseguro que UTV no tomará cartas en el asunto ―me sentí aliviado al saber que la cadena televisiva a la cual pertenece El Gran Espectáculo no haría un gran alboroto―. Espero que pueda decir lo mismo de TRE ―añadió con seriedad.

―¡Por supuesto! ―contesté inmediatamente, él volvió a reír.

―Me alegra escucharlo ―me dijo, con su habitual tono de voz―. Además, no debes preocuparte tampoco por los videos que grabó la audiencia. En primera instancia, está prohibido ingresar cualquier dispositivo móvil, así que no fue difícil confiscarlos.

―Te lo agradezco demasiado. ¿Cómo se encuentra el señor Ventura?

―Él estará bien. Tu chico tiene bastante fuerza ¿eh?―. «Mi chico», al Nathaniel quinceañero le hubiese encantado que Castiel fuese su chico. El Nathaniel actual se angustió por tener pensamientos que distaban de la situación grave por la que estaba pasando. Obviamente Kang no lo dijo con esa intención―. Ya le hacía falta un buen descanso. Tanto él como su programa.

―Lamento escuchar eso.

―Nah, un buen maratón de algún actor de moda siempre funciona― su voz era bastante relajada, pero a continuación cambió a un tono más serio―. Como sea, te reafirmo que UTV no tomará medidas, pero no te puedo asegurar que Ventura piense igual. Puede que actúe por su cuenta. Si llega a suceder, no dudes en contactarme, ¿ok? Alguien debe enderezar a Emmet.

―Sí, claro― contesté sin entender lo último. Cortó la conversación no sin antes asegurarme que Castiel sería bienvenido en cualquier programa que él produce.

Vale, eso había sido demasiado sencillo de resolver, y eso me preocupaba todavía más.

-showtime-

Cuando regresé a la habitación del hospital, la herida de Castiel ya había sido vendada.

―Llegó ―dijo Castiel en cuando me vio. Después se dirigió al médico―. Continúe.

―Como le decía señor al Eyeheralde, no fue una herida de gravedad, sin embargo debe monitorearse para evitar una infección, así como mantener higiene en la zona de la lesión. Además, le recetaré unos analgésicos para las molestias que le puede causar ―dijo el doctor que lo había atendido, con total profesionalismo. Después procedió a explicar los cuidados necesarios para la herida y finalizó programando una cita para retirar los puntos en poco más de una semana. Anoté la fecha en la agenda que siempre llevaba―. ¿Quedó claro?

―Sí ―contesté yo, al ver que Castiel no tenía intensiones de hablar, ya estaba saliendo de la habitación.

-showtime-

Castiel me esperaba en el estacionamiento, donde estaba el auto de Arthur. Entre la conmoción de la pelea, lo único viable que se me ocurrió para, literalmente, salir huyendo antes de que Castiel decidiera matar a Ventura fue pedirle prestado el auto al chico. Menos mal que aceptó sin rechistar. Tenía que conseguir un auto.

―Tú lo vas a hacer ―me dijo Eyeheralde, en cuanto me vio―. Lo de mi herida y el medicamento.

―Eso no está en mi contrato ―mentí. Claro que tenía que ayudarle en su salud, pero no quería pasar tiempo con él de manera innecesaria―. Además, no creo que requieras mi ayuda para tomar una pastilla.

―No sabía qué es eso. ¿Y sí se equivoca y me causa mal?

―¡Es un profesional Eyeherald!

―No puedo confiar en nadie.

Eso era el colmo. Castiel no podía confiar en nadie, pero a mí me ha dejado la súper importante misión de recordarle de sus analgésicos. Mis pensamientos se detuvieron un segundo.

Un momento… ¿Confía en mí?

Hace diez minutos insinuó que yo no comprendía en absoluto sus acciones y ahora me proclama como la única persona en quien confiar.

Después lo noté. Recargado contra el coche, brazos cruzados y vista al cielo. Y lo vi en su mirada. Inseguridad. Desconcierto. Miedo.

Inmediatamente me transporté al pasado, a la única ocasión en que lo había visto de la misma manera. La misma pose, la misma mirada.

Sus padres, al viajar por todo el mundo como azafata y piloto de avión, no se hacían cargo realmente por él. Y cuando habló con ellos para legalmente emanciparse, accedieron sin resistirse. Me pareció incluso verlos casi aliviados cuando él se mudó de su hogar. Una escena que me dolió tanto como a él.

«Mucho mejor», me dijo. «Así no habrá nadie que pueda decirme qué hacer». Se rió, desvió la mirada y cruzó los brazos. En ese instante noté que las palabras que me había dicho en realidad eran para él mismo, para tratar de autoconvencerse, para olvidar que en el fondo se sentía inseguro. ¿Qué podía hacer un adolescente contra el mundo?

Y ahora, aún siendo un adulto hecho y derecho, había echado todo a perder. Lanzó su carrera musical por un precipicio por un arrebato de cólera. Pero mi deber era impedir que eso sucediera.

Suspiré.

―Te llevaré a tu departamento ―le dije y el ofrecimiento me sorprendió tanto como a él.

-showtime-

En teoría sabía dónde vivía Castiel, pero en poco más del mes trabajando juntos no había hecho planes para visitarlo. Nuestras reuniones oscilaban entre las oficinas de TRE y los desayunos que me hacía tomar en su restaurante favorito, en horario de oficina solamente. Sé que hubo esfuerzos de su parte por averiguar mi propia vivienda, pero Katherine, la competente secretaria de Maxwell, siempre le negaba cualquier información sobre mi paradero. Petición mía. Y Castiel era lo bastante perspicaz como para evitar seguirme e intentar localizar un dato que le era irrelevante. Los paparazzi podrían estar en –literalmente– cualquier esquina.

No sabía realmente qué esperar sobre su domicilio. Toda la información que tenía sobre su situación financiera se reducía a que había tenido grandes pérdidas debido al mal manejo de su manager anterior, que se dio a la fuga con su dinero. Y que por sus constantes arrebatos, se había hecho tan mala reputación hasta el punto de perder contratos y por ende fama. En pocas palabras, estaba básicamente desempleado y ¿en la bancarrota, arruinado completamente? No lo sabía, no quería involucrarme más con él, por lo que no había hecho esfuerzos por investigar acerca de su cuenta bancaria.

Por supuesto que no esperaba ver a la gran estrella Castiel Eyeheralde viviendo en un pequeño departamento de cuatro metros cuadrados, similar a lo que yo estaba arrendando. Pero definitivamente nunca me habría cruzado por la mente que viviera en uno de los penthouse más lujosos de todo Manhattan, situado en la Quinta Avenida justo frente al legendario Central Park.

Internamente me reí por mi ingenuidad, mientras el elevador privado subía. Aún con pérdidas económicas, Castiel era una estrella con diez años de carrera consolidada, evidentemente fue capaz de pensar a futuro e invertir en alguna propiedad, lo que me hizo felicitarlo en mi mente. Y aunque también tuvo su etapa de excesos, recientemente (desde mi llegada) la excéntrica vida que tanto proclamaban sus fans en Internet parecía nunca haber existido.

Cuando el recorrido llegó a su final quedé, debo admitir, impresionado por la maravillosa vista de la ciudad.

El recinto se encontraba en completa oscuridad, pero la construcción dividida en dos pisos, contaba con grandes ventanales de vidrio en lugar de paredes, por lo que la única iluminación provenía de algunos edificios adyacentes. Por algo, era una ciudad que nunca dormía.

Castiel entró sin decirme una palabra y se dirigió directamente al exterior donde había un balcón mucho más grande que mi entero departamento. Apuesto que tendría una piscina. O por lo menos un jacuzzi ahí afuera.

Eché un vistazo alrededor. La decoración vanguardista parecía sacada directamente de un catálogo. La cocina y la sala se veían intactas, como si apenas pasara tiempo en ellas. Al fondo había unas escaleras en forma de caracol, supongo que daban a su recámara.

A pesar del gran espacio y el lujo de cada uno de los muebles el entero edificio daba una sensación de profunda soledad.

No quise seguir pensando en ello y compadecer aún más a una persona que me había creado grandes traumas en mi adolescencia. Salí a donde estaba Castiel, había varios muebles en el exterior, pero él permanecía recargado sobre el barandal. Con la cabeza baja, tenía la mirada perdida en algún punto.

Yo, por mi parte, no me atreví a asomar mi cabeza.

―Está más limpio de lo que creía ―bromeé una vez que llegué a su lado. Tenía que levantar los ánimos de alguna manera―. Creí que estaría hecho un desastre, pero está… presentable.

―Siempre me regañabas por no asear mi habitación.

Era increíble que lo recordara. Cada vez que me escabullía para ir a su casa, cuando todavía teníamos una relación sin nombre, me quedaba asombrado de la rapidez en que la basura terminaba regada por todas partes, mi parte maniática me impedía ver el estado deplorable en el que encontraba el lugar. A regañadientes, forzaba a Castiel a asear las habitaciones y también le ayudaba con la labor. Pasábamos toda la tarde entre bolsas de basura, risas, y besos robados, sin preocuparme la reprimenda que me llevaría yo mismo por perder la noción del tiempo y regresar bastante tarde a mi propia casa. Escuchaba el mismo sermón: que debía ser más responsable, que debía pensar en mi futuro, que Castiel era una terrible compañía. Después subía a realizar los deberes quitándome varias horas de sueño. La misma escena se repetiría todas las semanas siguientes. Estaba dispuesto a hacer mil locuras por él. Tiempo pasado.

―Vaya ―comenté con sorpresa―. No me imagino a Castiel Eyeheralde con una escoba en mano.

―Isabella… ―¿Quién rayos era Isabella?― eh, una mujer viene cada semana a hacer la limpieza.

Fruncí el ceño.

―¿Por qué no lo dijiste antes? ―reclamé―. Es mi deber estar al tanto de todas las personas que trabajen contigo. Y si es alguien que tiene contacto con tu vida privada es de vital importancia que la conozca personalmente ―escribí un recordatorio en la agenda. Investigar a Isabella. Por precaución―. Bien. ¿Alguna otra persona que deba conocer?

―Nadie ―contestó inmediatamente, había algo triste en su mirada―. No hay nadie más.

Después sacó de sus ropas un objeto plateado de forma rectangular. Lo reconocí como un encendedor. No vi ningún cigarrillo. Ahora que lo pensaba, no había visto a Castiel fumando en todo el lapso de tiempo que llevábamos trabajando.

Jugó con la llama que producía, encendiéndola y apagándola. Podía sentir que estaba teniendo un revuelo en su mente.

―Es mejor que te vayas ―me dijo después de un rato, sin apartar la vista del mismo punto. Solo hasta ese momento me percaté que su mirada estaba muy fija en la calle que estaba a más de treinta pisos debajo de nuestros pies.

Con indecisión miré hacia abajo. Grave error. Estábamos en un lugar alto. Castiel estaba obviamente deprimido por lo sucedido en las últimas horas. Me pidió que lo dejara solo.

Y estábamos en un lugar muy, MUY alto.

Una alarma comenzó a sonar en mi mente.

Castiel no sería capaz de tirarse hacia abajo.

¿Verdad?

Tragué saliva. Por todos los cielos, me estaba poniendo realmente nervioso.

―No pienso mover un solo pie hasta que te relajes y estés dentro― le dije tratando de sonar lo más calmado posible. No lo logré.

―¿Qué? ―Castiel se alteró. Inevitablemente se dio cuenta del motivo de mi solicitud―. No estoy tan desesperado para tirarme al suelo, idiota.

―Me quedaré más tranquilo si te alejas de ahí ―lo miré directamente a los ojos, seguramente había pánico en mi mirada―. Por favor.

Mi súplica pareció surtir efecto. Castiel maldijo por lo bajo, se revolvió el cabello en un gesto de contradicción y se alejó, entrando de nuevo en la sala.

―¿Quieres que hablemos del tema? ―propuse mientras caminaba detrás de él, y trataba de calmarme a mí mismo. La –tonta– idea de perder a Castiel de esa manera me aterró más de lo que imaginaba.

Ignoró mis palabras, por lo que las repetí nuevamente. Era la única medida que se cruzó por mi mente para manejar la situación estresante por la que ambos estábamos atravesando. No me esperaba que él estallara. O quizás sí.

―¡Es que no lo entenderías! ―me gritó mientras se detenía a unos pasos de las escaleras de caracol. La misma acusación dos veces en menos de una hora.

―¿Qué cosa? ―traté de dominar mis impulsos de contestar con el mismo tono de voz que él uso. Sabía que si lo hacía así, no llegaríamos a nada―. ¿Qué es lo que no entiendo?

Castiel resopló antes de responderme.

―¡Que tenías razón! ―exclamó. Pude notar mucho dolor en sus gestos―. Que siempre la tuviste y que soy un imbécil por no hacerte caso. ¿Qué no lo vez? ―su cara estaba sumida en la desesperación―. Deberías estar contento. Merezco todo esto y más.

No me dejó responderle. Subió las escaleras y escuché el fuerte golpe de una puerta cerrándose.

-showtime-

Salí del lugar y mientras conducía de regreso a mi departamento, iba repasando las últimas palabras de Castiel, sin saber a qué se refería exactamente. ¿Serían las advertencias que le di sobre su actitud? ¿O iba aún más allá?

De lo único que estaba seguro es que no era tan desalmado como para mofarme de las desgracias ajenas. Quizás sí estaba cosechando el resultado de sus malas decisiones, pero yo no era nadie para juzgarle y espetarle en la cara un Te lo dije.

El estómago me dolía. Y me dolería aún más cuando tomara cuatro tazas de café negro sin azúcar para permanecer despierto toda la noche tratando de salvar la carrera de Castiel Eyheralde. Había demasiado trabajo por hacer.


Perdón, no me di cuenta que pasó más de un año desde la última actualización. Bueno, debo admitir que los cambios que hubo y sigue habiendo en el juego me afectaron hasta el punto de no querer seguir escribiendo. Me gusta (hasta cierto punto) seguir el canon del juego y ya saben que está historia se ambienta en el futuro de los personajes, y ver que parte de ese futuro ya se está construyendo en el juego choca un poco con lo que ya había planeado pues sí me desanima un poco. Pero por ello, aquí va una nota aclaratoria:

Este fanfic sigue la historia del Sweet Amoris hasta el capítulo 16 de Corazón de Melón en el Instituto. De ahí en adelante, todo será diferente aquí. TODO. Incluyendo el pasado de algunos personajes que conocimos después. Con el paso del tiempo verán a qué me refiero. Solo tengan en mente que poco o nada se mencionará después de dicho episodio, y por lo mismo no se hará mención sobre CDM Universidad ni CDM Amor.

Este año he decidido darle continuación a las aventuras de Nathaniel, por lo que espero que nos leamos muy pronto. También publico esta historia en Wattpad, por si prefieren leer allá. Recuerden que en facebook me pueden encontrar como Akeehl.

Un agradecimiento súper especial para: Romy y OrenjiLoveLove por sus comentarios. Son mi motivación principal para continuar escribiendo.

¡Nos vemos pronto!