5. Don

Era un ejemplar magnífico, un bellísimo caballo Navajo, de color dorado, patas y crines negras y una mancha larga a lo largo de la cabeza. Se llamaba Niyol.

Kurtis se acercó a la hermosa criatura y palmeó el fuerte cuello. El animal volvió la cabeza y, al reconocerlo, relinchó suavemente, a modo de saludo, y volvió a mirar hacia adelante. Ni siquiera se movió cuando el hombre empezó a cepillarlo.

Niyol era el caballo de Anna, un regalo de su padre cuando, años atrás, se había empeñado desesperadamente en que quería aprender a montar.

- Pero no quiero un pony. - había indicado, enfurruñada, alzando un dedo a modo de advertencia – Ni una yegua. Eso es para chicas. Yo quiero un caballo. Uno de verdad.

Lara había puesto los ojos en blanco y murmurado algo acerca de que no iba a poner un maldito establo en la mansión Croft, pero a las siguientes vacaciones, cuando Anna fue a pasar el verano en Utah con su abuela, encontró a Niyol atado en el porche.

Kurtis nunca olvidaría la expresión de la niña cuando lo vio por vez primera.

Aunque Marie tenía dudas de que Anna lograra controlar al caballo con su todavía corta estatura, lo cierto es que Niyol no era tan grande entonces y para cuando se hizo realmente grande, Anna ya lo dominaba sin apenas usar las riendas, guiándolo a menudo con los muslos y las piernas. Incluso lo montaba al estilo Navajo, prescindiendo de silla, sólo con una manta encima.

Niyol no podía ir a Inglaterra – y el clima, en cualquier caso, hubiese sido poco agradable para él. Vivía mejor en la nación Navajo, bajo custodia de Shilah y los domadores de caballos salvajes, siempre esperándola para cuando volviera.

Ver a su hija montar a caballo, al galope a través de la llanura, la melena al viento, la cabeza echada atrás y riendo absolutamente liberada.

- ¡Eh, papá! ¡Apuesto a que tu moto no corre más que Niyol! ¡Ven a cazarme!

Había cosas por las que valía la pena vivir.

El ex legionario acarició el lomo del animal y hundió el rostro en su suave pelaje, aspirando su fuerte olor, el olor de su infancia. De pequeño también él había cabalgado con los demás chicos Navajo. A pesar de que él era medio bilagáana, siempre lo habían considerado uno de los suyos, aunque desapareciera de tanto en tanto, aunque hubiese estado ausente muchos años.

Cuando Niyol llegó, hacía muchos años que no se había subido a un caballo, prefiriendo su inmortal, sufrida motocicleta. La primera vez que el bello animal lo había descabalgado, mandándolo al suelo patas arriba, Anna había estallado en carcajadas y no había parado en varios días.

Pero en realidad, se le daba bien montar.

Niyol apenas se alteró cuando subió de un salto encima de él. Estaba más acostumbrado al ligero peso de Anna, pero le conocía bien.

Guiándolo apenas con los muslos, lo sacó del cercado y llevó al paso hacia el camino. Luego fijó su mirada en el horizonte y espoleó al caballo.

Se llamaba Niyol. En diné bizaad, significa viento.


Lenta y trabajosamente, Marie Cornel agrupó las escasas pertenencias que solía llevar consigo cuando iba de viaje. Le costó mucho más rato de lo esperado, y al acabar se quedó apoyada en la enorme cabecera de la cama, asaltada por otra súbita oleada de dolor.

La medicina de los Diné empezaba a dejar de hacer efecto. Pronto, mucho antes de lo esperado, no habría ya nada que la aliviase.

Le quedaba muy poco tiempo. Había albergado la esperanza de consumirlo tranquilamente, en su tierra natal, pero esa esperanza se había esfumado y no tenía sentido lamentarse por ello. Frunció el ceño, decidida. No, aunque se estuviera muriendo de dolor cruzaría el mundo para ver qué es lo que Selma A-Jazira tenía que decirle, que mostrarle.

Quería volver a ver a su nieta, una vez más. Y a los huesos de Konstantin, su amor largo tiempo perdido.

Quería saber qué diablos estaba pasando entre Lara y Kurtis. Y él no soltaría prenda, bien que lo sabía ella. Sólo quedaba recurrir a ella.

Luego, podría irse en paz.

Con un suspiro cansado, cerró la maleta.


Galopó a través de la llanura, encorvado sobre el lomo de Niyol, dejando tras de sí una estela de polvo. Al pasar, vio algunos Navajo al borde del camino – mujeres tejiendo en el porche de sus casas, pastores apacentando sus ovejas, niños jugando. Todos le conocían, a Hashkeh Nabaah, el hijo mestizo de Marie Cornel, que en verdad no parecía mestizo, que se parecía a su padre, a quien nunca habían llegado a conocer realmente. El guerrero enfadado.

No quería volver. Pero tenía que hacerlo. Quedarse allí escondido, emborracharse para olvidar, era cobarde e irresponsable.

Eres un cobarde.

Ella lo despreciaría.

Espoleó a Niyol con más fuerza.

Ni siquiera el alcohol había alejado esa visión de él. Lara sentada en el suelo, mirándolo alterada, jadeando, demasiado aturdida para reaccionar.

Tú, tú…

La había estampado contra la pared como si fuese una muñeca. Apenas un instante, un segundo, sus labios entreabiertos por la sorpresa, sus pupilas dilatadas por una leve, levísima chispa de miedo.

¿Miedo? ¿A él?

Cómo te atreves.

El jadeo asustado que se escapó de sus pulmones al golpearse la espalda contra la pared. Su mirada furiosa, herida.

Cómo te atreves.

No había querido hacerle daño. Nunca. Jamás. Él no hacía eso. Él no era así.

Sólo quería que parara.

Para. Para. Para.

Que dejara de reírse. Que dejara de destrozarlo de esa manera.

Por qué nunca me escuchas.

No quiso saber si Lara había preguntado por él. Aunque ya lo sabía.

Inspiró profundamente y agarró con fuerza las riendas de Niyol, sintiendo cómo se fundía con su montura, el caballo y él unidos en una misma tromba incontrolable, el sudor corriéndole por la espalda, la respiración agitada. Más rápido. Más rápido.


Tres meses habían pasado, y Lady Croft se preguntaba dónde narices se había metido su hija. Parecía como si Anna no le importara en absoluto.

- Está en Turquía, abuela, con tía Selma. - contestó la niña despreocupadamente, mientras garabateaba sobre un folio.

A lady Angeline se le ocurrían mil cosas que hacer antes que perder el tiempo en Turquía con esa tragalodos rarita, pero no dijo nada. Al menos, durante esos meses había tenido a su nieta para ella sola, y Anna no parecía sufrir con la ausencia de su madre. Es más, parecía absolutamente acostumbrada a ello.

No era dependiente, eso tenía que reconocerlo. Anna nunca se asustaba por quedarse sola, no echaba de menos a su madre, ni a su padre, ni preguntaba por nadie. Simplemente vivía el presente, se centraba ante lo que tenía delante, para luego cansarse e irse a otra cosa. Tranquila, confiada, despreocupada.

Después del primer mes de expulsión, Anna se había reincorporado a la escuela sin problemas, y ninguna incidencia nueva se había manifestado. Lady Angeline casi temía que todo volviera a empezar, pero nada ocurrió. Incluso Clarice Rochford evitaba meterse en su camino.

La anciana dama no se lo explicaba. O bien, quizá sí, algo podía imaginarse, particularmente por alguna esporádica mirada de terror que la popular muchacha le había dirigido a su nieta.

Simplemente, prefería no darle vueltas.

El teléfono sonó de pronto. Mientras la anciana dama se dirigía a atender la llamada, Anna estiró el brazo hacia la Lágrima de Brahma, aquel maldito pedrusco de ámbar que tantos disgustos les había traído – aunque ni ella misma era consciente de la mitad – y le dio impulso, haciéndolo girar sobre sí mismo sobre la pulida superficie de la mesa. Después de haber empezado y abandonado diversos bocetos, estaba lista para abordar la versión definitiva. O eso creía.

- Anna.

La niña alzó la vista. Lady Croft estaba de pie en la puerta, visiblemente molesta.

- ¿Qué he hecho ahora?

- No, nada. – la anciana dama sonrió cansadamente – Pero debes prepararte. Tienes que ir a Turquía con tu madre…

- ¡Sí! - estalló Anna, saltando de la silla como empujada por un resorte y corriendo escaleras arriba como elefante en cacharrería.

Bueno, puede que después de todo, la niña sí echara de menos a su madre.

Lo que fastidiaba a lady Croft era que la iban a recoger ese hombre y… y la otra, la india de la tribu no sé qué.

Oyó a Anna trastear en su cuarto arriba. A juzgar por el ruido que armaba, abriendo cajones y puertas de armarios, en pocos segundos su recién limpiada habitación volvería a ser una leonera.

Suspirando, lady Angeline empezó a subir lentamente la escalera para ayudar a su nieta a hacer la maleta.


Niyol tuvo bastante al cabo de un rato, y paulatinamente, por sí mismo, empezó a descender el ritmo y a ralentizar el galope, para terminar yendo al trote.

Kurtis no le forzó más. Jadeante, el cuerpo empapado en sudor, observó el sol decayendo en el horizonte. Dando media vuelta, condujo al caballo de vuelta hacia el cercado.

Era de noche cuando llegó al rancho de Marie, el sudor largo rato secado y enfriado sobre su piel. Después de darle los últimos cuidados al caballo, se metió en la ducha, se afeitó y luego se quedó un rato examinando sus ojos inyectados en sangre, las bolsas moradas debajo de los rojos y el rostro quemado.

No podía presentarse con esa cara. Ni ante ella, ni mucho menos ante su hija.

No más alcohol, se dijo con seriedad, y como siempre que proponía algo – excepto dejar de fumar – lo cumplió.

Él jamás le haría daño. Él no le había hecho daño. No físicamente. No más que algunas veces, en el frenesí del amor, cuando ella le había pedido con los dientes apretados que fuera más brusco.

No, su orgullo era lo que había salido inconmensurablemente herido.

Nunca le perdonaría.

Pero le pediría perdón de todos modos.

Estaba listo.


Se oyeron golpes en la puerta.

- ¡Largo! – gritó Lara, malhumorada, sin apartar la mirada de la ventana.

- Ya le dije, señorita, que estaba bien. Simplemente no quiere visitas. - oyó la voz del botones tras la puerta.

La voz que sonó a continuación la sorprendió tanto por su tono como por la persona de la que procedía.

- ¡Lara Croft! – estalló la voz de Selma Al-Jazira tras la puerta cerrada. - ¡Deja de hacer el tonto y abre la maldita puerta!

La exploradora británica arqueó las cejas y se volvió hacia la entrada. Luego se encogió de hombros.

- Está bien, déjala pasar. - murmuró de mala gana.

Oyó un tintineo de llaves en el exterior y el botones abrió la puerta, abriendo paso a la enfurecida arqueóloga.

- ¡Gracias! – escupió la turca, no sin cierto sarcasmo, y esperó a que el empleado cerrara la puerta y oír sus pisadas alejarse por el pasillo. Luego avanzó hacia el centro de la habitación y dejó caer su bolso sobre la cama deshecha.

Lara, que volvía a mirar hacia adelante, estaba sentada en una butaca frente a la ventana, mirando hacia el Bósforo. Aquel hotel, pequeño pero caro, tenía las mejores vistas de todo Estambul.

Pero Selma no estaba allí por las vistas que, de todos modos, conocía bien desde niña. Observó, perpleja, a su amiga, que iba vestida sólo con un batín de seda cuyo hombro izquierdo se había resbalado, descubriendo el escote y evidenciando que no llevaba absolutamente nada debajo. El pelo largo, suelto y revuelto, le caía en ondas desordenadas hasta la cintura. A un lado, sobre la mesa, se acumulaban bandejas de comida sin apenas tocar.

- ¿Qué diablos estás haciendo? – gritó Selma, alzando los brazos en un gesto impotente.

Lara frunció el ceño y la miró de reojo, como si fuera una mosca que de pronto se hubiese puesto a zumbar cerca de su oído.

- ¿Qué haces ahí plantada, gritando como una loca? – masculló. Tenía la voz ronca, como si hubiese pasado horas a grito pelado.

- Vaya, Doña Autocontrol dando lecciones. - gruñó Selma, cruzándose de brazos – Hace casi una semana que no sé nada de ti, que estás aquí encerrada, sin responder al teléfono, sin…

- ¿Qué quieres, Selma? – suspiró Lara, como si no pudiera soportar su presencia. Había vuelto a mirar hacia el Bósforo.

La arqueóloga turca dio dos zancadas hacia la butaca que había junto a Lara y se desplomó en ella.

- Ya sé que, si no eres la absoluta protagonista, te cuesta implicarte en algo. - masculló entre dientes, y entonces Lara volvió a mirarla y arqueó las cejas de nuevo. Vaya, vaya, la dulce, tierna mosquita muerta. – Pero por lo menos podrías fingir algo de interés por lo que intento hacer, algo de apoyo por tu parte. - Lara puso los ojos en blanco y se giraba de nuevo hacia la ventana cuando añadió: - Yo también luché y sangré por vosotros. Yo también estuve en aquel maldito infierno, aunque no en cuerpo. ¿Recuerdas esto, Lara?

Y se levantó la blusa hasta la altura de los pechos. Allí, de forma transversal, limpia, cruzaba su vientre una espantosa cicatriz, un corte profundo que le había abierto y deformado los músculos del abdomen para siempre.

Lara pareció desinflarse por fin.

- Claro que lo recuerdo. – tragó saliva levemente y sacudió la cabeza, como para alejar un mal recuerdo. – Nunca olvido nada.

- Siempre llevaré esta marca. – masculló la turca con los dientes apretados – Siempre estaré mutilada, Lara. Ni siquiera puedo llevar bikini como cualquier mujer normal.

- Estás viva, Selma. - la exploradora británica la desafió con la mirada. - Otros no lo lograron.

La arqueóloga asintió, dejando caer la blusa.

- Sí, estoy muy agradecida de estar viva. Pero si tuvieras un poco de consideración hacia mí por…

El suspiro exacerbado de Lara cortó su discurso.

- No tiene nada que ver contigo, Selma.

- ¡Eso ya lo sé! – saltó ella, molesta. - ¿Para qué has venido, entonces? ¿Por qué no te vuelves a Inglaterra, si tan poco te importan mis planes? ¿Qué has estado haciendo estos meses, tomarme el pelo?

Silencio.

Selma se relamió los labios, y entonces soltó la bomba que llevaba preparada.

- Marie llamó hace dos días. Por fin está de camino. Pero ha parado en Surrey para ir a ver a Anna y recogerla.

Lara parpadeó levemente y la miró de reojo.

- ¿Anna? ¿Para qué? ¿Qué tiene que ver ella con esto?

Selma se encogió de hombros.

- Es casi Navidad, ¿no? No va a tener clases de todos modos – se miró distraída las uñas - ¡Ah! Y Kurtis viene también.

Lara apretó la mandíbula en un gesto irritado. Ya te tengo, pensó Selma.

- Vale. - suspiró la turca – Ya está bien. Estoy empezando a hacerme vieja para esta mierda. - y se pasó las manos por la espléndida cabellera negra, en la que todavía no brillaba ni una sola cana - ¿Te has peleado con Kurtis, ¿verdad?

- Eso no es asunt…

- ¡Claro que es asunto mío! – estalló Selma, triunfal. - ¡Me estáis fastidiando la fiesta, maldita sea! Todos estos años habéis estado como el ratón y el gato. ¡No, no me arquees las cejas! – gritó al ver la estupefacta expresión de Lara - ¡Quizá tú no te des cuenta, pero los demás empezamos a estar cansados de tus numerit…!

- Cuidado, Selma. - la expresión de Lara se volvió dura.- Estás pisando sobre hielo muy fino.

La arqueóloga suspiró.

- Sabes que te lo digo como amiga. Y de verdad que no quiero saber qué narices ha pasado… esta vez. – se frotó los ojos, cansada – Sólo quiero que tengáis un poco de respeto por mí, por este momento… y por Anna. Sea lo que sea lo que haya pasado entre vosotros dos, ella no lo merec…

- Gracias por el asesoramiento familiar. - Lara no pudo contener un deje de sarcasmo. - ¿Algo más?

Selma la fusiló con la mirada durante unos instantes, luego inspiró profundamente.

- Pues sí. - continuó – Jean ha llamado hace unas horas. Tiene novedades interesantes respecto a la necrópolis de Al-Fayum. Pero claro – arqueó las cejas – dado que ahora mismo todo esto te importa un bledo, esperaré a que dejes de portarte como una cría para contárt…

Lara soltó un bufido y se levantó de la silla con la gracia característica de ella, como un antílope que de repente desplegara sus patas. Ajustándose el batín sobre el cuerpo, comentó, como si no hubiera oído el reproche de Selma:

- ¿Ha logrado entrar?

- No. Los Lux Veritatis siguen bloqueando el paso.

Lara se encogió de hombros. Lo sabía. Pero Jean era un cabezota. Llevaba años obsesionado con desvelar la tumba de Loanna…

- Y ahí viene lo curioso. – suspiró la turca, que de pronto pareció dar por concluida la conversación y se levantó, recogiendo su bolso de la cama. Al girarse, se topó con la mirada furiosa de Lara, que la miraba fijamente con una ceja levantada.

- ¿Y bien?

- Ah, ahora te import…

- ¡Ya está bien, Selma! – explotó la británica, alzando los brazos - ¡Suéltalo!

Pero a aquellas alturas, los estallidos de Lara ya no impresionaban a Selma, como sí lo habían hecho en el pasado.

- Bueno, han hablado.

- ¿Qué?

- Los Lux Veritatis, han hablado.

- No puede ser. Sólo Kurt… sólo un Lux Veritatis podría comunicarse con ellos. Hablan telepáticamente.

- Pues tanto Jean como los demás excavadores les han oído perfectamente. Telepáticamente, como tú dices.

Lara le miró, estupefacta.

- ¿Y qué han dicho?

Selma se había quedado mirándola fijamente.

- Esperaba que tú pudieras explicármelo, la verdad.

- ¿Explicar el qué?

La arqueóloga turca sonrió, entre misteriosa e intrigada.

- Han dicho que sólo abrirán paso a una sola persona. – tomó aire, y entonces lo soltó – Están esperando a Anna Heissturm.


Cuando Lady Croft se dirigió hacia el recibidor, más rígida de lo habitual, para dar la bienvenida a la otra abuela, aquella india sioux – o lo que fuera – ya tenía ensayado lo que iba a responder en caso de que se pusiera insolente. De nuevo.

Había cosas que Angeline todavía no sabía digerir, como que su querida nieta estuviese emparentada con una tribu de indios. Por suerte no se le notaba demasiado - en eso, había que agradecer que hubiese salido más a su padre que… a su abuela. Aquella orgullosa mujer de piel oscura y mirada altanera que se creía que era Dios sabía qué, cuando, por lo que ella sabía, era poco más que una cabrera y una comadrona… y mejor no detenerse demasiado en eso. Sólo de pensar que a su nieta la había traído al mundo una salvaje se ponía enferm…

El corazón se le desplomó al ver la mujer que la esperaba pacientemente en el recibidor de la mansión. Lady Angeline se tuvo que sujetar a la barandilla de la escalera para no desplomarse del susto.

No había visto a Marie Cornel en dos largos años, y, a decir verdad, la última vez que la había visto seguía siendo una mujer altiva, fornida y dominante, alta e incluso – la anciana dama no tenía problema en admitirlo – algo hombruna.

La mujer que tenía ante ella ahora era una anciana frágil, debilitada, que parecía doblarse sobre sí misma bajo el peso del enorme chal de colores con el que se envolvía, aunque por lo demás seguía siendo la misma, si ignoraba la mirada cansada, dolorida, y el cabello blanquísimo recogido en una gruesa trenza que le caía por un lado de la cabeza.

Lady Angeline era demasiado educada para preguntar, pero a Marie no se le escapó la mirada horrorizada de la abuela inglesa. Al ver su sonrisa sarcástica, la lady se dominó y se acercó elegantemente hacia ella.

- Bienvenida, querida. – dijo con una frase precocinada, y acercó su mejilla a la mejilla de la otra mujer, cuidando de no tocarla en absoluto. Sin embargo, al rozarla levemente con los brazos, notó, de pronto, su inmensa fragilidad.

No hubo más tiempo para presentaciones. De pronto, un chillido resonó en la planta superior.

- ¡Abuela!

Marie alzó la mirada y sonrió a su nieta, que no se había dado cuenta de nada. Anna saltó sobre la barandilla y se deslizó sobre ella sentada hasta llegar al recibidor – una costumbre que lady Angeline odiaba y que no había podido quitarle – y sin más, se abalanzó sobre su abuela paterna, envolviéndola en un abrazo de oso.

Duró apenas unos instantes. De pronto, sucedió algo muy extraño.

Lady Croft vio claramente cómo el cuerpo de su nieta se volvía súbitamente rígido. Vio a Anna alzar los ojos y mirar a su abuela, que le había cogido el rostro entre las manos en un gesto cariñoso, pero aquella mirada…

… aquella mirada era de absoluto horror.

La cara de Anna se deformó en una máscara de pánico y los dedos de la niña se crisparon sobre los brazos de su abuela, mirándola fijamente con ojos dilatados y espantados.

Y de pronto, abrió la boca y soltó un alarido que les heló la sangre.

- ¡Anna! – gritó lady Angeline, asustada – ¿Qué tienes?

La niña se echó para atrás y soltó a Marie, que intentó retenerla, pero se le escapó de las manos doloridas. Soltando otro grito de horror, Anna dio media vuelta y salió disparada por la todavía abierta puerta de la mansión, por la que la anciana Navajo acababa de entrar.

Kurtis estaba acabando de desatar el equipaje de la motocicleta, en la entrada, cuando oyó un chillido agudísimo y vio salir disparada a su hija como alma que lleva el diablo, entrar en el laberinto ajardinado y perderse en su interior. Volviéndose hacia la entrada, perplejo, vio a Marie apoyada en el marco de la puerta, pálida y exhausta. La mujer gritó una sola palabra:

- ¡Visión!

- Mierda. - masculló Kurtis, entre dientes, y salió disparado hacia el laberinto, detrás de su hija.

Boquiabierta, pálida y estremecida, Lady Croft se había quedado mirando la escena con cara de absoluto desconcierto.

- Pero… - farfulló - ¿Qué ha pasado?


Dolor. Derrota. Nostalgia. Soledad.

No lo soporta.

Un mar de cruces. Konstantin.

Amor. Ternura. Unas manos que abrazan, unas manos que curan.

Unos huesos deformes. Se desmorona.

Dolor. Dolor. Dolor.

Una tumba cavada en la tierra.

¿Qué ves, Kurtis?

No es de los nuestros, es bilagáana. Te hará sufrir.

Pero yo le amo, padre.

Un dreamcatcher balanceándose al compás de una sonrisa.

Dolor. Dolor. Dolor.

Lara, por favor, es tu hijo, es mi nieto.

La tierra cubriendo el cuerpo envuelto en telas de colores.

Lara empapada en sangre, lívida, delirando inconsciente.

Sálvala. Salvaste a otros. Puedes hacerlo.

Un niño pequeño, de ojos azules, mirando enfadado al vacío.

Dejad a mi madre en paz.

Hashkeh Nabaah.

Ventanas estallando en pedazos. Cristales volando por los aires.

Un hombre adulto, de ojos azules, sujetando en sus brazos un bebé ensangrentado.

Amor. Ternura. Se llama Anna.

Dolor. Muerte. Negrura.

Una sanadora vino a nosotros. Se llamaba Marie Cornel.

Cánticos en la oscuridad.

Anna.

Significa misericordia.


El laberinto de setos era una de tantas curiosidades que Lara había incorporado a la mansión, ocultando en su corazón un interruptor que permitía abrir, temporalmente, la sala de los trofeos. Se hallaba en el centro del mismo, custodiado por dos grandes atlantes de Tula que la exploradora se había traído de México hacía años.

A Anna le encantaba el laberinto, lo consideraba su refugio personal. Por eso, cuando no se la encontraba por ninguna parte, se sabía que se la podía encontrar allí, aunque sólo Lara y Kurtis se aventuraban allí dentro, y eso que no era un laberinto complicado. Allí también se reunía con Kat para charlar y contarse secretos. Y allí era donde iba cuando se sentía mal, triste o angustiada, lo que ocurría pocas veces.

- ¡Anna! – gritó Kurtis, siguiendo rápidamente la familiar senda a través del laberinto. - ¡Anna, sal!

Silencio.

El ex legionario suspiró, apretó los dientes y siguió avanzando hacia el centro del laberinto. Esperaba que no lo hubiese esquivado y hubiese salido por otro camino. Era muy capaz de hacerlo, lo había hecho, anteriormente, cuando le había dado por fastidiarlos a Lara y a él, jugando al escondite o escapándose de algún castigo.

Pero aquel día no lo hizo.

Kurtis encontró a su hija en el centro del laberinto, acurrucada junto a uno de los dos atlantes, oculta tras la mole de piedra, aunque no se había escondido tan bien, pues llegó a tiempo de ver desaparecer lentamente su zapatilla tras los enormes pies del atlante.

- Anna. - jadeó Kurtis, acercándose - ¿Estás bien?

- ¡Vete! – sonó un chillido estridente tras el talante. - ¡No te acerques!

El hombre rodeó con cautela la figura y descubrió a su hija agazapada en el suelo, la espalda contra el ídolo y las piernas plegadas contra el pecho, abrazándose las rodillas. Al verlo le dirigió una mirada asustada.

Kurtis se acuclilló ante ella y la estudió con atención. Estaba pálida como un muerto y temblaba ligeramente. Extendió una mano y le acarició las manos convulsas, entrelazadas.

- Está bien. - le susurró con voz tranquilizadora – No pasa nada. Respira hondo.

Anna pareció calmarse ante su contacto, o quizá fue el tono de su voz. Respiró hondo varias veces, como ellos le habían enseñado, y se fue calmando lentamente.

Mi chica valiente.

- Vale. - dijo ella, categórica. - Ya… yyy-ya está.

Abrió los brazos y estiró las piernas sobre el suelo, pero seguía mirando erráticamente a un lado y a otro.

- Anna, mírame.

Ella suspiró y clavó la mirada en los ojos de su padre, que eran los suyos también.

- ¿Qué ha pasado? – le preguntó, aunque bien lo sabía.

- N-nada. - Kurtis alzó una ceja – Bu-bueno… creo que estoy perdiendo la cabeza. – bajó la voz y se tocó la cicatriz de la frente, confusa – Ese golpe que me dio aquel hijoputa en Sri Lanka. Creo que me ha jodido de lo lindo.

- ¿Te duele? – él la tomó suavemente por la barbilla y le movió la cabeza a un lado y a otro. Y entonces lo vio. Las pupilas dilatadas, enormes, casi devorando el iris azul. El globo ocular ligeramente enrojecido. La película de sudor sobre la piel. Si no hubiese reconocido perfectamente aquellos síntomas, pareciera que la niña hubiese sido ligeramente drogada.

- N-no. – por alguna razón, la actitud calmada de su padre la fue tranquilizando. Su agitación se fue desvaneciendo. – Vale, ya se me pasa. Estoy mejor.

Kurtis soltó un suspiro y se sentó pesadamente a su lado. Al mirarlo de cerca, Anna se dio cuenta de que no tenía buen aspecto. No sabía decir por qué. Parecía más viejo, más cansado. Y los ojos rojos…

- ¿Voy a ir al hospital? – farfulló de repente. Odiaba los hospitales.

- No, no vas a ir. – Kurtis se frotó los ojos.

- Pero estoy perdiendo la chaveta. Me pasa alg…

De pronto se quedó callada y mirando hacia el vacío. Su rostro adquirió una expresión extraña, madura, como si de repente hubiese trascendido.

Luego se volvió hacia él.

- ¿La abuela Marie se está muriendo?

Kurtis la miró durante unos instantes, y luego asintió lentamente. Anna se tapó la boca con las manos.

- Lo siento. – extendió una mano y retiró un mechón castaño del rostro de la niña. - No quería que te enteraras de esta manera.

- ¿De qué maner…? – volvía a estar confusa. Miró a su alrededor, asustada. Kurtis reprimió el impulso de apretarla contra su pecho. No proyectes tus miedos en ella. Al menos, en eso Lara había tenido razón. Debía parecer tranquilo, permanecer tranquilo.

Contrólate, imbécil.

- Has visto y oído cosas, ¿verdad? – aventuró, manteniendo un tono firme y neutral. – Imágenes. Sonidos. Apenas la has tocado.

- Yo… yo… - Anna había empezado a balbucear de nuevo. - ¿Por qué se muere? ¿Y qué me pasa?

- Shhh. Está bien. – la sostuvo por los hombros – No te pasa nada malo. – No, qué va, gritó una voz sarcástica, odiosa, en su mente. – No estás perdiendo la cabeza, ¿de acuerdo?

- ¿Entonces qué es? – se agarró la cabeza con las manos.

Lentamente, Kurtis se las separó y se las volvió a colocar en el regazo. Luego la miró fijamente a los ojos.

- Hay algo que tengo que contarte.