12. Elegida
El vuelo a Egipto fue triste, y eso que Jean Yves estaba entusiasmado con la llegada de ambas, un entusiasmo nacido del interés, claro, pero entusiasmo, al fin y al cabo.
Normalmente Anna solía ponerle la cabeza como un bombo en los vuelos – que rara vez eran cortos, en su caso – a fuerza de parlotear, revolverse en el asiento, pasearse a lo largo del corredor o importunar al pasaje con preguntas inquisitivas. Pero la niña que tenía sentada al lado en aquel momento permanecía silenciosa a inmóvil, a ratos mirando por la ventanilla, a ratos dormitando levemente. No quiso comer, no quiso dormir, y contestó a todo con monosílabos.
Lara no tenía ninguna intención de presionarla a que hablase. De todos modos, ya sabía todo lo que tenía que saber. Estaba enfadada con ella, estaba enfadada con él y, a sus catorce años, no sabía cómo manejar ese enfado. Por primera vez, ninguna de sus peticiones y protestas era atendida. Ni bien, ni mal. Simplemente no sabía cómo reaccionar.
Así que, por su parte, Lara aprovechó aquella repentina calma para reflexionar ella misma. Y, para cuando el avión tomó tierra en el aeropuerto del Cairo, ya había tomado una decisión.
Anna recobró su aparente vitalidad a la vista de Jean Yves, que, para variar, había ido a recogerlas al aeropuerto - cosa jamás vista anteriormente. Debe estar realmente impaciente, pensó Lara con sarcasmo mientras miraba a su hija, de pronto alegre y pizpireta de nuevo, correr hacia el tío Jean y saltarte encima como una rana, engancharse a su cuello y estamparle un pegajoso beso en la mejilla, cosa que él toleró sin quejarse. Mírala, gruñó Lara interiormente. Ya se le ha pasado el enfado.
- Queguida Laga, ¡no sabes cómo me alego de que cambiagas de opinión! – sonrió el egiptólogo mientras corría a abrazarla efusivamente. Como otras veces, Lara se limitó a tolerar su abrazo. – Ya no sabía qué haceg paga convencegte de que viniegais. – escrutó por encima del hombro de Lara -¿Dónde está Kugtis?
Todavía agarrada a su enorme brazo, Anna alzó la vista hacia Jean.
- Papá no ha podido venir, está en una misión importante. – recalcó la última palabra alzando el dedo – Pero me ha enviado a mí en representación de los Lux Veritatis.
Lara se cubrió discretamente la boca al tiempo que Jean reía abiertamente.
- Très bien! Entonces no pegdamos tiempo. Vamos a veg qué es lo que esos ilustges caballegos quieguen de ti, n'est pas?
Pero la exploradora británica alzó una mano, deteniendo el entusiasmo burbujeante del francés.
- Alto ahí. Esos caballeros están bien muertos. Han esperado, seguramente, mucho tiempo para entregar tan importante mensaje – miró de reojo a la niña, que la observaba fastidiada – por lo que no importará que esperen un poco más. Descansamos esta noche en el hotel, y mañana partimos hacia al-Fayoum, ¿entendido? – resignada, Anna asintió y corrió a coger su equipaje, momento en que Lara se inclinó hacia Jean y le susurró – Tengo que hablar contigo antes.
Entró en la pequeña habitación de motel delante de Kurtis, y no pestañeó cuando él cerró la puerta tras ellos. La habitación, con decir que era horrenda e inmunda, era decir bien poco. Él no se disculpó ni perdió tiempo en buscar excusas. Ella tampoco las estaba buscando.
- Te quedarás aquí hasta que te dé nuevas instrucciones. - indicó el exlegionario, dejando caer una bolsa sobre la fétida cama. - Vendré de vez en cuando a verte, y te traeré comida, pero no puedes salir de aquí. ¿Está entendido?
Barbara asintió. Estaba de pie, frente a él, las manos cruzadas sobre el regazo. No quería traslucir lo incómoda que se sentía a solas con él en una habitación tan estrecha. Su olor de hombre le llegaba en oleadas intensas. De nuevo, su fino olfato le jugaba una mala pasada.
Claro que no se trataba de él. Cualquier otro mortal – no se acostumbraba a contarse entre ellos – la hacía sentir igualmente incómoda.
- No dejarás este cuarto, no responderás al teléfono, no abrirás la puerta si no soy yo. – continuó Kurtis, moviéndose a zancadas por la habitación, comprobando cada esquina, levantando moquetas, apartando cortinas. Bárbara tuvo que esquivarle más de una vez – No te acercarás a la ventana, no la abrirás, no descorrerás las cortinas, no pondrás música ni encenderás la televisión.
- ¿Se me permite ducharme? – ella no pudo contenerse, por fin - ¿U oler como este cuarto es parte del plan, también?
El exlegionario se volvió hacia ella. No sonreía.
- ¿Eso ha sido sarcasmo? – dijo él – Está bien, desobedéceme. A tu propio riesgo. Pero cuando te encuentren muerta no pienso ni acercarme a comprobar si es tu cadáver o no. Con mirarlo en la tele me bastará.
Rebuscó en su cazadora y sacó un llavero, que arrojó sobre la colcha.
- Cierra con llave cuando salga. Tienes suficiente comida para una semana. No comas indiscriminadamente, pero tampoco te mates de hambre. Te necesito fuerte para lo que tienes que hacer. – abrió la cremallera de la bolsa – Tienes también lo necesario para hacerte las curas. Ah, y una lectura ligera. - ahora sí que asomó una sonrisa en la comisura de sus labios. Levantó un grueso fajo de hojas impresas. – Así matarás el tiempo en lugar de que él te mate a ti.
- ¿Qué es?
- Un borrador de la tesis de Selma. Creo que puede resultarte interesante.
- Gracias por preocuparte por mi diversión. – de nuevo el sarcasmo. Se estaba volviendo atrevida.
Kurtis lo cortó por lo sano.
- Me preocupa un carajo tu diversión. – se cerró la cazadora de un tirón – Necesito que la leas y que confirmes los nombres y lugares de la gente de la Cábala que aún vive, o que no lo hace ya, que todavía puede ser un problema, o que puede pasar a un lugar secundario. Tienes un lápiz en la bolsa. Anota.
- ¿Es una orden? Esto no formaba parte del trato.
- Todo lo que yo te diga que hagas forma parte del trato. Punto. – dándose la vuelta, Kurtis avanzó a zancadas hasta la puerta, pero antes de que la abriera, Bárbara lo detuvo.
- ¡Espera!
- ¿Qué?
- ¿Qué pasa si no regresas al cabo de una semana? A lo mejor eres tú el que acaba siendo un cadáver en la tele.
Él la miró de reojo y sonrió con aquella mueca torcida tan suya.
- En ese caso, haz lo que has estado haciendo bastante bien hasta ahora. - dijo – Corre.
Aquella madrugada, bajo la luz eléctrica de los farolillos árabes que Jean tenía decorando su terraza en la zona de Khan-el-Khalili, y después de que Anna cayera rendida en uno de sus divanes dentro del caluroso ático, Lara puso a Jean al corriente del estado actual de la tesis de Selma, lo ocurrido en Sri Lanka, la enfermedad de Marie, y las incertidumbres del futuro. Tan sólo evitó mencionar a Kurtis, hasta que claro, el egiptólogo francés acabó por leer entre líneas, para lo cual siempre había tenido una cierta habilidad.
- No es buen momento para peleas. - comentó discretamente, hundiendo la nariz en su vaso de té moruno - Y debe habeg una pelea bastante seguia como paga que Kugtis no esté aquí ocupándose de algo que le afecta tanto como a la niña. – antes de que Lara pudiera protestar, alzó la mano para silenciarla. - No impogta, queguida. No pienso metegme en vuestgas vidas. Tú sabgás manejaglo tan bien como él, estoy segugo.
- Di más bien que tu principal preocupación es poder entrar en la tumba de Loanna. - insinuó Lara con una sonrisa venenosa. – Y hacerte por fin con la exclusiva de la publicación y difusión del estudio.
- Mais non! – Jean se encogió de hombros con fingida inocencia – La nena me impogta tanto como vgosotgos. Pego honestamente dudo que hayamos de pgeocupagnos. Esos Lux Veguitatis no le hagán daño.
- No, claro que no.- suspiró Lara – Ahora es una de los suyos. Y cuando antes solucionemos esto, mejor.
Jean se inclinó sobre la bandeja dorada y cogió su enésimo baklava.
- Deberías dejar de comer esas porquerías. – le indicó la exploradora británica.
- ¿Te digo yo cómo debes manejag a tu… ehm… - dudó, buscando la palabra apropiada - … compañego? ¿O a tu hija? Non? Entonces deja que maneje yo mi estómago.
Cuando tenía algo que hacer, vivir era mucho más fácil. Pensaba menos y actuaba más.
Después de dejar a Bárbara en aquel hediondo motel en los arrabales de Estambul, secretamente rogando que Schäffer hubiese decidido tomarse unos días de tregua después del fiasco del Gran Bazar, Kurtis condujo de vuelta a Capadocia. Se decía pronto, aunque le llevó unas horas interminables de carretera en las cuales tan sólo paró a descansar una hora.
Al encontrarse por fin de nuevo en las excavaciones de Selma próximas a Göreme, le dolía todo lo que pudiese doler en un cuerpo humano, o eso le pareció. Sin embargo, de nuevo, aquel dolor era manejable y hasta cierto punto le sabía a gloria bendita.
Le ayudaba a dejar de pensar.
Por eso, cuando Selma y Zip le notificaron, preocupados, que Lara había volado a Egipto y que se había llevado a Anna con ella, ni siquiera parpadeó. Se limitó a mirarlos fijamente y luego les convocó a todos – Marie incluida – en el barracón principal, donde despejó una gran mesa y procedió, sin más, a ponerlos al día acerca de la situación actual de su plan, cogiendo un enorme plano de la excavación, dándole la vuelta y empezando a dibujar croquis y esquemas sin pedir permiso.
No tener a Lara allí, ni siquiera a su propia hija, tenía una triste, aunque evidente ventaja: nadie le interrumpió, nadie le cuestionó, nadie discutió ni le desafió. Selma, Zip y Marie se limitaron a escucharle en silencio, con expresiones azoradas y boquiabiertos, mirándose de reojo unos a otros, pero, en fin, callados. Kurtis lo agradeció. Se le daba fatal repetirse o incluso explicarse demasiado.
- ¿Alguna pregunta? – dijo cuando terminó.
Los oyentes se miraron entre ellos durante un momento, luego Selma alzó tímidamente la mano:
- ¿Se puede preguntar cualquier cosa?
Kurtis alzó una ceja en un gesto sarcástico.
- Si tiene que ver con el plan, mejor.
La arqueóloga turca inspiró profundamente.
- Aún no puedo creer que Betsabé esté viva…
- … y que no la hayas matado nada más verla. – gruñó Marie entre dientes. Como la mayoría de los presentes, tenía muy buenas razones para odiar a la exNephilim.
- Muerta no me sirve de nada. Viva, será el cebo perfecto. Ya os he dicho que ha accedido al plan. - Kurtis paseó la mirada entre los presentes – Ya me abandonaré a mis instintos asesinos cuando coja a ese cabrón de Schäffer. Hasta entonces, tendré la cabeza fría.
- Si es que lo coges. - dijo Marie, resentida. - Este plan es una locura. Es terriblemente arriesgado. No sólo pones en jaque nuestras vidas, sino prácticamente la de todos los que asistan a la presentación de Selma. ¿Qué ocurre si a ese loco se le ocurre poner a disparar indiscriminadamente? ¿Cuánta gente se llevará por delante?
- Ése no es el estilo de Schäffer. No era el estilo de Gunderson, ni el de ninguno de los agentes de la Cábala. Y lo sabes de sobra. ¿Alguna pregunta más?
- Sí. - Marie volvió a la carga - ¿Por qué no se me ha asignado un rol en este plan? Me dejas a un lado como ropa vieja. Estoy enferma, pero no soy una inútil. Quiero estar allí y quiero ayudar.
- No es sólo que estés enferma. - respondió Kurtis – Realmente nada puedes hacer, salvo estar pendiente de Anna. Si las cosas se ponen feas… llévatela de allí. Y avisa a las autoridades.
Zip se tensó en la silla.
- Hostia puta. - murmuró-. Kurt confiando en la pasma. Pues sí que se tiene que joder la marrana para que lleguemos a estos extremos.
- Si llegamos a eso – suspiró Kurtis – entonces dará igual pasma que no pasma. – y entonces miró a Selma, que lo observaba en silencio – Tú estarás sobre el escenario, en medio de todo. ¿Puedo contar contigo? Puede que esto salga muy mal. Y tú estás ahí, en el centro del huracán.
La turca lo miró seriamente, y entonces asintió.
- He esperado muchos años para este momento. De un modo u otro, siempre hay gente malvada que se interpone para destruir mis sueños. No ocurrirá más. Cuenta conmigo.
- ¿A cualquier precio? – inquirió Marie, perpleja – Podrías morir.
- A cualquier precio. He nacido para esto. - Selma se reclinó sobre la silla y se relajó. - No tengo más preguntas.
- Yo tampoco. - se apresuró a decir Zip. - Si la princesa está conforme, yo estoy conforme. Por lo demás soy tuyo, tío.
- Yo sí las tengo. - Marie volvió a la carga de nuevo. - ¿Es necesario que Anna esté en medio? Envíala de vuelta a Inglaterra, que esté lo más lejos posible de aquí.
Kurtis, que seguía apoyado sobre la mesa con las palmas de las manos, bajó la cabeza. Durante un momento permaneció en silencio. Luego, articuló con dificultad.
- La necesito.
- ¿Cómo?
- Necesito a Anna. Ha de estar ahí.
De nuevo ellos se miraron, estupefactos.
- Necesito el Don. - continuó Kurtis, hablando lentamente – Y ahora sólo ella lo tiene. No puedo explicarlo aquí, y tampoco a vosotros. Es algo entre ella y yo. Es algo que debe hacer por mí, ahora que ya no tengo ese poder.
- Ella no controla el Don. – protestó Marie – Ni siquiera sabe usarlo, no ha tenido tiempo de aprender ni tú has empezado a instruirla. ¡Por Dios, no es más que una niña! Todavía no sabemos el alcance de sus cualidades ni el precio que tendrá que pagar por ellas. Y tú vas y la pones en medio de esta locura…
Se calló abruptamente al percibir la mirada de Kurtis sobre ella. Era una mirada difícil de sostener. En su intuición de mujer y de anciana, Marie entendió que igual de difícil, o más, había sido para él tomar aquella decisión.
- Espero que estés seguro de lo que haces. – concluyó. – Como alguien le toque un pelo a Anna, yo…
Yo…
Kurtis apretó los dientes.
- Para eso tengo a Lara. – clarificó – A ella le corresponderá escoltarla y protegerla.
Una vez más estaban mirándose, dubitativos.
- Lara no está aquí. – dijo Marie, odiando ser, de nuevo, la voz discordante. – Confiemos en que, llegado el momento, coopere con nosotros.
Y tuvo la cortesía de decir nosotros, aunque Kurtis captó el significado real de su frase.
- Cooperará. - cerró los ojos, exhausto – Tiene que cooperar.
La escopeta yacía sobre la mesa, fría, inmóvil y aparentemente ofensiva, escondiendo, por de pronto, su capacidad letal. El sol de invierno que se colaba a través de la lona del Jeep arrancaba destellos luminosos en su superficie metálica.
Anna estiró la mano y acarició suavemente la culata del arma, revestida de una bella madera oscura, pulida y barnizada.
- Esa mano. - gruñó Lara, sin volverse. - Te estoy viendo.
La muchacha se preguntaba si acaso su madre tenía el oído de un murciélago, ya que no parecía haber criado ojos en la nuca. De espaldas a ella, Lara estaba ajustándose las cartucheras a los muslos. Y, sin embargo, la había visto. Retiró la mano.
- ¿Cuándo me enseñarás a disparar?
- Cuando seas mayor.
- ¿Cuándo seré mayor?
Lara acabó de ajustarse la correa y, suspirando, se dio la vuelta.
- Ya hemos hablado de esto antes. Cuando seas mayor de edad.
- ¡Eso está muy lejos! – protestó la niña, frustrada.
- Está donde debe estar. Y ahora apártate. La próxima vez que toques algo de mi arsenal te…
- … me empaquetas de vuelta a Inglaterra, lo sé. - Anna saltó del taburete y se apartó, haciendo un mohín con los labios.
- Conténtate con ser el repentino centro de interés de unos caballeros muertos hace siglos. - Lara enfundó las pistolas en las cartucheras que se acababa de ajustar – Créeme, no necesitas demasiado las armas de fuego. Con lo que tienes ya llevas suficiente.
Anna puso los ojos en blanco y apartó la lona de la entrada de un manotazo para salir. Mientras terminaba de ajustarse la mochila, pensó en lo técnicamente inútiles que eran todos aquellos preparatorios. Los Lux Veritatis no atacarían a Anna, y en caso de que el episodio de Sri Lanka se repitiese, poco o nada es lo que ella podría hacer por ayudarla. Salvo sostenerla entre sus brazos, como ya había hecho.
Se ajustó el cinturón con energía. En fin, era una costumbre. En campo abierto, sin su equipo, se sentía desnuda, lo necesitara realmente o no. Además, no es que dependiera exclusivamente de ello. Sabía improvisar. Sabía salir de apuros. Sabía recomponer rápidamente dicho equipo si lo perdía. No le habían faltado ocasiones de ponerse a prueba.
Pero después de Sri Lanka, la embargaba la incertidumbre. Sri Lanka… había estado a punto de morir. Y a diferencia del mismo Egipto, hacía ya tantos años, esta vez no sólo ella hubiese sido la afectada.
No sabía qué esperar de aquel extraño encuentro, ni cómo ser útil a Anna en semejante situación.
Echó en falta a Kurtis. Y se odió por ello.
Dieciséis años, y apenas nada había cambiado en el oasis de Al-Fayoum. Cierto, Jean había adecentado la zona: ahora no todo eran sólo arena, palmeras y unas cuantas tiendas dispersas. Había casetones de cemento prefabricado, una zona de aparcamiento – que acababa a menudo también enterrada por la arena y un vallado en torno a la entrada al santuario que era el lugar del último reposo de Loanna von Skopf.
Una parte de Lara sintió lástima por el egiptólogo, que llevaba tiempo deseando entrar en aquel lugar y abrir sus secretos al mundo. En cierto modo, era como cortarle las alas.
Anna estaba de pie esperando obediente en la entrada al túnel, con los ojos fijos en el símbolo de Lux Veritatis grabado en el dintel del arco. De pronto estaba seria y pensativa.
- ¿Tienes miedo? – le dijo Lara, acabando de ajustarse los guantes.
La niña soltó un bufido.
- ¿Yooooo? ¡Claro que no! – puso los brazos en jarra - ¿Vamos ya o qué?
- Vamos.
Era tenaz, sensata, obediente, y cooperadora. Kurtis tenía que reconocérselo.
Al cabo de una semana, la encontró como la había dejado, sólo que la habitación estaba más limpia, más ordenada, olía mejor - ¿era espliego el aroma que flotaba en el aire? -; la comida había sido consumida en su mayor parte, pero no en su totalidad, y estaba terminado de leer la nada breve tesis de Selma.
Encontró a Bárbara lejos de la puerta y de la ventana, que no habían sido tocadas, no en el manchado escritorio y la raída silla, sino en el suelo, tras la cama, la espalda apoyada en la pared, los folios ordenados a su alrededor y concentrada en anotar algo en los márgenes de lo que parecían ser las últimas hojas.
Cuando entró, la mujer dio un respingo y se apresuró a cubrirse los hombros con un chal, ya que iba sólo con un camisón de dormir. Podría haber avisado, pensó enfadada. Pero luego descartó la idea como estúpida. A estas alturas, ya debía saber bien lo que se hacía.
Sin más dilación, Kurtis cerró de un portazo, arrojó la bolsa a un lado y fue hacia ella en dos zancadas. Bárbara apretó la espalda contra la pared, pero él apenas la miró. Agarró un manojo de folios y observó sus anotaciones al margen de las páginas.
- Buena chica. - comentó. Ella no estaba segura de si aquello era sarcasmo o no. – Sé aún más buena y preséntame la versión resumida.
- Es un excelente trabajo, pero…
- Me da igual la tesis. Estoy hablando de los miembros de la Cábala que menciona. Si alguno de ellos, aparte de Schäffer, puede suponernos un problema después de que se publique esto.
Ella suspiró.
- Ninguno. Están todos muertos. - se encogió de hombros – Buen trabajo.
Kurtis la miró de reojo y la observó durante unos instantes.
- Dejémonos de tonterías. - suspiró ella otra vez – Los dos hemos estado haciendo nuestras propias pesquisas todos estos años, ¿verdad? Yo me dedicaba a buscar los pocos miembros de la Cábala que habían escapado de la policía, y tú, a matarlos.
Vio al hombre erguirse, caminar hacia la raída silla del escritorio, desplomarse sobre ella y seguir hojeando los papeles.
- Y a pesar de ello – murmuró – nunca nos cruzamos.
- Ya te lo he dicho, aprendo rápido. – Bárbara se sacudió la melena. El aroma a espliego se intensificó – Entiendo que te encargaras de Hugh. Al fin y al cabo, era un espía. Pero ¿qué culpa tenía Karl? No era más que un guardia. O los celadores. O las enfermeras…
- Asesinos. – masculló Kurtis –. Torturadores. Sádicos. Repugnantes científicos sin moral ni valores.
- Cumplían órdenes.
- Y yo protejo a mi familia. – el hombre sonrió con aquella sonrisa de depredador - ¿Hemos acabado con este discurso edificante?
- Sí.
- Bien. - se levantó y empezó a estirar los músculos – Esta noche dormiré aquí – ignoró la cara de disgusto de la mujer – y puedes quedarte con la cama, no la quiero. Pero estoy reventado de la carretera y necesito descansar. Ahora recogerás todas tus cosas y estarás lista para salir mañana por la mañana.
- ¿Adónde vamos?
- Capadocia. Göreme, para ser más exactos.
Bárbara palideció bruscamente y un tic nervioso le apareció en el lado semiparalizado de su rostro.
- No.
- Disculpa, no estoy pidiendo tu opinión. – Kurtis se rio levemente.
- No quiero…
Él enarcó una ceja.
- ¿Mala conciencia? Un poco tarde para eso. - dejó caer los papeles sobre el gastado escritorio – Como comprenderás, no puedo introducirte en el plan sin presentarte. Ahora ya saben que estás viva. Cooperarán.
- ¿Incluso Lara Croft?
Durante un momento, él la observó en silencio, como dudara.
- No. Ella aún no lo sabe. Está en Egipto, con mi hija.
Se midieron en silencio un instante. Al final, ella confesó:
- No quiero encontrarme con ella.
- Haces bien. Lara es mucho menos razonable y compasiva que yo. Y su rencor puede durar mucho tiempo, bien lo sé. - soltó una risa amarga – Pero no tienes opción. Vais a tener que cooperar. En fin, espero que ella lo haga.
- ¿Y si no? ¿Acabo con una bala en la cabeza?
- Probablemente. - volvió a sonreír con aquella mueca torcida – Yo perdoné, y he intentado olvidar, lo que le hiciste. Pero ella no firmó ningún contrato en ese sentido. De todos modos, no te reuniré con ella hasta que sepa que va a cooperar. Hasta entonces te alojarás en un hotel en Göreme, mejor que éste, con toda probabilidad – miró a su alrededor – Así que intenta descansar. Lo que viene a partir de ahora no va a ser fácil.
Ella se levantó pesadamente del suelo. Sus movimientos, observó Kurtis, aún eran torpes y cautelosos. Había ganado algo de peso, pero seguía débil. Quizá demasiado.
Pero no podía permitirse el lujo de andarse con miramientos. En silencio, le pidió perdón. Porque tampoco podía permitirse aún pedírselo en voz alta.
- Y otra cosa. - dijo a sus espaldas, interrumpiéndola cuando ya entraba en el baño – Esto último no se aplica a mi hija. No te quiero cerca de ella, ¿entendido?
- Forzosamente habremos de coincidir. Es una niña. Los niños sienten curiosi…
- No te acercarás a ella, no le hablarás, no la tocarás. Si se te acerca, te darás media vuelta y te alejarás. ¿Está claro?
Bárbara suspiró.
- Sí. Pero yo ya no soy una amenaza, como te he dicho. Jamás le haría daño a una niñ…
- Claro que no. Pero, en cualquier caso, es de ella de quien te estoy protegiendo.
La mujer arqueó las cejas de nuevo. Kurtis rio.
- Se nota que no conoces a mi hija. Mejor así.
Allí estaban, firmes en la oscuridad. Aún vigilantes, aún fieles. En su patética resistencia y lealtad había algo triste, algo infinitamente desolador, pero al mismo tiempo, digno y majestuoso.
- Oh, guau. - jadeó Anna, con los ojos desorbitados – Qué pasada.
Los dos esqueletos permanecían a ambos lados de la puerta que daba acceso a la gran cámara circular que era la tumba de Loanna. Nada había cambiado. Ninguna trampa se había activado. Lara no había tenido que temer absolutamente nada por la seguridad de Anna. Hacía años había entrado con un Lux Veritatis que las había bloqueado con su aura.
Y ahora tenía otra a su lado que, pasivamente, sin saberlo, estaba haciendo lo mismo que su padre años atrás.
Fascinante, pensó. Y tremendamente frustrante a la vez. No había desafío. Ni reto. Suspiró.
Notó que Anna le agarraba la mano y se la retorcía, sin dejar de mirar boquiabierta a los esqueletos inmóviles.
- ¿Podemos acercarnos ya?
Lara dio un paso hacia adelante, con la niña agarrada de su brazo.
- Tienes miedo.
- ¡No!
- Me estás arrancando el brazo.
- ¡Es que eres muy lenta!
¿Lenta, yo? Lara iba a soltar un exabrupto cuando, de repente, los esqueletos de movieron.
Al unísono, graciosamente, como cardumen en el mar, dieron un paso hacia adelante y desenvainaron las espadas. El chirrido del metal oxidado rasgó el espeso y silencioso aire.
Anna chilló, más de excitación que de miedo, pero Lara ya la había empujado hacia atrás y se había colocado delante, cubriéndola, una mano en la pistola, ya con el seguro quitado. Pero su precaución fue innecesaria. De nuevo, grácilmente, con un movimiento solemne y majestuoso, los dos esqueletos describieron un arco en el aire con sus hojas, hincaron la rodilla ante ellas y clavaron las espadas en el suelo, frente a ellos, tomando la empuñadura con sus esqueléticas manos y humillando la cabeza en señal de respeto, apoyaron la frente sobre el pomo de la espada.
- ¡Joder! – se le escapó a Anna - ¡Esto mola mazo!
Y entonces hablaron. Lara ya conocía aquella voz múltiple, confusa, desconcertante, que parecía hablar a través de un sueño, una nebulosa, una cortina de agua. Voces reales, de hombre, pero lejanas, etéreas. Antiguas.
Bienvenida seas, Anna Croft, hija de Lara Croft, la Amazona, a quien los ángeles acudieron; hija de Kurtis Heissturm, el Guerrero, el Hijo de la Luz, el que volvió de la Vorágine, el elegido de la madre de los Nephili.
La mandíbula de la niña se descolgó en una expresión impactada. Luego tironeó del top de su madre.
- ¡Ésa soy yo! ¿Los oyes? ¿Los oyes? ¡Me están hablando a mí! – dio saltitos nerviosos sobre sus pies - ¡Qué puta pasada!
- Anna Croft – masculló Lara entre dientes – hija de la Amazona y del Guerrero, como vuelvas a hablar como un maldito carretero te voy a pegar una bofetada que te haré volar delante de estos montones de huesos. ¿Entendido?
No temas, Amazona, elegida de los ángeles, a quien honramos por tu sacrificio. No haremos daño a la Hija de la Luz, fruto de tu vientre, tu regalo a la humanidad, la que estábamos esperando, la que cerrará el ciclo.
- ¿Qué quieren dec…? – preguntó Anna, pero Lara la interrumpió alzando la mano, y luego dio un paso hacia adelante.
- ¿De qué estáis hablando?
Sólo entregaremos nuestro mensaje a la elegid…
- No.- Lara sacudió la cabeza, balanceando la trenza graciosamente a sus espaldas – Puesto que honráis mi sacrificio y ella es mi regalo a la humanidad, o lo que sea que hayáis dicho, hablaréis conmigo ahora, y contestaréis a mis preguntas. O de lo contrario me la llevaré de aquí y podéis seguir esperando unos cuantos añitos más. ¿Qué más os dará, de todos modos?
Las sonrientes calaveras le observaron en silencio durante unos instantes. Lara no esperó a una respuesta.
- ¿Qué significa eso de cerrar el ciclo? El ciclo se cerró. Las puertas de la Vorágine se cerraron tras Kurtis… - miró de soslayo a Anna, que la observaba en silencio. - Se cerraron tras nosotras. ¿Qué significa esto ahora?
El ciclo nunca se cerró. De haber sido así, la elegida no habría manifestado el Don. Pero le es necesario absolutamente. Aunque las puertas de la Vorágine se bloquearan, sigue habiendo demonios sueltos por el mundo.
- Kurtis se encarga de ellos. Siempre lo ha hecho – Lara inspiró profundamente y relajó los hombros – Y siempre lo hará.
Ya no tiene el Don. Puede luchar con sus fuerzas humanas, pero son limitadas ahora. Impotentes contra los grandes demonios. Si sigue enfrentándose a ellos, lo matarán. Pero ya no es relevante. Él ya hizo su papel y cumplió con su misión.
Anna parpadeó de pronto y se volvió hacia ellos.
- ¡Eh! – protestó, frunciendo el ceño - ¿Tú de qué vas? ¿Cómo que mi padre "no es relevante"?
Él fue protector de la humanidad, uno más de nuestros hermanos, como todos lo fuimos antes que él. Pero ahora tú eres la protectora. Ahora tú asumes el papel.
- Basta ya. - dijo Lara, tensándose – Dejadme pasar. Quiero hablar con Loanna.
Lady Loanna no hablará contigo, Amazona, elegida de los ángeles. No puedes comunicarte con ella. Pero la Hija de la Luz sí puede. A ella la dejaremos pasar.
- ¿Cómo os atrevéis a bloquearme el paso? – la exploradora cerró los puños, tensando los músculos – Aún puedo patearos el trasero como antaño. Sois lentos y torpes. Pasaré.
Nuestros pobres huesos no son más que, como nosotros mismos, siervos de la Luz. Patéanos, Amazona, lo consideraremos un honor. Pero no pasarás. El mensaje de Lady Loanna debe ser transmitido sólo a tu hija, tu sacrificio, tu regalo a la humanidad. O no será transmitido en absoluto, y entonces, ay de ella, de ti y del Guerrero. Ay de la humanidad entera. Pero ¿qué más nos dará, de todos modos?
Anna dio un respingo. ¿Estaban aquellos sacos de huesos vacilándole a su madre?
Durante un momento, Lara les fulminó la mirada en silencio. Luego sacudió la cabeza, se volvió hacia ella y se arrodilló para estar a su altura.
- No tenemos tiempo para esto. Vas a entrar sola. - le indicó – Ella no te hará daño. No debes tener miedo.
- No lo tengo. - aseguró Anna, aunque había empezado a retorcerse los dedos.
- No toques ni dañes nada. Cuando tengas el mensaje, sal. Yo te estaré esperando.
La niña, seria de pronto, asintió. Luego inspiró profundamente y se volvió hacia los esqueletos. Estos, como accionados por un resorte, se alzaron, se apartaron, despejando la entrada, y se colocaron uno frente al otro, cruzando sus espadas en lo alto.
Y entonces Lara recordó. Fratribus collatis ianuae patent.
Años atrás, antes de que Anna naciera, antes de que Kurtis significara algo para ella, aunque él ya estaba allí para ella. Praga. La Cripta de los Trofeos.
Los hermanos reunidos ven las puertas abiertas.
Los caballeros esculpidos, cruzando sus espadas en lo alto. La misma posición. El mismo significado.
El camino estaba abierto.
La exploradora observó la delgada silueta de su hija pasar entre los dos esqueletos. En cierto momento, la niña no pudo resistirse y metió un dedo entre las costillas que asomaban tras la rota coraza del caballero, pero éste no se movió en absoluto.
- ¡Bueno, mamá, hasta luego! – dijo alegremente - ¡Enseguida vengo!
Y se perdió en el túnel.
