13. Destino

Era como caminar dentro de un sueño.

Podía tener ya catorce años y considerarse, en muchos aspectos, ya una mujer, pero lo cierto es que seguía siendo una niña. Un niño nunca duda de sus padres, confía en ellos, cree en sus palabras. Ella no era para nada distinta y además los lazos que la unían a Lara y a Kurtis eran todavía más estrechos, pues había sido instruida para confiar, para obedecer, para actuar rápido, tanto sola como en equipo, pues de ello dependía su seguridad cuando viajaba con ellos por el mundo.

Pero tener ante los ojos la constatación de que lo que ellos le habían contado era real, que había sucedido, pese a que les hubiera seguido creyendo a pies juntillas independientemente de si lo veía o no, era una sensación gratificante, eufórica.

Allí estaba la tumba de Loanna, y era tal cual ellos se la habían descrito. La sala circular, grande, con restos de hollín y piedra chamuscada allá donde el poder de Karel había impactado. El bellísimo sarcófago blanco en el centro, con la dama reclinada, delicada, hermosa.

- Omnia vulnerant, ultima necat. - recitó mientras se acercaba, aun antes de incluso leer la inscripción bajo la figura, puesto que la conocía de memoria. - Todas nos hieren, mas la última nos mata.

Y allí, junto a la placa inscrita, aún estaba los restos de sangre seca. La sangre de su padre, que se había golpeado la cabeza después de que el Nephilim lo estrellara contra el sarcófago. Todo aquello había ocurrido mucho antes de que ella naciera, mucho antes, incluso, de que fuese concebida o de que ella fuese una mera posibilidad. Pero allí estaba, en fin, la prueba. Todo era verdad.

¿Y ahora qué?, pensó, mirando la bella faz esculpida. ¿Se supone que tengo que decir algo? Se sentía como una tonta allí plantada. Lo mejor era decir alguna tontería.

- Ehm, esto, hola, lady Loanna. - murmuró, y luego se dio una palmada en la frente. Vaya idiot…

Bienvenida, Anna Heissturm.

La niña dio un respingo y se giró bruscamente. No había nadie. De pronto sintió que le temblaban las piernas. No estoy asustada. No estoy asustada.

No lo estés. La voz era cálida, suave, tierna como la de una madre. Bueno, la de cualquiera menos la suya, estaba claro. Todavía temblando, pero arrebatada de curiosidad, Anna rodeó el sarcófago. No te haré daño, insistió la voz.

Había algo sentado en los escalones que daban acceso a la parte trasera del sarcófago. Una niebla, una disrupción en el aire, era difícil de decir. Parecía una mujer. Largos cabellos, largo vestido.

- ¡Un fantasma! – exclamó Anna sin querer, mirando boquiabierta la aparición.

La figura alzó el rostro, y durante una fracción de segundo la niña pensó que iba a ver una calavera, un zombi, un monstruo, cualquier cosa. Pero era una mujer joven. Joven, bella y triste, que le sonrió con melancólica sonrisa.

Saludos, hija de mi benefactor, hija de la heredera de mi legado. Inclinó la cabeza de nuevo y Anna vio que sostenía una larga daga en su regazo. Gracias por venir.

Anna chasqueó la lengua y miró a su alrededor, sintiéndose muy rara de pronto. Allí estaba, hablando con esqueletos andantes y fantasmas del pasado. Pensó en hacer sus propias preguntas, pero la que fue la primera Amazona la interrumpió.

Habrá tiempo para eso, pequeña. Pero ahora debes escuchar.

- Te… te escucho. - balbuceó ella.

¿Recuerdas el mensaje de tu abuelo?

Un sudor frío le recorrió la espalda. Se quedó mirando, boquiabierta, la etérea silueta de Loanna.

- Esto, ehm, sí… el… el cráneo del abuelo… me… habló. - cambió el peso de pierna. - Pero papá dijo que no se lo contara a nadie.

Le pareció que la dama sonreía con dulzura.

¿Y qué te dijo Konstantin Heissturm, Hija de la Luz? Repítelo.

El rostro de la niña se oscureció. De pronto, le pesaron las piernas como si hubiera corrido kilómetros. Se sentó lentamente en las escaleras, enfrente de la aparición, aunque manteniendo las distancias. Por si acaso.

- Me dijo que me guardara de la larga noche. – murmuró, estremeciéndose – Me dijo que me guardara del príncipe de los diablos.

¿Sabes qué significa eso?

- ¡Cómo lo voy a saber! – Anna le miró estupefacta – Bueno, ehm… yo supongo que significa que… corro algún tipo de peligro. ¿Me lo vas a aclarar tú?

Guárdate de la larga noche. Guárdate del príncipe de los diablos.

- No fastidies. - Anna puso los ojos en blanco.

Escucha, pequeña. Ahora que estás aquí, tengo muy poco tiempo. Lo que el guerrero Heissturm, tu abuelo, te dijo, es sólo una parte de lo que debes saber, pero es la parte más importante. He sido enviada de vuelta para ayudarte a entender, pero no tengo todas las respuestas, pues el futuro no está escrito, y el resultado dependerá sólo de las decisiones que tomes y de las acciones que ejecutes.

- Eso es una contradicción. – Anna se retorció el labio inferior, pensativa – Me avisáis de que corro peligro, de que Satán me persigue o algo así, y luego me decís que yo puedo cambiar las cosas. O las puedo cambiar o no las cambio. O estoy predestinada, o no lo estoy.

Estás predestinada, pero no lo estuviste hasta que fuiste concebida. ¿Sabes cómo ocurrió?

Anna se sonrojó involuntariamente.

- Sé cómo se hacen los críos.

Le pareció que Loanna sonreía otra vez.

Lo que quiero decir es que tú podrías no haber existido. ¿Sabes qué ocurrió aquí? ¿La historia del Sello?

- ¡Claro que sí! - ¿aquel fantasma la estaba poniendo a prueba? - ¡Lo sé todo, no soy tonta! Mi padre fue el último Lux Veritatis y se enfrentó a Karel, que fue el último Nephilim. Tenían que matarse el uno al otro y desaparecer, para equilibrar de nuevo la balanza entre el Bien y el Mal.

Pero había alguien designado para intervenir.

- Mi madre. – Anna asintió – La Amazona.

El Bien y el Mal se autorregulan, Anna. Es la única manera en que las fuerzas invisibles de este mundo pueden funcionar. Ya conoces la historia. Los Lux Veritatis y los Nephilim. Los Hijos de Lilith, en continua batalla mientras Ella desafiaba al Rey de los Cielos. Pero esa balanza se reajusta cada cierto tiempo. Ocurrió una vez. Yo era la Amazona y Drakul tenía que engendrar un hijo de mí. Si hubiese querido enfrentarle al Lux Veritatis que escogió protegerme, éste no hubiese muerto torturado en sus calabozos. Pero yo no escogí el camino de la Verdadera Opción. Yo hui, abandonándole a su suerte y, llegado el momento, terminé con todo.

- Lo sé. Lo siento. – murmuró Anna, sintiéndose tonta. ¿Qué más daba a aquellas alturas?

Pasaron los siglos y la ecuación se repitió. Tu padre se convirtió en el nuevo elegido, y esta vez, además, en el último Lux Veritatis. Lo mismo le ocurrió a Karel. Estaban destinados a enfrentarse, y el Nephilim, clarividente, vio en Lara Croft la nueva Amazona. Pero ella sí estaba dispuesta a seguir el camino de la Verdadera Opción. Ella sí quiso descifrar el misterio. Ella eligió.

Anna sonrió levemente y miró de reojo a Loanna.

- Porque ella estaba enamorada de mi padre. – dijo, con una risita. – Aunque aquí entre tú y yo, le costó bastante admitirlo.

De nuevo le pareció que la dama de niebla sonreía.

¿Eso crees? ¿Crees que fue por amor?

- ¡Claro que sí! – Anna se irguió, ofendida – Si mi madre no hubiese estado enamorada de mi padre, ¿por qué iba a elegirle a él?

¿Por amor al Bien?

Esta vez fue Anna la que se echó a reír.

- Se nota que no conoces a mi madre. - movió la mano – Karel le ofreció el saber supremo, la inmortalidad. Mi padre no tenía nada…

Salvo el amor. Salvo la lealtad. Sí, Hija de la Luz, el amor sin duda facilitó la elección. El amor mueve el mundo. Pero la historia podría haber sido otra. Ella eligió, y al hacerlo, tú entraste en los planes del infinito. Estabas destinada a existir desde ese momento, no antes. Porque, al elegir a tu padre, involuntariamente tu madre desequilibró la balanza. Al hacer triunfar el Bien, sentó las bases para que esa elección, eventualmente, tenga que volver a repetirse.

De pronto, Anna sintió como un nudo en el estómago.

- Eso… no suena nada bien.

No, pequeña Anna. No es una buena noticia la que te traigo hoy. Tienes que prepararte para ello.

- ¡Pero… si mi madre hubiese elegido a Karel, lo mismo habría ocurrido!

Exactamente lo mismo, sí. En el plan infinito, el Bien y el Mal son irrelevantes. El equilibrio entre ellos es lo que importa.

- Pues vaya mierda.

La historia habría sido diferente. Pero no tiene sentido especular sobre ello, ya que la Amazona eligió el Bien y tú entraste en los planes del infinito. Por eso el ciclo continuó abierto.

- La única manera de haber cerrado ese ciclo, entonces, ¡es que tanto mi padre como Karel hubiesen muerto!

Así es. Tu madre hubiera debido renunciar a la elección y dejar que ambos se destruyesen el uno al otro.

- ¡Me cuesta creer que ése hubiese sido el mejor final!

Pero lo era, mi pequeña Anna. Lo era.

- ¡Estás diciendo que yo no debería haber existido!

Le pareció que aquel fantasma etéreo clavaba sus ojos en ella.

He ahí la mala noticia, mi pequeña Anna.


Con metódica calma, el asesino empezó a preparar su arsenal.

Casi lo había conseguido. Casi. La zorra debió haber muerto aquel día. Pero él había fallado. Maldito bazar y maldita gente llenándolo todo. La presión le condujo a un error que él no solía cometer. Un error crucial.

Le hubiese encantado que aquella puta, aquel monstruo, muriese en el quirófano. Pero al destino le encantaba burlarse de él y de sus esfuerzos. Había sobrevivido. Y cuando pensaba en seguirle de nuevo la pista, se había esfumado.

Maldita su puta suerte, de verdad. Era culpa de él, claro. Del condenado de Trent.

- Debería haberte matado a ti también. – masculló, mientras terminaba de ensamblar los últimos cables del artefacto, con un puro entre los dientes – Por qué carajo tuve que dejarte con vida. Qué maldito honor ni qué leches.

Ya estaba casi listo. Lanzó una mirada de reojo a una de las invitaciones que había recogido de la facultad de arqueología hacía dos días. La del anuncio del evento en Göreme, en la excavación de Cappadocia. Aquella mocosa turca, la arqueóloga, iba por fin a cantar, a presentar su dichoso trabajo donde aireaba lo que no debería haberse aireado nunca.

Claro que a él qué le importaba ahora. Todos los que podrían haberse molestado, o verse perjudicados con la verborrea de la turca, estaban muertos. A él sólo le quedaba una cosa por hacer.

Estaba convencido de que ella aparecería allí. No se podría resistir. El evento no se iba a televisar, luego no le quedaba más remedio que asistir. Y al parecer, pese al balazo, estaba lo suficientemente fuerte como para salir del hospital y desaparecer de su vista.

Sí, sin duda ella estaría allí. Pero él no era tan estúpido como para confiar todo el plan a una mera corazonada. Primero, confirmaría su presencia en la zona. Luego podría actuar libremente.

Y si en el camino se llevaba a la turca y toda su panda por delante, mejor que mejor.

Satisfecho, acabó de ensamblar el artefacto y se reclinó en la silla de plástico, dando una larga calada al puro. En la televisión, cierto informativo sensacionalista daba cuenta de la desaparición de la víctima del Gran Bazar después de haber sido dada de alta en el hospital.

Lo más gracioso de todo - ¡y era para descojonarse! – era que Trent parecía estar protegiéndola ahora.

- Hay que joderse. - se rio, y la risa se vio interrumpida por una tos – La tipa te captura, te entrega a nosotros, se queda de brazos cruzados mientras te las hacemos pasar putas durante meses, luego, mata a tu querida zorra británica y a la cría que le hiciste. Y ahora la ayudas y proteges. - se rio de nuevo – Hay que joderse, Trent. O eres el puto Jesús reencarnado, o el gilipollas más grande de este mundo.


- ¡Pero de qué vas! – la niña alzó las manos, indignada. Parecía haber olvidado que hablaba con el espíritu de una mujer muerta siglos atrás - ¿Cómo se puede ser tan ceniza?

Desde el mismo instante en que tu madre eligió a tu padre, tú estabas destinada a nacer. Por eso naciste. Eras necesaria una vez realizada la elección. Pero nuevamente, entraste en los planes del Mal. Tú estabas destinada a ser el sacrificio oscuro para…

- Ah, sí, ya sé. – Anna se cruzó de brazos, enfurruñada. - Lilith. La Vorágine. El Cetro. También sé esa historia. ¡Pero mi padre desbarató esos planes! Él nos salvó. Él nos trajo de vuelta.

Otra vez la variable del amor. En verdad el amor mueve el mundo, ¿no es así? Tu madre no tuvo valor para destruirte en su vientre, como yo hice con el bastardo del Nephilim. Porque quería a tu padre, y porque te quiso también a ti. Y porque tu padre amaba a tu madre, y te amaba también a ti, nuevamente desbarató los planes del infinito. El ciclo sigue abierto.

- No sé a dónde quieres llegar. - Anna se frotó los ojos, cansada – Dime de una vez lo que quieras decirme, y déjame en paz.

Lo estoy haciendo. Debes entender cómo funciona el plan infinito. El equilibrio es el objetivo. Y también el cierre del ciclo. Durante siglos la humanidad ha estado expuesta al juego del Bien y del Mal. Batallas entre demonios y ángeles, luchas entre Lux Veritatis y Nephili. Miles de inocentes que han muerto por culpa de este desequilibrio. El triunfo del Bien, o del Mal, es irrelevante y temporal. Tarde o temprano el ciclo se reinicia. Has sido elegida, Anna, para cerrar el ciclo. Has sido elegida… para bien y para mal.

- Dímelo claramente. Estás diciéndome que tengo que hacer lo que mis padres, lo que Karel, lo que nadie ha tenido valor de hacer antes.

Un sacrificio de esa categoría requiere un alma grande, una capacidad muy por encima del bien y del mal, un amor sin límites. El guerrero Heissturm, tu abuelo, ha actuado con amor al advertirte. Pero al final, no eludirás la larga noche. Es tu destino.

Anna permaneció en silencio durante unos instantes, mirando hacia ninguna parte en concreto. Un inmenso frío se apoderó de ella.

- Me estás diciendo que tengo que morir.

Sólo hay una manera de cerrar el ciclo. La larga noche para ti… y la luz eterna para la humanidad. El fin del desequilibrio. Lo lamento, pequeña. Te merecías algo mejor.


El viaje de Istanbul a Göreme fue demasiado para Barbara.

Había intentado aguantar, pero no pudo. Todavía estaba demasiado débil. A decir verdad, lo único que la mantenía en pie era su orgullo, no del todo quebrantado pese a los sinsabores sufridos. Se negaba a dar un espectáculo lamentable ante Kurtis. Aunque, al final, no pudo evitarlo.

Empezó a notar un leve zumbido en el oído a medio camino, agarrada a la espalda de su compañero, sacudida por el viento mientras la moto rugía. De Istanbul a Göreme, cruzando medio país, y ella no se quejó. El zumbido aumentó, la cabeza empezó a dolerle, y la sensación persistió pese a las paradas para descansar.

Cuando por fin llegaron al hotel en el que ella debía quedarse hasta la ejecución del plan, la vista se le había nublado y apenas era consciente de lo que ocurría a su alrededor. Lo cual fue una pena, porque esta vez Kurtis había tenido algo de miramientos y la habitación reservada era una encantadora cueva de un hotel excavado en las antiguas rocas de Capadocia.

Se limitó a seguirle mecánicamente y a obedecerle sin más. Tenía la esperanza de poder tumbarse a descansar apenas él la dejara allí. Y entonces se recuperaría. Se sentiría mejor. Hasta podría revisarse los puntos de la sutura quirúrgica. Quizá era ya hora de quitarlos.

- … el evento de Selma va a tener lugar en una semana. – estaba diciendo Kurtis, cerrando la puerta a sus espaldas, dejando caer el equipaje y revisando la habitación con su rapidez habitual. - Hasta entonces te recomiendo que descanses. Tengo que ultimar los últimos detalles, entonces te daré instrucciones precisas… - se detuvo bruscamente – Eh, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?

Plantada en medio de la habitación, la mano derecha todavía agarrando el bolso, la mujer estaba pálida como un cadáver, los labios amoratados. Las bolsas oscuras bajo los ojos se remarcaban contra su palidez.

- Betsabé – Kurtis frunció el ceño, involuntariamente pronunciando su antiguo nombre – te está sangrando el oído.

Alzó la mano y se tocó la oreja, la que quedaba sana. Notó humedad. Un hilo de sangre se le deslizaba cuello abajo. El zumbido se intensificó. Luego se desplomó.

Fue una suerte que él estuviese tan cerca. Si no se golpeó la cabeza contra la mesita de noche, que era tan de piedra y tan antigua como las paredes que la rodeaban, fue porque Kurtis la sostuvo a tiempo, antes de caer.


- Me encuentro mal. - murmuró Anna, levantándose. Las piernas le temblaban. Le dolía el vientre. Avanzó a trompicones, agarrada al borde del sarcófago. – Tengo que irme.

Sé valiente, pequeña Anna.

- ¡Al carajo con eso! – la niña se volvió bruscamente y encaró de nuevo a la extinta Amazona - ¡Yo no soy tu pequeña! ¡Cómo te atreves a llamarme aquí para decirme que tengo que palmarla! ¡Quién te has creído qué eres!

Yo soy la mensajera de Dio…

- ¡Entonces es un Dios estúpido! – masculló, furiosa, apretando los puños - ¡Un Dios estúpido y cruel! ¡Cómo se atreve! ¡Cómo te atreves tú a decirme que lo que mis padres hicieron no ha servido de nada! ¡Mi padre luchó, sangró, sufrió, murió y volvió por mí! ¡Mi madre le escogió porque le amaba! ¡Ella murió también por mí! Pudo haber elegido a Karel, ser la madre de los Nephili, volverse eterna e inmortal como él…

y eso no hubiera cambiado absolutamente nada, Anna. La criatura nacida de tal unión, probablemente no muy distinta de la pura y excelsa Betsabé, la Hija de Lilith, hubiese tenido que morir también, Anna. Para el plan infinito, tanto da Bien que Mal. Tarde o temprano, el hijo de Karel hubiese tenido que afrontar la misma decisión.

- ¡No me lo creo! – gritó Anna, agarrándose el vientre. Dios, qué dolor, pensó. - ¡No puedo creer que valgamos tan poco a sus ojos! Mi padre sufrió… murió… ¡lo torturaron durante meses! ¿Lo sabías?

Un Lux Veritatis rara vez muere anciano, rara vez muere en cama. Tu padre cumplió su destino perfectamente. Enorgulleció a sus ancestros.

- ¡Y sin embargo me dices que eligió mal!

No eligió mal, simplemente porque no podría haber elegido otra cosa. Se dejó llevar por el amor. El que ama se sacrifica por el ser amado, siempre. El que ama protege al ser amado, siempre.

- ¡Tú misma te contradices! ¡Estás loca! ¡Todos estáis locos! – Anna se agarró la cabeza - ¡Primero dices que pudo haber sido otra cosa, ahora dices que no hubiese podido ocurrir de otra manera! ¡Estáis cómo una cabra, tú y todos los de allá arriba!

Tu pequeño cerebro no alcanza a comprenderlo todo, pero es normal. Lamento tener que ser yo la que te ha dicho esto, pues creí en el Bien mientras viví, y por el Bien me sacrifiqué. Pero al plan infinito tanto le da Bien que Mal. Si preservas tu vida, el ciclo se repetirá en tus descendientes, y la humanidad seguirá sufriendo…

- … pues que le jodan a la humanidad.

y si eliges asumir tu destino, entonces el ciclo se cerrará. La humanidad será libre. ¿Dejarás que otros asuman tu misión? ¿Por alargar innecesariamente tu vida?

- ¡Cierra la boca! Me marcho de aquí ahora mismo. – se dio la vuelta – No quiero oír esto. Además… - vaciló – Soy mortal, después de todo, ¿no? Un día moriré… ¿qué más da antes o después?

Lo siento, Anna, pero una muerte natural no paga ese precio. Sólo el sacrificio. Recuerda, tanto tu padre como Karel debieron haberse destruido el uno al otro para cerrar el ciclo. Y para que tú lo cierres, deberás morir en combate…

- … contra el príncipe de los demonios. - terminó Anna por ella.

Y entonces, la Amazona desapareció. Su voz se extinguió.


- Yyyyy…. ¡listo! – dijo Zip alegremente, y se echó hacia atrás en la silla. – Hora de llamar al tito Kurt. Hermes, llama al tito Kurt.

Llamando al tito Kurt, respondió una voz mecánica, y a continuación el programa dializó un número concreto. Marie alzó la vista del tapiz que estaba tejiendo, pese al persistente dolor de sus manos.

- ¿Qué narices es eso?

- Shh, que lo confundes. Es un mensajero con reconocimiento de voz que he diseñado. Lo he llamado Hermes, como el dios grieg…

- … griego mensajero. Sí, hasta ahí me llega. - masculló la mujer Navajo, que volvió a centrarse en la costura.

Se oyó un sonido de establecimiento de conexión, y, a los pocos segundos, la voz de Kurtis.

- ¿Nunca has pensado que podrían intervenir la línea? – dijo el exlegionario directamente, sin molestarse en saludar.

- Nadie pincha mis líneas, campeón. - aclaró Zip, ofendido - ¡Están limpias como una patena! Ya lo he comprobado.

- Entonces más vale que la llamada valga la pena.

- Simplemente comunicarte que está todo listo para el gran golpe y comprobar si has llegado ya con el bellezón a cuestas.

- Barbara está débil – respondió Kurtis rápidamente. – Se ha desvanecido. He llamado a un médico para que la examine en la habitación, ya que no me parece seguro llevarla a un hospital.

- Que reviente. – murmuró Marie sin dejar de tejer.

- Joder tío, qué mal. Si el bellezón se nos cae, se cae el plan.

Pero Kurtis no estaba de humor para charlas intrascendentes.

- Llama a Selma. Necesito que me ayude.

- ¡Marchando una de princesa! – gritó Zip, pero apenas si llegó a hacer girar su silla. De pronto, la puerta se abrió y la arqueóloga se plantó dentro del pequeño estudio lleno de monitores.

- ¡Estoy aquí, Kurtis! – anunció, voluntariosa.

- ¿Estabas escuchando tras la puerta? – dijo el hacker, incrédulo.

- Selma – intervino Kurtis, ignorando a Zip – necesito que me consigas un vestido de noche.

- ¿Un vestido de noche? ¿Te vas a poner sexy, Kurt?

- Zip, cállate. - cortó Selma – Imagino que lo querrás para Betsa… para Bárbara.

- Así es. Las mujeres tenéis mejor idea para estas cosas. Además, sólo conozco las medidas de Lara.

- ¡Y tanto que las conoces, campeón!

- Zip, por favor – suspiró Marie, alzando la vista – ahórrate el mal gusto en mi presencia.

- No te preocupes, Kurtis. - prometió Selma – Te conseguiré un hermoso vestido para Betsa… para Bárbara. Imagino que debe ser la misma talla que recuerdo. Tengo ojo para eso.

- En realidad, ha perdido bastante peso. Está muy delgada.

- La has mirado y remirado bien, ¿eh, Kurt, cabronazo? ¡AY!

Selma acababa de soltarle un sopapo.

- Eres un cerdo, Zip. – girándose de nuevo hacia la pantalla, la turca dijo – No te preocupes, me encargaré de todo. Tendrá su vestido. Tú encárgate de que se recupere para cumplir su parte.

Durante un instante, Kurtis permaneció en silencio. Entonces habló.

- Hacedme otro favor.

- Lo que quieras.

- Contactad con Lara en Egipto. Contactad con Jean Yves, si hace falta. Pero debe volver cuanto antes. Y traer a Anna. ¿Entendido? Haced lo que sea para convencerla.

- Yo la convenceré. - prometió Marie solemnemente – A mí, me escuchará.


De pronto, una vibración conmocionó el aire. Lara se levantó de golpe y encaró a los dos esqueletos, tanteando las pistolas, por si acaso. Pero no fue necesario.

Los caballeros, todavía con las espadas en alto, temblaron durante un instante. Y de pronto, se desmoronaron, como un castillo de naipes al que se le ha dado un toque. Los huesos se desensamblaron, las armaduras se desmontaron, las espadas cayeron al suelo con un estruendo metálico. Simplemente, sin una palabra, sin un movimiento, se desplomaron. No quedaron de ellos más que dos montones de huesos apilados junto a los restos de sus armaduras.

- Pero qué…

Avanzó hasta ellos y los observó durante unos instantes. Luego dio una patada a uno de los cráneos, que rodó sin más ceremonias.

Nada, absolutamente nada.

Y entonces la vio. Se acercaba a ella, tambaleándose. Sollozando.

- ¡Anna! – gritó, y corrió hacia ella, atravesando el anteriormente prohibido umbral sin ningún problema - ¿Qué ha pasado?

Hincó la rodilla ante ella y la agarró por los hombros, pero la niña seguía llorando, desorientada, desconsolada. Entonces se fijó en que tenía un leve rastro de sangre en los dedos.

- ¿Estás herida? – le preguntó - ¿Quién…? – se interrumpió al fijarse en que había una mancha oscura entre sus piernas, empapando la tela color caqui de sus pantalones – No es nada, Anna. Ya hemos hablado antes de esto. Qué…

Pero no pudo seguir porque de pronto la niña le echó los brazos al cuello y siguió llorando contra su pecho, sollozando inconsolablemente.

- ¡Oh, mamá yo… yo…! – tartamudeó, atragantándose con las lágrimas - ¡Yo…!

- Anna, cálmate. Tienes que calmarte. – intentó separarla suavemente para mirarla al rostro, pero ella se agarró con más fuerza.

- ¡Es mentira! ¡Todo es mentira! ¡Una maldita, jodida mentira! – sollozó la niña contra su pecho. - ¡Tiene que ser una mentira!

- ¿El qué es una mentira? Anna, por favor, háblame. Qué te ha dicho esa… esa…

La niña seguía llorando. Confusa, perdida, Lara se limitó a acariciarle el cabello, esperando que se calmara, mientras notaba la humedad de la primera sangre, el fin de la niñez.