Demonio
Todo retorno era triste de alguna manera. Y aquél era el que más.
Anna estaba destrozada. Su aspecto era el de alguien tremendamente cansado, pero Lara había hecho cábalas muy rápidamente y había poco que objetar. La niña simplemente había tenido demasiado en demasiado poco tiempo. La horrible experiencia de Sri Lanka, en verano. Por lo que había intuido por Selma, el curso escolar tampoco había empezado bien. Y de repente, en invierno, sus padres se peleaban seriamente, su abuela revelaba que tenía un cáncer y poco después, moría; era testigo de un brutal atentado y además, le bajaba la regla al tiempo que el Don se revelaba fuertemente en ella y la convertía en su marioneta. Ni siquiera habían llegado a celebrar su cumpleaños ni Navidad, ocupados en asuntos más urgentes.
Para cualquier adolescente hubiese sido demasiado. Y ella, en la mayoría de las cosas, era como cualquier otra.
Por su bien, Lara debía intentar que el retorno fuese lo menos doloroso posible. Así que lo primero fue gestionar que Niyol volase a Inglaterra. La niña se recuperaría más rápido de su dolor si podía contar con la beneficiosa compañía del querido semental. Parece que, al fin y al cabo, no le quedaría más remedio que construir un establo en Surrey y esperar que el hermoso caballo Navajo se adaptara fácilmente al clima inglés.
Segundo, se aseguró de localizar a Catherine Kipling – Kat -, la mejor amiga de Anna, y explicarle brevemente lo que se le podía explicar a una adolescente que tenía una vida normal y ningún horrible secreto en su vida, fuera de los pesares habituales de cualquier familia. Kat prometió presentarse pronto en Surrey para estar con su amiga.
Por último, durante el retorno en avión, Lara le susurró al oído que su padre y ella habían "aclarado" algunas cosas, y que seguirían hablando, que no debía sufrir por…
- Ya lo sé.- cortó Anna, con la mirada perdida.- Lo he sentido.
La exploradora británica parpadeó lentamente.
- ¿Cómo?
- Que no te preocupes, mamá. Lo percibo. Irradias amor.
Fue divertido ver a su madre arquear las cejas y mirarla, azorada.
- No puedo explicártelo. Lo siento.- Anna puso la mano en su brazo – Antes irradiabas ira, rabia, frustración. Ahora irradias amor. Puedo sentirlo. No sé cómo, pero puedo sentirlo.
Lara estaba perpleja.
- Supongo que el cambio también lo has notado en él.
- No.- Anna la miró entonces – Él siempre ha irradiado amor. Siempre.
Y miedo, pensó en silencio. Pero el miedo se ha ido.
Todo retorno era triste de alguna manera, pero aquél también fue desconcertante. Al menos para Lara, que encontró a su madre, la estirada Lady Croft, corriendo hacia Anna con los brazos abiertos y luego llenándola de besos.
Ella nunca la había tocado ni besado de aquella manera. De ninguna manera, de hecho. De modo que miró hacia otro lado y fingió que no veía nada mientras se encargaba de que el personal contratado para ello llevara el equipaje de ambas de vuelta a sus respectivas habitaciones; así como se encargaba de gestionar que Niyol fuese llevado provisionalmente a unos establos comunales de la zona para, preventivamente, que tuviese un lugar de refugio cómodo y dotado hasta que el inevitable establo acabase apareciendo en algún lugar del área de la mansión.
Las cosas que hago por amor.
Cuando entró de nuevo en el hall de la mansión, Anna había subido a su habitación en la primera planta, pero Lady Angeline la estaba esperando, circunspecta y expectante.
- ¿Qué quieres? – dijo Lara, sonando más seca y agotada de lo que realmente habría querido aparentar.
- ¿Qué quiero? – la dama apretó los labios, molesta.- Bueno, un saludo no estaría de más. Llevo muchos meses sin verte. No has pisado esta casa desde antes de Sri Lank…
- Llevaste años enteros sin verme, y no semblaba preocuparte tanto entonces.- cortó Lara.
Lady Croft inspiró profundamente y optó por cambiar de tema.
- La niña me ha dicho lo que ha sucedido. Lo siento mucho por la mujer ind…
- Marie Cornel. Se llamaba Marie Cornel. – cortó Lara de nuevo. – Lo sabes de sobra, como también sabes el nombre del padre de Anna que te niegas a pronunciar. A estas alturas, me ha quedado claro tu desprecio por ellos, pero al menos en mi presencia, fingirás algo de respeto.
Lady Angeline volvió a inspirar. Vaya, estamos belicosas hoy, pensó.
- Lo lamento, en cualquier caso. – dijo, esquivando de nuevo el conflicto – Pero aquel atentado en Turquía…
Lara pasó de largo a su lado, como si no la oyese, y empezó a subir la escalera.
- ¿Qué pasa? – replicó, ácidamente - ¿Es culpa mía que pongan bombas cerca de nosotras?
- No deberías haberte llevado a la niña.- la voz de reproche le alcanzó por la espalda.
Al verla girar lentamente el rostro hacia ella, la anciana dama supo que había vuelto a meter la pata. Ya van tres, pensó descorazonada. Hoy es imposible hablar con ella.
- Tú no decides adónde va mi hija y con quién. Yo soy su madre.
- Una madre bastante irresponsable. – se le escapó.
Mejor nunca lo hubiera dicho. El rostro de Lara enrojeció de ira. De tal palo, tal astilla. Ninguna de las dos sabía contenerse. Ninguna sabía callar a tiempo.
La cara le ardía, pero la voz que salió de ella era inconmensurablemente fría.
- Una madre irresponsable. – Lara masticó cada una de las palabras – Lady Angeline Croft dando lecciones de maternidad. Maravilloso. ¿Algo más que añadir, madre?
Incluso ella sabía cuándo debía parar. La anciana dama decidió enterrar el hacha.
- Farrington ha estado llamando repetidamente.
Aquello la pilló desprevenida. Lara parpadeó.
- ¿Cómo?
- El conde de Farrington. Creo que le recuerdas, él…
- Ya sé quién es.- Lara apretó los dientes. - ¿Qué narices quiere?
Lady Angeline suspiró.
- Al parecer, aceptaste un contrato de él. No sé en qué estarías pensando, pero…
- He dicho qué narices quiere.
Nada, me rindo, pensó Lady Croft.
- Quiere que le devuelvas la lágrima de Brahma.
A la mañana siguiente, la despertó una ácida discusión por teléfono. Anna se deslizó hacia el marco de la puerta y observó a su madre andar a zancadas, como un animal enjaulado, de un lado a otro de la sala, dando respuestas secas y cortas a quien estuviera al otro lado de la línea.
Que estaba claro quién era. Ian, el conde de Farrington, el desdeñado prometido de Lara. Aquello sí que era una novedad. Otra sorpresa inesperada, de las muchas que llevaban acumulados en aquellos agitados meses.
Lara colgó con brusquedad y serró los dientes.
- Annus horribilis.- sentenció entonces.- Menuda temporada que llevo.
Anna arqueó las cejas:
- ¿Es verdad que es tu promet…?
- No es mi prometido.- Lara soltó un suspiro de cansancio, y se frotó los ojos.- Lo fue durante un tiempo, hace muchos años. Pero rompí el compromiso.
- ¿Y qué quiere ahora ese pesado?
- Él es quien encargó recuperar la Lágrima de Brahma.
Anna frunció el ceño y sacudió la cabeza.
- No entiendo nada.
Su madre sacudió la cabeza y se dejó caer en una de las butacas, abatida.
- Se suponía que quienes encargaban la búsqueda de la piedra eran los condes de Farrington.- Lara se encogió de hombros – Los que iban a ser mis suegros, hace muchos años. Debí saber que traería problemas aceptar semejante misión, pero siempre he querido recuperar ese maldito artefacto. Y ahora resulta que no eran ellos, sino él, quien lo había encargado. Y lo quiere de vuelta.
- No quiere el artefacto. – dijo Anna de pronto – Te quiere a ti.
Lara alzó la vista. Durante unos momentos el silencio se espesó en torno a ellas.
- Últimamente me estás poniendo los pelos de punta, Anna.
- Pero es verdad. – Anna se encogió de hombros - ¿Desde cuándo a un lord inglés le preocupan los artefactos? Lo ha encargado para que te acerques a él. Y ahora lo quiere de vuelta. ¿A que no has logrado aclarar nada por teléfono? Quiere que vayas a verle.
La exploradora británica frunció el ceño. No sabía si su hija estaba de nuevo "percibiendo" cosas, o simplemente, se estaba volviendo tremendamente perspicaz.
- La Lágrima es para ti.- dijo con calma – Te lo prometí, y lo cumpliré. Y si tengo que ir a verle, lo haré. – se levantó – Además, el conde es asunto mío. No te preocupes.
Aún le costaría una semana más hacerse con él.
Lara observó su impecable reflejo en el espejo y luego, lentamente, deslizó la barra de labios, de un color rojo intenso, sobre su boca. Parecía tan absorbida en una tarea tan aparentemente mecánica y sencilla que no figuró darse cuenta de la presencia de su madre, que había aparecido en el marco de la puerta tras ella.
Lady Croft observó en silencio a su hija terminar de arreglarse y luego, sin más, coger el pequeño bolso de mano que había sobre su tocador. Pequeño, pero lo suficientemente grande como para contener la piedra de ámbar que deslizó rápidamente en su interior.
- Estás muy hermosa. - concedió la bella dama – Aun así, no creo que consigas convencer a lord Farrington.
Lara no respondió. Como ya se había visto, no es que no hablara con su madre en absoluto, pero tampoco malgastaba palabras con ella. Pasó a su lado en silencio y empezó a descender las escaleras.
Se quedó parada a medio camino al oír el rugido de la motocicleta en el patio exterior. Tras dudar unos instantes, terminó de descender, abrió la puerta principal y salió.
Allí estaba él, junto a la motocicleta recién aparcada, desatando su equipaje. Había venido.
Pero había llegado en mal momento.
Kurtis alzó la vista y arqueó las cejas:
- ¿A Buckingham a tomar el té con la reina?
Lara no llevaba un vestido de noche, pero casi. La combinación de chaqueta y falda corta era definitivamente elegante. Se había recogido el cabello bajo un elegante sombrero. Incómoda, retorció los guantes de piel en las manos.
- No te esperaba. – murmuró
- Creía que me estarías esperando. – había un tinte sarcástico, bromista, en sus palabras. Lara frunció el ceño.
- Tengo que salir a resolver un asunto, pero estaré de vuelta de madrugada. – pasó a su lado y se dirigió hacia la puerta de salida. – Espérame, no tardaré.
- Como quieras, milady. – el tono de sarcasmo se mantenía.
Lara se mordió la lengua. Agarró el tirador de la puerta, pero, antes de abrirla, cambió de opinión, lo soltó y se volvió hacia él.
- Tengo que ir a ver al conde de Farrington.
Kurtis arqueó las cejas.
- ¿El mismo que…?
- Sí. Ese lord Farrington.
El exlegionario volvió a recorrer con la mirada su elegante atuendo y su cuidado maquillaje.
- Vaya tela. ¿Así que aún te gusta el guapo lord de Tra-la-la-lí Tra-la-la-lá? – dijo con una sonrisa malévola.
Lara sonrió, cansada.
- Eres divertido cuando te pones celoso, pero por desgracia, no es una visita de placer. He metido la pata con el encargo de la Lágrima de Brahma. Ya te explicaré. – agarró el tirador de la puerta de nuevo y, esta vez, la abrió – Ten paciencia. Vuelvo enseguida.
El hijo de los condes de Farrington, Ian, llamado lord Farrington, aunque realmente su título era el de conde, como sus padres, había sido el prometido de Lara Croft. La historia era conocida por todos: a los 21 años, la hija de lord Henshingly y lady Angeline Croft, que ya era rebelde e indomable de niña, se había vuelto definitivamente loca tras un desafortunado accidente en el Himalaya al que había sobrevivido a duras penas. Impulsada por lo que la alta aristocracia calificaba sin duda de un triste trastorno, Lara se había negado a casarse con él… o con cualquier otro, por lo que a ella respectaba. Sus padres la habían amenazado con desheredarla si se negaba, pero eso era conocer mal a la salvaje muchacha. No les había quedado más remedio que ejecutar su amenaza, pensando que volvería al redil, llorando desamparada.
No tenían ni idea, por supuesto, de a quién se estaban encarando.
Si la reacción de los Croft había sido mala, la del conde de Farrington había sido peor. No traslució mucho al ente público, pero hubo malas palabras y hasta – insinuaban algunos – una posible agresión. Pero ello tampoco había doblegado la decisión de la joven.
Desde entonces, no le había visto. A decir verdad, en todos aquellos años, apenas le había dedicado un mísero pensamiento al prometido desdeñado; un hombre por lo demás, joven, atractivo, y que eventualmente había seguido el rumbo de su vida casándose con una lady decente y echando seis críos al mundo.
Hasta que de pronto, la había contactado para recuperar la Lágrima de Brahma. Al hacerlo a través de sus padres, Lara había mordido el cebo, más preocupada por el artefacto que por el cliente.
Craso error. Un error que ahora cabía reparar.
Él había tenido el descaro de invitarla a su casa, pero Lara había tenido suficiente con meter la pata una sola vez, al aceptar tan cándidamente un encargo que, si lo que Anna percibía era cierto, había sido una oportunidad envenenada. En lugar de ello, se reunió con él en un exclusivo café que sólo la aristocracia frecuentaba. Allí, en terreno neutral, no iba a tener que caer tan bajo como para humillar a lady Farrington con su presencia, o que sus hijos la vieran. Hasta allí le llegaba la dignidad.
El conde no la hizo esperar, sino que la estaba esperando. Seguía siendo todavía alto, gallardo y guapo, aunque el cabello oscuro se había vuelto cano. Al verlo, el humor de Lara empeoró considerablemente. No quería verlo. Su cara le evocaba sólo malos recuerdos. Empezó a preguntarse si no habría sido un error aceptar verle.
No tardó en saber la respuesta.
Cuando él hizo ademán de besarla en las mejillas, ella retrocedió y le ofreció la mano. Cuando él le retiró la silla para que se sentara, ella escogió otra y se la retiró ella misma. Cuando quiso pedir un té para los dos, ella lo rechazó. Y por fin, cansada de galanterías y formalidades que sólo querían decir una cosa, se limitó a sacar la Lágrima de Brahma de su bolso y a colocarla sobre la mesa, entre ellos.
El atractivo lord arqueó las cejas.
- Veo que sigues siendo tan directa como siempre. Gracias por tener la amabilidad de traerme la Piedra de Shiva.
- La Lágrima de Brahma. – corrigió Lara, sin poder evitar una mueca sarcástica.- Y no te la traigo, Ian. Vengo a proponerte un cambio en el contrato.
- ¿Cambio? Veo que la piedra ya está aquí. El contrato está cumplido. ¿Te ha costado mucho recuperarla?
Lara hizo un vago gesto con la mano.
- Recuperarla, no. Pero el viaje me ha costado lo mío. La guerra civil estalló mientras estábamos en Sri Lanka. Un cazarrecompensas intentó robársela a mi hija y la golpeó en la cabeza con una rama. Tuve que dejarlo morir en la selva, claro. Pero luego me cazaron los guerrilleros y me metieron dentro de una jaula de bambú, amenazando con torturarme y violarme mientras Anna se pudría en un hospital. Al final Kurtis tuvo que venir a salvarme.
La taza de té que el conde de Farrington se estaba llevando hacia los labios se había quedado detenida a medio camino mientras Lara soltaba la parrafada. El noble la miraba fijamente, el ceño levemente fruncido.
- Por el amor de Dios, Lara. – gruñó – Con razón dicen que estás loca. Tienes que dejar de inventarte esas historias tan estrambóticas.
- No hay ni una sola mentira en todo lo que acabo de decir.- ella se encogió de hombros – Créelo o no, pero ahí tienes por qué, súbitamente, la Lágrima de Brahma se ha vuelto infinitamente valiosa para mí. Ha costado mucho sufrimiento traerla, así que me gustaría quedármela y compensártelo de alguna otra manera.
Él seguía mirándola fijamente, una mirada desagradable. Lara notó una extraña sensación olvidada hacía tiempo. El asco trepándole por la espalda. Esa mirada.
- ¿Quién es Kurtis? – preguntó de pronto.
- El padre de mi hija.
La respuesta no lo complació en absoluto. Frunció aún más el ceño.
- ¿Padre? Pensaba que no había ningún padre.
- Todos los niños vienen de algún padre, Ian.
El leve tono sarcástico de Lara logró enervarle. Dejó la taza en la mesa con un leve clinc de porcelana.
- Algún soldaducho o aventurero muerto de hambre, seguro…
- Ian – cortó Lara – estoy aquí para hablar del artefacto. Entiendo que es injusto no entregártelo ahora, de modo que, o bien, eres un caballero y renuncias a él; o bien acordamos una compensación.
- Compensación, ¿eh? – Dios, aquella sonrisa asquerosa. - ¿Y qué compensación me vas a dar, Lara? Tengo más dinero del que puedo gastar en cien vidas. Aunque…
Y entonces deslizó la mano bajo la mesa y la apoyó en su rodilla.
Durante un momento, la expresión de Lara se quedó congelada. Luego, lentamente, hizo retroceder la pierna hasta que la mano del conde no la pudo sujetar.
- Vamos, Lara, no te hagas la remilgada conmigo. He oído las historias que cuentan de ti. Seguramente no te importará que rememoremos viejos tiempos…
Se interrumpió al ver que ella recogía de nuevo la piedra de ámbar y la guardaba decididamente en su bolso.
- Así que ésta es la razón por la que has venido, Ian. – Lara lo atravesó con la mirada – Nunca tuviste interés en la Lágrima de Brahma.
El atractivo lord rio quedamente.
- No, claro que no. Y tú eres lo suficientemente lista como para saber que nunca me han interesado los pedruscos viejos. Aun así, aceptaste el encargo. Incluso de mí, tu ex prometido, a quien tanto odias.
- Siempre acepto un reto. – Lara se encogió de hombros, ignorando el tono sarcástico de su interlocutor. Aunque este reto está saliendo demasiado caro, añadió para sí misma. – Yo, sin embargo, te creía lo suficientemente listo para saber que sigo teniendo el mismo interés en ti que tenía cuando nos prometimos: ninguno.
Lord Farrington se irguió en su asiento.
- No necesitas ser grosera. Guárdate tus modales de sicario para la gentuza con la que trabajas… y con la que te acuestas.
- ¿Así es como te ganas ahora el favor de las damas, Ian? ¿Insultándolas?
- Tú no eres una dama.
- Y tú no eres un lord, aunque te adornes con un título. – Lara sacudió indolentemente la trenza - ¿A qué has venido, desgraciado? ¿A proponerme un concubinato, a pesar de que tienes mujer e hijos? ¿Quién te has creído que soy? No te quise cuando eras un soltero cubierto de dinero y de propiedades. ¿Para qué voy a quererte ahora?
Durante un momento, el rostro de Farrington se deformó en una mueca grotesca, odiosa. Lara conocía bien esa expresión. Pero ya hacía mucho que no la asustaba.
- ¿Ya le has dicho a ese matón al que has metido en tu cama que yo fui el primero que te tuvo?
Lara dio un respingo y de pronto, se echó a reír, echando la cabeza hacia atrás. Rio durante unos instantes, y por fin, se secó elegantemente los ojos.
- Los hombres sois muy curiosos. – dijo, sin perder la calma. – Creéis que por acostaros con una mujer ella ya os pertenece. O simplemente desflorarla, en tu caso. Qué triste. – rio de nuevo – Me haces hablar, Ian, así que te lo voy a decir. Fui yo la que te probé, por mera curiosidad, y ni siquiera para eso valías. - clavó de nuevo los ojos en él. – Y sigues sin valer absolutamente nada.
Instintivamente, Farrington alzó la mano. También ella conocía bien eso.
- Pégame – le desafió – anda, descarga ese puño contra mí de nuevo, si te atreves. Y esta vez será la última vez que lo hagas.
- No eres más que una puta. - masculló él – Una puta desvergonzada. Un marimacho, gentuza, como las personas con las que te codeas. Como ese matarife al que has metido en tu casa. Una puta cualquiera, aunque te las des de gran señora. Todo el mundo lo sabe. Y tu hija va camino de ser una fulana ordinaria, también.
Lara arrugó la nariz.
- Qué vocabulario. - murmuró – Y, sin embargo, hace un momento me tocabas la pierna con la mano caliente. Pero también es propio de los hombres insultar y rebajar cuando no consiguen lo que quieren. Ahora – se levantó con un movimiento grácil – puesto que no estás interesado en la Lágrima de Brahma y yo no estoy interesada en ti, vete antes de que colmes mi paciencia y salgas herido.
Él se levantó, hizo una reverencia irónica, tomó el bastón y el sombrero y se dirigió hacia la puerta. Ella no se movió un centímetro.
- Ah, por cierto – oyó la voz de Lara a sus espaldas – es la última vez que me insultas, o que le faltas al respeto a Kurtis o a mi hija. Yo no soy lo que has dicho. – Farrington se volvió hacia ella y le dedicó una mueca, pero ella siguió hablando: - Yo estoy muy por encima de ti, puesto que no ando tras otros hombres, como tú haces con otras mujeres, aunque estás casado y tienes hijos. Si me caso con un hombre, es que pienso quedarme con él. Y a ti no te quise. Supéralo de una vez y déjame en paz.
- ¿Has terminado?
- No. – ella sonrió – Es la última vez que insultas a Kurtis, a quien no le llegas ni a la suela del zapato. Podría explicarte por qué, pero tu pequeño cerebro no alcanzará a comprenderlo. Así que te diré algo que sí puedes entender: tu título de lord, del que tanto te pavoneas, no es nada comparado con lo que él es. Su linaje se remonta a la Edad Media… pero su sangre es mucho, mucho más antigua de lo que te puedas imaginar. En realidad, tú deberías doblarte ante él, e inclinarte tanto que tu frente debería tocar el suelo que él pisa. – sonrió levemente y, retrocediendo, se acomodó en el sillón. – Y ahora sí he terminado. Fuera de mi vista.
Anna despertó en medio de la noche, absolutamente aterrorizada. No por una pesadilla. No por algún ruido inesperado. No porque se encontrara enferma o indispuesta.
No había ninguna razón para despertarse aterrorizada. Pero se despertó absolutamente aterrorizada.
Se incorporó de golpe, jadeando, empapada en sudor, y miró a su alrededor. Al principio la oscuridad era demasiado espesa para ver algo, luego se fue diluyendo y empezó a distinguir los contornos de su habitación, sus muebles, la mesa con un sinfín de bocetos y bolas de papel arrugadas encima del escritorio, en la papelera, y también alrededor de ella.
No había nadie en la habitación. No había nada fuera de lo común.
Entonces, ¿por qué estaba tan aterrorizada? ¿Por qué el miedo la atenazaba como una garra en la garganta y le subía a oleadas por las piernas?
Tardó un segundo en darse cuenta de qué era lo que la estaba turbando. Lo que la había despertado.
No se oía nada.
Y nada significaba absolutamente nada. Ni el susurro del viento en el exterior, ni el crujido de las ramas de los árboles, ni el chapoteo del agua en la pista americana en la que su madre entrenaba, si el crujir de la mansión. Y la mansión Croft crujía muchísimo. Cada viga, cada viejo mueble cantaba su antigua canción de día y de noche, mientras vivían y mientras dormían, hasta tal punto que cualquier morador continuo y habitual de la gran casa se había acostumbrado a aquella canción. Desde que había sido un bebé, lejos de asustarla, como asustaba a la pobre Kat, aquella vieja canción la había arrullado y ayudado a dormir. La casa respiraba, se movía, vibraba como todo edificio antiguo, y era lo natural.
Pero aquella noche no se oía nada. La mansión había enmudecido, y con ella, los sonidos de la noche, la brisa nocturna y los árboles movidos por ella, las aguas y los animales nocturnos, todos en silencio, todos conteniendo la respiración.
Era lo más aterrador que Anna había oído en su vida. La nada. La absoluta nada.
Algo iba muy mal.
Temblando, la niña apartó a patadas las sábanas húmedas de sudor y se incorporó de un salto. Al poner sus pies en el suelo, las tablas crujieron de nuevo bajo su peso, pero eso fue todo. La mansión enmudeció de nuevo.
El silencio era tan espeso que empezaba a zumbarle en los oídos. Si no fuera porque al moverse, las tablas crujían, se hubiera preguntado si se había quedado totalmente sorda.
No podía quedarse allí. El silencio era demasiado horrible. Su primer impulso fue buscar a su abuela, que dormía en una habitación cercana. Sabía que su madre había salido y, tras escrutar el reloj de cuerda, que, por cierto, también había enmudecido – ¿en serio? – sabía que aún tardaría en volver. Luego se arrepintió. ¿Qué eres, una gallina? No iba a molestar a su abuela por eso.
Su padre, en cambio… había oído su motocicleta llegar a la mansión cuando ya estaba medio dormida, y para cuando Kurtis subió a verla, ya estaba completamente dormida. Pero sabía que estaba allí.
Kurtis no se reiría de ella si iba a buscarlo. Al menos la escucharía. Quizá hasta estaría de acuerdo en que aquel silencio no era normal.
Salió al corredor principal y se dirigió al cuarto de matrimonio, donde su padre dormía cuando estaba en la mansión pese a que la anciana Lady Croft arrugaba la nariz sólo de pensar en ello. Para Anna era más que natural que su padre durmiera en la cama de Lara cuando estaba con ella. ¿Dónde si no iba a dormir?
Pero aquella noche no estaba allí. Anna se quedó paralizada al ver la amplia cama de matrimonio sin deshacer. Luego recordó, claro, todavía no habían hablado. Malditos adultos.
Dio media vuelta y se encaminó hacia el cuarto de invitados. Seguro que Kurtis se había metido allí por algún sentido de la decencia. Su padre podía no ser de la nobleza, pero en cuanto a maneras era mucho más delicado que la mayor…
De pronto, al pasar frente a la puerta de la biblioteca, Anna se quedó inmóvil. Más bien se quedó congelada, sin aliento, incapaz de moverse. El silencio se espesó en espirales a su alrededor.
Allí dentro había algo.
Se sintió atraída como un imán hacia aquella cosa, aquella presencia demasiado horrible como para expresarlo con palabras. Nunca se había sentido tan aterrorizada. Nunca llegó a saber cómo y por qué empezó a avanzar y entró en la biblioteca, arrastrada por aquella fuerza extraña que la hizo atravesar el marco de la puerta y de pronto, volvió a dejarla clavada en el suelo.
Hola, pequeña Anna.
La niña sintió que las tripas se le retorcían en un nudo espasmódico, pues acababa de oír el sonido más horrendo del mundo: aquella voz monstruosa, inhumana, múltiple como si mil voces hablaran a la vez, cada cual más repulsiva, cada cual más horripilante. O mejor dicho, no llegó a oírla, pues sonó sólo en el interior de su cabeza.
Nada rompía el espeso silencio de la mansión enmudecida. Pero en su cabeza, aquella voz múltiple horrorosa, que había formulado palabras inocentes con la mayor crueldad, volvió a resonar.
Cuánto has crecido, pequeña. La última vez que te vi… bueno, no eras demasiado humana todavía.
Una risa seca, quebrada, que sonó como cientos de risas secas y quebradas a la vez.
- ¿Anna?
La niña se volvió, temblando, y vio a su abuela en el marco de la puerta, a contraluz. Lady Croft iba vestida con su camisón de noche y su largo cabello, ahora plateado, caía en ondas sobre su hombro.
- ¿Qué haces aquí, Anna? ¿Qué…?
A la niña le hubiese gustado responder, pero tenía la lengua entumecida y pegada al paladar. Ni siquiera acertó a decirle que de algún modo, debía huir, tenía que irse, no podía estar allí, algo iba terriblemente mal, aquella cosa…
Y de pronto los ojos de Lady Croft desplazaron más allá de ella y se fijaron en algo que había detrás, a sus espaldas. Anna vio con claridad, incluso en aquella penumbra, cómo el rostro siempre digno y sereno de su abuela se desencajaba de horror, las pupilas dilatadas, la mandíbula descolgada, y de pronto, las rodillas de la anciana dama fallaron y se tambaleó hacia atrás, golpeándose contra el marco de la puerta. En un intento de agarrarse a algo, volcó un jarrón de porcelana china que había en un aparador justo al lado. La valiosa pieza se hizo añicos contra el suelo, con un sonido estridente que rasgó aquel horrible silencio.
Anna ya sabía lo que había detrás de ella, incluso antes de girarse lentamente a afrontarlo. No sabía cómo, pero lo sabía. De modo que asumió, con una perfecta racionalidad y calma que no eran para nada propias de su corta edad, la criatura de pesadilla que se erguía ante ella, un ser tan horrendo como letal, un ser al que, a pesar de no haber visto jamás en su corta vida, reconoció inmediatamente.
Qué bonita estás, pequeña Anna, susurró la monstruosa voz en su mente mientras una lengua larga y negruzca lamía unos largos y afilados colmillos. El ser se irguió, enorme y fornido, ante ella – mediría más de dos metros de altura – y entonces desplegó sus alas, que cubrieron la luz nocturna que provenía de la ventana y oscurecieron la habitación.
Anna oyó sollozar entrecortadamente a su abuela tras ella. Pero no podía preocuparse de ella.
- Moloch. - murmuró, más para sí misma que para aquella cosa. - El Príncipe de los Íncubos.
Y entonces aquella horrorosa, pero en cierto punto magnífica criatura, se dobló hacia adelante en una burlona reverencia. Le faltaba uno de los ojos, pero el otro, el que le quedaba, brillaba burlón. Se burlaba de ella, y la odiaba.
Veo que te han hablado de mí. ¿Quién fue? ¿La puta de tu madre o el desecho humano de tu padre?
Los gemidos de Lady Croft tomaron forma a sus espaldas:
- …Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…
Dile a esa vieja zorra que se calle o la desgarraré miembro a miembro.
Anna se irguió. Una parte de ella se moría de miedo, gritaba en su cerebro que huyera, que saliera corriendo, como le había prometido a su abuela fallecida. Pero las piernas no le respondían. Sentía los pies pegados al suelo.
Y su abuela, la que aún vivía. No podía abandonarla.
- … ahora y en la hora de nuestra muerte…
No lo repetiré, pequeña Anna. La puta vieja se calla o pinto las paredes con sus tripas.
- Silencio, abuela. - exclamó Anna. - Lo estás haciendo enfadar.
Oyó lloriquear de nuevo a Lady Croft, pero la oración cesó.
Buena chica. El íncubo se relamió de nuevo. Buena, buena chica.
El tono de voz, meloso, sonaba repugnante en aquel monstruo.
- Tú no deberías estar aquí- murmuró Anna. Se dio cuenta de que hablar en voz alta la calmaba. - Mi padre te encerró en la Vorágine. Tendrías que…
… estar luchando con mis siervos contra la Autoridad y su asquerosa bandada de ángeles. ¡Muy bien, zorrita! Papaíto te enseñó bien la lección. Pero ese muerto de hambre no lo sabe todo. Me escapé. Salí antes de que su patético sacrificio cerrara las puertas del infierno.
Y, entonces, el monstruo dio un paso hacia adelante.
Le he buscado durante años. Incansablemente. Quedaban cuentas que ajustar. Me follé y asesiné a la zorra de tu madre, te vi hecha pedazos en la boca de la Diosa, pero, aun así, él lo deshizo todo. Él os trajo de vuelta. El sacrificio se desconsumó. La ofrenda fue devuelta, intacta, sin mancilla. Tenía que vengarme. ¿Comprendes, Anna querida?
La niña dio un paso hacia atrás. Por fin podía moverse.
Pero su Luz se había apagado. El muy cerdo vendió sus fuerzas a cambio de vivir. Y entonces un velo cubrió mis ojos. Pero ya no, Anna querida, ya no. Tú eres mi milagro. Tú empezaste a brillar como un faro en las tinieblas, hará cosa de unos meses. A partir de ahí, ya no tuve que buscar. Tú me atrajiste como la polilla a un foco de luz. Y el tiempo ha llegado.
Moloch dio otro paso hacia adelante. Anna dio otro paso hacia atrás.
Y ahora, querida, voy a hacerte mujer. La voz gorjeó siniestramente. No te resistas. Tu madre lo hizo y su agonía fue terrible. Ahórrate el sufrimiento. Y luego te mataré rápido, lo prometo. Y a esta vieja puta de aquí también.
Moloch dio otro paso hacia adelante.
Anna no se movió.
El íncubo arqueó las cejas, sorprendido.
Voy a follarte como si…
- Cállate.
La expresión de sorpresa aumentó en el rostro del demonio. Oyó un jadeo de miedo a sus espaldas. Pero nada importaba ya.
¿Qué has dicho, mocosa de mierda?
- He dicho que te calles, aborto del infierno.
La criatura echó la cabeza hacia atrás y soltó una monstruosa carcajada. Lady Croft se encogió en su rincón.
Muy bien, pequeña zorrita. Nada de miramientos. Vas a gritar como una perra. Te voy a…
- ¿Estás sordo o qué, demonio de pacotilla? ¡Te he dicho que te calles!
Nunca pensó que se podía mover tan rápido, pero aún no había terminado la frase cuando la zarpa de Moloch le cruzó la cara. Sintió una explosión de dolor en el pómulo y se encontró volando por los aires. Aterrizó sobre el regazo de su abuela, que chillaba de terror, y alcanzó a percibir un vago olor a orina en ella, algo a lo que la altiva dama jamás había olido.
Claro que difícilmente podía culparla de ello, en las presentes circunstancias.
- ¡Anna! – la oyó gritar - ¡Dios mío, sálvanos!
A Ése le importáis un carajo, vieja de mierda.
Anna se puso a cuatro patas, jadeando, y aunque le temblaba todo el cuerpo, se incorporó nuevamente. Notó una sustancia pegajosa correrle desde la nariz, labios y cuello abajo. Al pasarse la lengua por los labios ensangrentados, notó que tenía un diente suelto en la boca.
Lo escupió al suelo.
Y ahora, putill…
- ¡Silencio! – estalló Anna, y su voz aguda desgarró el aire - ¡No me das miedo, engendro patético! ¡Yo soy Anna Croft! Soy la hija de Lara Croft, la Amazona, ¡a quien los ángeles acudieron! Soy la hija de Kurtis Heissturm, el Guerrero, ¡el Hijo de la Luz! El que volvió de la Vorágine porque tus jefes lo preferían a él antes que a ti. ¡Tú no eres nada! ¡No eres nadie! Éste es mi hogar, ¡y tú no puedes asustarme!
Moloch la miró durante unos instantes, estupefacto… y entonces su mirada se desvió hacia arriba. Casi al instante, una mano grande, cálida, se puso en su hombro y empezó a empujarla hacia atrás.
- ¡Papá! – ni siquiera le había oído entrar. Se agarró a su brazo - ¡Papá, vete, no…!
Kurtis la hizo callar con un gesto abrupto, y se soltó de su agarre. En ningún momento la miró. Sus ojos estaban fijos en el íncubo.
Vaya, vaya. Pero si estás aquí, Hijo-de-la-Luz, parafraseó el demonio burlonamente. ¿Has venido a ver cómo reviento a tu mocosa?
Anna quiso agarrar de nuevo a su padre, pero otra vez la mano de Kurtis la agarró por el hombro y la empujó hacia atrás.
- Vete, Anna. - ordenó con voz severa. – Vete y llévate a tu abuela.
- ¡Pero yo…!
- ¡Largo! – la voz de Kurtis restalló como un látigo mientras la empujaba con tal brutalidad hacia atrás, que Anna acabó cayendo encima de su abuela.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Él nunca la había tratado así.
Haz lo que quieras, patético soldadito. La alcanzaré igual. Ya no eres rival para mí.
Kurtis no se había movido un ápice, ni había desviado el rostro de su antiguo enemigo. Por toda arma sostenía en la mano su fiel pistola, la Boran X. La única arma que podía utilizar.
No era suficiente contra el Príncipe de los Íncubos.
Anna intentó levantarse, pero Lady Croft la agarró de pronto, recobradas todas las fuerzas que parecía haber perdido antes.
- ¡No! ¡Abuela! ¡Suéltame…!
- Llévatela de aquí. - ordenó Kurtis con voz dura, y a la anciana dama no le quedó duda alguna de que, por primera vez, aquel hombre extraño le estaba dirigiendo la palabra. – Llévatela de aquí ahora mismo, o la verás muerta.
Claro que la va a ver muerta, rio Moloch. Pero verá muchas cosas antes. Y a ti, hijo de puta, a ti te dejaré con vida para que lo veas todo. Tú serás el último.
Moloch dio otro paso hacia adelante. Kurtis no se movió de su posición. Alzó lentamente la pistola en dirección a su rival.
¿Qué esperas conseguir con esa arma vieja? Tu Luz se ha apagado, niño mimado de Lilith. Ya no tienes el Chirugai. No puedes matarme. Pero yo te arrancaré los brazos, para que no puedas agarrarte, y te arrancaré las piernas, para que no puedas huir, y cuando no seas más que un torso ensangrentado, cogeré a tu hija y me la follaré delante de ti, para que lo veas bien…
Kurtis apenas le oía. Se sentía flotar, como en una atmósfera irreal. Era cierto. No tenía ya ningún poder. No podía defender a las dos mujeres. No podía salvarlas.
Pero había algo que sí podía hacer. Él seguía estando en medio.
Alzó la pistola, apuntó hacia la cabeza del monstruo, y calculó silenciosamente.
Eso, apunta, cabrón. ¿Es que no sabes que las balas no me dañan? Tendrías que darme justo en el centro de la frente. ¿Recuerdas? Y no te voy a dar la oportunidad.
Lady Croft empezó a arrastrar a Anna hacia atrás. La niña chillaba, pataleaba y se defendía, y en circunstancias normales su abuela no hubiese podido con su fuerza, pero sentía la cara como rota, palpitante de dolor, y ensangrentada, y estaba confusa, y tenía miedo.
Un miedo horrible.
- ¡Papá! ¡Papá por favor! ¡Por favor no!
Vamos, soldadito. Apunta, si tienes cojones. A ver si aciertas. Pero si fallas, te haré comer las tetas de tu propia hija.
Kurtis apuntó.
- No, papá, ¡por favor, no!
Y disparó.
El estallido de la Boran resonó en la oscuridad. Anna vio con claridad el fogonazo del arma de su padre…. Y entonces el ojo sano de Moloch, el único que le quedaba, estalló en una masa de gelatina líquida.
Un rugido inhumano la ensordeció.
Anna se estremeció de horror. Oh no no no no por favor no no era ahí había que darle en la frente en la frente papá tú me lo enseñaste qué haces papá qué…
Y entendió demasiado tarde que su padre no había pretendido malgastar una oportunidad en intentar matarlo, cuando era casi imposible que lo lograra. No quería matarlo. Quería enfurecerlo. Quería provocarlo hasta el límite. Quería que mordiera el anzuelo.
Y él era el cebo.
- ¡PAPÁ NO! – chilló con todas sus fuerzas.
Sucedió demasiado rápido, pero lo vio cómo su fuera a cámara lenta. El íncubo, furibundo, loco de rabia y dolor, se abalanzó sobre Kurtis. Su ojo herido ya se había regenerado para cuando sus zarpas rodearon el cuello del exlegionario y lo levantaron por los aires como si fuera un muñeco. Como en un sueño, más bien como una pesadilla, Anna vio a Moloch girarse hacia la ventana, sosteniendo a su padre en alto.
Kurtis no hizo ningún intento de defenderse. No pataleó, no luchó. La zarpa le oprimía la tráquea. No podía respirar.
Pero no necesitaba respirar. Necesitaba un tiro claro, que no fallase. Y ahora lo tenía.
Moloch se dio cuenta demasiado tarde de que había caído en la trampa. Notó el cañón frío de la Boran sobre su frente, exactamente en el único punto vulnerable de su cuerpo. Se había sentido tan a salvo en su posición de fuerza que jamás se le había ocurrido.
Con un rugido de rabia y, en parte, de miedo, lanzó a Kurtis con todas sus fuerzas contra la ventana, en el mismo instante en que él apretaba el gatillo.
Ni uno ni el otro fallaron. Kurtis sintió que volaba por los aires y su espalda impactaba contra la ventana, cuyos cristales estallaron en pedazos y cuyas jambas reventaron, incapaz de detener su cuerpo propulsado por la brutal fuerza del íncubo. Los cristales le cortaron masivamente por todo el cuerpo. La ventana no pudo retenerlo.
Pero también, la bala hizo impacto en el blanco deseado, y sin apenas tiempo a esbozar una expresión de dolor y derrota, Moloch, Príncipe de los Demonios, se deshizo en el aire como una voluta de humo negro, como un viento maligno que explotó en un aullido de furia y se desintegró sin más, desapareciendo para siempre.
Kurtis apenas tuvo dos milésimas de segundo para constatar su victoria y regocijarse de ella. Anna estaba a salvo. Lo demás no importaba.
Por eso, apenas se dio cuenta de que caía hacia el vacío y de que un estallido de dolor le quebraba el cuerpo por varios lados. Todo lo que le acompañó en su descenso fue el desgarrador alarido de su hija.
- ¡PAPÁAAAAAAA!
Luego ya no hubo nada.
