Annus horribilis

Don't you dare surrender

I'm still right beside you

And I would never

Replace your perfect imperfection.

EVANESCENCE, Imperfection

Todas las luces de la mansión estaban encendidas. Las alarmas sonaban sin parar, perdiéndose sus ecos estridentes en la negrura de la noche.

Lara saltó de la moto como impulsada por un resorte, sin darse cuenta de que el vuelo de la falda se le enganchaba en el tubo de escape y desgarraba el bajo del precioso conjunto. Se lanzó contra las puertas de la entrada y las abrió de golpe, descargando todo su peso en ellas y cruzando a toda carrera el jardín delantero.

La puerta principal estaba abierta y en el marco vio a su madre, que se apoyaba, jadeante, en el mismo. Lady Croft vestía un camisón de noche que estaba levemente salpicado de sangre y que, curiosamente, tenía un cerco oscuro a la altura de sus muslos.

Al ver a Lara señaló hacia el lateral izquierdo.

- ¡Atrás! - jadeó, casi sin aliento - ¡Junto a la pista americana!

La exploradora británica ni siquiera aminoró la carrera. Se lanzó por el corredor ajardinado lateral, hasta llegar a la parte trasera de la mansión, donde tenía su pista de entrenamiento.

Y entonces le vio, en el suelo, sobre la grava del camino, en medio de un lecho de cristales rotos.

- ¡Kurtis! - gritó, y se abalanzó sobre él. Al verlo de cerca, un sollozo le subió a la garganta y se le quedó allí, atascado, incapaz de salir o de descender de nuevo. Se desplomó a su lado sin preocuparse por los cristales.

El hombre al que había amado durante años yacía estrellado como un muñeco roto, las piernas torcidas, el brazo izquierdo en un ángulo imposible. Tenía muchos cortes por los cristales de la ventana por la que había salido despedido, pero parecían superficiales. Un hilo de sangre se escurría por la comisura del labio.

Alzó la vista. Varios metros más arriba, las cortinas de la ventana rota ondeaban en el cielo nocturno. Parecía que se hubiese arrojado voluntariamente – si no fuera porque las hojas de madera estaban reventadas hacia afuera y los cristales hechos añicos. Al mirar hacia la enorme columna de escalar que tenía tras ella, se dio cuenta de que había rebotado contra la pista antes de estrellarse contra el suelo.

- ¡Kurtis! - exclamó, y le palmeó el rostro. No se atrevía a moverle el cuello. - ¡Kurtis!

Repitió su nombre varias veces. Lo abofeteó varias veces. Al final, los párpados del hombre vibraron y se abrieron ligeramente.

Lara sintió como si el corazón se le retorciera. Las venas del ojo izquierdo le habían reventado, de modo que lo tenía sumergido en sangre. El contraste con el iris azul era estremecedor cuanto menos.

- ¡Kurtis! - gritó de nuevo, y se inclinó sobre él - ¿Qué ha pasado?

Y al hacerlo se apoyó ligeramente en su torso. Casi al instante él se contrajo de dolor.

Lara se apartó al tiempo que él murmuraba:

- Milady...

La voz salía sibilante. Lara le palpó el tórax y notó el lado izquierdo del abdomen duro e hinchado. No puede ser. Agarrando el cuello de su camiseta, la desgarró, abriéndola y descubriéndole el torso.

Sí podía ser. La zona inflamada empezaba a oscurecerse. Durante un momento se quedó en suspenso, horrorizada. Entonces distinguió a su madre de pie a pocos metros, tapándose la boca con ambas manos.

- ¡Deja de mirar como una imbécil y haz algo! - gritó Lara, furiosa - ¡Llama a una ambulancia!

Lady Croft asintió aturdida y desapareció rápidamente.

No se atrevía a moverlo. ¿Qué más podía haberse roto, o reventado? Se dio cuenta de que aquello era nuevo. Aquello estaba mal. Él jamás se había caído. Él...

Le vio mover ligeramente los labios ensangrentados. Lara se dobló y acercó el oído a su boca.

- Por fin...me lo he... cargado. - la voz salía débil y sibilante. Cada aliento le debía costar un dolor. - A ese... hijo de... puta.

- ¿Quién?

Pero ya no dijo más. La respiración se volvió más sibilante, más siseante, y de pronto un borbotón de sangre oscura le brotó por la comisura del labio.

- ¡Kurtis! – gritó Lara, y olvidando toda precaución, le cogió la cabeza entre las manos – ¡No me hagas esto, maldita sea! ¡Mírame!

Creyó distinguir una leve sonrisa en la boca ensangrentada. Luego los ojos le rodaron hacia atrás, hasta ponerse en blanco, y se quedó inmóvil.

A lo lejos se podían ya oír las sirenas de la ambulancia.


No.

No puedes morirte, no ahora, no de esta manera.

No te mueras.

No me hagas esto.


Uno, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta.

Frente a la puerta de la UCI de aquel hospital, Lara patrullaba como un alma en pena. Aún no se había cambiado. Llevaba la misma falda, desgarrada en la parte baja, con manchas de la hierba del jardín, fresca y húmeda por el rocío nocturno. Se había cortado al arrodillarse entre cristales y le sangraba la pierna que asomaba por el corte del vestido, pero no se daba cuenta. Mechones de pelo rebelde empezaban a soltarse del moño. El rímel de los ojos se le había corrido.

Todo le daba absolutamente igual. Seguía avanzando a zancadas, sólo que no tenía espacio para avanzar. Estaba atrapada.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta.

- "A sus ángeles le encomendó y en sus palmas le llevarán para evitar que su pie tropiece con piedra alguna." - masculló inconscientemente.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta.

Kurtis sonriendo descaradamente, saludando Chirugai en mano, provocándola.

Kurtis dejándose caer hacia atrás, por encima de la barandilla.

Kurtis cayendo a través de tres pisos y aterrizando sobre sus pies. Sin un rasguño.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta.

Kurtis cayendo al vacío en Meteora. Cientos de metros desde la cima de Ayios Stefanos al fondo del valle. Arrastrando consigo al último Nephilim.

Karel se hizo pedazos. Él no.

- "A sus ángeles le encomendó y en sus palmas le llevarán para evitar que su pie tropiece con piedra alguna."

Ya no tenía el auxilio de los ángeles. Era frágil. Era como los demás.

La Luz le había abandonado.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta.

No, él había renunciado a la Luz. Para poder volver. Otra oportunidad.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta.

Dio un respingo al toparse cara a cara con su madre, que casi era tan alta como ella. Luego Lady Croft estiró la mano y la agarró por el brazo.

Lara bajó la mirada y se quedó mirando la mano arrugada, pero todavía firme, de su madre, suave, cálida, con aquel olor perenne a hierbabuena que ella bien recordaba, y como siempre, cubierta de joyas y anillos.

Hacía muchísimos años que no la tocaba. No desde que Lord Croft la desheredara.

- Para ya. - masculló Lady Croft entre dientes. No era una sugerencia, sino una orden. - Estás asustando a la niña.

Lara alzó la vista. Sentada a unos pasos de ella, en las sillas de espera, estaba Anna con la mirada clavada en el suelo. A ella la habían atendido enseguida: un pómulo fracturado, el ojo monstruosamente hinchado, cerrado, una pieza dental suelta. Nada comparado con lo que se había llevado Kurtis, pero aun así...

La exploradora británica se soltó bruscamente del brazo de la anciana dama y se acercó a su hija. Anna levantó la vista, el ojo sano cansado, la boca apretada, la mirada vacía.

- ¿Se va a morir? - preguntó con una vocecilla estrangulada.

Era como ella. No podía evitar hablar. Expulsar lo que pensaba por la boca.

- No lo sé.- respondió Lara, apartándole un mechón de la frente.

¿Para qué mentirle? No lo sabía. No le iría con falsas expectativas. Y por supuesto, no mencionó el pulmón perforado por la costilla rota, el bazo reventado, la sangre que había perdido, hasta necesitar de transfusiones, ni cómo lo habían tenido que reanimar dos veces porque el corazón se le había parado.

Anna seguía mirándole fijamente. Aquellos ojos.

- Si se muere – dijo lentamente – si se muere, juro que voy a cazar y a despedazar a todos los demonios que queden en este mundo. – se pasó la lengua por el agujero que ahora tenía entre los dientes. – Y si no se muere, también lo haré. Así sea lo último que haga.

Lara se pasó el dedo por la comisura del ojo, notando el lápiz de ojos corrido, pegajoso. No recordaba haber llorado en absoluto.

- Cuando le conocí nunca se hacía daño al caer. - dijo simplemente – Podía caer desde muy grandes alturas y aterrizaba sin un rasguño. Yo me moría de envidia. - sonrió al recordarlo. - Ha sido... desagradable verlo así.

Anna asintió. Temblaba ligeramente.

Lara se sentó a su lado y la rodeó con un brazo. Ahora era Lady Croft la que permanecía de pie junto a la puerta de la UCI, pero inmóvil y elegante, como una estatua griega.

- Ahora dime. - susurró Lara a oídos de su hija - ¿Qué es lo que ha pasado?

La niña vaciló.

- Anna Croft. Ni se te ocurra mentirme.

Durante un momento, los ojos azules la examinaron en silencio. Era una mirada extraña. Poderosa, vieja. Antigua como el mundo. Tenían una extraña luz.

Casi parecía que el ultimátum se lo estuviera dando a ella.

- Un demonio.

El jadeo entrecortado que pronunció esas palabras no partió de los labios de la niña. Lara se giró, estupefacta, hacia su madre, que la mirada con los ojos desorbitados y sostenía un pañuelo perfumado - ¿de dónde diantres lo habría sacado? - contra su boca.

- Un demonio. - jadeó de nuevo la anciana – Un ser abyecto, horrible, repugnante, salido del averno.

- Abuela. - musitó Anna.

- ¿Cuál es el problema, Anna? - Lara se volvió hacia su hija – Yo era poco mayor que tú cuando me enfrenté por primera vez a uno de esos seres. Desarmada, sin nada más que un tirachinas y un enorme Bestiario.

- A este no, mamá. Era un... era un íncubo.

Y lanzó una mirada severa a Lady Croft, que la observaba horrorizada. No pronuncies su nombre. Ni se te ocurra pronunciar su nombre... abuela.

Lara se había quedado rígida.

- Qué hacía un íncubo en mi casa. - masculló, más retóricamente que otra cosa, pero, para su sorpresa, Anna respondió.

- He sido yo. - y entonces se le llenaron los ojos de lágrimas, lágrimas de furia, lágrimas de rabia. - Yo lo atraje. Venía a por mí. - soltó un denso suspiro y dejó caer la cabeza. - Era a mí a quien quería. Pero papá se interpuso.


Cuando le permitieron verlo, fue a través de un cristal. Y se dio cuenta de que de entre todos los horrores que había llegado a presenciar durante su vida, aquél era el peor de todos. No sabía cómo manejar la rabia, la impotencia. No sabía estarse inactiva. Pero no había absolutamente nada que pudiera hacer por él.

El hombre al que amaba – porque sí, lo amaba, lo amaba con todas sus fuerzas – estaba inconsciente e intubado en una cama de hospital, conectado y rodeado a un montón de máquinas que mantenían sus frágiles constantes estables. Los brazos y piernas rotos y entablillados no la preocupaban. Las fracturas se curaban, ella lo sabía más que nadie. Tampoco que estuviese pálido como un muerto, más bien cerúleo. Lo que la atormentaba era el nuevo costurón quirúrgico en el costado, donde había tenido que extirparle el órgano reventado. El torso estaba hinchado y ennegrecido. Y Dios, aquel tubo horrible hundiéndose por el lateral de los labios sellados con esparadrapo. La respiración mecánica, sibilante.

A su lado, Anna, silenciosa y rígida como una estatua, miraba a su padre, las palmas de las manos apoyadas en el cristal. Tenía los dientes apretados, las mandíbulas tensas.

- ¿Y su columna? – Lara se volvió hacia el médico joven que, amablemente, las acompañaba mientras revisaba unas notas en el historial.

- ¿Disculpe?

- La columna.- dijo Lara, tratando de sonar serena y tranquila. – Quiero saber si volverá a caminar.

El médico miró de soslayo a la niña y luego miró hacia Lara, dubitativo. Entonces, Anna, sin desviar la mirada de su padre, habló:

- No soy un bebé y odio que me anden con mentiras. Puede hablar claro.

Entonces, el facultativo sonrió cortésmente.

- No hemos apreciado lesiones específicas en la columna, lo cual es una suerte considerando la aparatosa caída. Pero no quisiera jugármela aquí. Hasta que no evolucione su situación no podremos comprobar si realmente ha habido algún daño medular. Es más, probablemente nos lo tenga que decir él mismo.

Una imagen horrible acudió flotando a la mente de Lara. Ella la apartó bruscamente.

- Entonces se recuperará. – murmuró Anna. Aunque no era una pregunta, el médico replicó:

- Si no hay complicaciones, por supuesto. Ahora mismo es difícil hacer predicciones. Está estable dentro de la gravedad. Le tendremos monitorizado. – y entonces el joven miró hacia abajo – Señorita Croft, tienen que atenderla en urgencias.

Lara siguió la mirada del muchacho y vio sus piernas desnudas, llenas de cortes, tierra y briznas de hierba.

- No es nada.

- Tiene cristales clavados. Vaya a que se los extraigan.

- ¿Cuándo despertará? – preguntó Anna, haciendo una señal con la cabeza en dirección a Kurtis, como si no hubiese oído al médico.

- Le tenemos fuertemente sedado por la gravedad de las lesiones. Pero no se preocupen, de momento la respiración mecánica es por seguridad. Por el neumotórax. Si no hay complicaciones…

- Sí, sí, entiendo. – Lara se pasó la mano por el rostro – Sedado, entonces. No quiero que sufra dolor.


Cuando retornaron a la mansión, ya avanzado el día siguiente al ataque, y a pesar de que todavía le temblaban las piernas de puro terror, lo primero que hizo Lady Angeline fue subir a la biblioteca. Encendió la luz, aunque no hacía falta, y observó la ventana reventada hacia fuera, las jambas dobladas, los cristales rotos. Luego, pacientemente, se arrodilló en el suelo y empezó a tantear con las manos, intentando no cortarse con los fragmentos de cristal y porcelana rota.

Fue fácil localizarlo, puesto que estaba en medio de un escupitajo de sangre que empezaba a cuajarse. Lady Angeline pellizcó el diente roto con dos dedos y lo guardó cuidadosamente en un pastillero que llevaba en el bolsillo.

Un estruendo imprevisto la hizo dar un salto. A continuación, se oyó una algarabía de objetos y cristales rompiéndose, entremezclado con gritos de rabia. Alterada, la anciana dama se levantó y corrió hacia el otro extremo del pasillo, de donde venía el escándalo.

Anna estaba destrozando su habitación.

Se quedó parada en el marco de la puerta para observar, horrorizada, a su nieta dar una patada a la mesa, volcarla con todos los objetos que tenía encima – una lluvia de papeles y dibujos y lápices que se esparcieron en todas direcciones – y a continuación, presa de una rabia incontenible, agarrar una de las patas de la mesa y retorcerla, con todas sus fuerzas, hasta partirla. Blandiéndola como si fuera un garrote, empezó a descargar golpes brutales contra el mobiliario, reventando las lámparas, los cristales de las ventanas, volcando y tirando los libros de las estanterías y haciendo volar por los aires peluches, objetos personales y demás ítems que se podían encontrar en el cuarto de una adolescente. Todo ello mientras gritaba con todas sus fuerzas.

Paralizada del susto y del horror, Lady Angeline alcanzó a ver por el rabillo del ojo a su hija, que entró por la otra puerta y se quedó mirando cómo la niña destrozaba toda la habitación, tan serena e indiferentemente como si la estuviese viendo jugar al ajedrez.

Finalmente, Anna se agotó. Alzó la vista, vio a su madre y a su abuela, y dejó caer la pata de la mesa.

- ¿Has terminado? – le preguntó Lara, sin ira alguna, sin reproche - ¿Necesitas romper algo más? Porque si lo necesitas, por Dios, rómpelo.

La niña la observó durante unos instantes, grotesca con su único ojo sano mirándola y la cara tumefacta, y de pronto se desplomó en el suelo y rompió a llorar.

Lara avanzó hasta ella, se arrodilló a su lado y la abrazó, mientras la mecía lentamente. Anna hundió el rostro en su cuello y siguió llorando con todas sus fuerzas, agarrándola por la blusa ahora sucia y ensangrentada.

Lady Angeline, lívida y todavía quieta en el marco de la puerta, no sabía qué hacer. Observó la dantesca escena por unos momentos y luego, lentamente, dio media vuelta y bajó a la cocina. Puso una tetera a hervir y preparó una infusión tranquilizante. No podía hacer mal.

Mientras dejaba reposar la infusión, observó cierto movimiento al otro lado del seto. Cambiando de posición, se asomó al recibidor y vio a través de la puerta, a lo lejos, en la verja de entrada, una serie de coches policiales.

Lo que faltaba, pensó desalentada. Pero lo primero era lo primero. Cogió la bandeja, subió tranquilamente las escaleras ignorando el insistente zumbido del llamador, y volvió a donde estaban su hija y su nieta, todavía abrazadas en el suelo, rodeadas de puro caos.

No quedaba mesa alguna en la que dejar la bandeja, así que lady Croft la dejó al lado de ellas. Lara lanzó una mirada interrogante a su madre.

- Valeriana y pasiflora.- comentó. – Para los nervios.

La exploradora británica siguió mirándola fijamente durante unos instantes, como si en lugar de su madre ella fuese un curioso insecto. Luego, tomó la taza y probó la infusión.

- Gracias.- murmuró. Luego le pasó la taza a Anna, que al principio hizo una mueca y apartó la cara, pero cuando Lara empezó a beberse la taza, estiró la mano y cogió la otra.

- Gracias, abuela. – dijo.

El llamador seguía sonando.

- ¿Quién es? – murmuró Lara.

- La policía.- suspiró lady Angeline.

Lara arrugó la nariz. Lo que faltaba.

- Odio a la policía. Diles que se marchen de aquí.

- Volverán.

- Pues que vuelvan, pero en otro momento. Échales.

Y eso fue lo que la anciana lady hizo, a falta de poder hacer nada más.

Más tarde se dio cuenta de que se le había pasado por alto prepararse una taza para ella misma.


- Es culpa mía.- sollozó. – Venía a por mí. Esa cosa venía a por mí. Como él dijo.

Lara le acarició los cabellos. Era más fácil concentrarse en esa tarea sencilla, mecánica, reconfortante, que ahondar en lo que ya era obvio. Y lo obvio era inmensamente doloroso en aquellas circunstancias.

No podemos estar a la greña mientras ella sea vulnerable.

Mi lugar está aquí.

Mi hija. Mi legado.

Siempre tenía razón.

- Anna.- dijo Lara de pronto – Ha sido una temporada malísima, pero vamos a dejar de lamentarnos y a intentar arreglar las cosas.- Se separó de la niña y empezó a secarle las lágrimas de las mejillas.- Para empezar, deja de repetir que es culpa tuya.

- Yo lo atraje.

- ¿Podías impedir atraerlo? ¿Hiciste algo consciente, intencionado, para atraerlo?

- N-no. Nooo. ¡Claro que no!

- Entonces no hay razón para sentirse culpable. No podías evitarlo, ergo no es culpa tuya. Sólo somos culpables de lo que intencionadamente provocamos, ¿comprendes? Además, él ya te avisó de que esto podía pasar.

Él me avisó, pensó a su vez la propia Lara, desalentada. Él me avisó y yo preferí seguir con mi propia ira. Dios, aquello sí era culpabilidad.

- Mamá, yo… - Anna se pasó de nuevo la lengua por el hueco de los dientes. – Él no tendría que haber hecho eso. Era muy fuerte, demasiado fuerte para él. Y sólo me quería a mí.

- ¿Me estás diciendo que tu padre tendría que haberse quedado mirando cómo ese ser te destrozaba? ¿Y luego a tu abuela? Aunque hubiese salido corriendo, él lo habría alcanzado. Y luego me habría alcanzado a mí. ¿Es ésa una buena ecuación? ¿Cuatro muertos en lugar de uno?

La mirada durísima de su hija la clavó en el sitio.

- Papá no ha muerto.

- No.- Lara se pasó la mano por el rostro. Aún no. – Y ojalá no lo haga. Pero es así como son las cosas, Anna. ¿Qué hubieras hecho en su lugar? ¿Quedarte mirando? ¿Correr? ¿O hubieras luchado por defenderle?

La niña bajó la mirada y empezó a abrir y cerrar los puños.

- Ni siquiera pude ayudarle…

- Todavía no. Pero algún día, lo harás.

- Y… ¿si se muere?

Seré yo la que no se lo perdone jamás, pensó Lara, pero no lo dijo.

- Déjame decirte algo sobre tu padre.- dijo, en cambio – Él siempre ha sido así. Un tonto sobreprotector. Desde que le conozco ha hecho estas cosas, anteponer la seguridad de los demás a la suya propia. Quizá fuese cosa de su entrenamiento, o simplemente es su naturaleza, como yo creo. Cuando éramos dos extraños ya hacía esas cosas. La primera vez que tuvimos un confrontamiento, en el museo del Louvre, en París; me robó la Pintura, pero luego se aseguró de que podía seguirle y escapar de aquel lugar lleno de mercenarios. Lo pagó con un buen golpe en la cabeza. Luego, cuando soltaron a aquel monstruo mutado contra nosotros, prefirió ayudarme a escapar y entregarme a mí los Fragmentos que podían destruir a nuestro enemigo, para quedarse él a morir. – Lara suspiró – Y casi murió. Luego, lo hizo mil veces más. Se entregó a la Cábala por mí. Lo torturaron de una forma atroz durante meses y no lograron quebrarle, porque su conciencia estaba tranquila. Le rescaté, pero luego, descendió a la Vorágine por voluntad propia. Después de que supo que tú existías, sólo tuvo una razón más para luchar. Murió por nosotras. Sacrificó sus poderes para traernos de vuelta. Y no sólo por nosotras, también ha luchado por los otros, por Zip, por Selma, por tu abuela que ya descansa. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. No podemos cambiarlo, y para él es indiferente tener poderes o no tenerlos. Si se sacrificó por una desconocida que acababa de encontrar en París, ¿cómo no iba a hacerlo por su propia hija?

Anna la escuchó en silencio. Luego miró hacia un lado, hacia la habitación destrozada.

- ¿Comprendes? – insistió Lara – No había forma alguna de cambiar lo que sucedió ayer. Quizá, si yo hubiese estado para ayudarle… - titubeó, pero luego hizo un gesto furioso con la mano.- Pero yo no estaba. No puede cambiarse. Lo que ha sucedido tenía que suceder.

Gracias a Dios que él estaba, pensó, pero no lo dijo. ¿Qué podría haber pasado si Kurtis no hubiese estado? No quería ni pensarlo.

- Mamá.- dijo Anna de pronto. - Siento haber destrozado mi habitación.

Lara hizo un gesto cansado. ¿Qué eran unos cuantos objetos comparados con Kurtis?

- Si quieres romper algo más – dijo con una sonrisa – tengo unos cuantos trastos en el desván que sobran y empiezan a molestarme.


El pitido de la máquina que reflejaba sus constantes vitales la ponían nerviosa. Su respiración, sibilante y estrangulada a causa de las costillas machacadas, la ponía nerviosa. El ruido mecánico del respirador que lo ayudaba a sobrevivir la ponía nerviosa. Era constante, cíclico, nunca se detenía, pero todos esos sonidos eran la vida. El silencio era el horror.

Lara se inclinó hacia adelante e intentó acariciar la mano de Kurtis, pero estaba tan llena de tubos que no había manera. Apenas llegó a rozarlo con la yema de los dedos. Al menos, aquel brazo no se había roto.

Había pasado casi una semana, y no parecía haber ningún progreso. Estable dentro de la gravedad, seguía siendo el diagnóstico. Ni empeoraba, ni mejoraba. No recuperaba la consciencia.

- No hay daño cerebral observable, ya que afortunadamente el cráneo no recibió ningún impacto.- le había dicho el joven médico – Pero mientras no recupere la conciencia, no podemos afirmarlo.

Y él no despertaba. Una carcasa vacía, con un nivel vida muy básico.

La policía había estado en su casa de nuevo, había interrogado a Anna, había interrogado a su madre, pero todos los días, Lara intentaba estar la mayor parte del tiempo posible junto a él, ahora que le permitían pasar al otro lado del cristal.

Si moría, no quería que muriese solo. Si despertaba, quería que fuese a ella a quien primero viera.

No puedes morirte. No ahora. Teníamos que hablar. Teníamos que arreglar este error, esta locura.

Si aquello era un castigo, estaba siendo demasiado cruel. Demasiado doloroso.

Se inclinó sobre él y rozó su boca con los labios. Casi no podía hacerlo con aquel tubo metido por la garganta y el esparadrapo que le mantenía la boca cerrada.

- Tenías razón.- murmuró, dirigiéndose a él, aunque sabía que no podía oírle. – Siempre la has tenido. Necesito que vuelvas. – se inclinó para susurrarle al oído – Vuelve, Kurtis. Por favor. Todo lo que dije no era verdad. Te quiero a mi lado. Siempre te he querido a mi lado.

El pitido seguía sonando, implacable. No se oía nada más, salvo la respiración mecánica, artificial.


- Ah, señorita Croft. Por fin podemos hablar.

La elegante mujer trajeada le tendió una mano. Lara, cansada y de malhumor, la escrutó a ella y al resto de oficiales y policías que se movían arriba y abajo por la mansión, sin llegar a estrechar la mano de la inspectora. Al final, ésta la dejó caer, encogiéndose de hombros.

- Soy la inspectora Weller. Recibimos un aviso por un grave incidente ocurrido aquí, y tras observar las evidencias y hablar con su madre y con su hija, tendría algunas preguntas para usted, si no le importa.

Dios, cómo odiaba a la policía.

- Últimamente estamos pasando por un claro annus horribilis.- dijo Lara, irritada – Hemos sufrido diversos ataques, perdido a un miembro de la familia y ahora el padre de mi hija está en coma en el hospital. Disculpe, pero todos ustedes me están molestando.

La inspectora sonrió amablemente.

- Claro, faltaría más. – y entonces chasqueó los dedos – Vamos, muchachos, despejad el área y esperadme afuera. La señorita Croft y yo vamos a hablar en privado.

Estaba claro que no iba a ser nada fácil librarse de aquella mujer. Lara estaba demasiado exhausta para pelear, pero tampoco iba a ponérselo fácil. Así que se limitó a cruzarse de brazos y esperar a que la inspectora diese el primer paso, sin ofrecerle asiento ni una taza de té.

Weller lo entendió inmediatamente. Sonrió de forma inteligente, dando a entender que comprendía, y sin más bajó la mirada hacia una carpeta que tenía y hojeó unos papeles.

- Dígame, señorita Croft, ¿había golpeado el señor Trent a su hija anteriormente?

Lara se quedó helada. Miró estupefacta a la inspectora durante unos instantes. Hizo cábalas rápidamente. Entonces respondió:

- Kurtis jamás ha golpeado a su hija.

La inspectora se frotó la nariz con suspicacia.

- Su hija tiene un hematoma terrible en el lado derecho del rostro, resultado de un golpe brutal. El ojo considerablemente hinchado, y ha perdido un diente…

- Ya he visto la cara de mi hija, gracias.- cortó Lara.

- Entonces, le pregunto de nuevo, ¿le había golpeado su padre en alguna ocasión anterior?

- Él no ha golpeado a Anna.

- No es eso lo que ella dice, señorita Croft.

Lara enmudeció de nuevo. ¿Qué?

Con un teatrillo bastante estudiado, la inspectora suspiró y hojeó de nuevo los papeles.

- Según su hija, el señor Trent y usted tuvieron una pelea hace meses y él la agredió.

La exploradora británica palideció de golpe. Luego miró a su alrededor, localizó una silla y fue a sentarse en ella, porque de pronto le estaba dando una tremenda flojera de piernas, algo por lo demás totalmente atípico en ella.

¿Cómo lo sabe?, pensó, sintiendo de nuevo aquel temor reverencial, ¿cómo lo sabe?

¿Se había ido Selma de la lengua? Ella era la única a la que Lara había confesado lo sucedido, y sólo después de perder los estribos en una discusión con la arqueóloga turca. ¿Había sido Selma capaz de…? Pero no, no tenía sentido. Selma quería a Anna. Jamás le hubiese contado algo tan íntimo, tan doloroso.

La inspectora se había sentado frente a ella y esperaba tranquila, aunque mirándola con suspicacia.

Tenía que tranquilizarse.

- No sé cómo mi hija ha podido averiguar eso.- admitió. Para resultar convincente, tenía que dejar ir partículas de verdad – Yo nunca le he hablado de ello.

- ¿De que el señor Trent la agredió?

- Kurtis no me agredió.- replicó Lara, intentado mantener la calma. – Tuvimos una pelea. Yo le ofendí. Él me empujó.

- A mi modo de ver, señorita Croft, eso es una agresión.

- No sufrí ninguna herida ni lesión. Fue una pelea de pareja. Las hay a miles.

- ¿Sabía su hija que estaban peleados?

- Sí.

- ¿Y de que el señor Trent tenía tendencias suicidas?

- ¡¿Qué?!

Ante el grito de Lara, la inspectora alzó las palmas de las manos en son de paz. Luego aclaró:

- Verá, estoy intentando reconstruir lo que pasó allí arriba, en su biblioteca. Las declaraciones de su hija han sido confusas, pero lo atribuyo al estrés postraumático. Lo mismo atribuyo a su madre, lady Croft, que parece estar aún más confusa, no ha dicho gran cosa y se ha limitado a corroborar la versión de su hija. Por lo que he podido extraer, esa noche el señor Trent intentó suicidarse y, cuando su hija intentó detenerlo, él la golpeó.

Durante unos instantes, Lara permaneció en silencio, mirando fijamente a la inspectora, mientras pensaba a toda velocidad. Luego, simplemente se quedó pasiva, hasta que Weller, cansada, dijo:

- ¿No tiene nada que decir al respecto?

Cuando Lara volvió a hablar, parecía súbitamente tranquila.

- La verdad es que estoy en shock. – cosa que no parecía en absoluto – No tenía ni idea de que Kurtis quisiese suicidarse. Mucho menos de que fuera capaz de golpear a mi hija. Yo no estaba en casa, pero sé que él no la golpearía. La adora.

- En circunstancias normales, no. Pero ha admitido que él la empujó a usted misma tras una pelea. Puede que fuera de sí, golpeara a la niña. En cualquier caso, ¿por qué cree usted que él haría eso? ¿Qué motivos tendría para querer suicidarse? ¿Qué tenemos tras esa pelea?

Lara se irguió en la silla.

- Eso es personal, y si no le importa, no me apetece compartirlo con una agente desconocida.

La inspectora estiró el brazo hacia el piso superior. Tenía un bolígrafo caro entre los dedos.

- Disculpe, señorita Croft, pero su hija ha sido agredida brutalmente y es mi responsabilidad aclarar eso, antes de que lo hagan los servicios sociales.- sonrió fríamente – Se enfrenta a una denuncia por maltrat…

- Ya sé a lo que me enfrento. Pero no tengo nada más que decir. Cuando Kurtis salga del coma, podrán interrogarlo.

Perdóname, pensó Lara en silencio, sintiéndose sucia de repente.

Pero en efecto, aquella respuesta había desarmado a Weller. Derrotada, dejó caer el brazo. Luego, se levantó.

- ¿Sabe una cosa, señorita Croft? – dijo, mientras recogía sus carpetas y papeles – A mí tampoco me convence la versión de su hija. Todo coincide, las pruebas están ahí, pero algo me falla. Creo que esta niña es extremadamente lista, y que está protegiendo a su padre. Pero ese golpe en la cara… no es algo que alguien trastornado haga en defensa propia o para quitarse a alguien de en medio. Ha sido un golpe brutal, con premeditación, alevosía, y dado con toda la saña y las fuerzas. Que yo sepa, semejante fuerza encaja con la constitución atlética del señor Trent, y, debo decir, con los problemáticos y preocupantes rumores que me han llegado sobre su pasado...

Esta vez, fue Lara la que sonrió con frialdad.

- Con rumores no llegará usted lejos, inspectora. Hacen falta pruebas. Vuelva cuando las tenga.

Si Weller acusó la réplica, no lo dejó translucir. Acabó de guardar sus cosas y cerró su maletín.

- Ah, y otra cosa.- dijo antes de irse – Que yo sepa, cuando alguien va a tirarse por la ventana, la abre primero. El señor Trent se lanzó sobre ella estando cerrada. ¿Para qué complicarse tanto, exponiéndose a una barrera que puede frenarlo en la caída? La forma en que esa ventana se abrió no es nada normal. Por no mencionar que no había altura suficiente para matarse. Quizá no pensaba con claridad, lo cual es de libro, claro; pero si quería morir es del tejado de donde debería haber saltado. A esa altura sólo se habrá causado dolorosísimas y, quizá, irreversibles lesiones. ¿No es así, señorita Croft?

- ¿Siempre trata así a la gente que ha sufrido una tragedia? – escupió Lara – Me dan pena las otras víctimas que ha tenido que atender.

Y esta vez, la inspectora se marchó sin replicar.


Cuando subió a la habitación de Anna, ya despejada la mansión y sin un solo policía en medio, encontró a su hija y a su madre barriendo cristales y recogiendo destrozos.

- ¿Qué has hecho? – interrogó Lara a la niña - ¿Por qué has dicho eso a la policía?

Anna se apoyó en el mango de la escoba, mordiéndose el labio inferior. Sorprendentemente, fue Lady Croft quien intervino.

- No castigues a la niña. No podía decir otra cosa.

Lara la fulminó con la mirada.

- Curiosamente, creo que es a ti a quien viene esto de perlas. Me extraña que no sea cosa tuya.

- Mamá, deja en paz a la abuela.- gruñó Anna – Ella no ha dicho nada. Ha sido cosa mía.

Lara se cruzó de brazos y cambió el peso a la otra pierna.

- ¿Sabes lo que has hecho? Has acusado a tu padre de maltratador y de suicida. Ahora no nos dejarán en paz. Vendrán a por él, Anna.

La niña se pasó la mano por el rostro, agotada.

- No sabía qué otra cosa decir, mamá. Con las pruebas que había… - hizo un barrido con el brazo – No podía decirles la verdad, ni tampoco quería. Para que me tomasen por loca…

- Podrías no haber dicho nada.

Anna negó con la cabeza.

- No. Se me iban a llevar a un centro de acogida. Como he cooperado, de momento me han dejado en paz.

- ¿Cómo lo sabes?

- Lo sé.

Lara se volvió hacia su madre.

- ¿Puedes dejarnos solas un momento? – pidió, aunque sonó más bien como una orden.

Lady Croft dejó la escoba y salió en silencio. Luego Lara avanzó hasta su hija, pisando los cristales rotos.

- ¿Quién te ha dicho que tu padre me empujó?

Anna bajó la mirada.

- Nadie, mamá.

- ¿Fue Selma?

- Qué va. Deja a la pobre tía Selma en paz.

- ¿Y cómo lo sabes?

- Lo vi, mamá.

- ¿Cómo? ¿Cuándo?

- Cuando te toqué, en Istanbul.- la niña alzó la vista – Estabas llena de dolor, de rabia. Te toqué y lo vi.

Dios mío.

- ¿Viste la pelea?

- Fragmentos. No se oía claro. Pero vi eso.

- Dios, Anna. – Lara ocultó el rostro entre las manos.- ¿Desde cuándo llevas haciendo eso?

Unos segundos de silencio.

- Desde Sri Lanka.

Lara se giró, caminó hacia la cama y se dejó caer sentada en ella.

- ¿Qué más has visto?

- Veo lo que quiero. Encuentro lo que busco. – dudó – Más o menos.

- No se te habrá ocurrido mirar cuando tu padre y yo…

Anna torció la boca, horrorizada.

- ¡Por Dios mamá, no! ¡Qué asco!

Algo es algo, pensó Lara, aliviada. Eso que hubiera sido horrible.

- No deberías haber visto aquello, Anna. Era privado. Era personal.- la miró, dolida – Era algo nuestro, como lo otro que te daría asco mirar. No tienes que hacerlo.

- No pude evitarlo. Te toqué y te sentí. Incluso ahora podría hacerlo, si me lo propongo.

Kurtis nunca le había hablado de aquello. Él siempre le había dicho que no era capaz de leer las mentes. Pero ¿tocarla y sentir cosas? ¿Tocarla de una forma determinada, para lograr algo en concreto?

Y entonces, un pensamiento súbito, como un rayo, la dejó azorada.

El Louvre. Aquellas manos grandes, cálidas, tocándola de aquella manera tan íntima, acariciándola… siempre pensó que se había extralimitado. Pero ¿y si no era lo más evidente? ¿Y si en realidad, él había estado…?

- Dime, señorita vidente.- preguntó entonces - ¿Es verdad que él quería… quería…?

- ¿Suicidarse? – terminó Anna – No, por Dios. Eso me lo inventé. - Lara no pudo evitar un suspiro de alivio. – Pero él estaba triste, muy triste. Tenía miedo de que lo apartaras y no me pudiera ver más.

- Un monstruo.- murmuró Lara – Todos creéis que soy un monstruo.

- Yo no, mamá. Yo sé que no lo habrías hecho.

- ¿Y por qué no se lo dijiste? – dijo Lara.

Anna la miró en silencio. La mirada le había cambiado. De pronto, era la de una mujer adulta.

- Eso, mamá, lo tienes que hacer tú.


Cuando llegó de nuevo a la fría habitación de la UCI, se dio cuenta de que había una figura negra inclinada sobre Kurtis. No era un médico. Era un sacerdote.

Molesta, Lara cerró la puerta y dijo secamente:

- ¿Le importaría retirarse, por favor? No necesitamos un sac...

El hombre se dio la vuelta y le sonrió con dulzura. Lara se mordió el labio, avergonzada.

- Padre.- dijo. – Perdóname, no te había reconocido.

Abraham Patrick Dunstan dejó una ampolla que había estado manejando y abrió los brazos. Lara lo abrazó con fuerza.

- Lo siento, querida, no he tenido tiempo de avisar.- dijo con su voz calma y segura. – Me enteré ayer de lo que había ocurrido. He venido tan pronto como he podido.

- ¿Quién te avisó? – dijo Lara, retrocediendo, pero sin soltarse de sus brazos.

- Tu madre, por supuesto. Parece que la pobre Angeline me ha estado llamado repetidamente durante varios días, pero cuando estoy en Irlanda no tengo un teléfono cerca por vocación.- rio levemente - ¿Cómo estás, querida?

Lara había desviado la mirada hacia la ampolla que había sobre la mesilla y, al ver a Kurtis, se dio cuenta de que el sacerdote había trazado una cruz de aceite sobre su frente y el dorso de las dos manos.

- Padre, - le dijo – todavía no está muerto.

El sacerdote irlandés sonrió con paciencia.

- Claro que no, querida. No hacemos esto a los muertos. Se lo hacemos a los vivos. Pero – le palmeó con dulzura una mejilla, como cuando era niña – entiendo que no ha sido mi mejor presentación. Perdóname.

Luego sacó un pañuelo y empezó a limpiar el óleo del rostro del comatoso.

- De todos modos, Kurtis ni siquiera es cristiano.- Lara se encogió de hombros – Dudo mucho que siquiera esté bautizado.

- Por eso le he bautizado ahora mismo, antes de los óleos.

Lara se quedó perpleja.

- ¿Qué has hecho qué?

El padre Dunstan tenía la virtud de no ofenderse ni alterarse jamás.

- Querida mía, soy un sacerdote. Él sirve al mundo librándolo de los demonios y yo sirvo cuidando almas. Y la suya, por cierto, es un alma muy valiosa. Cumpliré con mi deber.

Lara se sentó en la silla y observó como el sacerdote recogía sus pertenencias y luego se sentaba junto a ella.

Kurtis seguía inmóvil, comatoso, respirando mecánicamente.

- Ahora dime, querida.- él puso su mano sobre la suya y la apretó con fuerza - ¿Qué ha sucedido? ¿Cuánto tiempo lleva así?

- Dos semanas.- musitó Lara – Y lo que le quede. ¿No te lo ha dicho mi madre?

- La pobre Angeline estaba aterrorizada. Me dijo que lo había atacado un demonio. Dios bendito. Sí que ha empezado pronto.

Lara le miró.

- Entonces sabes que venía a por Anna.

- ¿A por quién iba a venir, si no? ¿De qué clase de demonio se trataba?

- Un íncubo.

Y entonces, el sacerdote irlandés, de habitual pálido, palideció todavía más e, instintivamente, se santiguó.

- Por el amor de Dios. – luego miró hacia el hombre yacente – Y claro, se enfrentó al íncubo él solo.

Lara no dijo nada. No hacía falta.

- Lo venció, ¿verdad?

- Ninguno estaríamos aquí si no lo hubiese vencido.

- Claro, claro.- murmuró el sacerdote, más para sí mismo que para Lara. - ¡Él solo! ¡Sin sus poderes! ¡Y lo venció! ¡Qué hombre tan extraordinario!

Y no dijo lo que pensó a continuación. No puedo creer que aún esté vivo.

El silencio se espesó en torno a ellos, únicamente roto por el odioso pitido de la máquina y la respiración mecánica.

- ¿Cuándo despertará?

- No lo sé, padre. Los médicos no lo saben, tampoco.

- Entonces sólo queda una cosa por hacer.

Tranquilamente, y sin pedirle a Lara que lo acompañara, el padre Dunstan sacó un rosario del bolsillo y empezó a rezar.


Al cabo de una semana, Kurtis despertó.