Lo que sea, pero contigo

Capítulo 2:

Un favor más o cómo después de la resaca vienen los problemas.

Abrí los ojos con parsimonia, sintiendo que si me descuidaba, la poca luz que entraba a través de la ventana derretiría mis pupilas.

Me dolía la cabeza, sentía un dolor insoportable subir desde mi espalda concentrándose en mi estómago, y la inoportuna alarma hacía en mi cerebro un enorme agujero con su insistente y desesperante sonido.

Sin más ánimo que para tomar la colcha que me cubría parcialmente y proteger de los débiles rayos de sol mi dolorida cabeza, susurré con voz queda y suplicante que necesitaba algo para la resaca, y de manera perezosa, sentí a alguien abandonar el lugar a mi lado y dirigirse a la cocina.

No sé cuánto tiempo transcurrió desde su partida, pero cuando lo escuché llamarme por mi nombre y me asomé entre las sábanas con los ojos cerrados, le di las gracias por la taza que había puesto en mi mano, y después de beber su contenido sintiendo como la mezcla de miel y agua tibia se escurría suavemente por mi garganta, me dejé caer de nuevo en la cama mucho más tranquila, segura de que cuando al fin me levantara, aquel intenso malestar en mi cuerpo ya se habría esfumado.

—Muchas gracias, Touya.

—De nada —murmuró perezoso mientras me acurrucaba a su lado, agradecida de que su cuerpo me envolviera con su calor en aquella fría mañana de febrero.

Era agradable no despertar sola después de tanto tiempo. Normalmente no toleraba dormir desnuda, pero por alguna razón, en esa ocasión me sentía tan completa, tan en paz… que me quedé dormida a su lado por al menos cinco segundos.

Los cinco segundos más reveladores de toda mi existencia.

—¡Ah! ¡No puede ser! —grité como desquiciada a la vez que me incorporaba de golpe, mirándolo como quien ha visto la muerte en persona, y levantando la cabeza como si le pesara varios kilos y hasta ese momento la hubieran estado golpeando con un martillo, me miró con los ojos entreabiertos, preguntándome ligeramente incómodo que era lo que me pasaba tan temprano.

¡Qué pregunta tan estúpida!

—¿Por qué duermes aquí? ¿Qué-qué me hiciste?

—¿Que qué te hice? —Él pareció meditarlo unos momentos sin mucha voluntad. Se incorporó lentamente dejando al descubierto su torso desnudo, y yo me negué a mirar más allá de la sábana que lo cubría de la cintura para abajo, temerosa de aquello con lo que tal vez me encontraría si también estaba desnudo—. Pues hasta dónde yo recuerdo, en realidad fuiste tú la que me hiciste un par de cosas. Deberías recordarlo, te veías muy feliz trepándote por todos los muebles de la habitación mientras me…

—¡No, por favor! No digas nada más. No quiero escucharlo. —Puse mis manos sobre mis ojos mientras me hundía en mi propia miseria, a la vez que él se quedaba allí, solo mirándome en silencio, severamente contrariado por mi actitud de aquella mañana que no tenía nada que ver con la de la noche que describía.

Permanecí así un buen rato, intentando recordar algo que me hiciera entender porque habíamos terminado de aquella manera, y entonces cubrí mis pechos con mis brazos al darme cuenta de que solapadamente, él los miraba.

Perfecto. Yo intentando hallar una buena razón para no lanzarme por la ventana y acabar con mi vida, y la primera persona con la que me atrevía a acostarme y mandar al traste mi deseo de llegar casta al matrimonio, estaba allí como menso mirando con lascivia mis atributos.

Aunque… Espera un momento. ¡No podía ser verdad!

—Mi virtud. ¡Tú te apoderaste de ella!

—¿Eras virgen? —La mirada que le dediqué ante su pregunta seguro era aterradora pues, como si le hubiera apuntado con un arma y fuera a volarle la cabeza, se giró por completo, abandonó la habitación (gracias a Dios, vestido), y me dejó sola para que pudiera cambiarme, pues urgentemente necesitaba ponerme algo que me cubriera antes de que me matara la vergüenza o en el peor de los casos, terminara yo matándolo a él.

Había escuchado de la amnesia post-borrachera, pero era la primera vez que me pasaba.

Lo peor de todo era que lo que sí recordaba, me confirmaba que tal y como él había asegurado, yo era quien literalmente me le había lanzado a los brazos.

—Bien Tomoyo, tranquila. Se te pasó la mano con los tragos e hiciste algo estúpido, pero ahora necesitas concentrarte. —Me recordé a mi misma mientras respiraba profundo, segura de que si seguía dándole más vueltas al asunto me volvería loca.

De cualquier modo, ¡lo de Touya no tenía excusas! ¿Qué clase de salvaje podía estar con una mujer sin siquiera percatarse de si había hecho aquello antes? Debió imaginarlo, un tipo que salía con hombres seguro ni siquiera sabía cómo tratar a una mujer en la cama. A menos que…

—Oye Tomoyo, ¿por casualidad…?

—¡Pervertido! —Le grité mientras le aventaba una almohada y cubría por reflejo mi retaguardia, al sentir sobre mí su mirada desconcertada. Él pareció entender la referencia pues, agitando las manos con vehemencia, me juró que las cosas no eran como de hecho creía—. ¿Cómo entonces ni siquiera te percataste de que era virgen? ¡Seguro me sometiste a alguna práctica aberrante que solo tú disfrutaste!

—Oye, deja de decir las cosas como si hubiera sido yo quien te había obligado —increpó, frunciendo exageradamente el ceño mientras yo lo azuzaba con la mirada—. Todo lo que ocurrió fue completamente voluntario y si me permites mencionarlo, no dejabas de asegurar que era lo mejor que te había pasado. —Enrojecí al instante pues de hecho si recordaba eso, y al verme tan afectada y a punto de lanzarme del tercer piso en el que de hecho estábamos, pareció concluir que en mi estado actual tantos detalles no me eran para nada saludables, y tomando asiento a un lado del lecho, me hizo una seña para que me sentara junto a él, cosa que hice pero a bastante distancia lo que provocó que él entornara los ojos hastiado, suspirando profundo unos segundos después, buscando de alguna forma serenarse y recordar que parte de aquello también era su culpa—. Escucha, lo siento mucho. No debí haber cedido a tus provocaciones. También pienso que nos excedimos, que nada de esto debió pasar, pero independientemente de ello, no es sano que te lo tomes de esta manera. No podemos cambiar lo que pasó, así que, sé que es difícil… pero intenta no darle más vueltas. Quedará solo entre nosotros, así que no te preocupes por ello, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —murmuré, no muy convencida, aunque motivada por el tono tan conciliador y paternal que había usado conmigo, y al verme a punto de ceder al llanto, me estrechó entre sus brazos, cosa que sinceramente agradecí.

Las últimas veinticuatro horas habían sido simplemente horribles.

La felicidad de Kobato estaba en peligro por mi culpa, me encontraba con mi antigua némesis del colegio, cometía un grave error de juicio cuyas consecuencias ahora debía cargar y seguro había empeorado lo que sea que estuviera pasando entre Touya y Yukito. Me sentía devastada. No solo me enojaba haber caído tan bajo en mi desolación, me destrozaba pensar que lo había arrastrado a él en el proceso. No me reconocía. ¿Dónde había quedado la niña perfecta que siempre hacía las cosas bien?

—Sabes, tengo que ir al trabajo en unas horas y me muero de hambre. ¿Crees que haya algo aquí con lo que desayunar? Hace rato tenía demasiado sueño para percatarme.

—Creo que hay algunas cosas en la despensa. Deja y te preparo algo. —Intenté alejarme para al menos ofrecerle algo de comer después de hacerlo pasar por tanto, y negando con la cabeza, me pidió que tomara una ducha, me relajara y le dejara el resto.

A decir verdad eso me hizo sentir mucho más tranquila, pues en el estado de contradicción mental en que me encontraba, seguro terminaría por encender toda la casa.

El resto de la mañana transcurrió con tranquilidad, y tal como prometió, Touya preparó el desayuno, sirvió un par de platos y recogió toda la casa en un claro intento de eliminar las evidencias de lo ocurrido, por mi propia salud mental.

¿Cuántas de las cosas que me interesaban realmente habíamos hecho? Esperaba que no le hubiera hablado de aquella fantasía que tenía, pues de ser así, me moriría de la vergüenza.

—Señorita Daidouji, ¿se siente bien hoy? —La amable voz de mi asistente me hizo levantar la cabeza del escritorio donde había permanecido adherida desde mi llegada, e intentando sonreírle ocultando mi pena, le aseguré que solo no había dormido demasiado y por ello me sentía cansada, lo cual según parecía era parte de la verdad.

—Entiendo. Desde la muerte de la Señora Daidouji su descanso se ha visto severamente afectado. Tal vez debería pedir al médico que le recete algún somnífero para...

—Gracias. Lo tendré en cuenta. —La chica frente a mí bajó la mirada al percibir que su comentario parecía haberme molestado, y haciendo una reverencia, abandonó mi oficina reprochándose a sí misma no haber sido más discreta con tan delicado asunto.

Himawari era una chica atenta que sinceramente se interesaba por los demás, y en verdad agradecía que se preocupara por mí, sobretodo luego de haber perdido a mi madre de manera tan repentina, pero después de aquella mañana tan caótica y amarga, lo último que deseaba era que me recordaran el hecho de que en esos momentos de desasosiego, mi madre ni siquiera estaba viva.

Aunque en retrospectiva, si se hubiera enterado seguro ya hubiera ido a buscar a Touya para castrarlo.

—No es su culpa. Tú lo provocaste. —Me reprendí a mi misma sintiendo algo de pena por todo lo que había hecho pasar a Touya en las últimas horas, y fortaleciendo mi resolución de dar la cara lo antes posible y asegurarme de hablar con Yukito para aclarar todo aquello, golpeé mis mejillas con fuerza intentando espabilarme y llevando la mirada hacía mi escritorio, me acerqué a la computadora dispuesta a realizar mi trabajo de una vez por todas.

Como la magnate más joven de toda la tierra nipona, no solo tenía una reputación que mantener, sino que miles de familias dependían de mi trabajo para conseguir el sustento. Contrario a lo que las personas solían pensar, heredar una fortuna que ascendía a una cantidad absurda de billones no era para nada divertido. Implicaba trabajo, responsabilidad y mucho esfuerzo.

Esfuerzo que aunque deseara no era capaz de poner esa mañana.

—¿Acaso esto podría empeorar? —pensé en voz alta mientras mi vista vagaba en la pantalla de mi computadora, y como si de una misiva del averno se tratara, una notificación de una red social que ni siquiera recordaba aún usaba, emergió en la barra de notificaciones tentándome a revisar un mensaje que por los mil demonios jamás debí leer.

« Hola Daudoji.

Soy tu buena amiga Asuka.

Todos nuestros compañeros han quedado igual de impresionados que yo cuando les di la noticia de tu relación amorosa, así que han insistido en que este fin de semana nos reunamos para conocer al maravilloso hombre que te sacó de tu vida, como decirlo… alternativa.

No te atrevas a faltar. Recuerda que todo esto lo hacemos por ti».

—Si de verdad quisieras hacer algo por mi, tomarías tu mensaje y te lo… —Detuve mis pensamientos sabiendo que mi mal humor se estaba saliendo totalmente de control, y estaba perdiendo por completo la diplomacia, pero es que, ¡ella era la culpable de todo!

La insufrible de Asuka era la que me había puesto en aquella situación en primer lugar. ¿Cómo una niña aparentemente tan inocente podía convertirse en una arpía como esa?

Solo Dios lo sabía.

De lo único de lo que sí estaba segura era, que cuando la envidia afloró en ella y sacó las uñas mostrando lo que realmente llevaba en el corazón… convirtió no solo mi vida, sino la de todos los que tuvieron la mala suerte de conocerla en preparatoria, en la etapa más agonizante y desastrosa de toda nuestra existencia. Y era obvio que ahora que éramos adultas, seguía intentando hacer lo mismo de entonces.

Miré a mi alrededor, pensando en qué pagar a alguien que la asustara lo suficiente como para que dejara de ser mala realmente valía la pena, hasta que al mirar la foto enmarcada sobre mi escritorio me di cuenta de que rebajarme a su nivel realmente no me ayudaría en nada.

Debía pensar en otra solución, una que más que saciar mi orgullo resguardara la felicidad de la única persona que en ese momento realmente importaba.


—Touya, debes salvarme.

La mirada desconcertada del hombre de pelo achocolatado que no dudó en dar un vistazo en todas direcciones en busca del peligro que me acechaba, me provocó tanta ternura que casi me hizo sentir culpable de lo que estaba a punto de hacer.

Solté el brazo del que le había tomado por sorpresa en cuanto lo vi cruzar aquella calle con la intención de llegar a su casa, y tomando su mano en cambio, busqué con la mirada un lugar adecuado donde llevar a cabo aquella conversación.

En circunstancias normales no solía ser malvada ni hacer planes elaborados para obtener lo que quería. Pero situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas.

—¿De qué he de salvarte? ¿Alguien te está siguiendo, Tomoyo?

—Es peor que eso —aseguré con seriedad una vez nos hallamos parados exactamente dónde lo quería, provocando que su rostro se llenara de tanta preocupación, que parecía haber olvidado su prisa por llegar a su hogar, cambiarse de ropa y recoger el carro que había dejado varado la noche anterior en el parqueo del restaurante.

No podía saber lo que pasaba por su cabeza en esos instantes, pero de lo que sí podía estar segura era de que ninguno de sus pensamientos se acercaban a aquel escenario que estaba a punto de plantearle y que seguro le haría dedicarme más que un par de improperios.

—Necesito… que hagas algo por mí que jamás le pediría a nadie.

Esta vez su rostro se puso serio y dándose media vuelta percibiendo que más que salvarme de algún peligro lo que quería era que cumpliera uno de mis caprichos, se dispuso a marcharse en dirección a su casa, cosa que obviamente no le permití.

—Te juro que no es nada sexual si es lo que estás pensando. Después de lo ayer ocurrido, jamás quiero repetir esa experiencia. —Aquello último pareció haberlo ofendido realmente, pero aún así, con la amabilidad que aunque no lo reconociera lo caracterizaba, decidió darme la oportunidad de explicarme, para entonces decidir si merecía su ayuda en verdad o de una vez por todas me mandaba al diablo.

—Tienes treinta segundos.

—De acuerdo. —Respiré profundo, y después de hilar el argumento perfecto en mi mente, me preparé para comunicarle mi solicitud—. Verás, hay una compañera de preparatoria...

—Ajá.

—Ella quiere reunirse conmigo y otros de nuestros compañeros.

—Entiendo.

—Y quiero que finjas ser mi novio.

Más tardé yo en exponer mi solicitud que él en volver sobre sus pasos seguro de haber desperdiciado los últimos segundos de su vida, a lo que yo, completamente decidida, me situé frente a él y después de asegurarle que jamás quise llegar a esos extremos, alboroté mi cabello, desacomodé un poco mi ropa y corrí mi maquillaje con mis dedos ante su mirada confusa.

Estaba preparada desde el principio para el peor de los escenarios y ahora, pondría en marcha mi arma secreta.

—¡No puedo creerlo! —vociferé al borde del llanto, como parte de una actuación tan perfecta que seguro haría sentir avergonzada a la mismísima Ann Hathaway—. Pensé que eras un buen hombre. Que después de entregarte mi cuerpo sabrías valorar mi amor, pero veo… veo que no te importan mis sentimientos. ¡Solo querías aprovecharte de mi inocencia!

—Tomoyo, ¿qué demonios crees que...?

—¡Qué patán! No puedo creer que le haga algo así.

—Tienes razón. Es un desalmado.

Cerca de una decena de cuchicheos igual o peores que el anterior se desató alrededor de nosotros y solo entonces, él pareció caer en cuenta de que lo había llevado allí a posta.

No solo nos encontrábamos en un parque lleno de transeúntes, sino que a esa hora todas las señoras de la cuadra salían a ejercitarse. Señoras que por cómo lo miraban, ya lo habían agregado a su lista negra de tipos que no querían cerca de sus hijas.

—Tomoyo, deja de llorar. —Me exigió hastiado.

—No, no puedo. No hasta que lo prometas.

—No puedo prometer eso.

—Ya promételo, no seas ingrato. —Se atrevió a espetar una de las señoras que hasta se tomó la libertad de golpear su espalda, provocando que casi se fuera de bruces en el suelo.

Él clavó los ojos en mí como si me asegurara que jamás olvidaría lo que acababa de hacerle, y tomando una enorme bocanada de aire para así serenarse y despedir aquel deseo incontenible que sentía de estrujar mi cuello y acabar con mi existencia, murmuró entre dientes algo que ni yo ni las señoras fuimos capaces de escuchar.

—Dije: "Bien. Haré lo que quieras" —confirmó ante las exigencias de mis nuevas defensoras que no parecían ir a quedarse conformes hasta que no oyeran su respuesta, y entonces, como si me tratara de una mujer realmente enamorada, abracé a mi hombre, que por supuesto me dedicó una mirada asesina de esas que solo le dispensaba a mi buen amigo Shaoran y que auguraba que aunque fuera lo último que hiciera, se vengaría de aquella humillación.

Sabía que me había pasado de la raya y que aquello jamás me lo perdonaría, pero juraba que no lo habría hecho si un par de buenos amigos realmente no lo necesitaran.


—Entonces repasemos el plan.

—No es necesario —aseguró él con hastío mientras se retiraba el cinturón una vez hubo estacionado el vehículo frente a aquel establecimiento—. Solo me sentaré allí, fingiré que me interesa de lo que sea que estén hablando, y si alguien me hace una pregunta…

—Yo la contestaré en tu lugar —completé satisfecha—. Tú solo sé un hombre guapo que accedió a un capricho de su amada novia. Te prometo que terminaremos rápido.

Touya no pareció muy convencido por mi afirmación, pero aun así, descendió del vehículo y después de abrir su paraguas, giró en dirección a mi puerta y me tomó la mano mientras salía.

Una escena bastante romántica sacada de alguna novela cliché, pero que perdía todo el encanto al notar el ceño fruncido que no abandonaba el rostro de mi acompañante.

Para ser sincera, seguía sintiéndome algo culpable de obligarlo a hacer algo como eso, sobre todo después de que él hubiese sido tan amable conmigo aquella mañana, pero tenía un solo objetivo ese día y para lograrlo, necesitaba usar todos los recursos a mi alcance.

La vida y felicidad de una persona inocente dependían de ello y estaba segura de que cuando Touya lo descubriese, entendería por qué tomé medidas tan desesperadas.

Levanté la vista hacía él mientras caminábamos hacía la entrada del recinto, a la vez que veía a Touya sostener con firmeza el oscuro paraguas.

Su hombro izquierdo así como parte de su pantalón estaban empapados, así que al parecer, en su afán de cubrirme de la lluvia, no se había preocupado demasiado por hacer lo mismo con él, dejando en evidencia que no podía abandonar su naturaleza amable sin importar si la beneficiaria de tal bondad en verdad lo merecía.

Supongo que era ese mismo carácter generoso lo que me hacía sentir confiada de pedirle cosas como esas, y lo que evitaba que terminara con mi vida aún cuando últimamente no hacía más que colmarle la paciencia y orillarlo a hacer cosas que no quería. Lo que me llevaba a otra importante pregunta: ¿En qué había quedado al final nuestra apuesta?

«Eso que te importa. Ni siquiera le has pedido disculpas a Yukito por haber engatusado a su pareja, y ya anotas otra cosa a tu lista»

Aquel pensamiento casi me hizo gritar de frustración y miedo, y jurándome a mí misma que después de aquello me aseguraría de pedirle perdón a Yukito y hacer que esos dos se reconciliaran, avancé a prisa hasta el recinto sin percatarme bien de hacia dónde me dirigía.

Lo sentí tomarme de la cintura de repente mientras un vehículo pasaba a mi lado a toda velocidad, y aunque lo escuché decirme algo acerca de que debía tener más cuidado, la verdad era que su cercanía me tenía tan aturdida que apenas pude reaccionar.

Debo reconocer que hallarme allí, entre el espacio entre su brazo y su torso, sintiendo su calor mientras me salvaba de una situación que pudo ser peligrosa, me hizo sentir una paz y alegría difícil de describir. Tal vez porque me había habituado tanto a resolver mis problemas sola que había olvidado cómo se sentía tener a alguien que te protegiera.

Avancé un par de pasos con el objetivo de abandonar al fin aquella posición y después de darle las gracias en voz baja, me dispuse a caminar a través del establecimiento mientras un silencio que se antojaba apelmazado se situaba entre nosotros.

Tal vez en otras circunstancias aquella cercanía no hubiera significado nada para mí, pero la realidad era que entre nosotros las cosas no eran como antes. Habíamos dormido juntos y por extensión, cruzado una delgada línea que cambiaba nuestra percepción del otro, que nos hacía pasar de un par de conocidos con un pasado en común, a un hombre y una mujer que se habían visto y amado desnudos, e independientemente de cuales fueran nuestras preferencias y sentimientos al respecto, aquel era un hecho que no podíamos simplemente pasar por alto.

Yukito iba a matarme. No importaba que tan comprensivo y amable fuera, estaba segura de que aquello no me lo perdonaría.

—¡Daidouji! ¡Aquí!

Al escuchar la voz insufrible y pesada de aquella pelirroja que nos hacía señas desde una de las mesas de aquel bar, mi cara se torció en una mueca que pretendía simular una sonrisa y tomando la mano de Touya, le indiqué que había llegado el esperado momento de comenzar nuestra actuación.

Nos acercamos a la alargada mesa, saludamos, y realizando la pantomima habitual que se suponía debía llevarse a cabo al encontrarse con viejos conocidos, tomamos asiento junto a las demás mujeres que observaban a mi acompañante con ojos lascivos y llenos de interés.

No las culpaba. Si bien la expresión de Touya no era la más amistosa del mundo, había algo en él que resultaba atrayente, estimulante. Un cierto misterio que te tentaba a intentar descubrirlo y ¿por qué no? Hacerte parte de él.

Sí, mi acompañante era una tentación para cualquier mujer normal que tuviera la oportunidad de tenerlo cerca, pero afortunadamente, yo no era una chica normal.

—Cuando Asuka nos contó que tenías novio, jamás pensamos que se trataría de semejante Adonis. Si que tienes buen gusto con los hombres, Daidouji.

—Y con las mujeres, Sakura también es muy bonita. —Una enervante mojigatería se desató entre las presentes, quienes con fingida aprehensión le corrigieron a Asuka haber soltado un comentario como ese frente a mi pareja, seguido de un conato de disculpa que más bien procuraba ponerme en evidencia frente a él.

Tenía la ligera esperanza de que dejaran los juegos sucios a un lado basados en el hecho de que ya éramos adultas y aquello era para colegialas, pero verlas resueltas a humillarme desde el mismísimo principio me dio el brío que necesitaba para seguir con la próxima fase de mi improvisado plan.

—No se preocupen por ello, chicas. Él ya conoce los rumores y no le molestan los detalles de mi vida pasada. Es un hombre comprensivo con una mentalidad muy abierta. No por nada es la persona que elegí para ser mi pareja —Sujeté el brazo de Touya y le dediqué una sonrisa llena de cariño para sustentar mis palabras, sintiendo una satisfacción indescriptible al verlas quedarse totalmente sin argumentos.

Desde el principio supe que, sin poder perdonarme el que en su momento las hubiera humillado usando en su contra los rumores que desataron procurando destruirme, no perderían la oportunidad de intentar ajustar cuentas aún después de una década de lo sucedido.

Seguro el simple hecho de pensar que la misma chica talentosa y adinerada que no solo destacaba en todo lo que se proponía, sino que mantenía suspirando a cada estudiante masculino que pasaba por su lado, había encontrado la felicidad junto a un sujeto como aquel, no las dejaba dormir tranquilas. Por ello necesitaban, desesperadamente, por cualquier medio, no solo destruir mi relación con él sino cualquier atisbo de esperanza de librarme de los rumores.

Sonreí etéreamente como si no supiera lo que estaba pasando y mordiéndose una uña, noté como Asuka clavaba sus ojos en mí como si intentara descubrir algo en mi alma que pudiera usar para humillarme. Pero no lo encontraría. Mi vida no era precisamente perfecta, pero me había esforzado mucho por que fuera lo suficientemente honorable para que personas como ella jamás me pisotearan.

Si la hermana de Asuka no hubiese aparecido aquel día y ella, tan perniciosa como siempre, no hubiera usado la oportunidad para intentar perjudicarme delatando a Kobato, ni siquiera hubiera sentido la necesidad de llevar a cabo toda esa farsa. Estaba orgullosa de quién era y lo que sentía, y el que un cuarteto de envidiosas no pudiesen soportar mi felicidad, no me amedrentaría para buscarla en otro lado.

—Bueno, sé que apenas nos reencontramos pero me temo que debemos despedirnos —anuncié victoriosa mientras me ponía de pie al mismo tiempo que Touya me imitaba—. Hicimos un pequeño hueco para verlas pues, me pareció grosero no aceptar su amable invitación, pero aún tenemos compromisos pendientes y necesitamos retomarlos lo antes posible.

—Espera, solo cinco minutos más. Ni siquiera se han tomado un trago con nosotras.

—No tomamos. —Por primera vez en toda la velada Touya se animó a decir algo, y me provocó cierta hilaridad el que fuese exactamente lo mismo que yo dije.

Supongo que aún recordaba bien lo que pasó cuando la palabra alcohol y nosotros se pusieron juntas, y aunque nuestra intención no era bajo ninguna circunstancia que aquello se repitiera, evitarlo por todos los medios parecía ser el camino más viable para conseguir nuestro objetivo.

—Disculpe señor, pero… me parece increíblemente familiar su voz. ¿Nos conocemos de algún lado?

Dirigimos la vista hacía la mujer que se había acercado a nuestra mesa, ansiosa de comprobar si sus sospechas eran ciertas, y al escuchar a Touya susurrar su nombre, sonrió complacida a la vez que explicaba a su acompañante masculino de dónde se conocían.

Según parecía, habían estudiado juntos durante el primer año en la universidad y a pesar de ser alguien muy serio, Touya la había ayudado a pasar un par de materias que le causaban dificultad. Parecía agradecida y realmente contenta por el reencuentro, sentimiento que hubiera compartido si no fuera porque terminó tocando el único tema que no me convenía en ese momento.

—Pero cuéntame, Touya. ¿Cómo va tu vida? ¿Aún sales con Yukito?

—¿Yukito? —Los rostros del cuarteto infernal se iluminaron al instante al ver mi palidez al ser descubierta de aquella manera, y aunque quise formular rápidamente un argumento medianamente creíble que me salvara de quedar como una vil mentirosa, nada conseguía ocurrírseme.

En una situación tan engorrosa como esa, bien podría esperar a que la chica se fuera y afirmar que así se llamaba su antigua novia, pero conociéndolas como lo hacía, seguro montarían guardia e interrogarían a la recién llegada para sonsacarle información.

Ahora era yo la que estaba trabada. Debía ocurrírseme algo pronto o aquel cuarteto maligno llevaría a cabo sus planes.

—Yukito es mi antiguo novio. ¿Tienen algún problema con eso? —Casi quise pellizcar a Touya para recordarle que nuestro trato era que no abriría su hermosa boca a menos que yo se lo indicara, pero al ver su ceño fruncido y la mirada que le dedicaba a la pelirroja que de repente se quedó muda, me di cuenta que no era que no lo recordara, sino que se había cansado de escuchar sin poder hacer nada.

—No-no tenemos ningún problema —balbucearon casi al unísono—. Es solo… si Tomoyo y tú tienen esas "preferencias", entonces se supone…

—¿Qué es imposible que podamos enamorarnos entre nosotros? —Su voz era baja y serena, pero por alguna razón resultaba escalofriante.

Pocas veces había visto a Touya tan molesto. Y no hablo del enojo que le provocaba ver a su hermana junto a su esposo. No. Aquello era indignación genuina. La aversión que se siente hacía alguien que intentaba por todos los medios colmarte la paciencia.

Lo sentí tomarme de la mano y después de murmurar que teníamos cosas más importantes que hacer, me haló hacía afuera de aquella cafetería, donde para mi sorpresa, ya las nubes se habían disipado dejando ver al fin el inmenso cielo estrellado sobre nuestras cabezas.

Me quedé mirándolo por un buen rato aún después de abordar el vehículo, y cuando ya no pudo soportar más sentir mis ojos emocionados puestos sobre él mientras conducía, detuvo el auto abruptamente y llevó su mirada hacía mí con el ceño exageradamente fruncido.

—¿Qué rayos te pasa ahora, Tomoyo?

—Nada. Es solo... Si hubiera sabido que con solo abrir la boca resolverías mi problema, te hubiera pedido que intervinieras mucho antes. No por nada eres el hombre al que elegí para mi primera vez.

—¿Quieres dejar de sacar a relucir ese tema? —exigió hastiado mientras masajeaba el puente de su nariz, tal y como siempre hacía cuando estaba a punto de perder la compostura—. Solo intervení, porque me enojan sobremanera las personas que usan las diferencias de otros para intentar engrandecerse. Esta bien no estar de acuerdo con ciertas cosas y hasta condenarlas. Pero cuando intentas herir a alguien a propósito solo por que es diferente… eso hace que me hierva la sangre.

—Creo que entiendo a qué te refieres. Aunque más que enojo Asuka me provoca mucha pena —reconocí con sinceridad, reflexionando en lo mucho que ella había cambiado después del divorcio de sus padres, y como aún siendo una mujer casada y con un pequeño hijo que llenar de amor y cariño, seguía con la misma actitud venenosa y egoísta de siempre—. Creo firmemente que las personas verdaderamente felices no tienen tiempo de joderle la vida a otros, así que si ella aún hace estas cosas, debe ser porque aún no está satisfecha con la vida que lleva.

Lo vi asentir ante mi afirmación como si estuviera de acuerdo con ello, y poniendo en marcha el vehículo, comenzamos a avanzar a través de la carretera que en esos momentos parecía desierta.

Un profundo silencio se cernió nueva vez sobre nosotros, pero esta vez no se antojaba incómodo o apelmazado, como cuando nos sentamos juntos en el comedor aquella caótica mañana y todo parecía estar patas arriba.

Creo que ambos sentíamos alivio de estar en el mismo bando, de conocer las vicisitudes a las que se enfrentaban quienes se atrevían a defender sus sentimientos aun a costa de la aprobación de los demás. Aunque al recordar sus palabras llenas de valor y orgullo en aquella mesa, yo sentía algo más.

Eso que ardía en mi pecho, aquella sensación tan conocida para mí, era la euforia que te producía leer las hazañas de un intrépido protagonista, la emoción que llenaba tu pecho en el momento exacto en que él se llenaba de valor y gritaba su amor a los cuatro vientos sin importarle las consecuencias de tal expresión de devoción y afecto.

Eso era lo que sentía cuando veía a Touya, lo que me producía contemplar cómo, sin amedrentarse ante la mirada de aquellos que no entendían la profundidad de su cariño, siempre caminaba de la mano de la persona que había decidido proteger y amar.

Admiraba lo que tenían, añoraba tener algo igual. Si un día encontraba a alguien que tuviera el valor de reconocer que me quería y que me mirara con la devoción con la que Touya siempre miraba a Yukito... creo que no me importaría entregarle a esa persona mi cuerpo y mi vida como si de hecho fueran suyas.

—Tomoyo, ¿ya te percataste de qué…? —Dirigí mi mirada hacia él al escucharlo susurrar aquella pregunta, pero agitando la cabeza, pareció cambiar de idea y se limitó a anunciar que ya estábamos frente a mi edificio, cosa que aunque me causó mucha curiosidad, decidí simplemente ignorar, concluyendo que ya me había beneficiado de su bondad lo suficiente aquel dia y no quería presionarlo con otra cosa más.

Bromeé un poco acerca de que si quería podía subir y repetir lo de aquella noche, pero él solo se limitó a abrir por mí la puerta del carro y "sutilmente" pedirme que me bajara. Hice un poco más de drama, lamentando el hecho de que el hombre al que me había entregado simplemente me rechazara, pero contrario a entornar los ojos y fruncir el ceño en respuesta como haría normalmente, agitó con fuerza mi cabello y me pidió dulcemente que dejara de comportarme como alguien que no era.

Sus palabras me sorprendieron pues sinceramente no las esperaba, pero fingiendo total indiferencia ante su exhortación y resuelta a seguir un poco más con mi juego, me bajé del vehículo, le lancé un beso y después de desearle buenas noches como si de una chica enamorada y dichosa realmente me tratara, me alejé de él a paso apresurado, dándome una última vuelta antes de entrar al edificio solo para ver cómo su vehículo al fin se marchaba.

No pude evitar sonreír con ironía sintiendo como se me encogía el pecho al verme allí, completamente sola, teniendo que bastarme con un millón de sueños que probablemente nunca se realizarían.

—Tal vez yo tampoco soy feliz y por eso me gusta tanto molestarte —susurré a la nada mientras atravesaba la puerta de la que a veces me gustaba pensar era la torre en la que me tenían cautiva, y allí, otra vez aislada, me dejé engullir por aquella soledad que había sido mi fiel compañera y de la que esperaba me rescatara un día una hermosa y valiente princesa.


Y he aquí el segundo capítulo.

¿Se esperaban la reacción de Tomoyo al despertar al lado de Touya?

Créanme que nuestro trigueño sabe bien por qué le dice que no intente ser alguien que no es, aunque obviamente ella no tiene ni la mínima intención de hacerle caso.

No sé ustedes, pero yo amé escribir la escena del parque. Todavía la leo y me duelen las tripas de reír.

¿Qué sería eso que Touya estuvo a punto de decirle? Seguro es importante para el desarrollo de la trama.

Hay muchos cabos sueltos por ahí que tanto Touya como Tomoyo irán ayudándonos a atar poco a poco, aunque de una manera muy divertida.

En fin, la próxima vez narra Touya, así que estén al pendiente.

Mil gracias por el apoyo.

Nos leemos el próximo sábado.