Lo que sea, pero contigo
Capítulo 3:
El pendiente o cómo las cosas pueden no ser lo que parecen.
Separé lentamente nuestros labios al sentir que ambos estábamos a punto de quedarnos sin aliento.
No estaba seguro de en qué momento había tomado las riendas de aquello, y los besos que comenzaron siendo torpes y superficiales se habían vuelto tan apasionados, pero si seguía besándola de esa manera seguro algo malo en verdad ocurriría.
Se suponía que solo había accedido a ello porque quería demostrarme algo, conseguir las pruebas que necesitaba para acabar con mi dificultad con Yukito, pero al verla allí, completamente arrebolada, con los labios hinchados debido a la intensidad de mis besos y entreabiertos deseosos de ir por más… una parte de mí en serio lo quería.
Pero, ¿querer qué?
La respuesta a ello me asustó tanto que retrocedí un paso mientras la soltaba, y con la voz demasiada rasposa para mi gusto, le aseguré que seguir con aquello era una pésima idea.
—Si vas a aventurarte a intentar algo con un chico, debería ser uno que como mínimo en verdad te quiera. Hacer esto conmigo solo porque estoy al alcance no es algo que demuestre sabiduría.
—¡Vamos Touya! No te pongas filosófico ahora. Eso no es lo que decías hace un segundo mientras me devorabas a besos —replicó en tono seductor, rozando mi boca con sus dedos, provocándome más que un severo conflicto al sentirla rozar mi entrepierna con su rodilla derecha.
Por mucho que había dicho que no me interesaba dormir con ella, seguía participando en ello, y aunque afirmaba que no debíamos hacerlo, no terminaba de marcharme del cuarto al que ella me había arrastrado.
No se necesitaba ser un genio para saber que una parte de mí en serio disfrutaba lo que estábamos haciendo, y que peor aún, deseaba con todas sus fuerzas llegar a una culminación.
—Vamos a llevar las cosas despacio si esto te hace sentir mal —propuso mimosamente mientras avanzaba un par de pasos en mi dirección, haciéndome tomar asiento sobre la mullida y espaciosa cama de un empujón—. Pero si te has sentido así con solo un beso, imagina lo que pasará cuando entremos a la acción de verdad. Te prometo que cuando terminemos, sin duda querrás repetirlo.
—¿Repetir qué? —No tardé en darme cuenta de que aquella pregunta no había sido inteligente, pues en un abrir y cerrar de ojos, no solo me había hecho caer sobre el colchón con una sonrisa taimada que no auguraba nada bueno, si no que se había acercado a mi a gatas de una forma tan sugerente y traviesa que ni siquiera fui capaz de reaccionar o moverme.
Era un hombre de treinta y dos años, y por supuesto no era precisamente un novato en ello después de mi romance con Kaho. Pero debía reconocer que era la primera vez en mucho tiempo que me veía en una situación como esa con alguien tan decidida, con alguien que no solo no temía tomar las riendas de las cosas, sino que obviamente disfrutaba verme sobrecogido y desorientado.
—Te dejaré pedir un deseo para que te relajes, así que aprovecha que quiero complacerte —ronroneó a mi oído mientras sus dedos descendían lentamente a través de mi camisa quitando en el proceso los pocos botones que aún estaban en su lugar—. Dime que es lo que más te gusta hacer en momentos como estos o si quieres, podría ser una fantasía que tengas al respecto.
—¿Una fantasía? —Mi voz tembló al decir aquello, a consecuencia de la forma en que en esos momentos sus dedos se movían en círculos al haber alcanzado mi entrepierna, y mirando su rosáceos labios mientras tragaba en seco, me di cuenta de que aunque no lo había articulado, el mensaje había llegado fuerte y claro.
—Eres muy simple. De todas formas pensaba hacerlo —aseguró con una sonrisa de por más macabra, mientras que, con una destreza que simplemente me dejó sin palabras, me dejaba allí medio desnudo mientras ataba su cabello en la coronilla de su cabeza, ensanchando aún más su sonrisa al comprobar que la expectación de ello ya había hecho medio trabajo—. Esto será divertido —susurró mientras se acercaba dispuesta a completar su tarea, y aunque a lo único que atiné en el momento fue a cerrar los ojos mientras contenía el aliento, debo confesar que lo que sentí segundos después quedaría grabado en mi memoria por mucho, mucho tiempo.
—Hijo, Shaoran llegará en un rato. ¿Podrías esperarlo en la sala mientras termino con algunas cosas?
Llevé la sabana hasta la altura de mi nariz mientras asentía, y agradecí profundamente estar de espaldas a la puerta, pues me mataría la vergüenza si mi padre sabía lo que solo un par de recuerdos habían hecho a mi cuerpo.
Estaba condenado, hundido. No solo había perdido la estúpida apuesta, si no que el recuerdo de ello me perseguía de tal manera que me hacía parecer un adolescente en pleno desarrollo.
Debía hacer algo pronto. No podía pasarme la vida conservando un deseo que iba totalmente en contraposición con las decisiones que había tomado, porqué, aunque siguiera molesto con Yukito y técnicamente estuviéramos separados, la realidad era que le había faltado gravemente y debía asumir la responsabilidad de mis actos.
Pero, ¿cómo demonios iba a explicárselo? ¿acaso hacerlo no complicaría aún más las cosas entre nosotros?
—Necesito un café caliente para despertarme, sí, eso debe ser —concluí en mi mente, seguro de que mi agitación se debía a que aún me encontraba en el estado intermedio entre la vigilia y el sueño, y salí de mi cuarto a zancadas, luego, claro está, de asegurarme que ya no fuera evidente nada que me delatara.
Entré a la cocina, conseguí el líquido oscuro que esperaba me devolviera a la realidad, y mi vista se quedó fija en el humo blanquecino que se volatilizaba desde mi taza, mientras mi mano sostenía aquel adorno femenino que por alguna razón que me negaba a aceptar, aún conservaba en mi poder, y que pertenecía a la perniciosa chiquilla que había puesto en jaque mi equilibrio mental.
Supongo que aun no lo había devuelto, por que tengo miedo de enfrentarme a la primera persona que en mucho tiempo ha conseguido plantear en mi vida un verdadero dilema, la primera en mi existencia que me hizo sentir como un desgraciado bribón sin control de sí mismo.
Y es que no solo se trataba de que lo hubiera disfrutado y en consecuencia, tal y como ella había augurado, quedara en mí un deseo innegable por repetir el encuentro, si no que su desconcertada e histérica reacción aquella mañana, me había dejado claro que de los dos, yo seguía siendo el que mejor facultades mentales tenía en ese momento.
Parecía tan contrariada, tan perpleja… que me hacía pensar que la mujer con la que había dormido no era la misma que miraba en ese instante, y que estaba a nada de arrancarse a tirones su sedosa melena.
¿Estaba avergonzada de haber hecho cosas que jamás se atrevería estando sobria o solo de mostrar una parte oculta de ella a alguien que no la recordaría por más que un par de noches? Esperaba que no fuera la primera, por qué haberme aprovechado de una chica inexperta enloquecida por la bebida, no contaba precisamente entre mis triunfos a alcanzar antes de los cuarenta.
Fuera cual fuera la tenebrosa respuesta yo si recordaba y revivía cada detalle y tal vez, aunque me pesara admitirlo, si su ánimo hubiera sido el mismo aquella mañana y me hubiera preguntado seductora y sugerente si quería repetirlo… hubiera tenido un severo conflicto para no culminar lo que habíamos dejado inconcluso.
Porque sí, ya sea por fortuna o por desgracia, la muy insoportable se había quedado dormida justo antes de llegar a un punto sin retorno, y obvio no iba a hacerle nada sin su permiso.
Por eso no sabía que era virgen después de todo.
A juzgar por su comportamiento, ni siquiera me había pasado tal posibilidad por la cabeza. Aunque el que no hubiera tenido coito propiamente dicho no indicaba, como obviamente comprobaba mi experiencia, que no supiera hacer otras cosas igual de maravillosas con su boca y manos.
—Mierda, ¿quieres dejar de pensar en ello? —Me supliqué completamente desesperado, deseando con todas mis fuerzas destrozar mi cabeza contra el suelo y quedarme sin recuerdos, y aunque casi que me encierro en mi habitación temeroso del resultado que obviamente aquello tendría en mi cuerpo, respiré profundo, conté hasta diez y empecé a pensar en cosas desagradables que aminoraran mi libido sin demasiados resultados.
Tomoyo había dicho que las personas verdaderamente satisfechas y felices no tenían tiempo de joderle la vida a otros, pero ella me había jodido completamente con sus prácticas perversas y desinhibición forzosa.
Sus ojos que alguna vez parecían llenos de vida y deseo, se veían atiborrados de dudas y temores aquella confusa mañana, y aunque había intentado tranquilizarla y hasta le prometí que haríamos como que aquello no había pasado, ahí estaba yo como un patán perverso ignorando por completo sus verdaderos sentimientos al respecto, y recordando sólo lo que quería recordar.
Había pasado lo mismo que aquella vez, lo mismo que en aquel momento en que sentí su mano sostener mi muñeca en un esfuerzo sobrehumano por brindarme una explicación de lo que había visto en la habitación de mi hermana.
En ese momento confieso que no supe como reaccionar.
Creo que me sentía profundamente ansioso con solo pensar que una chica tan joven como ella, estuviese metida en algo tan engorroso y complicado como lo que yo había decidido vivir, y que para colmo quisiera involucrar a mi hermana en ello.
Tal vez por eso fui demasiado duro entonces, tal vez por eso me negué a entenderla y condenándola, le dije que si bien no comentaría con nadie lo que había contemplado, esperaba que fuese más honesta y no se aprovechara de la inocencia de los demás para satisfacer sus deseos.
En ese entonces, ella solo se limitó a bajar la mirada y asentir mientras yo me marchaba a mi cuarto dejando aquel tema por zanjado, cuando la verdad era que en el fondo aquello me llenaba de sentimientos encontrados. ¿Temía que mi hermana pasara por lo mismo que yo o solo… en el fondo de mi corazón era como las personas que me condenaban?
—Ese pendiente es muy similar al de Tomoyo. Me sorprende que haya un par iguales. —La siempre irritable voz de mi cuñado me sacó de mis cavilaciones, y notando que aun seguía con la vista fija en aquel reluciente objeto, lo guardé en mi bolsillo, procurando no dar paso a más preguntas al respecto.
Ahora que lo recordaba, se suponía que él y mi padre pronto se irían de viaje por un par de semanas, a una de las excavaciones arqueológicas que se realizarían en El Cairo y por tanto, le había propuesto a Sakura que se quedara conmigo en casa con tal de que no estuviera sola por tanto tiempo.
—Este es mi nuevo hogar, Touya, y es muy seguro. Así que no te preocupes por mí. Estaré bien, te lo prometo. —Había asegurado ella declinando con amabilidad mi oferta.
Aún me resultaba sorpresivo el pensar, que aquel manojo de nervios que se metía tembloroso a mi cama cada vez que algún relámpago surcaba los cielos, se hubiera convertido en una mujer que no le temía a quedarse sola en casa por un par de semanas.
Sakura había madurado y a la par con el momento de su vida, había decidido enfrentarse a sus temores de cara a la realidad. Al verla no podía evitar sentirme estancado. Siendo sincero conmigo mismo… ¿Cuándo era la última vez que algo realmente había cambiado en mi vida?
—¿Estás bien cuñado?
Elevé la mirada al sentir al mocoso tocar mi hombro, y frunciendo el ceño mientras me levantaba bruscamente de mi asiento, le recordé como siempre que detestaba que me llamara de esa manera, lo cual al fin y al cabo no era del todo cierto.
Hacía mucho había abandonado todo mi recelo hacía él, pues sabía que no había nadie en la tierra a quien le importara más cuidar y hacer feliz a Sakura.
Sin embargo, así había sido nuestra relación durante los últimos quince años, y aunque una parte de mí sentía la necesidad de al fin cambiar y tomar un rumbo distinto, otra se resistía ferozmente al cambio, como ocurría con cada mínima cosa que formaba parte de mi vida.
Regresé mi mirada hacía él como simple reflejo involuntario antes de caminar a mi habitación, y recordando la reunión a la que había acompañado a Tomoyo hacía ya una semana, recordé una pregunta que había estado bullendo en mi mente y que ese día simplemente no me atreví a hacerle a ella por temor a la respuesta.
—Supe que cuando estaban en preparatoria se desataron un par de rumores sobre Daidouji. No es como que me interese, pero quería saber si es algo que involucró al monstruo de alguna manera.
—Eso fue hace mucho tiempo, así que no creo que tenga importancia. —Había asegurado él con su mirada ceñuda, como si aquello trajera a su memoria un mal recuerdo—. Aunque a raíz de eso Tomoyo reveló sus "preferencias" así que supongo que para ella si debió ser un gran evento.
—¿Y más o menos cuando pasó eso?
Era evidente por la manera en que el mocoso enarcó una ceja ante mi pregunta, que mi repentino exceso de interés le parecía sospechoso, pero aún así, entrecruzó los brazos, arrugó el entrecejo y pareció intentar recordar la fecha de aquel trascendental suceso de la vida de su mejor amiga.
—No recuerdo el día exacto, pero sé que fue a mediados de noviembre. Teníamos educación física ese día, y Sakura y Tomoyo llegaron juntas a la escuela porque habían tenido una especie de pijamada el día anterior, así que creo que era viernes o algo así.
La confirmación final de mis sospechas me provocó un gran nudo en la garganta que con gran esfuerzo, conseguí disimular.
Con el pasar de los años, siempre temí que mis palabras irreflexivas de esa noche la hubieran motivado a tomar una decisión apresurada al respecto, duda que volvió a nacer en mí al enterarme de la situación tan delicada que atravesaba debido a sus compañeras de clase, y que seguramente la había motivado a esa noche intentar descubrir si aquello que los demás decían de ella en realidad era cierto.
Me sentía tan culpable de no haber sido más comprensivo entonces, de no recordar todo lo que tal revelación significó para mí en su debido momento.
Todo era nuevo y abrumador… y sin el apoyo y comprensión que las personas a mi alrededor siempre me brindaron, tal vez no hubiera sabido cómo lidiar con tantas cosas.
Yo había tenido la oportunidad de brindarle ese apoyo, de escucharla, de dejar que por una vez en la vida desahogara toda la confusión que seguro estaba sintiendo, pero hice todo lo contrario e indirectamente, le exigí que ignorara sus temores y se enfrentara cara a cara con todos sus miedos.
Había salido ilesa de ello, era cierto, y mal que bien, parecía conforme con los resultados, pero no quería ni pensar en lo que implicaba atreverse a algo así rodeada de personas tan malintencionadas como las mujeres que aquella noche había conocido, sintiendo, por las palabras de un tonto que no se detuvo a pensar en lo que decía, que estaba haciendo algo malo y necesitaba algún tipo de castigo por ello.
—Lo más increíble de todo —prosiguió el hombre de ojos ámbar frente a mí, mientras su mirada habitualmente seria se llenaba de cierta tristeza—, es que aunque Sakura también lo escuchó de su boca aquel día, ella nunca lo ha aceptado realmente. Siempre dice que esa solo fue una reacción espontánea a lo harta que estaba de que la juzgaran y formaran conjeturas a su alrededor, pero que realmente ella no alberga ese tipo de sentimientos, porque de ser así, ella como su mejor amiga lo hubiera descubierto hacía mucho tiempo. Tomoyo decidió seguirle la corriente al respecto y me pidió hacer lo mismo para no perturbarla de manera innecesaria, así que técnicamente, Sakura debe ser la única en el mundo que no lo sabe. A sus ojos, Tomoyo es la chica más femenina y delicada de todo el planeta, así que creo que el que le guste una chica simplemente no le cabe en la cabeza.
—Y si supiera quien es la chica…
—¿Qué dijiste? —Negué con la cabeza, concluyendo que si Tomoyo había decidido no revelarlo, yo no era quien para dar a conocer su secreto.
Lo dicho por Shaoran explicaba claramente por qué Tomoyo se había abstenido de confesar sus sentimientos, aún cuando aquello la seguía torturando después de más de una década.
Pero aunque comprendía por que tenía tanto miedo y debía confesar que el mismo terror sentí yo en su debido momento… seguía convencido de que la mejor forma de cortar con aquello era decírselo de una vez por todas. La esperanza era el mayor alimento para los sentimientos, así que perderlas, aunque sonara duro, era la mejor forma de superarlos.
—Es extraño que te intereses en nuestra vida de preparatoria tan de repente. ¿Acaso estás teniendo problemas como maestro?
—De hecho… —fruncí el ceño al darme cuenta de que aquella conversación se estaba extendiendo demasiado, y gruñendo que ese no era su asunto, ascendí las escaleras al mismo tiempo que mi padre descendía de la misma, saludando al confundido y enervado castaño que se quejó por millonésima vez de aquel mote que le había impuesto cuando solo tenía diez años.
Shaoran ya era igual de alto y tal vez más robusto de lo que yo era en ese entonces, pero seguía llamándolo mocoso sin ninguna variación.
Definitivamente necesitaba un par de cambios en mi vida… aunque eso de llamarlo cuñado estaba vetado de mi lista de prioridades.
Ingresé al ascensor arrugando el entrecejo, mientras me preguntaba a mí mismo porque me dirigía a su apartamento.
Habían pasado dos semanas desde que había ocurrido todo, estaba aburrido en casa y el estúpido pendiente no dejaba de mirarme la cara, punto.
No tenía idea de cómo explicaría el por qué había decidido devolverle el objeto después de tanto tiempo, pero una parte de mí en serio creía que deshacerme de él me liberaría de la maldición lasciva y pesarosa en la que me hallaba en esos momentos.
Recordé con una mezcla de emociones los números exactos que conformaban su contraseña de entrada, y pensando que asustarla sería una buena venganza tomando en cuenta su última bromita en medio del parque, acerqué mi dedo a la cerradura mientras me justificaba diciendo que, comparado con la vergüenza que experimentaba cada vez que me encontraba con alguna de las señoras frente a las cuales ella me había acusado de canalla, entrar a su casa de improvisto y hacer algunos desastres que la alarmaran realmente no sería nada.
—Cinco, dos, uno…
—¡Deténgase señorita Tomoyo! Me hace cosquillas.
El repentino grito que resonó tras la puerta junto a aquella afirmación, me hizo olvidar por un instante el número que seguía, y llevado por mi estúpida curiosidad, acerqué mi oído a la superficie de madera intentando comprobar mis conjeturas.
Era Kobato. O al menos eso parecía.
Desde el día del incidente entre nosotros, Tomoyo no había ido más en su búsqueda, lo que me hizo abandonar al menos momentáneamente mis sospechas acerca de sus intenciones con ella. Pero aunque una parte de mí no quería pensar mal ni mucho menos juzgarlas, los constantes chillidos que oía detrás de la puerta definitivamente no me ayudaban a pensar con castidad.
—Señorita Tomoyo, sé que dice que se siente bien, pero aun así creo…
—Descuida. —La escuché sisear seductora, con exactamente el mismo tono mimoso que usó aquella noche para convencerme y embotar mis sentidos—. Siempre es así la primera vez que lo haces, pero te aseguro que mientras te vayas acostumbrando te será muy placentero. Por ahora, solo confía en mí y disfrútalo.
Más tardó ella en completar esa frase, que yo en colocar los números restantes de la contraseña y entrar abruptamente con la respiración agitada, casi como si hubiese subido las escaleras para evitar aquel terrible atropello.
Está de más decir que la escena frente a mis ojos no era ni la mitad de comprometedora que la que elaboró mi mente, y que por tanto, terminé sintiendo más pesar por descubrir lo depravados que mis pensamientos podían llegar a ser que por el hecho de haber asustado a mi estudiante, quien se puso de pie de un salto pensando que iban a asaltarlas.
Tomoyo, quien estaba a nada de estallar en una carcajada, se hallaba sentada en el suelo con un largo pijama de pantalón azul cielo y una enorme camiseta, haciéndole una especie de masaje en los pies a su compañera, después de al parecer ambas haber visto alguna película cursi, a juzgar por las palomitas, pañuelos y bocadillos que habían sobre la mesa de centro frente a la televisión.
El típico escenario de una tarde de chicas, como esas de las que fui mil veces testigo mientras tanto ella como Sakura crecían. Algo que debí imaginar considerando que los mismos chillidos soltaba mi hermana cada vez que Tomoyo, quien parecía tener algún tipo de fijación por masajear los pies, intentaba hacerle exactamente lo mismo.
Obviamente, el rumbo de mis pensamientos recorrió un sendero muy diferente, lo que resultaba evidente por qué, como niño sermoneado, no me moví de mi puesto hasta que no vi a Kobato despedirse en la puerta y asegurar a Tomoyo que otro día volvería para pasar más tiempo juntas.
—Entonces… —Me atreví a articular después de un buen rato de estar sentados en silencio en aquel diminuto sofá—. tú y Kobato son amigas.
—Así es. Le daba clases de piano mientras iba a la universidad y nos tomamos mucho cariño. Era una adorable niña de diez años entonces.
—Si dices eso pensaré que eres una pedófila.
—Es lo mismo que pensabas al final de todo.
Un violento sonrojo cubrió mi cara mientras ella me miraba con esa críptica sonrisa, y me sentí avergonzado de que ella siquiera imaginara lo pérfida que era la escena que hiló mi mente en esos instantes.
Su risa divertida y ligera burbujeó en el espacio haciéndome sentir contrariado al notar que no estaba molesta, y si bien se burló de mí un buen rato preguntándome cosas demasiado comprometedoras, como si aquel pensamiento me había excitado o si me hubiera unido a ellas de haber sido tal el escenario, un deje de tristeza se alojó en sus amatistas anteriormente traviesos, y al escucharla suspirar profundo, intuí que al fin me contaría la verdad detrás de todo aquello que últimamente estaba pasando.
—Kobato me acompaña todos los viernes después de la escuela, pues es uno de los días en que más echo de menos a mamá —confesó con la voz evidentemente afectada mientras enjugaba con sus dedos un par de lágrimas que se le habían escapado de los ojos—. Ella sabe que era el único día en que sacabamos tiempo para pasar un rato juntas, y que jamás me atrevería a pedirle a Sakura que esté conmigo cuando se supone que debe pasar tiempo con su esposo, así que en vez de salir con sus amigas o pasar tiempo con su novio, intenta no dejarme sola para que no me llene de recuerdos. Es un poco patético de mi parte depender de una adolescente para equilibrar mi estado emocional, pero… debo confesar que si no fuera por su compañía no podría evitar deprimirme.
Sus labios se estiraron en un gesto doloroso y cansado que intentaba simular una sonrisa, y aunque una parte de mí sentía dudas de si debía o no acercarme demasiado, me giré ligeramente hacía ella, extendí los brazos y dejé que se abrigara en mi pecho recordando con congoja la primera vez que se permitió hacer lo mismo casi dos años atrás.
Era una inusualmente nubosa tarde de verano. Acababa de regresar de la preparatoria.
Mi padre había viajado a Hokkaido para dar una conferencia aquel día y Sakura se encontraba en China visitando al grupo de personas que, en cuanto se casara con el mocoso en unos pocos meses, serían parte de su familia.
Solo había llegado a la casa a cambiarme, pues había acordado con Yuki que ese día cenaríamos juntos, así que dándome prisa, apenas entré al recibidor, caminé en dirección a las escaleras con la intención de ir directamente a mi habitación.
Fue entonces cuando el teléfono de la casa comenzó a repicar, y al escuchar la voz desolada y llena de angustia de mi hermana detrás de la línea, solo volví sobre mis pasos y subiendo a mi vehículo, emprendí la carrera hasta el hospital.
Allí estaba ella, sola, despeinada, con un zapato en su pie derecho muy diferente al que llevaba en el izquierdo y la mirada totalmente perdida. Tardó unos instantes en percatarse de mi presencia aún cuando me puse de pie frente a ella y musité su nombre, pero aún así, me sonrió y se disculpó conmigo por haberme causado tantas molestias.
—Le dije a Sakura que estaba bien y que podía encargarme de todo sola, pero ya sabes cómo es de terca. De todas formas insistió en llamarte. —Comenzó a parlotear mientras se levantaba de su asiento, cosa que le costó bastante a juzgar por cómo le temblaban las piernas, aunque su rostro parecía completamente sereno—. Ya informé de su deceso a la empresa y llamé a la casa para que preparen todo para el funeral, aunque aún no decido si quiero enterrarla de manera tradicional o solo cremarla.
—Tomoyo… —susurré para llamar su atención, pero ella seguía ensimismada, solo hablando sin parar, sin hacerme el más mínimo caso.
—Mamá no hablaba mucho de su muerte, así que no sé qué le gustaría, pero pensar en ella convertida en polvo no termina de hacerme sentir cómoda, así que creo que optaré por un entierro tradicional.
—Tomoyo…—intenté de nuevo, sin éxito alguno.
—Era una mujer vanidosa, sabe. Siempre le gustaba verse pulcra y muy elegante. Ni loca permitiría que la gente la viera en harapos, así que tengo una responsabilidad muy grande el día del funeral. Tendré que elegir el mejor de sus vestidos, tal vez mejor debería visitar un par de tiendas hasta que encuentre el atuendo perfecto. Creo que si no me aseguro de que se vea bien hasta el último momento se enojará mucho conmigo, y eso no me gustaría para nada.
—Tomoyo, ya basta. —Le imploré mientras la tomaba de los hombros consiguiendo al fin que posara en mí su mirada, y al ver sus pozos sombríos sin atisbo alguno de color, comprobé que se estaba conteniendo, que estaba destrozando su alma en el intento de no ceder al llanto en un momento tan doloroso.
—Eso que haces ahora no tiene nada de patético si te hace sentir mejor —aseguré acariciando su cabeza mientras la sentía llorar en silencio tal y como cuando dejó caer su cabeza en mi pecho aquel día de junio—. Maldice, grita, llora, haz lo que quieras… pero no dejes de decir que te duele. Es natural necesitar de los demás cuando se está triste.
—Eso mismo me dijiste aquella vez en el hospital y terminé llorando de tal forma que tuvieron que sedarme. ¿Tienes idea de lo mal que me hizo quedar eso ante las hermosas enfermeras de la clínica? No sé llorar como en las películas. Allí a las mujeres ni siquiera se les corre un poco el maquillaje, pero yo lloro por un par de segundos y se me hinchan los ojos, la cara se me pone roja y no puedo dejar de sonarme la nariz. ¡Me convierto en un auténtico zombie, Touya! Pude haber conocido al amor de mi vida ese día, pero tú lo arruinaste diciéndome que llore.
Aunque intentaba sonar jocosa y relajada mientras parloteaba sin parar, su voz estaba tan llena de congoja y melancolía, que me hizo reflexionar en cuantas cosas ocultaba bajo esa sonrisa eterna y constante palabrería.
Sabía que era la mejor amiga de mi hermana, que su madre la había criado sola durante casi toda su vida, y que desde que esta había fallecido hacía un año y ocho meses, había heredado una gran fortuna y la dirección de una importante empresa, pero no la conocía más profundamente, de hecho, ignoraba muchas cosas de ella. Cosas como sus sentimientos, sus dudas, sus temores… todo era nuevo y desconocido para mí, y por alguna razón que no entendía del todo, sentía la necesidad de acercarme a ella y descubrirlo poco a poco.
—Sabe Touya, siempre quise darle las gracias —murmuró más tranquila, luego de aceptar uno de los pañuelos que había en la sala y sonarse la nariz de manera ruidosa.
—¿Y eso cómo por qué? —pregunté algo confuso, mientras tomaba con un par de dedos el pañuelo ahora húmedo que por alguna razón ella me devolvió, y al sentirla alejarse de mi pecho secando las pocas lágrimas que se permitió derramar, me di cuenta de que tal y como había pensado, se refería a un asunto distinto a lo que había ocurrido ese día en la clínica.
—Por el consejo que me dio hace diez años. Ese de ser sincera y no aprovecharme de la inocencia de los demás para satisfacer mis deseos —explicó, usando exactamente mis palabras para mi pesar y sorpresa—. Al principio me parecieron palabras muy duras, pensé "¿quién es este grandísimo pelmazo para decirme que hacer?". Pero aunque me lastimó mucho que me hablara así en un momento tan complicado y doloroso, entendí que aunque daba muchísimo miedo, era cierto eso de que debía ser sincera con respecto a mis verdaderos sentimientos y dejar de aparentar. La expresión de Asuka esa vez fue tan graciosa como la que usted la hizo poner en la cafetería, así que me trajo buenos recuerdos. —Soltó una leve risita mientras recordaba lo que seguro había sido el inicio de la Tomoyo provocadora y traviesa que decía las cosas a la cara, y luego llevó los ojos hacía mí sin que su mirada dejara de parecer levemente compungida—. De esa experiencia aprendí, que las personas no le temen a nada más que a alguien seguro de sí mismo, a alguien que no tiene miedo de que la señalen por lo que en verdad piensa y siente. A partir de entonces me prometí que no me escondería tras una débil cubierta, y que por el contrario, sería tan libre y sincera como mi corazón me lo exigiera. Eso lo aprendí de usted, de sus palabras, de su ejemplo, y le confieso que es lo que me ha ayudado a sobrevivir no solo a una tediosa preparatoria sino al resto de la vida como adulta.
Aclaré la garganta, tratando de disimular el enorme nudo que me provocaba el que dijera esas cosas cuando no me sentía digno de su agradecimiento, pero al sentir su mirada fija sobre mí, mientras sus dedos se entrelazaban bajo su barbilla y su sonrisa se ensanchaba de esa manera enigmática que conseguía que mi piel se erizara, me di cuenta de que aunque no me odiara por lo que dije ese día… tampoco pretendía dejarme salir ileso de todo aquello.
—Ya que nos estamos sincerando. ¿Va a decirme o no que ocurre con el joven Yukito? Y no diga que nada porque sabe que eso no funciona conmigo.
El cambio de energía entre nosotros fue abrupto, y aunque intenté fingir demencia e ignorar su mirada inquisitiva, la muy fastidiosa seguía allí, observándome con fijeza, sin parecer dispuesta a aceptar dejarme en paz hasta que no le diera una respuesta que la satisficiera.
—Creo que dije algo que lo hirió, eso es todo.
—¿Algo como qué?
—No pienso decírtelo.
—¿Por qué no? Soy la persona con la que le puso el cuerno, así que como mínimo debo saber si debo preocuparme por posibles represalias. —Mi cerebro recordó claramente por qué la mayor parte del tiempo quería asesinarla, y poniéndome de pie indignado, intenté abandonar aquella estancia, cosa que evitó con tal pisotón que tuve que sentarme de nuevo para comprobar que no me hubiera roto uno de los huesos—. Vamos Touya, no se avergüence conmigo. Sea lo que sea juro que no voy a juzgarlo. Solo quiero saber si hay algo en lo que pueda ayudarle después de que ha sido tan bueno conmigo.
La dulzura que de repente adoptaron sus palabras ante la hostilidad en mi mirada, parecía tener algún efecto sedante pues, aunque una parte de mí sabía que me arrepentiría, me rasqué la nuca, respiré profundo y con una lentitud bochornosa, le revelé los detalles estrictamente necesarios de lo que había pasado, comprobando que no debí hacerlo al ver la pequeña arruga de disgusto que se formó en su entrecejo, mientras la oía mascullar entre dientes que era un insensible.
—¡Dijiste que no me juzgarías!
—No sabía que era algo tan serio. —Tomé una bocanada de oxígeno sabiendo que solo lo decía para fastidiarme, y cubriendo mi rostro con mis manos, sentí como masajeaba mis hombros de manera conciliadora al percibir que aquello en serio parecía afectarme más de lo que quería aparentar.
—No lo dije con esa intención —aseguré en voz baja, abrumado con el simple hecho de pensar en todo lo que un solo comentario había provocado—. Solo quería explicarle porque no era saludable que Kobato tomara este camino en esta etapa de su vida. Sé que también éramos jóvenes cuando empezamos a salir, pero… nuestro caso es diferente.
—¿En qué es diferente? —No me atreví a contestar porque en el fondo sabía que no tenía ningún argumento válido que dar al respecto.
En el momento en que comenzamos a salir todo en mi mente estaba claro. Sabía lo que sentía y estaba seguro de que aquello era lo que necesitaba. Aún si mi familia no se hubiera tomado las cosas con calma, estaba tan enamorado entonces que hubiera hecho todo de la misma manera. Entonces, ¿por qué no podía defenderme? ¿Qué era lo que había cambiado en mí con el pasar de los años?
—Si me permite afirmarlo, creo que el problema aquí no es solo que sea un insensible egoísta con complejo de superioridad. —Intenté ponerme de pie de nuevo, cansado de oír sus cada vez más hirientes insultos, pero apenas intenté moverme, me dió tan tremendo golpe en la espalda que me hizo perder uno de los pulmones, lo cual no evitó que siguiera parloteando, echando más sal a una herida a punto de gangrenarse—. Las discusiones de pareja normalmente solo suelen ser la punta de un iceberg que lleva muchos años acumulando fragmentos. Tal vez su comentario solo sacó a flote una pregunta que él llevaba formulándose desde hace mucho tiempo, y cuya incertidumbre ya no pudo soportar más.
—¿Y qué pregunta sería esa, si se puede saber? —indagué apenas recuperando el aire, mientras me preguntaba de dónde diablos sacaba tal fuerza para golpearme, y al notar la seriedad con la que ahora me miraba, supe que el dolor que sentía en ese instante no sería nada comparado con el que me produciría su sincera respuesta.
—¿Touya está conmigo porque me quiere o porque ya es muy tarde para deshacerse de mí? Esa es la pregunta. —Me quedé mudo ante la posibilidad de que aquella fuese la cuestión que tenía en un hilo lo nuestro, y sin tener ni la menor idea de cómo resarcir mi error, volví a dirigir la mirada al suelo, sintiendome como alguien que recuperaba la vista, pero no era capaz de soportar la luz a su alrededor—. Ya sé que no me lo preguntó, pero le diré lo que pienso al respecto. Creo que más que sus palabras lo que le hace sentir dudas son sus acciones. En primer lugar, ¿por qué rayos después de quince años de relación aún viven separados?
—Sakura acaba de casarse y papá…
—Sabía que cuando sus hijos crecieran se irían de casa para formar sus propias vidas. —Me sacudí el cabello con vigor enervado por el hecho de no ser capaz de rebatir ni siquiera uno de sus irrefutables argumentos, y acunando mi rostro entre sus manos para que dejara de mirar al suelo, me sonrió con un tinte de dulzura y condescendencia que me recordó a la niña amable y serena que antes conocía, y que el tiempo y el exceso de tristeza habían engullido con los años—. Touya… Sé que amas mucho a tu familia y estoy segura de que el joven Yukito también valora mucho esa parte de ti. Pero cada vez que intentas llevar las cargas de otros sobre tus espaldas, condenas a la persona que está a tu lado a llevar solo las suyas. ¿O acaso crees que no le molesta el aún vivir solo a estás alturas de su vida? Y no cuenta el que sepa defenderse, pasen la mayor parte del tiempo juntos o el hecho de que en algunas ocasiones te quedes junto a él. No es solo la compañía lo que hace falta, las personas necesitamos saber que aquellos a quienes queremos también nos necesitan.
—Bien, de acuerdo, tú ganas —reconocí derrotado—. Hablaré de ello con él cuando vuelva, así que deja de torturarme.
—¿Y por qué mejor no le llama ahora? No es que desconfíe de usted, pero capaz que si lo dejo solo suelta otra barrabasada.
Me quedé en silencio tratando de no revelar eso que tanto me avergonzaba de todo aquello, pero al notar como sus orbes se expandieron mientras tocaba su barbilla con sus dedos, supe que no decir nada había sido suficiente respuesta a su pregunta.
—Así que no responde sus llamadas.
—Solo porque dice que no tener ningún contacto me ayudará a aclarar mis ideas. — Me defendí al borde de la desesperación, tirando con tanta fuerza de mi pelo que seguro me arranqué un par de mechones—. Es tan estúpido todo esto. ¡¿Quién demonios le dijo que necesito tiempo?! ¡No tengo nada que aclarar! Si lo que quería era vivir conmigo, solo debía decirlo y ahorrarse el drama. Ni que yo fuera adivino.
—Ya sé quién aporta el lado femenino a la relación —canturreó con diversión regodeándose de mi miseria, y aunque quise estrujar su estilizado y níveo cuello para apaciguar mi ira, desahogué mi furia resoplando y mascullando maldiciones antes de ponerme de pie de una buena vez, aunque me fuera del lugar lleno de los magullones que en su afán de detenerme aquella arpía seguro me produciría, preguntándome seriamente si acaso el monstruo la había entrenado para que supiera golpearme con la suficiente precisión para dejarme fuera de combate.
Le entregué el maldito objeto que me había llevado allí en primer lugar, y una vez la ví colocarselo, decidí que ya era tiempo de volver a mi pacífica casa lejos de locas bipolares como ella.
—Tomoyo…
—¿Sí, Touya?
—Sabías que yo venía en el ascensor, ¿no es cierto? Por eso montaste esa escenita con Kobato.
—No tengo la menor idea de lo que estás hablando.
A pesar de su intento de hacerse la inocente ante aquel asunto, esa sonrisa tan maliciosa y ese tonito suyo simplemente la puso en evidencia, y sin poder evitar preguntarle a los dioses que cosa tan terrible había hecho en mi vida pasada para que me pusieran en las garras de tan revoltosa chiquilla, caminé hasta la puerta y soltando un suspiro, me giré hacía ella preguntándome porqué perverso motivo había mencionado de nuevo mi nombre.
—¿Qué quieres ahora?
—¿Me ayudaría con algo más? Soy frágil y pequeña, así que no puedo subir unas cosas que tengo en el auto —me explicó dulcemente, como si no supiera la criatura del averno que realmente era, y aunque estuve a punto de mirarla con desprecio y decirle claramente que no la ayudaría, me dejé embaucar de nuevo por sus chantajes y argumentos, y la seguí hasta el parqueo del complejo, ayudándole a sacar de su vehículo un montón de enormes cajas que por supuesto, me obligó a llevar yo solo hasta su hogar.
—¿Qué rayos es todo esto? —jadeé, más cansado por la cantidad de recorridos realizados que por el peso de las mismas, notando como sin prestarme demasiada atención, ella abría una de las cajas y sacaba de su interior un extraño conjunto femenino impoluto, lleno de vuelos y adornos brillantes en color azul que me hicieron pensar en la reina blanca del cuento de Alicia a través del espejo.
—Son los vestidos y accesorios que he confeccionado hasta el momento. Pondré en venta la mansión, así que necesitaba sacar todo aquello que no quiero vender.
—¿Y por qué no te deshaces de todo esto? —cuestioné mientras observaba lo que parecía un traje de ranita verde del tamaño de una niña de no más de diez años—. No creo que te pongas todos esos atuendos y aún si lo haces, más que miradas, lo que atraerás hacía ti son muchas risas.
—Estos vestidos no son míos. Solo… los hice pensando en otra persona. —Sonrió melancólicamente dejándome claro de quién se trataba, y volviendo a meter todo en las cajas, caminó hasta la sala y cerró a nuestras espaldas aquella habitación prácticamente vacía, en la que en lo adelante aquellos trajes que alguna vez pertenecieron a mi hermana estarían resguardados celosamente bajo llave—. A veces he pensado en obsequiarlos y así deshacerme de una vez por todas de los sentimientos que les acompañan. Pero… no lo sé… me gustaría…
—¿Qué te gustaría?
—Siempre quise ver mis creaciones exhibiéndose en un gran desfile. Claro está, preferiría ver a miles de copias de Sakura desfilando exclusivamente para mí, pero en su defecto me conformaría con niñas adorables y bonitas colegialas.
Rió por lo bajo al notar como yo entornaba los ojos ante su enfermizo comentario, y mirando la puerta con un deje de melancolía, volvió a repetir la misma idea, afirmando más para sí misma que para mí, que si los veía en un desfile y se despedía de ellos, podría al fin poner un punto y final a todo aquello y olvidarse de Sakura.
—Pues hagamos ese tonto desfile. Tengo una deuda moral contigo, ¿no es así?
Sus ojos destellaron ante la simple idea que entonces le planteaba, y aceptando su abrazo emocionado, pensé en que era mejor verla sonreír sacándome de mis casillas, que yendo de un lugar a otro con esa cara de tristeza.
Porque aunque fuera una mocosa caprichosa y taimada, que le encantaba alterar mis nervios y jugar con mi mente a cada oportunidad, había algo extraño en ella que simplemente no me dejaba dejarla a su suerte.
No sabía que era, pero ahí estaba, anidando en cada detalle de su iris, desdibujándose en las comisuras de su agridulce sonrisa.
Fuera lo que fuera, ahí estaba, y aunque tal vez solo fuera un maldito masoquista amante del dolor, juraba que al final de todo aquello, le sacaría a Sakura de la mente y seguiría con mi propia vida.
Y ahí está el capítulo tres.
Touya tampoco es precisamente una víctima aquí, ¿no creen? XD
Me costó escribir esa parte de sus recuerdos, pero era necesario.
En esta oportunidad conocimos un poco del pasado de Tomoyo, y como estos dos llegaron a tomarse tanta confianza.
Esos datos son de vital importancia para entender el resto de la trama, así que les aconsejo que los tengan muy presentes.
El próximo capítulo lo narra Tomoyo, y si bien tambien nos contará un poco de su pasado, seguirá con sus locuras mortificando a nuestro trigueño XD.
También en el siguiente capítulo se contarán algunas cosas importantes para entender el resto de la historia así que muy atentos.
Nos leemos el próximo sábado.
