Lo que sea, pero contigo

Capítulo 4:

El osito de felpa o por qué la princesa decidió ser villana

—Siento hacerte pasar por esto un día como hoy. Se supone que a estas alturas debería sentirme mejor, pero yo…

—Descuida, es normal sentir más tristeza en los días importantes y las festividades —aseguró él serenamente, esbozando una diminuta sonrisa para confirmarme, que el que lo hubiera llamado casi a media noche aquel treinta y uno de diciembre realmente no le molestaba.

La helada brisa invernal de aquella víspera de año nuevo congelaba los dedos de mis pies y manos, aseverando así que había sido mala idea escoger aquel atuendo para salir ese día, y aunque en primera instancia había decidido hacer aquel recorrido sola, porque quería demostrarme a mí misma que podía retomar mi rutina después de medio año de la partida de mi madre, al verme allí, frente a la enorme campana del templo, elaborando en mi mente cuál sería mi deseo para ese año que me recibiría… había terminado tan destrozada con la idea de seguir haciendo aquello sola en lo que me quedaba de existencia, que terminé abandonando el lugar entre lágrimas, marcando el número de la única persona a la que era capaz de contarle mi pena y que no dudó en salir a mi encuentro para brindarme su apoyo incondicional.

—Acostumbraban a venir a celebrar el año nuevo juntas, ¿cierto? —preguntó Touya mientras tomaba asiento a mi lado, cosa a la que respondí con un ligero asentimiento de cabeza.

A mamá le encantaban aquellas ocasiones porque podía verme vestida con Yukata, lo cual decía le recordaba mucho a la señora Nadeshiko.

Siempre me pregunté si el excesivo cariño que mi madre sentía por ella era solo el reflejo de sus años de amistad y cariño fraternal, o más bien… mi madre también sentía cosas por la mamá de Touya.

Aún después de enterarse de mis preferencias y explicarme que el que fuera diferente no le sorprendía del todo, nunca me animé a preguntarle acerca de ello, y tampoco parecía que mi madre estuviera dispuesta a tener esa conversación.

Para ser completamente sincera, confirmarlo me resultaba un poco escalofriante, pues auguraría que al igual que ella, estaba condenada a pasar el resto de mi vida añorando un amor imposible, refugiándome en el único consuelo de que la hija adoptiva que había decidido criar, era un reflejo de todo lo que me gustaba de la persona que amaba en silencio.

Agité la cabeza para despejar tal pensamiento, porque por ningún motivo quería que Touya tuviera que verme llorar otra vez. Lo último que necesitaba era pensar en cosas que acrecentaran mi tristeza, que me recordaran que no solo estaba sola en el mundo, sino que tal realidad no parecía ir a cambiar demasiado pronto.

—Pensé que vendría con el joven Yukito, ¿por qué no lo trajo con usted? —pregunté con la voz ligeramente afectada, intentando sacar de mi cabeza aquel pensamiento, que se hacía cada vez más desgarrador a medida que se acortaban los días para la boda de Sakura.

—Creí que no te sentirías cómoda hablando de estas cosas con él presente. Además, como Sakura está en Hong Kong este año, preferimos esperar el año nuevo en casa.

—¡Pues deberías estar con él y no conmigo! —exclamé azorada mientras me ponía de pie, emprendiendo el camino de regreso al contemplar la posibilidad de haberme interpuesto en su tiempo juntos—. Mejor regresemos, no es bueno que lo deje solo.

—No está solo, papá está con él —aseguró mientras me tomaba del brazo, animándome a tomar asiento a su lado de nuevo al percibir que contrario a haberme calmado, una parte de mi parecía ansiosa por buscar una excusa para quedarme nuevamente a solas—. En cuanto les dije que te sentías mal, tanto papá como él me animaron a acompañarte. No me dejarán tranquilo si llego a casa después de dejarte igual o peor que antes, así que o te calmas o estaremos aquí hasta el amanecer.

—Se lo agradezco. En serio, les agradezco mucho que se preocupen tanto por mí —reconocí en un susurro entrecortado, y aunque intenté que mi voz no se partiera mientras decía aquello, claramente había fallado en el intento de disimular mi melancolía.

Dejé caer la cabeza en su hombro ante su invitación silente a desahogarme, y me permití cerrar los ojos mientras continuaba llorando en silencio.

Como siempre, el hombro de Touya era un lugar cómodo y seguro.

Debo reconocer que al principio sentía cierta aprehensión a acercarme a él de esa manera, pero después de tantas ocasiones en que había necesitado su consuelo, aquella proximidad ya se me hacía familiar.

Desde aquel día en que me encontró desolada en ese hospital, él se había dado a la tarea de brindarme su consuelo, tal vez porque mi situación le recordaba a lo que sintió cuando perdió a su propia madre.

Al principio solo se limitaba a preguntarme cómo me encontraba a través de algún mensaje en el celular, pero al darse cuenta de que mi respuesta nunca era sincera, adoptó la costumbre de llamarme de manera directa. Antes de darme cuenta, había terminado llamándolo yo a él cuando estaba en mis peores días, y en ocasiones como esas en que ni siquiera me salían las palabras, él acudía a mi encuentro y hablábamos un rato hasta que me sentía mejor.

No sabía cómo lo hacía… pero siempre estaba allí en el momento en que más lo necesitaba.

—Mira lo que hay allí —lo escuché comentar de repente provocando que abriera los ojos, y al fijarme en el establecimiento que había a pocos metros de nosotros y que en ese momento estaba atestado de entusiasmados niños, no pude evitar alejar mi cabeza de su hombro y mirarlo completamente confundida.

—¿Un puesto de tiro?

—Hace mucho que no participo en uno. ¿Quieres que gane algo para ti?

Al ver como Touya sonreía satisfecho como si aquello le pareciera la mejor idea del mundo, no pude evitar comenzar a reír eufóricamente ante la propuesta tan disparatada que inocentemente me estaba planteando, y que dejaba en evidencia que aún no asimilaba cuál era mi verdadera edad.

—¿Qué dice joven Touya? Tengo casi veinticinco años, ya no juego con muñecos de felpa —señalé apenas siendo capaz de controlarme, y me pareció adorable la manera en que desvió la mirada evidentemente incómodo por ello.

Era reconfortante. Aunque a simple vista Touya pareciera alguien bastante serio, en el fondo era una persona muy dulce, llena de candidez. Cuando lo veía así, tan avergonzado, me hacía pensar… en que tal vez Sakura y él no eran tan diferentes.

—Ahora que lo pienso —comenté poniéndome de pie tomando su mano para animarlo a hacer lo mismo en cambio—, creo que nadie ha ganado antes algo así expresamente para mí, así que, suena divertido.

—Ya no quiero hacerlo. Dijiste que era ridículo —replicó él haciendo lo que pareció ser un puchero, y yo, sonriendo de oreja a oreja completamente divertida por aquellas reacciones nuevas que estaba descubriendo en él, lo halé con todas mis fuerzas hasta obligarlo a seguirme hasta el puesto, y una vez allí, busqué con la mirada cual podría ser el premio que seguramente me llevaría a casa esa noche.

—Quiero ese de ahí abajo —confirmé mientras le entregaba la pistola de juguete que él tomó de mis manos de mala gana, notando como en cambio, enarcaba una ceja sin entender mi petición contraria a la tendencia común en aquel popular juego.

—¿Por qué ese? Es el más pequeño de todos. ¿Dudas que pueda conseguir algo mejor?

—Para nada, conozco sus legendarias habilidades para ganar estos juegos —aseguré con una risita, mientras recordaba las eternas competencias de Shaoran y él para determinar cuál de los dos podía conseguir el mejor premio para Sakura—. Es solo que me parece adorable que sea tan pequeño, me agrada la idea de que al ser tan diminuto podría llevarlo siempre en mi bolso.

—¿No que estás grandecita para los muñecos?

Una sonrisa audaz se dibujó en su rostro hasta entonces ceñudo, y tomando posición para demostrar los dotes que habían provocado que el cuarto de Sakura fuera un mar de muñecos de felpa, ganó el objeto a la primera, cosa que dejó boquiabiertos a más de un niño y adulto que habían gastado casi todo su dinero en ganar uno de los premios.

—¿Seguro que te gusta ese? Con mi puntería puedo ganar uno más grande —señaló orgulloso mientras nos alejábamos del lugar, ignorando las peticiones de más de uno que le suplicó enseñarle su secreto, y agitando la cabeza en negación mientras miraba con cariño al diminuto muñeco de apenas unos quince centímetros que acunaba entre mis heladas manos, le confirmé que con ese era más que suficiente.

—Me gusta mucho, en serio. Las personas tienden a pensar que como vengo de una familia de muchos recursos, me gustan las cosas lujosas y muy grandes, pero la verdad es que prefiero los detalles sencillos. —Mi sonrisa se esfumó de repente mientras pensaba en lo mucho que odiaba la vida que llevaba desde que murió mi madre. El dinero era útil y a simple vista podía tener todo lo que quería, pero una y otra vez comprobaba que algo tan maleable y efímero como eso no podía comprar la felicidad—. Por ejemplo, preferiría vivir mil veces en un departamento pequeño que en la mansión de mi familia que es tan inmensa. No importa que tenga muchos empleados o que a menudo me visiten, allí siempre me siento sola.

—¿Y por qué no te mudas un tiempo? Si te gusta, hasta podrías vender la mansión y comprarte un departamento —planteó él, provocando que mi rostro se llenara de terror con la simple idea de deshacerme de parte del patrimonio de mi familia—. Está bien que quieras conservar el recuerdo de los momentos que compartiste con tu madre, pero ni siquiera ella te animaría a quedarte allí si en realidad eso te hace daño.

—Creo… creo que tienes razón. Me vendría bien probar algo nuevo —reconocí al fin, reconfortada con la idea de que mi madre apoyara tal decisión si eso contribuía a mi felicidad. Por eso me gustaba hablar con él. No importaba que tan turbias parecieran las cosas, sus palabras siempre me ayudaban a ver la luz al final del túnel—. Pediré a mi secretaria que investigue por mí algunos departamentos en la zona. Tal vez tenga suerte y encuentre uno que no sea muy espacioso, pero en el que me sienta realmente a gusto. Muchas gracias por el consejo Joven Touya, a veces me pregunto de donde saca tan buenas ideas.

—¿Por qué me sigues llamando de esa manera? Tenemos muchos años conociéndonos, y más de una vez me has dejado la ropa con la suficiente humedad como para necesitar una secadora. Al menos deberías dirigirte a mí con más confianza y no como a uno de tus empleados.

—¿Con más confianza? ¿A qué se refiere?

—¿Que a qué me refiero? —Lo vi rascar su nuca con cierta incomodidad ante mi pregunta, como si una parte de él tampoco entendiera que era eso que me pedía en esos momentos—. Bueno... Quisiera que te comportaras conmigo como lo harías con Sakura o con el mocoso. He escuchado las bromas que le haces y sé que no eres tan juiciosa como intentas aparentar. Solo… intenta hacer algo parecido conmigo.

—No podría comportarme así con usted, sería una falta de respeto —aseguré agitando las manos, notando como aquella sonrisa burlona y autosuficiente volvía a adornar sus labios ante mi repentino arranque de timidez, asegurando para mi sorpresa que con sus treinta y dos años de vida, dudaba realmente que hubiera algo que saliera de mi boca que consiguiera alterarlo y pintarlo de colores, tal y como ocurría con mi par de amigos a punto de contraer nupcias.

Era cierto que Shaoran y Sakura eran exagerados a la hora de poner en evidencia su candidez, pero estaba segura de que si me lo proponía, podía provocar que hasta él se quedara sin palabras.

—Eso suena como un desafío y yo soy muy competitiva. Puede que se arrepienta de animarme a algo como eso. ¿Seguro que quiere exponerse a ese peligro? —Le advertí mientras daba pequeños toquecitos a mi mentón con uno de mis dedos, extendiéndole mi mano para sellar el trato al verlo encogerse de hombros mientras aseguraba que él también era muy competitivo y que más allá de eso, jamás había perdido en nada.

—Ya veo. Pues en ese caso, si gano, le pondré su nombre a mi muñeco.

—¿Por qué mi nombre? ¿No debería ser el de quien te gusta o algo parecido?

—Sí, es cierto, pero como no me gusta nadie… al menos nadie que pueda tener su nombre. Mejor que tenga el nombre de quién me lo obsequió.

Él pareció analizar la posibilidad de que un día alguien me preguntara al respecto y me viera entre la espada y la pared al no poder decirle la verdad, y concluyendo que no sería tan raro que tuviera el suyo en vez de el de la esposa de mi mejor amigo, estrechó mi mano en cambio, en señal de que aceptaba mis disparatadas condiciones.

El sonido característico de los fuegos artificiales antes de estallar en mil colores en el firmamento, nos hizo mirar en la dirección en la que se producían, y si bien el espectáculo pirotécnico llenó mi corazón de euforia y admiración, cierta calidez se apoderó de mi pecho al darme cuenta de que aún nuestras manos seguían unidas como si fuéramos una especie de pareja.

Agité la cabeza al darme cuenta de que tanto tiempo sola me estaba haciendo producir escenarios románticos donde no los había, tomé la iniciativa en romper nuestro contacto, mientras guardaba al pequeñín de color azul en el diminuto bolso de mano a juego con mi Yukata, sacando en cambio mi celular, en el que confirmé un par de llamadas perdidas de la empleada que había pedido que fuera a buscarme, y que seguro ya se encontraba en el punto de encuentro acordado.

—Bueno, ya es medianoche. Creo que regresaré a casa. Gracias por todo Touya, me siento mucho mejor —corroboré mientras hacía una leve reverencia, girándome en su dirección al escucharlo seguirme mientras se ofrecía a acompañarme hasta mi casa. Claro que me hubiera agradado extender aquella conversación por un rato, pero hasta yo sabía que ya me había beneficiado suficiente de su bondad por ese día. Aunque tal vez antes de irme debería... —No es necesario. Ya te he quitado mucho tiempo. Además…

—¿Qué ocurre, Tomoyo? —Oculté mis labios con mi teléfono ante mi imposibilidad de no reírme ante lo genuina de su preocupación, e intentando fingir timidez, lancé lo que sería mi primer gancho al hígado en nuestra lucha por demostrar quién de los dos era más taimado.

—Es raro que un hombre como usted me invite a celebrar el año nuevo, me haga regalos y luego quiera ir a mi casa. No estará pensando nada raro ¿o sí? Porque si es eso le informo que yo…

—¡Claro que no! No se trata de eso —exclamó avergonzado mientras su rostro se llenaba de terror, y si anteriormente había pensado que derrotar a Touya sería increíblemente satisfactorio, nunca pensé que me provocaría tanta risa como para tener que doblarme sobre mi misma mientras apenas podía respirar.

Lo escuché bufar inconforme, argumentando que no era justo que jugara con algo como eso, y secando un par de lágrimas provocadas por lo estruendosa de mis carcajadas, me permití dar un paso hacía él y ponerme de puntillas para depositar un sonoro beso en su mejilla justo antes de pedirle que por favor no se enojara.

—Descuide, trataré muy bien al pequeño Touya, así que vaya a visitarlo cuando quiera —propuse para echarle en cara que había ganado limpiamente nuestro reto, acercándome un poco más a él para susurrarle en voz baja que tal vez ese día se le diera el milagrito.

Me alejé de él unos pasos para observar nuevamente su rostro sonrojado, y contoneándome coquetamente en dirección al vehículo de vidrios ahumados que ya había llegado a recogerme, agité la mano en el aire para despedirme de él y pedirle que regresara con cuidado.

Era cierto que me entristecía profundamente la idea de volver a aquel castillo solitario en el que me hallaba recluida en contra de mi voluntad, pero la idea de ser acompañada por ese diminuto obsequio que me recordaría el rubor de las orejas de Touya al tenerme tan cerca diciéndole esas cosas, una ligera y reconfortante risilla llenaba mi pecho en cambio, haciendo que aquella sonrisa boba no abandonara mi rostro cada vez que lo miraba.

Jugar con las emociones de Touya era mi nuevo pasatiempo favorito, y dado que sería extraño ir tras una mujer casada haciendo grabaciones de cada uno de sus pasos, ya fuera para su bien o para su ruina, dedicaría todas mis energías acumuladas a esa nueva actividad.


—¿Realmente es necesario todo esto? —Lo escuché preguntar hastiado mientras luchaba por introducir en el vehículo la última del cerca del centenar de bolsas que habíamos adquirido en lo que iba de la tarde, y después de cerrar la puerta de golpe temeroso de que aquella montaña de telas y encajes cayeran sobre él y lo aplastara, lo vi regresar a la cera donde como la princesa frágil y refinada que era, por supuesto lo esperaba sin mover un solo dedo.

Al principio le había dicho que solo íbamos por unos cuantos menesteres para reacondicionar los vestidos que habían sufrido desgaste con el pasar de los años, pero una vez me vi entre tantas telas, encajes y adornos, no pude, para su desgracia y fastidio, evitar llevarme todo lo que llamó mi atención y un poco más, y si bien podía ayudarlo a subir todo al auto y hasta darle un par de trucos femeninos para conseguir que todo cupiera correctamente, me divertía tanto verlo invocar el mal contra mí en silencio, que por más que mi conciencia me torturara diciendo que estaba abusando de su bondad, la parte de mí que disfrutaba de todo aquello no me dejaba compadecerme de él y ayudarlo.

—Entonces, ¿ya podemos irnos a casa? —preguntó visiblemente agotado a la vez que estiraba los dedos de las manos que se le habían adormecido debido al peso de las bolsas, y negando con la cabeza mientras retomaba la caminata a través de la amplia calzada, le anuncié que había un lugar más que quería visitar, conteniendo la risa al verlo seguirme de mala gana mientras resoplaba y pisoteaba el suelo con gran indignación.

La noche había caído durante nuestro recorrido por las innumerables tiendas de la zona, pero gracias a la luz de las farolas y la claridad de aquella noche de invierno colmada de estrellas, podíamos observar el espectáculo que ofrecían los árboles repletos de botones de cerezo a punto de florecer, el augurio silente de que solo unas semanas más tarde comenzaría la primavera, y por tanto una época alegre caracterizada por el renacer de las flores, el inicio de nuevos amores y esa noche... porque esa persona estaría allí.

Señalé a la distancia el lugar al que nos dirigíamos, notando como Touya relajaba sus facciones al observar una especie de establecimiento móvil que no tenía nada que ver con las lujosas tiendas que habíamos visitado.

Me miró algo sorprendido de que pidiera ir a un lugar como ese cuando podía pagar una cena en el palacio del mismísimo primer ministro si lo creía conveniente, y caminando al en ese momento vacío establecimiento, me dispuse a pedir aquello que llevaba todo el rato haciéndome la boca agua y que era la especialidad de aquel amable señor de cabeza rapada que nos recibió con una gentil sonrisa.

—Dos órdenes de Nabe por favor.

—Por supuesto señorita, sale enseguida.

—¿Nabe? No crees que es mucho problema para algo que puedes preparar en tu propio hogar —indagó Touya al verme tomar asiento en una de las mesas colocadas junto al establecimiento, cuyo único atractivo consistía en estar rodeado por los frondosos árboles de tonalidades rosáceas que había en los alrededores.

—Yo no pierdo el tiempo cocinando para mí sola —expliqué parcamente mientras miraba con interés a mi alrededor, ansiosa por vislumbrar entre la gente aquellos ojos esmeraldas que me habían llevado a ese sitio en primer lugar y que seguro no cabrían en sí de la sorpresa al verme.

—Eso a la larga no es saludable. Si no quieres cocinar, deberías contratar a alguien que lo haga por ti —insistió él sin poder olvidar el tema y no pude evitar entornar los ojos ante su insistencia, frustrada por que no me dejara prestar atención a mi entorno con tanta cacareadera.

—Ya tengo a alguien. Chitose es su nombre. Es una mujer maravillosa que mantiene mi casa limpia y ordenada, pero a quien no me atrevo a pedirle que trabaje el fin de semana. Uno nunca sabe cuándo la vida puede llegar a su fin, y no quiero robarle el valioso tiempo que puede pasar con sus niñas.

El silencio se cernió sobre ambos en ese instante, algo que ocurría bastante a menudo en nuestras conversaciones pues, por alguna razón que no entendía del todo, aunque con otros evitara el tema, cuando estaba junto a Touya y se presentaba la oportunidad de hablar de la perdida de mi madre, las palabras solo salían de mi garganta sin siquiera meditarlas.

Ya había pasado un año y nueve meses desde su repentino deceso, y si bien procuraba en lo posible tener una actitud alegre para no preocupar a las personas que me rodeaban, lo cierto era que su pérdida había cambiado por completo la forma en la que veía la vida, sumiéndome en un estado de descontento y melancolía que apenas podía disimular.

No soportaba que las personas me miraran con lástima, que intentaran consolarme diciendo que mi madre había tenido una buena vida y debía sentirme conforme de que su muerte no había sido debido a una larga y dolorosa enfermedad. No estaba agradecida en absoluto y mucho menos me sentía conforme, mi madre era todo lo que tenía hasta entonces… y lo viera como lo viera, no me parecía justo que me la quitaran de una forma tan súbita y precipitada.

Por eso había decidido mudarme de casa y contratar a Chitose quien, al no conocer previamente a mi madre, era prácticamente imposible que me hablara de su ausencia. Necesitaba un escape cotidiano de la realidad, un lugar donde al finalizar el día pudiera huir de la rutina, de aquel entorno melancólico que no hacía más que recordarme que la había perdido.

—Cocinaré para ti cuando vuelva a visitarte. No quiero que te enfermes por no alimentarte como se debe, y que luego eches a la basura mi esfuerzo negándote a hacer el desfile —prometió él sin levantar la mirada ni mucho menos relajar el entrecejo, y agradecí en silencio que en vez de intentar hacerme preguntas sobre mis sentimientos al respecto o darme alguna innecesaria palabra de aliento que solo consiguiera hacerme sentir más miserable, se estuviera esforzando por no tratarme como una huérfana digna de su lástima, si no como la chica a la que aparentemente no soportaba, pero se veía obligado a tratar.

No estaba segura de cuando habíamos empezado aquel extraño juego de roles, ni por qué insistíamos en tal comportamiento si ambos sabíamos que nuestros sentimientos por el otro eran más bien de cariño fraternal, pero me complacía enormemente interpretar la villana de aquella historia, la chica alborotada y sin escrúpulos que debía vigilar con tal de evitar que alguien se perjudicara por sus pérfidos impulsos.

No sabía si realmente creía que aquella era mi verdadera personalidad o solo me seguía la corriente en mí, cabe destacar, impecable actuación, pero como castigo por haber abierto la caja de Pandora de mi corazón y hacerme sentir vulnerable cuando me ofrecía el abrigo de su pecho como lugar en el cual llorar, había nacido en mí la necesidad consecuente de sacarlo de sus casillas y no me sentiría satisfecha hasta escucharlo maldecir al cielo por cruzarse en mi camino.

—Eres muy amable querido, pero para lo que quiero que uses esas fornidas manos es para otras cosas —propuse sugerente mientras acariciaba el dorso de la mano que él tenía posada en la mesa, levantando la vista al instante al reconocer aquella voz que nos anunciaba que estaba listo nuestro pedido, y cuya mirada desconcertada saboreé aún más, al notar que Touya se había sorprendido tanto de verlo que había olvidado el reclamo que estaba a punto de hacerme.

—¿Profesor Fujimoto? ¿Qué hace usted en este lugar?

—Buenas noches profesor Kinomoto, señorita Daudoji. Trabajo aquí algunas noches, en especial cuando se aproxima la primavera —explicó inmediatamente a mi compañero con la seriedad que lo caracterizaba, poniéndose terriblemente nervioso al notar como yo lo miraba mientras mi mano entrelazaba cariñosamente la de Touya en ese preciso instante—. Disculpen la interrupción, no sabía que ustedes eran…

—Viejos conocidos y no interrumpes nada —aclaró Touya recuperando su mano antes de que yo soltara una de las mías, lo cual había sido muy atinado pues, ya estaba lista para hilar una historia bien condimentada que pusiera a volar la imaginación del cándido de Fujimoto, y lo convenciera de que estábamos envueltos en algún tipo de apasionado amorío.

Me deleité en lo nervioso que aquel joven parecía estar, mientras nos ayudaba a preparar el nabe en una especie de estufa pequeña, y no pude evitar notar como Touya no me quitaba los ojos de encima, tratando de determinar qué era eso tan perverso que me traía entre manos y que claramente involucraba al pobre chico de anteojos y luceros esmeraldas.

—Muchas gracias joven Fujimoto, le pagaré en seguida para que pueda atender a los demás clientes.

—No es necesario. Corre por la casa —aseguró antes de que sacara mi monedero y le pagara el total de la cena, lo que hizo que la ceja de Touya se enarcara aún más, mientras yo movía mis pestañas coquetamente agradeciendo el gesto, y acariciaba la mano del chico que no tardó en teñirse de todos los colores ante mi repentino contacto.

Sentí a Touya retirarme la mano abruptamente tratando de salvarlo de mí y mis intenciones, y diciendo que no era necesario que nos invitara, sacó el total del platillo de su propia cartera y entregó el monto al joven que se alejó de nuestra mesa extrañamente nervioso, cosa que disfruté como una condenada aunque me esforcé por disimularlo.

—Te aseguro que Fujimoto sabe llevar sus cuentas. Si dice que puede invitarnos, entonces puede —protesté fingiéndome ofendida por su intervención, viendo cómo en consecuencia el entrecejo de Touya se arrugaba de manera extraordinaria, mientras replicaba que no podía y que si tenía algo de principios debía dejar de fastidiarlo.

Sabía que su molestia se debía a más que el solo hecho de haberme tomado la libertad de aceptar la invitación de alguien que trabajaba duro para conseguir lo necesario, pero no pude evitar sonreír conmovida al notar el grado de empatía que le tenía a aquel serio chico, que por cierto, me recordaba mucho a él mismo cuando trabajaba desde siendo mesero hasta entregando panfletos vestido de un adorable oso de peluche.

Obviamente sus situaciones eran diferentes, y si Touya trabajó toda su vida era por voluntad propia, a diferencia de Fujimoto que no tenía ningún familiar y por tanto debía suplir sus propias necesidades, pero salvo por ese detalle que los hacía opuestos, sus actitudes eran tan similares que casi parecían hermanos, en especial cuando fruncían el ceño y me miraban con desconfianza, tal y como lo hacía Touya en ese preciso instante.

—¿Y a ti no te gustaban las mujeres? ¿Qué haces coqueteándole al amargado de Fujimoto?

—El que me guste algo no quiere decir que no pueda probar cosas nuevas —expliqué encogiéndome de hombros mientras jugueteaba con los palillos que el joven había colocado sobre la mesa—. Dormimos juntos por eso, ¿no es cierto? No te quejes ahora si me abriste el apetito a los hombres.

Touya fue a replicar algo más con respecto a aquel asunto, pero decidió guardar silencio y no sacar la cabeza de su plato hasta que terminó su cena.

Pensando en retrospectiva, no era la primera vez que mencionaba el tema y él parecía tan incómodo con ello. ¿Solo intentaba mantener la dignidad y no ponerse a mi nivel, o le daba vergüenza mirar a los ojos a la misma chica que había despojado de su virtud un mes antes?

—¿Por qué te gusta mi hermana?

Comencé a toser frenéticamente debido a lo cerca que estuve de ahogarme con el caldo al escucharlo preguntarme aquello con tanta ligereza, y limpiando mis labios con una servilleta mientras me enderezaba y procuraba sonreír con falsa autosuficiencia, traté de que no notara lo mucho que me abrumaba el que no pareciera entender que si había tocado aquel tema ese día, se debía al exceso de alcohol que había en mis venas y no a qué planeara reconocer aquel que por décadas había sido el mayor de mis secretos.

—¿No te parece una forma un poco trillada de intentar cambiar de tema, Touya?

—No estoy intentando cambiar de tema, sino más bien encaminarnos al que nos trajo aquí en primer lugar. Dijiste que no has podido superar tus sentimientos hacía Sakura, así que quiero saber si te gusta tanto como dices o si solo…

—¿Es carnal? ¡Por supuesto que lo es! ¿No has visto lo sensual que es Sakura? Tiene unas curvas, unas piernas, un tremendo…

—Sí, sí, ya entendí. Pero a lo que me refiero es si piensas…

—No te imaginas todo lo que me pasa por la cabeza cuando la veo quitarse la ropa para probarse uno de mis diseños —continué con voz sugestiva, paseando uno de los palillos lentamente por mi cuello, mientras hacía caras como si realmente estuviera siendo víctima de un placer muy grato—. Se me hace la boca agua, se me entumecen los dedos, la temperatura de todo mi cuerpo aumenta... en esos momentos cuando estamos a solas, siento tantas cosas que quisiera encerrarla en mi cuarto toda la noche y solo...

—Si basas tus sentimientos en una imagen idílica de ella, en vez de lo que es en realidad —Me interrumpió alzando la voz visiblemente arrebolado—. Es básicamente a lo que se refiere la gente cuando habla de un amor platónico, así que te estoy preguntando si sientes por mí hermana algo como eso. No me interesa lo demás —terminó a toda velocidad, pues si bien había ignorado por completo mis intentos de disuadirlo de continuar tocando aquel tema tabú, era obvio que la simple idea de imaginarme así con su hermanita le hacía doler la cabeza—. Si sigues aferrándote a ello aún tras saber que no te corresponde y que tiene una vida independiente de tu existencia, es probable que sea porque una parte de ti cree que Sakura es perfecta, lo que a su vez te lleva a comparar a cada persona que llega a tu vida con ella y obviamente explica porque no tienes una relación estable todavía.

—¿Quién dijo que no tengo una relación? No conoces mi vida privada.

—Hemos estado juntos casi todo el día y aún no has recibido un solo mensaje que no sea de Sakura o Kobato —afirmó mientras señalaba mi bolso del que efectivamente había sacado mi teléfono en muy rara ocasión—. A menos que tengas algo con mi hermana a espaldas de su esposo o que yo tuviera razón y te trajeras algo con Kobato, a mi me parece que no tienes novia ni nada que se le parezca y si la tienes, no parece interesarle demasiado que estés durante la noche con el mismo sujeto con el que te acostaste estando borracha.

Arrugué la nariz nada contenta de que me pusiera en evidencia resumiendo mi vida amorosa con tanta facilidad, y soltando un bufido inconforme, desvié de él la mirada.

En síntesis, había salido con un par de chicas mientras iba a la universidad, algunas realmente agradables con las que me llevaba bien al principio, pero siempre había algo que no encajaba, algo que no hacía clic cuando estaba con ellas.

Por eso cuando las cosas subían de tono y la relación intentaba viajar al plano físico… algo en mí solo se apagaba, y siempre terminaba pidiéndoles un tiempo porque me aterraba reconocer que no sentía que ninguna de ellas fueran esa persona adecuada. Por eso ya no me esforzaba por encontrar el amor, ni tenía citas que al final terminarían en nada. Me había resignado a tener los ojos bien abiertos y esperar que la persona adecuada apareciera por su cuenta. Y si nunca aparecía... bueno, al menos ya no moriría siendo virgen.

—No tengo pareja, es verdad. Pero prefiero mil veces eso a salir con alguien a quien no sea capaz de amar.

—No te pongas a la defensiva. No te estoy juzgando por ello —solicitó en medio de un suspiro, a la vez que yo hacía un puchero y lo azuzaba con la mirada—. Creo que es loable que no cedas ante la presión de los demás solo para huir de la soledad, pero me preocupa que la imagen tan optimista que tengas de Sakura evite que dejes espacio en tu corazón para alguien que realmente merezca lo que tienes para darle. Mira que mi hermana no es perfecta ni mucho menos. Estoy seguro de que a pesar del tiempo que tienen conociéndose, hasta el mocoso ve en ella cosas que no le agradan.

—¿Y no se trata de eso el amor? ¿No se supone que te enamoras porque sientes que es la persona más maravillosa del universo?

—No siempre es el caso, de hecho, tampoco es saludable —acotó sin mirarme, completamente convencido de su argumento—. Las relaciones duraderas no se componen de dos personas que concuerdan en todo, sino de una pareja que sabe que el otro no es perfecto, pero que aún así lo acepta tal y como es. Tienes que saber que es lo que no te gusta de ella para planear cómo lidiar con ello, lo cual es imposible si piensas que esa persona no tiene nada que tolerar.

Aquella declaración llamó poderosamente mi atención pues, desde mi punto de vista, la suya con Yukito era una de las relaciones más armoniosas e idóneas que había conocido jamás. A simple vista, aquellas diferencias que tenían uno y el otro solo servían para complementarse… aunque considerando como estaban las cosas, nada entre ellos era como parecía en realidad.

—¿Y a usted? ¿Qué no le gusta del joven Yukito?

—No estamos hablando de mí. Así que no intentes cambiar de tema.

—No estoy cambiando de tema, sino dirigiéndonos al que nos trajo aquí en primer lugar. —Puso los ojos en blanco al escucharme usar sus propios argumentos en su contra, y yo continué con mi explicación, pues si algo jamás había tolerado era quedarme con la duda—. No tengo idea de qué es lo que quiere que vea en su hermana, porque a parte de que es hermosa, nada más llega a mi cabeza cuando pienso en ella. Bueno, también es valiente, amorosa, empática, bondadosa….

—Ya entendí.

—Pero si me da un ejemplo de ello tal vez lo entienda mejor.

Sonreí con autosuficiencia al escuchar un sonoro resoplido brotar de sus labios ante la imposibilidad de rebatir mi alegato, y después de analizarlo unos segundos que se antojaron eternos, pareció encontrar la respuesta a ello para su gran pesar.

—Que no sepa decir las cosas con claridad —reconoció en voz baja visiblemente agotado por aquello—. Está bien que sea considerado y mida bien sus palabras, pero al parecer, no soy tan perceptivo como debería y por ello paso por alto muchas cosas que para otros podrían ser obvias. Así que a veces… solo agradecería que me dijera las cosas a la cara en vez de dejarme con tantas preguntas sin contestar —suspiró pesadamente mientras pasaba sus manos por su pelo chocolate y si bien no lloró al decir todo eso, su voz fallaba cabalmente en la tarea de disimular toda la angustia y desasosiego que aquellos casi cuatro meses alejados le habían hecho pasar.

Eso me partía el alma, me hacía sentir terriblemente mal.

Touya no era perfecto ni mucho menos, y me parecía absurdo que nunca se percatara de qué su novio de toda la vida deseaba que se tomara las cosas con más compromiso, pero sabía que no era alguien malo. Sí había cometido un error, lo había hecho sin querer, con completo desconocimiento de las consecuencias. Jamás heriría a Yukito a propósito como tampoco sucedería viceversa.

Evidentemente, aquella situación entre ellos no era más que la consecuencia inevitable de no saber comunicarse de manera adecuada y me aterraba en verdad que tal nimiedad acabara con aquello tan especial que los unía desde hace tanto tiempo.

Necesitaba hacer algo para ayudarlos. Necesitaba… reunirlos cuánto antes para que aclararan las cosas y pudieran ser de nuevo la pareja feliz de siempre.

—Mi propuesta de hacer todo lo posible por qué ustedes se reencuentren aún está en pie. La empresa tiene un avión privado con todas las comodidades que requiere un viaje tan largo, y si nos vamos un viernes por la noche, podríamos estar de regreso el…

—Tomoyo, sé qué quieres ayudarnos y en serio lo agradezco, pero yo no soy del tipo de personas que imponen sus sentimientos a los demás —aclaró, masajeando su frente mientras fruncía el entrecejo, dejando entrever su gran molestia por todo lo que la incapacidad de Yukito de ser sincero con sus sentimientos le había hecho pasar—. Él me conoce bastante bien y sabe que en lo que a mí respecta, no lo habría dejado dar un paso sin aclarar las cosas antes. Por eso no me dijo que se marchaba hasta que solo faltaban un par de horas para su vuelo, ni me ha dejado hablarle por teléfono. Soy algo ido en ocasiones, pero entiendo bien ese mensaje. No voy a obligarlo a verme o hablarme cuando es obvio que no quiere hacerlo.

—Yo… no creo que las cosas sean así, Touya. Yukito… estoy segura de que Yukito debe tener una buena razón para actuar de esta manera. Verá que todo volverá a ser como antes en cuanto regrese, no se angustie por esto, no…

—Parece que quien está angustiada aquí es otra —señaló con una diminuta sonrisa, mientras daba pequeños golpecitos en mi cabeza al notar como mis ojos comenzaban a cristalizarse y mi garganta se cerraba ante mi incapacidad de formular algo que realmente aliviara su pena—. Recuerda que quedamos en que llorar no te favorecía. Mira que Fujimoto está mirando hacía acá y no quiero que espantes al amor de tu vida para luego echarme la culpa de nuevo.

—No es mi culpa tampoco. Estas malditas hormonas. Realmente odio ser mujer cuando estoy en estos días.

—Ah, ya veo, eso lo explica todo —señaló mientras acariciaba mi cabeza, invitándome a terminar de comer para llevarme a casa.

Asentí como única respuesta mientras limpiaba con excesiva aspereza las lágrimas que se habían escapado de mis ojos, correspondiendo así a su esfuerzo por cambiar de tema. Y comprendiendo que si Touya se contenía, yo no tenía derecho a llorar por ello, me dispuse a comer con la cabeza gacha, tardando un buen rato en poder detener mis sollozos por completo.

Era cierto que las hormonas influían en mi estado anímico y lo hacían más sensible de lo normal, pero realmente me entristecía saber que detrás de esa apariencia imperturbable de Touya había un hombre dolido que había perdido las esperanzas.

Estaba segura de que habían muchas cosas que no sabía del asunto y que seguro explicaban todo lo que estaba pasando, pero aunque era consciente de que aquel no era mi problema y que por tanto no debía meter demasiado las narices en ello, sentía que debía hacer algo para animarlo, para brindarle tranquilidad. Debía al menos asegurarme de que hasta que Yukito regresara y arreglaran las cosas, él no pensaría demasiado en ello. Pero, ¿cómo rayos conseguiría mantenerlo entretenido durante ese tiempo?

—Come despacio, Tomoyo. No pienso ayudarte si te atragantas con una de esas. —Elevé la mirada al escucharlo hacer tal salvedad, y entonces me di cuenta de que en un intento por huir de la situación, había comenzado a engullir las dichosas bolitas de takoyaki que había pedido como aperitivo de una forma nada delicada, aunque considerando las circunstancias y todo lo que tenía en la cabeza, eso sinceramente no me importaba en lo más mínimo.

—Estoy comiendo moderadamente, Touya. Ni siquiera te imaginas la cantidad de Takoyaki que puedo engullir de un bocado.

—Yo diría que tengo una buena idea de ello —murmuró en voz baja dirigiendo su mirada a su plato y efectivamente estuve a punto de atragantarme tras escucharlo comentar aquello, y es que si bien tal observación inesperada me hizo sentir tan desorientada y llena de pena que seguro me sonrojé, no tardé en darme cuenta de que no solo tal expresión tenía todo el doble sentido que había percibido, si no que a juzgar por el horror en su mirada al sentir mis ojos puestos en él, aquello en realidad no lo había dicho a propósito si no que lo había pensado en voz alta.

—Tomoyo yo...

—¿Y lo hice bien? ¿Le gustó?

—¡¿Qué demonios?!

La violencia de su reacción al ponerse de pie, consiguió desperdigar por el suelo el resto de nuestra cena, pero aún si no hubiera estado llena y tuviera que esperar por horas a qué prepararan todo de nuevo, aquella cara llena de vergüenza valía toda la maldita pena.

Sabía de su propia boca que si habíamos pasado por todo aquello, era por qué a mí se me había ocurrido la maravillosa idea de retarlo para comprobar quién se rendía ante los encantos del sexo opuesto primero, y aunque decirle cosas como esas no me causaba más que unas ganas incontenibles de partirme de la risa ante sus reacciones tan infantiles, era competitiva y muy curiosa por lo que no pude resistirme a seguir con el juego solo por diversión.

—He escuchado decir que es mejor no andarse con rodeos, pero pienso que jugar un poco antes es mucho más placentero. Nada mejor que la expectación al respecto para encender el fuego, ¿no lo crees?

—Ya basta de esto. Nos vamos a casa.

—¿Esa es una propuesta indecente, profesor? —Lo escuché gruñir hastiado mientras apresuraba su paso dejándome allí varada, y no solté una sonora carcajada ante su reacción tan adorable, porque a juzgar por el color de sus orejas, la cabeza del pobre hombre estaba a punto de estallar de la pena.

Tomoyo 2, Touya 0.

Porque mi actuación perfecta con Kobato en mi departamento era una victoria que sin duda me pertenecía.

—Señorita Daidouji, espere.

Me giré hacía la voz de aquel chico que, para mí sorpresa, nos había seguido parte del camino mientras yo intentaba alcanzar al abochornado trigueño, y sonriéndole con dulzura desistiendo de mi tarea, esperé pacientemente a que Fujimoto finalmente me alcanzara.

Aquel rictus serio y expresión amargada jamás abandonaba su rostro a pesar de sus escasos veintidós años de edad, pero sabía por los relatos de cierta adorable chica de ojos ámbar a quien le había mostrado una parte secreta de su personalidad, que detrás de ese tipo áspero y de malos modos a simple vista tan difícil de tratar, había un hombre dulce y considerado que cuando se lo proponía podía ser adorable en verdad, tal y como resultaba evidente por la forma en la que su boca se cerraba y se abría mientras intentaba articular lo que quería decirme desde hacía todo un mes.

—No hay nada que agradecer, joven Fujimoto. —Me apresuré a asegurar para evitarle el problema de expresar algo que evidentemente le era muy difícil reconocer y que obviamente había sido mi culpa. Si no los hubiera seguido para asegurarme de que fuera alguien honorable y tratara bien a Kobato, seguro que la insoportable de Asuka no los hubiera visto y yo no hubiera tenido que hacer todo ese mamotreto para evitar que los delataran. Debía reconocer que fue una suerte que ella no conociera bien su apellido y las únicas características que pudiera soplarle al director fueran su estatura y color de pelo, sin mencionar que el que Fujimoto y Kinomoto fueran apellidos tan similares también había facilitado el convencerlos de que quien salía con un maestro era yo en realidad. Por eso salí tan desorientada de la preparatoria ese día. Cuando Kobato me contó que los habían citado en la dirección y que estaban a punto de suspender a Fujimoto por ese rumor, fui corriendo a tratar de intervenir en ello y terminé convenciendo al director de que todo era una confusión. Al final tuve que sustentar mi cuartada involucrando a Touya en ello, pero afortunadamente había conseguido que los dejaran en paz por un tiempo—. Kobato es una persona muy importante para mí a quien solo le deseo la más absoluta felicidad, así que lo único que puedo pedirte a cambio de mantener el secreto es que la trates con cuidado y valores sus sentimientos.

—Puede sentirse tranquila con eso. Kobato también es alguien a quien deseo cuidar. —Le dediqué una sonrisa sabiendo que aquellas palabras tan toscas en un tipo como él eran casi lo mismo que reconocer que la amaba, y si bien quise decirle algo más para dejarle claro que lo mantendría vigilado hasta asegurarme de que podía confiar en él, el claxon del vehículo de Touya no dejaba de interrumpirme con el pitido constante que él producía intentando obligarme a subirme al auto, y gritándole que el motel no se movería de su sitio porque esperara un poco más, me despedí del chico y caminé hacía el auto dando pequeños saltitos de alegría, mientras aún a la distancia escuchaba a Touya gruñendo algo acerca de que jamás debió haberse ofrecido a ayudarme y lo cerca que estaba de mandar todo al demonio y dejarme abandonada.

Sabía que por más que pataleara y se quejara jamás me dejaría allí varada, y aunque no estaba segura de si quería matarme o solo le avergonzaba todo aquello que le decía, de lo que sí estaba convencida era de que por esos instantes olvidaba sus penas, y eso aunque insuficiente, me brindaba algo de tranquilidad hasta que la otra parte de mi plan se completara, por que si creía que como celestina consagrada esperaría con los brazos cruzados a que las cosas entre Yukito y él se arreglaran, me complacía informarle que estaba realmente equivocado.


Y aquí está el capítulo 4.

Como vemos, la cercanía de estos dos no es algo nuevo en realidad, sino que se remonta a dos años antes cuando murió la madre de Tomoyo, lo cual es muy importante recordar para entender el resto de la trama.

Ya Tomoyo activó su modo celestina para ayudar a Touya a arreglarse con Yukito, aunque... ¿será eso lo él desea?

El próximo capítulo narra Touya y seguro descubriremos muchas cosas interesantes en el proceso.

Gracias por el apoyo. Nos leemos el próximo sábado.