Lo que sea, pero contigo
Capítulo 5:
Los verdaderos sentimientos de la bella durmiente o la razón por la que él se marchó
—Hijo, ¿todo está bien ahí adentro?
Me detuve antes de lanzar un nuevo rugido lleno de indignación, al escuchar la voz de mi padre detrás de la puerta, y solo entonces me di cuenta de que con el estruendo que producía las maldiciones que lanzaba cada cinco segundos, era natural que papá se preocupara por que estuviera tan alterado cuando apenas eran las siete de la mañana.
Pero, ¿qué más podía hacer para desahogar mi ira, si cuando me miro en el espejo antes de ir a trabajar, me doy cuenta de que tengo la cara adornada con un tipo de maquillaje que no sale con nada?
—La señorita Tomoyo estuvo aquí anoche cuando ya dormías.
—¿Ah sí? No me digas —pensé para mis adentros mientras entornaba los ojos y escuchaba a mi padre explicarme las circunstancias de aquel suceso desafortunado, totalmente ajeno a que con ello acababa de arruinarme la vida.
—La dejé entrar a tu cuarto para que intentara despertarte, porque me dijo que tenía algo muy urgente que hablar contigo, pero como no pudo conseguirlo, me pidió que te entregara esto y te dijera que servía para sacar el maquillaje.
Abrí la puerta de la habitación abruptamente al escucharlo decir aquello, que por supuesto debió señalar desde el principio, y tomando el diminuto frasco de su mano, mientras él se quedaba mirándome sorprendido por la apariencia que había adquirido mi rostro, solté al menos un millón de malas palabras que ni siquiera sabía que conocía y caminé al cuarto de baño de la casa, donde comencé a usar el líquido celeste para quitarme el labial, rubor y delineador que cuidadosamente ella se había encargado de aplicarme.
Ya podía imaginármela conteniendo la risa para no despertarme mientras hacía de las suyas con mi cara. Seguro me había hecho un millón de fotos que intentaría usar para sobornarme o peor aún, guardaría en su galería para usar en el futuro no muy lejano.
Se había vuelto bastante pesada con eso de ganar nuestro reto desde mi desliz en el parque, y sinceramente, a veces solo quería gritarle que en realidad no habíamos hecho nada concreto aquella noc para que me dejara en paz de una vez por todas. Pero por alguna razón algo que no acababa de entender algo en mi interior siempre me lo impedía.
¿Solo quería torturarla con aquel secreto todo el tiempo posible o había algo más que me detenía? No estaba seguro de ello, pero lo que sí sabía con certeza, era que iba a matar a esa mocosa insoportable en cuanto la viera.
—La señorita Tomoyo también me pidió que te dijera que si tenías intenciones de visitarla tendrías que esperar unos días, pues se iba de viaje esta madrugada. Traía una maleta de tamaño considerable con ella, así que sospecho que no regresará pronto.
—Además de alborotadora, cobarde. ¿A dónde rayos habrá huido? —pregunté, intentando disimular mi sorpresa ante aquello, después de todo, Tomoyo no había mencionado nada de un viaje en ningún momento y mucho menos de uno que le llevara varios días.
No era un compromiso de trabajo pues, de ser así, se hubiera estado quejando toda la semana de lo inoportuno que había sido que aquello surgiera justo en ese momento en que estábamos más ocupados, como había pasado en ocasiones anteriores en que había tenido que salir huyendo a atender algo que se había presentado en el último instante en la oficina.
Supongo que aquello era bueno. Al menos ese tiempo separados me permitiría descansar de sus ocurrencias.
—Me alegra que la señorita Tomoyo y tú se hayan vuelto tan cercanos. Realmente se hacen bien el uno al otro.
Llevé la mirada hasta mi padre quien continuaba observándome desde la puerta del tocador, y abandonando mis reflexiones, fruncí el ceño mientras secaba mi rostro con una toalla y salía del cuarto de baño bufando.
—¿Hacernos bien? No hace más que intentar sacarme de quicio. Sé que eres un hombre positivo, pero yo no veo en qué me beneficia eso.
—Cuando me contaste lo de Yuki, temía que te deprimieras y perdieras la voluntad como pasó con Kaho —explicó para mi sorpresa mientras su mirada se llenaba de una honda tristeza al recordar lo que fue mi primera decepción amorosa—. Tal como sucedió entonces, esta vez no podía hacer más que brindarte mi apoyo y confiar en que sin importar el resultado final, te recuperarías poco a poco de ello, pero ahora… estoy realmente contento de lo animado que te encuentras a pesar de todo el tiempo que ha transcurrido y de aún no haber tenido noticias suyas. Estoy casi seguro de que se debe a la compañía que te ha brindado la señorita Tomoyo en estos meses, por lo que no puedo menos que sentirme agradecido con ella por darte su apoyo.
Las palabras de mi padre me hicieron reflexionar seriamente en los meses anteriores y cómo había manejado las cosas a pesar de lo repentino de lo de Yukito.
Él tenía razón en que no me había tomado aquello con la misma intensidad que lo de Kaho que también fue bastante inesperado.
Aquello fue un golpe abrumador que me mantuvo sin fuerzas durante meses.
Me sentía tan desolado, tan confundido, que creía que mi corazón explotaría en miles de fragmentos en cualquier instante. Era como si me hubieran arrancado de golpe una extremidad, como si… no pudiera seguir adelante después de aquello. Pero con Yuki había sido distinto.
Tal vez se debía a que una parte de mí sabía que había una muy ínfima posibilidad de que todo se arreglara, o que ya era lo suficientemente maduro para saber que el término de una relación no era el fin de todo, pero salvo la ira y confusión inicial, y aquella sensación de desconcierto y angustia cada que intentaba descubrir qué era lo que había hecho mal, mi vida seguía su rumbo natural, de hecho, había momentos entrañables que ocurrieron en esos casi seis meses separados que seguro no hubieran sido posibles si yo y él estuviéramos juntos, y que efectivamente tenían que ver con aquella lunática de ojos índigo.
Y es que si bien a simple vista el desfile y la superación de sus sentimientos por Sakura era nuestro norte, tenía que reconocer que a juzgar por nuestras conversaciones, aquel no era su objetivo principal al mantenerme en su casa trabajando después de la escuela, aún con el sacrificio que implicaba para ella que debía velar de día y de noche por la empresa que dirigía.
Habían pasado cinco largos meses desde la partida de Yukito y ahora, más que preocupada por nosotros, ella parecía cada vez más molesta por el asunto.
No era raro escucharla farfullando maldiciones incapaz de comprender porque al menos no me llamaba, y cuando estaba de peor humor, hasta proponía que me hiciera de rogar cuando al fin volviera y lo sometiera a la misma ley del hielo a la que él me había condenado.
Aquello más que tristeza, ira o desconsuelo me hacía sentir culpable, y es que si bien no le decía nada al respecto, la verdad era que cuando la veía quedarse dormida de agotamiento con la cabeza apoyada contra la máquina de coser, los dedos llenos de venditas que ocultaban los pinchazos que se hacía con la aguja y el auricular inalámbrico en su oído derecho que jamás se quitaba, y que le permitía contestar el maldito celular que no dejaba de sonar cada cinco segundos los días de semana, me preguntaba si realmente merecía que estuviera de mi lado en todo aquello, cuando al fin y al cabo, todo parecía indicar que yo era quien había faltado a Yukito primero y había provocado aquella situación.
—Papá, ¿crees que cometí algún error con Yuki y por eso está pasando esto?
Me atreví a preguntar antes de abandonar el recibidor de la casa para irme al trabajo, y si bien al principio me miró algo sorprendido de qué pidiera su opinión en algo tan privado, sentí como colocaba sus manos sobre mis hombros de manera conciliadora y me miraba con todo el cariño que lo caracterizaba y que me hacía sentir terriblemente pequeño a su lado.
—Todos cometemos errores de vez en cuando, en especial cuando se trata de una relación de tantos años como la de ustedes. Pero, estoy seguro de que te esforzaste mucho para que las cosas fueran bien y que si hiciste algo que no debías… no fue con la intención de herir a nadie. Así que, no te castigues más con ello. La vida no es más que un ciclo constante de lecciones y cambios, y a veces, cuando las cosas parecen estarse derrumbando, puede que más bien se estén colocando en su lugar.
—¿Colocándose… en su lugar?
Me quedé pensando en ello toda aquella mañana, y debo reconocer que siguió dándome vueltas en la cabeza aún al día siguiente.
Por alguna razón, sentía que lo que estaba pasando en mi vida era justo eso, un poderoso terremoto que había llegado a sacudirlo todo, pero que, al mismo tiempo, no era más que parte de un proceso natural para mantener el equilibrio mismo de mi vida. Tal vez las cosas si se estaban colocando en su lugar… pero no tenía idea de cuál era el lugar al que me llevarían.
—¿Seguro no necesitarás ayuda? Es mucho trabajo para ti solo.
—Tranquilo. Solo daré un vistazo a las condiciones en las que se encuentra todo y cuando mucho, voy a desempolvar un poco. Es cierto que Yuki se ha ido por mucho tiempo, pero no es la primera vez que limpio una casa.
Mi padre asintió respetando mi deseo, aunque obviamente seguía luciendo preocupado por mi decisión tan repentina.
Había sido una sorpresa para él que de la nada le dijera que deseaba visitar la casa de Yuki y encargarme un poco del aseo. Y es que si bien evité comentárselo para no entrar en demasiados detalles, después de pensarlo mucho, me había dado cuenta de que aunque no se lo había pedido, cierta personita ya me había revelado en qué había fallado en lo concerniente a nuestra relación.
Estaba más que claro. Si deseaba hallar respuestas a todas mis dudas, lo mejor era que pusiera de una vez por todas manos a la obra y comprendiera, que más que no saber qué había hecho, en realidad el problema parecía ser que aún no había tomado medidas para remediarlo.
Elevé la vista y observé la casa a la que me dirigía y que ya comenzaba a hacer más que evidente la ausencia de su único dueño.
Después de su repentina partida, no había vuelto a visitar la casa de Yukito, y el césped de su siempre cuidado patio estaba lleno de maleza. La casa tampoco estaba en las mejores condiciones, y cuando hice uso de la llave que tenía en mi poder para casos de emergencia e ingresé a ella, casi fui engullido por las telarañas y la nube de polvo que me hizo toser frenéticamente, mientras agitaba la mano intentando disipar las partículas de suciedad.
Era como si nunca hubiera sido habitada, como si, más que un hogar, fuese una casa fantasma. Vino a mi cabeza al instante las palabras de Tomoyo acerca de los pensamientos de Yukito con respecto al hecho de que aún no viviéramos juntos, y no pude evitar sentirme otra vez culpable por ello.
¿Sería posible que mi mala costumbre de intentar resolver los problemas de los demás le haya hecho daño a Yuki y por eso estuviera sucediendo aquello? Tal vez ese era el cambio que esperaba, tal vez, para regresar, lo que Yukito esperaba era que le confirmara mi intención de comenzar una vida juntos. Una verdadera vida juntos.
A medida que ordenaba todo y los recuerdos de mis visitas a su hogar regresaban, la idea parecía cada vez menos descabellada. Ya habíamos convivido muchas veces en aquellas cuatro paredes, y si bien lo nuestro no podía calificarse como una relación normal, la verdad era que había armonía entre nosotros y éramos perfectamente capaces de ser felices juntos.
Sí, tal vez eso era lo que debía hacer. Tal vez, para que todo se pusiera en su lugar, solo necesitaba despejar mis miedos, priorizar sus sentimientos y por supuesto… limpiar aquella casa que estaba hecha un auténtico chiquero.
Tomé escoba y trapeador en mano para devolverla a su estado original, y a medida que se iba despejando toda la suciedad, también lo hacían mis dudas y temores.
Todas las grandes decisiones daban miedo al principio, así que era natural que sintiera cierta ansiedad con la idea de dejar a mi padre solo y embarcarme en una nueva aventura, pero seguro aquello lo mejoraría todo. Sí, solo necesitaba un poco más de esfuerzo, un poco más de fuerza de voluntad y entonces…
Detuve mis pensamientos al hallarme frente a las puertas abiertas de aquel armario donde usualmente Yuki guardaba sus cosas, y que a diferencia de las demás partes de la casa que seguían intactas bajo toda aquella suciedad, había sufrido un cambio absoluto.
Estaba vacío, completamente vacío.
Ni una camisa, ni un zapato, ni siquiera un minúsculo botón. Todo había desaparecido, todo absolutamente todo… todo se lo había llevado. Solo había una explicación para eso, solo había una razón por la que Yukito se llevaría todo sin mirar un segundo atrás.
—No va a volver. Jamás tuvo intenciones de hacerlo —concluí mientras me dejaba caer en la cama y allí, por primera vez desde su partida, lloré ante tal posibilidad.
Lloré de ira, de impotencia, de confusión, lloré por muchas razones… pero lo que más me dolía de todo era, que después de quince años juntos y miles de momentos compartidos, no tenía ni la menor idea de por qué todo aquello estaba pasando.
—¿Seguro no quieres venir, hijo? Sakura dijo que cocinará tu platillo favorito.
—Hoy no tengo ganas. Tal vez otro día.
No tuve que levantar la cabeza y mirar en su dirección para saber qué mi padre estaba muy angustiado por mi condición.
Cualquiera lo estaría si viera a su hijo llegar a casa con los ojos hinchados y enrojecidos, se negara a dar razones, y se encerrara en su habitación de donde se había negado a salir desde entonces.
Por primera vez en la vida agradecía no tener que trabajar en fin de semana, porque estaba seguro de que no podría mantener la compostura frente a mis estudiantes.
—Bien, pero si necesitas algo puedes llamarme.
—No te preocupes. Estaré bien —aseguré casi en un hilo de voz, aunque eso era algo que en mis condiciones no podía garantizar.
Acababa de darme cuenta de que si había tolerado aquella distancia por meses, era porque de alguna manera siempre tuve la esperanza de que Yuki iba a regresar, por eso ahora que sabía que eso no ocurriría y que más allá de eso, lo que sea que había hecho era tan grave como para hacerlo tomar la decisión definitiva de dejar todo lo que conocía abandonado con tal de poner un punto final a lo nuestro, todo de repente parecía incierto.
¿Qué debía hacer ahora? ¿Resignarme, ir tras él o seguir esperando a que un día cambiara de opinión y regresara?
¡Si tan solo supiera lo que había ocurrido entre nosotros! Entonces podría determinar si era algo en verdad grave o podía solucionarse simplemente hablando.
«¡Levántate de ahí Kinomoto y ve tras tu hombre! Yo no decidí entregarle mi virtud a cualquier cobarde»
Eso diría la insoportable de Tomoyo si me viera en esa condición tan deplorable, sin mencionar que me obligaría a tomar el primer vuelo a Inglaterra con alguno de sus irrefutables argumentos. Pero la muy ingrata ni siquiera estaba allí para zarandearme y hacerme salir de la cama.
Escribirle o llamarla para contarle lo que había descubierto también era inútil pues, según parecía, donde quiera que estuviera en ese momento no existía cobertura para su teléfono. Y ya me parecía muy extraño que después de treinta y seis horas aún no usara las fotos que me había tomado para intentar chantajearme. Así que en ocasiones, hasta temía que hubiera sufrido algún tipo de accidente en el trayecto.
—A este paso tal vez desaparezca por meses como la vez anterior.
El simple pensamiento de ello hizo que todo mi cuerpo temblara.
No era la primera vez que nos volvíamos tan cercanos y tampoco era la primera vez que esa cercanía se iba por el despeñadero abruptamente.
Había pasado lo mismo después de la muerte de su madre, cuando intentaba confortarla después de su partida.
En ese entonces, también nos comunicábamos bastante, y de vez en cuando hasta solía hacerle una que otra visita cuando rompía a llorar al teléfono. Pero un buen día, los mensajes solo dejaron de llegar y ella desapareció por completo del mapa.
Di vueltas en la casa pensando en ello, en la posibilidad de que otra vez desapareciera sin razón aparente, y cuando estaba seguro de que de seguir así haría un agujero en el suelo, tomé mi chaqueta y decidí que sí iría a casa de Sakura, con tal de no quedarme más tiempo a solas con mis pensamientos.
—¿Y qué si de verdad desaparece? Me quitaría un gran problema de encima —pensé mientras tocaba el timbre de la casa de mi hermana, sintiendo que se me comprimía el pecho cuando lo primero que me recibió al abrir la puerta fue Sakura, luciendo uno de los vestidos que ella había reacondicionado la semana anterior y que había insistido en que quería obsequiarle de nuevo.
Tomoyo era así de tonta. No importaba cuántas veces le rompieran el corazón y la persona que amaba barriera el piso con ella, su forma de tratarla y verla siempre era la misma.
No era una persona rencorosa ni mucho menos egoísta. Si me había dejado a mi suerte sin darme explicación alguna, debía tener una buena razón para ello.
Obedecí a la petición de Sakura de entrar a la casa algo ausente, sin poder evitar darle más vueltas a aquel asunto. Con tantas cosas, jamás le pregunté qué había pasado, por qué, de manera tan repentina, solo había dejado de hablarme. Y ahora que lo pensaba… tal conducta no era propia de ella que si por algo se caracterizaba, era por ser brutalmente honesta conmigo. Debía haber algo más, algo que le impedía contactarme, pero que no podía contarme por razones de fuerza mayor, y que probablemente se había repetido en aquella ocasión y la había motivado a desaparecer sin explicación alguna.
—Hermano, ¿seguro que estás bien? No has probado bocado.
—No tengo mucha hambre, eso es todo —contesté dejando de pinchar el contenido de mi plato con el tenedor, y si bien Sakura no insistió en una respuesta, era obvio que no la había convencido del todo, como tampoco había hecho con mi padre y el mocoso que en esos momentos me miraban con la misma preocupación en el rostro.
Jamás había sido bueno disimulando y menos si mis neuronas trabajaban a mil por hora en busca de respuestas.
Y es que, ¡maldita sea! Era cierto que últimamente no tenía muchos reparos para decirle las cosas a Tomoyo, pero no podría decirse lo mismo de casi dos años atrás, cuando sopesaba con cuidado cada cosa que salía de mi boca en su presencia.
Entonces, parecía realmente aliviada cada vez que conversábamos, y si bien a veces se llenaba de nostalgia y hasta se le escapaban algunas lágrimas, después de conversar un rato y desahogarse, su rostro y su voz se llenaban de alegría.
Todo iba de viento en popa, en serio. Poco a poco ella estaba consiguiendo superar lo de su madre y retomar su rutina. Hablábamos a toda hora, nos visitábamos a menudo y hasta una que otra vez estuve a punto de acercarme y solo...
—Bueno, al menos no has estado revisando constantemente el teléfono —escuché a mi hermana señalar, mientras sentía un escalofrío ante aquel último pensamiento que hasta ese instante permanecía oculto en mi mente—. Recuerdo que antes de casarme con Shaoran no se podía hablar contigo a ninguna hora porque siempre estabas pegado a él. Hasta llegué a pensar que te habías enamorado de alguien aparte de Yukito y te la pasabas mensajeándote con esa persona. Estaba tan preocupada por ti que se lo comenté a Tomoyo y le pedí que me diera alguna sugerencia de cómo hablar contigo al respecto sin que te enojaras. De seguro ella personalmente habló contigo, porque desde entonces dejaste de usarlo tanto.
—¡¿Qué fue lo que hiciste?!
El chirrido del cuchillo contra el plato que estuvo a punto de fragmentar la porcelana, hizo que tanto el mocoso como mi padre miraran en mi dirección sorprendidos.
La forma como mis ojos se encendían mientras me ponía de pie y miraba a Sakura como no recordaba haberla observado jamás en el pasado, hizo que esta abriera y cerrara la boca sin ser capaz de entender lo que pasaba.
Y es que era inaudito. ¿Cómo podía siquiera considerar algo como eso? Y más aún, ¿cómo le planteaba a Tomoyo una idea tan absurda?
—No te enojes tanto, hermano. Solo estaba preocupada por ti.
—¿Qué no me enoje? ¿Tienes idea de lo que causaste? La persona con la que hablaba era Tomoyo, ¿sabes? Intentaba… ayudarla a superar lo de su madre porque se sentía sola, y tú vas, y le dices algo como eso. Con razón dejó de hablarme, ¿quién sabe lo que le hiciste pensar?
—Lo-lo siento. No tenía idea —aseguró con los ojos a punto de cristalizarse, y es que estaba gritando de manera cada vez más histérica. ¡¿Enamorarme?! ¿Cómo iba yo a enamorarme? ¡Claro que no iba a enamorarme de ella!
—Nunca tienes idea de nada. Por eso le has hecho tanto daño —solté finalmente casi entre dientes, sintiendo como si aquello abriera una gran herida en mi corazón, porque al fin y al cabo, estaba comprobado que al igual que ella, también era un retrasado que andaba en las nubes y no se daba cuenta de cuando mi conducta y decisiones le hacían daño a las personas más cercanas a mí. Pero, ¿enamorarme? Eso era sencillamente ridículo.
—Sí, sí. Ya sé que lo que le dije al monstruo fue grosero y debería disculparme —gruñí mientras fruncía el entrecejo sin abrir los ojos, tan pronto escuché pasos caminar en dirección al árbol que se hallaba situado en el diminuto patio de la casa donde me encontraba, y en el que me había recostado luego de mi discusión con Sakura—. No necesito que un mocoso insolente me sirva de conciencia. Así que puedes regresar por dónde viniste.
—Sakura… es la chica que le gustaba a Tomoyo, ¿no es verdad?
Levanté la vista al escuchar a Shaoran preguntar aquello con voz temblorosa, y maldiciendo para mis adentros mi mala costumbre de siempre meter la cuchara dónde no me llamaban, me quedé en total silencio mientras lo veía caminar de un lado a otro halando los mechones de su cabello con desesperación, sin ser capaz de asimilar lo que había descubierto.
En realidad no lo culpaba. No todos los días descubrías que tú mejor amiga estaba enamorada de nada más ni nada menos que tu propia mujer.
—Agh, ¡ahora tantas cosas tienen sentido! ¿Por qué no me percaté antes? Tengo que decírselo a Sakura, tiene que enterarse de ello.
—No lo hagas. Ella no quiere que lo sepa —aseguré al fin, mientras me ponía de pie y caminaba hacía él impidiéndole el paso, evitando que ingresara a la casa y revelara aquello a mi despistada hermana que seguro se hallaba encerrada en su cuarto sin entender ni remotamente lo qué ocurría. Si eso pasaba, Tomoyo me mataría. Me odiaría toda la vida por haber revelado un secreto que pensaba llevarse a la tumba—. Algo me dice que no quería que lo supieras tú tampoco, así que si valoras tu amistad con ella deberías mantener la boca cerrada. Yo también lo descubrí por accidente, así que… no creo que sea justo que lo sepa nadie más.
—¡Eso es absurdo! —rugió con rabia mientras intentaba pasar de mí a la fuerza—. Aunque nadie más lo supiera, yo sí que debía saberlo. Debió decírmelo desde el principio, debió… debió confesarme que le gustaba y que mis sentimientos no hacían más que obstaculizar su camino hacía ella. Si me lo hubiera dicho, si tan solo lo hubiera sabido...
—Justo por eso no te lo dijo. Supongo que no quería que te sintieras culpable porque Sakura te eligiera —concluí resignado, comprendiendo que la bondad de Tomoyo era tal que jamás se atrevería a confesarle aquello a Shaoran sabiendo que era capaz de negar sus sentimientos con tal de ser leal a la amistad entre ellos—. ¡Esa tonta! —gruñí completamente hastiado del tema—. Las personas normales le hacen la vida imposible a sus rivales, ¿por qué ella tiene que ayudarlos? No es más que una masoquista con complejo de mártir.
—Así que Sakura no se equivocó del todo.
Levanté la vista hacía él ante su comentario, y si bien quedé aturdido durante unos segundos mientras intentaba buscarle sentido a sus palabras que me parecían casi jeroglíficas, no tardé en comprender a qué se refería y comencé a gritar como loco algo que ni yo entendí.
¡Maldición! ¿Qué le pasaba a todo el mundo últimamente! No estaba enamorado de ella. No lo estaba.
Si había algo que me tomaba muy en serio era mi lealtad. Jamás sería capaz de interesarme en una persona cuando me había comprometido a amar a otra. Por eso me enojaba que los demás pensaran que yo era capaz de algo como eso, y más aún que lo haría con Tomoyo.
Y si la prueba en la que se basaban era lo ocurrido en su casa… Lo que había pasado no había tenido nada que ver con ello, solo fue... un evento estúpido que ocurrió porque ninguno de los dos estaba en sus cabales.
La indignación que momentáneamente se había calmado, volvió a llenar mi pecho haciéndome sentir unas ganas incontenibles de mandar a todos al demonio, y girando sobre mí mismo sabiendo que en cualquier momento explotaría de tal manera que de aquella casa solo quedarían los escombros, tomé el camino que el mocoso había insistido tanto en usar e intenté escapar de una situación que claramente ya se me estaba saliendo de las manos.
—¿A dónde vas?
—No tengo ni puta idea. Solo no quiero estar aquí —gruñí mientras abandonaba el patio de la casa donde me había aislado después de haber discutido con Sakura, no sin antes encontrarme con la mirada de mi padre que si bien no parecía sorprendido por lo ocurrido, tampoco se animó a decirme nada al respecto, aunque no necesitaba que lo hiciera para saber que él también pensaba que Sakura estaba en lo cierto.
Salí de la casa a paso apresurado y por alguna razón, a pesar de no haber recorrido una gran distancia, sentía que apenas podía respirar.
Me detuve ante el paso de zebra al notar que el semáforo en aquella intersección había cambiado a verde, dando paso a los vehículos que transitaban, y al notar como una silueta pasaba a mi lado tan pronto el mismo cambió de color, no pude evitar tomar a la persona del brazo al reconocer aquel pelo azabache atado en una coleta.
—¿Dónde demonios te habías metido, Tomoyo? No tienes ni la menor idea de todo lo que he pasado desde que te fuiste.
—Disculpe señor. Yo… no sé quién es Tomoyo.
Aquellos ojos negros llenos de temor que me enfrentaron al mismo tiempo que los demás transeúntes miraban en mi dirección, me hicieron soltarla mientras me disculpaba, haciéndome prácticamente huir de lo que parecía ser la confirmación de todo lo que había escuchado ese día.
"Touya… deberías aclarar tus sentimientos".
—¿Aclarar mis sentimientos? ¿Qué rayos le pasa a todo el mundo últimamente? ¿Tengo cara de estar perdido o qué? —continué repitiendo todo el resto del camino mientras recordaba la exhortación de Yukito antes de partir, y dejándome caer en una de las bancas de aquel parque al que había llegado después de tanto desandar, mi mirada se quedó fija en el inmenso cielo azul.
Por alguna razón me sentía desorientado, vacío e inexplicablemente molesto. Lo hacía desde ese momento en que mi corazón saltó dentro de mí al creer que la había encontrado.
—¿Por qué de repente me haces tanta falta? —pregunté en voz baja al viento como si ella pudiera escucharme, y me dejé engullir por la suave caricia que la brisa nocturna de primavera hacía en mi cara, cerrando los ojos a la vez que recordaba la sensación de sus dedos enredándose en mi pelo mientras nuestras bocas se reconocían.
Me agradaba sentirla… su roce me provocaba tanta paz que todo mi cuerpo se relajaba, de la misma forma en la que besarla aquella noche me enloqueció de una manera difícil de explicar.
No podía ser hipócrita y negar que desde ese día, mi manera de verla había cambiado por completo, pero de ahí a decir que me gustaba...
—Lo siento señor. No miraba por donde iba.
Aquella voz algo chillona y abochornada me hizo mirar en la dirección de la que provenía, y al ver a Kobato correr con torpeza vestida con una yukata, mientras murmuraba que un tal "él" la mataría, no pude evitar sentir un mal presentimiento al respecto.
Me recordé a mi mismo que considerando que estaba allí en un principio por mi mala costumbre de meterme dónde no me llamaban, no debía involucrarme, pero mi sentido de responsabilidad pudo más y terminé siguiéndola.
Sí, era cierto. Si Tomoyo era masoquista, yo debía ser el campeón en ello.
—Ya estoy aquí Kiyokazu. ¿Te hice esperar demasiado?
—Como siempre. No entiendo qué tan torpe puedes llegar a ser, Kobato.
La expresión del sujeto de por sí malhumorado se relajó al notar la angustia de la chica que estaba a punto de ceder al llanto ante su respuesta tan tosca, y dejando salir un suspiro lleno de resignación que por alguna razón me pareció extrañamente familiar, acarició la cabeza de la chiquilla mientras le decía con cariño que le alegraba poder verla, y confesaba que se había preocupado porque tardaba en llegar.
Las miradas de ambos se encontraron mientras ella sonreía aliviada de que su enojo no fuera exagerado, y después de colocar sus sucias y pervertidas manos en sus hombros, observé cómo el sujeto en cuestión se acercaba a la cándida chiquilla con el claro objetivo de besarla en los labios.
—¡¿Qué demonios pasa aquí?! ¿Qué significa esto? —grité mientras me acercaba a zancadas y ponía a Kobato tras mi espalda, mirando amenazantemente al hombre frente a mí a quien debía llevarle unos diez años.
Como era característico de él, salvo la sorpresa inicial a mi grito histérico, no mostró emoción alguna, y si al menos el mocoso protestaba ante mi mirada amenazante, aquella pared con patas ni siquiera se inmutaba ante mi reclamo.
Era el maldito maestro en pruebas del instituto, el profesor de la misma niña a la que estuvo a punto de besar. ¿Qué demonios le pasaba por la cabeza a ese lunático?
—Espere profesor Kinomoto, puedo explicarlo.
—Descuida Kobato. Yo lo hago —aseguró serenamente haciéndose el muy hombrecito, y casi estuve a punto de halarle de las orejas para que recordara quién de los dos allí era el mayor.
—¿Y entonces mocoso? ¿Qué excusa barata vas a darme?
—Ninguna. Estoy saliendo con Kobato.
El colmo del cinismo. ¿Ni siquiera haría el mínimo esfuerzo por intentar engañarme?
—Maldito mocoso idiota. ¿Sabes lo que eso significa? Si el instituto se entera no validarán tu tiempo de prueba. Peor aún, no te dejarán graduarte. ¿Eso es acaso lo que quieres conseguir? ¿En qué demonios estás pensando?
—¡Claro que lo sé! Por supuesto que no quiero eso —aseveró frunciendo el ceño, dando una larga inspiración al intentar volver a su estado de inmutabilidad. Por supuesto que me sorprendió por primera vez desde que lo conocía verlo mostrar verdadera desesperación, pero seguí mirándolo amenazantemente por qué si iba a meter la cuchara, entonces iba a meterla bien—. Escuche… —murmuró, después de meditar en mis palabras un rato—. Sé que no debería sentir esto y créame que a mí también me parece un tremendo disparate. Pero es lo que siento y aunque quiera convencerme de que debo olvidarla… mi corazón piensa diferente. ¡Es un asco! No soy del tipo de persona que pierda la cabeza por una chica.
—Así que esa enfermedad nos afecta a todos —pensé en voz alta, chasqueando la lengua al darme cuenta de que estaba divagando, y entonces, como si no fueran suficientes con mis reflexiones de ese día, mi mente se iluminó con una contundente revelación sobre lo ocurrido hacía unos tres meses en aquel mismo lugar, con ese grupo de señoras.
—Espera un momento… Tomoyo… Esa alcahueta de mierda. Así que esto era lo que hacía. Me hizo pasar por todo esto porque quería taparle las faltas a ustedes dos. ¡Hay que ver lo descarada que es! Ya verá cuando la vea.
—Por favor, no le reclame.
—Sí, ella ha sido muy amable con nosotros. Ya le hemos causado muchas molestias. Por favor, perdónela.
El que Kobato me suplicara por la proterva esa no me sorprendía, pero el que Fujimoto lo hiciera era tan irreal que hasta daba risa. ¿Qué querían que hiciera? ¿Darle un premio Nobel a la más metiche y problemática de todas?
—Dejen el drama los dos. Tampoco es como que vaya a matarla. Al fin y al cabo no puedo hacer nada con ella. De todas formas hace lo que le da la gana.
—Y eso es lo que le gusta de ella.
Que me partiera un rayo en ese mismo momento. ¿También aquel chiquillo me iba a decir aquello?
Lo miré como se mira a la más desagradable alimaña y tomando el brazo de Kobato, me la llevé a rastras asegurando que si bien no los delataría, ni por todo el dinero del mundo les dejaría tener su cita.
Estaba muy enojado. Si alguien volvía a decirme algo parecido, juraba que no respondería.
—Profesor Kinomoto, ¿en serio no le gusta la señorita Tomoyo?
Maldición. Seguro que todos se habían confabulado ese día para jugarme una mala broma.
Resistí el impulso de responder algún improperio a su pregunta y masajeando mi frente por enésima vez en el día, me giré hacia ella y traté de explicarle aquello de la mejor manera que mis circunstancias me permitían, pues el que me diera el beneficio era lo mejor que me pasaba en el día.
—Escucha Kobato. Los sentimientos de los adultos son complicados. No sé trata de si alguien te gusta o no, hay… otras cosas que también se ven envueltas.
—Ósea que no le gusta pero si la desea.
Acababa de cambiar de opinión. Su pregunta era lo peor que me pasaba en el día.
—¡¿Qué dijiste, niña?!
—Lo-lo siento. Fui muy directa. —La manera en como ella palideció ante mi reacción me hizo darme cuenta que me estaba alterando demasiado. Kobato estaba a punto de cumplir dieciocho y salía con un tipo seis años mayor, por mucho que me pesara escucharlo, seguro que entendía el sentido completo de la palabra que acababa de usar—. No quise insinuar que está haciendo algo malo, ni que es una mala persona, es solo… La señorita Tomoyo… Ella ha hablado mucho conmigo de esas cosas desde que se enteró de mis sentimientos por Kiyokazu, y entre otras cosas, me ha dicho que los adolescentes no deberían salir con los adultos porque lo que desean ambos… puede no ser lo mismo. Es decir, para mí puede ser suficiente que Kiyokazu y yo solo nos tomemos de las manos, pero como él es un adulto puede que quiera…
—Ya entendí el punto. Prosigue —solicité sosteniendo el puente de mi nariz, incapaz de imaginar un escenario en el que Tomoyo hablara con Kobato de esas cosas sin ser demasiado detallista al respecto.
—El asunto es que, ella me explicó que una persona podía sentir… deseo por alguien y sin embargo no quererla realmente, pero que a la vez, no debía sentirme mal si lo que ahora sentía por él crecía y me hacía pensar en cosas que jamás me habían pasado por la cabeza antes. Ella dice que ambas cosas, el amor y el deseo, son distintas y a la vez se complementan. Es decir, que si bien puedes sentir deseo sin amor, el amor hace que sientas deseo. Creo que entiendo bien lo que ella quiere decir pues, siento que mientras más quiero a Kiyokazu, más atraída a él me siento y más cosas me siento impulsada a intentar.
Un ligero rubor adornó las mejillas de Kobato, quien obviamente se sentía algo avergonzada de tener que decirle esas cosas a su maestro, aunque debo confesar que su tosca explicación del tema me había hecho entender algo que hasta ese momento me había esforzado por pasar por alto.
Desde el interés excesivo que sentía por las acciones de Tomoyo hasta terminar pasando la noche con ella… nada de eso había sido producto de la casualidad.
No era solo el hecho de besarla, de haber tenido la oportunidad de acariciar su cuerpo desnudo aquella noche… una parte de mi disfrutaba de todo lo que hacía con ella, desde sus comentarios filosos, sus cambios de humor repentinos, su manera de, sin previo aviso, empezar a filosofar. El que siempre quisiera agotarme la paciencia, el que sonriera todo el tiempo aun cuando no sentía alegría alguna.
—Adoro que sea impulsiva y luego se sonroje al darse cuenta de que se ha acercado demasiado, que trate de hacer bromas subidas de tono, pero se avergüence cuando las dirigen hacía ella. Que sea caprichosa, temperamental y actúe como una reina. Que se haga la fuerte y astuta para disimular que en verdad es bastante inocente. Me encanta… me encanta que sea retorcida, vulgar y nada honesta. Porque tiene miedo pero intenta ocultarlo.
—¿Miedo de qué? —indagó Kobato contrariada, y si bien su pregunta me hizo percatarme de que llevaba un buen rato pensando en voz alta, no sentí vergüenza por ello ni intenté justificar lo que había dicho con algún pobre argumento.
Me había enamorado de ella, sin buscarlo y en el peor de los momentos, pero me había enamorado de ella. No había nada más que explicar.
—Creo que tiene miedo de que no exista alguien que pueda quererla con lo bueno y malo que tiene, que, después de esperar tanto, no sea capaz de encontrar a alguien que pueda amar con toda esa intensidad que la caracteriza. Kobato, Tomoyo ha pasado por mucho. Odia que le hablen de esas cosas y dudo mucho que lo reconozca en voz alta, pero creo que se acostumbró tanto al rechazo, que ahora se le hace difícil asimilar el que alguien la ame de verdad. Por eso tal vez no se ha percatado de lo que siento, aun cuando parece ser más obvio de lo que me gustaría reconocer. Creo que ella… siente miedo de quedarse sola.
—Pero usted no la dejará sola. Ella… ella le ha demostrado quién es en verdad y aún así la sigue amando, ¿no es verdad?... por eso a partir de ahora, ustedes dos…
—Eso no es posible, Kobato —aseguré más calmado, sabiendo que aunque mis sentimientos tuvieran la intensidad suficiente para escurrirseme por los poros aún en contra de mi voluntad, no era una persona libre que pudiera solo decidir estar con ella—. Sin importar lo que sienta o no, no debo pensar en ello porque yo… ya tengo a alguien en mi vida. Supongo que eso es algo que también puedes entender sin que te lo diga, pero la capacidad de demostrar lealtad y tener sentido de compromiso es lo que separa a los humanos de los simples animales.
Kobato asintió ante aquello sin poder disimular su tristeza y yo la animé a seguir caminando pues, no tenía caso seguir debatiendo al respecto.
Aunque Yukito se hubiera marchado y realmente no tuviera intenciones de regresar, mi parte racional rechazaba totalmente la idea de permitir a mi corazón pensar en otra persona, sin antes haber puesto un final definitivo a lo primero y más aún, sin asegurarme de que aquellos sentimientos no eran lo que había provocado la ruptura en primer lugar.
Yukito me había dicho que usara nuestro tiempo separados para aclarar mis emociones y era obvio que se refería a ese mismo conflicto, a mi incapacidad de reconocer que mi corazón estaba dividido en esos momentos.
La cuestión planteada era simple en realidad. O me deshacía de lo viejo o me olvidaba de lo nuevo. No podía hacer ambas cosas al mismo tiempo. Era claro lo que debía decidir… pero no mentía cuando decía que el solo hecho de considerarlo me resultaba muy difícil.
—La señorita Tomoyo se ve muy contenta desde que pasa tiempo con usted, y usted es hasta más amable en la clase desde que pasa tiempo con ella. Creo que se hacen mucho bien el uno al otro… aunque si usted tiene a alguien, estoy segura de que la señorita Tomoyo no lo aceptaría. Ella se toma muy en serio los sentimientos de los demás y por eso, creo que jamás antepondría su felicidad a la de otra persona.
—Lo sé. Es lo que más me gusta y a la vez me enerva de ella.
Tal declaración me sorprendió tanto a mí como lo hizo con Kobato, por haber salido de lo más profundo de mi corazón, pero aunque nunca antes en la vida me hubiera pasado por la cabeza que llegaría el momento en que fuera a reconocer algo como aquello… decirlo en voz alta sorpresivamente no había sido triste ni doloroso.
Tomoyo era una mujer increíble que se había sobrepuesto a los golpes de la vida y que se preocupaba tanto por otros, incluyéndome, que había terminado ganándose más que mi sincera simpatía. Eso no tenía nada de malo en sí mismo. Era lo más natural. El problema era que no podía permitirme amarla, y que para ser sincero, tampoco sentía que fuese digno de tener una oportunidad con ella.
—Ánimo profesor Kinomoto, yo creo que la señorita Tomoyo lo quiere y mucho. Eso se nota en cómo lo trata.
—¿Quererme? —bufé recordando todo por lo que me había hecho pasar en solo unos cuantos meses y en lo que seguro me esperaría cuando al fin regresara—. Quiere pero enloquecerme, se pasa la vida sacándome de mis casillas.
—Y justo eso lo hace diferente. Ella no actúa de esa manera con nadie más.
Sus palabras resultaron increíblemente consoladoras en mis circunstancias, ya que si bien no guardaba esperanza alguna de que me correspondiera algún día, tampoco era como si fuera el objeto de su desprecio. Me quería, a su manera y de una forma bastante sádica, pero me quería. Aunque no estaba seguro de sí lo suficiente para no mandarme al demonio cuando le dijera todo lo que había descubierto.
—Bueno profesor Kinomoto, nos vemos mañana en la escuela. Espero que pueda resolver sus sentimientos pronto.
—Kobato… —Observé como aquella jovencita volvía sobre sus pasos justo antes de ingresar a la que apenas me enteraba era su casa, y al notar la ausencia de enojo hacía mi por haber arruinado su cita con el tipo ese, me di cuenta de que el hecho de que yo fuera un tipo amargado a punto de sufrir su tercer desengaño amoroso, no me confería el derecho de impedir que esos dos intentaran ser felices juntos—. Supongo que dado que apenas faltan unos meses para que te gradúes, sí puedes salir con el insípido de Fujimoto. Pero llamaré a tu casa a las diez para asegurarme de que hayas regresado, y si no... voy a castrar a tu insolente noviecito.
—Entendido. Le escribiré ahora mismo para avisarle —declaró sin poder disimular su alegría, y sacando al instante el teléfono de su bolso, tecleó un mensaje a la velocidad de la luz, y si bien la notificación subsiguiente me hizo pensar que Fujimoto era igual de veloz y le había contestado al instante, por la mirada de Kobato que no dejaba de preguntarme en silencio si no iba a contestar, me di cuenta de que de hecho, aquel mensaje entrante era para mí.
«Buenas noches mi bella durmiente.
Ya estoy en casa.
Te he extrañado horrores en este tiempo separados, así que cuando quieras puedes venir a darme una afectuosa bienvenida de esas que me encantan.
Aquí adjunto las fotos que me han consolado durante todo este tiempo y que demuestra lo hermosa que eres al dormir»
—Yo también te extrañé, niña revoltosa —murmuré para mis adentros, mirando con cariño y melancolía aquel mensaje que probablemente sería el último que recibiría de ella antes de que se enterara.
Claramente debía decírselo y dejar que me rechazara… aunque no estaba seguro de si saldría vivo de ello.
Y al fin nuestro trigueño aclaró sus sentimientos.
Como hemos visto, esta historia en realidad comenzó un par de años atrás, solo que Touya no era consciente de ello.
¿Qué pasará ahora? ¿En serio le hablará a Tomoyo de sus sentimientos? ¿Cómo reaccionará ella?
Eso y más lo sabremos en los próximos capítulos.
Gracias por el apoyo. Nos leemos el próximo sábado.
