Lo que sea, pero contigo

Capítulo 7:

La apuesta, o cómo la curiosidad casi mató a la conejita.

Salí a toda prisa del ascensor dispuesta a alcanzar las zancadas del tipo que intentaba dejarme atrás a posta, y echándole mano del brazo para obligarlo a que se detuviera, recibí una mirada asesina, que solo exhibía una pequeña parte de la molestia que seguro debía sentir al no poder olvidar aquello que acababa de hacerle en el supermercado.

¿Qué cómo habíamos terminado en el supermercado después del partido? Pues muy simple.

Después de darle mil vueltas a lo que lo ocurrido en ese instante había significado, me dio hambre, y recordando que Touya había prometido que cocinaría para mí la próxima vez que me visitara, lo convencí de que paráramos allí primero dado que no tenía nada medianamente decente en la alacena, cosa que aceptó sin mucho protestar.

Realmente raro.

Pero bueno, independientemente de eso, todo estaba normal hasta ahí. Un, "¿Qué quieres que cocine?" Seguido de un "me conformaría contigo en una bandeja" o un "debí traer otro cambio de ropa para después del partido" seguido de un "no te preocupes, me excitan los hombres que cocinan con solo el delantal puesto". Lo normal. Al menos de mi parte era lo normal, porque él no solo fingía no haberme escuchado, sino que lucía cada vez más distraído y nervioso.

¿Qué demonios? ¿Quién rayos era ese tipo y que había hecho con mi cascarrabias favorito? ¿Acaso aquello también era parte de su plan para engañarme? Porque sí. Estaba completamente convencida de que lo ocurrido hacía unas horas no era más que uno de sus intentos de vengarse de mi persona por haberle pintado la cara antes de partir a Inglaterra.

¡Claro! Seguro había notado lo mucho que me perturbaba la cercanía con otras personas y, ¡zas! Pensó que si me engañaba haciéndome creer que iba a besarme, iba a derretirme como chocolate en sartén y a ponerle fin a cada uno de mis juegos.

Lo del chocolate, casi. Pero ahora estaba más decidida que nunca a demostrarle que Tomoyo Daudoji no retrocedía ante nadie.

—Vamos Touya, en serio no fue mi intención avergonzarlo de esa manera —aseguré en total contraposición a mi resolución, mientras lo veía colocar la clave en la cerradura electrónica de mi departamento—. Sí, es cierto que le puse un preservativo en el bolsillo sin que se diera cuenta, pero jamás imaginé que la alarma del negocio se activaría por eso y se armaría aquel escándalo.

Él me miró con desprecio mientras abría la puerta sin decirme nada, y después de cerrármela en la cara, colocó el pestillo de adentro para conseguir que yo no entrara.

¡Qué infantil! No solo era mi departamento, sino que tenía mis trucos para entrar en cualquier instante, por lo que era completamente inútil que tratara de impedírmelo.

No entendía porque se molestaba tanto por algo tan simple. Aunque el que me hubiera acercado en medio de toda la confusión y en vez de sacar discretamente el objeto de su bolsillo para que no pasara a mayores, lo hubiera exhibido triunfante ante la cajera y el par de guardias, seguro había empeorado las cosas.

Bien, de acuerdo, me había pasado de la raya. Lo mejor era que le pidiera perdón cuánto antes y acabara de una vez por todas con aquello.

Saqué una de la decena de tarjetas que tenía en mi monedero e introduciéndola en el diminuto espacio entre la puerta y la pared, conseguí retirar el pestillo, entrando sigilosamente, extrañada por el silencio que había dentro del apartamento.

Las bolsas que habíamos adquirido hacía unos minutos estaban tiradas en el sofá, mientras que en el pasillo yacían unos zapatos negros de hombre, una camisa y el cinturón que rápidamente identifiqué como los que él traía puestos ese día.

Un escalofrío me recorrió entera ante lo que aquello indicaba, y al levantar la vista al escuchar sus pasos caminar en mi dirección, casi sufrí un infarto al verlo frente a mí con los brazos entrecruzados, el torso desnudo y el delantal azul que Chitose usaba en sus labores como el único atuendo que traía de la cintura hacía arriba.

—¿Qué pasa? ¿Por qué pareces sorprendida? Ya sé, te excita más si no llevo nada.

—No-no te atrevas. —Mi voz tembló al exigirle aquello mientras cubría mis ojos al verlo intentar quitarse también el pantalón, y si bien quise decir algo más y preguntarle si acaso se había vuelto loco para llegar a tanto, su presencia me encandiló de tal forma cuando quité las manos de mi rostro, que al intentar retroceder al verlo acercarse a mí, solo conseguí caer sentada en el suelo sobre el resto de su ropa.

Lo vi ponerse de cuclillas frente a mí con la misma expresión seria que desde hace rato traía, y acercándose a mi rostro mientras yo contenía el aliento, al notar como aquella posición hacía ver aún más fuertes sus bronceados brazos, me susurró que no confundiera el respeto con la ingenuidad y que si quería jugar pesado, él conocía bien como ganar ese juego.

Abrí y cerré la boca un par de veces intentando defenderme ante su amenaza, pero al mirarme a los ojos y notar complacido que me había dejado sin habla, sus labios tiraron hacía arriba en una sonrisa de por más taimada, y golpeando mi frente con sus dedos antes de ponerse de pie y tomar su ropa del suelo, caminó hacía el baño para volver a vestirse, mientras yo comprobaba con la mirada que debajo del nudo del delantal, su defensa trasera no estaba nada mal.

—¿Qué rayos te pasa, Tomoyo? ¿Qué demonios estás viendo? —Me reproché a la vez que desviaba la mirada azorada, y llegaba a la conclusión de que una humillación cómo esa no era algo que estuviera dispuesta a aceptar—. Bien Touya, esto es la guerra —sentencié recompuesta, revitalizada con la idea de estar ante un nuevo reto, y si bien reconocía que esa vez había perdido y el marcador comenzaba a orientarse a su favor, yo tenía mis trucos bajo la manga y si quería jugar pesado. Pesado yo iba a jugar.


Me moví a través del pasillo a toda velocidad, intentando no quedar tendida en el suelo debido a la hazaña de salir corriendo con aquellos tacones de aguja, tan pronto escuché el sonido característico de la puerta del departamento abriéndose y cerrándose.

Me detuve en el corredor, sonreí victoriosa ante lo que creía sería la venganza perfecta por el incordio que el odioso de Touya me había hecho pasar dos semanas atrás, y acercándome a él coquetamente exhibiendo aquel atuendo que por nada del mundo había considerado usar nunca antes, no tardé en darme cuenta de que algo no iba bien al notar la palidez que traía en la cara, mientras intentaba sostenerse de la pared con la mirada totalmente perdida.

—Touya… ¿por qué te ves tan mal? ¿Qué te pasa?

—Descuida, estaré bien. Esto... me pasa a menudo —aseguró cerrando los ojos mientras masajeaba intensamente su frente con los dedos.

—¿A menudo? ¿De qué hablas? No recuerdo escuchar nunca que estuvieras enfermo.

—No es una enfermedad, sino más bien algo así como un efecto rebote. Creo que desde que le entregué los poderes a Yue mi cuerpo no funciona del todo como debería, y si a eso le sumas el estrés, el agotamiento crónico y que cierta personita crea que soy algún tipo de esclavo personal multitarea, creo que estoy...

Estuvo a punto de irse de bruces en el suelo al intentar avanzar a través del pasillo, y sosteniendo como pude su cuerpo intentando que no se golpeara la cabeza, pude darme cuenta de que la palidez y la falta de energía no era su único problema.

—¡Estás hirviendo, Touya! —anuncié colocando mi mano contra su frente—. No debiste venir así. Debo tener algún medicamento para la fiebre en el botiquín.

—No te preocupes, no es necesario. No es algo físico completamente, así que esas cosas no funcionan —aseguró mientras intentaba secundar sus palabras incorporándose de nuevo para caminar solo, pero pareció ser víctima de un fuerte vértigo pues, apenas conseguí halarlo del brazo para que no se golpeara de lleno contra la pared del pasillo.

¡Qué pesado era! Si seguía evitando que se cayera, terminaría por quedar aplastada bajo él.

—Estás realmente débil, Touya. No puedes ayudarme así. Te prepararé un baño con agua helada para ayudar a bajar la fiebre, si es como dices de que nada vale que te mediques.

Él asintió levemente aunque no muy conforme, mientras aceptaba mi ayuda para caminar a la bañera, y entonces lamenté profundamente no tener las fuerzas suficientes para cargarlo, pues era obvio que aquello le estaba costando demasiado. No tenía idea de cómo había llegado al departamento en esas condiciones, pero no podía evitar sentirme culpable por su estado de salud.

Como castigo por haber aceptado otro compromiso cuando se suponía debía ayudarme a mí, había obligado a Touya a ir a mi casa todos los días luego de cumplir con su horario de trabajo y también los fines de semana.

Gracias a su ayuda y lo hábil que era, habíamos avanzado muchísimo en poco tiempo. Solo nos faltaba unos cuantos vestidos y elegir a las modelos que exhibirían mis diseños el día del desfile, pero… tanto agotamiento no era bueno para ningún ser humano, y obviamente Touya no era la excepción.

—Bien. Métete en la bañera mientras te preparo algo de comer. Con lo temprano que es, seguro que ni siquiera has desayunado.

—Tomoyo… deberías ponerte ropa —señaló él extrañamente nervioso, mientras esperaba a que terminara de verificar la temperatura de la bañera, y girándome en su dirección después de secarme las manos, pude notar como evitaba mirarme a pesar de hallarnos recluidos en un espacio tan relativamente pequeño.

Me fijé en el reflejo que me devolvía el espejo de cuerpo entero que se hallaba a mi lado, y entonces caí en cuenta de que si bien me había desecho de los tacones en el pasillo, aún traía puesto el traje de conejita que había conseguido en una atrevida tienda cerca del trabajo, y cuya tela de malla se adhería de manera tan perfecta a mi cuerpo que dejaba muy poco a la imaginación.

Pero aunque me provocaba una satisfacción enorme notar que lo había perturbado tanto como en su momento él me había desconcertado a mí, salí caminando voluntariamente del cuarto de baño para darle su espacio, pues en ese momento tenía una misión más importante que burlarme de él.—Touya, en serio llevas mucho tiempo ahí encerrado. Deberías salir para tomarte la temperatura.

Di un par de toques más a la puerta ante su ausencia de respuesta, y al notar que pasaban los minutos y no escuchaba absolutamente nada dentro, comencé a preocuparme por él y a pensar en el peor escenario.

Con lo aturdido que se encontraba, sería peligroso si se mareaba en un lugar como ese y se golpeaba la cabeza. Peor aún, podía quedarse dormido y ahogarse en la bañera.

De acuerdo, lo último era exagerado, pero a menos que quisiera volverse una pasa, media hora allí sumergido era demasiado aún en sus condiciones.

Lo llamé un par de veces más sin resultado alguno, y aunque tardé un buen rato en convencerme de que aquello no era tan grave, porque aunque los recuerdos fueran escasos, no era la primera vez que lo veía como Dios lo trajo al mundo, empujé la puerta lentamente, deseando al cielo que estuviera vestido y no a punto de salir de la bañera como era tan cliché en las comedias románticas.

Seguro si se había quedado encerrado en el baño era porque creía que la posibilidad de encontrarlo en cueros impediría que entrara y lo molestara, o peor aún, aguardaba en silencio a propósito para hacerme otra bromita pesada.

Ese cobarde tramposo.

Sabía que la desnudez masculina me causaba cierto pudor, pues, sin haber tenido padre o hermanos con los que convivir, encontrarme a un hombre medio desnudo en mitad de la casa no era algo que me solía pasar todos los días, y aprovechándose de ese hecho, había labrado un escenario inesperado que me dejó balbuceante y sin puntos de vida en el suelo.

Había sido un golpe muy bajo que sin duda no le perdonaría, y ahora, estaba decidida a demostrarle que después de pasarme la semana viendo imágenes de hombres desnudos para desensibilizarme, esa supuesta debilidad que creía que tenía había desaparecido por completo.

No podía esperar para ver su cara de desconcierto al darse cuenta de que ya no podía contraatacarme. Seguro se sentiría frustrado al comprobar que lo había dejado sin más armas para vengarse de mí, y que a partir de ese momento, tendría que reconocer su merecida derrota.

Empujé la puerta de golpe motivada por la idea (cerrando los ojos por si las dudas), y un gran suspiro de alivio salió de mis labios al abrirlos y comprobar que estaba dormido, con los brazos posados a los costados de la bañera, y que la mezcla de agua y espuma cubría todo lo que yo no quería ver todavía.

¿Qué? Era valiente y decidida, pero cualquiera sucumbiría ante un ataque sorpresa.

—Eres demasiado amable. Tienes que aprender a negarte de vez en cuando. —Le susurré mientras me sentaba en el suelo junto a la bañera.

Observé los mechones pardos que ocultaban parcialmente su rostro desmejorado, y aparté con mis dedos un poco de pelo de sus mejillas para admirar mejor sus facciones.

Touya en verdad era apuesto. Sus cejas eran pobladas, sus mejillas redondeadas, su color de piel fascinante y sus labios… Tenía unos labios bastante atrayentes.

Seguramente ya me había besado… pero por más que intentaba, no podía recordar cómo se sentían.

—Seguro que con toda la experiencia que tiene debe besar muy bien.

Me sonrojé con tal pensamiento, lo cual era tonto en verdad porque habíamos dormido y hecho quien sabe que clase de cosas aquella noche juntos.

Sí, el que me sintiera abrumada con la idea de besarlo por mucho que fuera la primera persona con quién lo hacía, era en serio exagerado.

Tal vez era un castigo del cielo por ser tan quisquillosa con las personas con las que salía. Debí besarme con la italiana. Al menos eso sí lo recordaría.

Agité la cabeza para despedir el pensamiento, y entonces mi vista se posó en el resto de su cuerpo que no estaba oculto bajo el agua y la espuma.

Touya no era el hombre más fornido del mundo, pero tampoco se veía nada mal.

Los años que llevaba dando clases detrás de un escritorio habían desaparecido casi por completo los rasgos atléticos que lo caracterizaban en su juventud, pero a pesar de su delgadez actual, tenía buen cuerpo, bien distribuido en realidad.

Sus brazos se veían robustos debido a todo el trabajo pesado que había realizado antes de graduarse y que seguro significaba ser el hombre joven de la casa, y aunque no tenía estómago de lavadero, su torso te invitaba a deslizar tus dedos a través de su pecho hasta su ombligo, cosa que después de pensarlo un rato, pero resuelta a demostrarle que era inmune a sus encantos, exactamente hice mientras distribuía con mis manos un poco de espuma tratando de alterarlo, pero aunque lo vi estremecerse ligeramente ante el contacto tan repentino, al final no despertó.

Sí que estaba cansado. Casi me sentía mal por haberle pedido que viniera.

—Me pregunto cómo lo tendrá —pensó mi parte curiosa y pervertida, y justificándome con el pensamiento de que si me había entregado a él, lo mínimo que debía saber era si estaba bien equipado o no, comencé a soplar las burbujas que ocultaban el objeto de intriga de mi vista, sacando conclusiones en mi mente sobre a cuál de los que había visto en fotos se parecería—. Dicen que las manos de un hombre te dan una idea de su tamaño. Aunque en su caso sus manos son grandes, enormes de hecho —pensé mientras dispersaba el último cúmulo de burbujas, sintiendo que el alma me abandonaba el cuerpo al escucharlo decir mi nombre con voz aletargada mientras intentaba incorporarse.

Me puse de pie de golpe, a la vez que tanto mi voz como mi cuerpo insistían en poner en evidencia lo abrumada que me encontraba después de mi descubrimiento, pero afortunadamente, él estaba tan aturdido que ni siquiera reparó en ello y preguntándome si ya estaba el desayuno, extendió la mano hacía mí para que le alcanzara la toalla que había dejado allí para él, sosteniéndome la mirada impaciente mientras yo seguía allí de pie solo observándolo totalmente anonadada.

—¿No vas a salir?

—Sí, por supuesto. Ya… ya salgo.

Me di la vuelta para abandonar a toda prisa aquel espacio que de repente se había tornado especialmente caluroso, y cerrando la puerta tras de mí, comencé a abanicarme frenéticamente sin poder asimilar del todo lo que había visto, pues al fin y al cabo, y contra toda lógica científica, si era verdad lo que decían de las manos.Tomé la bandeja con los platos vacíos de su regazo, extendiéndole en cambio el termómetro para que se tomara la temperatura.

Afortunadamente, ya no estaba tan pálido como cuando llegó al departamento, pero a juzgar por su falta de energía y sus ganas de seguir en el mueble recostado a pesar de ser una persona tan activa, era obvio que la fiebre aún no tenía intenciones de desaparecer.

Si no fuera por su férrea negativa y lo pesado que era para arrastrarlo yo sola hasta el ascensor, ya estaríamos de camino al hospital más cercano, pero el tipo frente a mí era testarudo y se había negado mil veces a aceptar los medicamentos que le ofrecí cuando llegó, por qué si bien aseguraba que no funcionarían, no era como que perdiéramos demasiado intentándolo.

—Tomoyo… ¿Por qué haces esto?

—Porque las personas normales hacen algo cuando están enfermos.

—No hablo de eso. Te estoy preguntando porque insistes en provocarme. Te has pasado los últimos días haciéndolo.

—¿Yo? ¿provocarte? —pregunté exageradamente, haciendo un ademán con mi mano abierta sobre mi pecho para fingirme ofendida por su acusación—. No he hecho nada como eso. Seguro son imaginaciones tuyas.

—¿Ah sí? ¿Y con qué otro objetivo se dejan unas bragas en el maletero del auto de otra persona?

—Y no era cualquier braga. Era la misma que usaba en nuestra noche de pasión desenfrenada —murmuré en voz baja mientras movía sugestivamente mis cejas, sonriendo con malicia al verlo entornar los ojos ante mi comentario pues, si bien no era la misma en verdad, me aseguré de comprar la pieza de lencería más provocativa que pude encontrar en la misma tienda en la que compré el disfraz de conejita.

Quise reírme de la expresión llena de fastidio que tenía mientras me recriminaba la vergüenza que hubiera pasado si Sakura, su padre o peor aún, un estudiante, eran quien encontraba mi regalito en vez de él, pero se veía tan desmejorado y débil que me había quitado las ganas de justificar mis actos, que a veces yo misma sentía iban más allá de los límites.

—Bien, de acuerdo. Solo juego con sus nervios. No le perdono el que intentara desnudarse frente a mí hace unos días, por lo que no descansaré hasta devolverle el favor. Así que, acostúmbrese a ello o admita su derrota.

—No deberías tomártelo tan a pecho. No soy de piedra, ¿sabes?

—¿Estás reconociendo tu derrota?

Me miró con cara de pocos amigos antes de dejar caer el brazo sobre su rostro, y aprovechando para ir a la cocina y llevar los trastos sucios, regresé con un vaso de agua y un par de pastillas que lo obligaría a tragarse a la fuerza si cuando tomara el termómetro aún la fiebre no desaparecía.

Suspiré resignada al regresar a la sala y comprobar que se había quedado dormido nuevamente, y tomando asiento a su lado, extraje de debajo de su brazo el alargado aparato que soltando un leve pitido, anunció que ya había registrado su temperatura corporal, que afortunadamente no había aumentado en los últimos minutos.

—Siempre quise hacer estas cosas y como no le atraigo, pensé que sería una buena oportunidad para cumplir mis caprichos —reconocí en un susurro mientras acariciaba las hebras de su cabello, corroborando por la forma en la que su rostro poco a poco se relajaba que aquella caricia en serio le gustaba.

Me puse de pie para dirigirme a la habitación que habíamos adecuado como taller de costura, intentando avanzar por mi misma en el trabajo que teníamos pendiente, pero al asomar la cabeza a través de la puerta después de media hora, y verlo durmiendo en la misma posición en que lo había dejado, me acerqué a él queriendo verificar si la fiebre había descendido, comprobando para mi angustia justo lo contrario. Estaba a cuarenta grados.

Corrí a la cocina, llené un cuenco de agua y comencé a ponerle paños húmedos en la frente por la siguiente hora. Afortunadamente aquello lo ayudó un poco, y la fiebre bajó a treinta y ocho.

—Tal vez si te beso puedo devolverte a la vida, princesa. Un beso de amor verdadero romperá el hechizo —pregoné como parte de una obra teatral, luego de haberme puesto el traje de príncipe que había usado Shaoran hacía quince años, que si bien no me quedaba perfecto por razones evidentes, debía reconocer que con el cabello recogido y unos cuantos arreglos me hacía parecer un tipo bastante guapo.

Con la esperanza de que una de mis ocurrencias lo hicieran abrir los ojos y dejar de preocuparme, hinqué una rodilla en el suelo, toqué su rostro y no pude evitar apretar los labios frustrada al descubrir, por la forma en que jadeaba en esos instantes, que la fiebre había aumentado de nuevo.

Yo no era un príncipe de cuentos de hadas y por supuesto aquel no era un beso de amor verdadero, pero tal vez la sorpresa de sentir sus labios contra los míos lo motivara a despertar de su profundo sueño, lo que a su vez me permitiría obligarlo a tomar los medicamentos.

—Eso definitivamente sí es pasarse de la raya. Touya te matará si lo haces. —Me recordé a mí misma, replicándome que hasta mi deseo de fastidiarlo y salirme con la mía debía tener un límite, aunque eso no cambiaba el que su situación no mejorara y ni siquiera agitarlo con todas mis fuerzas consiguiera hacer que abriera los ojos.

Estaba tan angustiada, me sentía tan impotente. Después de tantos intentos fallidos por despertarlo, comenzaba a pensar que más que dormido, estaba inconsciente.

Caminé de un lado al otro inquieta ante tal posibilidad y corriendo a la cocina sin intenciones de darme por vencida, me aseguré de pulverizar una de las tabletas de ibuprofeno que había colocado en la mesa para él, y distribuyendo parte del amargo polvo resultante en mis labios, los puse contra los suyos mientras cubría su nariz como lo hacían en las películas, por qué aunque sonara absurdo, tenía la esperanza de que si aquello servía para reanimar a alguien, tal vez podría ser un medio útil para la administración de un medicamento. Cosas absurdas que a uno se le ocurren cuando está desesperado y que olvidé por completo al sentir sus labios contra los míos.

Eran cálidos, suaves y muy gentiles. Sentí un escalofrío recorrerme entera en el mismo instante en que se tocaron, como si aunque mi mente no lo recordara, mi boca si reconociera la presencia contra ella.

Alejé mi rostro del suyo después del relativamente corto "beso" y volví a mirar su rostro sin que aquella calidez desapareciera de mi pecho.

Ni siquiera eso le había hecho abrir los ojos, pero al menos su piel ya no se sentía tan caliente al contacto.

—Vaya dios a saber qué es lo que está soñando este pervertido para que no quiera despertarse. Tal vez debería darle otro besito para que resucite. —Me hallé a mi misma susurrando mientras me acercaba a su boca, y fue solo entonces cuando me puse de pie de golpe mientras agitaba la cabeza y negaba con vehemencia el significado de todo aquello.

Me gustan las chicas. Las chicas. Nada de hombres en mi vida, ni siquiera después de haber dormido con uno de ellos.

—Touya técnicamente no es un hombre. Es… una especie híbrida situada entre ambas cosas.

—Cállate, pequeño Touya. No me justifiques. —Le ordené a la voz imaginaria que había proporcionado al muñeco que yacía sentado sobre mi máquina de coser, y caminando a zancadas que seguro se escuchaban en el primer piso, volví a la habitación de la que había salido en un principio, resuelta totalmente a seguir con mi trabajo.

Estaba muy alterada, ver su… paquete me había puesto nerviosa y ahora estaba pensando sandeces.

—Así que si te gustó verlo.

—Ya te dije que te calles. —Puse fin al soliloquio con mi conciencia, concluyendo que definitivamente me estaba volviendo loca, y dirigiendo mi mirada hacía él antes de cruzar la puerta, me quedé observándolo un rato sin nada más que decir.

Se veía tan indefenso, tan adorable, tan tranquilo… que me hizo suspirar. Era un maldito problema, pero después de leer tanto Yaoi en las redes, tal vez las especies híbridas me atraían de cierta manera..—Estúpido cabello —bufé frunciendo el ceño, desahogando toda mi frustración con el inoportuno mechón de pelo que no dejaba de caer sobre mi rostro mientras intentaba agregar un vuelo de tela a uno de los vestidos, poniéndome increíblemente nerviosa al sentir a Touya acercando su mano a mi rostro para colocar al rebelde detrás de mi oreja, aparentemente ajeno a todo lo ocurrido unas horas antes y a lo mucho que ahora me perturbaba cualquier contacto inesperado con su cuerpo.

—Si te molesta tanto, deberías cortarlo. No he hecho más que escucharte discutir con él desde que me levanté del sofá —sugirió con esa boca carnosa y humedecida, que si no fuera porque tenía una aguja a la mano y la usé para despertarme del embrujo de sus labios, seguro hubiera abordado con la mayor ferocidad posible.

—Cortar mi pelo es imposible. Ya no sería Tomoyo sin el cabello largo —declaré mientras desviaba la vista al darme cuenta de que lo seguía mirando demasiada embobada, y antes de que mi cuerpo hiciera lo que pensaba mi mente, seguí dando puntadas a la tela con la aguja, aprovechando para pincharme con la misma un par de veces a ver si el dolor me devolvía de nuevo a la realidad, porque obviamente la falta de sexo estaba afectando mis neuronas.

—Dices eso como si más que piel y huesos fueras solo cabello. Solo te parece extraño porque nunca lo has cortado. Mira que Sakura usa ahora el pelo largo y no ha dejado de ser ella por eso.

—¿Y notas lo hermoso que le queda? Definitivamente a mi ninfa todo le queda bien —declaré en un suspiro que intentaba emular a la de una adolescente enamorada, y entonces, lo vi entornar los ojos mientras volvía a su propia tarea de agregar un bonito listón en la cola que acababa de adaptarle a uno de los vestidos de mi colección, y noté para mi alegría, que si bien su condición había sido realmente mala unas horas antes y su ceño estaba más fruncido de lo normal desde mi comentario, en esos momentos parecía haber vuelto a su estado natural.

Al menos mi gran idea del beso había conseguido que la fiebre realmente desapareciera, aunque obviamente no había sido arte de magia del amor verdadero sino gracias a la pericia farmacéutica.

—Bien, me convenciste. Me cortaré el pelo por una vez en la vida, pero en ese caso, usted deberá dejárselo crecer. Ya comenzó a hacerlo de todas formas —propuse mientras señalaba con el dedo los mechones desordenados que aún caían sobre sus mejillas, comprobando tal y como había hecho en la bañera, que el corte de Touya había adoptado un estilo más descuidado, casi como el que usaba Sakura cuando niña.

—Soy maestro no actor de cine, Tomoyo.

—Aunque podrías serlo perfectamente —tanteé para volver al ambiente normal en el que yo le coqueteaba y él me rechazaba aunque debo reconocer que no soné natural.

Mis ojos seguían yéndose sin querer a sus labios que seguían tentándome a probarlos de nuevo, y si bien había conseguido controlarme y no hacer ninguna burrada llevada por esos pensamientos, seguía poniéndome nerviosa cada vez que lo veía aproximarse.

¡Qué fastidio!

Yo que pensaba librarme de mis debilidades ese día, y solo le había dado más armas para que me atacara.

—Solo no me he cortado el pelo porque ya me acostumbré a que Yuki lo haga —explicó ajeno a la lucha interna que libraba conmigo misma en esos momentos—. Aunque si sigo así, creo que el director me llamará la atención, así que tal vez ya debería visitar la peluquería.

Lo seguí observando un rato mientras decía aquello y noté que a pesar de mencionar el nombre de su novio, su rostro no había sufrido cambio alguno. Seguro el que no pareciera apesadumbrado era una buena señal. Parecía que el asunto con el entrenador había quedado al fin en el pasado.

—¿Quiere que le corte el pelo, Touya?

—Ni que estuviera loco.

—¿Duda de mis habilidades? —Él me dedicó una mirada seria como si me preguntara si realmente quería que contestara esa pregunta, y soltando un gran suspiro lleno de resignación, pensé en que si no había dejado que lo arreglara un profesional, mucho menos yo que no tenía demasiada experiencia en cortes de pelo. Aunque… era una oportunidad tan buena para cambiarle ese estilo tan aburrido que llevaba desde que lo conocía, que estaba dispuesta a hacer un par de sacrificios con tal de convencerlo—. No lo fastidiaré en todo lo que queda del día si no se siente satisfecho con el resultado —propuse mientras le extendía la mano, notando como él me miraba con suspicacia tentado por la oferta, pero dudando seriamente que tuviera intenciones de cumplir mi promesa.

Para ser sincera, ni yo me creía capaz de resistir el impulso de fastidiarlo cada vez que podía, pero era una Daidouji y las Daidouji nunca rompían una promesa.

—Todo el mes —propuso frunciendo el ceño.

—Toda la semana y es una oferta limitada. Así que tómelo o déjelo.

—Trato hecho —murmuró estrechando mi mano para sellar nuestro acuerdo, y yo sonreí algo divertida por el hecho de que prefiriera usar un mal corte por meses, a seguir encontrando ropa interior femenina en los lugares más comprometedores aquella semana.

Sería un gran desperdicio tener que contenerme por siete días, justo en ese momento en que estaba más motivada que nunca a no dejarlo salirse con la suya, pero era un gran reto personal usar todas mis habilidades con las tijeras para conseguir un resultado satisfactorio que lo hiciera lucir más apuesto, y como había dicho antes, a mí me encantaban los retos.

—¿Y no le hace falta, Touya?

—¿Hacerme falta qué?

—Ya sabe… —expliqué mientras deslizaba un peine a través de los mechones de pelo del sujeto, que evidentemente ajeno a mis intenciones de fastidiarlo, luchaba por no quedarse dormido debido a las caricias que en el afán de arreglarle el corte le dispensaba—. Su novio ha estado casi seis meses lejos, hace casi cuatro meses que usted y yo… bueno… eso… me preguntaba si a estás alturas de juego usted no…

—¡¿Se puede saber qué clase de pregunta es esa?!

Lo vi ponerse de pie de golpe para encararme mientras su cara se sonrojaba, a lo que respondí encogiéndome de hombros, mientras le recordaba que si no quería quedar con una sección de pelo más larga que la otra debía volver a sentarse.

—Vamos, no se enoje. Es solo una pregunta —solicité conciliadoramente mientras volvía a mi tarea de recortar su pelo, una vez hubo regresado de mala gana a su asiento, sintiendo aún más curiosidad por el tema al notar que hablar de aquello realmente le incomodaba—. Es solo que, si para los solteros la falta de regulación es un problema, para aquellos sexualmente activos con una pareja con la cual pueden desahogarse constantemente imagino que tal vez…

—Solo para que lo sepas y dejes de fastidiarme con eso, nosotros… no tenemos ese tipo de relación.

—¿A qué se refiere con que no tienen ese tipo de relación? Explíquese por qué no entiendo nada.

Él pareció pensar un rato en si realmente valía la pena darme detalles sobre un tema tan personal, y soltando un enorme suspiro lleno de cansancio, sabiendo que con lo curiosa que era me atrevía a no dejarlo irse hasta no contestar mi pregunta, me explicó en voz baja y con palabras rebuscadas, que no había forma de tener ese tipo de contacto con Yukito pues, como no era humano, él había sido creado de manera diferente.

—¿Quiere decir que no tiene… bueno… ni tampoco…? ¡Pero qué garca el Clow ese! ¿Cómo se supone que mantendrían una relación si no pueden intimar con los humanos?

—Según parece ese nunca fue su objetivo, y si lo piensas con calma, hubiera sido muy bizarro que los hubiera hecho de esa manera si no necesitaban reproducirse —explicó él más tranquilo, agitando la cabeza al darse cuenta de que si me había dicho eso, no era para que iniciáramos una conversación basado en los posibles objetivos de un retorcido tipo muerto, sino para que lo dejara tranquilo de una vez por todas—. El punto es que, nuestra relación no es de ese tipo, así que la respuesta es no, no me hace falta, y ya deja de una vez por todas de hacer ese tipo de preguntas.

—Pues yo no le creo. Lo que me dice no es posible —argumenté convencida, ignorando sus resoplidos llenos de indignación al notar que había hecho caso omiso a su solicitud de finalizar el tema, como siempre—. El que Yukito fuera creado de esa manera, no significa que usted no tenga esa necesidad. Es humano, ¿sabe? Comer, dormir, tener sexo… nuestro cuerpo nos pide esas cosas naturalmente. Es cierto que si estás soltero terminas teniendo que contenerte, pero cuando tienes a alguien especial con el que has salido tantos años… bueno… se tiene que recurrir a otras formas de estimulación.

—¡Tomoyo!

—¿Qué? Yo también lo hago en ocasiones y no tengo pareja.

—No me interesa saber eso. —Masajeó su frente evidenciando el estrés que le provocaba el que insistiera en sacar a relucir los temas más incómodos posibles, suspirando cansado mientras procuraba recuperar la compostura, sabiendo que no descansaría hasta dejar el tema zanjado por completo—. A diferencia de lo que piensas, no todas las personas son sexópatas empedernidos incapaces de poner a raya sus impulsos. Mi padre ha sido viudo por casi treinta años y ni siquiera le he conocido nunca una novia, ni mucho menos ha mostrado interés en casarse de nuevo. Si él ha vivido todo ese tiempo sin necesidad de tener sexo, ¿por qué yo tengo que ser diferente?

Pobre iluso. Si tan solo supieras.

—Tu padre es un santo, Touya —reconocí obviando lo que yo sabía que él no sabía, pero que yo sí sabía, mientras me situaba frente a él dispuesta a cortar por último los mechones de su fleco, sonriendo con malicia al notar como desviaba la mirada tan pronto mis pechos se situaron a la altura de sus ojos—. Tú por otra parte, eres un tipo con una mente muy retorcida. No dudo que tengas mucha fuerza de voluntad y te hayas estado conteniendo todo el tiempo que llevas saliendo con Yukito, pero seguro que hasta tú te encierras en tu cuarto en ocasiones y piensas en cosas que no debes.

—¿A qué te refieres con eso?

—¡¿Que a qué me refiero?! —bufé exasperada de que insistiera en hacerse el inocente, y buscando el chat con su nombre en mi teléfono, le mostré las conversaciones que últimamente habíamos mantenido y que harían abanicarse a más de un lector curioso—. Por solo mencionar una prueba más allá de lo evidente, me paso los días haciéndole comentarios llenos de doble sentido e insinuaciones subidas de tono, y las comprende al instante. Yo le digo algo así a Shaoran y Sakura que ya están casados, y no entenderían la referencia ni en un millón de años.

—¿Y quién es peor? Quién entiende o quién lo dice.

—Admito que tengo una imaginación prodigiosa y que tanta curiosidad puede ser especialmente peligrosa en ocasiones. —Pensé además en el contenido del cuaderno de dibujo que guardaba bajo mi cama y la mayoría de las historias en mi lista de lecturas del teléfono, y me sentí avergonzada del hecho de que a juzgar por lo que acababa de descubrir de su relación con Yukito, de nosotros dos, yo era la que tenía la mente más depravada—. Pero si bien tengo mi par de secretos y cosas que no le contaría a nadie, tampoco es como si no supiera controlarme. De hecho, si no se hubiera metido en mi camino, seguiría conservándome intacta hasta encontrar a la persona de mis sueños.

—¿Tanto te decepciona haber dormido conmigo?

Me sostuvo la mirada mientras me hacía esa pregunta y al notar mi ausencia de respuesta, y la cara de confusión que seguro traía en esos momentos, se puso de pie molesto, con la clara intención de largarse del departamento en ese mismo instante, mientras yo lo seguía de cerca sin entender ni remotamente porque aquello le molestaba.

—Vamos Touya, eso no significó nada. Las personas se emborrachan y duermen juntas todos los días.

—¡¿Qué no significó nada?! —La manera en cómo se giró hacía mí, cruzó los brazos y me miró con desprecio me resultó graciosa, pero no me reí de ello porque en serio parecía muy ofendido por mis respuestas—. No puedes decir que no significó nada solo porque según tú, ni siquiera te acuerdas. Esas cosas son importantes para mí, yo no ando acostándome con todo el que se me atraviesa.

—Yo tampoco, como es evidente. Pero aun así… Pedirme que te diga si me decepciona o no, no tiene sentido. Solo digamos… que no le doy importancia a lo ocurrido.

Aquello sí pareció ofenderlo de verdad pues, como alma que lleva el diablo, casi me arrastró por toda la casa en mi intento de detener su huida sosteniéndolo por la espalda. Creía que estaba haciendo mucho drama por ello y sinceramente, ya me sentía como el típico bad boy intentando convencer a la chica inocente de que lo ocurrido con ella había sido especial, lo cual era muy injusto, porque de los dos, yo era la única que no había hecho aquello antes.

¡Rayos! Era la primera vez que me acostaba con alguien. ¡Claro que había sido especial! Pero si no lo recordaba y para colmo la persona con la que había ocurrido no me quería realmente, ¿para qué demonios iba a intentar ahondar en detalles o decidir si estaba feliz o no por lo ocurrido?

—Aclarémoslo como gente civilizada y no como adolescentes sin experiencia previa, que obviamente no somos —propuse animándolo a tomar asiento a mi lado, pues quería destacar sutilmente que su reacción era demasiada exagerada para un tipo que con solo dieciséis años ya se había follado a una maestra seis años mayor que él, porque eso de que solo se había dado besitos con Kaho no se lo creía ni él—. Sinceramente, agradezco que hubiera ocurrido contigo en vez de con un desconocido o alguien que solo quisiera aprovecharse. Pero entiende que no estoy contenta ni mucho menos emocionada con la idea de haber dormido juntos. Y no tiene nada que ver contigo. Simplemente... no era la forma en la que quería que pasara.

—¿Y cómo querías que ocurriera? —preguntó sorprendentemente sereno, y al notar que su interés en mi respuesta era realmente sincero, ni siquiera supe que responder. No era como si tuviera exactamente algo cuidadosamente planeado al respecto, porque no se trataba del lugar, las circunstancias y mucho menos de la persona. Lo que esperaba... más bien, lo que deseaba con fervor era… —. Aunque suene algo absurdo, quería que todas mis primeras veces hubieran ocurrido con la misma persona —expliqué algo incómoda, sin saber exponer con claridad aquel que por mucho tiempo fue mi norte y me llevó a rechazar a todas mis pretendientes—. La mayoría de personas tienen decenas de parejas antes de encontrar al amor de su vida, pero yo… yo quería compartir mis experiencias con solo una persona, con la persona destinada para mí —pensé en Sakura y Shaoran quienes, solo se conocían uno al otro como hombre y mujer, y no pude evitar soltar un gran suspiro visiblemente decepcionada de no poder vivir algo como eso—. ¿Te imaginas lo lindo que sería levantarte al lado de una misma persona todos los días y hablar de lo maravilloso que fue recibir de ella tu primer beso, vivir la primera vez en que sentiste que el corazón se te salía del pecho al decir un "te amo", disfrutar la primera ocasión en la que creíste que morirías al entregarte en brazos de la persona que amabas de verdad?... No lo sé, siempre pensé que sería maravilloso compartir eso con una sola persona. Y después de tanto tiempo esperando, tenía la esperanza de cumplir mi objetivo. Quería… quería que esa persona dijera con orgullo que ella era la primera y la única en mi vida, y que eso hacía lo nuestro especial.

Llevé mi mirada hacía él, quien en esos momentos solo me veía en silencio, evidentemente sorprendido de que algo tan ilusorio hubiera salido de la misma boca que le hacía tantos chistes subidos de tono, y sintiéndome algo incómoda de haber hablado de más en su presencia nueva vez, intenté ponerme de pie mientras comentaba que seguro creía que era una tonta por desear algo como eso.

—No me parece tonto —reconoció tomando mi mano antes de que me alejara, invitándome a tomar asiento a su lado nueva vez mientras apenas me miraba—. Creo que es un objetivo muy romántico, y no le veo nada de malo a que prefieras compartir tus experiencias con una sola pareja. Si lo pones así… entiendo porque prefieres no pensar en lo ocurrido entre nosotros, y realmente lamento haberme interpuesto en tus objetivos. Pero… ¡¿Por qué demonios tienes que ser tan bipolar?! —increpó mientras desordenaba su cabello exasperado, siendo yo ahora la que me sorprendía ante su reacción—. No te imaginas lo mucho que me confundes. A veces no sé si estás jugando, hablas en serio o solo quieres volverme loco. Intento decirte las cosas claramente y no sé si me ignoras a propósito o solo no entiendes mis palabras. ¿Cómo iba yo a saber que dormir con alguien era tan importante para ti, si hablas de ese tipo de cosas con tanta ligereza? Ahora me siento como un vil ladrón de sueños, y tú tienes la culpa por ser un desastre con patas que no dice las cosas claramente.

—Supongo que sí soy un desastre. A veces ni yo misma comprendo lo que siento. Aunque creo que la clave está en fijarse en lo que hago y no tanto en mis palabras, ya sabes que soy muy parlanchina —aseguré con una diminuta sonrisa mientras arreglaba su pelo con los dedos, fijándome en el proceso lo bien que había quedado mi trabajo, que se debía en buena parte a lo apuesto que era mi modelo—. Si te sirve de consuelo… estoy segura de que fuiste muy gentil conmigo ese día. Lo sé porque si hubiera pasado algo malo, seguro no hubiera despertado durmiendo a tu lado y sintiéndome tan increíblemente tranquila. Además… —entrelacé sus dedos con los míos y besé el dorso de su mano para seguir en personaje, pues, según parecía, yo interpretaba al varón en aquella curiosa historia que se desarrollaba entre ambos—. Como soy la que no tiene nada de experiencia seguro mi desempeño fue deplorable, así que, me disculpo por los problemas que seguro te hice pasar en esa noche juntos. No sé de dónde sacas la paciencia suficiente… pero gracias por soportar mis tantas locuras y errores.

—No hubo ningún problema en realidad. Supongo que aunque no tengas práctica, tienes muy buena teoría —reconoció evidentemente incómodo por tener que hablar de ello, y yo sentí una gran ternura de que se sonrojara de esa manera mientras desviaba la mirada hacía el balcón.

Ahora que lo pensaba, para él también debió ser algo especial. Seguro que con tanto tiempo sin estar con alguien de una manera tan íntima, revivió muchas sensaciones que ya creía olvidadas.

Si lo veía de esa manera, me emocionaba mucho la idea de ser la persona que, por así decirlo, lo había hecho sentir vivo otra vez.

Tal vez ser la segunda o la tercera no era tan malo, siempre y cuando la persona con la que compartieras esa experiencia se esforzara por hacer que te sintieras como la primera vez.

—Oye Touya… —murmuré, mientras hacía pequeños círculos en su palma abierta, y por alguna razón sentí cierta presión en el pecho al reflexionar en lo que quería preguntarle.

"¿Le fue agradable?" Esa era mi pregunta, y no me refería al simple hecho de hallar deleite en la consumación final de la carne. Lo que quería saber era sí, el hecho de que fuese yo, de mirarme, de aspirar mi aroma, de sentir mi piel contra la suya, de escucharme jadear y suspirar por su causa, le habían hecho verme de una manera diferente.

No quería ponerlo en una situación complicada, ni mucho menos conseguir algo que pudiera usar para avergonzarlo. Quería averiguar si tal vez en el fondo hubo un poco de amor en ello, si ese cosquilleo que sentía recorrerme cada vez que me tocaba tenía alguna explicación.

—Tomoyo, ¿qué ocurre? —susurró mientras posaba un dedo en mi mentón, elevando mi rostro en su dirección mientras yo perdía el aliento.

Sus lagunas café me miraron con cariño y sentí… sentí que mi corazón duplicaba la velocidad de sus latidos a la vez que mi piel se erizaba por un momento al sentirlo acariciar los bucles desordenados que formaban mi cabello, y cuando me sonrió… supe que no había nada en el mundo que deseara más en ese momento que perderme en sus labios.

—¿Sabe que aunque Yukito no sea humano si puede…?

—No voy a pedirle eso —aseveró sabiendo a lo que me refería, y si bien me sorprendió que no se alterara por mi comentario, que obviamente buscaba poner fin a aquella cercanía entre nosotros, no pensaba descansar hasta no sacarle al menos un gruñido que evitara que mi boca siguiera haciéndose agua ante la presencia de sus labios.

—¡Ah! Pero no tuvo ningún inconveniente en dejar que yo lo hiciera, ¿verdad?

—Eso es diferente —musitó con voz apenas audible mientras una sonrisa traviesa surcaba sus labios y recargaba su mejilla en su puño—. Tú me convenciste, me manipulaste y te lanzaste encima mío como si tuvieras meses sin comer. Casi puedo decir que te aprovechaste de mí. Creo que mi excusa hasta valdría en los tribunales.

—¿Y por qué me denunciarías? ¿Por ser una mujer osada y fascinante que te dió exactamente lo que querías? O mejor aún, ¿por qué soy tan divertida y atrayente que no has podido dejar de frecuentarme desde entonces?

—Tal vez un poco de ambos.

Nos sostuvimos la mirada un par de segundos como si debatieramos en silencio quien tenía la razón, pero no pudimos sostener nuestras fachadas mucho tiempo pues, las risas que habíamos estado conteniendo comenzaron a brotar poco a poco de nuestro interior, hasta convertirse en carcajadas que seguro se oían en la calle siguiente.

Claro que éramos unos depravados. Él me dejó porque quería y yo lo hice porque quería también. Punto. El anhelo y la curiosidad nos había llevado a tomar ese camino y al final, no estábamos ni avergonzados ni apesadumbrados por ello en lo absoluto. Tal vez no había sido un acto motivado por el amor, pero era obvio que había complicidad en ello y eso, aunque no era lo que había soñado, resultó increíblemente gratificante.

—No sé si te sirva de algo saberlo, Tomoyo —intentó decirme mientras recuperaba el aliento que había perdido de tanto reír—. Pero la verdad es que nosotros nunca…

—Aunque pensándolo bien, no es mi culpa del todo —le interrumpí no queriendo dar mi brazo a torcer, mientras soltaba su mano dispuesta a acabar de una vez por todas con aquella atmósfera de complicidad entre nosotros—. Un verdadero caballero hubiera intentado detenerme y hacerme entrar en razón en un momento como ese, pero claro, soy tan irresistible que seguro no pusiste ni la menor resistencia. ¡Ay de mí! Es tan difícil ser una mujer hermosa.

—¡Qué diablos…! —Su reacción ante mis palabras fue instantánea, pues evidentemente si algo había hecho esa noche era intentar convencerme de desistir de aquello. Pero aunque esperaba que se pusiera de pie de golpe gritando improperios y maldiciones hacía mi persona, se tranquilizó repentinamente y esbozó una sonrisa ladina que me indicó que algo extraño estaba a punto de suceder—. ¿Sabes qué? No voy a decírtelo. Será una buena venganza por todo lo que me has hecho pasar últimamente.

—¿Decirme qué? ¿A qué se refiere?

—No te lo voy a decir.

Lo vi ensanchar su sonrisa al notar mi gran interés en ello, y poniéndose de pie con el claro objetivo de seguir ignorándome, comenzó a caminar en dirección al diminuto taller de costura dónde trabajabamos la mayor parte del tiempo.

Tomó su teléfono de sobre la máquina de coser mientras yo tiraba de su brazo para que me dijera lo que me ocultaba, y al ver la hora que exhibía la pantalla, soltó una maldición mientras comenzaba a recoger a toda prisa las escasas cosas que había traído ese día a la casa.

—Tengo que irme. Es demasiado tarde —anunció realmente preocupado, revisando sus bolsillos para asegurarse de aún tener las llaves de su vehículo—. Olvidé decírtelo cuando llegué esta mañana, pero estoy retrasado con la evaluación de los alumnos y debo tener todo listo para cuando inicien los exámenes. Pensaba trabajar contigo desde muy temprano para avanzar lo máximo posible… lamento haber perdido toda la mañana por no sentirme bien.

—Descuida. Lo importante es que ya te sientes mejor. Seguimos la próxima semana. Asegúrate de no enfermarte entonces.

—¿La próxima semana? ¿Ya lo olvidaste, Tomoyo? —Se acercó al calendario que yo misma había colocado en una de las paredes y señalando la fecha destacada con un marcador azul, me recordó lo que por alguna razón había olvidado con tantas cosas—. Solo tenemos semana y media para organizarlo todo. Aún falta hablar con los padres de los niños de primaria, conseguir las modelos para los vestidos más adultos, alquilar el local del evento y prepararlo… Aún no sé porque decidiste hacer el desfile en tan poco tiempo, pero si quieres terminar todo para finales de este mes, tendremos que obviar los trajes que faltan. —¿Semana y media? ¿En serio el tiempo había pasado tan deprisa?—. Recuerda que irás a mi aula el viernes para procurar convencer a las chicas de mi salón de que participen en el desfile. Compórtate por favor ese día, no tenemos tiempo de preguntar a otras alumnas.

Me quedé mirándolo fijamente mientras asimilaba esas palabras, y sólo entonces entendí lo que significaba todo aquello: ya Touya no volvería a visitarme, y los mensajes y llamadas tendrían que cesar. Cuando Yukito regresara, ambos tendríamos que volver a la vida que llevábamos antes, y si bien no seríamos completos desconocidos, apenas seríamos parte de la vida del otro.

Lo sentí pasar a mi lado con el claro objetivo de regresar a su casa, y antes de darme cuenta, lo había tomado del borde de la camiseta para detenerlo.

No entendía lo que me pasaba ni porque me sentía tan desolada, solo sabía… que no quería que se fuera.

—Tomoyo, ¿ocurre algo?

—Yo…— Mi garganta se cerró sin razón aparente mientras lo veía girarse en mi dirección y me perdía en esos ojos canela.

Apenas notaba lo amplio que era su iris y como pequeñas motas doradas le rodeaban. Eran ojos muy lindos… casi tanto como lo era la sonrisa que se dibujó en su boca mientras colocaba sus manos en mi cintura, trepándome en el mueble de la máquina de coser que solo estaba a unos centímetros de dónde me hallaba de pie.

—Ya sé lo que te ocurre. Quieres tu beso de buenas noches, ¿verdad? —afirmó sin borrar ni un instante su sonrisa, y yo me teñí de mil colores mientras lo sentía colocar sus manos en mi rostro, justo antes de pedirme que cerrara los ojos.

Contuve el aliento sin entender qué o por qué aquello estaba pasando y al escucharlo recordarme que tenía mucha prisa, apreté los puños sobre mis rodillas y cerré los ojos realmente nerviosa sin entender un carajo de aquello, pero deseándolo como nada en el mundo.

Pasaron un par de segundos en que creía que su aliento tan cerca de mis labios me chamuscaría la piel, y entonces sentí darme un golpecito con los dedos mientras me dejaba con los labios extendidos.

Su risa burbujeó a la vez que me veía sobarme para amedrentar el dolor, mientras yo maldecía la molesta costumbre que había adoptado últimamente y que seguramente terminaría por dejarme un chichón en la cabeza.

—Si no quieres que te pegue deberías dejarme tranquilo. Ya descubrí que no eres más que una bravucona, así que no te dejaré tomarme el pelo otra vez. —Golpeó mi frente con sus dedos una vez más, ignorando mis reclamos, y dándome la espalda completamente satisfecho, anunció nuevamente que ya se marchaba—. Por cierto, el corte está horrible. Espero que cumplas tu promesa y me dejes descansar esta semana, creo que haré una fiesta para celebrar que me libré de una molestia —aseguró triunfante antes de abandonar la habitación, y si bien intenté replicar a aquello y decirle que esa era una vil mentira, el aire me faltaba y no podía respirar.

Coloqué una mano sobre mi corazón y al sentir como latía mientras toda mi piel yacía erizada, chasqueé la lengua frustrada sin poder aceptar la verdad.

El tiro me había salido por la culata. Había sido derrotada en mi propio juego.