Lo que sea, pero contigo

Capítulo 8:

El secreto de la princesa

—¡Esa mocosa me va a volver loco!

—¿Qué te pasa hijo? ¿La señorita Tomoyo te ha jugado alguna broma últimamente?

—Para nada. Ese es justo el problema —reconocí elevando la cabeza de sobre el escritorio de mi habitación, donde la había mantenido recostada por los últimos minutos, y pude leer en sus ojos a través de la pantalla la gran confusión que en esos momentos sentía.

Sabía que lo que decía era un completo disparate, y que si me había dejado tranquilo debía estar feliz por eso, pero en serio prefería tenerla tras de mí acabando con mi paciencia a que llevara cinco días consecutivos sin siquiera tomar la iniciativa en hablarme.

La última vez que le había escrito hasta me respondió con un emoji sonriente. ¡Qué demonios! ¡Si el emoji más decente que alguna vez me había enviado era la maldita berenjena!

—Sé que le dije que esperaba que cumpliera su promesa de no fastidiarme esta semana, pero jamás pensé que se lo tomaría tan en serio.

—Hijo… ¿En serio estás bien con esto? —escuché preguntar a mi padre después de dejar que me lamentara al respecto por un buen rato—. Sé que decidiste decirle lo que sientes a la señorita Tomoyo para conseguir que te rechazara, pero si estás así por qué no te hablado unos días, no crees que tal vez...

—Solo son los síntomas de abstinencia, papá. Ocurre cada vez que intentas dejar algo que te hace daño, pero ya es una costumbre —aseguré recostando mi espalda de la silla, soltando un suspiro cargado mientras masajeaba mi frente para no comenzar a pensar en todo lo que seguramente sufriría cuando al fin nos separáramos de manera definitiva. No tenía caso siquiera pensar en otra posibilidad, después de todo, el asunto de Yukito no era lo único que me separaba de ella—. A Tomoyo le gustan las chicas. De hecho, en estos momentos su corazón pertenece a otra persona —reconocí suspirando cansado, sabiendo que el simple hecho de hacer el desfile para romper el lazo que la ataba a ella, no cambiaba automáticamente sus sentimientos por Sakura—. No puedo permanecer a su lado sin que ella sepa el efecto que sus acciones producen en mí, y decida si quiere o no romper lazos conmigo. Me asusta mucho que deje de hablarme después de saberlo, pero… es lo correcto. Además… ¡No importa cómo se lo diga, no me hace ni el más mínimo caso!

—Tal vez no has sido lo suficientemente claro con ella al respecto, hijo —concluyó mi padre mientras se encogía de hombros—. ¿No has pensado que es mejor que se lo digas directamente?

—Eso no funciona con ella.

—¿Qué te hace pensar eso?

Arrugué el entrecejo ante su pregunta, y sacando el teléfono de mi bolsillo, lo situé cerca de la pantalla y marqué el número de Tomoyo.

Se escucharon un par de repiques y luego, su inconfundible voz de ángel abismado.

—Buenos días joven Touya, ¿cómo está?

—De la patada —gruñí algo incómodo, pues realmente no me gustaba que me llamara de esa manera—. Escucha Tomoyo, no me andaré con rodeos. Te llamo porque tengo algo importante que decirte, así que préstame mucha atención, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Te escucho.

Tomé un poco de aire, porque si bien ya se lo había dicho en todos los tonos y maneras posibles, confesarle tus sentimientos a alguien no era cualquier cosa, y concluyendo que de todas formas sería inútil, sólo lo solté para acabar de una vez con aquello y demostrarle mi punto a mi confundido padre.

—La verdad es que estoy enamorado de ti, Tomoyo. En serio me gustas mucho.

Hubo silencio unos segundos mientras apenas podía escuchar el desbordado latir de mi corazón en mis oídos, y luego, la estruendosa carcajada detrás de la línea que le espantaría el libido a cualquiera.

Se rió por varios segundos, tal vez minutos, qué más da.

Aunque la cara de mi padre parecía llena de terror por ello, yo estaba tan acostumbrado a ese tipo de reacciones de su parte, que apenas entorné los ojos mientras la escuchaba intentar calmar su risa exagerada.

—Sí claro Touya… y yo fui la primera mujer en ir a la luna... hasta tengo fotos de eso —ironizó divertida como se lo permitía su ahora intercalada respiración, justo antes de lanzar un suspiro ante el sonido que indicaba que en esos momentos recibía una nueva llamada—. Escucha, ahora mismo tengo que llegar a la empresa porque tengo una reunión importante, pero puedes continuar con lo que sea que intentas más tarde cuando nos veamos en el instituto. Ahora tengo que dejarte. Adiosito.

Se escuchó el sonido del fin de la llamada, y mi padre seguía helado en su sitio.

Después de tantos desplantes inconscientes, obviamente cualquiera perdería la voluntad de declararse, pero yo era demasiado terco y al parecer, mi vergüenza también era muy poca.

—Creo que pasar tanto tiempo con el monstruo le afectó las neuronas —aseveré intentando poner fin al mutismo que se había apoderado de mi padre, y que se debía a su incredulidad ante aquel escenario tan atroz—. Supongo que tendré que pensar en otro método para hacérselo saber, porque las palabras obviamente no sirven con ella.

—¿Qué método tienes en mente? ¿Se te ha ocurrido algo?

—No lo sé. Solo he pensado en lo básico. Escribirle una carta, enviarle flores con alguna nota...

—¿Besarla?

Miré a mi padre como si intentara determinar si había escuchado mal, pero él estaba tan serio que me dejó claro que no era ninguna broma. Si me proponía algo como eso seguro debía pensar que estaba realmente desesperado.

—No es una mala idea, de hecho, tal vez podría funcionar, pero… —pensé en las veces que seguido por mis impulsos me había acercado a ella con ese objetivo, y las consecuencias posteriores a ello. Lamentablemente, los recuerdos que estaban asociados con su cercanía y el sabor de sus labios eran demasiado comprometedores, y eso aunado con todos los nuevos que gracias a su pérfida imaginación tenía rondando por ahí, besarla, por la razón que fuera, estaba seguro de que no terminaría en nada bueno. Ya lo había comprobado esa vez. Una vez que iniciaba, simplemente no podía parar, y si ella tenía la expresión tan inocente y tímida que se dibujó en su rostro en el momento en que la trepé en la máquina de coser y le pedí que cerrara los ojos… Mierda. ¡Cuántas ganas sentí entonces de mandar todo al demonio y simplemente hacerla mía!—. Es una mala idea, no puedo hacer eso —aseguré agitando las manos y la cabeza mientras me recordaba que por nada del mundo debía volver a tocarla, y entonces pude escuchar a mi padre disculpándose por incomodarme al proponer algo como eso.

El silencio se cernió sobre nosotros pues, si bien confiaba en mi padre y sabía que siempre me escucharía sin juzgarme, le había prometido a Tomoyo que jamás, bajo ninguna circunstancia, le hablaría de lo ocurrido entre nosotros a nadie más.

Ese sería nuestro secreto. Un acontecimiento desafortunado que solo a mi me atormentaría, porque ella… ella insistía en que todo seguía borroso en su memoria.

¡Ojalá y pasara lo mismo conmigo! Tal vez mi cuerpo ya no respondería a su cercanía, y podría despedir de mi mente todos aquellos pensamientos nocivos que no me dejaban respirar con tranquilidad.

—¡Señor Fujitaka! ¡Encontraron un fémur, venga rápido!

—¡En serio! Eso es…

Observé como mi padre se ponía de pie ante el llamado imperativo del mocoso, y si bien volvió a sentarse y me pidió disculpas por su reacción, no pude evitar restarle importancia y animarlo a que fuera con ellos, pues sabía que aquel viaje era muy importante para él.

Mi padre siempre había sido un arqueólogo con una pasión sin igual por su trabajo, y aunque la historia jamás fue mi debilidad, cuando lo oías hablar sobre tumbas, antigüedades y escrituras primigenias, era inevitable contagiarte con su entusiasmo. El mocoso compartía su fervor al respecto, y por ello era él quien estaba en El Cairo con mi padre en primer lugar.

Tal vez debía dejarlo seguir en su mundo, disfrutar de sus cosas en vez de cargarlo con mis exóticos problemas, al fin y al cabo, mi padre se merecía toda la felicidad del universo y si eso se lo daba acabar el día lleno de tierra, admirando piezas de seres que ya ni siquiera estaban vivos, hablando por horas y horas con otros sujetos acerca de si la tierra surgió de una explosión colosal o de un huevo cósmico, pues bien por él. Yo respetaba eso.

—Puedes reunirte con tus colegas y seguir buscando dinosaurios, momias o lo que sea que encuentren. De todas formas, ya tengo que irme al instituto. La desquiciada de Tomoyo irá hoy a la salida para escoger algunas modelos entre las chicas de mi aula, y quién sabe lo que me esperará.

Arrugué el entrecejo al pensar que tal vez no me esperaría nada y ella seguiría con aquella actitud apacible y respetuosa, y me sentí realmente frustrado, convencido de que eso sería aún más desesperante.

Al parecer me había hecho adicto a sus juegos perversos y ahora, como con cualquier dependencia narcótica, estaba sufriendo los estragos de la abstinencia involuntaria. Menos mal que solo faltaban dos días para cumplir nuestro acuerdo. No creía posible poder soportar ni un solo día más en esas condiciones.

—¿Y qué harás con Yukito? ¿Le dirás la verdad? —preguntó mi padre, que para mi sorpresa aún no se había movido de la pantalla a pesar de haberle animado a hacerlo, y respirando profundo mientras me dejaba caer en mi asiento, le expliqué que justamente eso era lo que había estado procurando desde el día en que aclaré mis sentimientos por Tomoyo, pero aún no lo había logrado.

—Sigo intentando comunicarme por teléfono con él y acordar cómo y dónde lo hablaremos, pero si eso no funciona, tendré que viajar a Inglaterra en cuanto termine el desfile. Quiero que él sepa todo lo que ha ocurrido y cómo me siento al respecto. Luego de eso, será decisión suya. No tengo esperanzas de que vuelva conmigo, pero al menos quiero disculparme por hacerle pasar un mal rato.

—Haces lo correcto, hijo. Estoy seguro de que Yukito entenderá. Aunque…

—¿Aunque?

—Tal vez más que esperar a escuchar lo que quiere hacer él, deberías preguntarte qué quieres hacer tú. Eso fue lo que te pidió al final de todo, que aclararas tus sentimientos, ¿no es cierto?

Él me sonrió con la calidez que lo caracterizaba mientras me pedía que lo pensara, y después de despedirse deseándome un buen día en el trabajo, apagó la pantalla.

Seguro que en esos momentos estaría corriendo a la luz de alguna lámpara hasta el lugar del hallazgo, por que si bien aquí eran las siete de la mañana, allá debía ser apenas medianoche.

Supongo que era lo que pasaba cuando algo en serio te gustaba.

No importaba el tiempo, fuerzas o recursos que invirtieras en ello, siempre terminaría llenándote de la más infinita felicidad al conseguirlo, y eso hacía que el esfuerzo valiera la pena.

En eso se parecía al amor. Aunque la mayoría del tiempo fuera una auténtica mierda.


—¿Qué crees que haces, Tomoyo?

Decir que se había puesto pálida, no sería suficiente para describir el tono blancuzco que adoptó su piel al escuchar mi voz tras de ella, y dándose la vuelta para quedar de espaldas a la puerta a través de la que había estado espiando hacía solo unos momentos, me sonrió con su etérea sonrisa para intentar convencerme de que solo estaba comprobando que la puerta funcionara correctamente.

Le sostuve la mirada un rato, intentando someterla a algún tipo de terror psicológico que la hiciera desistir de su proceder errático, pero al recordar que estaba loca y que nada de lo que hiciera la disuadiría de llevar a cabo sus cuestionables ideas, dejé salir un hondo suspiro y retomé el camino hacia mi aula.

Últimamente esa chiquilla estaba más rara de lo normal, después de todo, a parte de cumplir fielmente nuestro acuerdo, no era la primera vez en las últimas semanas que la sorprendía intentando contemplar los atributos masculinos en los baños de hombres de las tiendas que de vez en cuando visitábamos en busca de suministros de costura.

Al principio, lo había tomado como uno de sus juegos e intentos por llamar mi atención, pero a juzgar por el hecho de que se sonrojara tan violentamente cada que la sorprendía, parecía que más que picardía o ganas de ponerme los pelos de punta, lo que verdaderamente la motivaba era una pérfida y bastante inusual curiosidad. Como la de un niño que acababa de aprender a leer y se pasaba todo el rato mirando los letreros que veía en la calle. ¿Sería que de repente ella...?

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —preguntó cambiando de tema, después de haberle recordado que el acoso infantil era un delito grave y que podía terminar en la cárcel por hacer esas cosas en una escuela, y recordando el alboroto que de repente se había formado en mi clase y que me había motivado a salir a buscarla, recordé exactamente las palabras que Shimbo había usado para describir a la alborotadora que caminaba a mi lado, y con la que no podía negar estaba totalmente de acuerdo.

—Los chicos no dejaban de repetir que la tía buena del partido había estado espiando en el vestidor de hombres. Al principio pensé que era una broma, pero conociéndote como lo hago tenía que asegurarme.

—Pues no me conoces tanto si usas esa tentativa camisa blanca que hace que quiera enjabonarte.

Llevó las manos a su boca al darse cuenta de que había soltado uno de sus comentarios sugerentes, violando así nuestro acuerdo, y si bien quise sonreír aliviado, pues necesitaba urgentemente escuchar una de sus ocurrencias, sus palabras me hicieron recordar su roce en la bañera, el cual estaba demasiado aturdido entonces para responder, pero que aunado a la imagen que me había dejado anteriormente de su atuendo de conejita provocaron que cierto amigo mío comenzara a funcionar, y aclarando la garganta para evitar que mi voz sonara tan afectada como de hecho me hacía sentir aquella imagen mental que se había añadido al álbum que no me dejaba dormir en paz, le dije que haríamos como que no había escuchado eso, aunque de hecho estaba seguro de que yo no podría olvidarlo nunca.

Ella no tenía ni idea de lo cierto que era eso de que mi mente no tenía nada de inocente, ni mucho menos de los pensamientos que me asediaban al pensar en sus movimientos y palabras.

—Touya… quiero hacerte una pregunta.

El tono algo tímido que había adoptado su voz en ese momento, me hizo llevar mi mirada en su dirección, notando como ella sostenía mi camisa de aquella forma adorable que me hacía querer encerrarla en el cuarto de conserjería y olvidarme de por qué era que estábamos allí.

Y es que sabía bien cómo volverme loco. Tanto su parte perversa como aquella reservada e inocente… sabía cuándo debía usarlas en mi contra y someterme a su voluntad.

—¿Qué ocurre? —pregunté como pude, desviando la mirada para intentar ignorar su sonrojo y su mirada de perrito abandonado. La sentí dudar unos segundos y después de tomar algo de aire, me indicó que me acercara para hablarme al oído en una confidencia.

Me acerqué no muy seguro de ello y recité el nombre de cada hueso humano para intentar ignorar que sus pechos estaban demasiado cerca de mi brazo mientras ella se empinaba para alcanzarme.

Era adorablemente pequeña. Tanto que me hacía preguntarme dónde podía caber tanta maldad.

—Verás, yo tengo un amigo que me contó un gran secreto. Es un tipo genial, ¿sabes? Es divertido, talentoso y muy guapo. El delirio de todas las mujeres, aunque a él no le interesan. —Por alguna razón, esa descripción me hizo sentir algo acalorado, pero me esforcé por disimular, mientras ella permanecía de puntillas a mi costado y seguía explicándome aquello entre susurros—. Él es muy curioso en realidad. Tan curioso... que cometió el error de mirar a una amiga desnuda sin que ella se percatara y bueno… desde entonces, se siente extraño cuando piensa en ella. —Ya en ese punto sabía que no hablaba de mí sino de ella, y que la amiga probablemente era yo mismo. Eso ya lo sabía, y para ser sincero no me importaba. Claro que me causaba un poco de oprobio el que hubiera tenido que contemplarme agitado y por su causa, pero el hecho de que dijera que tal descubrimiento le había hecho verme de manera diferente, era como una palmadita en mi espalda que me hacía sentir cierto orgullo viril—. El punto es… —prosiguió cada vez más incómoda—. Desde entonces ha intentado seguir viendo a otras mujeres desnudas, hasta ha visto más porno en unos días que en su vida entera… Todo porque quiere descubrir si se siente así porque era su amiga o solo están comenzando a gustarle las mujeres, ¿y sabes que ha descubierto?

—No, no tengo ni la menor idea, cuéntame.

Para ese punto apenas podía disimular la emoción que me causaba la perspectiva de haber (según sus propias palabras) abierto su apetito al sexo masculino, ya que a diferencia de mí que ya había mostrado interés en alguien del sexo opuesto en el pasado, Tomoyo no tenía registro escrito de haberse interesado jamás en un hombre.

—Todo parece indicar que solo se siente así con ella —reconoció ella extrayéndome de mis reflexiones y haciendo que mi corazón aleteara con fuerza—. Todas las demás le parecen grotescas y poco interesantes, solo ella… le hace sentir atraído. Y eso lo ha llevado a llegar a una sola conclusión.

—¿Cu-cuál conclusión? —pregunté algo impaciente, llevando mi mirada hacia ella que en esos momentos parecía debatirse en sí decirme aquello o no.

Tal vez ya había asimilado mis esfuerzos por hacerle saber mis sentimientos y ahora quería hacerme saber que esos también eran los suyos. ¿Cuál sería el siguiente paso si eso ocurría? Tal vez debería intentar encontrar un vuelo a Inglaterra lo antes posible, y entonces...

—Quiere tener sexo salvaje con ella —dijo ella como si estuviera hablando del clima o de cualquier otra cosa trivial, y debo reconocer que tuve que esforzarme por decidir si estaba avergonzado, halagado o increíblemente molesto. ¿Sexo salvaje? Eso era todo lo que pensaba cuando me veía.

—¿Y no crees que tal vez esté enamorado de su amiga y por eso sienta esas cosas? Después de todo, cuando alguien te gusta mucho, es natural comenzar a pensar en cosas que nunca antes te había pasado por la cabeza.

—¿Quién te dijo esa tontería, Touya? —indagó en un tono irritantemente burlón, mientras se enderezaba y me miraba como si fuera una cosa adorable e inocente—. Esas son del tipo de cosas que uno le dice a los adolescentes para tener "la charla" con ellos y hacerle creer que el mundo está lleno de amor y moralidad, pero todos los adultos sabemos que en realidad son basura. El sexo es sexo, el amor es amor. Punto. Si mi amigo quiere cogerse a su amiga, quiere cogérsela y punto. ¿Por qué complicar las cosas pretendiendo que hay algo más envuelto?

«Sí Touya, ¿por qué complicarlo? Dale lo que quiere y salen ganando los dos»

Eso me gritaba la parte de mí a quien la idea de que la mujer que me volvía loco me ofreciera un encuentro de ese tipo le encantaba, pero ya habíamos tenido uno de esos con la misma premisa y ahí estaba yo, mendigando las migajas de su afecto aún después de meses de lo ocurrido.

Era obvio que si bien para ella era muy fácil hacer borrón y cuenta nueva con lo que había pasado entre nosotros, yo carecía de la misma capacidad, y seguro dormir con ella de nuevo solo conseguiría que me obsesionara aún más con aquel sentimiento.

Aquello por supuesto me ataría para siempre a un ciclo constante de satisfacción y angustia que inevitablemente saldría mal, y lo último que quería era que nos convirtiéramos en algo así como amigos con privilegios, a quien solo acudíamos cuando uno de los dos lo necesitaba.

Por qué muy por encima de mis ganas indiscutibles de arrancarle la ropa y llevarla hasta el cielo, estaba mi respeto hacía su persona y todo lo que ella representaba en mi vida.

O tal vez solo estaba divagando para no reconocer, que ya estaba analizando que tan gruesas eran las paredes de las aulas de ese piso, y cuanto tiempo tardarían en encontrarnos y despedirme por aquello.

—¿Y cuál era tu pregunta? —indagué, ya harto de librar una batalla en mi contra motivada por sus comentarios, y al verla juguetear con sus dedos en un gesto cuasi infantil, supe que lo que me diría a continuación sería nada más y nada menos que la gota que derramaría el vaso de mi paciencia.

—¿Dónde cree que mi amigo pueda encontrar una… ¿cómo decirlo?... persona de compañía. Le ayudaría mucho si le da una dirección o un número de teléfono.

—¿Y por qué debería saber yo algo como eso?

—Vamos Touya, no finjas conmigo. Su pareja no es humano, tienen quince años juntos… no me dirá que usted nunca...

—¿Sabes qué, Tomoyo? Vete a la mierda —gruñí, ya harto de ella y de todo lo que decía para provocarme, y si bien la escuché replicar que no tenía que ser tan grosero para negarme a contestar esa pregunta, continué ignorándola mientras avanzaba a zancadas a través del pasillo.

Aunque fuera absurdo y contradictorio, me sentía muy molesto por todo lo antes expuesto. No porque me propusiera aquello de manera indirecta, si no porque mientras más hablaba, más claro me parecía que seguía sin tener idea de lo mucho que sus palabras y acciones me dolían.

Me enojaba que siguiera igual que antes, que me dijera esas cosas justo cuando en solo unos días ya no tendríamos siquiera que volver a vernos. Que usara esos juegos conmigo cuando le había dicho de todas las maneras posibles que me gustaba, y que se me hacía difícil no perder la compostura cuando estaba con ella. ¿Cuánto más insistiría en torturarme? ¿Qué la motivaba a procurar por todos los medios acabar con mi paciencia?

—Ojalá estuviera aquí mi Sakura. Ella al menos no me ignoraría e iluminaría mi vida con su eterna sonrisa.

—¿Por qué siempre tienes que sacar a relucir ese asunto cuando estás conmigo? ¡Me tienes harto con el tema de Sakura! —rugí furioso mientras me giraba hacía ella abruptamente, haciendo que su cabeza impactara contra mi pecho debido a lo cerca que se mantenía de mí mientras caminaba—. Estás loca por ella y no eres capaz de verle ningún defecto. Bien por ti. Excelente. Ya que todo el mundo lo sabe, ¿quieres dejar de restregármelo en la cara?

—Yo… l-lo siento. No quise… no...

Al notar el balbuceo de su voz y comprender que realmente no comprendía porque estaba tan molesto por ello, no pude evitar sentirme culpable por haberle dicho aquello de una manera tan insensible.

Sabía que solo bromeaba y que reconocer aquellos sentimientos en voz alta tampoco era fácil para ella. El que estuviera trabajando tanto para el desfile demostraba que realmente se estaba esforzando por olvidarla, y yo… después de comprobar lo difícil que era sacármela de la cabeza a pesar de saber que no podía permitirme esos sentimientos, debía darme una idea de lo mal que lo estaba pasando ella, que tenía más tiempo atada a ello.

Respiré profundo para intentar serenar todo mi cuerpo pero fue inútil, y después de gruñir algún improperio que reflejaba cuánto aquello me frustraba, continué el camino hacía mi aula, cansado de darle vueltas al asunto.

Me sentía frustrado con solo pensar en todo lo que estaba sintiendo, por el hecho de que no solo estaba celoso de mi propia hermana menor, si no que aunque dijera que era lo que quería, sentirme rechazado por ella me sacaba de mis casillas.

Tal vez, una parte de mí no quería conformarse con que se alejara. Tal vez lo que en verdad deseaba, era quedarme a su lado, siempre.

Ingresé al aula con un humor de perros, y después de ordenarle a todos que se sentaran, llevé mis ojos al dúo de jóvenes que se enderezaron de golpe en su asiento al saberse descubiertos hablando de Tomoyo.

Malditas alimañas calenturientas, ¿quien les daba derecho a fantasear con la mujer que solo yo había tenido entre mis brazos? No me importaba que tan buena estuviera. Más les valía comportarse, por qué ese día tenía unas ganas locas de reprobarle el semestre a cualquiera.

—Hay alguien que quiero presentarles a todos ustedes, mocosos —anuncié o más bien ladré, acercándome a la pizarra de la clase para situarme frente a todos ellos, y la vi sonreírles conciliadoramente para intentar aligerar el ambiente que no podía estar más tenso. Por qué sí, yo podía estar muy molesto, pero a ella le valía gorro mis sentimientos—. Ella es la señorita Tomoyo Daudoji, dueña de Piffle Princess y antigua estudiante honoraria de nuestro instituto, y viene a proponerles participar en un desfile. Bla, bla, bla. Ella les dirá lo demás.

—¡Desfile!

La algarabía llenó el aula con la sola mención de esa palabra, mientras yo me dejaba caer en mi escritorio, y pronto, como habíamos augurado, teníamos a más de la mitad de la clase más que interesados en el evento, vociferando de tal manera que le dejaron claro a Tomoyo que no eran ningunos santos.

Por eso era capaz de soportarla.

Cualquiera que no tuviera la suficiente paciencia enloquecería entre un grupo de adolescentes con tanta energía. Aunque pensándolo mejor, me era más fácil lidiar con ellos que con esa diminuta atolondrada que con vocecita de ángel y movimientos llenos de gracia y elegancia, les explicaba a los chicos los pormenores del evento.

Y es que mírenla. ¡Apenas medía 1.64 m! ¡Poco más de metro y medio de malicia, provocación y falta de escrúpulos que me mantenía en hesitación constante todo el tiempo! Quería matarla y quitarle las ganas de fastidiarme a besos al mismo tiempo. Me provocaba tantos conflictos… que juraba ir a terapia en cuanto me librara de ella.

Al final, y después de imponer el orden con una sola mirada, solo bastó con tomar las medidas a todas las chicas y seleccionar a las siete estudiantes que incluidas Kobato llenaban los requisitos para llevar los diseños ya terminados.

Tomoyo parecía muy contenta por haber encontrado a todas sus modelos en la misma clase, seguro por que eso haría mucho más fácil la tarea de organizarlas y coordinar los ensayos, lo que implicaría menos trabajo para nosotros y por lo tanto, menos ocasiones para vernos. Pero claro está, a ella ni siquiera le importaba aquello.

—Señorita Daidouji, ¿solo pueden participar las estudiantes que tengan esas medidas?

La pregunta de una de las chicas que no había sido escogida, me hizo percatarme de la tristeza que había reflejada en el grupo restante de chicas, y si bien iba a apresurarme a explicar que había un número limitado de vestidos y como ya estaban pre-hechos no había nada que hacer por aquellas cuyas medidas no encajaran, Tomoyo abrió la boca con una idea completamente diferente, cambiando no solo mi idea de ello si no mi percepción de lo que estaba ocurriendo entre nosotros dos.

—Ya que tengo las medidas de todas, les confeccionaré un vestido a cada una, así que todas participarán en el desfile. Eso significará que el evento se retrasará unas dos semanas… pero teniendo tantas chicas lindas dispuestas a modelar para mí, no podría dormir tranquila si no las acojo.

La algarabía que se desató en el aula consiguió que mi voz quedara completamente eclipsada ante tantos gritos y ovaciones, y tomándola del brazo para llevarla afuera antes de que aquella marea de chicas agradecidas la engulleran, la miré a los ojos completamente anonadado, preguntándole con la mirada exactamente lo mismo que mi boca estaba a punto de articular.

—Hacer cinco vestidos en dos semanas es un trabajo colosal, ¿lo sabes no? ¿Cómo demonios les ofreces algo como eso? —indagué intentando fingirme molesto, notando en su mirada cierta emoción que no pude identificar.

Parecía aliviada, realmente aliviada.

—Lo siento, solo me dejé llevar por el momento. Sé que soy un fastidio y tienes mucho trabajo, pero creo que estarás conmigo un poco más —señaló con una diminuta sonrisa que hizo latir con fuerza mi corazón, por qué una parte de mi, reconocía esa mirada.

Tal vez para ella fuera otra cosa. Tal vez pensara que lo que sentía por mí era solo deseo, pero yo sabía que no era así, que no se limitaba a eso. Por qué la forma en la que ella me miraba, era exactamente igual a como yo la miraba a ella.

Me esforcé por seguir luciendo molesto para mantenerme en el papel, pero en mi interior mi corazón saltaba de pura alegría.

Solo serían dos semanas, un simple retraso a lo que de todas formas pasaría, pero me era más que suficiente.

Solo quería tenerla conmigo un poco más, descubrir cuáles eran sus verdaderos sentimientos hacia mí y luego… lo que pasaría luego dependería unicamente de ella, porque yo estaba seguro de lo que quería hacer.


—Descuida Sakurita, los anchos hombros de mi ayudante son capaces de soportar el trabajo de diez chicas juntas. Además, aquí entre nos, me estoy divirtiendo de lo lindo sacando su lado femenino. —Me sonrió etéreamente para dejarme claro que estaba hablando precisamente de mí, a lo que respondí entornando los ojos mientras seguía con mi trabajo de agregar las mangas a uno de los vestidos ya casi terminados.

Ese día, tanto mi padre como Shaoran regresaban de las excavaciones a las que habían viajado hacía dos semanas, y según parecía, Sakura estaba preparándole a su marido alguna clase de bienvenida que la pérfida de Tomoyo quería convertir en algo sexual, o al menos fue lo que me dio a entender la extraña conversación que mantenían por teléfono.

—Pero ya no hablemos de mí ni de mi trabajo. Por ahora enfócate en darle a tu esposo una noche inolvidable. No olvides los trucos de los que hablamos. Necesito todos los pormenores de posiciones, objetos y lugares usados en este reencuentro. Los suficientes para escribir otro Kama Sutra, ¿eh? Nada de omitir detalles porque te da vergüenza contármelos… ¿de acuerdo?... Bien, te quiero.

Volvió a mi asiento dando saltitos de alegría después de seguramente haber dejado a mi hermana abochornada detrás de la línea, y dándome una palmadita en la mano para que dejara lo que estaba haciendo y descansara, tomó la pieza de tela y continuó ella misma con el trabajo.

A pesar de lo que acababa de decirle a Sakura, se había vuelto muy estricta con eso de que no trabajara de más desde el día en que había colapsado en su casa, pero si bien me fastidiaba enormemente estar allí sentado sin hacer nada, el hecho de que me quisiera a su lado aún fuera como simple espectador me llenaba de alegría, porque indirectamente me confirmaban aquello que una parte de mí ya sabía.

—Sabes, no es natural que una soltera sin experiencia esté dando ese tipo de consejos a una casada —señalé para entablar conversación, mientras la veía tomar su teléfono y leer un nuevo mensaje que Sakura le había enviado contándole sus peripecias—. No sé si eres consciente de ello, pero se supone que no deberías saber de esas cosas.

—Touya, querido, no estás viendo el cuadro completo, ¿sabes por qué los entrenadores no participan en los partidos de los equipos? Porque los errores de juego se ven mejor desde fuera —me explicó convencida levantando al aire su aguja, y sí, me encantó que usara ese apelativo para referirse a mí—. De la misma manera, cómo no estoy casada ni tengo pareja, me es más fácil ver lo que le falta a otros. Además… —Pulsó la pantalla de su teléfono un par de veces, extendiéndomelo para que leyera una especie de libro electrónico de una aplicación de su teléfono, provocando que se me subieran los colores al rostro al examinar aquellas líneas llenas lujuria y pasión—. Tengo que hacer algo con lo que aprendo en estas novelas. Es una página de escritores novatos y algunas historias tienden a ser cliché, pero otros tienen una imaginación magnífica y realmente te hacen vivir sus historias. Por ejemplo esta llamada Cromatismo cuando narra relatos eróticos es…

—No digas nada más —solicité masajeando mi frente mientras le devolvía el teléfono, seguro de que aquellas imágenes mentales no eran saludables en mis condiciones—. Siento lastima por quien se case contigo. Seguro que cuando te conozca bien terminará huyendo.

—¿Cree que algún día me case?

—¿Por qué no? Tienes casa, dinero y si no abres la boca hasta pareces una buena persona.

—¡Oye!

Golpeó mi hombro mientras yo reía para mis adentros, y al final, ella comenzó a reírse igual.

Era reconfortante pensar en lo mucho que nos habíamos acercado desde el momento en que aclaré mis sentimientos por ella y comprendí lo que a ella le pasaba conmigo. Era obvio que Yukito ya lo sospechaba y que en parte había sido la razón por la que se alejó de mí.

Debía hablarle cuánto antes. Estaba decidido a ponerme en contacto con él por teléfono aunque se negara, y si llegaba el desfile y aún no conseguía comunicarme… viajaría directamente a Inglaterra y daría la cara por ello.

No era ningún cobarde, ni pretendía excusar mi conducta. Le diría la verdad, aceptaría las consecuencias de mis acciones y luego... pensaría en qué iba a hacer con ella para mantenerla a mi lado.

—Por cierto Touya, me tomé la libertad de hacerte un regalo. Cierra los ojos.

—¿Un regalo? —pregunté confundido y si bien dudé un poco en hacerle caso, cuando me decidí a obedecerle, la oí correr en el pasillo en dirección a su cuarto y no pude evitar pensar en qué pasaría si volvía con ese traje de conejita u otro más tentador.

Ese día no había podido contemplarla como hubiera querido llevado por mi ética, pero no iba a negar que me había quedado con el anhelo de verla un rato más.

Despedí el pensamiento y golpeé mi cabeza contra la palma de mi mano para no sonreír reconociendo que en realidad estaba disfrutando el coqueteo, y al escuchar sus pasos regresar, volví a ponerme serio fingiendo desinterés, aunque en el fondo seguía pensando en qué atuendo traería esta vez. Pensándolo bien, no importaba. Seguro fuera lo que fuera lo que tuviera puesto le quedaría de infarto.

La escuché pedirme que abriera los ojos al fin y si bien me sentía extasiado con la expectativa, toda esa dicha desapareció cuando para mi decepción, no solo ella seguía vestida con la misma ropa con la que se había marchado, sino que me exhibía aquel inmaculado vestido blanco de corte de princesa que me hizo sentir un muy mal presentimiento.

—Puede casarse con Yukito vistiendo esto. Si le queda algo ajustado, le haré los arreglos que necesite. Obviamente no hablo de ir a un juez civil ni nada por el estilo, ya sé que en este país no se puede, pero siempre podemos hacer algo simbólico entre la familia y guardar muchas fotos de recuerdo.

Como era de esperarse, mi cara se llenó de ira, vergüenza y cualquier otro sentimiento que pudiera ser aplicable a esa situación, e intentando abandonar la casa, vociferé que ya había tenido suficiente de todas sus locuras, cosa que ella no me permitió, poniéndose contra la puerta sin entender qué rayos me pasaba estaba vez. Aunque claro, eso no era novedad.

—Pero, ¿por qué se enoja? Aceptó que usted es quien aporta el lado femenino a la relación. He trabajado los últimos meses en este vestido así que no sea desagradecido.

—Yo no acepté nada.

—Pero tampoco lo negó cuando lo dije. Además… no pareció tener problema para vestirse de Cenicienta en la obra de su escuela y ese vestido sí que era feo. Este es maravilloso, de ensueño. Se verá divino en cuanto se lo ponga. ¡Vamos, solo pruébeselo! Verá que le encantará.

—Te dije que no y ya déjame en paz.

—Claro que lo dejaré en paz… después de que se lo pruebe.

Al notar su intención de hacer que me pusiera el vestido a la fuerza, empezamos a corretear por toda la casa mientras ella me perseguía y yo la esquivaba.

Obviamente yo era más ágil que ella y cada vez lograba zafarme, pero cuando pensé que la había agotado lo suficiente para que dejara de insistir, la muy tramposa derramó un cuenco de agua en el piso, provocando que me estrellara en el suelo, quedando aturdido por el golpe y con un gran chichón en la cabeza.

Estaba a punto de ponerme de pie y protestar, pero apenas pude reaccionar a la vez que ella se trepaba encima mío y empezaba a quitarme los botones de la camisa, dejándome allí anonadado, incapaz de reaccionar mientras, habiendo terminado la tarea de quitarme aquella prenda, la arrojaba al sofá dispuesta a colocarme a la fuerza el vestido, aunque aquello era lo que menos me importaba entonces.

Estaba de rodillas, sentada exactamente sobre mi cintura, su falda cubría apenas una diminuta sección de sus piernas y su blusa… No sabía en qué momento había perdido un par de botones de la misma, pero el nacimiento de sus senos y parte de su brassier se veían claramente.

No necesitaba ningún trajecito para ser terriblemente seductora. Sin importar lo que vistiera simplemente me volvía loco.

Intentó retirarse de sobre mí, intimidada por la forma en la que ahora la miraba, dándose cuenta tarde de que en su osadía se había pasado de la raya.

Perdió el aliento al sentirme halarla hasta mi pecho e incorporarme sin dejar de sostenerla por la cintura, y si bien no reconocía al tipo que sin importarle nada más, le había quitado el vestido de las manos y seguía impidiéndole romper nuestra cercanía, por primera vez en mi vida estaba de acuerdo con la parte de mí que me gritaba que debía besarla.

Tal vez mi padre tenía razón y debía ser un poco más agresivo. Tal vez Tomoyo necesitaba más que palabras para entender la intensidad de mis sentimientos.

Incliné mi cuerpo sobre el suyo haciéndola caer de espaldas en el piso húmedo ante su ausencia de respuesta, y la vi quedarse helada mientras me sentía invertir posiciones y sentarme a horcajadas sobre ella, a la vez que sostenía sus muñecas con la suficiente fuerza para que no se moviera, aunque no tanto para lastimarla.

No tardé en darme cuenta de que si seguía por ese camino lo que había comenzado como la tentativa de un beso terminaría siendo otra cosa, pero antes de que mi cuerpo hiciera lo que pensaba y mi boca se acercara a la suya para probar de su néctar… escuché estruendos en el pasillo que consiguieron despertarme parcialmente de mi letargo apasionado.

—Oigo los pasos del monstruo —murmuré algo ausente mientras delineaba con los ojos la curvatura de su boca, y al escuchar solo después de unos segundos la voz de Sakura llamándola mientras tocaba imperiosamente la puerta, me levanté de un salto y arreglando mi ropa lo mejor que pude, me dispuse a correr hasta su cuarto, dándome cuenta tarde de que había olvidado la estúpida camisa en el mueble.

—Sakurita, ¿por qué estás…?

—¡Esto es demasiado Tomoyo! Si uso eso que me hiciste Shaoran pensará que soy una depravada.

—¿Y no lo eres?

Entorné los ojos al comprobar con aquella conversación que mis sospechas eran ciertas y esa chiquilla intentaba pervertir a mi hermana, y acercando más mi oído a la puerta detrás de la cual me ocultaba, me dispuse a escuchar el resto de la extraña conversación que se desarrollaba entre ellas.

—Bien, Sakura. Estás molesta y no eres una depravada. Pero eso no explica qué haces aquí.

—Vengo a devolverte tu-tu cosa. ¡Eres increíble Tomoyo! Esto podía esperarlo de cualquiera, pero tú… tú… ¡¿Qué clase de amiga eres?!

—La falta de sexo te está afectando. Estás muy gruñona hoy.

—¡¿Qué dijiste, Tomoyo?!

—Ya cálmate, Sakura. Solo estoy bromeando.

La escuché dejar salir un hondo suspiro, y casi pude imaginar su pecho subiendo y bajando mientras soltaba el aire de sus pulmones y cerraba los ojos intentando escoger bien sus próximas palabras, solo para después esbozar su conciliadora sonrisa de marca que terminaba dejandote sin ganas de discutir con ella.

Mierda, en serio la había estado observando demasiado ultimamente.

—¿Puedo hacerte una pregunta, Sakurita? No es sobre nada raro.

—¿Qué quieres ahora, Tomoyo?

—¿Tú amas a Shaoran?

—Debe ser una broma —pensé mientras masajeaba mi frente ante la expectativa de que, de todos los momentos posibles, escogiera aquel para confesarle sus sentimientos, pero no tardé en darme cuenta de que mis conclusiones estaban equivocadas al escuchar la respuesta de mi hermana.

—Claro que amo a Shaoran, ¿qué pregunta tan estúpida es esa?

—Entonces, si lo amas —continuó sin alterarse—. ¿Por qué te avergüenzas de lo que te hace sentir? ¿Por qué intentas ocultar de él lo que eres en realidad? —Su voz seguía siendo cariñosa y apacible, pero estaba impregnada de aquella convicción y firmeza que la caracterizaba y que te dejaba sin argumentos—. Sakura, lo único vergonzoso en este mundo es sentir todo eso que tu sientes por Shaoran, y no ser capaz de exteriorizarlo porque la persona a la que quieres no es capaz de sentir lo mismo por ti. Eso sí es vergonzoso, desafortunado y muy doloroso. Lo que ustedes tienen, eso que sientes en tu corazón cuando lo tienes cerca y ves reflejado en sus ojos cuando te mira… debes considerar eso como lo más valioso que pudieras tener. En vez de avergonzarte y perder el tiempo reclamándome por darte una mano, deberías atesorarlo, protegerlo y luchar por ello con todas tus fuerzas. Usar eso... —No voy a negar que me sentí tentado a abrir la puerta y ver de lo que tanto hablaban, pero según parecía que con las prisas mi hermana lo había olvidado en casa—. ¿Qué es usar eso para la persona que amas, comparado con conservar eso tan maravilloso que siente por ti? No lo sabes porque siempre lo has tenido a él, pero muchos daríamos la mitad de nuestra alma a cambio de algo similar a lo que tienen ustedes, a cambio de que la persona que amamos nos mire a los ojos y nos diga que siente exactamente lo mismo. Yo solo puedo soñar con algo así y probablemente nunca viva algo como eso, pero tú, niña tonta, tú que tienes la dicha de gozar de ello y de ver esos ojos llenos de devoción y anhelo todos los días, deberías trabajar con toda tu alma por conservarlo tal y como está. No creo que Shaoran se decepcione porque pienses cosas sucias y quieras desnudarlo y montarlo la mayor parte del tiempo.

—¡Tomoyo!

—¡Lo ves! Deberías sentirte orgullosa de ello. Aún no entiendes la mente de los hombres, ellos no son tan simples como parecen, apuesto a que la Sakura pervertida que solo piensa en sexo le gusta más, que aquella que huye cada vez que se siente insegura.

—Pero Tomoyo yo…

—Bien, no uses eso si no te sientes cómoda. Pero prometeme que hablarás con Shaoran y le dirás exactamente como te sientes. No más vergüenza, no más dudas, no más "es que pensará que soy una pervertida". Que no le quede duda alguna de que estás loquita por él y entonces… cuéntamelo con lujo de detalles.

—De acuerdo. Lo usaré. Te quiero Tomoyo.

—Yo también, más de lo que crees.

Me alejé de la puerta al escucharla decirle aquello con tanta congoja, y no pude evitar sentirme desolado con solo imaginarme lo difícil que era para Tomoyo lidiar con todo aquello.

Se necesitaba mucha entereza. Se necesitaba una entereza extraordinaria para soportar una situación como esa durante más de una década y a la vez, después de años de desplantes involuntarios y resignación, era natural que una parte de ella se negara a ilusionarse demasiado con esas cosas.

Tal vez por eso no me tomaba en serio, tal vez después de tantos años de rechazo, necesitaba un amor tan intenso que le incendiara la piel para darse cuenta de que era real, y yo me reprimía tanto con ella que aquello que era tan inmenso y apasionado apenas parecía un malicioso chiste. Tal vez… debería dar rienda suelta a aquello y preocuparme por ello después.

—Ya se fue Sakura. Puede salir. —Me anunció ella con voz cantarina, evidentemente emocionada por toda la adrenalina que implicó aquel momento tan sospechoso—. Menos mal que conoce los pasos de Sakura y puede ser muy veloz cuando se lo propone, si no, no solo nos hubiera visto mientras forcejeábamos, sino que hubiera pensado que se cogía a su mejor amiga.

—No solo lo habría pensado… nos habría escuchado haciéndolo. Hace rato no era como si estuviera en mis cabales —reconocí sinceramente mientras ella seguía allí contra la puerta, y pude escuchar claramente como contenía la respiración por al menos diez segundos.

Siete segundos más de lo que lo hacía normalmente cuando intentaba confesarle mis sentimientos.

Personalmente sabía que lo que sentía por ella iba más allá de lo lógico y que con lo descontrolado que estaba en esos instantes, si Sakura hubiera llegado unos segundos más tarde, seguro hubiera terminado haciendo alguna estupidez. Pero ella no lo sabía, ella no conocía el alcance de las emociones que me provocaba.

En serio la deseaba, la deseaba como desquiciado. Sentía que en el momento en que la besara perdería la cordura por completo, que no me detendría hasta hacerla totalmente mía. Por eso me enojaba tanto que restara importancia a lo ocurrido, que dijera que no había significado nada, y que lo único que sentía al mirarme eran ganas de dormir conmigo. ¡¿Cómo no podía significar nada para ella, si yo me estaba volviendo loco por ello?!

Sí, mis emociones eran muy intensas… pero nunca se lo había dicho con esas palabras, nunca… nunca había permitido que mi cuerpo pusiera en evidencia lo que sentía mi corazón.

Paseé mi vista por la habitación, ignorando los chistes verdes que comenzó a elaborar como respuesta a mi comentario tras haberse recuperado de la sorpresa inicial, y pude vislumbrar el desorden que su cama era en ese momento y que seguro se debía a que ese día había llegado antes de lo planeado.

Seguro que la única razón por la que siempre encontraba la casa limpia era porque Chitose se encargaba de mantener todo ordenado, aunque con el poco tiempo que tenía entre tantas obligaciones, comprendía muy bien que al final del día lo último que deseara fuera encargarse del aseo.

Comencé a recoger una a una las piezas de ropa dispersadas sobre la cama por qué sí, limpiar me ayudaba a poner en orden mis pensamientos, y al notar un objeto que sobresalía de debajo de su colchón, lo saqué por completo, notando que se trataba de un cuaderno de dibujo que intuí se trataba de su libreta de diseño, aunque la portada era diferente a como la recordaba.

Abrí el cuaderno en la primera página que alcanzaron mis dedos y...

—¡¿Qué diablos…?!

Tuve que morderme la lengua para no soltar al menos un millón más de improperios y groserías, y es que era inaudito. ¿Hasta dónde podía llegar la perversión de esa mocosa?

Con gran pesar, volví mi mirada a la libreta, encontrándome con varios bocetos de desnudos masculinos, aunque no del tipo que hiciera sentir halagado a la mayoría.

El que estaba viendo en ese instante, por ejemplo, era de un tipo recostado contra lo que parecía ser un escritorio, con una expresión tímida y hasta dolorosa y el otro sujeto… ni siquiera lo mencionaré.

Las demás imágenes eran igual o más comprometedoras, aunque lo que más me enervó de todo era, que en la última página aparecía un boceto de mi mismo junto a un tipo de pelo negro que ni siquiera conocía, pero cuya mirada me parecía extrañamente familiar.

—Así que este es tu secreto chiquilla perversa. No eres más que una Fujoshi de mierda —farfullé extrañamente enervado, mientras planeaba la mejor manera de asesinar a esa mocosa sin escrúpulos, hasta que mis dedos alcanzaron una página que llenó de extrañas sensaciones mi corazón.

—Touya, es grosero quedarse callado mientras otra persona te… —Giré la cabeza al escucharla entrar abruptamente a través de la puerta, sintiendo como me arrancaba de golpe la libreta al notar lo que estaba observando.

Estaba roja. Roja no, ni siquiera podía describir el color que tenía su cara en esos instantes. Jamás había visto sus mejillas tan sonrosadas y sus ojos mostrar tanta ansiedad.

—Ya vi tus dibujitos si es lo que te preocupa. Debo reconocer que no era precisamente lo que esperaba, pero por alguna razón no me sorprende —comenté serenamente, notando como ella retrocedía ante la idea de que yo hubiera descubierto su secreto, y mi mente se iluminó con una maravillosa epifanía.

Así que eso era aquello que no le contaría a nadie.

—¿Qué pasa Tomoyo? Pareces nerviosa.

—Cu-cualquiera estaría nervioso si alguien estuviera revisando sus cosas —balbuceó mientras aferraba con fuerza la libreta a su pecho, y al ver su inquietud y como sus mejillas se encendían cada vez más, me di cuenta de que la razón por la que resguardaba aquel secreto tan celosamente no era solo porque aquello le causara curiosidad.

Seguro tenía el mismo efecto que las revistas que incautaba a Shimbo todas las semanas, y a la que de vez en cuando terminaba dando una ojeada.

—Eso no era lo que pensabas cuando te montaste encima mío hacía unos minutos y estuviste tocándote pensando en esos sujetos. Porque no me dirás qué eso que acabo de ver es solo arte —acusé mientras la observaba con malicia a la vez que ella desviaba la mirada evidentemente avergonzada, lo cual era una delicia, porque sacarle una expresión como esa no era algo que ocurría todos los días—. No te preocupes, esto no me parece contradictorio ni nada por el estilo, de hecho, ya lo sabía. La noche en que estuvimos juntos me di cuenta de que no te son tan indiferentes los hombres como presumes. Es más, el que te gusten esas cosas solo pone en evidencia que te atraen más de lo que estás dispuesta a admitir. Que te gustan los hombres el doble que las mujeres.

No pude evitar esbozar una media sonrisa al verla quedarse totalmente muda ante mi afirmación, y es que no había otra explicación a aquello.

¿Qué era mejor que un helado de chocolate para alguien amante de ese sabor? ¿Pues qué más? Dos helados de chocolate.

Creo que jamás me había reído tanto ni de una forma tan eufórica. Apenas podía recuperar el aliento, y lo mejor de todo era que ella seguía allí petrificada sin decir absolutamente nada.

—N-no está bien que te burles de mí por esto, yo… Esto es algo muy personal.

—No me estoy burlando —aseguré mientras intentaba calmarme ante su intento de detenerme, porque aunque me causara mucha risa, no reía porque quisiera mofarme de sus gustos tan contradictorios, sino porque me sentía endemoniadamente contento por ello.

¡Ah, qué perfecta era! Estaba seguro de que ni en un millón de años encontraría a una mujer tan fascinante ni con gustos tan exóticos.

Me acerqué a ella aún cuando seguía con los pómulos inflados en un adorable puchero, y la tomé de los hombros mientras ella permanecía de espaldas para evitar mirarme la cara.

Cerré los ojos para visualizar el último boceto de aquel cuaderno, que si bien no estaba terminado, era claramente la representación de lo ocurrido hacía unas semanas en el cuarto de costura, cuando la trepé en la máquina de coser y le pedí que cerrara los ojos, aunque en ese dibujo… en ese dibujo si sucedía el beso.

—Sabes, también te contaré un secreto para que estemos a mano… Me agrada que pienses de esa manera y que tengas una mente tan abierta. Eres una persona muy interesante, impredecible sería la palabra más adecuada para describirte.

—Si claro, debes pensar que estoy loca. Que ni siquiera sé lo que quiero.

—¿Por qué nunca crees en nada de lo que te digo? ¿Te parece que soy un mentiroso?

—No, no es nada de eso —reconoció más calmada, mientras inclinaba un poco su cabeza para dejarme acomodar la mía en el espacio resultante entre su hombro y su cuello—. Eres muy sincero y en serio confío en ti, pero dices muchas cosas raras últimamente. Estamos en medio de una competencia, ¿sabes? Se supone que debo estar atenta a cada intento tuyo por engañarme.

—¿Todavía jugamos a eso? Creo que dejé de competir hace un par de semanas —reconocí aspirando su aroma, haciéndola suspirar con sorpresa ante aquella sensación que la calidez de mi respiración en el ras de su oreja le provocaba, y confirmé que tal y como había comprobado aquella noche juntos, su oído era tan sensible que apenas sentía mi aliento golpeando su lóbulo gemía, ni contar lo que pasó cuando apartando un poco de la tela de su blusa, besé su cuello y hombros mientras la sostenía de la cintura.

Era muy sensible, propio de una chica que tal y como había comprobado en nuestras conversaciones, apenas había tenido contacto con alguien exceptuándome a mi.

Pensar en ello, en que era el único que conocía esa parte de ella me encantaba, me enloquecía. De hecho, de repente había olvidado porque hacía aquello y no podía pensar en otra cosa que no fuera escucharla gritar mi nombre mientras la llenaba de esas caricias que aquella noche había afirmado tanto le gustaban. Pero no quería asustarla. Sabía que aunque yo tuviera las cosas claras… no era tan simple para ella. Aunque eso no significaba que no aprovecharía mi última oportunidad.

—Hay algo que siempre quise preguntarte Tomoyo.

—¿De qué se trata? —murmuró con la voz agitada, evidentemente abrumada y extasiada por mis caricias.

—Dijiste que la razón por la que te molestaba que hubiéramos dormido juntos era porque querías que todas tus primeras veces fueran con la misma persona. ¿Eso quiere decir que tampoco habías besado a nadie antes?

—¿Có-como crees? —indagó nerviosa mientras se giraba abruptamente hacía mí para quedar frente a frente—. Es decir… le di un piquito a Sakura una vez y...

—¿Quieres intentarlo de nuevo? Tal vez te ayude a recordar cómo fue tu primer beso —propuse con voz serena interrumpiendo su monólogo, riendo por lo bajo al escucharla preguntarme si acaso quería aprovecharme otra vez de ella—. Si quisiera hacer eso no hubiera esperado tanto. Aunque si quieres que ocurra, yo podría…

—¿Y Yukito? ¿No has considerado lo que pensará de esto?

—Sí, lo he hecho. Pero comparado con decirle que dormí contigo en primer lugar… no creo que un beso sea el mayor de mis problemas.

—Eres hombre muerto, ¿sabías?

—Sin duda alguna.

Me sostuvo la mirada con suspicacia por un buen rato, sin dejar de acunar aquella libreta contra su pecho, y concluyendo que si lo había pensado tanto era porque se negaría, me dispuse a salir de la habitación un poco más tranquilo, porque aunque aquella no fuera mi oportunidad, ese dibujo me confirmaba que no estaba muy lejos de cumplir mi objetivo.

—Solo un beso. Porque en serio me gustaría recordarlo. —La escuché murmurar de repente, y no pude evitar girarme hacía ella visiblemente contrariado. Sabía que había escuchado su voz decirlo… pero una cosa era proponerlo y otra muy diferente que ella aceptara—. Eso sí, si te atreves a tocarme o pasarte de la raya conmigo, te juro que…

—De acuerdo —confirmé volviendo sobre mis pasos, notando como ella retrocedía como si el que yo también aceptara le hubiera también tomado por sorpresa.

Su careta de audacia y perversión se resquebrajó frente a mis ojos al verme reducir la distancia entre nosotros y colocar mis manos en sus hombros, y solo quedó aquella diminuta mujer con expresión inocente, que escondía el nerviosismo que irradiaban sus ojos manteniendo la mirada baja mientras dudaba. Tal vez también le preocupaba cuál sería mi reacción. Tal vez… al fin había conseguido que lograra entenderme.

Me acerqué a su boca lentamente mientras tragaba en seco, sintiéndome nervioso ante la expectación de todo lo que aquello implicaría, y cerrando los ojos a la vez que un suspiro se escapaba de mi boca, tomé entre los míos la parte superior de sus labios con la mayor lentitud y delicadeza que me permitían las ansias locas que tenía de ella.

La escuché suspirar al intentar soltar su labio lentamente, y deseando disfrutar un poco más de su sabor, incliné ligeramente la cabeza para repetir la acción, esta vez posando mis labios sobre los suyos.

Me alejé de nuevo, dejándola con los labios entreabiertos, y llevé mis manos a su rostro besándola esta vez con un poco más de profundidad.

Era tan dulce, tan cálida.

Sabía que le había prometido que sería solo un beso, pero tal y cómo había temido, una vez que empezaba no sabía cómo parar. Ella por su parte no parecía molesta por ello, al contrario, daba la impresión de estar dispuesta a dejarme actuar a mis anchas.

Recordé su expresión el día siguiente de nuestro desliz y me di cuenta de que con lo inexperta que era, le era muy fácil dejarse llevar y luego arrepentirse de ello. No quería que pasara eso de nuevo… no quería ver sus ojos decepcionados puestos nuevamente sobre mí.

—Bueno… creo que por ahora es suficiente —murmuré aclarando mi garganta, mientras me alejaba y desviaba la mirada de ella intentando parecer sereno, aunque mi voz se escuchaba tan agitada y ronca que no disimulaba mi verdadero estado emocional—. Obviamente esa noche nos besamos un poco más, pero no quiero que te excites y termines por…

Sus labios se posaron sobre los míos de repente mientras enredaba sus brazos en mi cuello buscando reducir aún más la distancia entre nosotros deteniendo mi monólogo, provocando que, apretándola a mi cuerpo mientras acunaba mi mano en su nuca, mandara cada uno de mis razonamientos al demonio mientras la besaba con hambre contenida.

Demonios. No podía resistirme a ella.

No importaba cuántas veces aquello pasara, mi reacción siempre sería la misma.

Sí, sabía que aquello me iba a joder la vida, que terminaría destrozado cuando aquello terminara, pero una parte de mí estaba convencido de que había llegado el momento de dejar de lado la razón, y dejarme engullir por la locura preciosa que era tan parte de ella.

Solo deseaba una oportunidad. Una oportunidad para aferrarme a mis deseos y hacerle saber lo que en verdad quería de ella, y entonces, cuando ya mis cartas estuvieran sobre la mesa… que pasara lo que tuviera que pasar.



Y ahí está el capítulo ocho.
¿Creen que Tomoyo siga negandose a creer en las palabras de Touya acerca de sus sentimientos?
Pues yo lo dudo mucho después de ese beso y los que faltan XD.
Les cuento que este es el primer capítulo que surgió en mi mente, y que se desprende un One-Shot en el que trabajé el año pasado con Pepsipez titulado "Crónicas de un amor no tan perfecto", que tambien es muy divertido.
El próximo capítulo narra Tomoyo, así que sabremos que piensa de todo esto y que respuesta le dará a Touya.

Gracias por el apoyo.

Nos leemos el próximo sábado.