Lo que sea, pero contigo

Capítulo 9:

Amor o deseo o la princesa de la que el príncipe se enamoró.

Corrí en dirección al trío de chicas sentadas en aquella mesa, estrechando en un gran abrazo a cada una de ellas mientras les expresaba lo mucho que me alegraba volver a verlas.

Naoko, Chiharu y Rika, eran actualmente profesionales, esposas y en el caso de las últimas dos, madres, así que apartar momentos como esos en los que pudiéramos estar todas juntas reviviendo el pasado y actualizándonos sobre el presente eran lamentablemente escasos, aunque muy reconfortantes cada vez.

—A nosotras también nos alegra verte, Tomoyo —aseguró Chiharu, mirando en todas direcciones en busca de cierta mujer de ojos esmeraldas que según ellas, parecía más bien mi siamesa—. ¿Y Sakura?¿Por qué no está contigo? No me digas que no va a venir.

—Si viene, solo que un poco más tarde. Dijo que se había retrasado porque tenía muchas cosas pendientes que le impedían salir de la casa, pero yo creo que es más bien alguien y no algo lo que no la deja salir.

—¡Huy, que suertudos!

Tomé un sorbo de vino mientras las veía soltar aquello a coro con expresión traviesa, porque si bien sabía que Shaoran estaba a millones de kilómetros de ella en esos momentos, nada quitaba que tras una semana sin regulación, estuvieran aprovechando la ocasión de ponerse al día por videoconferencia para… "jugar entre ellos", y prometiéndome que esa noche me permitiría dos o tres copas de más, confiada en que no tendría que ver a Touya hasta la noche siguiente, detallé a cada una de ellas pensando con alegría en que si bien los años habían dejado huella sobre ellas, había sido positivamente.

Naoko estaba a nada de convertirse en la CEO de una gran empresa de publicidad, aunque eso no le había impedido seguir su sueño de ser escritora, Chiharu, al igual que Sakura, se había hecho maestra, aunque ella ya tenía un par de hermosos pequeños parecidos a su carismático padre, y Rika… A pesar de los golpes que le había dado la vida y el doloroso fracaso de su primera relación, se había convertido en una gran doctora, había encontrado el amor nuevamente y se hallaba en la dulce espera de su primer hijo.

No iba a negar que cuando estaba entre ellas me sentía como mosca en leche, y a veces hasta me entraban ganas de vestirme de Neón y salir a las calles a ver si así me veía el amor de mi vida. Pero luego recordaba que no quería conformarme con menos que una persona apasionada que después de diez años me mirara con el mismo amor del primer día, y se me pasaba.

Tal vez era muy exigente, melindrosa y hasta exagerada con mis condiciones, pero si no conseguía a alguien por quién hubiera valido la pena la espera, mejor no quería nada.

O eso me gustaba pensar.

«Insisto en que puedes fingir un dolor de estómago para que vaya a recogerte, no quiero que te la desquites conmigo si tus compañeras de escuela se ponen intensas y te sientes acorralada.»

Leí aquel mensaje sintiendo gran ternura ante la forma tan tosca en la que Touya demostraba que se preocupaba por mi bienestar, y explicándole que lo único que traería a casa después de esa reunión eran buenas anécdotas, coloqué el celular sobre la mesa, deslizando mi dedo en el borde de la copa sin darme cuenta de que en vez de poner atención a mis compañeras, seguía allí, sonriendo como boba.

Hacía apenas dos días que había cumplido con mi semana de abstinencia con respecto a fastidiar a Touya, y debo confesar que me sentía aliviada de ya no tener que morderme la lengua cada vez que se me ocurría algún chiste con doble sentido.

También me alegraba haber decidido posponer el desfile.

Claro está, decirle a Yukito que no podría cumplir el plazo que le había prometido me había costado mucho, pero a cambio, la actitud de Touya era más relajada y serena, y hasta sus juegos sobre pretender que yo le gustaba se habían hecho muy comunes últimamente.

Eso era positivo. Necesitaba que estuviera lo más tranquilo posible cuando hablara con Yukito para que así llegaran a entenderse. Seguro conseguirían arreglar las cosas de inmediato y yo, por supuesto, tendría que acostumbrarme a dejar mis juegos con él. Lo mejor era comenzar cuánto antes… mientras más rápido me alejara, menos falta me haría cuando todo volviera a la normalidad.

El ligero carraspeo de Chiharu me trajo de vuelta a la realidad, y llevando muy tarde la mano al lugar donde descansaba mi teléfono, vi con algo de nerviosismo como Naoko revisaba mis mensajes, abriendo mucho los ojos al leer el que recientemente había enviado y que no tardó en mostrarle a las demás, argumentando que según parecía, yo ya había encontrado a la chica de mis sueños.

—Nada de la chica de mis sueños. Es solo… un buen amigo a quien adoro fastidiar.

—Pues el que lo llames princesa y lo invites a esperarte en tu departamento con solo lo que "ya sabe" puesto, no dice que sea un amigo.

Tosí incómoda, pensando en que sonaba más comprometedor cuando otra persona lo decía. Tomé otro sorbo de la copa, intentando bajar los colores que se habían apoderado de mi rostro con solo pensar en lo que pasaría si Touya decidía responder a mi desafío, y esperarme totalmente desnudo con el delantal puesto, repliqué que sí se trataba de un buen amigo, y que la historia de porqué lo llamaba princesa y le hacía ese tipo de comentarios era un tanto larga y aburrida.

—Pues nosotras tenemos todo el tiempo del mundo para escuchar tu historia, así que desembucha de una buena vez y deja de darle vueltas al asunto. Una historia que involucra a un hombre en tan modestas condiciones en el departamento de una soltera, no debe ser nada aburrido —demandó Chiharu más que intrigada, y después de decir que no durante la siguiente media hora, concluyendo que si Sakura aun no había llegado, tampoco lo haría en los próximos quince minutos, solté un inmenso suspiro dispuesta a contárselo, aunque sin mencionar nombres, pues si hablábamos de curiosas, Chiharu y Naoko se llevaban el premio mayor de la contienda.

—No lo puedo creer. ¡¿En serio dormiste con un hombre y por una apuesta?! Sinceramente no te reconozco, Tomoyo.

—Ya les dije que solo fue una vez y que no significó nada —expliqué mientras sonreía contra mi copa, segura de que a juzgar por su extraña reacción el día en que estaba enfermo, a Touya no le haría nada de gracia escucharme decir eso—. Él tiene pareja, a quien ama muchísimo por cierto, y yo… bueno… saben mejor que nadie que tengo mis propios intereses.

—Pues por lo que nos cuentas y lo que he visto y leído hoy, a mí no me parece que él quiera tanto como dices a su pareja, ni tú que seas tan devota a las mujeres como afirmas.

—¡Naoko!

—Solo digo la verdad, Rika —aseguró ella mientras se encogía de hombros ante el reclamo de la embarazada—. Yo nunca perdonaría a mi esposo si durmiera con alguien más, y menos por una apuesta.

—Comprendo tu sentir, Naoko. Pero yo ya le expliqué lo ocurrido a su pareja y él lo entendió. Es una persona muy razonable.

—¿Entender qué? ¿Qué ustedes dos tienen algún tipo de relación amistosa-sexual no comprometida? Por favor, Tomoyo. Estás loquita por él, se te nota por encima de la ropa, y con esa cara y cuerpo que te gastas, probablemente él siente lo mismo por ti.

—Eso no es cierto —repliqué acorralada, entendiendo de repente por qué Touya se enojaba tanto cuando lo acribillaba con mis preguntas y argumentos irrefutables.

A juzgar por las pruebas antes expuestas, entendía por qué ellas pensaban de esa manera. Tal vez sí podría ser el caso entre un hombre y una mujer común, pero el asunto era que ni yo ni él éramos personas comunes.

—Mira Naoko, parece que la princesa de Tomoyo acaba de responder.

—¿En serio? Déjame ver.

Intenté quitarle el teléfono a Chiharu antes de que se lo entregara a Naoko, pero obviamente yo no podía sola con las ansias de saber más de esas dos.

Rika seguía allí, solo sentada en su sitio tan pensativa y callada como siempre, pero el simple hecho de que no me defendiera me dejaba claro que no pensaba diferente a ese par.

"Tú y yo sabemos que no eres tan valiente como presumes, así que deja de provocarme.

Estaré despierto hasta la madrugada porque tengo una montaña de exámenes pendientes por corregir, así que llámame si necesitas que vaya por ti.

Hablo en serio, aún sean las tres de la mañana, iré a recogerte. No conseguiré dormirme hasta que no me avises que llegaste, así que sé responsable, no bebas demasiado y no hagas locuras por favor. Cuídate mucho".

—¿Qué decías? —preguntaron las dos mujeres frente a mi mientras alzaban una ceja, y yo no fui capaz de responder más que un par de balbuceos.

Y es que si bien una parte de mí estaba convencida de que aquel no era más que el instinto protector de Touya tomando control de su cuerpo, debía reconocer que cada vez que recibía un mensaje así de su parte, mi corazón se saltaba un par de latidos.

No sabía si se debía a que eran cada vez más comunes últimamente o solo a que era la primera vez que tenía a alguien tan pendiente de mis acciones, pero a veces, por algunos segundos, realmente me preguntaba si tal vez Touya intentaba hacerme llegar un mensaje que yo me negaba a recibir.

El rostro de mis tres amigas me dejaba claro que lo que yo percibía no era del todo una confusión, pero una parte de mí quería aferrarse con todas sus fuerzas a ese 0.001 porciento de posibilidades de que en cuanto se lo planteara, Touya me mirara con su ceja alzada y entrecejo fruncido, y me dijera que ni que fuera la última persona sobre la tierra se enamoraría de mí.


—Señorita Tomoyo, ¿ya está en casa?
—¡Chitose! —exclamé incorporándome de golpe al oír aquella voz tras el tercer llamado consecutivo del timbre, escuchando a Touya preguntarme entre susurros que hacía mi ama de llaves allí si era fin de semana.
Yo tampoco lo sabía. Chitose no acostumbraba visitarme sin avisar antes.
Descendí de la cama a prisa mientras buscaba con la mirada dónde había ido a parar mi ropa, dándome cuenta pronto de que encontrarla en medio de aquella marea de objetos que yacían desparramados por todos lados me tomaría un par de días.
—¿Dónde dejaste mi ropa interior? No la encuentro.
—¿Tu ropa interior?
Traté de pensar un momento en ello mientras miraba en todas direcciones, poniéndome pálida al recordar el momento en que lo despojé de dicha prenda.
Me acerqué a la ventana sorteando obstáculos y miré el tendido eléctrico dónde en esos momentos ondeaba la prenda de ropa de cuadros azules. No iba a contarles cómo llegó ahí, pero podía decir con orgullo que no me arrepentía de nada.
—No sé para qué te hago caso. ¿Ahora cómo voy a volver a casa? Y no, no usar nada no es una opción —se apresuró a señalar mientras se envolvía en una de mis batas de baño, cubriendo apenas con ella una parte de su torso y una diminuta sección de sus piernas, y debo decir que el rosa jamás le quedó tan bien a un hombre, ni yo tuve tantas ganas de pellizcarle el trasero a alguien como en esos instantes.
Agité la cabeza para despedir el pensamiento. Debía dejar mi lujuria de lado por un momento, el asunto de mi ama de llaves era algo que en serio debía resolver.
—Ya pensaremos en algo después. En estos momentos… Tengo que distraer a Chitose. No puede enterarse de esto.
—¿Por qué no? Ni que fuera tu madre.
Me mordí la lengua para no decirle que si bien no era la mía si sería la de él muy pronto, y colocándome lo primero que hallé en el armario, segura de que encontrar las piezas de mi ropa sería una travesía similar a la de buscar la de él, sorteé los obstáculos que yacían por toda la casa como evidencia de nuestras travesuras, y tratando de arreglar mi cabello lo mejor que pude, entreabrí la puerta para saludar a mis inesperadas visitantes, encontrándome de inmediato con sus ojos llenos de curiosidad pues, no era como si hubiera conseguido mucho en mis esfuerzos por arreglarme.
—Chitose, niñas… ¿Qué hacen aquí? No sabía que venían hoy —comenté sin borrar mi sonrisa, luchando por solo abrir la puerta lo suficiente para qué la sonriente mujer de pelo azabache y sus pequeñas hijas, solo vieran mi cara y no el desastre que era la casa en esos instantes.
—Disculpe por no avisar antes. Estábamos cerca de aquí y las niñas insistieron en venir a verla. Dicen que querían animarla.
—¿Animarme? —pregunté confundida mientras miraba al par de rubicundas niñas que no tardaron en asentir en respuesta a lo dicho por su madre, mientras me extendían una diminuta caja de chocolates cada una.
—Usted ha estado triste estos días —confirmó una de las gemelas.
—Sí. La señorita Tomoyo ha estado muy triste —secundó la otra, haciéndome sonreír conmovida ante sus muestras de afecto infantil.
Salí a través de la puerta, y después de cerrarla tras de mí por obvias razones, me puse de cuclillas en el suelo para poder abrazarlas a ambas.
Chiho y Chise apenas tenían diez años, pero poseían un don especial para empatizar con la gente. Por eso siempre se daban cuenta cuando algo parecía molestarme, y caminaban desde la escuela para traerme flores o cualquier cosa que creyeran pudiera sacarme una sonrisa.
Las quería tanto a las tres, aunque no era la única que había terminado prendada por su dulzura.
Estaba segura de que a pesar de sus reservas al principio cuando le propuse que saliera con Chitose, el señor Fujitaka había aprendido a amarlas hasta el punto de ya considerarlas parte de su familia.
No tenía dudas de que sería un gran padre para ellas que apenas podían recordar cómo era el suyo, y si bien Touya y Sakura se sorprenderían bastante al saber que su padre había decidido iniciar de nuevo… estaba segura de que también aprenderían a quererlas con el pasar del tiempo.
—¡Demonios! ¿Quién dejó esto aquí?
Giré la cabeza aterrada al escuchar la voz de Touya soltar aquella maldición, seguido de un par de ruidos demasiado reveladores, y resistí la tentación de golpear mi palma contra mi cara para disipar la frustración que sentía de que él no tuviera ni la menor idea de cómo ser discreto.
—¿Está acompañada, señorita Tomoyo?
—No. Para nada. Estoy viendo una película, se llama "quédate quieto o te asesino", es una comedia de suspenso y terror. Es muy mala —mentí lo suficientemente alto como para que él me escuchara, y volví mi mirada a ellas que no podían estar más confundidas.
Supongo que tendría que explicarle aquello a Chitose después.
Debía prepararme. Sería una charla muy larga.
—Por cierto, señorita Tomoyo… —señaló Chitose mientras rebuscaba en su cartera, extendiéndome un recibo que reconocí de inmediato como el de una aerolínea cercana—. Le dejé un mensaje para avisarle que ya había completado su encargo, pero parece que aún no ha revisado su teléfono. Seguro la persona a la que le envía el boleto de avión no podrá negarse a venir al desfile. Ojalá el hijo de Fujitaka y su novio consigan arreglarse. Usted se ha esforzado mucho para que eso ocurra.
Contuve el aliento al escucharla recordarme aquello, y llevando mi mirada a las niñas que se habían acercado a mí al notar que no reaccionaba, volví a abrazarlas con fuerza sintiendo que apenas podía contener las ganas de llorar.
Me enderecé, no sin antes acariciar la cabeza del par de pequeñas que seguían mirándome preocupadas, seguras de que esa sonrisa mía no era más que una fachada de bienestar, y asegurando que era hora de terminar esa película de una vez por todas, les pedí que volvieran otro día y nos pasáramos toda una tarde juntas.
Cerré la puerta tras de mí después de despedirme de ellas, y apoyando mi espalda contra la superficie de madera, observé la evidencia que se extendía frente a mis ojos y que indicaba que si no terminaba con aquello pronto, las cosas terminarían terriblemente mal.


—¿Recuerdas la conversación que tuvimos sobre lo que no me gustaba de Yukito? También desearía que me digas las cosas a la cara —murmuró él tan pronto me vio aparcar el auto frente a su casa, sabiendo que si no había cruzado palabra alguna con él durante la última media hora, tampoco lo haría pronto si no me animaba a ello.
Mis manos aún seguían pegadas al volante del vehículo, y aunque podía sentir sus ojos posados en mí observándome, yo no era capaz de mirarlo ni una sola vez.
Soltó un suspiro cargado al darse cuenta de que no respondería a su solicitud, y retirándose el cinturón de seguridad resignado, se dispuso a descender del vehículo y entrar a su propia casa mientras el aire helado de la noche se colaba a través de la puerta abierta.
Tenía tantas ganas de llorar. No entendía cómo había dejado que aquello llegara tan lejos.
—Yo… solo me he enamorado una vez en mi vida. Y lo que sentí entonces, no se parece a lo que experimento cuando estoy contigo, Touya. Por eso yo no estoy segura de lo que significa —expliqué en el momento en que uno de sus pies tocó el suelo, deteniéndome unos segundos para ahogar un sollozo, tratando de no ceder a las lágrimas ante aquella situación que me frustraba tanto, ante mi imposibilidad de como mínimo, darle una explicación decente de lo que solo unas horas antes había pasado entre nosotros—. Pero independientemente de ello… independientemente de lo que sea. Yo… siento que estamos haciendo algo incorrecto y que si sigo cerca tuyo seguiré metiéndote en problemas. Así que… ya debemos parar. Quiero… que ya no nos veamos más, quiero que ya no seamos amigos.
—De acuerdo —lo escuché murmurar mientras colocaba su mano en mi cabeza, haciendo que por primera vez desde la visita de Chitose lo mirara directamente a él.

No había enojo en sus ojos, ni mucho menos confusión. Supongo que se lo esperaba, siempre había sido muy cobarde para ese tipo de situaciones.

Me doblé sobre mi misma mientras me disculpaba eufóricamente por ponerlo en una situación tan complicada, entendiendo al fin por qué me pidió en su momento que dejara de intentar acercarme a él.

—No te mortifiques pensando en eso. No te culpes por nada —susurró con cariño sin dejar de acariciar mi cabeza mientras yo sollozaba—. Quien ha estado haciendo cosas que no debe y le ha faltado a ti y a Yukito soy yo. Actuaste como lo hiciste porque yo te permití hacerlo, porque me negué a reconocer… que te amaba desde hace mucho tiempo, tal vez más de lo que estoy dispuesto a admitir.

—Y-yo no sé cómo responder a eso —balbuceé escondiendo de él mi mirada, abrumada por la sensación que me causaba el hecho de que me hablara con tanta ligereza de sus sentimientos.

Obviamente no era la primera vez que me los confesaba, pero si era la primera vez que me lo decía después de haberme hecho consciente de que aquello no era ningún juego. Pensándolo bien, ¿cómo pude ser tan tonta? Si estaba clarísimo por su reacción en la preparatoria cuando le hablé de Sakura.

En ese momento, su rostro no mostraba la misma molestia que era su reacción usual a mis comentarios. En serio parecía dolido, realmente dolido porque los comparara.

Me recordó a la sensación que me embargaba cada vez que Sakura hablaba sin parar sobre su maravillosa relación con Shaoran, y cuánto me dolía oírla decir todo aquello. Aunque a diferencia de Touya, yo nunca me animé a exteriorizar mi frustración.

—No pienses más en ello, en serio no tienes que darme una respuesta. Si esto es lo que deseas, te prometo que ya no me acercaré más. —Me animó él con bondad, mientras elevaba mi barbilla para que lo mirara, al notar que me sentía cada vez más molesta conmigo misma a medida que reflexionaba en las veces que él intentó explicarme lo que sentía, y yo me negué a tomarlo en serio—. De cualquier modo... —murmuró mientras algo parecido a una sonrisa ladeada se dibujaba en su rostro de repente, a la vez que se inclinaba hacía adelante y apoyaba su mejilla en su puño—. Si me lo preguntas a mí, más que ser un nunca, lo que pasó esta noche parece un "déjame pensarlo un tiempo".

Me cubrí la cara con las manos a la vez que los colores se me subían al rostro, mientras todo mi cuerpo se acaloraba al escucharlo mencionar el tema.

Debía reconocer que aquello sí había sido real, que mis ansias locas por entregarme a él no eran ningún juego, y es que… ¡Dios! Si bien acepté su propuesta del beso por qué seguía convencida de que solo estaba jugando conmigo, y quería comprobar de una vez por todas que Chiharu y Naoko estaban equivocadas, cuando lo sentí abordar mi boca con esa destreza y suavidad… no solo me di cuenta de que no bromeaba en lo absoluto, sino que yo no era tan inmune a él como quería presumir.

Era solo un beso, sí. Pero me sentía tan extasiada por aquel cosquilleo que me provocaba la calidez y dulzura de su roce, que parecía intentar dispensarme gradualmente algo que era apasionado e inmenso, que cuando llevó sus manos a mi rostro besándome con más profundidad, simplemente perdí la cabeza, como era de esperarse de una mujer con seis meses sin haber echado un polvo.

Era tal y como había sospechado. Sus besos eran delirantes, adictivos. No solo erizaban mi piel y me llenaban de calidez, me hacían sentir que no quería que acabaran nunca.

Por eso, ante la posibilidad de que aquello terminara, tomé la iniciativa y le di aquel beso de vuelta mientras enredaba mis brazos en su cuello. Muy mala idea la mía, por qué sí creía que los besos que me había dispensado hasta ese momento eran narcóticos, nunca me imaginé lo que pasaría cuando se lo tomara en serio y su lengua se uniera a la fiesta mientras me cargaba en su cintura.

Lo siguiente que supe de nosotros después de tantas actividades ilícitas que marcarían para siempre cada rincón de ese departamento, era que estábamos de regreso en la cama, completamente desnudos, con el cuerpo perlado de sudor y llenos de marcas de los besos y caricias frenéticas que nos dispensamos mutuamente.

Lo sentí recorrer mi piel con sus dedos y labios, poniendo en evidencia todos los conocimientos sobre el cuerpo humano que eran de esperarse de un apasionado profesor de biología, y volviendo a abordar mi boca con fiereza mientras se situaba sobre mí y acomodaba mis piernas tras su espalda, rozó mi intimidad con la suya haciéndome estremecer ante la expectativa de ello, a la vez que me preguntaba si estaba lista para lo que seguía, como si acaso no lo supiera.

Estaba tan agitada que no fui capaz de decir nada como respuesta, pero la forma en la que mordía mi labio inferior mientras mis dedos recorrían su virilidad lo decía todo.

Por supuesto que estaba lista. Lo había estado esperando todo ese tiempo.

Mi cuerpo estaba exigiendo mucho más de él, más de lo que mi boca me permitía pedirle. Quería sentirlo, sentirlo dentro mío, también quería recordar cómo se sentía en mi interior… ¡Y hubiera ocurrido si ese maldito timbre jamás hubiera sonado!

—Debiste convencerme de hacerlo allí mismo en vez de dejarme probar otras cosas. ¡Voy a matar a Chitose! No podía ser más inoportuna —repliqué mientras golpeaba el volante tratando de exteriorizar de alguna manera mi frustración por haber sido interrumpidos en el mejor momento. Giré mi cabeza en su dirección al escucharlo conteniendo la risa, y golpeé su hombro con todas mis fuerzas sacándole un quejido inconforme—. ¿Y tú de qué te ríes? También deberías estar molesto.

—Primero, si sigues golpeándome así terminaré en el hospital. Segundo, ya estoy acostumbrado a que me dejes con las ganas. Nada que no pueda resolver cuando llegue a casa, sobretodo ahora que tengo material de inspiración de sobra —reconoció sinceramente sin dejar de sostener su dolorido brazo, ni sonreír con malicia al notar como me azoraba ante la imagen mental que tal revelación me provocaba—. Y tercero, ya te lo dije, me parece fascinante todo lo que dices y haces. Es tu culpa por ser tan divertida e interesante.

Ladeó la cabeza inconscientemente de una forma adorable, como si esperara mi reacción a su comentario, y golpeé su hombro sano con aún más fuerza, para ocultar que mi rostro se había sonrojado.

No entendía cómo podía decirme esas cosas tan ligeramente, por qué salían tantas cosas bonitas de la boca que debería maldecirme y quejarse de haberse cruzado en el camino a una bipolar calenturienta que había puesto su vida de cabeza.

Tal pensamiento me amargó el alma, pues era la confirmación de aquello que tanto había temido. Si Touya decía que estaba enamorado de mí desde hacía tiempo, eso significaba que...

—No tienes que decirme eso. Solo me haces sentir peor —lamenté mientras cedía al llanto, incapaz de lidiar con la culpa de no haber respondido a sus esfuerzos de detener todo aquello mucho antes y peor aún, haber considerado siquiera seguir con aquello hace algunos minutos.

Lo sentí retirarme el cinturón de seguridad al verme tan afectada, y abrazándome a su pecho, acarició mi cabello un rato mientras yo intentaba calmarme.

Sabía que debía alejarlo, que debía oponer resistencia a que me ofreciera su consuelo porque su cercanía iba más allá de lo que ya me podía permitir, pero no era capaz de hacerlo. En serio necesitaba sentir su calor por última vez, en serio necesitaba… grabar en mi memoria esos momentos que pasé con él, porque dudaba ser capaz de vivir algo como eso nuevamente.

La dulzura de su roce poco a poco consiguió relajarme, y al final, solo quedaba un ligero gimoteo provocado por el espasmo involuntario que había quedado tras mi llanto.

—¿Dónde escuchaste esa canción? —pregunté más recompuesta, mientras elevaba la mirada hacía su rostro al escucharlo tararear una apacible melodía, y sonriéndome ampliamente me confirmó que era la canción que cantaría en el desfile—. Obvio que sé que es la canción que cantaré. Te estoy preguntando dónde la escuchaste. No recuerdo haberte hablado de ello.

—Bueno… eso es porque a veces, cuando voy a visitarte, te escucho practicar —reconoció mientras volvía a abrazarme a su pecho y apoyaba su mentón en mi cabeza—. Me quedo detrás de la puerta hasta que terminas, y solo te aviso que llegué cinco minutos después para que no te des cuenta. Me gusta mucho escucharte, creo que me gusta imaginar… que me cantas a mí.

Sabía que no me lo decía reprochándome nada de lo ocurrido, pero no pude evitar llorar mucho más dolorosamente.

Siempre había deseado que alguien me dijera algo como eso, que alguien sintiera por mi algo tan sublime como lo que él describía, pero el que fuera Touya y en aquellas circunstancias, me causaba un dolor tan grande que sentía que no podía respirar.

No pude contenerme más y lloré allí en sus brazos por un buen tiempo, lloré como siempre y a la vez como nunca lo había hecho. Lloré por tener que despedirme de aquello y por las lágrimas que se le escapaban a él y sentía caer en mi cuello, pero que se esforzaba por disimular haciendo comentarios acerca de que los vecinos pensarían que la rechazada había sido yo, o que porque llorara mucho y me volviera más fea no conseguiría que dejara de gustarle.

Agradecí los besos que de vez en cuando dejaba en mi frente y las veces que me susurró al oído que me quería mucho, haciéndome llorar mucho más y consolándome al mismo tiempo.

Creo que era su forma de dejarme claro que no me odiaba por no corresponderle, y que entendía que no se trataba solo de lo que él o yo sintiéramos al respecto. Porque aquello no era tan simple, aquello implicaba mucho más.

Me enderecé sabiendo que había sido suficiente, e intentando acabar con aquel ambiente tan lúgubre, bromeamos un rato acerca de todo lo que se nos vino a la mente en ese momento.

Le di un par de consejos sobre cómo lucir más sexy cuando se quitaba la ropa, y él me confesó que aunque era endemoniadamente erótico que tomara la iniciativa, también tenía su encanto que mostrara timidez de vez en cuando.

Supongo que él era la única persona que conocía ambas facetas de mí, que conocía mis más perturbadores secretos.

—Sabes Tomoyo —murmuró al fin sin que yo abandonara el lugar en su pecho—. Aunque ya no seamos amigos, sigo queriendo ayudarte a hacer el desfile. Quiero que te libres de los sentimientos por mi hermana y puedas seguir adelante y encontrar a tu princesa, o príncipe o lo que sea que estés buscando. Así que… déjame ayudarte aunque sea a la distancia. Prometo no tocarte ni hablarte a menos que no sea estrictamente necesario.

—De acuerdo, supongo que no hay problema con ello mientras no me acoses. Aunque solo por hoy… déjame seguir abrazada a ti un poco más —murmuré ligeramente adormilada mientras escuchaba el latido acompasado de su corazón, y sin poder evitarlo, presa de la mezcla de tristeza y cansancio que había resultado de haberme pasado los últimos días pensando en aquello, solo me quedé dormida en esa posición, mecida por el ligero vaivén de su pecho al respirar.


—¡Hiro, no! Ven aquí ahora.

A pesar de la exhortación de Sakura, el niño a quien seguíamos a través del patio de la escuela corrió hacia la malla que separaba la primaria de la preparatoria, y comenzó a trepar a través de ella para horror mío y de su nerviosa maestra.

Afortunadamente, a pesar de ser muy pequeño, tuvo la destreza suficiente para cruzar a salvo al otro lado, y una vez en el suelo, corrió en dirección al inmenso plantel frente a nosotras ignorando por completo nuestros llamados.

Hiro, el hijo mayor de Chiharu, había sido el único niño elegido para el desfile, pues, entre todos los atuendos femeninos, necesitábamos a alguien que llevara el traje de príncipe que le hice a Shaoran para la obra de la escuela de hacía quince años.

Todo parecía ir bien en la última toma de medidas, y todas las niñas participantes estaban muy emocionadas con la idea de desfilar en solo unos días, pero de repente y sin explicación alguna, Hiro comenzó a gritarle a una de ellas y luego, había emprendido la huida a pesar de nuestros intentos por hacerlo regresar.

No teníamos tiempo para algo como eso. Necesitábamos asegurarnos de que todo estuviera en orden con los vestidos ese día, para entonces concentrarnos en la preparación del evento, que al final habíamos decidido realizar en la mansión, pues, siendo el hogar dónde todos aquellos atuendos nacieron, lo justo era despedirme de ellos allí antes de realizarse el acto de venta definitiva.

Noté como, angustiada, Sakura se daba la vuelta para ir a la preparatoria a través de la puerta principal, y sabiendo que parte de su preocupación se debía a haber dejado solas a todas las demás niñas, la animé a volver con ellas mientras yo me encargaba de traer al pequeño niño.

Ella asintió no muy conforme, y una vez sola, solté un inmenso suspiro sin entender porque de todos los lugares, él tenía que entrar precisamente ahí.

Eran las tres de la tarde, así que las clases debían estar próximas a terminar. Mejor me daba prisa antes de tener que encontrarme con Touya en aquel lugar.

Mi corazón dió un vuelco ante aquel pensamiento, y no pude evitar llevar mi mano a mi pecho al sentir como mi corazón latía con fuerza ante tal posibilidad.

Con el objetivo de ya no frecuentarnos, él había propuesto dividir las tareas en dos, de manera que él se encargara de supervisar los trabajos en la mansión para montar y decorar la pasarela, y yo por mi parte había quedado a cargo de los últimos arreglos de los vestidos y los ensayos con las chicas.

Habíamos conseguido nuestro objetivo y como resultado, apenas lo había visto de lejos desde el día en que acordamos guardar distancias. Nos habíamos escrito y hablado escasamente esos días también, y solo para ponernos de acuerdo en cuanto a los pormenores del evento.

No podía negar que extrañaba nuestras charlas y me costaba horrores concentrarme cuando trabajaba en los vestidos yo sola.

Me hacía tanta falta su compañía.

Supongo que sin darme cuenta me había hecho dependiente de él, y el que al despertar al día siguiente me encontrara en mi cama con la evidencia de lo ocurrido rodeándome, no me ayudaba para nada a cumplir mi objetivo de no pensar más en ello.

Parecía que si bien Touya me había llevado de nueva cuenta a mi casa cuando me quedé dormida, a diferencia de la ocasión anterior no se había molestado en limpiar nuestro desastre. Tal vez era un tipo de venganza de su parte, un truco sucio para que no olvidara lo ocurrido como la última vez.

Solté un nuevo suspiro concluyendo que ya no debía pensar más en ello, y retirándome los zapatos uno por uno, los dejé sobre la hierba dispuesta a imitar al niño y usar aquel atajo para entrar a la preparatoria.

Eso lo haría más rápido y me ahorraría la tarea de tener que explicar a alguien por qué estaba allí.

Me di cuenta de que no sería tan sencillo como creía al trastabillar a media malla, si bien lo más sabio era que me bajara y lo hiciera a la antigua, por nada del mundo quería arriesgarme a qué Touya me viera.

Últimamente me sentía demasiado extraña cuando lo tenía cerca. Me faltaba el aire, me daban palpitaciones, me sudaban las manos… supongo que aun me sentía culpable por haberlo rechazado. Aunque por lo visto, aquello no le había afectado demasiado a él.

Cuando le conté a Chitose lo ocurrido (porque no tenía forma de explicarle como mi brassier había terminado en la heladera), ella me había dicho que no debía preocuparme, pues Fujitaka le había contado que Touya estaba bien, muy tranquilo en realidad.

¡Maldito insensible con corazón de piedra! ¿Ser rechazado por mí no merecía un luto de más de dos días?

Sabía que había mencionado una vez que cuando eras rechazado perdías las esperanzas y podías seguir adelante. Pero la idea de que me olvidara tan fácilmente no terminaba de agradarme. Es más, me ponía realmente furiosa.

—¡Qué haga lo que quiera, no me importa! Puedo conseguir alguien que lo sustituya con solo tronar los dedos.

En eso iba pensando cuando para mi alegría llegué a la cima de la verja, pero al intentar pasar mis piernas al otro lado para comenzar a descender y atrapar al escurridizo niño, mi cabello se quedó enredado en una sección de la estructura de metal.

Intenté tirar de él para que se soltara, pues estaba muy lejos de mi alcance para intentar desatarlo sin usar la fuerza, y cuando al fin conseguí romperlo, terminé perdiendo el equilibrio y cayendo del otro lado de la malla.

Cerré los ojos esperando el impacto, cuando sentí unos brazos rodeándome y escuché una voz preguntándome si me encontraba bien.

¡Ojalá me hubiera caído de verdad y mis tripas hubieran quedado dispersadas por todos lados!¿Por qué de tantos estudiantes y profesores tenía que atraparme precisamente él?

—¿No me escuchaste, Daidouji? Te pregunté si estabas bien.

—Estoy bien, y ya bájame de una vez —gruñí furiosa por que me llamara por mi apellido, sin poder disimular del todo el temblor en mi voz debido a la cercanía con su cuerpo (que ahora conocía demasiado bien para mi salud mental), mientras me cargaba en brazos.

Ordené mi ropa tan pronto él me obedeció y me puso en el suelo, volviendo a sentirme nerviosa al verlo pasar su mano por mi cabello, examinando el área donde se había producido la ruptura, que estaba más cerca de mi cráneo de lo que me hubiera gustado pensar.

Perfecto. Ahora tendría que visitar la peluquería. Otra cosa que agregar a mi lista de eventos desafortunados.

—¿Por qué cruzaste así la malla? ¿Alguna nueva casería?

—Jaja, muy gracioso, Kinomoto —respondí con sarcasmo mientras arrugaba el ceño de manera exagerada—. Para tu información, estoy buscando a uno de mis modelos. Se escapó del ensayo y se escabulló hasta aquí.

—¿Y por qué no me llamaste para que lo buscara? Soy tu ayudante. Se supone que debo encargarme de estas cosas.

—Pues ayúdame entonces. Dile a ese niño del demonio que a las chicas no se le grita, y que si no regresa enseguida dejaré que su madre lo castigue. Estoy harta de los hombres, no hacen más que dar problemas.

—¿Por qué le gritó a esa niña? —preguntó él ignorando mi rabieta.

—¿Qué voy yo a saber? Sakura dice que Hiro es un niño muy callado y tranquilo la mayor parte del tiempo, pero que por alguna razón, siempre se pone agresivo cuando se trata de esa niña. Tal vez son rivales o algo parecido. Ya te dije que no lo sé.

—¿Solo cuándo está cerca de ella?

Él pareció pensarlo un poco y después de perderse en el plantel un rato, regresó con el niño tomado de la mano mientras el pequeño sollozaba, no pude evitar correr hacia ellos aterrada, porque si bien lo había llamado niño del demonio, no era tampoco para que él lo maltratara.

Pobre pequeño inocente, fue mi culpa por mandar por él al troglodita.

—Lo siento mucho, señorita Daudoji. No quise que se arruinara su cabello.

—Tranquilo pequeño, volverá a crecer —aseguré mientras me ponía de cuclillas y lo abrazaba, aprovechando que no estaba viendo para amenazar a Touya, aunque el muy patán no parecía sentir el menor remordimiento por hacer llorar al niño—. ¿Qué te parece si me esperas allí un momento, Hiro? Voy a hablar un poco con el profesor Kinomoto, así que no te muevas de ahí.

El pequeño asintió sin mayores rabietas, y yo aproveché para girarme hacía Touya y lanzarle una mirada asesina mientras le preguntaba con qué derecho le pegaba a un ser tan lleno de candidez.

—No le puse un solo dedo encima. Solo hablé con él —respondió él entornando los ojos, posando su mirada con cariño en el niño solo unos segundos después, haciéndome recordar una de las tantas conversaciones que habíamos tenido en esos meses y en la que, después de insistir hasta el cansancio, me había confesado que se había hecho maestro debido a lo mucho que le gustaban los niños. Touya siempre había tenido un gran instinto paternal. Mientras más lo veía interactuar con sus estudiantes más me convencía de que sería un padre excelente.

«¡Qué demonios estás pensando! A ti que te importa que pueda ser o no un buen padre»

—Le dije que a las chicas no le gustaban los chicos que las trataban mal y que si quería llamar su atención, debía ser más amable con ella —explicó calmadamente ignorando la guerra que libraba conmigo misma en esos momentos, y no pude evitar dejar mis contradicciones a un lado para alternar mi mirada de él al niño llena de estupor.

—¿Quieres decir que…?

—A Hiro le gusta Shisuka. Así me dijo que se llamaba la niña. Es bastante obvio en realidad. Solo tiene nueve años.

—Pues no es tan obvio para Sakura, quien es la maestra de ambos —gruñí sintiéndome realmente molesta de que ella que los veía interactuar diariamente, no hubiera notado algo que Touya había percibido con solo hablarle una vez—. Eso siempre me ha enojado de ella. No podría ser más lerda en lo que se refiere a notar los sentimientos de los demás.

—Yo conozco a alguien exactamente igual. Ni te imaginas el trabajo que me costó confesarle mis sentimientos. —Sentí el impulso de pegarle un pisotón que lo mandara directamente a urgencias, pero el niño nos estaba viendo y no quería darle un mal ejemplo justo ahora que intentaba reformarse. Tal vez después—. Por cierto, Tomoyo. Creo que es la primera vez que me dices que algo no te gusta de Sakura, así que ese es un gran progreso, bien hecho. —Elevé la mirada solo para encontrarme frente a frente a su sonrisa, y tuve que dirigirla de nuevo al suelo, porque sentía que mi cara ardía como si me hubiera acercado demasiado al sol—. Por otro lado —continuó, totalmente ajeno a mis ganas de enterrarme bajo tierra para no seguir siendo encandilada por aquella curva en su boca, y al notar como las comisuras de sus labios se alzaban en un gesto de por más taimado, supe que pronto diría algo que me haría odiarlo más que a nada en el mundo—. Si bien algunos niños muestran sus sentimientos con palabras o acciones, algunos que les cuesta más comunicarse optan por exteriorizarlos molestando a quien le gusta. Ahora que lo pienso, tú me molestabas bastante. No estabas enamorada de mí, ¿o sí?

—¿D-de qué hablas? —balbuceé mientras retrocedía completamente avergonzada—. Yo soy una adulta perfectamente capaz de exteriorizar mis sentimientos, así que no intentes comparar mis acciones con las de un niño inmaduro que no sabe lidiar con sus emociones. Además, si a eso vamos… tú también me molestabas bastante. ¡Justo ahora me estás molestando!

—Pero tú a mí sí me gustas. De hecho, aún estoy de luto por tu rechazo. No tengo el corazón tan duro como afirmas.

Si el arrobo de una persona pudiera medirse, seguro yo hubiera superado cualquier límite conocido en ese preciso instante.

Obviamente él quería dejarme claro que había escuchado lo que murmuraba en su contra, y más allá de eso, que todas mis conclusiones al respecto estaban totalmente erradas.

Comencé a caminar a zancadas incapaz de seguir respirando el mismo aire que él, y tomando al niño de la mano, me dispuse a salir de la preparatoria mientras mi corazón seguía palpitando con todas sus fuerzas.

Volteé sólo por inercia, tal vez porque quería asegurarme de que ya se había marchado, pero ahí estaba, mirándome con aquella cara de niño enamorado que me revolvía el estómago y me hacía sentir terriblemente extraña.

Me sonrieron sus ojos y me tembló hasta el alma.

Diablos. No importaba cuántos días pasaran... aquella sensación era peor cada vez.


Hola de nuevo. Me atrasé un poquito con la publicación pero ya estoy de vuelta.

Después de una noche entretenida nuestra amatista se encuentra en un verdadero dilema, aunque como es natural en ella puso los sentimientos de otra persona en primer lugar.

¿Será esto suficiente? ¿Acaso es cierto eso de que sus sentimientos y lo de Touya no son iguales? ¿Qué será eso que ella siente cada que Touya le sonríe y le habla de sus sentimientos tan claramente? ¿Será que como dice Touya ella en realidad lo fastidia porque está enamorada de él?

Eso y más en el próximo capítulo que también narra ella.

Les aviso que en vez de diez la historia terminó teniendo doce capítulos, pues no podía resumir todo lo que va a pasar de cara al final en uno solo.

También aprovecho para decirles que hay varias escenas lemon en lo adelante, entre ellas los detalles de lo ocurrido esta noche así que quedan advertidos.

Un saludo especial para mi querida Kinbun y Didi quien se unió a la historia recientemente y está leyendo la versión traducida.

Mil gracias por el apoyo a ustedes y a todas las demás. Espero disfruten los tres capítulos que faltan.

Les envío un abrazo enorme.