Hola, hola mis queridos lectores.
Antes de dejarlos con el capítulo quiero disculparme por no haber actualizado la semana pasada como ya era una costumbre.
Ocurrieron algunos imprevistos y no se pudo realizar la edición a tiempo, pero ya estamos devuelta y si todo sale bien ya no habrán más retrasos.
También quiero aprovechar para avisarles que a partir de aquí habrá un lemon en cada capítulo así que estén listos XD.
Ya solo estamos a ley de dos capítulos para terminar así que espero me sigan acompañando hasta entonces.
Sin más que decir, los dejo para que lean.
Lo que sea, pero contigo
Capítulo 10:
El hombre al que amé, o el príncipe que jamás recogió el zapato
—¡Odio esto! ¡En verdad lo odio! —grité contra una almohada ante mi décimo octavo intento fallido de salir de aquel cuarto y encargarme del desfile, dejándome caer en la cama de espaldas ya harta de darle órdenes a mi cuerpo que ignoraba a cabalidad.
Solo faltaba media hora para iniciar el evento, muy poco tiempo para todo lo que aún me faltaba preparar, pero mi cuerpo insistía en no responderme y quedarse allí encerrado para no enfrentarme a la realidad de mis emociones.
Todo estaba bien hasta que llegó Touya. Sí, ese mensajero del averno era el culpable de que mis extremidades decidieran ignorarme.
Solo escuché su nombre, y yo, bueno, huí como la dama valiente y decidida que soy, a un lugar donde no pudiera mirarme.
¿Qué? Vive hoy y pelea mañana, eso dicen por ahí.
—Tomoyo, ¿estás bien?
—Sí, lo estoy. ¿Cómo van las chicas? ¿Alguna novedad? —indagué incorporándome mientras Sakura se escabullía lentamente a través de la puerta, con el espectacular vestido rosa que le confeccioné para usar en su banquete de bodas hacía poco más de un año.
De todos los colores existentes, el rosa era sin duda alguna el que le quedaba mejor, pero aunque en condiciones normales no dejaría de alabar a mi diosa y pensar qué nuevos diseños le elaboraría la próxima vez, ese día no tenía deseos de ni siquiera grabarla con mi cámara.
—No, todo va muy bien —aseguró intentando tranquilizarme—. Las maquillistas y estilistas están siguiendo al pie de la letra tus instrucciones. No hemos tenido problemas con los vestidos ni los demás accesorios, la decoración es simplemente exquisita… aunque el hecho de no haber visto a su diseñadora en más de una hora ha provocado un poco de nerviosismo.
Me sentí algo culpable de causarles tensión, pues si bien les prometí que estaría todo el tiempo con ellas para darles ánimo, me había recluido en mi antigua habitación diciendo sentirme enferma.
No era mentira eso de que no me sentía bien, pero lo mío era más bien un caso severo de hipofrenia.
—Iré a verlas en seguida. No quiero que se estresen por mi culpa —aseveré mientras intentaba incorporarme, sintiendo un ligero vértigo al levantarme demasiado aprisa de la cama.
—Tal vez deberías dejar que te revise Rika primero, Tomoyo. En serio no tienes buen color.
—Estoy bien Sakura, no te preocupes, solo necesito... descansar un poco más —aseguré un poco más recompuesta, caminando hasta el espejo de cuerpo entero que había en una esquina de aquella inmensa habitación, deslizando un cepillo a través de mi pelo para intentar ordenarlo después de haber estado tirada tanto tiempo en la cama, recordando solo entonces que prácticamente no había nada que ordenar.
Me lo había cortado todo. Bueno, casi todo.
Según la estilista, dado que el mechón que me había desprendido era demasiado visible para disimularlo, lo más recomendable era igualar todo lo demás y esperar a que creciera de nuevo de manera uniforme.
Así terminé con un corte Pixie que si no fuera por los diminutos zarcillos en mis oídos y el maquillaje casi imperceptible que traía, me haría ver exactamente como un varón.
Para colmo de males y después de haberle dicho a medio mundo que mi atuendo los dejaría sin aliento, había confeccionado ese estúpido traje de príncipe que traía puesto en esos momentos, todo porque quería jugarle una broma a Touya acerca de lo que había ocurrido en mi casa cuando estaba enfermo, y el resultado, aunque era justo el esperado, era simplemente aterrador.
Sí, parecía un chico, un príncipe de cuentos de hadas. Yo misma estaba sorprendida con el resultado, que sinceramente superaba lo que quería lograr cuando lo imaginé en mi mente… pero no me sentía cómoda, no me gustaba como me veía.
Esa no era la Tomoyo que conocía, no era la persona osada y segura de sí misma que quería proyectar, no era… la persona que a Touya le gustaba y miraba con aquella devoción.
Sentí a Sakura abrazarme por la espalda apoyando la cabeza en mi hombro, y acaricié su brazo, pensando en que era cierto lo que le había dicho a Touya de que mis sentimientos por él no se parecían en nada a lo que conocía como amor y sentía por ella.
Cuando pensaba en Sakura, en tenerla cerca, sentía una inmensa alegría. Todo mejoraba, todo se hacía más pacífico.
Estar con él era totalmente diferente, todo un vórtice de emociones más intensas cada vez. Era como subir a una montaña rusa y saber que posiblemente ibas a morir, pero querer hacerlo de todas formas.
Él... era un poco más asequible, más fácil de entender y tratar. Siempre fue más sencillo para mí hablarle de mis verdaderos sentimientos y hasta ser un poco malcriada y descuidada en su presencia. Siempre pensé que su compañía era la excusa perfecta para no pensar en ella, pero en el fondo, lo que no quería reconocer era que había partes de mí que solo existían cuando estaba con él.
¡Hasta mi gusto por el Yaoi era su culpa! Había descubierto que me gustaban esas cosas porque siempre me emocionaba pensar en qué eran lo que hacían él y Yukito en sus "sesiones de estudio", ¡y resultaba que sí se la pasaban estudiando!
Me sentía estafada. Había desperdiciado mis mejores fantasías eróticas en esos dos.
Menos mal que no había encontrado el cuaderno original dónde concentraba todos esos pensamientos, porque ahí sí que había de todo entre Yukito, él y hasta Yue.
Mierda, debía quemar esa libreta antes de que la encontrara o sería mi ruina.
Y aún así, a pesar de haberse hecho parte intrínseca de mi vida y motivar mi morbo desde mi adolescencia, el maldito no había ido a verme ni una sola vez.
Es decir, sé que me alteré bastante cuando me habló en la preparatoria y que aquello seguro lo había motivado a volver a tomar distancias, pero casi todas las chicas habían ido a mi cuarto para preguntarme cómo me encontraba, y sin embargo él… ni siquiera me había enviado un estúpido mensaje para saber si todavía estaba viva.
Ese idiota.
Sabía que yo era quien le había pedido que se alejara, y que él había prometido que no me hablaría a menos que no fuera estrictamente necesario, pero aquello era una emergencia.
Me estaba muriendo de amor, ¿de acuerdo? Eso era peor que cualquier enfermedad.
«¿Sigues diciendo eso, tonta? Lo que tienes se llama hipofrenia. Repite conmigo: Hi-po-fre-ni-a, sin acento, ¿de acuerdo? Hasta se escucha súper sofisticado. ¿Por qué te dejas llevar por lo que él dijo y dices que es otra cosa? El que te apasione fastidiarlo no significa nada»
«¿Y el que desees besarlo entre otras cosas? ¿Eso tampoco significa nada?»
«Cállate pequeño Touya o te devolveré a tu dueño»
Le ordené al muñeco que de hecho había dejado encerrado en mi departamento en primer lugar, y al darme cuenta de que de seguir allí terminaría perdiendo la poca cordura que me quedaba, decidí que ya era tiempo de acabar con aquello de una buena vez.
El sobresalto de Sakura al sentir como me giraba y caminaba a zancadas hacía la puerta fue mayúsculo, sin embargo, no queriendo perder la valentía reunida hasta ese instante, salí a través de ella y caminé por el pasillo hasta las escaleras, no llegando muy lejos porque empezaron a temblarme las piernas cuando iba a comenzar a descender a través de los peldaños.
«Te lo dije. Estás enamorada»
—No, no lo estoy. Seguro eso que siento es lo normal. Si hubiera pasado lo mismo con otra persona me sentiría igual.
—Tomoyo…
—¡¿Qué?! —gruñí mientras intentaba obligar a mis piernas a descender un nuevo paso, dejándome caer resignada en uno de los peldaños al darme cuenta de que sería completamente inútil.
Tal vez debía cambiarme. Si usaba una especie de sombrero ni siquiera se notaría mi corte.
—Tomoyo… —Volví a mirar en dirección a Sakura al sentirla tomar mi mano, y sentándose a mi lado en la escalera, me miró a los ojos con dulzura apartando un mechón de pelo que había caído sobre uno de mis ojos—. Sé que llorabas por algo cuando nos reunimos con Rika, Naoko y Chiharu. No dije nada porque pensé que tarde o temprano me lo contarías, pero han pasado casi tres semanas y no me dices nada. ¿Acaso no confías en mí?
—No, no es eso. Yo… solo… me siento confundida sobre algo.
—¿De qué se trata? —Escondí la mirada de ella quien seguía sosteniendo mis manos con cariño al sentir como temblaba, pero aunque agradecía su interés y sabía que podía contarle cualquier cosa, no sabía cómo explicar aquello y tratándose de su hermano no quería ahondar en detalles.
La vi mirar su teléfono fugazmente al recibir una notificación, y supe por la manera en que esbozó una leve sonrisa al contestar, que debía tratarse de su esposo anunciándole que estaba de camino.
Aún me sorprendía la manera en como ambos parecían tan enamorados a pesar de todo el tiempo que llevaban siendo pareja. Parecía que si alguien sabía lo que era sentir amor por alguien, esos eran esos dos.
—Sakura… ¿Qué sientes cuando besas a Shaoran? —indagué para su sorpresa mientras ella volvía el teléfono a su diminuto bolso, y si bien lucía realmente sorprendida por mi pregunta, pareció entender que más que interesarme sus experiencias personales, intentaba encontrar un punto de comparación para aquello que estaba sintiendo y que me tenía tan abrumada.
—Creo que no es algo que pueda explicarse sólo con palabras. Pero básicamente es una sensación muy agradable que no te cansas de repetir.
—Creo que sé de lo que hablas —reconocí en un suspiro mientras recordaba todas las sensaciones que experimenté con ese beso de Touya, que terminó convirtiéndose en otra cosa. En muchas otras cosas—. Supongo que eso es lo que sientes naturalmente cuando besas a una persona. Tal vez me causó una impresión tan grande porque nunca lo había hecho con nadie más.
—No creo que se trate solo de besar a una persona, si no "a la persona" —señaló ella con una seriedad que escasamente solía mostrar—. No sé cómo explicarlo… no creo que se sienta igual si no es con la persona indicada. Aunque nunca he besado a nadie que no sea Shaoran, así que no soy la persona más indicada para hablarte de esto. Lo siento mucho. Ojalá pudiera ayudarte más.
—Tranquila. Agradezco la intención —reconocí con una sonrisa, soltando un hondo suspiro al mismo tiempo que ella, quien parecía realmente decepcionada por no poder ayudarme.
Sakura siempre había sido una persona muy generosa. Se parecía mucho a Touya en eso de siempre querer ayudar a los demás.
Cuando era pequeña ella era mi ídolo, una especie de heroína valiente y altruista, que hacía el mundo mejor con su alegría y su maravilloso mantra lleno de positividad, y ahora que lo pensaba, mis sentimientos por ella eran eso, la admiración desmedida por alguien que me parecía todo lo bueno que había en el mundo, pero a quien jamás me atreví siquiera a considerar la posibilidad de alcanzar.
Pensándolo objetivamente, no era exagerado afirmar que sentía algún tipo de obsesión por ella. De hecho, en algún momento de mi cándida niñez, en los albores de mis sentimientos por Sakura, había llegado al punto de sonrojarme cuando veía a Touya por el simple hecho de que sus orejas fueran similares, y ahora que lo pensaba, esa era la misma razón por la que ya adulta había aceptado su ofrecimiento de apoyarme a lo largo de la pérdida de mi madre.
Se parecían mucho, eran prácticamente iguales. Se parecían tanto, que tal vez…
La miré fijamente y se me ocurrió la más maravillosa y bizarra idea del universo.
—¡Sí puedes ayudarme! ¡Puedes ayudarme más que nadie en el mundo!
—Eso es maravilloso, Tomoyo. ¿Qué es lo que tengo que hacer?
—No tienes que hacer nada, Sakura —aseguré mientras tomaba sus manos con firmeza, sintiéndome llena de esperanza—. Solo… permíteme comprobarlo una sola vez. Sé que puede ser engorroso para ti porque estás casada y eso, pero… yo le explicaré todo a Shaoran, seguro él entenderá. Y si te sientes incómoda después de que ocurra… tienes derecho a dejar de hablarme el tiempo que quieras.
Sakura continuó mirándome en silencio totalmente anonadada, como si aquella idea le pareciera más absurda cada vez, y respirando profundo al concluir que era pedir demasiado, intenté ponerme de pie, dispuesta a volver a esa habitación a hundirme en mi miseria.
—E-está bien. Te doy mi permiso —balbuceó en voz baja tiñéndose de carmín mientras apretaba mis manos en cambio—. Todo sea para que resuelvas tus dudas y te sientas mejor.
—¡Te lo agradezco mucho! Eres la mejor amiga del mundo —exclamé con alborozo mientras la estrechaba entre mis brazos, y dejándole apenas un par de segundos para que pudiera reaccionar, la tomé de los hombros tal y cómo Touya había hecho conmigo ese día, y uní mis labios a los de ella mientras la escuchaba dar una honda inhalación.
Fueron un par de segundos de contacto, con la persona a quien había amado casi toda la vida… pero no vi estrellas, constelaciones ni nada por el estilo. No hubo descarga liberadora ni mucho menos me sentí mejor. Era todo lo contrario, ¡aquella era mi ruina!
—¡Tienes razón! No se siente igual —lamenté mientras escondía mi cara entre mis manos, levantando la vista al notar que a pesar de haber pasado un par de segundos, Sakura no decía ni hacía absolutamente nada.
Decir que estaba perpleja era poco. Literalmente parecía un dibujo en la pared.
—Sakura… por qué estás…
—¡¿Hoeeee?! ¿Q-qué…? ¿C-cómo? ¿Por qué…? ¡¿No ibas a hacerlo con Shaoran?! —comenzó a indagar atropelladamente como si mi voz hubiera presionado algún tipo de botón que la sacara de su ensimismamiento, cayendo en cuenta entonces en que su silencio se debía a qué una vez más había malinterpretado todo.
Lo había olvidado, estaba hablando con la reina de las despistadas.
—¿Por qué besaría a Shaoran, Sakura? Es tu esposo. Eso sería raro.
—¡También es raro que me beses a mí que soy tu mejor amiga! ¡Somos casi hermanas, Tomoyo! Entendería si me hubieras pedido hacerlo con Shaoran, pero conmigo… es que… yo… nosotras…
—Me has gustado durante mucho tiempo, Sakura. De hecho… parece que tengo algún tipo de obsesión con los Kinomoto —reconocí en un suspiro, sabiendo que a esas alturas no podía seguir afirmando no tener interés en su hermano—. Pensé que como ya me atraías desde hace tiempo, besarte sería incluso mejor que besar a Touya, pero… ¡no sentí nada! Fue como besar a una insulsa piedra. —Aquello pareció herir su orgullo, pues su rostro se tornó totalmente sombrío, recordándome vagamente a la expresión de Touya cuando le dije que dormir con él no había significado nada para mí. Debía dejar de decir cosas tan desconsideradas cuando me sentía frustrada. Tal vez sí me parecía un poco a Hiro en eso de no saber exteriorizar mis emociones—. Perdóname por ocultártelo durante tanto tiempo, sé que debí decírtelo mucho antes.
—¡Claro que debiste decírmelo antes! ¡¿En qué demonios estabas pensando ocultándome un secreto como ese?! —La vi ponerse de pie volviendo al estado de exaltación y furia que la llevó a visitar mi casa antes de que pasara todo aquello con Touya, y si bien pensé que sacaría su llave de los sueños y me borraría del mapa, la sentí abrazarme de nuevo mientras su voz se escuchaba llena de culpa y congoja—. Lo siento, Tomoyo. Lo siento tanto. He sido muy desconsiderada contigo. Debí notar cómo te sentías hace mucho tiempo. Yo… jamás quise herirte.
—Descuida, ya pasó. No tienes que preocuparte por eso —reconocí sinceramente, porque a esas alturas, pensar en todo aquello no me producía más que una leve melancolía.
Era obvio que lo que sentía por ella había menguado hasta prácticamente desaparecer, y sin embargo, cuando me abrazaba experimentaba la misma calidez que antes.
Tal vez Touya tenía razón, y lo que sentía por Sakura era algo distinto a lo que había creído durante toda mi vida.
Tal vez el amor era algo más confuso, más intenso. Tal vez el amor… era algo más parecido a lo que sentía por él.
Aunque por otro lado…
—¿Por qué no estás sorprendida? Acabo de decirte que me besé con tu hermano —pregunté a Sakura quien seguía allí fresca como una lechuga, notando entonces como suspiraba profundo mientras tomaba mis manos de regreso y me miraba a los ojos.
—¿Recuerdas la camisa que había sobre tu sofá hace dos semanas cuando fui a tu casa? Yo sé la regalé a mi hermano en su último cumpleaños. No dije nada hasta ahora porque no quería incomodarlos, pero ya tengo edad suficiente para entender a qué se debía tanto desorden en tu departamento —reconoció ella mientras se encogía de hombros, haciendo que me sonrojara ante la sonrisa que me dedicó pues, aunque hasta ese momento no había pasado nada entre nosotros, después de eso sí que pasó de todo y un poco más—. Descuida, no me parece algo malo. Siempre he respetado las decisiones de mi hermano, y creo que tú no harías nada sin antes meditarlo incontable número de veces. Claro que me preocupa un poco Yuki… pero no soy nadie para juzgarlos, ni pretendo condenar lo que hacen o sienten. Ese no es mi derecho. Mientras sea lo que ustedes quieren y los hace felices, por mí está bien.
—Pero yo si me siento así. Yo… yo no sé si esto es lo mejor para nosotros.
—¿Por qué no? —preguntó Sakura desconcertada al notar como mis ojos se cristalizaban mientras bajaba la mirada—. Si te sentiste diferente con mi hermano, es porque lo quieres de verdad, ¿no es cierto? Entonces… ¿por qué pareces tan triste por ello? ¿Acaso mi hermano no siente lo mismo por ti?
Aquella pregunta trajo a mi cabeza todos aquellos recuerdos que había intentado ignorar esas semanas, los verdaderos recuerdos de lo ocurrido entre nosotros esa noche.
Tras superar la sorpresa inicial que le provocó el que tomara la iniciativa en besarlo, volvió a abordar mis labios con aquella pasión frenética que me derritió entre sus brazos, abrazándome con fuerza mientras me cargaba en su cintura y me colocaba en el alféizar de la ventana más cercana, donde el frío nocturno y el éxtasis de pensar que estábamos haciendo algo como eso en un lugar donde cualquiera podría vernos, llenó mi cuerpo de extraños escalofríos.
Se colocó entre mis piernas, haciendo que todo mi cuerpo se erizara a la vez que besaba la piel que dejaba al descubierto mientras retiraba los pocos botones que quedaban en mi blusa y me despojaba de ella, y temblé en mi sitio al sentir las yemas de sus cálidos dedos recorrer cada centímetro de mi piel desnuda con maestría y devoción.
El siguiente beso que me dió fue aún más intenso que los que me había dispensado hasta ese instante, y pronto, su lengua había dominado mi boca con una intensidad tal, que me dió una buena idea del grado de excitación y deseo que sentía por mí en esos instantes.
Yo también estaba excitada, lo sabía por la calidez que había en todo mi cuerpo y aquel cosquilleo entre mis piernas mientras me acariciaba con sus manos, que ardían como el fuego.
Sus ojos conectaron con los míos mientras estudiaba las curvas de mi cuerpo, y después de quitarse la camiseta dejando al descubierto aquel torso desnudo que me recordó mis observaciones en la bañera, me tomó de la cintura, volvió a abordar mi boca de aquella forma tan apasionada y meticulosa que parecía ser parte de él, y que otra vez me dejó sin aliento.
Era increíble. Aunque seguíamos relativamente vestidos, sentía que el calor que emanaba de su cuerpo me quemaba, y el constante roce de su entrepierna contra la mía me provocaba un cosquilleo tal, que la ropa comenzaba a estorbarme.
Touya por su parte no hablaba ni hacía sonido alguno, aunque tampoco era necesario para que pudiera entender que su deseo de mí había tomado el completo control de su cuerpo, y el simple hecho de besarme le estaba resultando insuficiente.
Nos sostuvimos la mirada al separarnos para recuperar el aliento, y noté como la tonalidad de sus ojos había cambiado, mientras las comisuras de sus labios tiraban un poco hacía arriba y su pecho, ahora descubierto, bajaba y subía al compás de su agitada respiración.
Su cabello estaba totalmente desordenado, como seguro estaba el mío después de enredar nuestros dedos tanto entre ellos, y a pesar de todo, a pesar de que jamás lo había visto tan desaliñado, Touya nunca me había parecido tan guapo e irresistible, y yo jamás había querido arrancarle tanto la ropa a alguien como en esos instantes.
Me aterré ante aquel pensamiento y me pregunté cómo demonios habíamos terminado de aquella manera si se suponía que solo nos daríamos un estúpido beso.
Sabía que no era buena idea poner juntos a dos personas carentes de regulación sexual.
—Acabo de recordar que dejé algo en la estufa. Mejor lo apago antes de que se incendie la casa —mentí con la voz entrecortada, asustada por todo lo que estaba sintiendo en esos momentos, y aunque conseguí descender del alféizar y caminar hasta la puerta, fue completamente inútil intentar escapar a través de ella.
Touya, totalmente fuera de sí, me detuvo halándome del brazo y me acorraló entre su cuerpo y la pared, mientras rodeaba mi cintura con una de sus manos y con la otra sostenía mis muñecas sobre mi cabeza para que no las usara para separarnos, y si bien quise decir algo para hacerlo entrar en razón y que se detuviera, no me dió tregua alguna para que lo hiciera antes de volver a abordar mis labios mientras adhería mi cuerpo al suyo, intentando volver a mantenerse lo más cerca posible de mí.
Sentí su lengua cálida y sedosa internarse entre mis labios mientras, soltando mi cintura, su otra mano se acunaba en mi nuca acercando nuestras bocas lo máximo posible, intentando abarcar con ello cada espacio de mi paladar, y cuando me tuvo totalmente dominada y sin fuerzas para resistirme, con una excitación tal que las piernas me temblaban, me cargó en su cintura nueva vez como si mi cuerpo fuera tan ligero como una pluma, haciéndome caer en la cama con suavidad sin dejar de abordar mi boca con desenfreno, mientras yo, completamente obnubilada con tantas sensaciones juntas que hacían explotar cada uno de mis sentidos, solo podía quedarme allí, receptiva, dejando que devorara mi boca como si siempre le hubiera pertenecido.
Hinchados, humedecidos y sedientos, sus labios comenzaron el camino en descenso desde mi cuello hasta más allá de mi ombligo, sin olvidarse de dar un trato especial a mis pechos, a quienes, deslizando los tiros de mi brassier a través de mis hombros, abordó lentamente, alternando sus caricias a uno y al otro esporádicamente, besando, succionando, acariciándolos o hasta dejando una que otra mordidita amistosa según la respuesta que le fuera dando a ello, respuesta que consistía en gritos, jadeos, gemidos, suspiros… me sentí a punto de enloquecer cuando en respuesta a mis sonidos indecorosos, comenzó a abordarlos con ferocidad, sin pudor alguno.
Él no mostraba intención alguna de detenerse, de hecho, una parte de mí apenas reconocía al hombre que de rodillas en la cama, inclinado hacía mí, activaba cada una de mis zonas erógenas con sus dedos y labios.
Aquella locura, el que en esos momentos no pareciera ser consciente de otra cosa que no fuera hacerme estremecer de deseo, debía reconocerlo, me resultaba fascinante.
¡¿Solo fascinante?! Esa palabra ni se asomaba a describirlo. Apenas podía controlar el impulso de llevar mis manos a su espalda, deslizarlas a través de la profunda marca de su columna, deleitarme en la ligera hendidura que tenía a ambos lados de su cintura y sostener ese perfecto trasero que no había salido de mi cabeza desde el día en que intentó desnudarse en mi presencia, todo eso mientras lo besaba, mordía, arañaba y cualquier otra cosa que se me ocurriera en el trayecto.
Sus manos recorrieron mis piernas lentamente, colándose bajo mi falda, erizando cada espacio de mi cuerpo en el proceso, provocando que cada intento mío por hablarle se convirtiera en una sinfonía de jadeos y gemidos cada vez más desinhibidos, y al sentir sus dedos rozar el borde de mi ropa interior con la clara intención de deshacerse de ella, comprendí que si no hacía un intento más por parar aquello en esos instantes, las cosas terminarían muy mal entre nosotros.
—Detente… yo… para, por favor.
—¿Qué ocurre? ¿Yo… estoy yendo demasiado rápido? —indagó como si acabara de despertar de algún tipo de trance, mientras se incorporaba visiblemente preocupado, y si bien una parte de mí quería explicarle aquello con claridad, mi respiración era tan errática que apenas podía articular palabra alguna.
Tomé una bocanada de aire para normalizar mi respiración al notar que mi incapacidad de explicarme comenzaba a angustiarlo, y aceptando su ayuda para incorporarme y tomar asiento sobre el lecho, escondí de él la mirada, incapaz de lidiar con todas las sensaciones que experimentaba en esos instantes.
Todo eso, lo que estaba ocurriendo… me había pasado la vida huyendo de ese tipo de situaciones, y sin embargo, era como si mi cuerpo me ignorara al estar cerca de él.
Me asustaba toda esa atracción, me aterraba no ser capaz de resistirme a él con tanta intensidad. Me aterraba… que si seguía permitiendo lo que estaba ocurriendo, ya no pudiera poner a raya aquello que se hallaba bullendo en mi interior.
—Lo siento —murmuró al notar que por más que lo intentaba no era capaz de articular palabra alguna—. No es que quiera presionarte con esto, es solo… mierda. ¡Sabía que no debía besarte! Realmente es difícil mantener el control cuando estoy cerca de ti.
Me sonrojé de inmediato al escuchar su confección.
Supongo que me abrumaba la idea de producir ese grado de desenfreno en un hombre tan escrupuloso como él.
Incapaz de lidiar más con su mirada, me metí debajo de las sábanas que cubrían mi cama y me hice un ovillo cual niña que trata de ocultarse de alguna clase de monstruo.
Yo no era una niña en lo absoluto, y Touya era todo menos alguien a quien temer, pero yo sí era peligrosa. Ese monstruo lujurioso y lascivo dentro de mí que seguía luchando tenazmente por salir, mandar todo al cuerno y lanzarme a sus brazos completamente desnuda, ese si que era una verdadera amenaza para ambos.
—No es que me incomode lo que está pasando, Touya. Yo… el problema… es justo que me gusta demasiado, yo… siento que si sigues así me harás perder la razón —reconocí al fin ahora que no podía verlo, escuchando como soltaba una leve risita divertida, justo antes de colarse bajo mi improvisado refugio y recostarse a mi lado.
Su cuerpo se acopló al mío como si mi estatura fuera perfecta para situarme en el hueco que produjo la curva del suyo, y colocando sus manos alrededor de mi cintura para mantener la cercanía mientras me abrazaba por la espalda, depositó un pequeño y casto beso en la coronilla de mi cabeza totalmente despeinada.
Se quedó así, abrazado a mí en silencio, mientras me embriagaba el aroma que desprendía su piel y que siempre conseguía relajarme.
Su cuerpo era enorme comparado con el mío. Yo… parecía una diminuta muñeca de porcelana al abrigo de sus fuertes brazos.
Cerré los ojos, dejándome llevar por esa sensación tan agradable que solo me producía su cercanía, y después de varios segundos de completa paz y armonía, de un sosiego tal que casi me hizo caer en los brazos de Morfeo, lo sentí dejar pequeños besos en toda la piel de mi cuello y hombros, descendiendo a través del hueco de mi espalda, acariciando en ascenso el sendero a través de mi vientre, mordisqueando mi oído, acariciando mis senos, usando su mano para llevar mi rostro en su dirección sin romper nuestras posiciones, besándome con anhelo, con pasión, con desenfreno, haciendo que yo gimiera y me arqueara en respuesta, adhiriendo mi cadera a la suya mientras él gruñía contra mis labios y me apretaba más a él, sintiendo perfectamente el firme bulto que se rozaba contra mis glúteos y cuya presencia hizo que la temperatura de mi cuerpo comenzara a aumentar ante la deliciosa presión que aquello suponía, mientras quería, yo quería…
Lo sentí girarme hacía él al darse cuenta de que había cedido al llanto, y me refugió en su pecho al verme tan abrumada por lo lejos que aquel simple roce suyo elevaba mis pensamientos. No es que no supiera lo que me pasaba, lo sabía con seguridad… pero era demasiado doloroso el simple hecho de pensarlo, yo… me sentía aterrada con todo lo que aquello implicaba.
—Tomoyo, yo…
—Sabes que mis razones para hacer esto son diferentes a las tuyas, y aún así, estás echando todo a la basura para estar unas cuantas horas conmigo. ¿Te das cuenta de lo absurdo que es eso? Yo… yo ni siquiera puedo darte una respuesta a tus sentimientos —repliqué ahogada en llanto, sintiendo como él acariciaba mi cabello con cariño como hacía cada vez que me sentía desolada.
Su roce era tan cálido y relajante… no tenía idea de cuando me había hecho dependiente de él para volver a la normalidad, pero perder todo aquello por haber sucumbido a mis deseos no estaba a discusión.
—No te estoy pidiendo una respuesta, Tomoyo. No la necesito. Soy un adulto y puedo entender la diferencia entre amor y deseo. Así que, está bien si solo permites esto porque tu cuerpo lo necesita. Prometo no ilusionarme por ello y aceptar de buena gana lo que sea que decidas al final —repuso con voz sedosa y grave, sonriéndome con cariño mientras limpiaba los rastros salados de mis mejillas con los dedos, mirándome con tal fascinación, que parecía estar completamente encantado con la parte de mí que estaba abrumada por la intensidad de sus muestras de afecto, y la reacción de mi cuerpo a ellas.
—¿Y entonces por qué lo haces? Si no te interesa que te corresponda, ¿por qué estás llegando tan lejos?
—Bueno, pensaba que ya lo sabías, pero a los hombres solo nos interesa…
—¡No estoy hablando de eso! Esa cosa en tu pantalón me dice claramente que es lo que quieres —grité de forma histérica, escuchándolo burlarse de que siendo yo la que siempre estaba haciéndole chistes guarros, ahora me sonrojara porque él los usara conmigo—. Te estoy preguntando por qué aunque intento pararte sigues con esto, por qué ahora tú…
—Porque me duele escucharte decir que nunca encontrarás a alguien que te ame de verdad cuando yo… apenas puedo controlar esto que me haces sentir —reconoció mientras colocaba un mechón de cabello detrás de mi oreja, provocando que me estremeciera ante su contacto mientras bajaba la mirada, pues para ese momento todo mi cuerpo estaba demasiado sensible debido a todo los besos y caricias que había recibido de él.
Acababa de descubrir que sentir sus ojos sobre mí era la diferencia entre adorarlo y temerle. Sus ojos, esos luceros marrones llenos de devoción y anhelo me transmitían tantas cosas… que no podía evitar sentirme sobrecogida al verlos conectar con los míos.
—Pero Touya, es que Yukito…
—¿No es agotador? Quiero decir, ser siempre la que se sacrifique por los demás. —Me interrumpió para mi sorpresa, acariciando mi mejilla con sus dedos al notar mi desconcierto ante su cuestión—. Te he observado por muchos años y sé que si te reprimes y guardas silencio es porque sientes que de esa manera puedes conservar la felicidad de los demás. Pero, ¿qué hay de la tuya?¿No sientes a veces que cargar con la felicidad de otros es agotador?
Escuchar aquellas preguntas provenir de sus labios me dejó tan perpleja, que apenas pude reaccionar mientras lo sentía depositar sus labios sobre los míos de una manera apacible y pausada, alejándose unos segundos después para observarme, mientras yo escondía mi mirada nuevamente de él.
Posó sus labios sobre los míos de nuevo, aferrando sus brazos alrededor de mi cuerpo, provocando que tras resistirme al principio, comenzáramos a intercambiar besos y caricias apacibles que terminaron volviéndose cada vez más apasionadas y frenéticas.
Sabía que lo mejor era detenernos, que debía parar aquello antes de que uno de los dos saliera lastimado, pero cada vez que el sabor de sus labios llenaba mi paladar… perdía por completo las fuerzas para resistirme.
Él tenía razón, era agotador.
Estaba cansada de que la felicidad se me escurriera entre los dedos porque no era capaz de lanzarme al vacío, porque en el fondo… me abrumaba la idea de ser feliz a costa de alguien más.
Sí, estaba cansada… de esconder mis sentimientos para no hacerle daño a otros, de reprimir mis impulsos porque me aterraba lo que pudiera pasar. Solo quería tomar un respiro, solo quería… dejar de cargar con la felicidad de otros por esa noche y saber lo que se sentía ser amada de verdad.
Acarició mi cabeza al sentirme sollozar mientras colocaba mi rostro contra su pecho, empapando su piel desnuda con mis lágrimas, y tomando mi rostro con sus manos para que lo mirara, me regaló una pequeña sonrisa, como si me agradeciera en silencio el esfuerzo que estaba haciendo en esos momentos por procurar su bienestar aún a costa de mis deseos.
Sus labios se posaron sobre los míos dulcemente por solo un par de segundos, y mientras acariciaba mi mejilla y me miraba a los ojos tras separarse de mí, me pregunté cómo era posible que una persona pudiera transmitirme tanta paz y desasosiego a la vez.
Me besó de nuevo, y esta vez me hice partícipe de ello cerrando los ojos mientras colocaba una de mis manos sobre la que tenía posada en mi rostro, y ya para cuando nos besamos otra vez, todo nuestro cuerpo vibraba, como si nos pidiera a gritos que dejáramos de contenernos, como sí, en el silencio, nos diéramos permiso uno al otro para dar rienda suelta a lo que estábamos sintiendo en esos instantes.
Diez, veinte, cincuenta… No sé con exactitud cuántas veces nos besamos, o si quedó alguna parte de nuestros cuerpos que el otro no acariciara en aquel momento de locura y frenesí, pero siempre que uno intentaba detenerse, el otro se negaba a ceder e iniciaba una nueva ronda de besos cada vez más apasionados.
Antes de darme cuenta, había enredado mis brazos en su cuello, buscando reducir aún más la distancia entre nosotros como respuesta a que usara su peso para invertir posiciones y hacerme caer nueva vez en la cama, y entonces, después de sostenerme la mirada unos segundos, lo sentí depositar pequeños besos en toda la línea que descendía desde mi lóbulo a mi clavícula muy lentamente y yo hice otro poco acariciando su espalda con mis manos, sintiendo como sus músculos se tensaban y su piel se erizaba ante mi contacto, mientras yo me deleitaba en lo amplia y fibrosa que era esa parte de su cuerpo que junto a esos casi dos metros de altura le hacía ver tan imponente.
Aquellas tímidas pero constantes caricias, le dejaron claro que ya no planeaba resistirme, y aceptando mi muda respuesta afirmativa, siguió dibujando un camino de besos a través de mi vientre, haciéndome gemir de sorpresa al sentirlo ascender muy cerca de mi intimidad en el recorrido con sus dedos.
Cambió de trayectoria hacia mi cadera y usó una de sus manos para elevar mi cintura, tomando con la otra el borde de mi ropa interior, haciendo descender a través de mis piernas lo único que separaba mi intimidad de sus caricias.
Volvió a besar mis labios, acariciando con la yema de los dedos toda el área alrededor de mi centro, como si tanteara el terreno antes de seguir, y pareció entender el mensaje que transmitía el movimiento ansioso de mis piernas pues, abandonando mi boca luego de torturarme lo suficiente, se arrodilló frente a mí, tomó una de mis piernas con sus manos, arqueándola, y al sentirlo iniciar un camino de besos desde la parte interior de mi tobillo y en ascenso, lo miré con intensidad como si quisiera saber si lo que pretendía era justo lo que yo estaba pensando.
Lo vi esbozar aquella sonrisa ladina tan característica de él, mientras comenzaba a besar el interior de mis muslos haciendo que todo mi cuerpo se erizara, y supe que muy a su manera, deseaba devolverme el favor del que tanto habíamos hablado y bromeado en esos últimos meses.
Solo atiné a contener el aliento mientras él depositaba pequeños besos en mi intimidad, mientras hacía ascender mi falda para que no le estorbara, y si bien al principio me dio algo de pena sentirlo allí en aquel lugar, la idea de estar cruzando algún tipo de límite hacía de aquellas sensaciones aún más intensas de lo que esperé.
Sentí sus dedos gruesos y tibios situarse justo allí, separando los pliegues que recubrían aquel botón de placer, mientras acomodaba mis piernas a ambos lados de él para permitirse un mejor acceso, y cuando sus labios hicieron lo suyo repartiendo besos y caricias aquí y allá mientras su lengua viajaba a placer en su superficie, en movimientos circulares que me arrancaron más que un par de gemidos, supe que aquello que hacía tan diestramente no haría más que aumentar de intensidad.
Cerré los ojos mientras inclinaba mi cabeza hacía atrás tratando de recuperar el aliento, y avergonzada por mis propios sonidos cada vez más desinhibidos, llevé una de mis manos a mi boca procurando no producir sonido alguno a partir de ese instante, pero era simplemente imposible no reaccionar ante algo tan intenso y maravilloso.
Era obvio que sabía bien cómo respondía mi cuerpo, tanto como si hubiera estudiado años sobre cómo estimularme.
Pensé en que aquello era imposible considerando que solo habíamos estado juntos una sola vez, y comprendí que no se trataba de la cantidad de veces que lo hubiera hecho, sino de lo atento que estaba a mis reacciones y su disposición a complacerme.
Mis piernas empezaron a temblar de manera incontrolable como reflejo de lo abrumada que me hacía sentir el que cumpliera una de mis fantasías, y totalmente derrotada por todo el éxtasis que sentía mi cuerpo en esos instantes y que tenía completamente nublada mi razón, enredé mis dedos en su cabello mientras aquellas sensaciones me engullían por completo al tiempo que le imploraba que no se detuviera.
Era una sensación aplastante. Una dulce agonía que me hacía sentir al borde de la muerte y a la vez en el más maravilloso de los paraísos.
Sabía que también quería unirse, que deseaba hacerse parte de mí, y para ser sincera no me hubiera importado que cambiara lo que hacía por aquello que seguro se sentiría mil veces mejor.
El simple pensamiento de ello, de que dejara de hacer aquello, se desnudara también y me embistiera con todas sus fuerzas, hizo que todo mi ser explotara.
Grité su nombre en voz alta mientras un intenso escalofrío entumecía todo mi cuerpo, al mismo tiempo que una descarga eléctrica recorría mi piel erizándome entera, demostrándome que tal y cómo confirmaban los pocos recuerdos que conservaba de nuestra primera noche juntos, jamás había necesitado del coito propiamente dicho para hacerme sentir en el cielo.
Había sido maravilloso, sublime.
Sentía el latir estrepitoso de mi corazón en mis oídos, mi cuerpo temblaba, y esas cosquillas… esas deliciosas cosquillas que me hacían sentir satisfecha y terriblemente hambrienta a la vez no dejaban de torturarme.
Sí, sabía que acababa de tener un orgasmo grandioso y sí, sabía que lo lógico era disfrutar de aquellas sensaciones hasta que me recuperara por completo, pero yo quería más. Necesitaba más. Lo necesitaba solamente a él.
Lo sentí intentar alejarse con el objetivo de darme espacio para recuperar el aliento, pero incorporandome antes de que lo consiguiera, tomé su rostro entre mis manos y atrayéndolo a mí, abordé su boca de la forma hambrienta y apasionada que me había enseñado después de tantos besos, sintiendo como tras superar la sorpresa inicial, me envolvía entre sus brazos, apretándome contra su cuerpo mientras me sentaba a horcajadas sobre él y me besaba con la misma pasión frenética y deseo contenido que yo lo hacía, a la vez que nuestros cuerpos se rozaban uno al otro con frenesí, haciendo que ambos comenzáramos a sentir que nos moríamos de deseo uno por el otro.
Era demasiado… definitivamente no podía esperar más, en serio necesitaba sentirlo en mi interior justo en ese instante.
—Termina de quitarte el pantalón. Es muy incómodo hacerlo por mi misma en esta posición.
—Con que no vamos a andarnos con rodeos, señorita.
—¿Quieres o no? —le pregunté tratando de recuperar el aliento mientras sentía como mi centro palpitaba de puro deseo, y después de esbozar una sonrisa ladina que me pareció terriblemente seductora, me colocó de vuelta en la cama y poniéndose de rodillas sobre ella, retiró el botón y el cierre de su pantalón haciéndolo descender a través de sus piernas hasta retirarlo por completo, sintiéndome paralizada al observar que la expectación de ello ya lo tenía bastante emocionado.
—Si supieras con qué frecuencia me ocurre esto últimamente, no parecerías tan sorprendida —comentó serenamente mientras me sostenía la mirada al notar que me había intimidado ante aquello que se estiraba dentro de su ropa interior, y si bien se rió un rato del desconcierto en mis ojos ante una revelación como esa, los suyos se llenaron de la misma confusión al sentirme acercar mi mano a ese lugar y acariciar al prisionero por encima de la tela, sonriendo con malicia al sentir perfectamente como se endurecía aún más aquel firme bulto que parecía tener vida propia y acariciarme por su cuenta.
No es que no me diera vergüenza tocarlo de esa manera, porque solo había que ver mis dedos un momento para darse cuenta de que en verdad estaba temblando, pero aun así, aunque me sintiera algo insegura al respecto, cuando se trataba de Touya, por alguna razón todo me resultaba mucho más sencillo.
Colé mi mano en su ropa interior para tocar su piel desnuda antes de deshacerme de esa prenda por completo y contemplar su hombría a cabalidad, y sosteniéndolo con delicadeza entre mis dedos, cerré los ojos procurando guardar en mi memoria exactamente como se sentía. Cálido, rígido y su tamaño… ¡rayos!, Acababa de descubrir que era una golosa.
No tenía idea de por qué aquello me llamaba tanto la atención, o porque me subía tanto la temperatura por el simple hecho de sentirlo contraerse entre mis dedos, pero estuve a nada de mandar todo al demonio y ser yo quien uniera nuestros cuerpos de una vez por todas.
Porque sí, lo deseaba. En serio anhelaba sentirlo a plenitud y probar el éxtasis total del placer entre la unión de dos cuerpos, pero si iba a hacerlo, si iba a arriesgarme a hacerme totalmente adicta a él como de hecho pasaría, lo haría a plenitud, intensamente y al punto de quedar totalmente satisfecha.
—¿Qué estás pensando, Tomoyo? Me dan escalofríos cuando me miras así.
—Nada que no vaya a disfrutar, profesor —ronroneé sin dejar de pasear mis dedos a placer por su nada discreta erección, escuchándolo gruñir mientras su amiguito danzaba al compás de mi tacto—. Sabes que me gustan mucho los juegos y estoy llena de ideas indecorosas, así que antes de empezar, quiero que me dejes resolver tu pequeño problema. Estás demasiado excitado y no quiero que termines antes que yo.
—No tienes que buscar excusas para decirme que quieres hacer "eso". Aunque es cierto que sería un problema si acabo antes que tú. Es que… eres insaciable.
Aunque hasta ese momento intenté ser lo más seductora y confiada posible, todo eso se fue al traste al verlo sonreír con picardía, mientras arrastraba esas últimas palabras y se reía de la forma en que balbuceaba intentando defenderme.
Hice el amago de pegarle para que dejara de decir esas cosas, pero no me lo permitió.
Su sonrisa era cada vez más bribona, y los besos que fugazmente dejaba sobre mis labios para apaciguarme me dejaban sin energías para reclamar.
Lo odiaba tanto. Sabía cómo hacer subir y bajar mi sangre con facilidad, y eso era terriblemente molesto y encantador a la vez.
No era como si amara una parte de mí y repudiara la otra. En serio me amaba a mí, a lo que yo era… en serio, amaba cada detalle de mi personalidad.
—Sí, sí lo siente —reconocí mientras mi corazón latía desbocado por todos esos acalorados recuerdos en los que me sumergí durante un buen rato, dejando caer mi cabeza sobre mis piernas, sintiendo que el simple hecho de pensar en ello hacía que sintiera que mi pecho iba a explotar—. Deberías escucharlo, Sakura. Siento que se me sale el corazón cuando me dice que me quiere una y otra vez, y cuando me mira… él me mira como si fuera algún tipo de maravilla, como si fuera la cosa más hermosa del mundo. Me mira… me mira con esos ojos cafés tan dulces y esa sonrisa tan sincera en los labios, y yo… siento tanta alegría y a la vez me da tanto miedo que no puedo respirar. Pensé que esto que sentía por él era solo admiración y respeto, que la razón por la que me gustaba tenerlo cerca era porque aliviaba mi corazón, pero acabo de darme cuenta de que… de que tal vez lo he querido desde hace mucho tiempo.
—Eso nos pasa a todos, Tomoyo. Todos sentimos miedo cuando nos enfrentamos a algo nuevo que puede cambiar nuestra vida —aseguró Sakura mientras acariciaba mi cabeza, intentando que comprendiera que lo que sentía en esos momentos era totalmente natural—. Tal vez mi hermano sepa que tienes miedo y por eso, en vez de presionarte para que le digas lo que sientes, te dice lo que siente él por ti. Creo que quiere que sepas… que no tiene dudas acerca de sus sentimientos por tí.
—Lo sé, sé que es lo que pretende pero… esto no es solo por lo que sentimos uno por el otro, Sakura —me lamenté, sin poder contener más las lágrimas con solo pensar en aquello que llevaba atormentándome aquellas dos últimas semanas, y que hizo que si bien estaba decidida a darme una oportunidad con él en esos momentos, terminara haciendo todo lo posible por alejarlo y negarme a mí misma lo que sentía por él.
Sus sentimientos por mí, esos mismos sentimientos que me llenaban de tanta dicha y felicidad… fueron los que en un principio provocaron todo aquello.
Yukito se había marchado porque sabía que Touya amaba a otra persona, y esa persona era nada más ni nada menos que yo misma.
Acababa de comprobar que así era, yo… yo me había cruzado en su camino y había destruido aquello tan maravilloso que había entre ellos. Ya les había hecho mucho daño. Ya ambos habían pasado por mucho por mi culpa.
Yo sabía mejor que nadie lo difícil que era ver de lejos como la persona que amabas era feliz a pesar de ti, y yo no quería eso para Yukito.
—¿Y mi hermano está de acuerdo con tu decisión? ¿Le has preguntado alguna vez qué es lo que quiere él?
A decir verdad, nunca me detuve a escuchar lo que él quería hacer.
Solo di por sentado que volver con Yukito era lo mejor, pero nunca me detuve a pensar en si eso era lo que él realmente deseaba. Y tal vez, como estaban las cosas… nunca lo sabría.
—¿Qué crees que le haces a mi hermanita, enano? ¿Cómo te atreves a…? ¿Tomoyo?
A pesar de la confusión inicial que escuchar la voz de Touya a mis espaldas me provocó, llevé mi mirada al sujeto que en esos momentos me tomaba del cuello de la camisa para alejarme de Sakura, y arreglando mi ropa una vez me dejó en el suelo nuevamente, arrugué el entrecejo mientras sentía sus ojos cafés recorriéndome como si me tratara de una especie de criatura de dos cabezas.
Observé cómo la traicionera de Sakura decía algo acerca de acabar de recordar que tenía un asunto que resolver, y entornando los ojos al verla hacerme señas de que hablara con su hermano, enfrenté la mirada del sujeto que seguía ahí, totalmente mudo, sin saber si enfocar su mirada en mi cabello o mi atuendo.
—¿Qué tanto me miras? ¿También me dirás que me volví loca y no debí cortarlo tanto?
—Para nada. Te ves preciosa. Sabía que el pelo corto también te quedaría bien—aseguró con esa maldita sonrisa de niño enamorado, y poco me faltó para salir huyendo con tal de que no viera mi rostro sonrojado ante su cumplido—. Aunque… ¿eso significa que tú eras el sujeto de pelo negro que aparecía conmigo en la libreta? Porque ahora que te miro bien…
—¡Te dije que no volvieras a hablar de eso! —repliqué alterada mientras cubría mis ojos con mis manos, como si eso pudiera evitar que sintiera vergüenza de que él conociera mis más oscuros pensamientos, a lo que él respondió riendo por lo bajo como si aquello fuera lo más normal y encantador del mundo.
Su risa era tan varonil y melódica… no importaba cuánto tiempo pasara, no me cansaba de oírla.
Lo vi sacar un pañuelo de su bolsillo en esos momentos, y si bien di un paso atrás al ver su intención de limpiar mi rostro con él, no pude evitar que lo deslizara con cuidado debajo de mis párpados ante mi mirada confusa y mi corazón desbocado ante su cercanía.
—Esto de tu nuevo look andrógino está muy cool y todo, pero si vas a andar besuqueándote con tu amor platónico y luego llorarás a mares porque te rechazó, al menos deberías asegurarte de usar un maquillaje que no se corra.
—¿Cómo sabes que besé a Sakura? ¿Cuánto tiempo llevas espiando?
Volvió a reírse ante mi pregunta mientras yo lo azuzaba con la mirada, y reconociendo que era la décimo octava vez que intentaba ir a verme a mi cuarto, hizo que mi corazón aleteara al comprobar que en realidad si estaba preocupado por mí durante todo ese tiempo.
Siempre me había gustado lo franco que era. Solo había que mirar a sus ojos para saber que decía la verdad.
—La última vez que hablamos creo que me pasé un poco de la raya, así que imaginaba que no querías verme.
—No quiero verte. Pero me sales hasta en la sopa —mentí mordiendo mi labio inferior para evitar que una sonrisa apareciera en mis labios ante todo lo que estaba sintiendo—. Eres un hombre raro en verdad, cualquiera estaría escandalizado al ver a la persona que supuestamente quiere besando a alguien más.
—Lo estoy. Para ser sincero, me estoy muriendo de los celos en estos momentos. No te imaginas cuánto desearía haber llegado antes e impedirlo, o mejor aún, haber sido aquella persona a la que le robaras ese beso, pero…
—¿Pero?
—No importa a cuántas personas beses o ames, me enorgullece saber que siempre seguiré siendo el primero.
Esbozó aquella sonrisa que quemaba como los mil soles mientras posaba su mano en mi mejilla, haciéndome entender aquello que me había esforzado con todas mis fuerzas por negar.
Ese hombre, aquel sujeto con piel de otoño, sonrisa que me hacía temblar el corazón y manos que podían calentar el invierno, ese mismo con la insoportable costumbre de ser todo lo que a mi me gustaba, que pervertía mi mente, besaba mis traumas y jugaba con mis demonios, a ese mismo sujeto que estaba justo en medio de lo que quería y me daba miedo tener… a ese hombre yo lo amaba con todo mi corazón.
—Lo siento, volví a acercarme demasiado. Es la costumbre —se disculpó de inmediato al ver cómo mis ojos se cristalizaban, pero eso solo me hizo llorar con aún más intensidad.
Al final, y sin forma alguna de saber qué podía hacer para calmarme, giró sobre sí mismo dispuesto a marcharse en la dirección en que había llegado, cosa que no le permití tomándolo de la camisa con una de mis manos.
Lo vi girarse de nuevo en mi dirección al sentirme tocarlo, pero a diferencia de ocasiones anteriores, no intentó abrazarme ni evitar que siguiera llorando. Creo que sabía exactamente lo que me pasaba y no quería empeorar las cosas haciendo o diciendo algo que me hiciera sentir peor.
Coloqué mi mano en su mejilla y lo miré directo a los ojos mientras él contenía el aliento ante mi primer contacto con él después de habernos amado con locura en aquellas cuatro paredes de mi apartamento, y pude notar al dejar caer mi cabeza en su pecho, que mi corazón latía con la misma fuerza que lo hacía el mío.
Realmente se veía cansado, como si tampoco hubiera dormido en varios días y ese en particular no hubiera descansado ni un momento. Seguro que como yo no aparecía, tuvo que encargarse de todo solo.
Aspiré el aroma ligeramente salado de su piel y comencé a llenarme de recuerdos, de recuerdos que me hacían vibrar, recuerdos de sus besos y caricias apasionadas. Besos y caricias que hablaban más que todo lo demás, que dilataban las pupilas, que erizaban la piel, que me hicieron entender la profundidad de su amor… y lo mucho que iba a odiarme por aquello al día siguiente.
—Debería arreglarse cuánto antes. Solo faltan unos minutos para el desfile y mi ayudante también debe verse guapo —comenté mientras retiraba mi cabeza de su pecho, esbozando aquella sonrisa que solía usar para engañar a los demás cuando tenía el alma destrozada, notando como abría la boca para decirme algo que yo por supuesto sabía no debía escuchar—. No se preocupe, ya me siento mejor después de llorar un rato. Era justo lo que necesitaba para dejar de pensar en mamá, así que, me encargaré de los últimos detalles del desfile.
—Sí, tienes razón —murmuró en un hilo de voz que apenas disimulaba su congoja, y prometiéndome que estaría listo para la apertura, observé cómo se marchaba en dirección a uno de los dormitorios mientras yo me quedaba allí, solo mirando sin mirar en la dirección en la que se había perdido.
Tomé una bocanada de aire intentando disipar el nudo que se había apoderado de mi garganta, y le supliqué a mi cuerpo que funcionara solo por esa última vez y me ayudara cumplir con mi parte del trato.
Debía cerrar ese desfile, debía permitir que se encontraran, yo… debía esforzarme por seguir haciendo lo correcto hasta el final, aunque mi corazón… aunque yo…
