Nota:

Este capítulo contiene la canción "I was made for loving you" de Tory Kelly y Ed Sheeran como parte de la narrativa, así que para mejor disfrute del capítulo, les recomiendo escucharla en el lugar indicado.

Sin más que decir, los dejo para que lean:

Lo que sea, pero contigo

Capítulo 11:

La valiente princesa que rescató al príncipe solitario

Dejé caer la cabeza sobre mi escritorio ignorando las risas y gritos de mis estudiantes que aprovechando que ese día estaba en las nubes, mantenían animadas tertulias entre ellos cuando se suponía debían estar realizando un examen en silencio.

¡Maldita fuera la hora en que escuché la conversación que mantenía el monstruo con Tomoyo por teléfono, y supe que ese día estaría en la primaria!

Ese hecho, saber que ella estaba allí, tan cerca, cuando yo tenía alrededor de una semana sin escuchar su hermosa voz ni dejarme embrujar por sus movimientos, me volvía totalmente loco. No podía concentrarme. Ya había perdido la cuenta de las veces en que consideré buscar la excusa que fuera con tal de ir a su encuentro, y mandar al diablo la estúpida promesa que le había hecho de guardar distancias con ella.

Menos mal que solo faltaban unos cuantos minutos para que acabaran las clases ese día, porque si aquella situación se extendía mucho más, estaba seguro de que perdería la cordura por completo y terminaría por secuestrarla.

—¿Esa no es la señorita Tomoyo, Kobato?

—Sí, me parece que lo es. ¿Por qué estará intentando treparse a través de la malla de la primaria?

Aparté al par de chicas que apoyadas contra la ventana aprovechaban que estaba distraído para mirar a través de ella, y al comprobar que lo que ellas afirmaban era cierto… ni siquiera lo pensé.

Cuando vine a ser consciente de mi mismo, estaba balanceándome en una de las ramas de el árbol más cercano, el cual fue mi objetivo al lanzarme de la ventana vertiginosamente ante la mirada aterrada de mis estudiantes, y precipitándome al suelo sin importarme que me separaran casi dos metros de él, salí corriendo en su dirección ignorando el dolor que aguijoneó mi pierna, pues obviamente estaba muy viejo para ese tipo de hazañas.

Conseguí para mi alivio llegar a tiempo y atraparla, pero mi pierna izquierda sufrió las consecuencias, y me pasé toda aquella última semana resistiendo el dolor a base de analgésicos.

Al menos ya no cojeaba. Seguro que si ella se enteraba de que me había lastimado intentando salvarla, se sentiría culpable por ello, y ya no quería cargarla con más cosas de las que ya de por si tenía en la cabeza.

Examiné una vez más mi vestimenta, suspirando resignado ante mi décimo octavo intento fallido de acomodar aquella estúpida pajarita.

Odiaba tanto tener cosas atadas al cuello. Aunque si se trataba de sus delgados y níveos brazos mientras la besaba y acariciaba su cuerpo a mi placer…

Sí, lo sabía. Estaba jodido. Si antes creía que me gustaba, ahora definitivamente no podía sacármela de la cabeza.

No importaba cuántas veces me repitiera el discurso que le di acerca de que era capaz de entender que mi forma de ver aquello no era como la suya, cada vez que la veía, que la escuchaba, que recordaba los instantes compartidos, las risas, las discusiones, sus intentos por sacarme de quicio, sus sonrojos cuando era yo que la molestaba, como se sentía abrigarla a mi pecho cuando no podía evitar llorar, ser su compañero de lecho, ser la persona que disfrutaba de sus muestras de pasión contenida… me daba cuenta de que aquello era jodidamente insuficiente. La necesitaba a mi lado, día a día, hora por hora, minuto a minuto… ni siquiera sabía cómo había sobrevivido a esa distancia aquellas dos semanas.

Por eso terminaba diciendo sandeces cada vez que la tenía cerca. Por eso cada vez que abría la boca, terminaba convirtiendo cada frase mía en una declaración de amor.

¿Por qué tuve que preguntarle si estaba enamorada de mí cuando la encontré en el patio de la preparatoria?

Ambos estábamos en una situación complicada, ya lo sabía. No debía decir nada que la hiciera sentir presionada, ni comprometida, eso lo tenía muy claro, pero es que… se veía tan adorable cuando se sonrojaba al escucharme. Su mirada rehuía de la mía, sus diminutas manos se hacían puños y mordía su labio como si intentara no sonreír.

No me cansaba de verla, de escucharla, de tocarla, de besar cada centímetro de su piel.

Estaba totalmente perdido. Con razón a ella la abrumaba toda aquella intensidad.

Asomé la cabeza a través de la puerta de la habitación al escuchar el anuncio inicial que indicaba a los espectadores que debían ocupar sus asientos, y respiré profundo intentando serenar mi cuerpo y prepararme para encargarme de mis responsabilidades.

Había llegado el momento que tanto había temido. Una vez el desfile terminara, rompería lazos conmigo de manera definitiva. Ya no habría vuelta atrás, lo mejor era ir acostumbrándome a estar lejos de ella.

Avancé a través de los pasillos, internándome en el jardín delantero en dirección a la carpa adecuada tras la pasarela como vestidor de las modelos, y observé fugazmente la decoración que por petición de Tomoyo había elaborado para el evento cuyo tema principal era la primavera.

Había flores de colores pasteles en todo alrededor, sillas blancas rodeando la pasarela del mismo color, además de pequeñas luces que titilaban en el cielo raso emulando las estrellas del firmamento que apenas podían verse en el cielo debido a la contaminación lumínica de una Tomoeda que ya había dejado de ser una simple ciudad rural, y al final, resguardada en aquella carpa, caminando de aquí para allá para asegurarse de que todo estuviera listo, la mujer que solitaria y silenciosa demostraba con creces que las cosas más hermosas no necesitaban llamar la atención. La mujer que había tenido en mis brazos derrochando pasión y locura, y cuya oportunidad con ella había arruinado por no saber medir mis palabras.

Lo mejor era ya no incomodarla con mi presencia. Tal vez debía regresar sobre mis pasos y esperar en aquella habitación hasta que ella ocupara su lugar en el auditorio.

—¡Chitose! ¿Estás bien? —la escuché gritar de repente mientras se arrodillaba frente a la alta mujer de pelo negro que yacía desplomada en el suelo, y al notar como esta ultima intentaba ponerse de pie sin éxito alguno, corrí hacía ellas y la ayudé a incorporarse, colocando su brazo sobre mi cuello para encaminarla a dónde pudiera revisarla y determinar el por qué de su caída.

Tenía el tobillo inflamado. Al parecer se lo había dislocado al intentar caminar con aquellos altos tacones, que para nada tenían que ver con los ligeros zapatos deportivos que solía usar en sus labores.

Eso era grave. Se suponía que ella era la persona que llevaría la pieza que cerraría el desfile.

—Me parece haber visto a Rika en el auditorio. Iré por ella enseguida para que te revise —anunció Tomoyo visiblemente angustiada antes de intentar salir corriendo en dirección a la pasarela, quedándose excesivamente tiesa al sentirme tomar su brazo para evitar que avanzara.

Solo faltaban tres minutos para el desfile. No era lógico que la organizadora del evento anduviera de aquí para allá entre el auditorio.

—Lo mejor es que termines de prepararte. Yo me aseguraré de que atiendan a Chitose. Quédate tranquila.

Ella se limitó a asentir mientras permanecía totalmente quieta, y al darme cuenta de que aún la estaba tocando, retiré mi mano de ella como si la hubiera estado quemando con mi contacto.

Se veía más sombría y ausente de lo que había estado antes de que todo aquello pasara… mucho más destrozada y dolida que antes de hablarle de mis sentimientos.

Debí quedarme callado, debí tragarme mis sentimientos y dejarla lidiar con aquello como considerara mejor para ella.

Me quedé ahí vigilando a Chitose mientras Sakura iba por su amiga de la primaria, y una vez hubo regresado con ella, las dejé a solas para darles privacidad.

Para ese entonces Tomoyo ya había iniciado el desfile y se hallaba sentada entre el auditorio, así que, sin posibilidades de seguirla incomodando, me dediqué a coordinar a las chicas que esperaban su turno para desfilar, aunque apenas podía concentrarme en darles ánimos y garantizarles que todo estaría bien.

A esas alturas no podía garantizarle eso a nadie, ni siquiera a mi mismo. No era capaz de perdonarme en lo absoluto por haber arrebatado el brillo de sus traviesos ojos.

—La señora Mihara estará bien. Pero me temo que no podrá desfilar el día de hoy. Lo mejor es que descanse por ahora.

—Entiendo, muchas gracias señorita Sasaki —contesté totalmente ausente, sin girarme en dirección a la chica que tras haber examinado a Chitose, se había dispuesto a informarme de su estado.

Si bien Tomoyo intentaba sonreír cada vez que una de las chicas se paseaba en la pasarela con uno de sus diseños, era obvio para cualquiera que la conociera realmente que su cabeza estaba en otra parte. Había trabajado meses para aquello y ahora ni siquiera sentía alegría por haberlo terminado.

Debí imaginar que eso pasaría. Definitivamente no debí quedarme con ella aquella noche, ni mucho menos presionarla para que exteriorizara algo que ella prefería mantener oculto en su interior.

—Dele tiempo para que lo asimile, joven Kinomoto. Cuando Tomoyo se acostumbre a la idea, seguro le responderá como corresponde.

Llevé mis ojos hacía la mujer que para mi sorpresa no se había marchado aún, y no fui capaz de disimular mi estupor al darme cuenta de su estado de gravidez. Me dedicó una sonrisa al verme tan avergonzado porque mi grado de ensimismamiento fuera tan agudo como para no darme cuenta de algo tan evidente como aquel enorme vientre que resguardaba una criatura a punto de nacer, y es que si bien quise preguntarle cómo se había dado cuenta de lo que ocurría entre nosotros, no tardé en percatarme de que el que me hallara de pie junto a la cortina que ocultaba el resto de los bastidores, mirando en su dirección mientras suspiraba cada cinco segundos, no lo hacía muy discreto.

No tenía remedio. Lo mejor era que visitara a Chitose cuanto antes y verificara si necesitaba ayuda, en vez de permanecer parado allí solo perdiendo el tiempo.


—No deberías estar aquí, Fujitaka. Seguro tu hijo entrará en cualquier momento.

—Está bien, no debes preocuparte por ello. Estoy seguro de que Touya entenderá. Es un chico muy razonable.

—Lo sé, me he dado cuenta de que es una buena persona. Se parece mucho a ti.

—No sé si yo sea tan bueno. Por algo no dejas de negarte a formalizar lo nuestro.

Me quedé de pie detrás de la puerta con la perilla en la mano, totalmente desconcertado ante la conversación privada que obviamente no debieron escuchar mis oídos. Las voces dentro de aquella habitación eran la de mi padre y la ama de llaves de Tomoyo sin duda alguna, y a juzgar por el tono que usaba con ella mi progenitor, aquello no era ninguna broma.

—Ya te lo he explicado antes. No quiero incomodar a tus hijos, Fuji.

—Y yo te lo he dicho antes. No va a pasar nada —escuché lo que parecía ser el movimiento de una silla en el suelo y supuse que él había tomado asiento cerca de ella—. Escucha Chitose, no acostumbro a manejar estas cosas a escondidas. Si de todas formas seguiremos viéndonos, ¿qué sentido tiene hacerlo en secreto como si estuviéramos haciendo algo malo?

—Tal vez si es algo malo. Yo… no puedo sustituir a tu esposa.

—Nunca he tenido la intención de que la sustituyas, así como no tengo intenciones de sustituir a tu difunto esposo. —Mi padre soltó un hondo suspiro ante el silencio de ella, y casi pude imaginármelo tomando las manos de aquella mujer tal y como solía hacer cuando consolaba a mamá—. Escucha Chitose. Nadeshiko fue el amor de mi vida y la madre de mis hijos, y ese lugar no se lo quitará nadie jamás. Sé que lo mismo pasa contigo, que no te imaginas teniendo una vida con alguien aparte de él. Por eso… solo te estoy pidiendo que si, de todas formas vamos a estar solos mientras nos reunimos con ellos, me dejes hacerte compañía mientras tanto. Es obvio que necesitas ayuda con tus niñas y una vez Touya se vaya de casa terminaré estando solo. ¿Por qué negarnos a vivir juntos si nos necesitamos el uno al otro?

La habitación se quedó en completo silencio. Era obvio que ella dudaba.

La ausencia de intercambio de palabras entre ellos me hizo caer en cuenta de que de hecho yo no debía estar allí, y dando un paso hacia atrás intenté alejarme de la puerta.

—Para ser sincero, esto también lo hago por Touya —escuché reconocer a mi padre de repente y no pude evitar detener mi avance ante la implicación de sus palabras—. Siempre me he sentido culpable por todas las cargas que mi hijo ha tenido que llevar debido a mi ineptitud. Un niño de diez años no debe preocuparse de hacer la cena y cuidar de su hermanita, ni uno de quince de trabajar y ahorrar para cubrir sus propios estudios. A sus veintisiete no debería quedarse en vela esperando a que su hermana y su novio regresen, y a sus treinta y tres no debería tener miedo de formar su propia familia y tener que dejarme solo —explicó con evidente congoja, haciendo que sintiera un nudo en la garganta al descubrir que aquellas cosas que para mí eran normales y hacía por amor y sentido del deber, en realidad herían su orgullo como padre y le hacían sentir como alguien incompetente—. No quiero que llegue a los cuarenta pensando que debe seguirse sacrificando para que yo pueda sobrevivir. Quiero… hallar la forma de ser autosuficiente y ya no depender más de él. No digo que me arrepienta de haberlos criado solo, por que el tiempo que pasé con mis hijos es algo que no cambiaría por nada en el mundo, pero no dejo de preguntarme si mi insistencia en mantener vivo el recuerdo de Nadeshiko y quedarme soltero, en realidad terminó afectándolos de manera negativa. Solo quiero hacer las cosas diferentes esta vez, solo quiero… darme la oportunidad de iniciar de cero y que él pueda hacer lo mismo. Que al fin lleve la vida que desea con la persona que decidió amar.

—Entiendo, tienes toda la razón —reconoció Chitose más tranquila, aunque sin poder disimular del todo su tristeza—. Aunque la señorita Tomoyo no es mi hija, también quisiera verla tomar su propio camino y vivir su vida a plenitud. Me duele mucho verla luchando por no marcar el número de tu hijo porque siente que solo va a interferir con su felicidad. Desde que ella me dijo la verdad y me di cuenta de lo que ambos sentían, me di cuenta de que tu hijo es justo la persona que necesita. Yo creo que ambos, juntos, se harían mucho bien.

—Yo también pienso lo mismo, estoy ansioso porque se hagan novios, se casen y me den nietos. Quiero tener al menos media docena de ellos.

«¡¿Media docena?!

Escuché a Chitose reír ante su comentario, y solo entonces pude respirar aliviado al darme cuenta de que solo había sido un chiste de mi padre.

El pintarle unos cuantos mocosos a Tomoyo y darles lo que necesitaran no sería el problema, el problema era que ella estuviera de acuerdo con ello y que siquiera le interesara la maternidad.

Más importante aún, ni siquiera sabía si quería estar conmigo.

—Aun así, ¿por qué tengo que ser yo? —preguntó Chitose volviendo a su tono serio y por alguna razón pude imaginar a Tomoyo haciéndome la misma pregunta—. ¿Por qué sigues intentando convencerme? Cualquiera se hubiera rendido ante tantos rechazos y estoy segura de que encontrarías fácilmente a otra mujer que quiera estar a tu lado.

—Porque te quiero y me hace feliz tenerte cerca. —Me maravillé ante el hecho de que yo y mi padre hubiéramos pensado en la misma respuesta, y me di cuenta de que aunque a veces sintiera que ambos éramos como el agua y el aceite, la forma de amar a las personas y hablar de mis sentimientos sin tapujos era algo que había heredado directamente de él—. No te negaré que siento dudas y me da algo de miedo dar este paso, pero nadie ha ganado nada por haberse negado a intentar. Juro no hablarte de libros antiguos para no aburrirte y si quieres ni siquiera tenemos que ocupar la misma habitación.

—No me aburres en absoluto. Me gusta escucharte hablar de lo que te emociona, y también me hace feliz tenerte cerca. Sé que vivir contigo nos haría mucho bien a mí y a las niñas, pero... supongo que es lo que pasa cuando te acostumbras a la soledad, la idea de que alguien llene ese vacío y ya no sepas cómo volver a estar sola es aterrador.

—Tranquila. Estaremos bien, te lo prometo. No sé cuánto me quede de vida, pero intentaré hacerlas felices mientras tanto.

Me alejé de la puerta al escuchar la última declaración de mi padre, y me sentí orgulloso del hombre que me había criado y ayudado a convertirme en la persona que era.

Veintitrés años. Ese era el tiempo en que había lidiado con la soledad mientras nos ayudaba a crecer y hacer nuestras propias vidas, y ahora, tras pasar todo eso solo, había decidido iniciar un nuevo camino y ayudar a Chitose a lidiar con una situación similar.

Sabía que aquella no era la única razón por la que lo hacía, y que si estaba decidido a iniciar de nuevo a su lado, era porque realmente se sentía atraído por ella, pero después de verlo durante casi la mitad de su vida observando la foto de mi madre con tanta devoción y amor, diciéndonos tantas cosas hermosas de ella y rechazando a las madres, compañeras y vecinas que no dejaban de coquetearle a la menor oportunidad, sabía que el sentir aquello ahora no restaba autenticidad ni fuerza a lo primero de ninguna manera.

Era justo lo que me pasaba con Yukito, era justo lo que sentía en esos instantes. Lo había querido mucho, hasta el punto de no imaginarme una vida sin él y llegar a pensar que no sentiría aquello por nadie más, y si bien lo de Tomoyo había llegado inesperadamente y había puesto en jaque todo lo que había creído de mí hasta ese momento, mi corazón seguía indicándome que aunque hubiera sido su decisión dejarme primero, le debía una explicación, una disculpa y dejarlo que fuera él quien pusiera punto final a aquello.

No pensaba volver con Yukito de ninguna manera, era cierto, pero mi resolución no se debía a que dudara que pudiéramos arreglar las cosas o aprender a convivir de nuevo, si no porque lo quería lo suficiente para saber que nadie se merecía un amor a medias, rasgado y partido por la mitad, y yo, después de entregarle a Tomoyo mi cuerpo, mi alma y mi corazón, ya no era digno de estar a su lado ni recibir el amor incondicional que me había mostrado durante todos esos años que compartimos.

Tal y cómo mi padre me había dicho en una ocasión, la vida era un ciclo constante de lecciones y cambios, y esa vez, estaba seguro de que el cambio que estaba a punto de experimentar la vida de ambos sería para mejor.

No pude evitar sonreír extrañamente aliviado de que mi padre también hubiera tomado su propio camino, y en silencio tomé la resolución de seguir el mío, aquel que había elegido en el mismo instante en que dejé que Tomoyo me besara la primera vez; y terminé siguiéndola a todos lados como polilla atraída por la luz.

Era cierto que en su momento me sentí confundido, molesto y que más de una vez me odié a mi mismo por amarla de una manera tan irracional; pero en el fondo no me arrepentía de nada de lo que había pasado y quería esforzarme lo suficiente para conseguir que ella sintiera algo similar.


Miré de nuevo la ropa que traía y de repente mi idea fantástica me pareció un auténtico disparate.

Tras haber dejado a esos dos a solas y dar instrucciones a todo el mundo para que no los molestaran, había decidido que si quería ayudar a Tomoyo ese día y comenzar a dar pasos en dirección a convencerla de quedarse a mi lado, definitivamente debía hacer todo lo que estuviera en mis manos para salvar el desfile. Aunque obviamente el que yo fuera quien sustituyera a Chitose no había sido una buena idea.

—¿Segura de que no me veo demasiado ridículo, monstruo?

—¡No, estás muy bonita, hermano! Guapo, quiero decir —rectificó visiblemente nerviosa, y después de soltar un nuevo suspiro, volví mi mirada de nuevo al espejo queriendo comprobar si acaso ella solo estaba siendo amable.

Debía reconocer que Sakura tenía algo de razón. Pensé que con el vestido puesto me vería extremadamente ridículo, pero tanto la maquillista como quien arregló mi peinado se habían esforzado por hacerme lucir femenino aunque no de una manera exagerada, y bueno, el vestido que confeccionó Tomoyo y que quiso obligarme a usar esa noche de hacía dos semanas hizo todo lo demás.

Era de una tela de color marfil con bordados casi imperceptibles que le daba un aspecto sofisticado, aunque sin dejar de lado la sencillez. Tenía un escote redondo que apenas dejaba ver una diminuta sección de mi clavícula y las mangas francesas solo un poco más anchas que mis brazos, disimulaban perfectamente la anchura de mis hombros y la ausencia de busto, siendo rematadas con la falda estilo princesa ligeramente tableada que daba la impresión de que bajo toda aquella tela, en serio había una estilizada cadera. En la parte trasera, un escote en forma de pico se iba estrechando hasta la mitad de mi espalda y al final de ella, un listón de puntas cuadradas daba un toque tierno al resto de la prenda.

Parecía que no era mentira eso de que lo había confeccionado especialmente para mí, aunque obviamente su objetivo era jugarme alguna de sus bromas, y no crearme una boda ficticia como había afirmado.

Realmente tenía un talento para crear el atuendo ideal para cada persona, y aunque comparado con la centena de vestidos que le había confeccionado a Sakura el que hubiera hecho uno para mí pareciera insignificante, realmente me llenaba de felicidad pensar que había pasado horas haciendo algo bonito para que yo lo llevara.

Lo sé, eso sonó extraño. Tal vez pasar tanto tiempo con ella estaba acabando con mi testosterona.

Incliné la cabeza para que Sakura me colocara la tiara de la que pendía el velo que completaba el hermoso atuendo, y sonreí levemente mientras pensaba en la expresión de Tomoyo cuando me viera desfilar.

Seguro una gran "O" se dibujaría en su boca sin poder creer que en serio hubiera llegado a tanto con tal de salvar el desfile, y eso me complacería.

Haría eso y más por ella. Haría lo que fuera por verla sonreír otra vez.

—Hermano, tienes que convencerla a como dé lugar. Tomoyo me contó lo que pasa entre ustedes y estoy segura de que ella…

—Tranquila monstruo, ¿me veo como alguien que ya se haya dado por vencido? —indagué mucho más tranquilo mientras giraba sobre mí mismo, sintiendo que mi pecho cosquilleaba de la emoción al verla negar con la cabeza, haciendo que no pudiera evitar agitar su cabello mientras la recibía entre mis brazos, como solía hacer cuando era niña.

Creo que en el fondo entendía por qué Tomoyo se había enamorado de ella, por qué era inevitable para todo el que la conocía sentirse atraído de una u otra manera hacía ella.

No recordaba ni una sola vez en que me hubiera juzgado o que mostrara animadversión por la forma de vida que había elegido. Ella me quería, sin importar como fuera, dónde estuviera o quien había elegido para que estuviera a mi lado.

Ella me quería así, con ese amor puro e incondicional que me hacía sentir orgulloso de mis propios sentimientos, y que me convencía de que aunque mi progenitor sintiera dudas acerca del trabajo que había hecho como padre, la verdad era que el hecho de habernos amado, aceptado y enseñado a hacer lo mismo con los demás, era el mayor legado que nos había transmitido a través de los años.

Sí, era muy afortunado de que ellos fueran mi familia.

—Bien, vamos a perder el poco de dignidad que me queda —declaré con entusiasmo, reconfortado por todos aquellos pensamientos positivos que me transmitían ese par de personas que tanto amaba, y después de respirar profundo un par de veces, salimos a dónde estaban las demás chicas que de inmediato me rodearon lanzando chillidos llenos de sorpresa y emoción mientras repetían una y otra vez que me veía increíblemente hermosa.

Por alguna razón me sonrojé ante tantos halagos inesperados, pero tan pronto escuché el anuncio de que Tomoyo interpretaría su canción frente a todos los espectadores, me acerqué a la gruesa cortina que ocultaba los bastidores y la observé colocarse en medio de la plataforma para empezar a cantar.

Aún usaba esa camisa blanca con dobladillos grises en las mangas, que junto al chaleco marrón con cadenetas que lo atravesaban en el pecho, la corbata de encaje jabot blanca atada en el cuello con una pajarita gris oscuro encima, ese pantalón blanco que se ocultaba debajo de unas botas negras a juego con el blazer largo que ocultaba sus curvas y completaba aquel traje de príncipe, y que con el cabello tan excesivamente corto y la ausencia casi absoluta de maquillaje eliminaba casi al completo toda la femineidad que la caracterizaba, y aún así, aún viéndose de esa manera, me parecía la mujer más hermosa que había visto jamás.

Cerré los ojos dejándome engullir por aquella sensación tan placentera que me provocaba su voz, junto a todos aquellos recuerdos que había labrado en los últimos seis meses junto a ella y sin darme cuenta, empecé a acompañarla con mi propia voz.

I was made for loving you

(Tory Kelly y Ed Sheeran)

Un plan peligroso, solo esta vez,

la mano de un extraño agarrando firmemente la mía.

Correré el riesgo, dime que estoy ciega

he estado esperando toda mi vida.

Por favor, no dejes cicatriz en este joven corazón,

solo toma mi mano.

Estoy hecha para amarte .

Aunque puede que seamos

corazones sin esperanza que solo están de paso,

cada hueso está gritando:

No sé qué deberíamos hacer,

todo lo que sé, cariño, es que estoy hecha para amarte.

Abrázame fuerte durante la noche,

no me dejes ir, estaremos bien.

Acaricia mi alma y aférrate con firmeza.

He estado esperando toda mi vida.

No dejaré cicatriz en tu joven corazón,

solo toma mi mano.

Estoy hecho para amarte .

Aunque puede que seamos

corazones sin esperanza que solo están de paso,

cada hueso está gritando:

No sé qué deberíamos hacer,

todo lo que sé, cariño, es que estoy hecha para amarte.

Por favor, no te vayas,

he estado esperando mucho tiempo.

Oh, ni siquiera me conoces del todo,

pero estoy hecha para amarte.

Estoy hecha(o) para amarte .

Aunque puede que seamos

corazones sin esperanza que solo están de paso,

cada hueso está gritando:

No sé qué deberíamos hacer,

todo lo que sé, cariño, es que estoy hecha para amarte.

Abrí los ojos al notar como poco a poco su voz se iba llenando de congoja.

La había escuchado cantar la misma melodía una y otra vez, por lo que podía percibir claramente que entonar cada nota le estaba costando, y entonces, soltando un enorme sollozo, la vi desplomarse en el suelo ante la mirada sorprendida de todos los presentes.

Alcé la falda del vestido para no tropezar con él y eché a correr en su dirección, ayudándola a levantarse mientras le preguntaba si se sentía bien.

No tenía buen color, sus manos temblaban y sus ojos yacían enrojecidos debido a las lágrimas, pero aún así, aún entre tanta confusión, lo único que hacía era mirarme en completo silencio, como si no fuera capaz de articular palabra alguna.

Olvidé el dolor de mi pierna, el hecho de llevar tacones y mi promesa de no tocarla, y cargándola en brazos frente a todas aquellas personas que nos miraban en esos momentos, la saqué de la pasarela a la vez que ella escondía su rostro en mi pecho temblando.

—Lo siento, Touya —murmuró al fin, justo antes de pedirme que la bajara varios pasillos antes de llegar a su antiguo cuarto, y cuando tomó mi mano, me introdujo en una habitación al azar y me empujó con tal fuerza contra la pared que terminé golpeándome la cabeza y la espalda, abordó mis labios sorpresivamente, haciendo que cualquier atisbo de dolor en mi cuerpo simplemente desapareciera.

Me sentía confundido, totalmente contrariado, pero eso no evitó que mi cuerpo le correspondiera con la misma intensidad, profundizando el beso mientras tomaba su rostro entre mis manos.

Fue como recibir un soplo de vida tras semanas de haber estado completamente muerto. Como si cada fibra de mi cuerpo reaccionara ante aquel sabor tan conocido y anhelado para mí.

Sus manos recorrieron mis hombros, se colaron hasta mi espalda y con una velocidad propia de la mismísima creadora de aquel atuendo, terminó haciendo descender el cierre del vestido mientras su tacto contra mi piel me erizaba por completo.

—Tomoyo…

—No digas nada… solo… perdóname por ser tan débil y necesitarte tanto —gimió contra mi boca mientras sus manos viajaban a mis hombros y hacían descender las mangas del vestido, acariciando mis brazos en el proceso, quemándome con su tacto contra mi piel.

Pronto me hallé despojado de aquella única pieza de ropa mientras ella me miraba con los labios entreabiertos, como si me suplicara que olvidara las mil razones por las que aquello no debía pasar y le siguiera el juego, haciendo que mi boca se hiciera agua al verla quitarse el blazer, las botas, la corbata, el cinturón… mierda. La débil allí no era ella en lo absoluto, él débil era yo que no podía controlar aquellas ganas de poseerla.

En algún momento rompí la distancia entre nosotros para hacerme cargo de las piezas restantes, mientras nos besábamos con toda la ansiedad que habíamos acumulado esos días separados, y trepándola sobre la encimera de la inmensa cocina (que había sido el lugar en el que habíamos terminado) introduje mis manos a través de su camisa, estudiando la manera como contenía el aliento y su respiración se agitaba al sentirme llevar mis dedos hasta su espalda y retirar los broches de la faja que traía puesta para ocultar sus pechos bajo aquel atuendo de príncipe, y una vez hube liberado sus cumbres dejándolas a mi merced, siendo apenas cubiertas por la tela casi traslúcida de aquella única pieza de ropa a medio abotonar, comencé a embriagarme en ellas sintiendo que aquellos sonidos que me regalaba y que ponían en evidencia la dulce agonía que le provocaban mis caricias, me llevaran a un punto sin retorno en el que hacerla completamente mía era mi único pensamiento lógico.

Cerré los ojos al sentir sus dedos colándose entre mis cabellos deshaciéndose de la tiara que aún tenía en la cabeza, mientras mis manos ansiosas y traviesas estudiaban cada espacio de su silueta en tanto seguíamos rozándonos en medio de aquella danza indecorosa y erótica que si bien no era suficiente para saciar mis ansias de ella, la hacía estremecer de tal manera que no podía hacer menos que obligarme a resistir mis impulsos y seguir consintiéndola de esa manera.

Cielos. Cuánto me gustaba sentir su tersa piel bajo mis dedos, perderme en ese aroma que emanaba de su cuerpo, saborear su piel con mis labios y sentir tal necesidad de ella que terminara por perder el control de mi mismo.

Me alejé unos centímetros de ella dándome cuenta de que mi manera de succionar sus pechos mientras mis dedos se perdían en su botón de placer estaba resultando demasiado para sus pulmones, que se negaban a producir oxígeno para ayudarla a recuperar el aliento, y observé mejor la figura de la mujer que mantenía mi cabeza llena de dudas todos esos días, confirmando así que por alguna razón que aún no entendía del todo, sus ojos, sus labios, sus manos, hasta el color de su piel tan nívea y suave, adornada por aquellos diminutos puntitos marrones que deseaba recorrer y contar por el resto de mi vida… todo en ella me atraía indescriptiblemente, todo provocaba en mí esa mezcla de emociones imposibles de explicar.

Cuánto la deseaba, y cuánto me enloquecía verla morder su labio inferior mientras me miraba con aquellas ansias tan similares a las mías, mientras sus ojos me suplicaban que terminara aquello que dejamos inconcluso hacía dos semanas.

—Déjame sentirte —jadeó como si hubiera escuchado mis pensamientos y supiera que solo estaba esperando recibir su permiso para continuar, y presa de un deseo más grande que mi razón, volví a besar sus labios con frenesí y me atreví a liberar mi hombría ansiosa y palpitante, que al igual que todo el resto de mi ser, moría de las ganas de hacerme parte de ella.

La sentí aferrar sus brazos a mi cuello al sentirme colocarme en su abertura y comenzar a abrirme paso en su interior, dispuesto a hacerla sentir que aquello que le había parecido tan grandioso y que la tenía gimiendo y jadeando hasta ese instante, no era nada comparado con el placer que le esperaba cuando al fin me hiciera parte de ella, pero al sentir aquella delgada pared que me impedía continuar… simplemente dudé.

Aquello no estaba bien. Ella… no estaba en sus cabales en esos momentos, yo realmente no debía…

—Te amo. Yo… realmente te amo, Touya. Yo quiero… yo realmente quiero…

—Yo también te amo. Yo te amo mucho más, Tomoyo —respondí acongojado, queriendo creer que aquello que acababa de salir de sus labios no era meramente un impulso irracional, y volviendo a besar sus labios intentando ya no pensar más, la recosté levemente y volví a intentarlo, aunque esta vez con la suficiente presión para sentir como comenzaba a desgarrarse.

Ella se sobresaltó al principio y aferró aún más sus brazos a mi alrededor, pero afortunadamente no pareció provocarle más que una ligera molestia que no aumentó demasiado aún cuando seguí presionando.

Experimenté un regocijo enorme al sentir al fin como su interior cálido y húmedo me recibía con más facilidad de la que esperaba, y al separarme de sus labios y escuchar como con las pupilas dilatadas y los labios entreabiertos me preguntaba por qué lo hacía tan lentamente, me limité a sonreírle y volver a besarla para distraerla hasta que terminara de tomar del todo su inocencia, porque no quería arruinar el momento con explicaciones tediosas e innecesarias que parecía no necesitar.

Solo iba a medio camino… pero ya sentía el cielo que ella me ofrecía al abrigo de su cuerpo.

Era maravilloso sentirla de esa manera, sentir como sus labios temblaban contra los míos en respuesta a que su interior se estuviera acostumbrando a mi presencia, mientras sus uñas se clavaban en mi espalda al mismo tiempo que contenía el aliento cada vez que avanzaba un nuevo centímetro en mi exploración.

Jadeé al completar al fin mi faena y sentirla acogerme por completo, y sosteniéndole la mirada mientras mis manos la tomaban de la cadera, comencé a embestirla despacio y suavemente, estremeciéndome por completo ante las pequeñas descargas que me producía aquel constante roce con su interior.

La sentí colocar sus manos sobre mis glúteos intentando tomar parte en ello también, y presa de mis cada vez más desbocados instintos, abordé su boca con mayor frenesí y comencé a embestirla aún más profundamente, escuchándola ahogar gemidos descontrolados que desaparecían contra mis labios al encontrarse con mis propios jadeos.

—¡Oh, Touya! Esto…

—Dime que te gusta, dime que se siente bien.

—Me gusta… me gusta mucho. T-te… te… —Sus jadeos interrumpieron su declaración mientras cerraba los ojos, y al sentir como se presionaba contra mi como si me invitara a hacerlo aún más profundamente, supe exactamente lo que quería transmitirme con esos balbuceos—. T-te sientes realmente bien, Touya —culminó sin recuperar del todo el aliento, y si antes tenía hambre de ella, el que comenzara a usar las manos que no había apartado de mis glúteos para guiar mis movimientos, me hizo darme cuenta de que ni siquiera yo entendía la profundidad de mis deseos.

¡Oh cielos! Ella tenía razón. Aquello se sentía demasiado bien.

Ya ni siquiera recordaba cómo era posible que hubiera podido contenerme, como no había sucumbido antes a la búsqueda de aquel placer tan delirante. Estar con ella y escucharla gemir una y otra vez lo hacía aún más adictivo y placentero de lo que lo recordaba.

Dejé de contenerme también y jadeé en consecuencia mientras volvía a perderme en su boca, que al igual que su cuerpo me recibía como si fueran dos piezas que habían sido diseñadas para encajar.

Qué cálida era. Qué angosto y húmedo era su interior.

Todo era tan perfecto. Ella era tan perfecta. No quería separarme de ella, no quería dejar de hacer aquello nunca jamás. Quería seguir así para siempre. Quería… hacerle el amor una y otra y otra vez en lo que me quedara de vida.

—Profesor Kinomoto, señorita Tomoyo, ¿están ahí? Los hemos buscado por todos lados.

—No me jodas. Tiene que ser una broma —refunfuñé para mis adentros al reconocer la voz de Kobato y sólo entonces recordé que mientras nosotros estábamos envueltos en aquel furor enardecido, había más de un centenar de personas afuera (incluyendo muchos niños), esperándonos para dar por finalizado aquel evento.

La voz de Fujimoto regañando a la inoportuna chiquilla mientras la alejaba del lugar, me confirmó que el que no nos hubieran encontrado antes no se debía a qué no supieran dónde estábamos encerrados, sino a que Kobato era la única lo suficientemente despistada para no entender lo que estaba pasando a puertas cerradas.

Suspiré resignado concluyendo que me merecía ese tipo de cosas por haber dedicado toda mi vida a importunar a mi hermanita y al mocoso, a quien de repente sentía le debía una disculpa, y volví mis ojos a Tomoyo quien por su parte seguía allí, sentada sobre la encimera, sin más cubriéndola que aquella camisa mal abotonada que dejaba ver parte de sus pechos y sus larguísimas piernas aún temblorosas, que si no fuera por aquella mirada tan perdida que traía en esos instantes seguro me hubiera motivado a terminar lo que empecé.

Supongo que no debía sorprenderme. Por mucho que hubiera sido su iniciativa esta vez, seguía siendo algo que pugnaba con su sentido común y que habíamos jurado no volver a repetir.

—Touya yo…

—Tranquila, no pasa nada —me apresuré a asegurar mientras colocaba los botones de su blusa simulando una sonrisa, queriendo ocultar que aunque había jurado que no me importaría, el que nuestra relación se hubiera convertido en solo un desahogo para ella me causaba un inmenso dolor—. Sé que parece abrumador ahora pero, querías comprobar si te atraían o no los hombres, ¿no es cierto? Ya tienes la respuesta. Si lo quieres, tomemos esto como un empate o puedes justificarte diciendo que solo lo hiciste porque estoy vestido de mujer.

—¡No hice esto porque estás vestido de mujer ni porque mi cuerpo lo necesite! Ya te dije que te amo, Touya. Yo… hago estás cosas porque te amo con todo mi corazón —la escuché aseverar enérgicamente mientras me sostenía la mirada, y yo me quedé ahí de pie, sin que mi cabeza consiguiera asimilar del todo lo que acababa de escuchar.

Ella mantenía sus manos aferradas a las mías que aún sostenían la tela de su camisa mientras su rostro yacía sonrojado por más que el calor del momento, y entonces me di cuenta de que no, definitivamente no lo estaba malinterpretando. Aquellas palabras, aquello que acababa de decir… había reunido todo el valor que había en su cuerpo para aceptar que aunque sabía que no era lo correcto, había elegido quererme por sobretodo lo demás.

La acuné entre mis brazos entendiendo la lucha interna que libraba en esos instantes con sus impulsos y su razón, y besé la coronilla de su cabeza temblando, porque para ser completamente sincero, aquello me llenaba de miedo y emoción a la vez.

—Lo sé. Ya sabía lo que sentías —expliqué mientras limpiaba las lágrimas que se le habían escapado a pesar de sus esfuerzos por contenerlas—. ¿En serio pensabas que me creí ese cuento de que solo querías tener sexo conmigo? ¿Qué vas a saber tú de eso si ni siquiera habías besado a alguien antes?

—Bu-bueno, tampoco es como que tú seas el rey de la experiencia. Solo has besado a tres personas incluyéndome.

—Que sepas tú —murmuré en voz baja, riéndome por lo bajo al verla sonrojarse mientras abría la boca aterrada al considerar que en el fondo era algún tipo de casanova, y concluyendo que a esas alturas evitar los temas incómodos con humor no era lo mejor para resolver nuestro problema, decidí que, aunque había procurado no mencionarlo para no causarle más conflictos, era hora de hablar de lo que en verdad la atormentaba de todo aquello—. Lo que quiero decir, es que comprendo bien tus sentimientos. Sé que no quieres ser la causa por la que termine con Yukito. Por eso te dejé pensar que sentías por mi algo diferente y cualquier otra cosa que pasara por esa loca cabecita tuya. No quería presionarte a tomar una decisión al respecto; sé que de por sí asimilar estos sentimientos es suficiente presión.

—¿Eso quiere decir que ya lo decidiste?

—Desde el momento en que me di cuenta de que una semana sin tus bromas me resultaba más insoportable que seis meses sin tener noticias suyas —reconocí sinceramente, y la vi bajar la cabeza en silencio mientras se encogía sobre sí misma, y yo colocaba mi frente contra la de ella invitándole a que desahogara todos sus sentimientos al respecto.

Sabía que para ella también era difícil, que ella también lidiaba con sus propias contradicciones, que aquello, aunque no lo dijera en voz alta, le causaba un gran cargo de conciencia.

Su tristeza sacó a flote todos esos sentimientos que yo mismo había estado reteniendo hasta ese instante, y dejé que un par de lágrimas se deslizaran por mis propias mejillas mientras la estrechaba entre mis brazos nueva vez, y susurraba a su oído que aquello no era su culpa.

Yo también le había dado muchas vueltas al asunto, yo también sentía en el fondo que lo que estaba haciendo y sintiendo estaba mal, pero aunque una parte de mí no pudiera perdonarme por ello, la otra sabía que seguir en el mismo derrotero que había llevado hasta ese instante era mucho peor.

—Es bueno que te preocupes por los demás, y está bien que hagas todo lo posible por no lastimarlos. Pero aún si no me correspondieras, aún si hubiera una forma humanamente posible de evitar que esto siga creciendo en mi interior, no puedo seguir con él si sé que no podré amarlo completamente, que cada vez que me quede a solas contigo… pasaran cosas como esta. No sé cómo debe sentirse en estos momentos y que tan mal acabe lo nuestro cuando le cuente lo que ha ocurrido, pero seguro le hará más daño saber que solo estoy con él porque no quiero herirlo. Después de todo, por eso nunca le dijiste a Sakura lo que sentías por ella, ¿no es cierto? No querías que ella se quedara a tu lado solo porque sentía lástima por ti.

Su silencio fue suficiente respuesta para mí, y comprendí que aunque me resultara aterradora la simple idea de terminar con Yukito de manera definitiva, estaba haciendo lo correcto. No se trataba sólo de que deseara estar junto a ella, en nombre de todos los años que estuvimos juntos, él merecía que le dijera toda la verdad, merecía elegir lo que fuera mejor para su felicidad.

—Es una lastima que no consiguiera un vuelo hasta dentro de un mes. Realmente quería aclarar las cosas con él lo antes posible.

—No tiene que viajar a Inglaterra para verlo. Él está aquí en el desfile.

—¿En el desfile?

Mi voz solo reflejaba una pequeña parte del desconcierto que sentía ante su afirmación, desconcierto que desapareció por completo al notar cómo escondía la mirada como si intentara ocultarme algo al respecto.

—Esto es obra tuya, ¿verdad?

—Bueno, sí, en parte. Pero antes de que me golpees la frente, te aseguro que cuando me dijiste que no necesitas que una mocosa metiche con complejo de celestina intente arreglar tu vida amorosa, ya había viajado a Inglaterra y hablado con él. Así que si quieres estar molesto conmigo por eso y regañarme, te advierto que yo…

—Gracias. Supongo que el que seas una entrometida es útil en ocasiones —murmuré con sinceridad mientras depositaba un breve beso en sus labios, sonriendo de lado al verla totalmente desconcertada de que mi reacción a ello fuera positiva, lo cual sinceramente se debía a que tenerla desnuda frente a mí me ponía de buen humor.

—No soy entrometida, solo me preocupo por mis amigos.

—¿Y yo soy tu amigo? Porque eso no es lo que me dijiste hace un rato.

—Hablaremos de lo que eres cuando regreses. Ahora… tienes cosas más importantes que hacer.

Asentí sabiendo que aquel no era ni el lugar ni el momento para ponerle nombre a aquello, y después de suspirar resignado y romper nuestra unión de mala gana, casi sollozando, me coloqué de nuevo el estúpido vestido, sabiendo que debía irme antes de seguir siendo tentado por su maravillosa silueta.

Detuve mis pasos al sentir como ella me abrazaba por la espalda de repente, y solo entonces me di cuenta de que la mano con la que sostenía el pomo de la puerta en esos momentos, estaba temblando debido a toda la angustia que la posibilidad de hablar al fin con Yukito me provocaba.

No se trataba de que estuviera arrepentido o dudara de lo que debía hacer, solo… no me imaginaba hiriendo los sentimientos de alguien tan importante para mí.

—Todo estará bien, Touya. No se angustie.

Ahogué un sollozo antes de girarme hacia ella y resguardarme entre sus brazos, buscando las fuerzas que me faltaban en la calidez y dulzura que sus labios me brindaron al fundirse con los míos, como si intentara recordarme que estaría conmigo sin importar lo que ocurriera al final.

Me quedé allí por unos instantes, solo acariciando su rostro mientras contemplaba aquellos ojos que me sonreían llenos de amor, agradecido de que me dijera justo eso que necesitaba escuchar, y separándome de ella dispuesto a asumir el peso de cada una de mis decisiones, salí de la habitación sabiendo que antes de comenzar a labrar mi futuro, debía poner en orden mi pasado.


Y ahí está el capítulo 11, ya solo nos falta uno para terminar esta divertida historia.

Personalmente este capítulo a sido uno de mis favoritos y también el que más trabajo me ha costado XD.

El próximo capítulo también lo narra Touya, y al fin veremos qué piensa Yukito de todo esto y que harán estos a partir de ahora con sus sentimientos.

Espero disfruten leerlo tanto como yo escribirlo, y a los que se le hace difícil imaginarse la imagen de Tomoyo con el cabello corto, dejé una pequeña foto en la portada para que vean como la imagino ;).

Les envío un gran abrazo.

Nos leemos en el último capítulo.