Lo que sea, pero contigo

Capítulo 12:

Serendipia o el principio del final

Mi corazón dio un vuelco con solo mirarlo.

Si bien solo habían pasado seis meses desde la última vez que lo vi, una parte de mí sentía que Yukito había cambiado, que la forma en la que él me miraba y yo lo miraba a él no era la misma de antes.

Nos habíamos situado en el jardín lateral de la mansión, lejos de las miradas curiosas de las personas que empezaban a marcharse del desfile habiendo dado el anuncio de que el evento se suspendía por razones técnicas, pero aún así, la tensión que se respiraba en el ambiente en esos instantes hacía de articular cualquier palabra, una verdadera lucha en mi interior.

—Supongo que si ya estás aquí es porque al fin decidiste aclarar las cosas conmigo —tanteé para iniciar la conversación, notando como él sonreía levemente mientras se limitaba a asentir en respuesta.

—Han pasado siete meses desde que me fui. Hemos estado separados mucho tiempo, ¿no es cierto, Touya?

—Si vas a decirme algo solo hazlo, Yukito —lo animé intentando tomar aquello con madurez—. De cualquier modo ya sé que Tomoyo te contó todo lo que ha ocurrido entre nosotros, así que no me sorprende que estés molesto por ello.

—Creo que sentí algo de decepción cuando me enteré al principio, pero no, definitivamente no estoy molesto. Me alegra saber que el tiempo que te di terminó dando los resultados que quería.

—¿A qué resultado te refieres?

Volvió a esbozar esa tenue sonrisa y supe que aunque creyera que yo era quien debía tomar una decisión allí, él por su parte había tomado la suya mucho antes que yo.

—Touya, ¿sabes por qué decidí irme en primer lugar?

—Antes pensaba que era por lo que dije de Kobato, pero más tarde descubrí que era por lo que sentía por Tomoyo.

—Debo confesar que escucharte decir eso me hizo sentir muchas dudas, y que me percaté de que algo pasaba con la señorita Tomoyo mucho antes de lo que piensas, pero lo que realmente me hizo tomar esta decisión fue eso —explicó señalando mi cabello—. Comienzas a tener el pelo lleno de mechones blancos —aclaró al notar mi confusión—. Cuando vi esos vestigios blancos en tu pelo siempre castaño, me di cuenta de que… estás empezando a envejecer. Para un ser que ha vivido tanto como yo y Yue, treinta y tres años es apenas un susurro, pero para ti que tienes un tiempo limitado en esta tierra, eso que es tan poco para mí representa la mitad de tu vida. Obligarte a que dediques a mí la otra mitad de ella y te prives con ello de vivir las cosas que son normales para ustedes los humanos, no solo sería egoísta de mi parte, sino que me dejaría un gran cargo de conciencia cuando al fin abandones este mundo y mueras. Después de todo… es lo que le pasó a Yue cuando murió Clow.

—¿Yue?¿Quieres decir que él…?

No terminé mi pregunta. Algo me decía que ninguno de los dos quería hablar al respecto.

Para ser sincero y muy a pesar de saber desde el principio que él no era humano, apenas me daba cuenta de lo inexperto e ignorante que era comparado con aquel ser que tenía frente a mí y que contaba con más de un siglo en su haber.

Sí, tanto Yukito como Yue habían vivido mucho, y por tanto, también habían visto con sus propios ojos lo frágiles y efímeros que podíamos llegar a ser los humanos. Era natural que no quisieran volver a vivir una experiencia similar, que la idea de que yo partiera y le dejara solo en cualquier momento le aterraba en verdad.

Tomoyo tenía razón, eran mis acciones y no tanto mis palabras lo que lo habían alejado de mí en primer lugar, él no haber sido completamente sincero sobre lo que necesitaba o deseaba en mi vida, ni mucho menos haber percibido antes lo que también necesitaba él. Debí darme cuenta mucho antes de lo que lo atormentaba. Debí percibir sus temores y asegurarme de lo que era mejor para Yukito.

Seguro todo hubiera terminado de manera distinta si hubiéramos hablado de aquello antes, si le hubiera asegurado que no me importaba lo que ocurriera conmigo siempre y cuando pudiera seguir estando junto a él.

—Touya… —susurró de repente al notar como mis ojos se cristalizaban, pero esta vez colocó su mano en mi mejilla y me miró a los ojos como si intentara disipar de esa manera mi tristeza—, el objetivo de nuestra separación era dejarte espacio para que pudieras elegir. Quería que durante mi ausencia descubrieras las cosas que realmente necesitas y entonces, pudieras usar el tiempo que te queda para vivir una vida con sentido por la que valga la pena envejecer. Pasé los quince años más maravillosos de mi existencia junto a ti, y puedo jurarte que lo último que quería hacer con alguien a quien agradezco tantas cosas era herirte, pero… sabía que a menos que lo comprobaras por ti mismo te negarías a aceptar que lo mejor era tomar caminos distintos, que aunque compartimos muchas cosas en todo este tiempo y nos quisimos bastante mientras estuvimos juntos, en estos momentos, justo ahora… nuestra relación en sí misma ya no es saludable para ninguno de los dos.

—Aun así debiste decírmelo —repliqué anegado en lágrimas—. La idea de pensar que has estado atormentándote por ello me hiere más que el que me dejaras. Sé que debí prestarte más atención y que cometí un error al dejarte tanto tiempo solo, pero yo te juro… te juro que nunca quise que termináramos así. —Limpié mis ojos con aspereza, pero fue inútil intentar detener esas lágrimas que sentía no era digno de derramar de cara a aquella despedida—. Demonios, ahora me siento aún más culpable por todo lo que he hecho, por esto… por esto que estoy sintiendo.

—No, no digas eso, ¿por qué te sentirías culpable por algo que te hace feliz? —indagó regalándome otra vez una sonrisa que contrario a estar llena de amargura, parecía repleta de un alivio sincero, del alivio de no haber dejado a alguien que había querido con toda su alma completamente sin protección—. Has estado enamorado de la señorita Tomoyo por diez años, y nunca diste un solo paso en su dirección. Yo diría que aguantaste demasiado. Qué aguantaste demasiado por mí. No me siento traicionado, ni considero que lo nuestro no tuvo ningún valor para ti. Todo lo que ha pasado… no es más que el resultado natural a qué tu cuerpo ya no pudiera contener esos sentimientos mucho más.

—¿Diez años? ¿Por qué dices que yo…?

Como si me hubiera golpeado un rayo, mi cabeza recordó la confusión que sentí cuando vi a Tomoyo en la habitación de Sakura aquella noche, y aquel extraño cosquilleo en mi pecho cada vez que escuchaba su nombre a partir de ese día. Aquel suceso, haber conocido lo que realmente tenía en el corazón… a partir de ese instante dejé de verla como la mejor amiga de mi hermana, y comencé a pensar en ella como una persona que tenía sus propios conflictos y contradicciones, pero que aún así enfrentaba el mundo con una sonrisa y procuraba con todas sus energías el bienestar de los demás.

Eso me llegó al corazón, una parte de mí comenzó a pensar en ella más de lo que lo había hecho antes, y al final, la muerte de su madre había sido la brecha que me permitió acercarme a ella y dejar esos sentimientos fluir.

Sí, me había fijado en ella antes de lo que me hubiera gustado aceptar. Aquello no era algo que había nacido de la noche a la mañana, sino un sentimiento que se había fortalecido con el pasar de los años.

—Ella también te quiere mucho. Si vieras como me amenazó cuando me visitó en Inglaterra… —soltó una risita—, me quedo tranquilo sabiendo que quedas en buenas manos. Espero que ambos sean capaces de ser completamente sinceros el uno con el otro a partir de ahora.

Intenté dar alguna respuesta a sus palabras, pero no me salía la voz. Aún una parte de mí no se sentía digno de su cariño y sus buenos deseos. Me torturaba la idea de haberlo dejado solo, de haber elegido lo que más me convenía sin pensar en cómo le afectaba a él.

Lo vi extender su mano hacía mí mientras me preguntaba si podíamos seguir siendo amigos, y asegurándole que nunca había tenido intenciones de que fuera lo contrario, la tomé en cambio, sintiendo que mis ojos se cristalizaban al verlo sonreír.

Él me dejó llorar un rato mientras le sostenía la mano como si entendiera que una parte de mí se negaba a dejarlo ir de esa manera, y elevando la mirada hacía la persona que de pie a unos metros de nosotros le llamaba con el rostro apesadumbrado, distinguí la silueta de la persona que había estado al lado de él hasta el momento en que fui a buscarlo en medio del auditorio, hacía unos pocos minutos.

Miré el rostro de Yukito por un par de segundos, los suficientes para notar el inusitado brillo que llenaba sus ojos al darse cuenta de que Nakuru estaba tan preocupada que no se había resistido al impulso de ir por él, y entonces me di cuenta de que el odioso de Clow no era tan malo como parecía.

Con que el que su reencarnación creara un ser con las mismas características que él no era simple casualidad.

—Siempre han tenido una buena conexión. De hecho, ahora que lo pienso hasta vivieron juntos una vez. Deberías intentarlo.

—¡¿Intentar qué?! Yo no he dicho nada de eso —exclamó azorado, mientras yo me reía por lo bajo al notar como se teñía de carmín al darse cuenta tarde de que llevaba un buen rato con la misma sonrisa idiota que yo ponía a cada rato, y me di cuenta de que aunque aún no se hubiera percatado de ello, Yukito estaba tan perdido como yo.

Le animé a responder al llamado y no hacerla esperar más, y sentí como me aferraba en un abrazo mientras me aseguraba con voz trémula que esperaba que fuera muy feliz a partir de entonces.

A decir verdad se sintió como siempre, como si nada hubiera cambiado entre nosotros realmente, y eso me alegró.

Tal vez las cosas no tenían que ser tan diferentes, tal vez… ser solo amigos no estaba tan mal.


Si bien me parecía adorable la manera cómo mantenía los cachetes inflados todo el camino mientras la llevaba a su departamento en mi auto, no intenté decirle lo linda que se veía porque sabía que en serio estaba muy molesta conmigo.

El enorme bulto que tenía en la cabeza después de todo lo que me lanzó tan pronto fui a buscarla para contarle lo ocurrido con Yukito me lo había dejado muy claro.

—No es mi culpa que no te dieras cuenta antes de que seguías siendo virgen, ¿no que eres muy curiosa, Tomoyo?

—Para tu información profesor de biología de pacotilla, la virginidad es algo muy relativo —bufó indignada, recordando el momento en que notó esas ciertas manchitas rosáceas que la llevaron a correr al baño y hacerse una exploración visual que le confirmó que sí, debía asesinar a cierto mentiroso roba virtudes—. Hay mujeres a quienes el himen no llega a rompérsele durante el primer coito y algunas hasta nacen sin él. Siempre tuve dudas de si lo habíamos hecho o no porque no notaba ninguna diferencia, pero cómo te alterabas cada que intentaba conversar contigo de esos temas, decidí no preguntarte para que no fueras a hacer un drama por ello. Lo que no me queda claro señor "tengo una deuda moral que pagar", es por qué no me lo dijiste desde el principio, te hubieras ahorrado todo este quilombo si me hubieras dicho la verdad.

—Supongo que entré en pánico —expliqué con completa calma mientras ella hacía un mohín, porque mientras ella se moría de la rabia yo me divertía de lo lindo con su pataleta—. Se suponía que solo lo estaba haciendo para responder a tu estúpido reto, pero hubo un momento en toda la faena en la que en serio te deseaba, que mi cuerpo estaba respondiendo a ti de manera automática. Eso puso en tela de juicio lo que había creído de mí por casi veinte años, y simplemente me aterré de lo que podía significar. Creo que me daba miedo que hicieras más preguntas sobre lo ocurrido tras decirte la verdad, y al final me viera obligado a reconocer… que tal vez me gustabas mucho antes de todo lo que había pasado.

Llevé mi mirada en su dirección para estudiar su reacción a mi confesión, pero esta vez no estaba sonrojada. Supongo que con tantas veces que me había declarado en solo un par de meses ya se había acostumbrado a la idea de que estuviera enamorado de ella.

Aunque aún había algo más. Aún había algo de duda en sus ojos.

—¿Y Yukito? ¿Todo bien con él?

—Sí. Creo que tuvimos la conversación más sincera que habíamos mantenido en mucho tiempo. Acordamos ser amigos al final, y algo me dice que se las trae con Nakuru.

—Me alegro mucho. En serio… me preocupaba que terminaran mal.

Ella limpió discretamente unas cuantas lágrimas de sus ojos y yo solo pude sonreír sintiendo que cada vez estaba más enamorado de esa mujer tan considerada y altruista.

A mi también me alegraba haber terminado bien con él. Aunque aún me preocupaba la manera en la que debía de proceder a partir de ese momento.

Es decir, ahora era soltero y era obvio que nos queríamos sinceramente, pero me preocupaba que aún no fuera tiempo de pedirle que tuviéramos una relación.

Tal vez debía esperar a que las cosas se asentaran, tal vez lo mejor era comenzar de cero y dejar que todo surgiera de manera natural.

Me detuve frente a su departamento después de cavilar al respecto hasta el cansancio, y al escucharla suspirar con discreción antes de quitarse el cinturón y hacer el amago de bajarse del auto, me di cuenta de que siempre hacía lo mismo cuando la dejaba en su departamento.

Era obvio que la idea de estar allí sola no le agradaba en lo absoluto. Que si bien haberse mudado de la mansión le había ayudado con su estado de ánimo, saberse sola en aquellas cuatro paredes seguía llenando de tristeza su corazón.

Mi mente se iluminó ante aquella revelación repentina, y comprendí que si quería hacer las cosas de manera distinta esta vez, debía convertir en palabras aquello que llevaba días rondando en mi mente, en vez de preocuparme por lo que podía o no pasar.

—Tomoyo —murmuré cuando la vi colocar un pie fuera del auto—, dado que ya todo está aclarado… creo que deberíamos vivir juntos.

Sus luceros amatistas me miraron con una mezcla de estupor y duda, como si me preguntara en silencio si acaso aquello lo había dicho en son de broma, pero aunque picarla se había convertido en mi nuevo deporte favorito, yo no estaba bromeando en lo absoluto.

Después de aquellas horribles semanas alejados, lo último que quería era separarme de ella otra vez. Aunque a juzgar por su expresión en esos momentos… se me había pasado la mano con aquella propuesta tan repentina.

—Lo que quise decir es…

—Está bien. Puedes vivir conmigo, aunque te advierto que tendrás que cocinar para mí muy a menudo. Me encanta tu comida —contestó de repente mientras sonreía, y ahora el que estaba confundido y abrumado era yo.

—¿En serio aceptas tan fácilmente? ¿No vas a poner trabas o a decir que es muy apresurado?

—Soy una mujer independiente de veintiséis años y tú un hombre igual de libre de treinta y tres, así que no hay mucho que considerar. No puedo seguir hablando todo el tiempo con un muñeco, Touya. Eso dañaría mi imagen. Además… —Ahogó un sollozo mientras llevaba los amatistas hacía mis cafés y sus ojos de cristalizaban—, después de pasar tanto tiempo contigo, ya no recuerdo cómo volver a estar sola.

Presa del mismo sentimiento que ella expresaba, de esa mezcla de congoja y felicidad que me hacía vulnerable, la abracé a mi pecho mientras le prometía que no la dejaría sola nunca más, al mismo tiempo que adoptaba tal resolución como mi nueva misión de vida.

Porque sin importar lo gris que se volviera el cielo, lo amarga que se tornara la vida o los golpes y caídas que nos esperaran en aquel camino que habíamos decidido emprender juntos, me quedaría allí junto a ella: inamovible, decidido, encantado, tratando de mantener viva esa llama que me quemaba de adentro hacia afuera y que me llevaba hacia ella sin resistencia.

Llevé mis manos a su rostro y deposité un beso en sus labios para cerrar el trato, y ella hizo otro tanto volviendo a besarme aún más intensamente al separarnos.

Nos miramos a los ojos una vez más mientras intentábamos recuperar el aliento, y antes de darnos cuenta, estábamos caminando a través del pasillo que llevaba al departamento (nuestro departamento), besándonos y acariciándonos de una manera tan apasionada e impetuosa, que poco nos faltó para olvidar la decencia y hacernos parte del otro allí mismo en el ascensor.

Nos encaminamos a su cuarto sin reparar en nada a nuestro alrededor ni molestarlos en encender las luces, lo cual provocó que termináramos de bruces en el suelo en una ocasión y me tropezara otro millar de veces con los muebles, lastimando aún más la pierna que de por si tenía resentida y que seguro me dolería como los mil demonios al día siguiente, y cuando al fin conseguimos adentrarnos en la habitación que afortunadamente estaba siendo iluminada por la luz selenita de una luna llena inmensa que bañaba toda la habitación, cerré la puerta de su cuarto justo antes de hacerle caer en la cama de espaldas.

—¿Acaso temes que intente escapar otra vez? —preguntó divertida mientras me veía asegurar también las ventanas, haciendo que yo esbozara una sonrisa mientras me quitaba la camiseta y regresaba hasta la cama.

—No creo que quieras hacerlo. Solo quiero aislar el sonido lo máximo posible. Eres muy ruidosa.

—¡Yo no soy ruidosa! Solo… me gusta expresar lo que siento.

—Lo sé y eso me encanta —reconocí situándome de rodillas sobre ella, sintiéndome extrañamente emocionado por la idea de volver a escucharla gemir y jadear extasiada por mis caricias como hacía unas horas—. Solo no quiero que nos interrumpan. Así es menos probable que escuchemos si alguien llama.

—Tienes razón, no queremos que nos interrumpan —gimió contra mis labios mientras me ayudaba a quitarme el pantalón, y al verla sonreír con aquella mezcla de malicia y deseo que podía decir con orgullo solo yo la había visto mostrar, abordé su boca nueva vez como si mi vida dependiera de ello mientras nos desnudábamos uno al otro.

La besé con un hambre monstruosa, con anhelo, con furor, hasta que un sabor levemente más salado que el de sus labios se impregnó en mi paladar debido a haberle hecho un corte en el labio por accidente, pero aunque lo intenté, ella no parecía dispuesta a dejarme perder el tiempo disculpándome por ello.

No la culpaba. Teníamos tan mala suerte en ese tipo de cosas, que no me sorprendería si se desatara un incendio en el edificio que nos obligara a salir huyendo y dejar todo otra vez sin terminar. Tal vez yo tampoco debía perder el tiempo, tal vez debía aprovechar cada segundo y culminar el encuentro al fin esa vez.

Llevé mis manos a sus piernas y comencé a ascender a través de ella con el objetivo de retirar la pieza de tela que la cubría, mirándola lleno de estupor al notar la sonrisa perversa que se dibujó en sus labios al constatar que... no había nada que retirar.

—Tú no quieres que nos interrumpan, a mí no me interesa andarnos con rodeos. Estamos en la misma sintonía.

—¿En serio? ¿La señorita "jugar un poco antes es mejor para avivar el fuego" no quiere andarse con rodeos?

— Tuve… suficiente tiempo para jugar conmigo a solas hace un rato. —Enarqué una ceja preguntándole si acaso haría algo como eso después de que casi nos hallaron con las manos en la masa, y ella sonrió como única respuesta—. ¿Qué? Tenía que desahogarme después de que me dejaras a las puertas. Suerte tuviste de que no te obligué a terminar antes de irte.

Mi sonrisa se ensanchó aún más al escucharla reconocer aquello, y besando sus labios devotamente, estimulado con la imagen que me había dejado la idea de imaginármela en aquella exploración personal motivada por la añoranza de que quien la acompañara en ese momento fuese yo, usé una de mis manos para alcanzar mi bolsillo, escuchándola bufar tan pronto vio el preservativo que saqué de mi cartera.

—¿Por qué pierdes el tiempo con eso? Te dije que no quería andarme con rodeos.

—Ahora estás muy emocionada y dices que no te importa, pero en varias semanas cuando te falte la regla, estarás volviéndote loca y me querrás volver loco a mí también. Adoro que seas osada e impulsiva, pero prefiero no tomar riesgos esta vez.

—Eso no te importó hace un rato cuando me…

—Eso fue estúpido y no debe volver a pasar, ¿de acuerdo? Somos adultos responsables, tenemos que actuar como tal aún no sea tan placentero.

—Como quieras. Eres muy aburrido.

La vi hacer un puchero adorable al notar que no se había salido con la suya esa vez, y al ver esa carita preciosa con un gesto tan infantil, pensé en que sería maravilloso tener un par de pequeños igual de traviesos corriendo por ahí y llamándome padre.

Por primera vez en la vida en serio añoré tal escenario, y me hallé soñando despierto con que algún día realmente pudiera tener mi propia familia.

Coloqué el preservativo en su mano, lo cual hizo que ella mirara el objeto con cierta aprehensión, pero al preguntarle si quería ponérmelo, sus ojos destellaron de pura emoción.

Terminó de desnudarme de la cintura hacia abajo y colocando el preservativo aún cerrado a un lado de la cama, cosa por la que la reprendí, sostuvo la base de mi erección con su mano izquierda sin dejar de mover la derecha de arriba a abajo a través de ella.

—Tomoyo…

—Déjame divertirme un poco, Touya. Ya después puedes regañarme.

—No quieres divertirte, solo intentas despistarme y hacer las cosas a tu manera.

—¿Y quién puede culparme? Sentirte al desnudo fue… maravilloso.

La sentí aprovechar el contacto con mi hombría para dispensarme caricias que me provocaron más que un escalofrío, y si bien quise seguir protestando ya me encontraba demasiado obnubilado con sus movimientos.

Ni siquiera pude resistirme mientras me hacía caer en la cama, y si bien contuve el aliento un segundo para evitar dejar salir un jadeo ante aquellas sensaciones que ella me producía, terminé perdiendo el control de mis reacciones al verla colocarse sobre mis muslos y sonriendo con malicia, introducirlo en su boca sin previo aviso, haciéndome tragar en seco para aclarar mi voz que sonaba cada vez más cavernosa al sentirla acariciar con su lengua todos los lugares que le habían ayudado a dejarme sin puntos de vida la última vez.

Volví a detener la respiración al sentirla introducirlo por completo en su boca un par de veces mientras me estremecía ante aquello, no pudiendo evitar gruñir abrumado al verla colocar en sus labios solo la parte superior, intentando usar su lengua para abarcar todas las zonas sensibles de mi virilidad mientras me sostenía la mirada.

Pocas veces me había sentido tan inquieto como en esos momentos. Quería tomar su rostro y empujarla contra mí para que lo introdujera aún más en su boca como lo había hecho antes, pero no quería espantarla ni hacerla sentir presionada. A decir verdad, no dudaba que su reacción fuera totalmente contraria y él que fuera así de brusco la excitara, pero si le gustaba y me animaba a seguir haciéndolo… pasaría lo mismo que la última vez.

Terminé aferrando mis manos a la cama para no llevar a cabo aquella idea que ahora me resultaba más tentadora que nunca, y la vi sonreír mientras me sostenía la mirada, porque la muy sádica estaba disfrutando el verme desesperado.

Sí, a ella le encantaba verme así de vulnerable luchando contra mis propios impulsos, le encantaba torturarme mientras me veía hacer todo tipo de caras que revelaban lo que aquello me hacía sentir.

La escuché comentar que le gustaba lo suave que era y el sabor que tenía, provocando que no supiera si odiar o amar a esos escritores tan perversos que ella leía, y que debo decir, le habían enseñado demasiado bien, y sabiendo que aquel pensamiento no me ayudaría a resistir mucho más, invertí posiciones en cuanto la vi alejarse para tomar aire, y apresándola bajo mis piernas la besé con desenfreno mientras me preparaba para retomar lo que habíamos dejado inconcluso unas horas antes.

Claro que esa noche obtendría toda la satisfacción que había estado esperando ansiosamente, pero aunque hacerlo de aquella manera era delirante, ese día la reclamaría de ella, de su interior.

Con aquello en mente la despojé de su blusa, notando entonces que tampoco traía brassier bajo aquella pieza de ropa, y después de mirarla con la ceja alzada mientras ella solo se encogía de hombros argumentando que quería hacerme las cosas más sencillas, concluí satisfecho en que ella era una mujer de la que jamás me cansaría.

Me coloqué el preservativo lo más rápido que pude, porque eso de que no le iba a dar el gusto de hacerlo al desnudo iba muy enserio, y si bien pensé que protestaría por ello otro tanto antes de acceder a continuar, la sentí enredar sus piernas en mi cintura para empujarse hacía mí de repente y terminar el trabajo, haciéndome soltar un gruñido ante la sensación tan placentera que la calidez de su interior abrasándome me provocó de inmediato.

Llevé mis manos a su cadera dominado por el hambre voraz que sentía por ella y que me había esforzado por poner a raya hasta ese instante, y comencé a moverme en su interior lenta pero intensamente, notando como ella arrugaba el entrecejo y se mordía el labio, mientras yo comenzaba a jadear ante la sensación que me provocaba su interior estirándose para acogerme.

Atrajo su rostro al mío extasiada por aquella forma de sentirnos, y besándome de una manera apasionada que me enorgullecía decir le había enseñado yo, seguimos siendo llevados por ese vaivén frenético que no tardó en volverse cada vez más intenso.

La sentí empujarme para cambiar de posiciones cuándo parecía a punto de alcanzar el clímax, y pronto la tenía encima mío mientras tomaba el control de ello y yo admiraba la manera en que sus pechos subían y bajaban ante sus movimientos.

Debo reconocer que la vista era mucho mejor de lo que había soñado, porque sí, había fantaseado mil veces con verla de esa manera, con hacerme prisionero de sus piernas y su furor descontrolado; y es que mis fantasías eran tan variadas y coloridas que seguro nos haría falta toda una vida para llevar a cabo todo lo que quería hacerle.

Llevé mis manos a sus pechos para sentir su piel desnuda y suave bajo las yemas de mis dedos, y al verla arquear la espalda a consecuencia de la manera en cómo los acariciaba aprovechando su excesiva sensibilidad, supe que si bien me gustaba que tomara el control e intentara complacerme, mi delirio con ella era tenerla dominada a la merced de mis deseos.

Dejé lo que estaba haciendo para atraerla hacia mí y besarla, y una vez tenía su hermoso cuerpo recostado sobre el mío, sostuve su cintura con mis manos y empecé a ser yo quien llevara el ritmo de los movimientos.

Ella intentó hacer otro poco desde la posición a la que la tenía condenada, pero era obvio que no podía concentrarse teniéndome a mí bajo ella embistiéndola a mi placer.

Sostuve su cadera en el aire para tener aún más movilidad, y la escuché gritar al sentirme penetrarla con todas mis fuerzas mientras apretaba sus glúteos y devoraba su boca.

Sí, justo así la quería. Tal vez era algún tipo de hombre dominante y posesivo, pero con una mujer así, simplemente no podía quedarme quieto y dejarla terminar el trabajo.

Sí, me encantaba verla así, extasiada, abrumada, a punto de perder la cordura… pero no era suficiente, no era capaz de saciarme de ella.

La hice descender de la cama sintiendo que quedarnos allí era un desperdicio de espacio, y lanzando al suelo todo lo que había sobre su escritorio ignorando como un par de objetos se hacían añicos en el suelo, la hice colocar una pierna sobre el mismo mientras la otra permanecía en el suelo, y me introduje en ella de espaldas de una sola estocada, notando como ahogaba un grito de sorpresa contra mis labios ante mi repentino asalto, mientras yo sostenía su cuello con una de mis manos para poder besarla mientras comenzaba a moverme en su interior, y la veía mirarme con aquella expresión que me decía que esa maniobra osada y llena de salvajismo le había encantado.

A mí me había gustado mucho más… provocar a esa fiera que llevaba dentro definitivamente era mi delirio, y si bien traté de ser gentil al principio, no tardé en sentir la necesidad de ser aún más brusco con ella, de embestirla con todas mis energías.

Llevé mis manos a su redondo y fenomenal trasero en forma de corazón, y cambié el ritmo de las embestidas hasta hacerlas más intensas y demandantes. Sus alaridos tenían tanta fuerza que me erizaron el vello de la nuca, y al escucharla suplicarme entre gemidos que fuera aún más rudo con ella, sentí que me hallaba en la recta final.

Mierda, era muy difícil estar con una mujer que pensaba como hombre. Si seguía diciendo exactamente lo que quería oír, me dejaría sin fuerzas para un round más.

Cambié de posición nueva vez para intentar retrasar lo inevitable, y colocándola de vuelta en el filo de la cama porque mi pierna había elegido el momento menos indicado para comenzar a dolerme, la recosté boca arriba con las piernas elevadas contra su torso, y doblando su espalda al máximo de lo que su cuerpo me lo permitía, cambié la dirección de mis movimientos de un vaivén horizontal a estocadas verticales, que si hubiera sabido tendrían tal efecto en ella, sin duda hubiera empleado mucho antes.

Arriba y abajo, adentro y afuera, con fuerza y profundo... creo que jamás la había escuchado jadear y gemir de esa manera, ni mucho menos decirme cosas tan indecorosas y sugerentes.

Me amenazó intensamente y con palabras bastante descriptivas sobre todo de lo que me privaría si me atrevía a detenerme o cambiar un poco lo que estaba haciendo, y tuve que cubrirle la boca con mi mano para ya no escucharla, porque si volvía a oírla decirme que quería que la destrozara por dentro, obviamente con palabras aún más gráficas y sucias que esas, me iba a venir sin remedio.

No tardé en darme cuenta de que con una mujer como ella la hazaña de seguir sería imposible, por que no solo era verdaderamente insaciable, sino que aunque no pudiera hablar porque aún mi mano cubriera su boca, solo con contemplar su cuerpo perlado por el sudor debido a su actividad bajo el mío, esa manera de mirarme y esos sonidos que producía y me volvían loco… había perdido la batalla por completo.

No tuvo sentido que cerrara los ojos, pensara en otras cosas o me mordiera la parte interior del labio para intentar resistir un poco más, mi cuerpo se estremeció mientras se me erizaban partes que no sabía qué hacían eso, y comencé a moverme sin concierto alguno mientras la escuchaba gritar en consecuencia, eclipsando mis propios sonidos.

Maldije el hecho de no poder sentir aquel momento por completo ante la imposibilidad de derramarme en ella, y concluí decepcionado que debí hacerle caso desde el principio y no usar aquel odioso artefacto de látex.

Ya después me preocuparía por la posibilidad de tener que aguantarme su bipolaridad aumentada por cien durante nueve meses. En ese momento solo quería llenarla de mi esencia por completo.

Me dejé caer sobre ella incapaz de permanecer de pie más tiempo, e invirtiendo posiciones para no aplastarla con mi peso, la abracé a mi pecho mientras nuestros corazones palpitaban con fuerza haciendo que su sonido fuera el de uno solo.

—¿No qué no me iba a dar tregua en toda la noche, profesor?

Ahí estaba, porque si se guardaba el comentario seguro le daría un ataque.

La miré con odio mientras le echaba la culpa por decirme todas esas cosas y dejarme a medias tantas veces, y después de besar mis labios entre risas intentando apaciguarme, me confesó que había alcanzado su propio clímax hacía mucho tiempo, pero que no había querido decirme nada porque parecía muy emocionado en el trayecto.

—No eres tan aburrido como creía. Espero no hayas gastado todo tu repertorio conmigo esta noche.

—Aun tengo mucho más… pero si se termina el mío usamos el tuyo. Seguro tienes millones de ideas escandalosas que quieres pedirme.

—¡Qué bueno que ya me conoces! Te espera una vida de mucha actividad como mi compañero de departamento. Te cobraré los veintiséis años que tengo sin coger.

—Tendré que alimentarme mejor entonces, porque si todas las noches son como estas terminarás matándome.

Ella soltó una risita ante mi comentario a pesar de que su respiración seguía tan agitada como la mía, y me sentí conmovido de que a su manera intentara evitar que alguno de los dos terminara dormido debido a la fatiga.

Mis dedos subían y bajaban a través de su espalda mientras ella tarareaba una canción, y agradecí al cielo por aquel momento tan pacífico en el que solo quedábamos yo y ella con nuestro amor y complicidad.

Imaginé la posibilidad de despertar cada mañana con aquella expresión risueña que ella tenía en los labios acompañándome al abrir los ojos, y me di cuenta de que a pesar de haberme tomado tiempo para entenderlo, aquello era lo que más deseaba en la vida.

Acababa de encontrar algo que no sabía que necesitaba, pero que me hacía muy feliz, y no estaba dispuesto a dejarlo ir tan fácilmente.

—No me disgusta… —murmuró ella de repente llamando mi atención—, me refiero a la idea de tener niños. Sería maravilloso tener un mini Touya y una mini Sakura corriendo por ahí, llenando la casa con sus risas, sus peleas y tus gritos histéricos.

—Suena maravilloso. Aunque primero… —invertí posiciones para volver a estar sobre ella y mordisquear su cuello haciéndole cosquillas—, quiero tener a su madre solo para mí por un par de años más. Hay cosas que ella quiere hacer que no son aptas para niños.

—¿Cómo vestirte de chica y hacer un vídeo porno de nosotros dos? También quiero vestirme de hombre y hacerte mío… pero te dejaré acostumbrarte a la vida de pareja primero.

—Lo que sea pero contigo, preciosa —murmuré contra sus labios antes de volver a besarnos, y condenándome para siempre a ser esclavo de sus deseos y su imaginación, disfruté de su locura preciosa durante aquella noche y todas las que vinieron después.

Porque sí, tomado de la mano de la persona adecuada, la locura es el camino más corto hacia la felicidad.


Y así terminamos esta aventura con la que espero se hayan divertido tanto como yo al escribirla.

Fue un muy bonito reto que me propuse este año para pulir mis habilidades como escritora y que gracias a mis dos increíbles compañeros, Pepsipez y Cherryfeathers que siempre me brindaron sus sinceras impresiones y sugerencias atinadas, estuvo lleno de valiosas enseñanzas y muchísimas risas.

Por ahora, habiendo concluido este proyecto, estaré totalmente enfocada en terminar "La Nueva Emperatriz", historia que algunos de ustedes ya conocen y que está a menos de diez capítulos de llegar a su final, y luego les traeré mi próximo proyecto que confío también les guste mucho.

En fin, mil gracias por el apoyo y todo el cariño que siempre me brindan.

Espero seguir teniendo noticias de ustedes en el futuro.

Att: Brie97