Capítulo 4
Mu entró con sigilo al cuarto. Se sentó en la cama donde Kiki dormía. El primer guardián permaneció unos segundos con una sonrisa y la mirada cálida fija sobre su pupilo. Lo destapó para acariciarle la cabeza. El pequeño Aries balbuceó algo inentendible a la vez que se retorció.
—Vamos, Kiki —le dijo Mu en tono suave—. Es hora de levantarse.
—Cinco minutos —pidió y se cubrió los ojos con el antebrazo.
—Te di una hora más. Ya son las nueve.
Kiki arrugó la cara y se sentó sin abrir los ojos. Mu lo agarró de la mano, se levantaron de la cama y fueron a la cocina entre bostezos contagiosos. Cuando llegaron el aprendiz de Aries soltó a su maestro de la sorpresa de ver en la mesa galletitas, chocolate, jugo y demás golosinas que no tenía permitido comer a menos que fuera un día especial. Aunque no fue solo eso: había globos, papeles de colores y un Señor Tanpoppo sentado en una silla. También estaban Shaka y Aldebarán que, junto a Mu, le dijeron:
—¡Feliz cumpleaños, Kiki!
El rostro se le iluminó. Abrazó a todos, incluso al Señor Tanpoppo. Mu no recordaba haber visto a su discípulo con una sonrisa tan ancha. Por un instante se reflejó en Kiki a su edad y comenzó a dolerle el estómago. Pero no podía volver a la cama: quería darle a Kiki un último cumpleaños feliz, el más feliz de todos.
Mientras lavaban los platos tras el desayuno Shaka notó el desánimo de su amigo. Aunque fuera algo corriente esos días, no le resultaba sencillo ignorar la mirada triste de Mu.
—Para ser tan joven sos muy amargado —comentó.
—Tenemos la misma edad —le respondió Mu con un puchero.
—Con más razón deberías disfrutar la adolescencia.
—¿Y vos qué hacés para disfrutarla?
—Realmente no me importa no llevar una vida como otras personas de nuestra edad. Mi deber como santo es más importante.
Mu apretó la esponja. Shaka se secó las manos y le acarició la mejilla al caballero de Aries, quien apenas pudo sonreír.
—Sé que lo estás pasando mal, Mu, y ver a Kiki seguir tus pasos debe dolerte mucho… Pero sos un buen santo y herrero. Él va a entender cuando llegue su turno.
Mu apoyó las manos en la mesada.
—Tenía su edad cuando fui a Jamir por primera vez… Pronto… voy a tener que llevarlo para empezar el entrenamiento. Algún día va a saber lo que se espera de él como mi sucesor… No quiero… que sufra ni que haga sufrir a nadie.
Shaka le frotó la espalda.
—Eso no va a pasar, no lo vamos a permitir. Ahora que sos el herrero maestro tal vez puedas cambiar las cosas.
—Por un tiempo Aldebarán me ayudó a investigar, pero no encontramos nada que no supiera.
—¿Dónde buscaron?
—En Jamir hay muchos documentos sobre los herreros, también en la biblioteca del Patriarca, aunque hay algunos que Shion no me dejó revisar.
—¿Por qué?
—Si no entendí mal solo voy a poder verlos cuando tenga… una pareja.
Shaka se cruzó de brazos.
—Hmmm… No tengo nada que hacer estos días aparte de acompañarte a tus encuentros con Saga. Voy a ver qué averiguo. Debe haber algo que nos dé una pista.
El santo de Aries sonrió tímido.
—Siempre me ayudás en todo… Espero poder hacer lo mismo por vos alguna vez.
—¿Ah? ¿Qué decís, Mu? Vos también me ayudaste mucho. No sería quien soy ahora si no hubiese sido porque nunca me ignoraste.
Mu lo agarró de la mano.
—Me alegra que sigamos juntos.
—Y así va a ser siempre —respondió el santo de Virgo a la vez que ajustó el agarre—. Si volviéramos a nacer, quizás podamos ser hermanos de verdad.
—Seguro que sí… Aunque no tengamos lazos de sangre, siento que estamos unidos por algo más fuerte… Tal vez ya lo fuimos en una vida pasada.
Shaka abrió los ojos de golpe. El santo de Aries lo soltó y retrocedió un paso.
—¿Q-qué…? ¿Sentiste una amenaza?
—No… —dijo y volvió a sellar los párpados— No fue nada. Solamente me acordé de algo… Como sea… Terminemos esto y después sigamos con los preparativos de la fiesta.
Hicieron lugar en la sala de estar, inflaron globos, colgaron guirnaldas. Mientras los tres santos de oro decoraban y preparaban los juegos, Kiki saltaba de un lado a otro con el Señor Tanpoppo. Las horas pasaron, Mu comenzó a emocionarse como si fuera su propio cumpleaños, más al ver que realmente parecía la fiesta de un nene con una vida más normal.
—Les está quedando bien —comentó el santo de Géminis al entrar.
—Todavía no es la hora —dijo Shaka.
—Quería ver si necesitaban ayuda… Además de darle su regalo al sucesor de Aries.
Kiki abrió la boca y le brillaron los ojos cuando vio al señor Tanpoppo en su versión de superhéroe. Se acercó hipnotizado, con la mandíbula que subía y bajaba sin poder hablar.
—Feliz cumpleaños, Kiki.
—¡El señor Tanpoppo de Aries!
—¿Cómo se dice? —le preguntó Mu.
—¡Gracias, Saga!
—De nada.
Kiki abrazó los dos peluches y comenzó a saltar de nuevo.
—¡Mirá, Alde! Antes no tenía ni un señor Tanpoppo ¡y ahora tengo dos! ¡Este es el mejor cumpleaños de toda mi vida!
—Cuando empiece la fiesta va a ser mucho más divertido —dijo Aldebarán con una risa.
Los santos de oro estaban enternecidos por la reacción de Kiki. Mu sintió tranquilidad después de tanto tiempo. Aunque no estaba cómodo del todo: Saga lo ponía nervioso con solo tenerlo cerca. Le costaba acostumbrarse a la idea de que debía hacer todo lo que estuviera a su alcance para volverse más cercanos.
—Gracias —le dijo al caballero de Géminis al mismo tiempo que trataba de sonreír sin que se le notara la incomodidad—. No tenías por qué hacerlo.
—Ya te dije que no importa… De cierta forma, me recuerda a cuando nos conocimos. Y mirá ahora: ya tenés un discípulo.
Le dio unas palmadas en el hombro.
—Vas a ser un buen maestro, pero recordá que siempre podés contar con nosotros.
Mu asintió. Observó a su alrededor en busca de algo que lo sacara de esa situación.
—Hay que traer las sillas... ¿Podrías ayudarnos con eso?
—Sí, no hay problema.
—*—*—*—
A las cuatro de la tarde llegaron los primeros invitados: Aioria, Milo, Marin de Águila y su pupilo Seiya, con quien Kiki solía jugar cada vez que se escapa de Aries. Los dos estaban emocionados por comer golosinas, algo que en general hacían a escondidas. Aunque fuera una fiesta para los más pequeños, los santos también aprovechaban para relajarse y olvidar por un rato sus obligaciones; charlaban, reían y también disfrutaban de las cosas dulces.
—¡Shiryu! —gritó Kiki y corrió hacía el alumno de Dohko.
—Feliz cumpleaños, Kiki —le dijo acariciándole la cabeza.
—¿Dónde está Shion, maestro Dohko? —le preguntó Mu.
—Ah, viene con Athena… y alguien más.
—¿Alguien más?
—Deberías verlo vos mismo.
El santo de Aries salió de la residencia. En la entrada del templo Shion le hablaba a un señor Tanpoppo gigante. Mu quedó en blanco. Luego de unos segundos agudizó la mirada y notó que era Athena quien cargaba el peluche sobre la espalda. Intrigado, se les acercó.
—Maestro, Athena.
—Hola, Mu —le saludó la diosa—. Espero que no estemos llegando muy tarde.
—Athena… ¿Qué es…?
—Ah, ¿esto? El regalo para Kiki. El abuelo lo consiguió y lo mandó por correo exprés. Seguro gastó mucha plata porque es muy pesado, pero eso no es problema para él.
—E-entiendo… —Miró a Shion por una explicación.
—Le dije que yo podía cargarlo, pero insistió en que le sirve como entrenamiento.
—Parece muy costoso.
—Caprichos de diosa, ya sabés cómo es.
Kiki no daba más de la felicidad. Gritaba en lugar de hablar, nada le borraba la sonrisa y los demás se contagiaban la alegría. Shaka le cuestionó a Shion por no impedir que Athena le regalara algo tan exagerado a Kiki, mientras que Mu estaba preocupado por no saber dónde entraría semejante peluche. Pero ver a los más pequeños jugar les hizo olvidarse de esos detalles.
—¡Auch! —se quejó Seiya con una mano en la frente— ¡Saori, lo hiciste a propósito!
—Yo no tengo la culpa de que te cruzaras justo donde está el burro para ponerle la cola.
—Me sale sangre.
Mu le tocó la frente y el punto minúsculo por donde sangraba se cerró.
—Listo. Ahora podés seguir jugando.
—¡No, me van a usar de burro otra vez!
—¿Por qué no jugamos jenga? —propuso Shiryu.
—¡Sí, jenga! —exclamó Kiki con los brazos estirados.
—Está bien —dijo Seiya con un puchero.
—¿Athena?
—¡Yo quiero peinar a Shaka!
El santo de Virgo sintió escalofríos. Milo y Aioria apenas pudieron contener la risa. Shaka carraspeó la garganta y dijo:
—¿No te parece, Athena, que jugar jenga es más divertido que peinarme?
—No —respondió sonriente—. ¿Puedo, puedo, puedo, puedo? Por favor.
Shaka miró a Mu, quien enseguida entendió que su amigo pedía auxilio.
—Eh… Antes de jugar, vamos a cortar la torta. Así que vayan a lavarse las manos.
Los pequeños, incluida la diosa, fueron a toda velocidad a cumplir con la orden. Mientras tanto Aldebarán buscó la torta y la dejó en la mesa. A los pocos minutos regresaron los más chicos. Kiki se paró en una silla; de solo ver la crema y las frutillas se le hizo agua la boca. Cantaron el feliz cumpleaños, cortaron la torta, el menor de los Aries comía a la vez que se balanceaba en el asiento.
—Antes no tenía ni un señor Tanpoppo ¡y ahora tengo tres! —dijo con la boca cubierta de crema
—Uno por cada año que cumpliste —le dijo Shaka mientras le limpiaba la cara con una servilleta.
—Comí muchas cosas ricas y vinieron a jugar conmigo. ¡Nunca me había visitado tanta gente! ¡Este es el mejor cumpleaños de toda mi vida!
Mu se escabulló por el pasillo que conducía al resto de las habitaciones de la casa sin que nadie, excepto el santo de Virgo, lo notara.
—Aldebarán, fijate que no falte nada, por favor. Yo… vuelvo enseguida.
—Está bien.
Shaka agarró una porción de torta con mucha crema y una frutilla. Luego se alejó, miró a ambos lados en el pasillo: la puerta de la habitación de Mu estaba abierta. Se acercó despacio y se asomó. El santo de Aries estaba sentado en la cama, de espaldas a la entrada, con la cabeza agachada. Cuando escuchó un sollozo ligero Shaka decidió ingresar al cuarto.
—No comiste torta —le dijo parado frente a él.
Mu se apresuró a secarse las lágrimas.
—No tengo hambre.
—¿No te antoja esta frutilla enorme llena de crema? —preguntó poniéndole el plato frente a la cara.
—Me duele el estómago.
Shaka dejó la torta en la mesa de luz y se sentó al lado de su amigo. Jugó unos segundos con el flequillo antes de hablar.
—Siempre intentás hacer feliz a los demás… ¿Por qué no te tratás un poco mejor?
—Shaka… Vos lo viste… Kiki es un nene feliz.
—Y todo es gracias a vos, Mu. Te esforzaste para que al menos sus primeros años de vida fueran normales.
—¿Por qué tengo que atarlo a esto? Él no se merece todo el sufrimiento que le espera.
La voz quebrada de Mu hizo que a Shaka se le formara un nudo en la garganta. Le pasó un brazo por la espalda y lo atrajo hacia su cuerpo. Las lágrimas volvieron a caer por la cara del primer guardián que apoyó la cabeza en el hombro de su amigo. Shaka lo abrazó más fuerte.
—No quieras cargar con toda la culpa, Mu… Fui yo quien encontró a Kiki… Si tan solo lo hubiera llevado a otro pueblo o si hubiéramos ido con tu madre apenas lo dijiste...
—Lo único que me queda es sobrevivir lo más que pueda, ganar cada batalla y guerra para ser el herrero maestro el mayor tiempo posible, así él... nunca…
Shaka lo abrazó con ambos brazos.
—Él no va a pasar por eso… y vos tampoco. Estoy seguro de que hay una solución.
—¿Qué hago si nunca me enamoro? No quiero recurrir a un amigo… No podría… lastimarte más de lo que ya lo hicieron.
El santo de Virgo se alejó para sostenerlo de los hombros y mirarlo a la cara. El azul de sus ojos nunca había resplandecido tanto.
—Así como me cambiaste la vida, voy a hacer lo mismo por vos… —Le enjugó una lágrima— Te prometo que voy a encontrar la manera de romper con esa tradición que es más un castigo para un alma tan bondadosa como la tuya.
—Shaka…
Mu se largó a llorar y abrazó al sexto guardián, desesperado, le apretó fuerte la ropa, como si la única manera de dejar de temblar fuera quedar aferrado a Shaka. Él le acarició la cabeza y lo pegó más a su pecho. El cuerpo de Mu se sacudía cada vez que intentaba llenar los pulmones de aire.
—Quiero ser un buen santo y herrero maestro… No me perdonaría jamás fallarle a Athena, a Shion, a Kiki...
—Vas a ser el mejor… y siempre, siempre voy a estar con vos.
El llanto de Mu no se detenía, por lo que Shaka no dejó de protegerlo entre los brazos ni detuvo las palabras de aliento. También era difícil para él, pero en la mirada entristecida por la situación de su hermano del alma también estaba la determinación: iría hasta el mismísimo Inframundo de ser necesario para hallar la fórmula que cambiara el destino de Mu y los herreros futuros.
Cuando el santo de Aries se sintió mejor, pero no lo suficiente para abandonar al cuarto, Shaka lo dejó solo. Cerró la puerta y al voltear a la derecha se sobresaltó por la presencia de Shion.
—Gran Patriarca —dijo casi en un susurro.
Los labios de Shion estaban enmarcados con un par de arrugas profundas a los lados, mientras que las cejas diminutas se separaban por dos de pliegues justo donde empezaba la nariz. Shaka conocía bien esa expresión: una reprimenda o castigo caería sobre él cuando el Patriarca abriera la boca. El corazón se le comenzó a acelerar, como hacía mucho tiempo no ocurría.
—Shaka —dijo su nombre sereno, pero grave—, ¿tenés alguna duda sobre tu función como asistente y chaperón de Mu?
—No tengo ninguna, Gran Patriarca.
—Entonces no hay razón para que sigas comportándote de esa manera.
—¿Di-disculpe? ¿Qué manera?
—Sabés tan bien como yo que Mu nunca se enamoró, pero en este preciso momento de su vida es necesario que lo haga. Por la edad no es de extrañar que comience a experimentar ese tipo de sentimientos y emociones… Lo mismo va para vos.
—¿E-eh?
Shion cerró los ojos unos segundos, en silencio. El corazón de Shaka estaba agitado del miedo. Cuando el Patriarca volvió a mirarlo dijo:
—Aunque desde la era del mito el caballero de Virgo es un compañero importante para el herrero maestro, tu misión como santo e iluminado te va a llevar por un camino distinto al de Mu algún día.
Shaka bajó la cabeza levemente y deseó tener a Mu entre los brazos otra vez para creerse fuerte. Se llevó una mano al pecho cuando sintió dolor. Siempre fue consciente de que algún día, por el motivo que fuera, debería separarse de su amigo, la persona en quien más confiaba, pero jamás creyó que dolería tanto. Su preparación y las experiencias antes de llegar al Santuario le hacían más fácil olvidar los sentimientos y el apego en general. Sin embargo, ser el hombre más cercano a los dioses no significaba que también fuera uno: seguía siendo un humano, un adolescente para empeorar todavía más. Le quedaban muchas cosas por vivir y en un lugar perdido de su interior sabía que aquello que le exigían a Mu aún podía nacer en él, a pesar de que le estuviera prohibido.
Shion notó la aflicción del caballero de Virgo. Le sabía mal tratarlo así: la cercanía con su discípulo lo había hecho considerarlo como otro nieto. Además, apenas tenía quince años, no era un nene ni un adulto, pero estaba más cerca del primero por el cariño y los recuerdos.
—La función de Mu es vital para el Santuario —dijo el Patriarca—. Él te escogió como su apoyo. Tu rol también es muy importante. No hagas que se confunda más de lo que ya está. Lo mismo va para vos.
—Yo no… No estoy confundido. Sé que mi tarea ahora es ayudarle a enamorarse de Saga. No tengo otras intenciones.
—¿Seguro?
—Totalmente seguro. Voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para que Mu acepte a Saga como su pareja.
Shion no le quitaba la mirada de encima, tampoco comentaba nada. Shaka tragó saliva.
—Estás libre de la crianza de Kiki —dijo el Patriarca.
—¿Qué?
—Kiki lo es todo para Mu. A pesar de su edad lo trata como un padre trataría a un hijo. Aunque te ordené hacerte cargo de él por ser quien lo encontró, su tercer cumpleaños marca el comienzo de la preparación como herrero.
—P-pero, Gran Patriarca, Kiki es muy chico.
—Mientras más temprano empiece, mejor. A partir de ahora tu relación con los herreros se va a limitar a cada vez que Mu necesite del jardín de los sales gemelos y en sus encuentros con Saga hasta que lo suyo sea oficial.
Shaka apretó los puños.
—Entiendo que le preocupe que sea una distracción entre Mu y Saga… Pero alejarme de Kiki… Perdón, no creo poder hacerlo.
Shion lo agarró de los hombros para que lo mirara a la cara.
—Ahora es cuando tenés que seguir las enseñanzas que recibiste. El desapego es lo mejor. No vuelvas a repetir lo mismo. El dolor es parte de la vida, más para los santos y peor para los herreros. Si podés alejarte, hacelo. Lo digo por tu bien.
—¿Repetir lo mismo? —preguntó el caballero de Virgo, confundido.
El Patriarca se mordió el labio, lo soltó y retrocedió, con el ceño fruncido.
—En unos días te vas a ir con Dohko a China. Él te va a entrenar para que puedas cumplir con la nueva tarea que tenés.
—Pero… Mu y Saga…
—Saga va a salir en una misión con varios aprendices por toda una semana. Mu no puede abandonar su puesto. Así que no va a ser necesario que estés presente por ese tiempo.
El labio de Shaka temblaba. No quería abrir la boca y decir algo que le hiciera ganar un castigo. Se sentía impotente, no solo tendría que ver a su mejor amigo sufrir, sino que también debía alejarse de Kiki, su hermanito a veces y lo más cercano a un hijo que conocería por otras. No había maldecido ser un santo de Athena hasta ese momento. El calor comenzó a subirle desde el pecho hasta la cabeza. «Incluso ahora que soy de la élite del Santuario me prohíben tener lo que quiero», cuando pensó eso dudó de sus principios y forma de vida. Quizás era otra prueba para superar, una de las más difíciles. El malestar que sentía no podía ser otra cosa que su intuición: algo peor estaba por llegar.
La puerta de la habitación de Mu se abrió y él salió. Se sorprendió al encontrar a Shion y Shaka allí.
—Maestro… ¿Pasa algo malo?
—Te estaba buscando para darte algo.
Antes de continuar miró al santo de Virgo. Shaka levantó el mentón y le volteó el rostro al Patriarca. Sin decir nada regresó al living, donde todo era risas y bullicio. Se quedó en un rincón, con la cabeza agachada. Intentó controlar la respiración; poco a poco las manos dejaron de temblarle. Entonces apretó los puños y pensó: «No necesito los sentimientos. Estoy seguro de mi destino. No voy a permitir que el apego interfiera con mi misión».
—*—*—*—
En la noche, cuando ya todos los invitados se habían ido, Saga y Shaka ayudaron a Mu con la limpieza. Estaba satisfecho por cómo había resultado la fiesta, especialmente porque Kiki se notaba feliz, tanto que a pesar de ser la hora de dormir seguía lleno de energía y le daba una mano a su maestro.
—Quedó bastante bien —dijo el caballero de Géminis mientras le echaba una mirada a la sala ya ordenada.
—Gracias a tu ayuda terminamos rápido —le dijo Mu.
—No fue nada. Cuando se es hermano de Kanon uno está acostumbrado a estas cosas.
El santo de Aries sonrió divertido.
—Mañana voy a estar con Aioros en el coliseo desde temprano, pero… podemos almorzar juntos.
—Ah… E-está bien.
—Nos vemos mañana —le dijo al mismo tiempo que le revolvió el pelo.
Mu puso una cara falsa de molestia. Saga rio suave.
—Cierto: nunca te gustó que hiciera eso… Tal vez te acostumbres.
—No lo hice en doce años, no lo voy a hacer jamás.
—Hmmm… Si vos decís… Hasta mañana.
El santo de Géminis salió de la sala, Mu quedó con la mano en el aire; luego suspiró con expresión amarga. Se acomodó el pelo y caminó a la cocina. Shaka secaba los platos y se los pasaba a Kiki, quien los acomodaba en la alacena con telequinesis. Mu estuvo a punto de entrar en pánico.
—Shaka.
—¿Nnh?
—Los platos…
El sexto guardián miró a Kiki que le sonrió amplio. Levantó los hombros y las manos.
—Lo está haciendo bien. Ni siquiera se tambalearon.
—Pero…
—Aprendí la lección la última vez, Mu. No voy a dejar que vuelva a tirarlos… Especialmente porque ya no tengo más en mi templo.
Mu se masajeó la frente. Kiki se le acercó.
—¿Está bien, maestro?
—Ah, sí —le respondió sonriente—. Solamente tengo sueño.
—Shaka y yo terminamos de limpiar toda la cocina. No se preocupe, vaya a descansar.
—Kiki, yo soy el maestro —Le pellizcó suave el cachete—. Vos deberías ir a descansar.
—No tengo sueño.
—Un poco de leche tibia y vas a ver que te dormís enseguida.
Shaka guardó el último plato y cerró la alacena. Luego giró en dirección a los arianos, mostrándoles una expresión apagada.
—¿Te sentís bien? —le preguntó Mu.
—S-sí… Yo también estoy cansado.
—¡Quedate a dormir acá! —dijo Kiki a la vez que lo agarró de la mano— ¿Para qué te vas? Si total mañana vas a volver.
—Shaka tiene que custodiar la casa de Virgo. Ya estuvo mucho tiempo fuera.
—¿No es más fácil si los dos están en Aries? Si alguien quiere entrar no va a poder contra dos santos de oro.
Mu se rascó la cabeza; no estaba en modo para tratar con el berrinche de Kiki que se avecinaba. Shaka se puso de cuclillas y le sonrió al Aries menor.
—Tengo cosas que hacer en mi templo antes de dormir —le dijo con tono suave—. Mu es tu maestro, deberías hacerle caso.
Kiki hizo un puchero.
—Pero quiero estar con vos más tiempo. Dentro de poco voy a vivir en Jamir y ya no vamos a vernos tan seguido.
Shaka abrió los ojos de par en par. Miró a su compañero, quien apartó el rostro. Las palabras del Patriarca volvieron junto con el calor que le subió hasta la cara. Respiró profundo, cerró los párpados unos segundos y cuando volvió a abrirlos forzó una sonrisa.
—Todavía falta para eso —le dijo a Kiki—. Además, puedo ir a visitarte en cualquier momento.
—¿En serio?
—Sí. Y cuando aprendas a usar el cosmos vamos a poder hablarnos todas las veces que quieras.
Kiki frunció los labios mientras pensaba. Shaka no resistió y lo abrazó con fuerza. Le dolía como nunca hubiera imaginado que dolería saber que pronto se iba a separar de alguien. «No quería encariñarme, pero ya es muy tarde —pensó—. Tal vez cuando lo deje ir también me abandonen estos sentimientos». Los brazos pequeños de Kiki apenas llegaban a cubrirle el torso en el abrazo; no importaba, porque Shaka sabía que el cariño de Kiki era demasiado grande para cargarlo.
Entonces tuvo miedo de que fuera el último. No había un lazo de sangre ni un origen compartido, pero era suyo: un hermanito a veces y lo más cercano a un hijo otras. Lo quería. Era injusto dejarlo ir, más por el destino que le esperaba. Sin embargo, no podía oponerse o sería como ir en contra de Athena. Lo único que le quedaba era tratar de hacerlo feliz por el resto del tiempo que les quedaba juntos.
—Vamos a lavarte los dientes, ¿sí?
—Sí.
Lo soltó y Kiki corrió al baño. Él se levantó serio.
—Shaka —le llamó Mu—, lo que dijo-...
—Está bien —interrumpió—. Siempre supe que iba a pasar. Es tu discípulo y yo no tengo nada que ver con eso.
Mu agachó la cabeza.
—Perdón —susurró.
Shaka no respondió y fue a ayudarle a Kiki. Después lo llevó a la cama, le acomodó la almohada mientras le prometía que pronto se quedaría a pasar la noche. Mu permaneció de pie en la puerta, ajeno al momento que compartían su amigo y su pupilo. Un par de cosquillas, un beso en la frente y Shaka salió del cuarto.
Fuera de los aposentos Mu alcanzó a detenerlo. El sexto guardián no intentó escapar, aunque no quería tratar con su amigo por el resto de la noche y se mostraba esquivo.
—Quedate. Yo puedo hacerme cargo de Virgo hoy.
—No, Mu. Está bien así
—Pero, Shaka-...
—Algún día yo también voy a tener un discípulo y va a ser mi mayor responsabilidad… No quiero interferir con el entrenamiento de Kiki.
—No lo hacés. Sos de mucha ayuda.
—Voy a ayudar más si me limito a ser tu asistente y chaperón… No sé mucho de sentimientos, así que tengo bastante con eso.
Mu cerró los ojos con la frente arrugada.
—Perdón. Tendría que haber pensado mejor antes de…
—No importa —le dijo con una sonrisa pequeña y una caricia en la mejilla—. ¿No te acordás? Aunque no tengamos ningún parentesco, somos hermanos… Siempre voy a estar para vos.
Mu apoyó la mano sobre la de Shaka que no se apartaba de su piel. Lo miró con ojos dulces, brillantes, que provocaron una sensación cálida en el pecho del sexto guardián.
—Y yo siempre voy a estar para vos, Shaka.
Él también le acarició la cara, sin desviar la mirada. Al caballero de Virgo le temblaron las piernas. Mu le pareció adorable, como nunca, tanto que tuvo ganas de abrazarlo y llorar al mismo tiempo. Pero no podía. Lo único que se permitió hacer fue pegar la frente con la de su amigo, disfrutar de la cercanía manteniendo la distancia.
—Shaka…
—Arlen…
—¿Eh?
Shaka soltó a Mu y retrocedió de prisa. Una sensación fría le recorrió la columna hasta el estómago. El santo de Aries parpadeaba confundido.
—Te-... ¡Tengo algo muy importante que hacer! Me había olvidado. Perdón… ¡Mañana hablamos!
—¡Esperá, Shaka!
Mu vio a su amigo correr hacia la salida, incapaz de ir tras él. Aun cuando lo perdió de vista siguió parado en el mismo lugar. Se llevó la mano a la mejilla; le parecía que Shaka todavía lo acariciaba. Una sonrisa pequeña se le formó en los labios y pronto se volvió risa. Algo le hacía cosquillas desde el pecho hasta el estómago. Suspiró y decidió regresar a la residencia.
Pasó por el cuarto de Kiki, que ya estaba dormido, abrazado al Señor Tanpoppo doctor. Mu lo arropó y le susurró un buenas noches junto con un beso en la frente. Cerró la puerta despacio, relajado al haber cumplido la última tarea del día. Aunque la satisfacción le duró poco.
Fue a su habitación y comenzó a desvestirse. Se detuvo a ver su reflejo mientras pasaba los dedos sobre los vendajes en las muñecas. Estiró la mano hacia la cómoda a sus espaldas; un cajón se abrió y de allí salió una caja de regalo. Mu la agarró para ver lo que guardaba: un brazalete dorado. Arrugó el entrecejo al punto de dolerle la frente. La vista se le nubló con lágrimas.
—Todavía no —dijo y cerró la caja para volver a guardarla.
—*—*—*—
Shaka había pasado a toda velocidad por Tauro y pensaba hacer lo mismo en Géminis. Sin embargo, después de varios minutos se dio cuenta de que no avanzaba. Se detuvo agitado. Miró todo lo que le rodeaba y apretó los dientes.
—¡Saga! —llamó.
Unos segundos y las paredes se distorsionaron en cientos de colores, estrellas, planetas y brillos. Pasado ese efecto volvieron a su estado normal. Por un pasillo se asomó el tercer guardián.
—Sabés que de noche tenés que pedir permiso —le dijo.
Shaka apartó el rostro.
—Iba apurado —fue lo único que dijo.
Saga lo miró fijo en silencio. El caballero de Virgo sentía que lo aplastaba solo con eso. Dio un paso para retomar la marcha, pero de pronto cayó por un agujero que se abrió de la nada. Acomodó el cuerpo de manera tal que amortiguara la caída. En un abrir y cerrar de ojos estaba en el piso.
—¿Era necesario? —le preguntó a Saga.
—¿Habrías aceptado quedarte si te lo hubiese pedido?
Shaka se levantó sacudiéndose la ropa. Cruzó miradas con el santo de Géminis. No recordaba la última vez que le mostró una expresión tan seria, de esas que dejaban a los aprendices al borde de hacerse pis encima en los entrenamientos.
—Quiero hablar de algo importante con vos —le dijo.
—¿Puede ser mañana? Tengo que llegar a Virgo.
—No, tiene que ser ahora.
Shaka dejó salir el aire por la nariz de golpe.
-NOTAS-
Hola a quien lea esto.
No me acuerdo cuándo tenía que actualizar XD
Pero, bueno, ya está este capítulo.
¿Qué les pareció?
La verdad es que se me complicó un poco porque el personaje de Shaka se me empezó a ir por un lado que no quería que fuera XDDDDD
Por suerte estaba Shion para frenarlo lol Aunque, para ser honesta, no me gusta el típico Shion que se opone a la relación de Mu y Shaka... Pero el mío tiene una razón.
Por otra parte, ya tengo una idea más clara de lo que va a pasar con Saga. Espero que me salga XDDDD
Quería incluir un flashback o algo para contar cómo fue que Shaka encontró a Kiki y lo nombraron alumno de Mu, pero se me estaba haciendo muy largo. Quiero mantener los capítulos de este fanfic por debajo de las 20 páginas de Word XD Así que en otro momento lo voy a contar.
Lo mismo con lo de Mitsumasa y por qué Athena es Saori siendo que cambié la historia.
Creo que no hay más para comentar, pero seguro que me voy a acordar de algo más una vez que haya publicado el capítulo...
La actualización va a venir a fin de mes. Ahora quiero dedicarle un poco más de tiempo a Entre Aries y Virgo (en Wattpad) porque falta poco para que cumpla su primer aniversario :D Y tengo varios capítulos sin terminar para ser publicados (una vez que los termine, claro XD).
Este fin de semana o lunes a más tardar también va a estar la continuación de Una cicatriz dulce (¡por fin!).
Ya saben que para estar al tanto de todo pueden seguirme en mis redes sociales.
Nos vemos.
Cuídense.
