Capítulo 7
La primera reunión de aquella mañana fue para ajustar los detalles de la misión que comenzaría al día siguiente. Saga daba las indicaciones frente a un grupo de santos y soldados, de espaldas a Shion sentado en su trono. La única voz que retumbaba en la sala era la del caballero de Géminis; todo el mundo lo escuchaba atento, sin comentar o apartar la mirada de él. La única excepción era Shaka: Saga tenía algo que no lo dejaba tranquilo y hacía que divagara en su mente, pero no podía decir qué era ese detalle que había cambiado en el santo de Géminis.
—El ejército de El Dorado es milenario y misterioso —explicaba Saga—. Las pocas veces que han tenido contacto con el Santuario se vivieron situaciones muy tensas. Es importante ir con cuidado, en especial porque no queremos generar conflicto.
El tercer guardián lucía igual que siempre, su voz no presentaba ningún cambio. Incluso la manera de pararse, con el pecho salido y la cara en alto, era la que mostraba cada vez que daba órdenes. Lo peor, según el santo de Virgo, era que nadie parecía notar nada, ni siquiera Shion.
—En caso de que suceda algo que ponga en riesgo la misión en un momento crítico —decía Saga—, se va a dar de aviso al segundo equipo para que se preparen a ir. Si la situación es insostenible, Mu de Aries es el encargado de devolver a todos al Santuario. Llegado a ese punto Aioros de Sagitario, Aphrodite de Piscis, Shura de Capricornio, Aioria de Leo, Shaka de Virgo, Mayura de Pavo y Shaina de Ofiuco van a continuar la misión.
Escuchar su nombre consiguió sacar al sexto guardián de sus pensamientos, aunque ya se había perdido la mitad de la explicación. La reunión finalizó a las pocas palabras y todos comenzaron a dispersarse.
—Te vi un poco distraído. ¿Pasa algo? —le preguntó Mu a Shaka.
—Ah... No... Tal vez sean los efectos secundarios del cosmos de Athena.
—¿Vas a estar bien? Digo, en caso de que tengas que ir a la misión.
—Dudo mucho que se requiera mi presencia —Vio hacia un costado, donde Saga hablaba con Aioros y Shura—. No con él a la cabeza del equipo.
—Espero que tengas razón y que todos vuelvan sanos y salvos.
Entonces escucharon a tres santos femeninos que hablaban a pocos metros de distancia.
—Más vale que vuelvas con vida, Marin —le dijo Mayura—. Tenés que demostrar por qué sos maestra a una edad tan corta.
—No tengo pensado morir hasta que Seiya no consiga una armadura —respondió segura de sus palabras.
—Espero que así sea —dijo Shaina—. No quiero tener que ir a buscar tu cadáver.
Mu y Shaka caminaron cerca de ellas que continuaron conversando y haciendo promesas de que no fallarían en la misión. Los dos santos salieron de la sala del Patriarca con una sensación pequeña de temor.
—Son peores que Deathmask y Aphrodite —comentó Shaka.
—Siento que mi madre me diría lo mismo —Mu suspiró.
—¿Vas a ir a verla?
—Pensaba pedirle permiso a Shion, pero ahora debo quedarme: me encargó reparar una armadura. Pasado mañana va a ser la última prueba de unos candidatos a santos y tiene que estar lista.
—Al menos no te vas a aburrir en mi ausencia.
El caballero de Aries se detuvo. Tres pasos por delante su compañero volteó hacia él. Mu apretó los puños. Tenía la impresión de haber recibido varios golpes en el estómago. No se atrevía a darle la cara a Shaka, pero las palabras que luchaban por salir lo empujaban cada vez más.
—Hubiera sido mejor que solamente te encargaras del jardín de los sales gemelos como todos los santos de Virgo.
—Mu, ¿qué decís? —Le levantó la cara del mentón y sonrió— Sos mi amigo. Estoy para ayudarte siempre.
—Ese es el problema.
—¿Ah?
Lo que Mu realmente quería decirle era que se alejara, pues le sabía doloroso tenerlo cerca, así nunca sería un maestro completo. Le daba miedo estar obligado a enamorarse de Saga, pero encontraba aún peor la idea de separarse para siempre de Shaka. Debía ser cuidadoso con cada palabra y gesto, y evitar lastimarlo.
—Todo esto es muy incómodo para mí y seguro para vos lo es mucho más —dijo finalmente—. Pero puedo elegir a otra persona. Ya no tendrías que acompañarme a ver a Saga... Sé que el mundo de los herreros es complicado y por eso...
Shaka abrió los ojos sin aviso previo. La mirada penetrante puso más nervioso al santo de Aries.
—¿Te das cuenta de con quién estás hablando? Soy Shaka de Virgo. No tendría este cargo si fuera débil. Pasé miles de pruebas y voy a superar cualquiera que venga.
Mu bajó la cabeza de a poco.
—Hasta Shaka de Virgo tiene debilidades.
—Pero vos me das fuerzas.
El corazón de Mu golpeó contra el pecho, más cuando sintió los dedos de su amigo sobre la mejilla.
—No importa qué pase, siempre voy a estar para vos.
El santo de Aries debió cerrar los ojos y controlar la respiración para disimular que por dentro deseaba abrazar a Shaka y no soltarlo jamás. «No seas tan bueno conmigo —Quería decirle—. No podés gustarme más de lo que ya me gustás». Los latidos eran cada vez más intensos. El cuerpo le temblaba, le pedía que se acercara al caballero de Virgo y así sentir mejor su calor. Lo único que pudo hacer fue agarrarle la misma mano que lo acariciaba, con temor de mirarlo a los ojos y que descubriera los sentimientos alborotados en su interior.
La sonrisa pequeña y tímida de Mu le dio alivio a Shaka; una calidez que no podía definir, pero le confirmaba que debía avanzar sin miedo para proteger a su amigo hasta el final. Él conocía mejor que nadie la dulzura y la valentía de Mu; lo que tenía delante era una faceta nueva, débil, temerosa, en la que veía a su yo de la infancia, aquel que justamente Mu había salvado. Ahora le tocaba a él devolverle el favor.
Los cachetes sonrosados de Mu hicieron que él también sonriera y que un cosquilleo suave le acariciara el estómago.
—Saga está viniendo —dijo Aioria cuando pasó al lado de ambos.
Los dos dieron un paso atrás apenas escucharon al santo de Leo. Confundidos, esperaron que dijera algo más, pero Aioria no se detuvo. Por primera vez Shaka tuvo la impresión de que algo muy pesado le había caído encima. «Tal vez sea cierto que estoy de más entre Mu y Saga —pensó—. No debería acercarme tanto a Mu». Volteó hacia su amigo que se acomodaba el pelo detrás de la oreja. «Pero no puedo dejarlo solo. Por la amistad que tenemos y el bien de la humanidad es mi deber como santo estar a su lado», con ese pensamiento hizo fuerza con los puños, más cuando apareció el caballero de Géminis. Una sensación fría comenzó a recorrerle los brazos y concluyó: «Hasta que no encuentre una alternativa a las lágrimas para conseguir el polvo de estrellas, ni descubra qué es lo que Saga esconde, no voy a dejar solo a Mu».
—¿Alguna duda sobre lo que tienen que hacer? —preguntó Saga.
—Ninguna —respondió el santo de Aries apenas pasando los ojos sobre él para terminar en un punto lejano a través del ventanal.
—¿Shaka?
—Tampoco tengo dudas. Aunque no creo que sea necesaria mi presencia. El grupo que elegiste en primer lugar va a poder hacerse cargo.
—Eso espero. Los santos de plata que fueron en la misión de reconocimiento volvieron con mucho esfuerzo.
Shaka frunció los labios y dijo:
—Es raro verte nervioso.
Saga pestañeó sorprendido.
—Más que nervioso estoy preocupado. Nos vamos a enfrentar a un pueblo milenario de guerreros.
—¿No es lo mismo que el Santuario?
—Es verdad. Pero no quiero confiarme.
Saga se detuvo en las acciones esquivas de Mu, en la cara indiferente. Le provocaba una presión en la boca del estómago. «Seguro interrumpiste un momento especial con Shaka —dijo la voz de su cabeza—. Así nunca vas a conseguir nada. Tenés que sacarlo del medio». Saga rechinó los dientes y arrugó el entrecejo. Cosa que no pasó desapercibida para el santo de Virgo.
—¿Algún problema? —preguntó y Saga se masajeó la frente con dos dedos.
—Creo que necesito descansar un poco antes de continuar con los preparativos —Respiró hondo y luego apoyó la mano en el hombro de Mu—. Es un día bastante agitado. No creo que podamos vernos esta tarde.
Esas palabras, prácticamente, le devolvieron las ganas de vivir a Mu. Una sonrisa y un suspiro de alivio luchaban por hacerse presentes, pero él ganó; lo único que hizo fue asentir.
—Espero volver pronto de la misión para... pasar tiempo juntos.
El santo de Aries miró con disimulo a su amigo. Él tenía los ojos cerrados de nuevo y no mostraba ninguna emoción en particular. Mu quería salir corriendo, los avances de Saga y la indiferencia de Shaka comenzaban a superarlo. Pero el orgullo lo obligaba a quedarse, tenía la impresión de que los pies se le habían pegado al piso. Agarró la mano de Saga entre las suyas y se forzó a sonreír.
—Está bien. La misión es más importante —Tomó aire y esperó unos segundos para continuar—. Cuando vuelvas vamos a... hablar sobre esas cosas.
Saga levantó las cejas. Luego le revolvió el pelo a Mu junto a una sonrisa. Shaka, silencioso pero atento a todos los movimientos, encontró extraño que su amigo no se quejara de haber sido despeinado. Además, el gesto del santo de Géminis le provocó un cosquilleo en la nuca. Sin embargo, prefirió quedarse callado y asimilar lo que había presenciado.
Mu y Shaka bajaron las escaleras sin intercambiar palabras; solo se escuchaba el metal contra el suelo en cada paso y el zumbido del viento en los oídos. Cada tanto Mu se clavaba los dientes en el labio al pensar si era adecuado preguntarle a su amigo su opinión, aunque sabía que le respondería algo que lo dejara tranquilo al ser lo más conveniente. Quería sacar los sentimientos por Shaka, esos que su obligación aplastaba cada vez más, pero al mismo tiempo le daba miedo. A veces se perdía tanto entre los pensamientos que detenía la marcha o aceleraba. Shaka prefirió no comentar nada.
Recién cuando arribaron a la casa de Virgo decidieron mirarse las caras, o al menos intentarlo: ninguno se animaba a mantener la cabeza erguida. El silencio del templo junto a los latidos estaban aturdiendo a Mu. «Tengo que alejarme de Shaka. Es más difícil con él cerca», pensó al mismo tiempo que se clavaba las uñas en las palmas de las manos. Las palabras ya las tenía, se armó de valor, infló el pecho.
—Me sorprendiste, Mu —dijo Shaka.
—¿E-eh?
—Noté que te resultó difícil, pero te mostraste más abierto con Saga. Es un avance.
El santo de Aries arrugó la frente y pasó saliva. De nuevo las dudas.
—Lo que me piden hacer con Saga... ¿Está bien? Y no me respondas como santo de Athena... Respondeme... lo que en verdad creés.
Shaka agachó la cabeza levemente. Si respondía que veía a Saga como el indicado le estaría mintiendo. Si decía que había notado un cambio en el santo de Géminis que lo incomodaba, iba a preocuparlo. Debía animarlo, Mu era capaz de poner muchos más frenos a la tarea. La presión invisible que lo empujaba contra el piso incrementó la fuerza. Los latidos en el pecho lo llevaban hacia la verdad; tenía que decirlo.
Optó por lo más correcto.
—Para ser honesto, encuentro que es muy cruel por ambos lados. No deberían forzarte a tener sentimientos por nadie... Y tampoco me parece justo que te obliguen a romperle el corazón a alguien que te ama.
Una sonrisa pequeña se marcó en los labios de Mu.
—Sin embargo —continuó Shaka—, sos Mu de Aries y naciste destinado a ser el herrero del Santuario. Es parte de quien sos. Dicen que en el amor hay que aceptar todo de una persona. Tal vez no sea Saga al final, pero quien te acompañe en tu misión de herrero maestro va a tener que aceptarlo.
La expresión alegre de Mu se borró poco a poco y el estómago era un revoltijo caliente. Al final terminó ofendido.
—Soy más que un santo y un alquimista.
—Es verdad —respondió Shaka con tranquilidad—. Sos un buen amigo y maestro, un chico muy alegre y valiente que siempre piensa en los demás. Yo más que nadie conozco tus cualidades. Por eso no voy a dejar de ser tu chaperón aunque me lo pidas.
—¿Qué?
—Aceptar todo de una persona también debe darse en la amistad. Pero no pienso aceptar tu cobardía, porque eso es lo que demostrás al preguntarme esto. Querés que alguien te diga que escapes, que renuncies a tu tarea y yo no voy a hacerlo.
El cuerpo de Mu ardía molesto. Separó los labios para responder, pero Shaka lo agarró de la cara antes de que su voz saliera y pegó sus frentes.
—No acepto tu cobardía porque no sos así. Tampoco voy a decirte que escapes porque estoy seguro de que existe una solución a todo esto —Abrió los ojos y sonrió. El calor de Mu ya no era de bronca—. Estamos juntos, Mu. Mientras sea así no tenés que preocuparte... Sé que romperle el corazón a alguien rompería el tuyo también, pero cuando eso pase voy a estar con vos. Nunca te voy a abandonar.
Shaka afiló la mirada ardiente.
—Y si Saga intenta lastimarte... va a tener que vérselas conmigo.
En ese instante Mu sintió las piernas flojas y la imagen de un hielo que se derretía se le dibujó en la mente. Los cachetes le quemaban. Se le formó un nudo en la garganta y creyó que en cualquier momento comenzaría a llorar. «Tal vez en nuestra siguiente vida pueda decirte todo lo que siento por vos sin miedo a lastimarte», pensó, perdido en el mar azul que eran los ojos del caballero de Virgo. Con las manos temblorosas agarró las de Shaka.
—Gracias... Siempre tenés las palabras que necesito.
—Para eso son los amigos, ¿no?
Mu cerró los ojos y luchó para no perder la sonrisa. Con mucho dolor dijo:
—Me alegra que seamos amigos.
Estuvieron en esa posición un par de minutos hasta que Mu recordó que había dejado a Kiki al cuidado de Aldebarán. Tras despedirse con el aviso de que se verían más tarde el santo de Aries emprendió el retorno a su templo. Le dolía el pecho, se esforzaba por contener las lágrimas que no le dejaban ver dónde pisaba. «Tengo que alejarlo de una buena vez», pensó. Debió detenerse para limpiarse los ojos en varias oportunidades.
Cuando llegó a la casa de Aries Kiki corrió a saludarlo y él lo estrechó en los brazos para levantarlo. Ese gesto tan cotidiano le dio un poco de alivio.
—¡Maestro, mire lo que hice! —Le enseñó una masa deforme de varios colores— ¡Es Aries!
—Te quedó muy bien. Seguro vas a ser uno de los mejores herreros.
Kiki sonrió con los cachetes sonrosados.
—¿Cómo fue la reunión? —preguntó Aldebarán desde un sillón mientras leía una revista.
—Ah... Creo que bien.
—¿Creés?
—Tengo que quedarme para rescatar al grupo que vaya en caso de que algo salga mal.
—Dudo que eso pase.
—Yo también. Pero la civilización de El Dorado es un misterio. No sabemos de qué sean capaces.
—Tenemos que confiar en Saga y los demás.
—Sí —respondió Mu con un suspiro.
Aldebarán sonrió de lado y dejó la revista sobre la mesa ratona.
—¿Hoy van a verse?
—Ah, no. Tiene cosas que hacer.
—Supongo que es un alivio para vos.
—Preferiría olvidarme de ese asunto por lo que resta del día. Tengo trabajo que hacer y con eso ya es suficiente.
—Entonces no vas a venir con nosotros al campo de entrenamiento.
—Hum... Tal vez mañana.
—¿Cambiarías de parecer si invitamos a Shaka?
Mu apartó el rostro que comenzó a tomar color.
—¿Dónde está Shaka, maestro? —preguntó Kiki— Quiero hacer a Virgo, pero no me acuerdo cómo es.
—Está ocupado ahora. Va a venir más tarde.
—Me gusta Virgo. Siempre me cuenta historias divertidas. Aries cuenta historias raras y muchas son muy tristes. También le gustan las peleas, como a Tauro. Leo es igual... ¡Ah! La que está en el taller también dice cosas raras.
—¿Qué armadura está en el taller? —preguntó confundido Mu.
—Hace un rato pasó Mayura de Pavo y la dejó ahí —respondió Aldebarán—. Seguro te vas a sorprender cuando la veas.
Intrigado, Mu dejó a Kiki en el piso y fue rápido al taller. No llegó a cruzar la puerta, los pies frenaron de golpe. En el centro del lugar había una caja de Pandora plateada. La mandíbula de Mu descendió poco a poco. Kiki y Aldebarán lo alcanzaron; ambos miraron dentro del taller y luego al herrero.
—¿Maestro, qué tiene esa armadura?
Mu sacudió la cabeza.
—Es la armadura de Altar... Pensé que Shion la había guardado en el templo principal.
—Por lo poco y nada que dijo Mayura, es la que se va a entregar a quien pase la prueba pasado mañana y necesita estar lista.
—¿Eh? —Miró confundido a su amigo.
—Eso fue lo que dijo.
—¿Qué estará pensando Shion ahora? —Se pasó la mano por la frente.
Aldebarán llevó a Kiki al coliseo mientras Mu se quedaría en su templo para revisar la armadura de Altar. Sin embargo, cuando estuvo solo fue a su cuarto y se acostó en la cama. Tantos pensamientos le abrumaban, especialmente aquellos relacionados a su función como herrero. Se miraba las muñecas con vendas que cubrían las cicatrices de las pruebas pasadas. El dolor en la piel que tanto había sufrido en la niñez era minúsculo comparado al que experimentaba cuando Shaka o Saga le cruzaban la mente.
Giró hacia la mesa de luz, donde aún estaba el cuaderno de poemas. Estiró el brazo hasta alcanzarlo. Lo abrió en la página que había arrancado, le pasó la mano para intentar sacarle las arrugas, de nada sirvió. Releer el poema le provocaba un sabor amargo.
Cerró el cuaderno y lo abrazó.
—Shaka —El nombre del santo de Virgo salió por sus labios en un susurro dolido—. No quiero que me sueltes... Pero... tengo que escapar de vos.
Se tocó la frente con las yemas de los dedos; luego la mejilla izquierda. La temperatura le subía al recordar a su amigo. Con el golpeteo del pecho cada vez más intenso abrió el cuaderno y alcanzó una pluma hasta su mano. Entonces escribió:
Tu palma, el mar, a la deriva estoy
no hay tierra, solo estrellas, me pierdo.
Hace frío
El salvavidas me sostiene.
Te volvés el mar cuando me tocás.
Tu frío quema
Me ahogo en una emoción ardiente
tus brazos no me sueltan, me asfixian.
Quiero ser frío
Necesito escapar del mar, de vos:
me llevás más adentro y quedo
perdido en un mar ardiente
Cerró el cuaderno y volvió a recostarse. El corazón no dejaba de latirle fuerte. La imagen de Shaka y la de Saga peleaban en su mente. Se frotó los ojos a la vez que pataleó. Se sentía de doce años otra vez, cuando el santo de Virgo era mucho más ajeno a los temas amorosos, lo único que le importaba era convertirse en un caballero ejemplar y cada gesto suyo, por más insignificante que fuera, hacía que Mu tartamudeara. Detestaba no poder controlar su cuerpo, lo odió al descubrir que se había enamorado de su mejor amigo. Desde ese entonces se convenció que los sentimientos que tenía por Shaka no eran correctos, todo para no atarlo a su desgracia. Pero cayó de nuevo.
Se sentó a mirar por la ventana durante varios minutos. Trató de imaginar a Saga en escenas que en general hallaría al santo de Virgo, abrazos, caricias, pero lo atacó la culpa. Se revolvió el pelo y con un gruñido se levantó de la cama en dirección al taller. Las herramientas salieron del cofre donde estaban guardadas hasta sus manos. Los frascos con los materiales flotaban a su alrededor.
—No soy débil —dijo y la caja de Pandora se abrió—. Voy a superar a Shaka.
—*—*—*—
Mientras tanto en la biblioteca de Virgo el guardián del templo revisaba los libros y documentos más antiguos que había. Muchos eran tan viejos que debía tener cuidado al agarrarlos para no romperlos -se controlaba para no comenzar a transcribirlos en ese preciso momento. Sin embargo, lo único que halló fueron datos que ya conocía: las fechas en que se dieron las guerras santas, los nombres de los patriarcas, antecesores de Virgo y algunos de sus compañeros -varios muvianos-, pero nada que mencionara a los herreros, más que algunas casas aparte de Aries contaban con una fragua.
La pila de los archivos por leer ya casi estaba vacía. Miró una vez más a los estantes y se adentró en los caminos limitados por libros. Tocaba sutilmente los lomos con escrituras variadas que parecían acercarlo cada vez más a su objetivo. De pronto se detuvo. Sacó un libro; The lost continent of Mu era el título. Apenas lo abrió una pluma verde cayó sobre las páginas. La agarró y la observó unos instantes.
—Estoy en la biblioteca.
Dicho eso comenzó a leer. Era un texto en inglés, aunque no se le dificultó en lo absoluto. Unos pasos se acercaron junto al sonido de una tela que era arrastrada, pero él siguió metido en la lectura.
—Estabas muy distraído en la junta —dijo Mayura—. Sabés que tenés que prestar atención a esas cosas.
—No era necesario —respondió todavía leyendo—. De todos modos no voy a ir.
—No subestimes a los contrincantes. Especialmente si son desconocidos.
Shaka cerró el libro y suspiró.
—¿Viniste a enseñarme algo?
—Más bien vine a llamarte la atención.
—Me dejaste por mucho tiempo. Pensé que ya no te importaba.
—No finjas estar ofendido. Te conozco desde que los piojos te comían la cabeza.
—Te agradezco por habérmelos sacado, pero ya no tengo ese problema y, como podés ver, mi pelo está en buen estado. Tal vez pueda darte consejos de cuidado capilar —dijo risueño y volvió a la lectura.
—¿«El continente perdido de Mu»? ¿Sabías que lo consideran ciencia ficción, no?
—Algo de verdad debe tener. Es como si alguien escribiera sobre un ejército que sirve a una diosa griega. Existimos pero no existimos.
—De todos modos, es una pérdida de tiempo que leas eso. No debe tener nada que no sepas. Además, podrías preguntarle a tu amiguito si querés saber sobre los muvianos.
Dicho eso le sacó el libro y caminó en dirección al escritorio donde Shaka había dejado los demás documentos. Él la siguió. Mayura tiró el tomo junto a los que el caballero de Virgo ya había revisado.
—Me dijeron que sos el chaperón de Mu de Aries.
—¿Sorprendida?
—Bastante. ¿Sabés lo que tenés que hacer?
—Solamente tengo que acompañarlo a sus encuentros con Saga —Mayura le aplastó el punto que tenía en la frente—. ¡Auch! ¡¿Ahora qué hice?!
—No solo tenés que acompañarlo en los encuentros, también tenés que ayudarlo a arreglarse, a practicar el cortejo, ser su mensajero y custodiar a la pareja cuando comiencen a producir el polvo de estrellas.
—¿C-cómo es que sabés todo eso?
—Entrené a su hermana. Así aprendí bastante sobre el pueblo de Mu.
—Eso explica por qué el Patriarca me va a mandar con el maestro Dohko —Se pasó la mano por el pelo—. Parece bastante complicado.
—No estoy muy al tanto, pero todos los chaperones pasan por una especie de entrenamiento antes de que comience el cortejo. Ya deberías haberlo hecho.
—Mu no me lo había dicho hasta hace unos días. Él no quiere hacerlo, por eso voy a ayudarle a encontrar una alternativa.
—No creo que encuentres nada en estos papeles. Muchos registros se perdieron con el hundimiento del continente.
—Pero Buda fue el primer santo de Virgo, él estuvo cuando se crearon las armaduras. Tuvo que haber dejado algo —Torció la boca—. Aunque si no dejó sus enseñanzas por escrito él mismo, dudo que haya una nota siquiera de su tiempo como santo.
—Si te preocupa tanto tu amiguito, ¿por qué no te ofrecés como su pareja?
—No, Mu no me ve de esa forma.
—¿Se lo preguntaste?
—No, pero-...
—Quizás solo finge porque no quiere lastimarte. Si le gustás es evidente que no va a enamorarse de otra persona.
—¿Por qué todo el mundo insinúa que... Mu y yo...?
A Shaka le parecía tan imposible que ni siquiera podía decirlo. Mayura cambió el peso hacia la otra pierna.
—No sé... Pero mejor concentrate en tu formación como chaperón y la misión a El Dorado. No quiero que ninguno de mis alumnos sea una carga.
—Como digas.
Mayura se volteó hacia la salida, pero tras un par de pasos se detuvo. Miró los estantes altísimos llenos de libros; luego a Shaka que volvió a agarrar «El continente perdido de Mu». Dio otros dos pasos y frenó nuevamente. Entonces del inrô que colgaba de su obi sacó una cinta de tela; en un extremo tenía una flor roja con líneas que formaban nubes en dorado.
—Tomá —le dijo a Shaka.
—¿Para qué es esto?
—Tenés que ayudarle a Mu a prepararse antes de ver a Saga. No es mucho, pero puede servir.
—Oh... Gracias.
—También te voy a dar una mano con lo del polvo de estrellas.
—¡¿En serio?! ¿Por qué? Siempre dijiste que es importante seguir las leyes del Santuario.
—Te metieron en algo que no querías y Mie va a ser la matriarca de su clan. Para eso algún día deberá renunciar a ser santo. Me molesta que se desperdicie todo su potencial y el tiempo que invertí en entrenarla.
Entonces se adentró al pasillo de estantes y comenzó a buscar. Shaka aún estaba confundido, pero le dio gusto no ser el único que apoyaría a Mu.
—¿Qué es lo que buscás exactamente? —preguntó Mayura.
—Algún dato sobre el primer herrero, el que creó las armaduras. Ni siquiera Athena recuerda su nombre.
—¿Le preguntaste al Patriarca? Tengo entendido que él puede ver las memorias de las armaduras.
—No creo que sea lo más conveniente —respondió con un suspiro—. Si le pregunto me va a prohibir acercarme a Mu. Ya llamé bastante su atención.
—¿Cómo?
—Él piensa que... soy un obstáculo para Mu y Saga.
—¿Y lo sos?
—No. Bueno... No pienso que lo sea... Pero no entiendo por qué todas las sospechas caen sobre mí. Saga no parece el más indicado para Mu, no puedo dejar que lo lastime.
Shaka abrió los ojos y se cubrió la boca. Mayura lo analizaba mientras golpeaba el lomo de un libro con el dedo.
—Te diste cuenta —dijo el santo de Plata.
—¿Q-qué?
—Saga de Géminis, hay algo raro en él. Nunca supe qué era, pero cuando entrenábamos juntos tenía un aura muy peculiar.
—Entonces... ¿Es peligroso?
—No estoy segura. Mientras permanezca en el Santuario va a estar bien vigilado... o eso espero.
—¡¿Y Mu?! ¡Él debería saberlo! ¡O tal vez lo sabe y por eso no quiere enamorarse de Saga!
—Shaka —Levantó el tono sin gritar—, mantené la calma. Tu reacción no es propia de un santo, mucho menos de un santo dorado. Mu también lo es, va a poder defenderse en caso de necesitarlo.
—Pero-...
—No podemos acusar a Saga de nada sin pruebas —le interrumpió—. Así que hasta que sepamos la verdad, hacé de cuenta que no sabés nada y continuá con tus tareas.
—*—*—*—
La armadura de Altar no necesitaba demasiados arreglos. Para alivio de Mu usó muy poco polvo de estrellas. Ordenó el taller y mientras se cambiaba los vendajes sucios escuchó un golpe en el pasillo principal del templo. Corrió a ver qué había sido; al menos sabía que no se trataba otra vez de Kiki porque no lo escuchaba llorar. La sorpresa fue mucho mayor cuando encontró al caballero de Géminis tratando de levantarse del piso.
—¡¿Saga?! —Se apresuró a ayudarle— ¿Qué te pasó? ¿Estás bien?
Las gotas de sudor se deslizaban a un costado de la cara del tercer guardián. Por los dientes apretados al igual que los párpados y la frente arrugada se notaba que estaba adolorido. Mu le hizo de apoyo para que al menos pudiera pararse. Así lo llevó dentro de la casa, ambos se sentaron en el sofá. Saga respiraba agitado.
—¿Necesitás algo? —preguntó el caballero de Aries.
—U-un... Un poco de agua.
—Esperame acá.
Mu corrió a la cocina, mientras Saga se esforzaba para no quedar inconsciente. Se agarraba fuerte del respaldo del sofá y con la otra mano se cubría la mitad de la cara. La vista se le hacía doble, otros momentos se le nublaba, el tiempo parecía ir lento.
—Dejame en paz —habló entrecortado.
«¡Ya llegamos hasta acá! ¡Buscá esa armadura y destruila!», le dijo la voz en su cabeza. Saga apoyó la frente en el asiento, comenzaba a perder fuerza. «¡Hacelo antes de que vuelva Mu!», le insistió.
—N-no... Eso sería... traicionar a Athena.
«¡Lo que hace Shion es traicionar a Athena! ¡Si le entrega la armadura de Altar a alguien más significa que no confía en vos como el próximo Patriarca!», la voz retumbaba intensa, al punto de que el caballero de Géminis ya no escuchaba nada de su alrededor.
—Shion sabe lo que hace —respondió tratando de sentarse.
«¡Vos sos el más indicado!», el grito lo aturdió tanto que perdió el equilibrio. Por suerte Mu acababa de llegar y alcanzó a sostenerlo, para después ayudarle sentarse apoyado en el respaldo.
—¿Saga? ¿Me escuchás?
El santo de Géminis se refregó la cara.
—S-sí... Disculpá. Creo que estoy más agotado de lo que creía.
—No te ves bien. Tal vez debas pedirle ayuda a Aioros con la misión.
—Seguro voy a estar mejor para mañana —Se tiró el pelo hacia atrás.
—Hum... Siempre nos decías que teníamos que estar en buen estado físico y mental antes de una misión —Le entregó el vaso de agua—. Vos no parecés estarlo.
—No te preocupes por mí —respondió con una sonrisa antes de beber.
Con solo la cara Mu decía que no estaba convencido. Se sentó al lado de su compañero mientras lo veía terminarse el agua. Saga pasó el pulgar sobre el cristal reluciente que aún tenía gotas en el interior. La voz de su cabeza ya no hablaba, pero todavía alcanzaba a escuchar un eco.
—Mu, lo que hiciste el otro día con los pétalos de sal... ¿Cuándo tenés que repetirlo?
—Pasado mañana. Aunque no estés tengo que hacerlo.
—No hay problema con que entres a mi cuarto —Se estuvo unos segundos para pensar lo que había dicho y lo que estaba a punto de preguntar. Dejó el vaso en la mesa antes de hablar—. ¿Los sales... pueden purificar cualquier cosa?
—Tal vez. La leyenda dice que las semillas fueron un regalo del Olimpo. Pero Shaka sabe más sobre eso.
Mu no llegó a notarlo, pero Saga tenía un tic en el ojo derecho. «Mi cuerpo empieza a reaccionar contra mi voluntad cada vez que mencionan a Shaka —pensó el santo de Géminis—. No puedo dejar que haga lo que quiera... Si me usa para lastimar a Shaka, entonces Mu...».
—¿Te duele la cabeza? —preguntó el herrero.
—¿Qué?
—Por la manera en que te la agarrás.
Saga quedó atónito cuando descubrió que sus brazos se habían movido sin que lo notara. «¡¿En qué momento lo hizo?!», se preguntó mientras se miraba las manos. Los ojos le bailaban de un lado a otro. Sintió que comenzaba a inclinarse hacia la izquierda. «¿Me caigo? No... ¡Mi cuerpo se está moviendo!». Entonces apoyó la cabeza en los muslos de Mu. «¡¿Qué estoy haciendo?! ¡Es demasiado!».
Temeroso, miró al caballero de Aries a la cara: no estaba enojado, pero tampoco podía decir que estaba feliz. «¡Tengo que explicárselo! Tal vez Mu entienda... Aunque ni siquiera yo entiendo lo que me pasa. ¿De qué manera se lo digo?», pensaba en alguna forma de hablar sin sonar como un desquiciado. Pero se oscureció de a poco. «¡¿Ahora qué pasa?!».
—¿Puedo quedarme así un rato?
Su cuerpo no reaccionaba, sentía que las extremidades le pesaban una tonelada, apenas podía mover un dedo. Lo que más le preocupó fue que él no pensó esas palabras que sonaron con su voz.
—Supongo que sí —respondió Mu.
Los labios de Saga formaron una sonrisa, aunque no estaba feliz.
—*—*—*—
Mayura agarraba todo el pelo de Shaka con la mano, en una cola de caballo alta, mientras pasaba el peine a lo largo. Señaló el elástico en el tocador y el caballero de Virgo se lo alcanzó. Luego le sacó el flequillo de la cara para sostenerlo con invisibles; él aprovechó para retocar su tikka.
—Shaka, andá a la casa de Aries.
—¿Ah?
—Tengo un mal presentimiento.
—¿Cuándo no?
—Es en serio —Le tiró del pelo.
—¡Auch!
—Prestá atención... Hace un rato alguien atravesó la casa de Virgo. Ahora hay dos cosmos muy fuertes en el primer templo.
Shaka visualizó la casa de Aries en su mente y así pudo sentir lo que Mayura decía.
—Uno es el de Mu, no tengo dudas... El otro...
No terminó de hablar, enseguida salió corriendo. Antes de salir de su templo la armadura de Virgo lo cubrió. Saltó hasta la mitad de los escalones y el resto los descendió a las corridas. «Ese cosmos con tanto poder solo puede ser de otro santo de oro... Pero no parece el de Aldebarán», pensó antes de entrar en Leo; Aioria no se encontraba por lo que pasó directo. «A esta hora deberían terminar de entrenar en el coliseo. Tal vez alguien más llegue a Aries al mismo tiempo que yo», por alguna razón Shaka estaba asustado. Sentir ese otro cosmos tan cerca del de Mu le daba escalofríos.
Cuando llegó a las escaleras que unían Leo y Cáncer volvió a saltar hasta la mitad del camino para después correr. «¿Cómo pudo alguien pasar la casa de Virgo sin que me diera cuenta? —se reprochó a sí mismo— ¿Qué voy a hacer... si le hace algo a Mu?», pensar eso provocó que acelerara. El sol fuerte del mediodía junto con la desesperación subieron la temperatura; el corazón de Shaka bombeaba intenso.
No pidió permiso antes de entrar en Cáncer. Sus pasos retumbaban. Sintió una vibración y retrocedió de un salto; en la pared se hizo un hueco.
—¡Shaka, la puta madre! —exclamó Deathmask rascándose la cabeza, sentado contra un pilar— ¡Avisá antes de entrar! La próxima te vuelo la cabeza... ¡Fua! ¡No te despeinaste!
—¡Deathmask, ¿viste a alguien pasar por acá?!
—Ehhh... ¿Como a qué hora?
—¡No sé, hace un rato! ¿Quién fue la última persona que viste?
—Ahhh... Creo que el michi y el bicho iban a entrenar —Bostezó—. Pero eso fue hace horas.
Shaka no esperó que su compañero dijera nada más. Ni siquiera iba a quejarse de que durmiera en horas de trabajo, pues él había dejado pasar a alguien por su templo estando despierto. Al salir de la cuarta casa repitió la forma de bajar las escaleras. Mientras más se acercaba a Géminis más fuerte le latía el corazón. Todavía mantenía una esperanza muy pequeña de que la idea que crecía en su mente solo fuera un miedo sin fundamento.
Frenó. A lo lejos alcanzaba a ver la luz al otro lado de la casa. Llenó los pulmones.
—¡Saga!
Su voz hizo eco. No hubo respuesta. Apretó los puños y entró. Caminó lento, atento a cualquier cosa que pudiera tomarlo por sorpresa. No percibía nada, ninguna presencia, ni un rastro de cosmos. Clavó los pies en el piso, se inclinó hacia adelante. «Saga, si llegás a ponerle un solo dedo encima a Mu... te mato».
Entonces corrió con toda la potencia de sus músculos. Al borde de la escalera saltó, tan alto que vio la casa de Aries mientras sus mechones dorados flotaban en el aire como rayos de sol. Cuando aterrizó el suelo se resquebrajó por la fuerza del impacto. Se acomodó el pelo y volvió a correr. «No me importa que seas candidato a Patriarca, ni que te hayan elegido como pareja de Mu, su vida es tan importante para mí como si se tratara de la mismísima Athena», pensó al atravesar el segundo templo.
De no haber sido porque iba con los ojos cerrados, las lágrimas no le hubieran permitido ver. Acercarse a la casa de Aries le alteraba la mente. Se preguntaba qué podría Saga hacerle a su amigo hasta que llegara. Lo peor era que no entendía cómo podía desconfiar tanto de él. Saga había sido de los pocos que lo trató bien desde el comienzo, hasta se preocupaba por lo que pudiera sentir en esa nueva tarea. El aire le quemaba por dentro. Las ganas de llorar le asfixiaban. Imaginar a Saga acariciar la mejilla suave de Mu hizo que su cosmos aumentara. Aunque enseguida comprendió que no había sido su cosmos: en realidad estaba molesto.
Antes de entrar en la casa de Aries se detuvo a controlar la respiración. El pecho se le hinchaba y desinflaba muy rápido. Tenía la garganta seca. Ocultó su cosmos lo mejor que pudo. Tanto las manos como las piernas le temblaban. Pisó ligero para que sus pasos no se escucharan. Alcanzó la puerta que conducía a los aposentos del primer guardián; no había ruido. Apoyó una mano en la pared y caminó con cuidado hacia la sala.
—Tus dedos son muy suaves.
La voz de Saga sacudió la cabeza de Shaka.
—A pesar de trabajar tanto con las manos las tenés muy cuidadas.
Shaka no notó cuando rechinó los dientes. Contó hasta diez para tranquilizarse. Se asomó a ver: Saga seguía con la cabeza sobre los muslos de Mu. Él no hacía nada mientras el caballero de Géminis jugaba con su mano derecha. A Shaka le dio una puntada en el pecho. Le pareció que el piso temblaba, pero eran sus piernas. El verde en los ojos de Mu era uno que nunca había visto: aunque brillaban le recordaban al pasto seco.
—¿Toda tu piel es así de suave?
Saga alzó la mano con un dedo estirado. Shaka abrió los ojos cuando el santo de Géminis estuvo a milímetros de tocar la mejilla del herrero.
—¡Mu!
Los dos caballeros en el sofá se sobresaltaron cuando apareció. Mu hasta se levantó con el pulso por las nubes.
—Sha-Shaka... ¿Q-qué hacés acá?
—¿Qué hacés vos? —Miró a Saga que se refregaba la frente y luego a su amigo— No tenían previsto encontrarse a esta hora.
—No, pero...
—¿Por qué no me avisaste?
—Fue mi culpa —dijo Saga y Shaka clavó la mirada en él—. Pasaba por acá cuando empecé a sentirme muy agotado. Mu solamente me ayudó.
Shaka no cambiaba la expresión molesta. El santo de Aries no podía creer que se tomara tan en serio su papel de chaperón. Le daba gusto que lo cuidara de esa forma y, al mismo tiempo, le sabía mal que los había encontrado en esa situación. «No pasó nada —Quería decirle—. No tenés motivo para enojarte, porque... nosotros... no somos nada».
—Es la verdad —insistió Saga.
Al verlo a los ojos Shaka estaba cada vez más seguro: el santo de Géminis no estaba bien, le costaba mantener la mirada, le recorría un frío inexplicable por la espalda. Lo peor era que él mismo no parecía tener idea de lo que ocurría, como si estuviera luchando contra algo desconocido. Sin embargo, era el Saga de siempre, más agotado.
—¿Cómo te sentís? —le preguntó.
—Mejor. Me hizo bien descansar un poco —Giró hacia el herrero—. Gracias, Mu.
Él no pudo hacer otra cosa que asentir.
Saga se levantó; todavía estaba mareado y sentía las extremidades adormecidas. Pero se forzó a sonreír para no levantar sospechas y que sus compañeros se quedaran tranquilos. Caminó a la salida. Shaka le interrumpió el paso. A pesar de la diferencia de alturas el santo de Virgo lucía más grande de lo habitual. Mu quería intervenir; la reacción de su amigo era demasiado rara. «¿Por qué hacés esto? ¿No era lo que querías? Que me acercara más a Saga. Shaka... ¿será que vos...?», eran tantas las ideas que le llenaron la mente que se paralizó.
El caballero volvió a dejar que su cosmos fluyera al nivel base. Tanto Mu como Saga abrieron los ojos de par en par. El santo de Géminis sonó las articulaciones de las manos, mientras que el de Aries empezó a planear cómo detendría una batalla de mil días. Hasta que de fondo se escucharon voces y pasos.
—¡Maestro! —Kiki entró corriendo y se detuvo cuando vio al caballero de Virgo— ¡Shaka!
El sexto guardián cerró los ojos. Se volteó con una sonrisa y los brazos abiertos para que el Aries menor lo abrazara.
—¿Kiki, dónde estabas?
—Fui con Aldebarán al coliseo. Pero se necesitaba comprar algo en el pueblo y me trajeron Aioria y Milo.
—Espero que te hayas portado bien.
—No dio ningún problema —respondió Aioria a medida que entraba seguido de Milo, quien se sorprendió cuando vio al santo de Virgo.
—¡¿Shaka?! ¿Eh? —Se le acercó para mirarlo en detalle.
—¿Qué? —preguntó levantando una ceja.
—Nunca me había fijado... pero sos muy bonito.
—¿Ah?
—Sí... Creo que hasta te invitaría a salir.
—¿No que te gustaban las mujeres y Camus?
—Y Mu también le parece lindo —Agregó Aioria.
Milo carraspeó la garganta. Entonces se dio cuenta de la presencia de Saga; no tardó en comprender que estaban de más en el lugar.
—¿Interrumpimos algo importante?
—Nada —respondió el caballero de Géminis—. Ya me iba.
De nuevo Shaka evitó que siguiera. A pesar de entender su preocupación, Saga comenzaba a molestarse y se lo hizo saber con la cara. Los otros tres se pusieron en media guardia.
—Tengo trabajo que hacer —dijo de la mejor manera posible.
—Y esto también es parte del mío —respondió Shaka. Luego dejó a Kiki en el piso y le dijo—. ¿Por qué no le ayudás a Mu a preparar el almuerzo?
—¿Y vos qué vas a hacer?
—Tengo que encargarme de algo importante —Cuando Kiki hizo un puchero enseguida se puso a su altura—. Esta noche me voy a quedar a dormir.
—¡¿En serio?!
—Bueno... Eso si tu maestro me deja.
Kiki corrió a tirarle de la ropa a Mu. Por suerte la reacción del pequeño volvió menos tenso el ambiente.
—¡Por favor, maestro, deje que Shaka se quede a dormir! ¡Y que me lea un cuento! ¡También quiero hablar con Virgo un rato! Y... y... ¡Por favor!
—Es que...
—¡Maestro, por favor! Si deja que Shaka se quede a dormir voy a... voy a... ¡Ah! ¡Voy a practicar sin quejarme toda la semana!
Mu rodó los ojos y suspiró. Al final respondió con una mano en la cabeza:
—Está bien. Se puede quedar.
—¡Sí! —Kiki saltó de alegría.
Aunque a Shaka le diera gusto la reacción del Aries menor, volvió a enfrentar a Saga. Él le respondió con una expresión todavía más seria y silencio; todos se pusieron en alerta. «¡Sacalo del camino! —ordenó la voz— ¡No es un rival digno! ¡Va a ser sencillo!». El caballero de Géminis arrugó la frente y entrecerró los ojos. Shaka reconoció la expresión de dolor, entonces le dijo:
—Te acompaño a tu templo.
—No es necesario —respondió ronco—. Puedo llegar solo.
—Insisto. Voy a asegurarme de que llegues bien.
Saga se quedó callado unos segundos en los que analizó al sexto guardián. «¡Aceptá! Entonces aprovechás para dejarle en claro quién manda en el Santuario», trató de ignorar a la voz y caminó.
—Como quieras.
Ambos abandonaron la sala. Mu estuvo a punto de ir tras ellos, pero Aioria lo frenó.
—Si confiás en Shaka como tu chaperón dejá que él se encargue.
Mu tuvo la intención de contestarle; las palabras no le salieron y debió cerrar la boca. Sin embargo, lo que el santo de Leo dijo le ayudó a pensar. Tanto que sufría porque Shaka le hacía más difícil concentrarse en Saga y ahí estaba en su búsqueda. Entonces entendió lo que su amigo le había dicho: quería que alguien sintiera lástima por él, por su destino que le impedía estar con la persona que en verdad amaba. Aunque fuera una desgracia, sus acciones egoístas hundirían también a Shaka; era lo que menos deseaba, pero siempre estaba presente la sensación de necesitarlo, de tener su sonrisa para él, a pesar de conocer el camino que había tomado. Shaka hacía todo lo posible para que no sufriera de más, el cariño que le tenía no flaqueaba en ningún momento; aun así no le satisfacía. «Tengo que dejarlo ir para evitarle el dolor, para demostrarle que en verdad lo quiero —pensó—. Desde un principio su felicidad no estuvo conmigo».
Mu respiró hondo para ahogar la tristeza. Lo agarró a Kiki de la mano y salió en dirección a la cocina.
—¿A dónde vas, Mu? —le preguntó Milo.
—A preparar el almuerzo. Pueden quedarse si quieren.
El primer guardián se alejó. El santo de Escorpio se rascó la nuca; se había quedado con una sensación incómoda.
—Aioria... ¿Qué pensás que pasó?
—No tengo idea —suspiró—. Mi hermano dijo que las cosas entre Saga y Mu son bastante complicadas.
—Shaka estaba molesto... ¿No será que los encontró... haciendo algo indebido?
—Preferiría no pensar en esas cosas.
—Hum —Milo se cruzó de brazos—. Esos dos se gustan.
—¿Shaka y Mu?
—¡Es muy obvio!
—Eh... No sé.
—Deberían confesarse. Tal vez Mu ya tendría toneladas de polvo estelar.
—¿Vos decís? Acordate lo que dijo Shaka: el polvo de estrellas se consigue de las lágrimas.
—Sí, me acuerdo de eso. Lo primero que uno piensa es que solo se puede con lágrimas de tristeza, pero las personas también lloran de felicidad.
Aioria parpadeó atónito.
—Esperá... ¿Qué?
—Fue algo que se me ocurrió. Es raro que ningún herrero lo haya pensado antes.
—No puedo creer lo que voy a decir: tenés razón.
—Aunque también es probable que algo lo impida —dijo Milo con una risa amarga—. Sonará cruel, pero me alegra no ser Mu.
En la salida del templo de Aries, Saga dejó de caminar para ver a Shaka de frente. Aunque el santo de Géminis no vistiera la armadura conservaba el porte guerrero; le resultaba tan natural como respirar. Pero no era algo que a Shaka le provocara temor, de hecho, se creía capaz de enfrentarlo.
—Hasta acá está bien. Puedo llegar a mi templo. Además, tengo cosas que hacer, no pienso volver.
—Preferiría que a partir de ahora me avises antes de venir —dijo el caballero de Virgo.
—Shaka, ya te expliqué lo que pasó.
—Lo entiendo —respondió—. Pero como chaperón tengo que asegurarme de que no te pases de la raya.
La cabeza de Saga se movió levemente hacia atrás. Por fin Shaka había comenzado a dudar de él. En parte le ofendía, aunque entendía las razones, y también lo preocupaba. Si no hallaba una solución al tema de la voz el caballero de Virgo, al que apreciaba como un hermano, se convertiría en el blanco de sus acciones involuntarias más violentas. Le aterraba solo imaginar la sangre de Shaka derramada bajo sus pies.
Saga inhaló profundo.
—Me parece bien. Es tu trabajo y no quiero entorpecerlo. Más si es en beneficio de todos —Sonrió—. No es necesario que abras los ojos conmigo. Algunas cosas se sienten y no se ven.
Shaka levantó una ceja. El caballero de Géminis le puso una mano en la cabeza.
—Gracias por haber llegado a tiempo.
La voz de Shaka no salió para preguntarle a qué se refería con eso. El brillo de los ojos de Saga le recordaron a un animal indefenso, incapaz de pedir auxilio. En el fondo se asomó una sombra que no supo reconocer. «¡Ese es! —exclamó para sus adentros— El secreto de Saga. Pero... ¿qué es?». El santo de Géminis se cubrió el rostro.
—¿Saga?
—Estoy bien —Se tiró el pelo hacia atrás—. Mejor me voy.
Se volteó a paso lento para luego alejarse. A pesar de tener más cosas que decir Shaka lo dejó ir; no tenía sentido enfrentarlo en ese momento en el que no tenía idea de cómo actuar. La oscuridad que había descubierto en el santo de Géminis le estrujaba el corazón de solo recordarla. «Saga siempre fue bondadoso, pero incluso él guarda maldad en su corazón», pensó y cerró los ojos a la vez que se llevó las manos al pecho.
—¿Por qué tiemblo?
Los protectores de sus piernas vibraban con sus movimientos involuntarios. Tenía miedo, después de años Shaka de Virgo estaba asustado en serio. No temía morir, estaba preparado para ello. Si él se sentía así, ¿cómo estaría Saga realmente? ¿Sería consciente de lo que había en su interior? Debía decírselo a alguien. Pensó en Mayura que ya sospechaba. ¿Y después? Decirle al Patriarca, seguro; él lo entendería a pesar de no tener pruebas. Pero Shion había criado a Saga en el Santuario, lo conocía mejor que nadie.
—No puedo decirle a Mu.
Lo que menos quería en ese momento era sumarle preocupaciones y asustarlo. Pero tampoco quería dejarlo sin apoyo, que fuera una presa fácil para la oscuridad de Saga. Lo único que le quedaba era continuar con el cortejo y vigilar de cerca, atento a cualquier cosa que le sirviera.
Regresó a los aposentos del primer guardián cuando estuvo más tranquilo. En la cocina Aioria cortaba carne, mientras Milo batía algo. Kiki dibujaba en la mesa. De pronto algo atrapó a Shaka del brazo y lo arrastró hasta el living. Allí se dio cuenta de que había sido Mu. No pudo descifrar si su amigo estaba enojado o preocupado.
—¿Y Saga? —Fue lo primero que preguntó.
—No quiso que lo acompañara —respondió Shaka con la serenidad de siempre.
—¿Qué te dijo?
—Nada importante.
—No me mientas.
—¿Por qué te mentiría?
—¿Y vos qué le dijiste?
—Ay, Mu. No pasó nada grave. Solamente le dije que no me parecía correcto que estuvieran a solas.
—¿Por qué?
—¿No es lo que tiene que hacer un chaperón? —Entreabrió los ojos— ¿O es que vos querías estar con él a solas?
—N-no. Es que no fue nada. Le ayudé cuando se sentía mal.
—Ya sé. No dudo de eso... Aunque me sorprendió encontrarlos así.
Los cachetes de Mu se pusieron rojos. Bajó la cabeza para no cruzar la mirada con su amigo. De nuevo, ese rayo de esperanza que le hacía imposible fijarse en Saga.
—T-te...
—¿Nnh?
—¿Te molestó?
Shaka inclinó la cabeza hacia el costado. Se preguntó lo mismo y recordó la sensación que tuvo en ese momento. No había sido agradable, sí le había molestado. Enseguida reaparecieron los pensamientos que había dejado en la salida de Aries. Se balanceó suavemente y así le ganó al miedo el control de su cuerpo.
—Fue raro —se limitó a responder.
—Algún día eso va a ser normal —dijo Mu.
—Es verdad —Sonrió—. Pero no te fuerces. Andá despacio con él.
Mu miró tímido hacia el costado. Frunció los labios, los abrió y cerró un par de veces, hasta que pudo hablar:
—Para mí también fue raro verte así.
—¿Eh?
—Tu peinado.
—Ah... Sí. Athena no es la única que me usa para practicar peluquería.
—Hum... Te queda bien. Me gusta.
Shaka se ruborizó levemente. Nunca sabía cómo reaccionar ante los halagos a su físico. Mu lo agarró de las manos y el pulso se le aceleró.
—Gracias por ayudarme siempre... Si estoy con vos, creo que voy a poder hacer lo que se me pide.
El santo de Virgo observó sus manos enlazadas, cada detalle, desde la suavidad de la piel, las cicatrices que se notaban con la luz correcta, incluso las uñas siempre cuidadas. Por alguna razón las recordaba pequeñas. Tantas veces que lo habían hecho, por primera vez se puso a pensar que llegaría el día en que ya no volvería a tocarle un dedo siquiera. Mu había comenzado a alejarse, su misión como santos era demasiado fuerte, nada rompería ese destino.
También fue esa la primera vez que entendió por qué en las clases de salud hacía no mucho les dijeron que era normal sentirse perdido en la adolescencia. En menos de una semana las cosas habían cambiado tanto y no encontraba la manera de hacer que fuera todo más lento. Perder a Mu, su mayor soporte, era lo que menos deseaba. Se sintió egoísta, reconoció que así había sido desde que se enteró lo que su amigo estaba obligado a cumplir. Quizás por eso su maestro ya no se comunicaba con él. «¿Cuándo se termina esta etapa? —preguntó— ¿Qué es lo que hay al final? ¿Mu va a seguir ahí? Si él no está... entonces no quiero nada». Apretó las manos de su amigo y tomó aire. «Si Saga no es el indicado, voy a estar con vos hasta que encuentres a la persona correcta», pero no podía decírselo.
—¿Qué pasa? —le preguntó Mu.
—Ah... —Negó con la cabeza— No es nada. Solamente pensaba.
—Hum... ¿Seguro?
Nunca había estado más inseguro en toda la vida. Aunque no podía admitirlo.
—No te voy a fallar jamás, Mu. Vamos a superar juntos cualquier cosa, como siempre hicimos.
—Sí —dijo sonriente—. Estoy seguro de que así va a ser.
—*—*—*—
Las nubes ocultaban las estrellas para empeorar el humor de Mu que intentaba leerlas con los pocos conocimientos que tenía gracias a Shion. No alcanzó a descifrar la respuesta que le dieron que incluso la luna se ocultó. El viento levantó su capa y pelo. Volvió la atención a los pies del Santuario en paz.
—Necesitás más altura para que las palabras de las estrellas te lleguen sin distorsiones.
—¡¿Maestro?!
—No es necesario ser tan formal —le dijo Shion antes de que apoyara la rodilla en el piso.
Acompañó las palabras con movimientos de manos: primero le mostró el dorso, a la altura de la cabeza, luego la palma; repitió tres veces. Cruzó los brazos delante del pecho y se tocó las cejas con dos dedos para terminar ofreciéndole las manos palmas arriba.
—No vengo a hablarte como Patriarca.
Ni siquiera vestía la túnica que siempre usaba en cada encuentro con los santos o la diosa; hacía años que Mu había visto a su abuelo con ropas típicas del Tíbet. Cuando salió del asombro repitió los movimientos del Patriarca; aceptó sus manos y las giró para que quedaran sobre las suyas. Después volvió a mirar al horizonte.
Shion se acomodó la bufanda y caminó hasta quedar a un lado del caballero de Aries. Contempló las luces del pueblo a lo lejos.
—En mi tiempo como santo no tuve muchas oportunidades para apreciar la tranquilidad del Santuario en las noches. Me gustaría que fuera así siempre.
Mu movió la cabeza de arriba abajo por inercia. El Patriarca sonrió con amargura.
—Sos un chico muy noble y considerado, Mu. Sé que asusta ser el herrero maestro, pero nunca olvides que hay mucha gente que te quiere; tu madre, tus hermanas, tu abuela, también tus compañeros.
—No tengo dudas sobre mi misión, maestro.
—¿No era sobre eso tu consulta con las estrellas?
Como era de esperarse del Patriarca, había dado en el blanco. Mu apartó el rostro. Se preguntó si incluso sabría la mentira de que nunca se había enamorado. En tal caso le extrañaba que no hubiera elegido a Shaka como su pareja. Era evidente que notaba la incertidumbre que guardaba.
—¿Alguna vez dudó en enamorarse de alguien?
—Siempre está esa duda, Mu. El deber de herrero choca contra el deber como santo de Athena. Juramos proteger a la humanidad y estamos obligados a romperle el corazón a las personas. Lamento que hayas tenido que cargar con el mismo destino que mi maestro y yo.
—No fue su culpa.
—Aunque el cosmos nos permita vivir más que un humano promedio, ya paso los doscientos años. En algún momento voy a comenzar a envejecer al grado de tener que retirarme. Aún me siento joven y tengo la fuerza para vivir al menos otra década. Podría encargarme del polvo de estrellas. No había necesidad para que te hiciera mi sucesor.
—De no haber sido yo, quizás ni siquiera estaría Kiki, maestro. Acepto mi destino, pero... enamorarme...
—Sabés que no es necesario que sientas eso. Aunque es lo mejor porque al menos de esa forma se vive con un sentimiento agradable hasta que haga falta el polvo.
Mu tragó saliva.
—¿Y cuando Saga haya pasado el proceso de purificación?
Shion suspiró.
—Me gustaría que descartes una de las opciones.
—Pero... si Athena nos une, él...
—Va a pasar lo que tenga que pasar.
—Maestro, de esa forma-...
—¿Acaso pensás entregarte a alguien que no amás? —Levantó la voz.
El santo de Aries agachó la cabeza. Shion esperó unos segundos a calmarse; nunca le había gustado ser así con su único nieto.
—Mu, si Athena te une con Saga, al menos tendrías a Shaka con vos.
—¿Qué?
—Él estaría a tu lado siempre, no debería dejarte a solas con Saga... hasta que te sientas seguro —Apoyó la mano sobre el hombro de su nieto y trató de sonreír—. No te preocupes. Dohko y la gente en China lo van a preparar para eso.
A pesar de las últimas palabras Mu no podía ocultar la preocupación. Shion le dio palmadas en las espalda y luego giró de frente a la casa.
—Mañana va a ser un día muy importante. Mejor andá a descansar.
Mu no se volteó para despedir a su abuelo. Las nubes descubrieron a la luna e iluminaron la lágrima que descendió por la mejilla del santo de Aries. Estaba atrapado en su imaginación: un futuro atado a Saga mientras guardaba en su corazón el anhelo por Shaka. Presionó el pecho de su armadura con la punta de los dedos. Compartía el dolor que ella sentía, pero no le importó, puesto que el de su corazón era mayor. Recordó los dedos de Saga acercarse a su piel, la misma que Shaka tocaba para animarlo, el llanto ya no podía ocultarse.
Un crujido y dejó de hacer fuerza.
—Ya no llores por él —se dijo a sí mismo a la vez que tiró la cabeza hacia atrás—. El destino lo quiso así... Ahora tenés que amar a Saga.
Cuando estuvo más tranquilo fue a ver cómo se encontraba su discípulo. Kiki ya dormía, abrazado al santo de Virgo que también había caído rendido, aún con un libro de ilustraciones abierto entre las manos. Mu arropó lo mejor que pudo a Kiki y le sacó el libro a su amigo. Permaneció varios segundos bajo el encanto de las facciones delicadas de Shaka, en la piel tan clara y perfecta, los labios que nunca llegó a probar y que ya no lo haría. «Soy egoísta porque me gustaría volver a encontrarte en la siguiente vida —Quiso decirle—. En caso de que eso suceda, te voy a amar como no puedo con este destino que me tocó».
Mu se besó la punta de los dedos y los apoyó en los labios de Shaka. Los apartó rápido para abandonar el cuarto sin mirar atrás. Del ojo izquierdo del santo de Virgo escapó una lágrima que enseguida se secó y las partículas pequeñas que eran sus restos brillaron hasta perderse en el aire.
-NOTAS-
Hola a quien lea esto.
¿Cómo están?
Por fin tuve tiempo para actualizar.
¿Qué les pareció el capítulo?
Tardé semanas en escribirlo DX Se me hizo tan largo que tuve que dividirlo, pero quedó largo igual XD
Por fin se dijo a dónde va a ser la misión en América. Así que en un par de capítulos se va a descubrir qué es lo que hay en El Dorado. Ojalá todo salga bien en la misión (?)
Los personajes que más se me complicaron en esta capítulo fueron Saga y Shaka. El querer hacer a Saga bueno me frena bastante porque no se le puede salir Junini todavía :/ Pero ya se va a ganar un poco del cariño de Mu.
Por el lado de Shaka... creo que también empezó a sentir cositas por Mu, aunque no sé si llegue a ser lo suficiente para que se enamore de él, al menos por el momento.
Me gustó hacer a Shaka y Saga "rivales" aunque no lo son realmente.
Mu sigue todavía trata de acostumbrarse a ser el herrero maestro, pero las cosas van a empezar a complicarse un poco más muy pronto.
Ah, lo que hizo Shion cuando fue a hablar con él era un saludo muviano. Van a aparecer un par más en los siguientes capítulos, así como otras de sus costumbres. Espero que se haya entendido.
Estuve tanto tiempo con este capítulo que ahora no sé qué es relevante y debería comentar XD Pero su tienen alguna duda de algo me pueden preguntar.
Como había dicho hace unos días en Instagram y en Facebook, voy a actualizar dos veces en una semana como una especie de recompensa por haber dejado tanto tiempo los fanfics parados.
Una cicatriz dulce va a venir en julio porque quiero tener al menos tres capítulos terminados para poder empezar a cerrar la historia; ¡ya falta poco para el final!
Eso fue todo por hoy.
Cualquier cosa pueden seguirme en mis redes sociales. En Instagram es más seguro que me encuenten.
Nos vemos en unos días.
Cuídense.
