Tercer sueño
Estoy maldito. Nací de una mujer pecadora a la que nadie debía tocar, aunque eso no le importó al hombre que fue cómplice de mi existencia. Para él eran cosas que la gente sin nada creía para aferrarse a algo y volvió a su tierra blanca al poco tiempo, sin tener idea de lo que había plantado en la que luego se convirtió en mi madre. Nací maldito porque una mujer intocable me parió hace quince años, en el suelo que mi abuela escuálida y una tía raquítica compartían con ella.
Pero no fue solo por haber nacido de mi madre que la gente me decía que estaba maldito. Varias veces, incluso antes de pronunciar mi primera palabra, me vieron hacer cosas que no eran acordes para alguien de mi edad. Fui el único recién nacido en mi pueblo que dormía en las noches rodeado de un aura dorada. Si algo me molestaba los objetos alrededor volaban o se rompían sin explicación. Cuando empecé a entender el habla también comencé a escuchar la voz de aquel que me guiaría por el camino para ser un santo, pero no era algo que pudiera explicarle a los adultos.
Algunos creían que era un dios y le decían a mi madre que me llevara a un templo. Otros me llamaban demonio; por eso mi piel era más clara, mi pelo sedoso y rubio, y mis ojos del mismo azul que el cielo. Pocos sabían de la desgracia que había significado la concepción de la cual soy fruto, pero incluso los que la conocían estaban de acuerdo en que era un castigo para la pecadora de mi madre y por eso trajo un demonio al mundo.
Mi abuela me daba de comer por obligación. Mi tía no quería que la mirara, aunque no sabía si era porque la incomodaba debido a su deformidad que me llamaba demasiado la atención, o porque me tenía miedo. Mi madre trabajaba en lo que encontraba para conseguir el alimento y ropa para mí. Si tenía tiempo se hacía unos minutos al día para demostrarme cariño, ya fuera acariciándome la cabeza -más que nada para sacarme los piojos- o llevándome de la mano a ver cómo los nenes más grandes del barrio nadaban en el agua sucia del arroyo que pasaba a una calle de nuestra casa.
Antes de cumplir los tres años el vientre de mi madre me dio un hermano. Lo único en lo que nos parecíamos era en los labios y en haber nacido intocables. Mi tía eligió su nombre: Kamal. Nunca supe el motivo de su elección, pero enseguida vi la cara durmiente de mi hermano su nombre fue sinónimo de tesoro. En varias ocasiones había visto a los hijos de los vecinos llevar de la mano a sus hermanos más chicos y enseñarles el mundo que era el pueblo. Quería hacer lo mismo con Kamal, ser su guardián y maestro, que aprendiera el camino de regreso a casa desde el arroyo o cómo alcanzar las mejores frutas en el mercado para que la abuela nos encontrara utilidad.
Pero un día la nariz congestionada de mi hermano le hizo difícil respirar, cada vez más, y en las noches su cuerpo se calentaba demasiado. Solo podía mirarlo desde el vano de la puerta imaginaria que dividía el cuarto que compartíamos todos y el resto de la casa que solo era otra habitación. Mi maestro dijo que pronto mi hermano continuaría con el ciclo natural de las cosas o algo parecido. En ese momento no entendí a qué se refería. Recuerdo que esa tarde llovió mucho. Teníamos un solo paraguas pero de todos modos insistí en acompañar a mi madre al hospital con Kamal en brazos. No había nadie en las calles, así que se evitó llamarme la atención cuando nos cubrí con el paraguas sin usar las manos.
No pudimos entrar al edificio, al igual que varias de las personas que debieron esperar bajo la lluvia como nosotros. Mi madre nos abrazó a mi hermano y a mí para resguardarnos con el paraguas que se balanceaba por el viento. Aunque Kamal tuviera un tono de piel diferente al mío sabía que el morado no era el adecuado, tampoco su respiración ahogada se me hizo normal. Sé que mi madre golpeó la puerta de la que cada tanto salía una enfermera voluminosa y de mal carácter a decirle que debía esperar como el resto. También sé que algo me molestó, quizás las lágrimas de la maldita mezcladas con la lluvia, y por eso tiré la puerta de un golpe. Todavía siento la cachetada de mi madre y las miradas asustadas de la gente sobre mí.
Kamal murió esa tarde, un rato antes de que la tormenta parara. Seguí a mi madre por los caminos oscuros y embarrados que llevaban de regreso. Ella arrastraba los pies mientras cargaba el cuerpo de mi hermano. Esa noche fue la única que vi llorar a la raquítica de mi tía y mi abuela no dejó de abrazarme hasta el amanecer.
Nací en una familia maldita, por eso no lloré ni me dolió el día que un hombre junto a una chica que no conocía me arrancaron de los brazos de mi madre para llevarme a un templo a orillas del río Ganges. No solo me explicaron que no estaba maldito, sino que también dijeron que nací para servir a una diosa griega de la cual no tenía idea. Por ella mis conversaciones con Buda se hicieron más frecuentes, dejé de abrir los ojos y entendí mi cosmos junto a muchas otras cosas de la vida.
A los cuatro años conocí al Patriarca Shion y a Saga, que también había nacido con un destino parecido al mío. Ellos me llevaron a que visitara el Santuario. No recuerdo cuántas veces se repitió hasta que se convirtió en mi lugar fijo. En el Ganges no tenía que tratar con mucha gente; mi condición de intocable había corrido entre los demás monjes y estudiantes, eran pocos los que tenían trato conmigo. En el Santuario la situación no cambió demasiado. No dejaba que Saga ni el Patriarca se acercaran mucho a mí. Prefería sentarme al lado de un arroyo que atravesaba los pies del Santuario. Me gustaba porque era distinto al de mi pueblo, pero no me atrevía a ensuciarlo con mi desgracia.
Fue una tarde como cualquier otra que unos aprendices me mojaron sin avisar para que me purificara, con el mismo agua que sacaron del arroyo que tanta paz me daba. No hice nada ante sus risas; de cierta forma creí que tenían razones para hacerlo y solo estaban siendo precavidos antes de acercarse más. Pero enseguida las burlas cambiaron por quejidos y lamentos, y algo me cubrió la cabeza.
—¡A ver si son tan valientes de meterse conmigo también!
No acostumbraba a abrir los ojos frente a los demás, pero esa voz me obligó a hacerlo. La luz diurna me encegueció unos instantes. Cuando pude ver, lo primero que noté fue la mirada esmeralda y resplandeciente de Mu. Él sonreía con los cachetes sonrosados y raspados; una curita le cubría la nariz.
—Si alguien te molesta avisame —dijo—. Secate rápido o te vas a enfermar y no vas a poder ir a entrenar mañana.
Mu fue el primer amigo que tuve en toda la vida. Él hablaba de todo, me contaba historias, hasta me arrastraba a jugar con los demás que se preparaban para ser santos de oro. Pero en aquellos días me parecía molesto. Si lo cruzaba de casualidad intentaba por todos los medios huir; la mayoría de las veces, por no decir siempre, fallaba.
Cuando tomó más confianza comenzó a sorprenderme con abrazos o cosquillas. Me molestaba demasiado, especialmente porque nunca perdía la sonrisa y todo parecía salirle como quería. No había nadie que se metiera con él fuera de los entrenamientos -algo en lo que era muy bueno-, se llevaba bien con la mayoría, hasta acompañaba al Patriarca en sus paseos por el Santuario y Rodorio.
El día que descubrí que era su nieto lo odié tanto que cuando intentó abrazarme lo empujé hasta hacerlo caer. Pero se levantó riendo. Luego me devolvió el empujón. No llegué a ponerme de pie porque él se abalanzó sobre mí para hacerme cosquillas. Quise golpearlo y me esquivó.
—Te ayudo —me dijo ofreciéndome la mano.
Pero lo odié más. Entonces le di una palmada y él infló los cachetes.
—¡¿Encima que intento ayudarte me tratás así?! —dijo con un tono falso de ofendido.
—¡Dejame en paz! ¡Sos re molesto! No me gusta que me toquen, mucho menos que me hagan cosquillas. No quiero que vuelvas a agarrarme de la mano o intentar abrazarme. Si lo hacés te voy a dar la peor paliza de tu vida. ¡¿Entendiste?!
Se quedó callado unos segundos y de pronto estalló de la risa. Me ardía la cara, quería golpearlo.
—¡¿De qué te reís?!
—¿Cómo no te van a gustar las cosquillas o los abrazos?
—No me gustan y vos tampoco. No quiero que me sigas hablando.
—Si yo no te hablo te vas a quedar sin amigos.
—Nunca tuve amigos, así que no me importa.
—¡¿Cómo que nunca tuviste amigos?!
—Nunca tuve. ¡¿Y?!
Se arrodilló frente a mí con los ojos enormes y vivos.
—¡Entonces yo voy a ser tu amigo!
—¡No te quiero como amigo! ¡Dejame solo!
—No. Un amigo no deja solo a sus amigos.
Mi paciencia llegó a su límite y me tiré encima de él para golpearlo. Claro que frenó cada uno de mis intentos que estaban destinados a fallar desde el principio. La risa de Mu me molestaba mucho, pero no veía en sus ojos ningún rastro de maldad o mentira. No importaba cuánto me esforzara por alejarlo ni las cosas horribles que le dijera, él seguía firme a mi lado. No iba a parar hasta que lo aceptara.
—¿Por qué sos así conmigo? —le pregunté sin dejarlo libre.
—¿Ah? ¿Cómo debería ser entonces?
—No deberías acercarte, ni siquiera mirarme... Cosas malas... Cosas malas van a pasarte si lo hacés.
—¿Quién te dijo eso?
—To-... Todo el mundo lo dice.
—¡Eso es muy malo! No hiciste nada para que te traten así.
—¡Pero es verdad! —Lo solté y ambos nos sentamos frente a frente— Mi familia... Mi madre sufrió mucho... No pude cuidar a Kamal... Ni siquiera llegó a cumplir un año.
—¿Cómo ibas a hacerlo? Todavía no aprendías la manera de proteger a alguien.
—D-de todas formas no deberías acercarte más... Es mejor... que esté solo. Tenés amigos para divertirte. Andá a jugar con ellos... Yo soy aburrido y estoy maldito.
Por primera vez vi el verde triste, como comencé a llamar al tono que adquirían los ojos de Mu cuando algo lo lastimaba.
—¿Por qué decís esas cosas? Suena a que no te querés.
No me atreví a mirarlo. Nunca había pensado en lo que significaba quererse a uno mismo o a alguien fuera de la familia. Mu me agarró de las manos y por alguna razón le di la cara.
—No voy a dejar que nadie más vuelva a lastimarte. Hasta que aprendas a quererte yo te voy a querer mucho, mucho, mucho. Así algún día vas a defenderte solo.
Mu cumplió su palabra de quererme mucho, mucho, mucho. Cada mañana me recordaba mis virtudes, en las tardes me animaba a hablar con los demás y siempre, antes de separarnos, agradecía por haber vivido ese día y compartirlo con él. Poco a poco, los recuerdos que construí con Mu comenzaron a enterrar los de mi vida de intocable en la India. Aprendí a vivir como aprendiz a santo y luego como el portador de la armadura de Virgo. Mis compañeros pasaron a ser mi familia, juré proteger con la vida a Athena el día que nació y me prometí a mí mismo que siempre iba a estar para la persona que nunca se rindió conmigo.
—*—*—*—
Shaka se frotó los ojos. Las lagañas le rasparon la piel y prefirió limpiarse suave con las sábanas. Se sentó, miró a la izquierda donde Shiryu y Shunrei dormían profundamente. Los arropó para después salir de la casa. El aire de la mañana era fresco pero no tanto como para abrigarse de más. Shaka fue hasta la piedra donde Dohko pasaba el tiempo sentado y allí lo encontró.
—Buen día, maestro Dohko.
—Shaka, buen día... Te levantaste temprano.
Shaka se sentó en el suelo en la posición de loto, junto al caballero de Libra, quien lo miró intrigado.
—Veo que no dormiste bien. Tal vez lo de anoche fue demasiado.
—Soñé con mi familia... y con Mu.
—Oh... —Dohko asintió— ¿Hace cuánto no ves a tu madre?
—Más de tres años, creo.
—Tal vez sea hora de que la visites.
—Preferiría no hacerlo. Mientras menos me apegue a ella es mejor. Los dos estamos de acuerdo en eso.
—Tu madre podrá decir que no quiere verte, pero realmente le debe doler que estés lejos y pongas tu vida en riesgo.
—Con más razón es mejor que me mantenga alejado.
—Si vos decís... ¿Y qué soñaste con Mu?
—Ah... Fue el día en que nos conocimos —Se le formó una sonrisa—. En aquel entonces solamente quería golpearlo y a él no le importaba.
Se miró las manos para no tener que darle la cara a Dohko. Pronto se sumergió en los recuerdos con Mu, tantos hechos vividos en su compañía. Hasta que aparecieron los de la noche pasada. De cierta forma se sentía raro al pensar que quizás Mu estaba obligado a ser su amigo por el peso de una tradición. Quería creer que el sentimiento que tenía por él era genuino y no una imposición. «¿Qué tal si me buscó porque sabía que no iba a negarme al no tener ningún amigo y él necesitaba uno para cuando fuera el herrero maestro?», sacudió la cabeza cuando pensó en ello.
Levantó la vista al cielo que se dividía en dos colores. «Es mi cuarta vez en el Santuario y la segunda como santo de Virgo. ¿Asmita habrá pasado por lo mismo? Él vivió en Jamir, hasta ayudaba al herrero de ese tiempo». Se abrazó las piernas. Aún no había conseguido nada de información que pudiera servirle. Necesitaba que Dohko hablara. Pensó en alguna forma de conseguirlo, que no levantara sospechas y dijo:
—Maestro.
—¿Mmm?
—¿Cómo se llevaban el Patriarca y Asmita?
—Ah... Shion lo odiaba.
—¡¿Eh?!
—Bueno, no lo odiaba en realidad. Asmita le jugaba bromas todo el tiempo. Él era mayor por unos años, así que lo conoció cuando Shion todavía era revoltoso... Aunque hasta de más grande siguió molestando con ese tamborcito de mierda. ¡Me hierve la sangre de solo acordarme! ¡Por suerte se le perdió porque yo mismo se lo habría partido en la cabeza! ¡Pero hasta el día de hoy se acuerda y...! ¡Argh!
Shaka se alejó unos centímetros. Dohko respiró hondo y volvió a sonreír relajado.
—En fin... Asmita siempre andaba en la suya. Shion y yo éramos los que más trato teníamos con él. Pero no era nada especial. Lo tratábamos como a un compañero más.
Shaka frunció los labios.
—¿Él también se encargó de los materiales para el herrero maestro?
—Sí. Le gustaba mucho pasar tiempo en el jardín.
—¿Y le llevaba todo él mismo a Jamir?
—Shion y yo lo acompañamos un par de veces, más que nada al principio. Después empezó a escaparse.
—¿Por qué se escapaba?
Dohko torció la boca cuando se dio cuenta de que había hablado de más. Podía escuchar los gritos de Shion cuando se enterara de lo que había hecho. Debió pensar rápido en algo para salir de esa situación.
—Ehm... Ah... Como ya te dije: él siempre andaba en la suya. Si no estaba charlando con Athena, se iba al Inframundo o visitaba a Hakurei en Jamir.
Saltó de la piedra y se sacudió la ropa.
—Hoy vas a quedarte con Garma. Te esperan después del mediodía para un entrenamiento intenso. Así que vamos a conseguir un poco de energía.
Mientras desayunaba junto a Shiryu y Shunrei, Shaka continuó la lectura de los manuscritos de Dohko. Repasó los saludos que Jamyang le había enseñado en la noche, los aprendió rápido. Luego retomó donde había dejado, cuando Shion le expresó sus sentimientos a Yuzuriha. Él le revolvió el pelo y le ofreció ambas manos; ella tardaba en responder. Shion comenzó a temblar, incluso a la distancia el caballero de Libra lo había notado. Hasta que finalmente ella también le revolvió el pelo y aceptó sus manos.
—Maestro, ¿qué significa este gesto? —Le preguntó mostrándole el párrafo que había leído.
Dohko se rio. Terminó de vendarse la mano izquierda y respondió:
—Para un muviano, si alguien fuera de su familia hace eso significa que le gusta.
—¡¿Qué?!
Los papeles se le resbalaron de los dedos. Shiryu y Shunrei miraron sorprendidos la reacción del caballero de Virgo.
—No te preocupes —le dijo Dohko—. Mu entiende que no conozcas esa costumbre.
—¡Nunca me lo dijo!
—No debe molestarle. Es normal que las nuevas generaciones cambien.
A pesar de las intenciones de Dohko para tranquilizarlo, Shaka no hacía más que hundirse. Se preguntó cuántas veces le habría dado mensajes a Mu que le parecieran ambiguos. Era verdad que incluso para las costumbres del Santuario solían ser bastante mimosos entre sí, especialmente para dos varones sin ningún lazo sanguíneo, pero nunca lo había encontrado extraño: Mu podía ser como un bebé, incluso como la mascota más cariñosa a la hora de demostrarle afecto. Toda la vida se había comportado así, era normal.
—De ser un intocable pasé a desear el contacto físico —dijo para sí mismo mientras pateaba las piedritas en el camino—. Aunque sea solo el de Mu.
Gracias a las explicaciones de Dohko comprendió por qué el caballero de Aries lo abrazaba tanto y le hacía cosquillas en la infancia: era la forma en que los nenes muvianos tenían para decirle a otro que quería ser su amigo. Se sentía mal por haberlo rechazado e intentado golpearlo. Quería verlo y disculparse, aunque seguramente él le diría que ya no importaba, al final se hicieron buenos amigos.
—¡Ah! ¡Por eso nunca le gustó que Saga le tocara la cabeza! —Se refregó la cara—. Lo presioné de más. Con razón se molestó ayer... Tengo mucho que aprender.
Aceleró para llegar cuanto antes a la taberna. En la entrada había un hombre que barría mientras fumaba. Usaba una musculosa blanca arrugada y manchada, tenía ojeras, una barba incipiente, aún parecía medio dormido. Shaka no recordaba haberlo visto la noche anterior, por lo que se acercó despacio.
—Buenos días. Busco a la señorita Garma.
—Ah... Soy yo —respondió con la voz más varonil que Shaka había escuchado en toda su vida y se sacó el pelo que le tapaba la mitad de la cara—. Me quedé dormida.
El caballero de Virgo tenía la boca abierta sin saber qué decir. Garma soltó el humo y se rascó la cabeza.
—Así me veo cuando recién me despierto. Perdón si no soy lo que esperabas.
—¡Ah! N-no... Es que... se veía muy diferente anoche.
—Es la magia del maquillaje. Aunque la mayoría de los muvianos tengamos rasgos finos, si no nos cuidamos lo suficiente pasan estas cosas. Es el precio por ganarse la vida de noche.
Tiró el cigarrillo a un costado y sopló el resto del humo.
—Pasá. Las chicas recién se deben estar levantando. Así que en un rato bajamos.
Tomaron asiento dentro de la taberna. Jiao-long le sirvió un tazón de sopa a Shaka y el desayuno completo a Garma. Al rato apareció Lixue para peinarla mientras comía. El lugar era muy tranquilo, sin música ni risas, solo el sonido de los palillos contra los recipientes se escuchaba. Garma prendió un cigarrillo y continuó comiendo.
—¿Es necesario? —le preguntó Lixue.
—Cuando seas la matriarca de este lugar y te carcoma el estrés vas a querer un buen pucho.
—Y un buen trago —Añadió Jiao-long que limpiaba la barra.
—Ah... Sí. Pero hoy me voy a contener por el bien de Shaka.
—Por mí no hay problema.
—Los muvianos tenemos mucha resistencia al alcohol —explicó Lixue—. Nuestras bebidas son bastante fuertes. El olor puede marear a gente no muviana.
—Y vos no debés haber probado una gota de alcohol —dijo Garma—. Te pondrías en pedo enseguida.
—Debería anotar esas cosas. No leí nada sobre eso en los manuscritos del maestro Dohko.
—No me sorprende. El maestro Shion dice que en doscientos años él fue el único que pudo acompañarlo por más de dos vasos.
—Y usted le gana a ambos —comentó Lixue risueña mientras iba hacia las escaleras.
—¡Esta chirusa! ¡Ya te voy a dar con mi pata de acero!
Cuando Garma terminó de desayunar y arreglarse, bajaron al salón. La mayoría de las chicas ya se encontraban en el lugar; varias se encargaban de la limpieza, otras de la decoración. Un grupo de seis se sentaron junto a Shaka mientras la matriarca -con su tono femenino y elegancia- le preguntaba sobre lo que Jamyang le había explicado la noche anterior. Todas se asombraron por la facilidad que tenía para aprender tan rápido. Entonces él aprovechó a averiguar lo que había leído en los manuscritos de Dohko, si eso pudiera traerle problemas con Mu.
—Pasó gran parte de su vida en el Santuario —dijo Garma—, de haber compartido más tiempo con su familia, quizás tendría las costumbres muvianas más asimiladas. Pero no te preocupes. Algo muy claro que todos tenemos es que somos demasiado cerrados y es normal que la gente fuera de nuestros pueblos o clanes no vean de la misma forma que nosotros ciertos gestos.
—Mientras no le toques la nuca no va a haber problema —comentó Izumi mientras se limpiaba los anteojos—. Aparte de las clásicas zonas privadas que todo el mundo conoce, para nosotros la nuca es una parte del cuerpo muy especial.
—Al ser guerrero debés saber que darle la espalda a un enemigo no es aconsejable —dijo la matriarca aplastando el cigarrillo en un cenicero—. Algo similar pasa con los amantes.
Las chicas rieron, algunas ruborizadas. Shaka no entendía. Garma negó con la cabeza.
—Digamos que hay ciertas posiciones que en nuestra cultura son más especiales que otras. Los besos y las caricias en la nuca son muy importantes para demostrar cariño.
El caballero de Virgo seguía sin comprender. Jamyang se le acercó al oído para decirle:
—Está hablando de sexo. La nuca es una zona erógena para nosotros si la toca alguien más.
—¿Eh? Ah... Entiendo. Entonces... ¿Tengo que vigilar que Saga ni nadie le toque la nuca a Mu?
—Así es. Nada de revolverle el pelo, ni tocarle la nuca. Ir de la mano solo sin entrelazar los dedos; únicamente las parejas formales con los aros pueden hacerlo en público.
—¿Qué aros?
—Es la forma de demostrarle al mundo que dos personas se aman —dijo Marcelle con ojos brillantes.
—Vamos un paso a la vez. Como ya viste, Shaka, la forma de confesarle a alguien que te gusta es revolviéndole el pelo. En general así comienza el cortejo. Lo de Mu fue arreglado, entonces se salteó ese asunto porque además no tenía chaperón.
—Cuando me pidió que lo fuera, hicimos algo con los dedos...
—La promesa. Eso solo se hace si el chaperón domina el cosmos. La gente común le regala una pulsera con las iniciales de la pareja que participa del cortejo, como símbolo de que su amor está en sus manos.
—Una vez fui chaperona de una amiga —comentó Isa—, pero el chico que le interesaba se terminó enamorando de mí.
—Le robaste el novio, no mientas —le dijo Jamyang.
—¡Es la verdad!
—Somos del mismo pueblo, sé lo que hiciste.
—¡Nunca haría algo así!
—¡Pero lo hiciste!
—¡Silencio! —ordenó Garma con la voz ronca. Todas se sentaron derechas— Continuemos... El siguiente paso importante: uno de los dos deberá fabricar papel blanco con el que armará una flor.
—¿De qué tipo?
—Puede ser cualquiera siempre y cuando se haga con mucho amor. Luego deberá esperar que la otra persona se la devuelva con algún color.
—Si es rosa significa que solo pueden ser amigos —explicó Izumi—. Azul es amor no correspondido. Verde para pedir un poco de tiempo.
—Y si es roja el amor es correspondido —terminó de decir Garma—. Es el fin del cortejo. Pero después viene lo más complicado: conseguir el permiso de los padres.
—Hum... Mu tiene el permiso del Gran Patriarca. ¿Su familia puede oponerse o algo?
—Si Mu entrenó en Jamir y ahora es el herrero maestro, es porque su familia está de acuerdo en que lo sea. Debería ser algo excepcional para que la señora Prajna se niegue.
—¿Como qué? —preguntó con interés.
Garma levantó una ceja y lo miró seria.
—¿Pero vos querés que su relación funcione o no? Estás acá para aprender todo lo que Saga tiene que aplicar con Mu. Tu deber es proteger la pureza de la pareja y la formación del polvo estelar.
Shaka frunció el ceño con los puños apretados. Las chicas lo veían entre angustiadas, felices y extrañadas.
—Quiero que mi mejor amigo sea feliz —respondió sin levantar la cabeza—. Él es muy importante para mí. Si está obligado a unirse con una persona a la fuerza, al menos quiero asegurarme de que sea la correcta.
Las miradas de las jóvenes se posaron sobre Garma. Ella se masajeó las cejas mientras alcanzaba el paquete de cigarrillos hasta su mano. Encendió uno y le dio una calada extensa. Las chicas vieron en sus ojos un brillo de dolor que se les contagió.
—Shaka, tenés que entender que al crecer cada uno va a ser responsable de su propia felicidad. Podés compartirla con cuantas personas desees, pero no arriesgues la tuya por la de alguien más, así sea Mu.
Shaka se mordió el labio. Pensó en el verde triste de su amigo y le aplastó el pecho.
—Sos un santo de Athena —continuó Garma—. Ya arriesgás tu vida para que el resto de la humanidad tenga la libertad de hacer lo que quiera por su felicidad. Además, Mu va a ser feliz siempre y cuando estés a su lado. No todo el mundo tiene un amigo que se preocupe así como vos lo hacés por él. No es necesario que des más.
—¿Y el siguiente herrero maestro? —preguntó sin ver a nadie— Y el que le siga. Todos los que vengan después... ¿Por qué tienen que sacrificar su felicidad de esa forma? No todas las personas van a comprender qué se necesita para escapar al dolor en la vida... No es solo por Mu.
Levantó la cabeza y miró a Garma a los ojos. Ella no se inmutó, a diferencia de las jóvenes; incluso varias de las que pasaban cerca del círculo se detuvieron como espectadoras. Shaka infló el pecho.
—Si volviera a nacer y coincidir con otro herrero maestro buscaría la manera de salvar su felicidad... Por algo volví al Santuario como el santo de Virgo.
El salón quedó en silencio. Todo el mundo se apabulló ante el cosmos de Shaka que ardió. Garma le dio una calada al cigarro sin apartar la mirada.
—Izumi, Jamyang, muéstrenle el baile para presentarse ante los padres.
—Como usted diga, señorita —respondieron al unísono.
—¡Vamos! ¿Qué hacen todas ahí paradas? Tenemos que dejar el salón listo para los clientes.
Las jóvenes retomaron sus tareas. El grupo de la clase animó a Izumi y Jamyang para que comenzaran a bailar. Shaka evitó mirar a Garma de nuevo. Ella se levantó de su asiento y fue tras la puerta que era solo para empleados. Caminó un par de metros a través del pasillo hasta que se apoyó contra la pared. Cerró los párpados a la vez que tomó aire. Luego se golpeó la pierna derecha que hizo un sonido metálico. Apretó los dientes y dejó escapar su risa.
—Maestro Shion, creo que ya entendí por qué no me convertí en un santo.
Cuando la demostración de baile terminó en el salón, Shaka se alejó del lugar y encontró refugio en el baño de hombres. Se mojó la cara. Sentía el pecho menos oprimido por haber sacado parte de lo que sentía. Pero entonces su preocupación estaba en que quizás Garma le informaría al Patriarca.
Si aún tenía una oportunidad de sacarle información a la gente del club, debía hacerlo con cuidado. Aunque la mayoría eran jóvenes de su edad quizás podrían guiarlo con alguien que le daría una respuesta. El mayor obstáculo lo veía en Garma; ella nunca lo dejaría desviarse de su misión como chaperón.
Entonces Shaka se puso alerta cuando vio que Jamyang entró.
—Están limpiando el baño de mujeres —dijo nerviosa—. No te preocupes. No tenés nada que no haya visto antes.
Shaka ignoró su comentario y se lavó las manos. Jamyang le alcanzó un par de toallas de papel; él las aceptó con un movimiento de cabeza.
—Fue muy lindo lo que dijiste... y un poco triste también. Acá todo el mundo cree que el Santuario es un lugar horrible, donde solo van los que piensan en morir jóvenes.
—No están muy equivocados —respondió el caballero de Virgo tirando el papel en el cesto.
—Pero me hiciste dudar y creo que no soy la única —Se llevó una mano al pecho—. Varias nacimos en los clanes herreros. Nuestras familias nos crían con miedo de ir al Santuario o a Jamir. Por eso el clan de Lhasa es el más fuerte ahora.
Jamyang se apoyó contra la mesada. No podía ocultar la expresión dolida mientras jugaba con un mechón colorado. Por alguna razón Shaka vio a Kiki en ella, cuando se ponía chinchudo o Mu le llamaba la atención.
—Hasta hace un par de semanas, tuvimos miedo de que el Príncipe Mu se negara a ser el herrero maestro —dijo Jamyang—. Todavía lo tenemos. Si algo llegara a pasarle su familia va a comenzar a presionar a los demás clanes para que entreguen a sus hijos... No me gustaría morir. Hay muchas cosas que quiero ver del mundo. Pero si me alejo de estas montañas corro el riesgo de que el Santuario me atrape.
Shaka se volteó para verla de frente.
—No puedo asegurarte de que vayan o no a hacerlo —Se apoyó en el lavamanos—. Ahora me doy cuenta: Mu nunca me habló demasiado sobre las funciones del herrero. Lo vi reparar armaduras, incluso con sangre, sé cómo son las herramientas que usa y varios materiales... No entiendo por qué me ocultó este otro lado.
—Porque sos importante para él —contestó Jamyang sonriente—. Cuando dijiste que le deseás felicidad, pensé que el Santuario quizás no sea tan malo para nosotros los muvianos. Al menos alguien no nos ve solo como artesanos que no sirven para otra cosa... El Príncipe Mu tiene mucha suerte de que seas su amigo.
Shaka levantó una ceja.
—Es raro eso de Príncipe Mu.
—Pero lo es. Fue el primer varón nacido en un clan herrero después de muchas generaciones. Los que nacieron después están muy agradecidos con él por su sacrificio.
—¿Hay más candidatos a herrero maestro?
Jamyang se tensó. Trató de buscar dónde fijar la mirada, pero el cuerpo entero le tembló. De pronto sintió que la temperatura del aire que rodeaba a Shaka había comenzado a subir.
—Ahm... Por alguna extraña coincidencia —tartamudeó—, por más de un siglo, en todos los clanes nacieron mujeres que debieron casarse con muvianos comunes. Así fue hasta que nació el Príncipe Mu.
—¿Es decir que le dejaron todo el trabajo a Mu?
Jamyang tragó saliva con dificultad. Una ceja le subía y bajaba. Shaka hacía tanta fuerza con los dedos que la mesada donde los había apoyado comenzó a agrietarse.
—Él podría ser el santo de Aries mientras que el herrero maestro sería otro.
—S-su-supongo... —Jamyang empezó a retroceder.
—¡Mu no estaría sufriendo tanto ahora!
Jamyang corrió a esconderse detrás la pared que separaba los lavamanos de los mingitorios. El cosmos de Shaka ardía, tanto que las partículas del aire a su alrededor vibraban y se movían a una velocidad tan alta que le daban un efecto borroso. Shaka tenía demasiada bronca: por el egoísmo de todo un pueblo su mejor amigo debía cargar con tanta responsabilidad. Recordó las veces que tuvo que vendarle las muñecas luego de cada práctica, todas las cicatrices que le marcaban la piel. Las noches en vela a su lado como apoyo mientras fabricaba cascos, protectores y armas para los soldados, o cuando arreglaba las armaduras de los aprendices y de sus compañeros. El terror que le dio la primera vez que Mu puso su sangre en un estado de desesperación. Le parecía que aún tenía la cara pálida, los labios blancos de su amigo delante; se sentía igual de impotente.
Fue peor cuando recordó a Saga, el terror que le producía su mirada, más cuando imaginaba que Mu debería unirse a él pronto. Shaka se puso en cuclillas, con las manos en la frente. Se mordió el labio con fuerza; se le escapó una gota de sangre que ni siquiera notó.
—No quiero... No quiero ni que lo toque... No quiero que se lo lleve —Se estiró del pelo, se rascó la cabeza. Escondió los ojos con las manos—. ¿Por qué tiene que ser Saga quien se lleve a la persona que más me importa?
Jamyang se asomó y le dolió el pecho ver a Shaka devastado. Quiso creer que había confundido las palabras que salieron de la boca del sexto guardián. Sin embargo, entre más las analizaba más se convencía: Shaka sentía algo muy fuerte por Mu, pero no parecía entenderlo y mucho menos aceptarlo. El solo pensar que era testigo de una historia de amor de dos jóvenes en contra del mundo hizo que los latidos se le alteraran. Se preguntó si Mu sentiría lo mismo por Shaka, aunque enseguida se convenció de que era lo más probable -en el fondo hasta sintió una pizca de celos.
Shaka seguía de cuclillas. Jamyang pensó en algo que pudiera animarlo, pero nada de lo que dijera calmaría el dolor que atormentaba al santo de Virgo. Además, la verdad pondría en peligro no solo su vida, sino la de varias personas del club. Eso la hizo sentir peor. «Es mi culpa que ellos dos no puedan amarse —pensó—. Debería hacer algo para ayudarles». Eso iría en contra de las reglas que puso Garma, de una tradición ancestral, pero si todo salía bien para Mu y Shaka habría valido la pena desobedecer.
Respiró profundo. Se repitió tres veces que lo hacía en nombre del amor y tuvo el coraje suficiente para salir del escondite. Mientras se acercaba al caballero de oro imaginaba cómo reaccionaría, lo que ella podría hacer para escapar en caso de que se enojara, lo que creía muy probable. Shaka no se dio cuenta de sus movimientos; aunque estuviera delante de él no veía a Jamyang.
Ella se arrodilló y le acarició la mejilla. Shaka sacudió la cabeza. Jamyang apartó rápido la mirada junto con la mano.
—Por favor, no me mates —le suplicó con una reverencia; casi pegó la frente al piso—. Hay algo... Hay algo que me gustaría que sepas... Aunque estoy segura de que me vas a odiar.
Soltó el gancho que sostenía la parte de arriba de su vestido. Se sacó la primera capa, tenía una camisa blanca debajo. Shaka no caía en lo que estaba viendo: le parecía irreal que Jamyang se desvistiera delante de él, abriendo uno a uno los botones que mantenían oculta la piel tan blanca como la de Mu. Un hombro quedó descubierto. Shaka sintió calor en la cara. Después un pecho plano, la silueta del esternón, las costillas marcadas y otro pecho igualmente plano. Al santo de Virgo le recordó a su propio cuerpo antes de entrar en la pubertad, cuando los músculos aún no le crecían.
—Solo por ser vos —dijo Jamyang—, voy a mostrar el yo que no me gusta mostrarle a nadie.
Terminó con el torso desnudo. Apenas unos mechones pelirrojos le caían sobre los pectorales chatos.
—El Príncipe Mu rompió con la maldición que pareció haber caído sobre los clanes herreros. Después de él nacieron varones, pero todas las familias decidieron mantenerlos ocultos.
Jamyang tomó aire y dijo clavándole los ojos al santo de Virgo:
—Yo fui el segundo varón que nació después del Príncipe Mu. Nací al día siguiente que él, pero mi familia no quería que me llevaran. Ya era suficiente con que mi hermana mayor tuviera cosmos de un nivel para ir al Santuario, mis padres no querían perder a sus dos hijos.
Poco a poco Jamyang bajó la mirada y se rascó el pecho. Shaka ya no tenía expresión de sorpresa, pero no estaba para nada feliz.
—Aunque haya nacido como hombre lo único que quiero es usar vestidos bonitos, enamorarme, casarme y cuidar a mi familia, no me va eso de las herramientas —Jamyang rio bajo—. ¿Dejarías que unas manos así se llenen de ampollas por trabajar con materiales duros? Además mi cosmos es una mierdita. No se compara en nada al poder del Príncipe Mu. Doy lástima como muviano.
—Podrías haber sido el herrero maestro y Mu no tendría que enamorarse de Saga.
La voz de Shaka le provocó escalofríos. Volvió a hacer una reverencia.
—Perdón, en serio. Fue algo que decidió mi familia —Miró al caballero de Virgo a la cara—. Ellos me hicieron temer a la idea de ser herrero y viví escondida hasta los diez años... Aunque a veces dudaba de que esa fuera la verdadera razón.
Jamyang agachó la cabeza junto a una sonrisa amarga. Shaka la miraba sin dejar la expresión molesta.
—Cuando empecé a vestirme de mujer les di muchos dolores de cabeza a mis padres. Quería que el mundo viera a la nueva yo, que me aceptaran como la nena que debí haber sido desde el principio. Me convencí de que mis padres no me habían mandado a Jamir como candidato porque yo realmente era mujer. Pero hasta las mujeres tienen la obligación de ir para su protección y pueden aprender a arreglar armaduras —Apretó la tela de su falda—. Entonces pensé... que realmente no servía como hombre ni como mujer... y que por eso me habían mantenido oculta. No podía ser santo, ni herrero, ni defender la tierra de nuestros ancestros.
Levantó la cara con los ojos llenos de lágrimas.
—Todo lo que llegaba a saber del Príncipe Mu era increíble... Santo de oro a los siete años, salía en misiones peligrosas y regresaba intacto... Yo jamás, aunque volviera a nacer, podría hacer algo semejante —Se secó la lágrima que bajó por su mejilla—. No sé qué sentiría en su lugar. Si a vos te preocupa tanto su felicidad no debe ser nada sencillo.
Jamyang tomó aire y sonrió.
—A pesar de todo, le estoy muy agradecida porque puedo ser quien soy. No será la mejor vida y los hombres que vienen acá no son del tipo que elegiría para casarme. Pero sé que algún día voy a ser completamente feliz y es gracias al sacrificio del Príncipe Mu.
—*—*—*—
La última vuelta al vendaje, cortó la tela y la ajustó. Le movió la mano para asegurarse de que no apretaba, así podría continuar con el trabajo. Aridai se levantó del asiento con los materiales que había usado, mientras Amin le recordaba al aprendiz que debía ser más cuidadoso; luego lo dejó ir.
—El tercero esta semana —dijo al tomar asiento—. A veces pienso que los padres los mandan para que se entretengan.
—No es tu culpa que no sepan comportarse —respondió Aridai.
—¿Habré hecho bien en aceptarlos? El maestro quizás se habría negado.
Aridai no habló. Cerró la caja donde guardaban todos los elementos de higiene y curación. Después empezó a limpiar los muebles con un plumero. Amin evitó mirarla. Ya no tenía idea de cómo animarla, parecía actuar siempre de manera automática y responder algo ambiguo o lo que la otra persona quería escuchar.
Habían transcurrido cuatro meses desde que Arlen siguió a Poseidón. Mientras más días pasaban su nombre se volvía prohibido. Fue algo que pasó de a poco, cada vez que Aridai cambiaba de tema o se quedaba muda y se alejaba. Los aprendices avanzaban lento, los accidentes eran habituales, muchos se sentían frustrados, listos para abandonar la formación en cualquier momento. Amin había sido el primer pupilo de Arlen, pero no contaba con la misma habilidad que él. Los aprendices más jóvenes no le pasaban por alto ni el más mínimo error. No veía la hora de que su maestro regresara.
—¿Amin, me escuchás?
—¡Ah! ¡S-sí! Perdón... ¿Qué me decías?
—Se están terminando varios materiales. Ya no hay semillas de ripeindo ni dayware. Queda poco polvo de oro y alguien no guardó como se debía las raíces de narciso.
Amin se encorvó con las manos en la cabeza.
—El taller se hunde cada día más y es por mi culpa.
—Deberías ser más estricto.
—Para vos es fácil. Te basta con una mirada o subir un poco el cosmos y ya te tienen miedo.
—Podrías hacer lo mismo.
—No. Soy muy torpe hasta con la telequinesia. Prefiero usar las manos.
Aridai negó. Decidió no desperdiciar más tiempo y regresar a sus tareas de limpieza. Sin embargo, en el preciso instante en que agarró el plumero, se escucharon gritos y festejos desde la planta baja. Amin levantó la cabeza.
—¿Qué está pasando?
—¿No ves que estoy acá con vos? ¿Cómo voy a saberlo?
—Me-mejor voy a ver.
Cuando Amin abrió la puerta se encontró con un aprendiz que se notaba emocionado.
—¡Amin, señorita Aridai! ¡Volvió!
—¿Q-qué?
—¡Vengan a ver!
El aprendiz regresó corriendo. Amin miró a Aridai entre esperanzado y temeroso. Ella estaba confundida, con una mano a la altura de la boca. Desde afuera de la habitación no dejaban de llegar las voces animadas del resto. Aridai asintió temblorosa. Entonces Amin se adelantó. Cuando estuvo sola se dio aire con la ayuda de unos papeles que había en la mesa. El corazón le latía como loco, las lágrimas se le saldrían en cualquier pestañeo. Respiró hondo y se arregló las cejas.
Contó hasta tres para salir. Cada paso le pesaba, le temblaban las piernas; bajar las escaleras pareció una tarea suicida. Estuvo a punto de caer cuando escuchó la voz que casi había olvidado. Se sostuvo fuerte del pasamanos y descendió el resto de los escalones. En el pasillo que llevaba al taller los aprendices más nuevos hablaban entre sí. Al verla le dejaron el paso libre.
Alcanzó la entrada al taller, donde todos los aprendices permanecían hincados. Los latidos se le detuvieron un instante cuando vio la cabellera dorada brillar con el sol que entraba por la ventana. Amin le sostenía las manos y no dejaba de reverenciarlo. La sonrisa tímida de Arlen no había cambiado.
Aridai vio las estrellas cuando los ojos de oro se posaron sobre ella. Ya no sabía si era verdad o un sueño, no sentía el piso debajo. El calor que emanaba el cuerpo de Arlen le subió la temperatura a medida que se acercaba. Estaba aturdida. Apenas pudo seguir con la mirada los movimientos de las manos que le saludaban después de tanto tiempo y esperaban su respuesta. Las observó en detalle: no tenían ni una sola marca, la piel era perfecta como la recordaba.
Sus brazos se movieron por su propia cuenta. Recién cuando colocó las palmas sobre las del herrero entendió que le había devuelto el saludo y correspondía aceptarlo. Le giró las manos; las suyas temblaban. Arlen las apretó con delicadeza.
—Ya volví, Aridai.
No sabía qué decir, las palabras no iban más allá del nudo en la garganta. Tampoco podía llorar, de pronto se había secado. El cuerpo no respondía, las manos no soltaban las de Arlen y los ojos no sabían en qué punto del universo fijarse. Al final solo balbuceó bajo y asintió. Miró con cierta vergüenza la sonrisa del herrero para entonces soltarlo.
Giró sobre sus pies para regresar a la oficina sin hablar con nadie. Cerró la puerta. Trató de retomar lo que había dejado, pero el temblor del cuerpo apenas le permitía mantenerse de pie. Los latidos la aturdían, le ardía la cara. Unas manos sobre los hombros la obligaron a voltearse. No quería levantar la cabeza; las lágrimas se le iban a escapar.
—Me disculpo por haberme ido tan de repente —dijo Arlen casi susurrando—. Seguro tuvieron muchos problemas en mi ausencia.
Aridai se mordió el labio y ya no le importó que viera sus ojos vidriosos.
—No, no, no. Por favor, no llores. En serio, perdón. Pero... si no lo hacía...
Ella apoyó la frente sobre su pecho. La expresión de Arlen se amargó aún más. Entonces le abrazó suave y firme.
—Lo que pasó es difícil de explicar. Pero ahora todo va a estar bien. Ya no me voy a ir de nuevo.
Aridai se aferró a su túnica, la tela comenzó a humedecerse. Arlen le acarició la espalda.
—Gracias por haber ayudado a Amin. Debió ser complicado. Ahora vas a poder descansar.
La agarró de los brazos para alejarla un poco. Aridai se limpió las lágrimas. Lo miró a los ojos; él sonrió tímido. El dorado que tanto había extrañado la tenía hechizada. Sintió la piel suave de su rostro con ambas manos y lo acercó poco a poco al suyo. Arlen no se resistía a pesar de no saber cómo reaccionar. El cosmos de Aridai le calentó las mejillas cuando subió.
Entonces llegó el golpe en la frente. Arlen se cubrió y retrocedió.
—¡¿Y eso por qué?!
—¡Porque te lo merecés! —respondió masajeándose la frente— ¡¿Cómo se te ocurrió irte con ese dios y dejar a tus alumnos?!
—¡Era importante!
—¡Ellos también lo son!
—Sí, pero...
—Más te vale que no hayas hecho ninguna estupidez en todo este tiempo.
Arlen apartó el rostro. Uno de los puntos en la frente de Aridai subió y bajó.
—¿Qué hiciste?
—Eh... Solamente fui a la Atlántida y... Eh... Hice un par de trabajos para Poseidón. Nada más.
—¿Qué tipo de trabajos?
—Arreglar cosas, mejorar las armas y un par de armaduras para su ejército. Está preocupado porque el de Athena crece cada día más y tiene miedo de una invasión.
Aridai se abrazó a sí misma.
—No creo que haya sido buena idea meterte en esos asuntos... Los dioses son impredecibles.
—No te preocupes —dijo Arlen sonriente—. Dudo que vaya a pasar algo malo... En todo caso, voy a estar para protegerte.
Entonces Shaka escuchó un eco y sintió que lo zarandeaban cada vez más fuerte. La voz se aclaró, lo llamaba, se acercaba. Le dolía la cabeza. Poca luz entraba por la ventana. Dos pares de ojos infantiles fijos. El discípulo de Dohko le soltó el hombro cuando se sentó.
—¿Estás bien? —preguntó Shiryu— Le diste un cabezazo a la pared y retumbó todo.
—¿Eh?
Vio el hueco en la pared y entonces fue consciente del dolor. Se tocó la frente, donde se le había hecho una bola.
—Tenés un chichón... Shunrei, traele un poco de hielo.
—¡S-sí!
Shiryu se sentó delante de Shaka; no dijo nada por unos segundos en los que el caballero de Virgo se tocaba la frente.
—Dijiste que los dioses son impredecibles.
—¿Qué?
—Mientras dormías. No entendí muy bien, balbuceabas. Fue después de que le pegaste a la pared.
—Ah... So-... Solamente fue un sueño. A veces me pasa.
—¿Alguna vez te enfrentaste a un dios?
—No en esta vida. Tal vez cuando llegue el momento de la guerra santa tenga que hacerlo.
Shiryu arrugó el entrecejo.
—Todavía falta para eso —le dijo Shaka para tranquilizarlo—. Seguro ya vas a tener tu armadura cuando sea el momento.
—No me preocupa enfrentar a los dioses. Pero... ¿Mu va a poder crear el polvo de estrellas?
Shaka levantó las cejas.
—¿Qué querés decir?
—No tengo mucha idea, son cosas que escuché del maestro. Las armaduras necesitan polvo de estrellas y Mu es el encargado de hacerlo, ¿no? Pero no puede... ¿Qué va a pasar si nunca lo consigue?
El caballero de Virgo dejó de tocarse la frente. Apretó los puños y al hacerlo estiró las sábanas. Se sentía presionado y culpable de que Mu tardara tanto. «No quiero que se enamore de Saga... Pero es necesario que lo haga», pensó a la vez que cerró los ojos para no mostrarse débil.
—Lo va a conseguir. Confío en Mu. Él jamás se va a rendir.
-NOTAS-
Hola a quienes lean esto.
¿Cómo están?
Yo me desperté recién de la siesta y sigo medio dormida XD
También estoy estrenando anteojos nuevos y todavía no me acostumbro, pero estoy feliz porque puedo ver de nuevo. Ahora voy a poder terminar los capítulos más rápido.
¿Qué les pareció este capítulo?
Lo empecé a escribir hace mucho. Me acuerdo que el sueño de la infancia de Shaka lo escribí a las tres de la mañana hace meses. Me desperté en medio de la noche porque necesitaba escribirlo XD
Su madre todavía no tiene nombre, así que si se les ocurre algo pueden dejarlo en los comentarios :D
Espero que se haya entendido por qué para Shaka es tan importante tener un hermano y de dónde surge su cariño por Kiki (y su preocupación por los más chiquitos).
Me gustó que Mu no le cayera bien desde el principio. No quería hacer que tuvieran un amor a primera vista o algo parecido (¿eso es un spoiler? Tal vez :D)
Dohko se sigue divirtiendo con las desgracias de Shaka... Tal vez sea una forma de desquitarse por el pasado de Asmita (?)
Creo que varias personas están medio perdidas con Asmita. Como soy la autora y sé lo que pasó no puedo ver por qué les confunde tanto XD
¿Qué les parece la gente del club?
Garma tiene su historia, así que en algún momento tal vez se sepa cómo llegó a donde está . Y por si no entendieron: nació como hombre, se percibe como mujer, no siempre se viste como una y le da fiaca arreglarse XD Ah, y Shion fue su maestro.
Jamyang explicó su situación ella misma. ¿Será que Shaka ahora la odia?
Extrañaba escribir a mi bebé Arlen.
Ahora que Shaka sabe su nombre, ¿qué pasará?
¿Por qué hago estas preguntas como si fueran a responderme? XD
No sé qué más comentar.
La continuación va a venir en dos semanas porque la semana que viene quiero actualizar Una cicatriz dulce :D
Todavía no sé si aprobé todas las materias, pero hagamos de cuenta que sí, por lo que ahora tengo más tiempo para escribir y con mis super anteojos nuevos voy a poder dedicarle más tiempo.
En fin.
Gracias por leer.
Cuídense.
