Capítulo 9

La brisa mecía la cortina blanca casi transparente; adelante, atrás y repetía, a veces se abría más, otras apenas se movía. Saga estaba sumergido en el compás de la tela hacía varios minutos. Concentraba el oído en el sonido de los pájaros y los insectos para ignorar la voz en su cabeza que no lo había dejado descansar en toda la noche. En los sueños distinguió una silueta oscura que ardía entre las llamas, pero antes de que pudiera alcanzarla despertó. Desde entonces estaba sentado en la cama, con los pies descalzos en el piso frío que era el único alivio para el calor.

Escuchó que hablaban afuera. Se levantó. Al mirar por la ventana se tomó un momento para intentar encontrar las copas de los árboles altísimos pero no lo consiguió. Descendió la vista. Junto a la balaustrada donde la hierba se trepaba la sacerdotisa les daba indicaciones a los guardias. Saga no entendió lo que hablaban, a excepción de unas pocas palabras referentes a una comida.

Se sintió invadido. Observó con calma la habitación; todo estaba como lo recordaba, la caja de Pandora de su armadura se ubicaba en un rincón. Entonces entendió que lo tenían vigilado desde afuera. Buscó nuevamente por los árboles, debió cubrirse los ojos por el sol. Un brillo en las ramas le llamó la atención. Entre las sombras y las luces se formó una armadura dorada con incrustaciones rojizas. Los mechones negros y la capa de su portador flotaban en el aire.

Saga se apartó de la ventana. Fue hasta la mesa donde había dejado un cuaderno y escribió Pacific Star, junto a un dibujo simplificado del guerrero que tan bien vigilado lo tenía desde la tarde anterior. Guardó todas sus pertenencias por las dudas de que alguien decidiera revisar el cuarto. Entonces terminó de vestirse para salir. Bajó al comedor donde Misty de Lagarto era el único que comía un tazón de frutas. Cuando lo vio dejó todo para saludarlo.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Saga

—Hace un rato vino la sacerdotisa junto a dos guerreros dorados. Marin y Algol fueron con ellos a ver los alrededores.

—¿El de la serpiente?

—No, él todavía no apareció por acá —Misty levantó una ceja—. ¿Te sigue vigilando?

—Dudo que haya dejado de hacerlo en algún momento.

—Tu paciencia es digna de admiración. Yo habría llegado a mi límite ayer. Más con su recibimiento tan bruto.

—No hay nada que podamos hacer. Este es su territorio. Si es la manera de ganarnos su confianza para que nos lleven a la verdadera ciudad, tenemos que quedarnos.

Dos soldados ingresaron al comedor y se ubicaron frente a frente para dejarle el paso a la sacerdotisa. Tras ella llegó el guerrero de la serpiente que Saga había visto minutos antes; el santo de Géminis le sostuvo la mirada hasta que dejó de caminar. Aunque le viera la mitad del rostro sabía que sus ojos no se iban a apartar de él.

Ambos santos se arrodillaron. La máscara de la sacerdotisa también le cubría hasta la nariz y los dos caballeros se relajaron cuando vieron su sonrisa.

—Santo de Géminis, buenos días. Espero que hayas pasado una buena noche.

—Buenos días, su santidad. Muchas gracias por todas las atenciones que nos brindaron a mis compañeros y a mí.

—Por los escasos y buenos lazos que El Dorado ha mantenido con el Santuario de Athena, es lo menos que podemos hacer.

—A nuestra diosa le dará gusto saber que fuimos bien recibidos en estas tierras.

—Me alegra saber que los recaudos que tomamos no les parecen excesivos. Sin embargo, me temo que deberán esperar un poco más hasta que nuestro líder tome una decisión.

—Lo entendemos. Esperamos que sea lo mejor para ambas partes.

—Seguro lo será. Mientras tanto pueden recorrer el fortín como el resto de sus amigos. Volveré en la tarde.

La sacerdotisa dio media vuelta para salir. El de la armadura dorada hizo una reverencia.

—Amaro, tratalos bien —le dijo al guerrero de la serpiente—. No queremos tener problemas con el Santuario.

Cuando la sacerdotisa se fue los soldados le siguieron. Amaro tardó unos segundos en levantarse. Una vez más Saga se sintió atacado. No se iba a dejar intimidar. Una lucha silenciosa dio lugar entre ambos guerreros que no se quitaban la mirada de encima. La cabeza del santo de Géminis comenzó a palpitar; la presencia de Amaro no solo le molestaba a él, sino también a la voz desconocida. Sintió un mareo leve, se tambaleó pero alcanzó a sostenerse de la mesa.

—Saga —Misty notó la lividez en la cara del santo de oro, quien agarró una fruta de cáscara naranja de un tazón.

—Terminemos de desayunar para ir con los demás —dijo y tomó asiento.

Luego de un rato Amaro salió del comedor, pero Saga sabía que no estaba demasiado lejos. Evitó hablar de temas que pudieran comprometer la misión y se limitó a preguntarle al santo de plata qué le parecía el lugar, si había descansado bien, por la comida y demás. Cuando terminaron el desayuno salieron a buscar a sus compañeros. Los encontraron en unos bancos a la sombra que formaban las ramas de los árboles como un toldo. Con ellos se encontraban dos guerreros de armaduras doradas: el halcón y el zorro; al igual que todos los habitantes de El Dorado que habían conocido, también tenían máscaras que les cubrían la mitad de la cara.

Y en ese preciso momento las máscaras eran el tema de conversación.

—¿Eh? ¿Entonces si te viera la cara tendrías que matarme? —le preguntó el guerrero del halcón a Marin. Ella solo asintió con la cabeza— Je… Pero si se llega a tal punto, debe valer la pena. Digo, yo tomaría el riesgo con tal de ver la carita que escondés.

—Waman —lo llamó Amaro a sus espaldas y le hizo pegar un salto.

—¡¿Amaro?! ¿En qué momento…?

—Tu comportamiento no es digno de un Pacific Star.

—Solamente quería sacarme una duda. Ellos también deben preguntarse por qué usamos máscaras.

—Tenés por costumbre hablar de más. Limitate a cumplir tus tareas o vas a ser degradado a soldado raso.

—No pienso volver a serlo —dijo con cara de desagrado.

—Entonces comportate como un miembro de la élite de El Dorado.

Amaro no se volteó en ningún momento y así se marchó. Waman lo siguió mirando ofendido hasta que estuvo lejos.

—Ciertamente, a veces tu comportamiento deja mucho que desear —le dijo su compañero.

—¡¿Karai, vos también?!

—Le ruego que disculpe a mi camarada, joven santo de Athena —Hizo una reverencia frente a Marin—. Es lo que sucede cuando algunos llegan a la adolescencia.

—Ey, que vos también lo estás.

—Soy un alma vieja.

—Tenés dieciséis años. ¡Tres más que yo nada más!

—Parece que en El Dorado los guerreros también son bastante jóvenes —comentó Saga—. Marin apenas tiene once años pero ya es maestra.

—En nuestro caso, como evitamos relacionarnos mucho con el resto del mundo, no nos vemos envueltos en demasiados conflictos —explicó Karai—. Es normal que los Pacific Stars lleguen a ser ancianos y que luego vivan por muchos años más y sirvan como maestros.

—¿Cómo consiguen sus armaduras? —preguntó Algol.

—Por cada generación hay doce Pacific Stars. En caso de que uno muera o renuncie, la armadura se guarda hasta que la siguiente generación esté lista. Si surge un conflicto bélico se la entrega al mejor alumno de la academia, pero no es lo que sucede en general.

—A menos que seas Amaro —agregó Waman.

—Es verdad, él fue la excepción. Sobresalió tanto que nuestro rey le entregó la armadura de la serpiente antes de que los demás estuviéramos listos. Tenía ocho años cuando se convirtió en Pacific Star.

—Casi como los santos de oro —comentó Misty.

—Debe tratarse de un prodigio como ellos —dijo Saga.

—Me gustaría conocer a otros santos —Waman estiró los brazos por detrás de la cabeza—. No tenemos muchas oportunidades de ver a otras personas, a no ser que nos manden en misiones de reconocimiento. Así que, de cierta forma, me alegra que estén acá.

—Aunque eso significa que algo bastante serio está pasando —le recordó Karai.

—Ci-cierto… Pero seguro todo va a salir bien. Los Pacific Stars somos tan fuertes como los santos de oro. Si unimos fuerzas vamos a ser indestructibles.

Saga sonrió. Luego levantó la mirada al cielo.

—¿Qué pasa? —le preguntó Misty.

—Me acordé de que hoy son los exámenes para santo.

—Oh… Es verdad. Ya debe haber empezado.

—*—*—*—

El último combate estaba a punto de dar inicio. Las gradas estaban llenas, el público entusiasmado. La gran favorita era Mie, quien había conseguido las victorias sin demasiadas dificultades, igual que su próximo oponente (un joven que había entrenado en el Sahara).

Milo y Aioria estaban recostados en el parapeto de las gradas más altas, mientras que Aldebarán llevaba a Kiki en los hombros. Todos se veían ansiosos por el resultado.

—La hermana de Mu es bastante fuerte —comentó el santo de Leo.

—Las mujeres en Jamir tienen que entrenar desde muy chicas —explicó Kiki.

—Y Mayura es su maestra. Eso lo explica todo.

—Sí, pero a mí me intriga otra cosa —dijo Milo.

—¿Qué?

—¿Estará buena? Digo, como es la hermana de Mu.

—¿Es lo único que te importa?

—¿Esperabas otra cosa de Milo? —le preguntó Aldebarán.

—Tenés suerte de que Mu no te escuche. Dudo que le guste la idea de tenerte como cuñado.

—Hablando de Mu… ¿Dónde anda?

—Dijo que tenía que ayudar al maestro Shion con algo —respondió el Aries menor.

En el palco principal solo se encontraban el Patriarca, Athena y Aioros de Sagitario. El público gritó cuando Shion se puso de pie para anunciar la siguiente pelea. Las miradas se dividían entre Mie y su contrincante.

Mu se encontraba en el salón detrás del palco principal. Desde allí escuchaba los gritos de la gente y los golpes. El cosmos de su hermana le impresionaba, no tenía dudas de por qué Shion la había elegido para competir por la armadura de Altar.

Cerraba los ojos y recordaba el día en que nació, lo delicada y vulnerable que se veía en el pecho de su madre. Cuando dio sus primeros pasos, la emoción cuando dijo su nombre, las tardes de siesta, los juegos. Sabía que por haber nacido en esa familia ella también estaba destinada a convertirse en una guerrera. No había día que no pidiera por su bienestar. Pero por fin había llegado el momento de que siguiera el destino de los santos. Quizás si tenía suerte no se vería envuelta en una lucha mortal y pronto dejaría la armadura para regresar a Jamir como matriarca.

Esa idea tampoco lo entusiasmaba: tal vez alguno de sus compañeros terminaría por ser el elegido como su futuro marido. No podía imaginarlo siquiera. Deathmask estaba descartado sin tenerlo en cuenta, quizás Shura fuera un buen candidato, o Aioria, aunque seguramente tendría muchos problemas para adaptarse a la cultura muviana y del Tíbet. Mu no iba a aceptar a cualquiera como cuñado.

Las paredes y el piso, todo retumbó. Una explosión. El silencio de la muchedumbre. Los latidos de Mu. Había terminado. El santo de Aries no pestañeaba, no escuchaba ni percibía el cosmos de Mie, apenas era consciente de su propia respiración. Rogaba que el tiempo no avanzara, que fuera lo más lento posible. Le aterraba escuchar la voz del Patriarca anunciando cualquier cosa. Pensó en su madre, en lo que podría decir si Mie fallaba; seguramente discutiría con Shion otra vez y los lazos entre el Santuario y Jamir se volverían más tensos.

Entonces pasó.

—¡... Mie!

Mu no alcanzó a entender lo que Shion dijo, pero fue suficiente con escuchar el nombre de su hermana. Los gritos del público significaban que su miedo se había hecho realidad. Cerró los ojos lamentándose. Caminó hasta la pared donde apoyó la frente. Suspiró lento y profundo. Ya no podía hacer nada contra el destino, más que seguir sus órdenes.

Luego de unos minutos escuchó a Shion decir:

—Mie ha mostrado ser superior a todos los contrincantes. Sin embargo, la armadura de Altar tiene una historia y misión que no cualquiera es capaz de aceptar.

Mu se ajustó los protectores de los antebrazos antes de comenzar a subir con mucho pesar los escalones que llevaban al palco.

—Para demostrar que es digna de portar la armadura de Altar, deberá superar la última prueba, hacer que su cosmos se eleve al máximo y consiga un milagro.

Mie miraba con atención a su abuelo mientras recibía las curaciones de unas aprendices.

—El último desafío —dijo Shion— será demostrar que es capaz de hacerle frente hasta a los guerreros más poderosos de la Tierra.

Los espectadores suspiraron sorprendidos al unísono cuando el sol se reflejó en la armadura dorada que cubría el cuerpo de Mu. Mie les hizo señas a las aprendices para que se detuvieran y dirigió la atención a su hermano; nunca lo había visto tan serio en toda la vida.

—Un solo golpe será suficiente —Shion continuó la explicación—. Si logra derribar la defensa de Mu y golpearlo una sola vez, entonces será digna portadora de Altar.

Entre el público se escucharon infinidad de preguntas, si Mie sería capaz de rozarlo, si era realmente necesario. Otros comentaban que era una locura. El grupo de santos de oro permaneció en silencio. Mu bajó a la arena de un salto delicado. Mie se levantó del suelo sacudiéndose la ropa. Las voces empezaron a hacerse más fuertes.

—No voy a tenerte consideración por ser mi hermanita —dijo el santo de Aries.

Mie soltó una risa y se puso en guardia.

—Tampoco te la iba a pedir.

Mu abrió y cerró la mano izquierda tres veces; luego se tocó la nariz. Su hermana frunció el ceño, aunque no pudo verlo por la máscara.

—Vení cuando quieras.

Mie se inclinó hacia adelante y de un salto comenzó a correr. Lanzó el puño, pero Mu lo esquivó con apenas apartarse unos centímetros. Ella no se detuvo: con la fuerza del impulso dio vuelta para atacar de nuevo a su hermano. Le lanzó varios golpes de manos. Mu no necesitó frenarlos, le bastó con retroceder como si estuviera caminando.

—Pensé que eras más rápida —le dijo.

Mie gruñó por lo bajo. La mano le brilló y tiró el golpe. Mu lo esquivó moviéndose a su derecha.

—No descuides la guardia.

Dicho eso le dio un rodillazo en el abdomen y después un codazo en la espalda. Mie cayó al suelo; le costaba respirar. Mu la obligó a ponerse de pie con telequinesis. Ella aún no se recuperaba, las piernas le temblaban.

—¿Así pensás ser la próxima líder de nuestro clan? ¿Voy a tener que proteger a Jamir también?

Mie tomó aire entrecortado antes de volver a ponerse en guardia.

—Sos un mentiroso. Usá todo tu poder o volvé a tu casa.

—¿Eh? ¿Cómo podés hablarle así a tu hermano mayor? Creo que voy a tener que darte un castigo.

—Vení con todo, hermanito.

Mu cerró los ojos.

—Está bien. Vos lo quisiste.

Cruzó los brazos delante del pecho. Los pies se despegaron del suelo y se elevó con la vista de todos en él. En su centro apareció un resplandor que comenzó a brillar cada vez más. Sus compañeros no creían lo que veían; se preguntaban si había enloquecido para atacar de esa manera a su propia hermana. Ella aún trataba de recuperarse. Intentó dar un paso atrás pero cayó sentada.

Mu abrió los brazos. El polvo se levantó del suelo.

—¡Starlight extinction!

La luz de su ataque junto a la polvareda hicieron que el público se cubriera los ojos, algunos tosieron. No se escuchó ni un grito, solo el sonido de la tierra al romperse.

Mie pestañeó confundida al ver el cielo azul y a su hermano parado delante de ella. Se llevó las manos a la cara, aún tenía la máscara puesta; luego se revisó el abdomen, los brazos, hasta las piernas. Miró hacia atrás: estaba sentada a los pies de las escaleras que llevaban a la casa de Aries.

—Entrá rápido antes de que alguien te vea —le dijo Mu.

—¿Qué? Hermano… ¿Qué pasó? ¿No me habías atacado?

—¿Cómo podría lastimar de esa forma a mi propia hermana? —respondió ayudándole a levantarse— Vamos rápido.

Aún le temblaban las piernas, por lo que Mu debió cargarla y así la llevó dentro de sus aposentos. No demoró mucho en comenzar a tratar las heridas. Una vez que estuvo limpia y bebió un poco de agua recuperó el aliento para volver a preguntar.

—Hermano, ¿por qué no me atacaste? ¿Qué va a decir el abuelo Shion?

—Fue idea suya —respondió mientras se quitaba la armadura.

—¿Eh?

—El santo de Altar es la sombra del Patriarca —Suspiró—. Y de acuerdo a sus planes es mejor que nadie conozca su identidad.

—Entonces… ¿Todo fue una fantochada?

—Sí. La verdadera Armadura está en la sala del Patriarca. Cuando vayas Shion te la va a entregar.

Mu tomó asiento junto a su hermana. Levantó la mano y apareció una máscara plateada con dos puntos sobre los ojos, semejantes a las cejas muvianas.

—Fuiste reconocida como el santo de Altar —Volvió a hablar el caballero de Aries a medida que le sacaba la máscara a su hermana confundida—. Shion no quiere que el Santuario lo sepa, solo un par de personas de confianza conocen la verdad.

Mu intentó sonreír. Agarró una gaza del botiquín de la mesa y la preparó para pasarle a su hermana sobre la herida que tenía en la base de la nariz.

—Tu misión como santo de Altar va a ser la formación de las guardianas de Jamir y reforzar los lazos del Santuario con los clanes herreros… En caso de que algo le pase al Patriarca vas a ser su reemplazo hasta que se nombre a uno nuevo.

—¡Esperá! ¿Cómo…?

Mu parpadeó lento y tomó aire para hablarle de frente.

—Shion me va a nombrar Patriarca, vos vas a ser la matriarca de nuestro clan… y Kiki va a ser el herrero maestro.

—¡¿Qué?! —exclamó poniéndose de pie— Pero apenas tiene tres años y nosotros…

—De esa forma la relación entre el Santuario y Jamir no va a ser tan tensa otra vez —contestó Mu de la forma más tranquila que le resultó posible—. Shion tiene la esperanza de que si los puestos más importantes son ocupados por muvianos, los otros clanes no van a dudar tanto en entregar a sus hijos.

—Eso ya se hizo. Serías la tercera generación del Santuario con un Patriarca muviano.

—Pero seríamos todos descendientes de Shion.

Mie apretó los labios por la respuesta del caballero de Aries.

—Kiki también es su nieto y del primer clan —Mu bajó la mirada—. Nos odian por ser los últimos e hijos de un muviano impuro. Si ven que el próximo herrero maestro es de un clan diferente, van a darse cuenta de que el poder no está en una sola familia.

—Pero hay otros que vienen antes que él —le recordó su hermana—. ¿Por qué tiene que ser tu alumno?

Mu apretó los dientes antes de responder:

—¿Pensás que va a venir alguien de China a decir que quiere ser herrero? ¿Cuántas veces fue Shion a intentar convencerlos? No hay caso. No van a aceptar. Prefieren morir antes que poner un pie en Jamir.

Mie se frotó las cejas.

—Y así se hacen llamar muvianos —masculló—. No aceptan sus tradiciones, pero dan clases al chaperón. Son una deshonra para los antepasados.

—Mie —le llamó la atención.

—¡Es verdad! Hermano, te dejaron todo el peso a vos.

—Es lo que corresponde por haber nacido primero. No puedo culparlos. El herrero maestro está condenado al sufrimiento —Se llevó las manos a la cabeza y dijo en tono bajo—. Shaka me va a odiar cuando lo sepa.

—¡Con más razón tenés que enseñarme! —exclamó Mie— Tal vez… tal vez podamos encontrar una alternativa. Es decir, ¿por qué no puede una mujer ser maestra? Además de pelear, podemos hacer otras cosas.

—¿Pensás que es tan fácil romper con siglos de tradición?

—No vamos a saberlo hasta que no lo intentemos —dijo firme y se llevó la mano al mentón—. El problema está en el polvo de estrellas… Tenemos que encontrar otro material, algo que se le parezca… o fabricar armaduras nuevas.

—Entonces Shion, la abuela Prajna y nuestra madre morirían de un infarto —Mu suspiró.

Mie se sentó de nuevo con las manos unidas sobre los muslos y dijo:

—Todo empezó con la gente del continente Mu… Somos nosotros, sus descendientes, quienes debemos terminarlo. Si estamos obligados a asumir los cargos más altos del Santuario y de Jamir, entonces tenemos que demostrar que los merecemos cambiando las tradiciones.

Mu la miró en silencio unos segundos. Por alguna razón le recordó a Shaka y se sintió culpable de ser tan dependiente y débil. Hasta su hermana menor mostraba más fortaleza. Se pasó una mano por la frente junto a una risita amarga que llamó la atención de Mie.

—¿Qué pasa?

—Solamente pensaba… Me gustó lo que dijiste.

—¿Entonces…?

—Ya investigué bastante. No sé cómo continuar… Me gustaría hacerlo.

—Yo te ayudo.

—Gracias —le dijo para después acariciarle la cabeza—. Mientras tanto es mejor seguir las tradiciones.

Aunque quisiera convencerse de que realmente era lo mejor, Mu debió hacer un esfuerzo enorme para ocultar lo que en verdad sentía. Por momentos, incluso, consideró ir a China y buscar a Shaka, pero se contuvo al pensar que él se molestaría y volvería a decirle que era dependiente. Ya no quería que su tan preciado amigo tuviera que rescatarlo.

—*—*—*—

Había llovido desde la madrugada, pero no era razón para que Dohko suspendiera la lección de Shiryu. Shaka prefirió quedarse bajo techo y continuar la lectura. Había llegado al punto en que Shion y Yuzuriha intercambiaron los aros al ser pareja oficialmente, aunque todavía no producían polvo de estrellas. Los detalles más románticos eran los que menos le interesaban, le daba repelús imaginarse al Patriarca dándole un beso a su compañera. Debió dejar los manuscritos cuando la cosa se puso más íntima.

Justo en ese momento golpearon la puerta. Shunrei abandonó su bordado para abrir y encontrarse a una joven pelirroja cuya capa que traía poco y nada le había servido para no mojarse.

—Ah… Buenos días. Soy Jamyang. Estoy buscando a Shaka.

El santo de Virgo se levantó cuando la escuchó y fue enseguida a ver.

—¿Qué hacés acá?

—Q-quería… disculparme por lo que pasó ayer.

—Yo no soy a quien tenés que pedirle disculpas.

—Pero te fuiste sin decir nada y la señorita Garma… está un poco molesta ahora.

—Problema tuyo —Intentó cerrar la puerta.

—¡No, esperá!

—¿Qué?

—Eh… Bueno… Es que hace frío y… se me va a complicar volver.

Shaka la dejó pasar a regañadientes y hasta le prestó ropa mientras la suya se secaba en la estufa. Shunrei le dio una toalla, luego le sirvió té y se apartó para que los otros dos pudieran conversar. Jamyang no se atrevía a mirar al caballero de Virgo.

—Cuando deje de llover te vas. No es necesario que me devuelvas la ropa.

—Perdón… Ahora también soy una carga para vos y tu formación como chaperón se retrasó por mi culpa.

Shaka apartó el rostro. Jamyang se acomodó la ropa. El perfume de la tela le llamó la atención.

—Huele a miel. No pensé que los santos de Athena tuvieran tiempo para cosas como esta.

—Fue un regalo de Mu… Tenemos tiempo para varias cosas, pero lo más importante es servirle a nuestra diosa.

Jamyang sonrió de costado con vergüenza. Miró todo alrededor; pensó que era un lugar cálido a pesar de ser la vivienda de un guerrero nacido un par de siglos atrás. Se llevó la taza a la boca y los ojos sobre Shaka que se acomodaba pelo.

—Hum… ¿Cómo es Athena?

—Como cualquier otra nena de su edad, supongo —contestó sin mirarla—. Prefiere jugar a entrenar, así que el Patriarca tiene que obligarla a veces.

—¿Él se encarga de su crianza?

—En parte. Tiene doncellas que la acompañan —Dejó su pelo y pasó a mirarse las uñas—. De vez en cuando el Patriarca le da permiso de visitar a su «abuelo».

—¿Abuelo?

Shaka suspiró y decidió hablarle de frente.

—Hace unos cinco años Aioros de Sagitario resultó herido de gravedad durante una misión. Tuvo suerte de que un magnate japonés lo rescatara. Athena le tomó cariño y viceversa. Su fundación ayuda bastante al Santuario.

Jamyang asintió para después beber de la taza. El té le estaba ayudando a entrar en calor. Le dio unos golpes suaves con la yema al asa.

—¿Cómo es el Patriarca?

—Bastante exigente, quiere que todo el mundo siga las reglas. No digo que esté mal, de alguna forma hay que mantener el orden… Pero a veces puede pedir demasiado.

—¿Como con el Príncipe Mu?

Shaka guardó silencio unos segundos.

—No dudo que se preocupe por él, después de todo es su nieto… Pero… —Se masajeó el cuello al sentirse frustrado— A veces me dan ganas de llevarme a Mu lejos, donde el Patriarca no pueda encontrarlo. Pero sé que su orgullo no se lo permitiría. Él ya aceptó su destino, aunque le duela… y a mí también.

—Me gustaría conocerlo para disculparme con él.

El santo de Virgo se mordió el labio. Luego miró a un costado.

—Entiendo por qué lo hiciste. Mu es fuerte, pero incluso a él le resulta doloroso lo que le piden. Yo no sé qué haría en su lugar. Por eso… no te culpo —Jamyang sonrió con timidez—. No del todo.

—Me conformo con eso. Mi viaje hasta acá valió la pena.

—¿No podés teletransportarte? Tengo entendido que todos los muvianos pueden hacerlo.

—Ah… S-sí… Pero soy muy mala. De hecho, lo intenté y no me acerqué demasiado. No suelo usar mis poderes mentales tampoco —Soltó una risita—. Soy muy tonta.

Shaka le aplastó las cejas.

—¡Ay!

—Por Buda, es como escuchar a Mu cuando está deprimido.

—P-perdón.

Poco antes del mediodía la lluvia se detuvo, el sol apareció. Shaka se cargó la caja de Pandora en la espalda y acompañó a Jamyang hasta la taberna. Ella le preguntaba infinidad de cosas sobre el Santuario, Athena y Mu; él solo respondía lo necesario. Al menos ya estaba más animada.

—¿Creés que todavía estoy a tiempo de ir a Jamir?

—¿No era que no te gusta pelear y esas cosas?

—No me gusta, pero… —Se llevó las manos a la espalda— La señorita Garma también nos entrenó para defender el club. Yo siempre quedé entre las peores.

—Entonces sos un caso perdido.

—¡Qué malo! ¿También tratás así al Príncipe Mu?

—Eso no te incumbe.

—Jum… ¿Te da vergüenza admitir tus sentimientos?

—¿Qué?

—A veces tenemos que dejar las cosas en claro. Si no lo hacemos podemos perder a quien consideremos importante. ¿No te pone triste perder al Príncipe Mu?

Shaka ajustó las correas de la caja de Pandora. Gran parte de su energía se iba en ignorar que Mu pronto debería irse con Saga; odiaba recordarlo.

—Sé que tarde o temprano va a pasar de alguna forma —respondió como si nada—. Ya lo tengo asumido. No me afecta.

—¿Ni aunque se aleje por irse con alguien más? ¿No te preocupa lo que él pueda sentir? ¿Eh?

El caballero de Virgo se masajeó la frente. No sabía si prefería que Jamyang siguiera disculpándose o verla animada. No parecía que se detendría.

—Lo que realmente pienso de todo el asunto del herrero maestro no es algo que pueda llegar a oídos del Patriarca.

—Por mí no te preocupes. El Patriarca jamás se metería con la gente del club. Él no tiene autoridad ahí.

—¿Por qué debería confiar en vos?

Jamyang se acomodó el pelo detrás de la oreja. Las mejillas se le pusieron rojas.

—Aunque vaya en contra a las tradiciones de mi pueblo, sé cuán importante fue el primer santo de Virgo. Vos también lo sos, así que no debés ser tan malo. Además, te preocupás mucho por el Príncipe Mu. Si te eligió como su amigo no debe estar equivocado… Fue por eso también… que te mostré mi cuerpo.

—Espero que no haya sido alguna especie de trampa para obligarme a casarme con vos o algo así.

—¡N-no! Eso es demasiado cruel. No es la forma en que se arreglan los matrimonios muvianos… Además, somos amigos, ¿o no?

Shaka levantó una ceja.

—Sos bastante confianzuda.

—Es que no tengo muchos amigos —dijo haciendo girar los índices uno sobre el otro—. La gente del club es diferente… No se sienten como amigos, tampoco como una familia, pero nos cuidamos entre todos.

Jamyang alzó la mirada. El sol brillaba con fuerza, no parecía que hubiera llovido toda la mañana.

—Los lazos que atamos son muy valiosos para los muvianos. Yo sufriría demasiado si perdiera a una persona que quiero… Quizás dejaría de ser yo misma. ¿No te parece que somos un poquito de otras personas? —Volvió a ver al caballero de Virgo con una sonrisa— Vos también sos un poco muviano. Algo de nuestra cultura ya es parte de vos.

Shaka se tocó las cejas. Fragmentos de siglos pasados le llegaron a la mente.

—En una vida pasada lo fui.

—¡¿En serio?!

—Sí. Fui un santo femenino aquella vez.

—¡Oh! Eso quizás explica por qué aprendés tan rápido.

—No sé. Esa vida siempre fue bastante reservada y no me contó mucho. Cuando lo descubrí se lo dije a Mu. Hasta me ayudó a buscar información sobre el santo que fui… Aunque ahora no sé cuánto me habrá ocultado de aquellas búsquedas.

—Si querés saber, ¿por qué no se lo preguntás? Es mejor que te lamentes por la verdad que con la duda.

—Tal vez tengas razón —Suspiró—. Siento que Mu se me está escapando.

—¿No pensaste que lo hace para protegerte?

—Todos dicen lo mismo.

—Entonces es verdad. Así como el Príncipe es muy importante para vos, él debe considerarte de la misma forma. Si estuviera en su lugar no me gustaría lastimar a mi mejor amigo, aunque sea un santo… Se nota que te quiere mucho.

Shaka se pasó la mano por el pelo.

—Honestamente no sé qué pensar… Me da gusto saber que le importo a ese punto… Pero nuestra misión de santos es demasiado pesada para ponerme como una prioridad.

—¿Y él no es una prioridad para vos?

—¿Eh?

—Ayer dijiste que no querés que Saga se lo lleve. A mi parecer, te importa demasiado.

Shaka agachó la cabeza, confundido; no recordaba ni sus propias palabras. Se sintió avergonzado de haber expresado sus sentimientos de esa manera. Jamyang aceleró el paso cuando vio la taberna. Dio media vuelta sin dejar de caminar.

—¿Puedo decirte algo sin que te enojes?

—Eso significa que me voy a enojar.

—Te ves más lindo cuando hablás del Príncipe Mu.

—¿Eh?

—Dicen que cuando las chicas nos enamoramos nos ponemos más bonitas… Tal vez no sea solo con las chicas que el amor tiene ese efecto.

El caballero de Virgo clavó los pies en el suelo a la vez que abrió los ojos. Jamyang también se detuvo cuando el brillo de esos dos zafiros la conmovieron sin razón aparente. Shaka se estiró la camisa que olía a miel. Recordó la cara dulce de Mu cuando se lo regaló y comenzó a sentirse afiebrado. «Mu estaba muy lindo el otro día —pensó en cómo se veía con lo poco que le había ayudado a arreglarse—. Siempre lo fue, pero ahora… ¿Por qué parece que cada día se vuelve más atractivo? ¿Será que él está…?».

—¿Shaka? —Jamyang se le acercó— ¿Qué pasa?

—No… No sé. Pero de pronto me dolió el pecho… y como que quiero llorar —Levantó la mirada al cielo. El corazón le palpitaba con fuerza—. Creo que Mu está triste hoy.

—*—*—*—

El caballero de Aries abrazaba la almohada que desprendía un aroma a flores. Cerraba los párpados para inhalar, luego volvía a abrirlos a la vez que exhalaba y miraba al techo. Se perdía buscándoles formas a las líneas que había dejado el tiempo. Pasó las yemas de los dedos sobre las sábanas sedosas; la cara se le puso roja.

El cielo azul se presentó sobre él con una sonrisa color durazno. Mu no se movió, los zafiros lo habían paralizado.

—Quería verte. No soportaba otro día lejos de vos.

Mu negó con la cabeza.

—En serio. No podría mentirte.

—Yo soy el mentiroso —respondió el primer guardián.

—No podés mentirme a mí. Te conozco. Sé lo que sentís con solo verte a los ojos.

—Basta.

—Mu… Te quiero.

—No, ni siquiera puedo imaginarlo.

—Te quiero, Mu.

—Shaka no diría algo así.

—¿Alguna vez se lo preguntaste? —cuestionó la sonrisa de durazno.

—¿Cómo? Él más que nadie tiene prohibido enamorarse.

—Pero te quiero. ¿Vos no me querés? ¿Eh, Mu?

El santo de Aries frunció el ceño. Los labios que tanto deseaba estaban tan cerca, no podía dejar de verlos. Estiró la mano con miedo hasta la mejilla pálida que acarició suavemente.

—Acercate.

Él obedeció. Mu cerró los ojos. En su mente trataba de convencerse de que no estaba mal, peor era si se quedaba con las ganas. Sintió calor en la cara. Entreabrió los labios.

—¿Hermano, estás acá?

Agitó la mano y la ilusión de Shaka desapareció. Se sentó en el colchón, dejó la almohada donde la había encontrado para acomodarse el pelo. Se levantó y arregló las sábanas. Luego abrió la ventana; la brisa le dio alivio al ardor de los cachetes.

—¿Hermano?

Mu agarró el cesto que había dejado en la mesa de noche y salió del cuarto. En la entrada a los aposentos de Virgo encontró a Mie. Ella al verlo se quitó la máscara.

—Acá estoy. ¿Qué pasa?

—Quería hablar con vos. Es que me pareció que te fuiste molesto de la reunión con el abuelo Shion.

Mu acomodó la cesta debajo del brazo y suspiró.

—Aunque lo haya aceptado, me molesta.

Mie descendió la mirada.

—Vas a ser Patriarca del Santuario, Kiki el herrero maestro y yo matriarca del clan de Lhasa. Entiendo por qué pensás así… Pero sos fuerte. Yo sé que vas a poder. No por nada sos el santo de Aries.

Mu soltó la canasta que flotó en el aire y le acarició la cabeza a su hermana junto a una sonrisa triste. Ella agarró el cesto y ensanchó los labios.

—No sabía cómo preguntarte esto, pero… ¿Viniste a cambiar las sábanas del proceso de purificación?

—Ah… No. Solamente vine a ventilar un poco el lugar. Este no es el templo de… m-mi pareja.

—Claro. Ya me parecía raro que fuera el santo de Virgo.

Mu asintió con una sonrisa incómoda. Luego empezó a caminar hacia el hall de la casa, seguido por su hermana.

—¿Y dónde está el caballero de Virgo? Me lo nombraste en varias cartas.

—Shaka ahora está en China. Él es… mi chaperón.

—¿Qué? Hermano, eso está prohibido.

—Ya sé que está prohibido. Pero no pude evitarlo.

—¿Va a estar bien? ¿No te acordás lo que nos contó la abuela Prajna? Lo que le pasó al aprendiz que aceptó el abuelo Shion hace cuarenta años.

—No me digas que creés en esa historia.

—¿Y su primer descendiente varón?

—No hay maldición en la armadura de Virgo —respondió Mu de manera firme—. Solamente fue una coincidencia.

—Pero es posible. Las armaduras son seres vivos.

—Virgo está muy a gusto con Shaka, nunca lo lastimaría.

Mie no cambió la cara de preocupación. Mu la ignoró y continuó caminando hasta una puerta enorme con una flor de loto. Apoyó la mano en ella, pero no hizo nada más. Entonces dio media vuelta y se dirigió de nuevo al camino principal; Mie no dejó de ir tras él con la cesta.

Atravesaron el pasillo que llevaba a la biblioteca. En lugar de abrir esa puerta, Mu continuó unos cinco metros hacia la izquierda. Con la palma sobre la pared buscó de arriba abajo hasta que halló el lugar exacto donde había una hendidura. Le brilló la mano, apretó el área que tocaba y tras el sonido de unos engranajes la pared se abrió. Mu chasqueó los dedos y las antorchas en la habitación oculta se encendieron.

El par de hermanos descendió las escaleras que la hierba había comenzado a ganar, al igual que todo lo que estaba allí dentro. En el centro del lugar había una bañera muy antigua, con dos figuras femeninas en mármol que sostenían vasijas por donde saldría el agua. Mie se acercó a observar el interior; aún se veían los cuadraditos en el fondo, debajo de las hojas. Mu subió otras escaleras que conducían a una puerta. Debió darle un empujón para que se abriera. Entró la luz del sol junto a pétalos de flores. Con un movimiento de mano las ventanas en lo alto de las paredes también se abrieron.

—No me digas que este es el baño donde se purifican los santos que se sacrifican por el polvo de estrellas.

—Está bien, no te lo digo —respondió Mu riendo mientras bajaba las escaleras.

—¿Cuándo fue la última vez que lo usaron?

—Debe haber sido hace siglos. Shion me dijo que el maestro Dohko le ayudó cuando terminó la guerra santa contra Hades… Si Shaka supiera que hay un lugar sin limpiar en la casa de Virgo se pondría como loco.

—¿No sabe? ¿Por qué no se lo dijiste?

Mu se sentó en el reborde de la bañera y empezó a sacar la hierba con la mano.

—El santo de Virgo no debería meterse en esto.

—Pero es su tarea mantener este lugar en orden.

—Ya lo metí demasiado en este lío. Quiero mantenerlo alejado lo más que pueda. Él está destinado a ser un iluminado, el mismísimo Buda lo guía. Así como él me ayuda, yo le ayudo.

La expresión alegre de Mu le provocó un sabor amargo a su hermana. Le recordó a las veces que le prometió que volvería pronto a jugar con ella apenas terminara sus actividades en Jamir, pero pasaban semanas hasta que llegaba ese momento. Algo le ocultaba, incluso le parecía que contenía las lágrimas.

Mie dejó la canasta en el piso, se arremangó y luego de rodillas empezó a arrancar las raíces. Mu la cuestionó sin decir nada.

—Yo también voy a ser herrera. Así vas a tener menos trabajo.

El santo de Aries abrió la boca de sorpresa. Estuvo a punto de decirle a su hermana que se detuviera, pero al verla trabajar con tanta energía supo que no la iba a hacer cambiar de parecer. Así que retomó lo que estaba haciendo. Tenían mucho trabajo por delante.

—*—*—*—

Garma seguía molesta por lo que había ocurrido la noche anterior. La lección de ese día estaba suspendida hasta que Shaka y Jamyang no terminaran de limpiar los baños. Para el santo de Virgo no fue demasiado problema, ya estaba acostumbrado a las labores de limpieza y no le suponía un ejercicio agotador. En cambio, para su amiga era todo lo opuesto.

—¡Me duelen los brazos! Me van a salir ampollas de tanto estrujar este trapo asqueroso.

—¿Por qué no intentás usar tus poderes mentales? Es fácil —Soltó el trapo que estaba usando y en el aire se dobló solo hasta que dejó de caer el agua.

—Para vos es fácil. Sos un santo de oro.

—Hasta Kiki con tres años puede hacerlo.

—¿Quién es Kiki?

—Es el discípulo de Mu.

—¿Eh? ¡¿Cómo que ya tiene un discípulo?!

Shaka tiró el trapo en un balde con agua sucia. Luego se apoyó en la mesada del lavamanos y se cruzó de brazos.

—Encontré a Kiki en el Himalaya cuando apenas tenía tres meses de edad. Me habían mandado a investigar la zona y sus padres murieron por culpa de las personas que intentaba atrapar. Su madre conocía al Patriarca y con sus últimas fuerzas me pidió que lo llevara con él. Mu justo estaba en Jamir, así que preferí preguntarle qué debería hacer… Ahora no sé si fue lo más indicado.

Shaka se pasó la mano por el pelo. Aún sentía la desesperación que tuvo en esos kilómetros hasta la pagoda con Kiki en brazos al borde de la hipotermia. Aunque había soportado bastante con su propio cosmos, estaba a punto de agotarse. La piel helada comenzaba a tener un color azulado y Shaka revivió el miedo de las últimas horas de su hermano con vida.

Sacudió la cabeza para alejar los recuerdos. Cuando vio a Jamyang ella estaba con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Y ahora… qué te pasa?

—¡Sos un santo!

—Eh… Sí lo soy.

—¡Esto lo hace todo mucho más difícil!

—¿Qué cosa?

Jamyang se llevó las manos al pecho.

—Sé que tengo que ayudarte en tu formación como chaperón, pero es tan injusto que no puedas estar con el Príncipe Mu. Me parte el corazón.

—¿Ah?

—Por la forma en que hablás de él, lo mucho que te importa, lo que te duele perderlo de a poco… Si no dijeras que solamente es tu amigo, creería que en realidad estás enamorado de él.

Las piernas de Shaka se aflojaron y tuvo que sostenerse de la mesada. Abrió los ojos. Sintió una punzada en el pecho y un revoltijo en el estómago. Movió la cabeza de lado a lado. El pulso se le aceleró. La cara se le puso caliente.

—Shaka, está bien. Uno no elige enamorarse, simplemente pasa.

—No… No lo estoy. Nunca lo estuve y nunca lo voy a estar… Mucho menos… de Mu —Se frotó el brazo—. Ya me estoy cansando de que todo el mundo lo insinúe. Además, el Patriarca ya eligió a Saga para él.

—Pero vos no. Como mejor amigo del Príncipe Mu sabés qué es lo que más le conviene.

—Ni siquiera lo conocés y a mí tampoco. ¿Qué te hace pensar que yo sí le convengo?

Jamyang se llevó las manos a la cadera con un suspiro.

—Estás demasiado negado. La verdad, dudo que vayas a aprender algo que le sea útil al Príncipe Mu y a ese tal Saga si te negás tanto a entender los sentimientos, en especial los tuyos.

Jamyang agarró un balde y salió del baño. Shaka se puso de cuclillas; aún le temblaban las piernas. Con la mano en la frente se preguntó qué le pasaba. «Mu sí me gusta, por algo es mi amigo… Pero enamorarme de él… Es imposible».

—¿O no?

El resto del día Shaka intentó distraerse para no pensar en las palabras de Jamyang. Pero cada vez que la veía recordaba su charla y perdía la paciencia. Garma consideró que en ese estado no serviría de nada dar la clase. Así, en medio de tantas dudas, llegó la noche. El salón estaba repleto, las chicas iban y venían atendiendo a los clientes; otras bailaban o simplemente paseaban entre las mesas para antojar a los comensales. Shaka había sido ubicado en un sector aparte de nuevo; cuando se abrieran las cortinas podría ver el escenario.

Para alivio del santo de Virgo, las cortinas también ocultaban su proceso de transformación. Garma lo había obligado a vestirse con una túnica roja, casi transparente, que además le quedaba bastante suelta; cada tanto la acomodaba temiendo que se le fuera a caer. Al mover los brazos las pulseras doradas en sus muñecas hacían ruido.

La matriarca lo maquillaba mientras le contaba sobre cómo Buda había subido a Star Hill por orden de Athena para recibir las semillas de los sales gemelos como regalo del Olimpo. Una historia que él ya conocía, pero prefirió no decir nada para no hacerla enojar: ya había tenido suficiente al mediodía cuando lo obligó junto a Jamyang a limpiar los baños como castigo.

—Dejá de taparte el hombro.

—Pero se me va a caer la ropa.

—No se te va a caer, para eso es el cinturón.

—¿Por qué tengo que vestirme así?

—Para que se lo enseñes a Mu y Saga. Es parte del juego de seducción.

—¿No es más fácil si aprenden antes de empezar el proceso de purificación?

—No hacemos las cosas así.

—¿Quién decide eso? ¿El Patriarca?

—No, es una tradición.

—Más parece una maldición.

Garma guardó silencio. Shaka se tensó al pensar que la había hecho enojar de nuevo.

—Tal vez tengas razón —dijo y agarró un pincel para pintarle los labios—. Pero así es desde siempre.

—¿Desde cuándo?

—No hables o te va a quedar mal… No tengo idea. Mucha información la perdimos. ¿Por qué pensás que ya no se fabrican armaduras?

—Si Mu pudiera crear armaduras, ¿sería necesario el polvo de estrellas?

—¿Para qué querés otra armadura? La de Virgo ya es hermosa.

—Es que no quiero-...

—Que Mu sufra. Sí, ya sé. Pero no se puede cambiar. ¿No te parece que algún herrero maestro lo habría hecho de ser posible?

Shaka agachó la cabeza. Garma suspiró. Entonces lo agarró de la mano y lo hizo que la mirara.

—Sé que querés mucho a Mu. Pero no podemos controlar todo. Mientras estés a su lado va a ser suficiente.

—¿Y si me enamoro de él? —le preguntó de pronto mirándola a los ojos.

—¿Qué?

Shaka agachó la cabeza de nuevo.

—¿O si alguien más ve lo mismo que yo veo en él y… se enamora de Mu?

Garma lo soltó. Se refregó la frente. Lo que tanto temía estaba comenzando. Tenía que buscar la forma de ayudar a Shaka antes de que fuera demasiado tarde para todos.

—¿Y qué es lo que ves en él?

Shaka tragó saliva.

—Un compañero que jamás me va a fallar, con el que siempre voy a poder confiar. Él sabe cuándo estoy feliz, sabe si hay algo que no me deja en paz aunque no lo diga. Es el único que me anima solo con verlo. Su sonrisa es contagiosa. Y el verde de sus ojos cuando me mira…

Poco a poco bajó el tono. Se masajeó las manos que comenzaron a temblarle. Las ganas de llorar que sintió al mediodía regresaron. No pudo contener un suspiro.

—¡Pero, pibe! ¿Por qué ponés esa cara de preocupación? —le dijo Garma animada— Es normal lo que te pasa.

—¿Qué me pasa?

—Eh… Digamos que… estás… bajo los efectos de la belleza muviana —Arrastró las palabras—. ¡Sí, eso! Desde hace siglos los muvianos somos conocidos por nuestro arte de encantar a las personas. ¡Los deslumbramos! Ahora que Mu llegó a la adolescencia sus encantos empezaron a hacer efecto y por eso te sentís atraído.

—¿Qué?

—'Cuchame —le dijo rodeándole el cuello—, yo pasé por lo mismo a tu edad… Bueh, a la inversa. Pero es normal. Estás creciendo y vas a sentir muchas cosas nuevas. Es lo que tenemos que atravesar para convertirnos en hombres… Mujer, en mi caso. Pero no tenés nada de qué preocuparte.

—¿En serio?

—¡Viniste para que te entrenara en temas del corazón, ¿no?! Soy toda una experta. Nunca te mentiría.

Garma lo soltó y se levantó para darle la espalda. «¡Soy una mentirosa! ¡Maestro Shion, vea lo que me obligó a hacer!», pensó mientras se mordía un dedo. Miró por sobre el hombro que Shaka no perdía la cara de consternación; de hecho, se mostraba más triste. La tristeza también le llegó a ella.

Desde el primer momento en que lo vio supo que Shaka cargaba un sentimiento enorme que ni siquiera él mismo reconocía. Al principio fue un alivio, pero mientras más avanzaba en las lecciones la situación se complicó y comenzó a ser consciente de aquello que le pasaba con Mu. «Virgo no se lo va a permitir —pensó—. Ellos también están malditos». Disimuladamente se tocó la pierna derecha sobre el vestido. «Es muy triste que no puedan conocer el amor de verdad… Al menos, si pudieran experimentarlo un poco...». Conmovida, Garma ideó una mentira pequeña que podría animarlo.

—¡Cierto! —llamó la atención del santo de Virgo— Si tanto te preocupa tu situación actual, hay una forma de solucionarlo… No sé si vas a querer hacerlo. Pero te la voy a decir. Vos después decidí qué hacer.

Shaka asintió y se dispuso a escucharla atento. Garma volvió a sentarse frente a él; se inclinó para quedar más cerca. Con una sonrisa dijo:

—La belleza cautivadora de los muvianos hace que la gente nos desee. La forma de romper el hechizo es satisfaciendo el deseo. Para solucionarlo basta con un beso.

—¿U-un be-beso? No, no, no… —Movió la cabeza de lado a lado, ruborizado por completo— No puedo hacerlo.

—Ya sé, ya sé. Pero me corresponde decírtelo. Ah, y nada de robarlo. Tiene que ser consentido y vos tenés que ir con la intención de superar esa atracción.

—¿En serio se pasa?

—Totalmente. Así fue cómo di mi primer beso. Fue una historia de amor no correspondido —dijo con el dorso de la mano sobre la frente—. ¡Oh! Eso me recuerda… ¿Ya aprendiste lo del beso de separación?

Shaka negó.

—Cuando los muvianos queremos ponerle fin a una relación o sentimiento, nos besamos las puntas de los dedos y tocamos los labios de la otra persona —Suspiró—. Es el beso más triste.

La matriarca volvió a levantarse para juntar el maquillaje. Shaka se tocó los labios y se le figuró la cara de su amigo empapada en lágrimas.

—Nunca se sabe cuándo Mu tenga que usarlo… Ojalá no seas testigo de eso.

Garma cargó el estuche con maquillaje y abrió las cortinas. Shaka se cubrió los ojos cuando un reflector del escenario lo encandiló.

—Ya va a empezar el número de Jamyang… Mirá bien y aprendé sobre el encanto de la belleza muviana.

Cuando la matriarca salió Shaka se quedó viendo los dedos con los que se había tocado los labios. Tenía las yemas rojas. Pero lo que más le preocupaba era la imagen de Mu y sus lágrimas; la sentía muy vívida. Hasta le parecía que su amigo acababa de tocarlo.

—¿Será una advertencia? —se preguntó a medida que la vista se le nubló.

Todo se puso oscuro y poco a poco comenzó a sonar música; varias voces masculinas se entusiasmaron. Shaka se estremeció cuando lo invadió la necesidad de estar en los brazos de Mu para jamás salir de allí. Quería sentir sus manos, el calor que desprendía su piel y lo convencía de que podía ser el más fuerte y el más débil al mismo tiempo.

«Un espejismo al otro lado del atardecer

Quiero verte, quiero verte

No puedo verte, no puedo verte

Eres una utopía

Algún día

si nos volvemos a encontrar aquí

Te extraño, te extraño

Te necesito, te necesito

Sexy, sexy»

Jamyang soltó el micrófono de pie para comenzar a mover los brazos al ritmo de la música. Cuando el vestido se le abrió y dejó su pierna descubierta los hombres se emocionaron. El humo y las luces daban un efecto psicodélico, que aumentaba con la danza.

Shaka seguía el cuerpo de Jamyang. Su cara sonriente pero atrevida a la vez le hizo preguntar si Mu podría ser capaz de mostrar esa misma expresión. La imagen de su amigo, poco a poco, se dibujó en el escenario. Cubierto por telas que apenas alcanzaban a tapar lo necesario se movía con gracia, mientras acariciaba su propio abdomen marcado.

«¿Oye? ¿Por qué no vienes a mi habitación?

Te contaré

una historia secreta

Si no puedes seguirme esta noche

incluso si te llevo

no hay nada que hacerle»

Cuando Jamyang se palmeó sobre las caderas y las movió al ritmo de la música, Shaka pensó en cómo haría Mu para imitar ese gesto. Las mejillas se le pusieron rojas.

«En esta noche escandalosa hasta mi corazón se moja

El tiempo no puede volver atrás

Vuelve, vuelve, vuelve»

Las palpitaciones y la temperatura de Shaka aumentaron cuando le apareció una sensación de cosquillas en el estómago. De allí bajó hasta concentrarse en la entrepierna. El caballero de Virgo frotó los muslos y se acomodó la túnica, sorprendido por la reacción de su cuerpo. Con ambas manos en la cabeza se curvó sobre sí mismo.

—¿Qué me está pasando?

-NOTAS-

Hola a quien lea esto.

Muchas gracias por leer el capítulo pasado.

¿Qué les pareció este?

Últimamente se me están haciendo muy largos y me cuesta decidir dónde cortarlos.

Espero que haya quedado entretenido.

Por fin apareció la gente de El Dorado. Los guerreros también tienen armaduras, porque no sería un fanfic de Saint Seiya lol Todavía no hice bocetos de cómo serían y tampoco sé si me saldrían XD Pero tal vez lo intente.

Incluso lejos del Santuario Saga sigue con la voz esa. Esperemos que no le cause problemas (?)

Y Mie consiguió la armadura de Altar.

¿Qué piensan del plan de Shion?

Aunque no lo parezca sí se preocupa por sus nietos. Ya se va a descubrir un poco más de su pasado también.

Mu se siente perdido, pero pronto va a ponerse las pilas y va a mostrar por qué es un santo de Athena.

Shaka sigue sufriendo en China XD Al menos ahora tiene una amiga.

La canción que canta Jamyang se llama Sexy Sexy y es de la banda japonesa CASCADE.

Shaka por fin está entrando en la pubertad (?) ¿Creen que se anime a darle un beso a Mu para ver si se le pasa el efecto de la supuesta belleza muviana? XD

Al menos ahora se está preguntando sobre sus sentimientos.

Pronto van a aparecer más integrantes de la familia de Mu. No sé cómo terminé haciéndolo tan complicado XD

Y también vamos a ver cómo le va a Saga en El Dorado...

Creo que no tengo mucho más para decir.

La continuación tal vez venga en dos semanas.

Cualquier cosa, pueden preguntarme y seguirme en mis redes sociales.

Cuídense.