Capítulo 10

Mu terminó de subir las escaleras hasta su templo. Dio un último vistazo atrás y concluyó la ronda de vigilancia para entonces adentrarse a sus aposentos. Dejó la armadura en la entrada, se encaminó hacia la cocina, pero unos murmullos captaron su atención.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando reconoció las voces delicadas y agudas que, melodiosas, recitaban «om mani padme hum». Los pies lo llevaron a la habitación donde el canto sonaba con más intensidad. Se asomó por la puerta: Mie y Kiki estaban sentados frente a una estatua de Buda; incluso habían prendido incienso.

El santo de Aries apoyó la espalda en la pared, con los ojos cerrados. Movía la boca como si recitara el mantra, aunque las palabras no se escuchaban. No conseguía liberarse de la ansiedad que le provocaban los pensamientos. Se sentía estancado, con un dolor constante en el pecho y el deseo de romper piedras a cabezazos.

El canto que retumbaba en el pasillo le recordaba a su madre. Necesitaba que le dijera «Entonces abandoná el Santuario», como cada vez que se escapaba a verla. Él le respondería que no iba a hacerlo, que no podía fallarle a sus antepasados ni al resto de la humanidad, para luego regresar a entrenar y cumplir sus deberes de caballero dorado, hasta que el ciclo se repitiera. Pero en esas circunstancias, no lo iba a conseguir. Su madre seguramente se molestaría al enterarse de que había dejado de lado las tradiciones del Tíbet; ni siquiera le había enseñado a Kiki aquel mantra básico: no podía presentárselo así al resto de la familia.

Se alejó del cuarto de meditación, acariciando la pared con las yemas, cabizbajo. El único consuelo era que ese día no estaba obligado a ir con el Patriarca. «¿Cómo hizo para enseñarme todo lo que sabía?», se preguntó. Kiki apenas empezaba a leer y a entrenar la telequinesis. Mu le mostraba cómo arreglaba las armaduras y le contaba detalles de lo que hacían los herreros. Pero hasta ese momento no le había hablado de la sangre, el cosmos, los sentidos, mucho menos sobre el sacrificio que hacía el maestro junto a su persona amada y ni hablar del combate.

Sintió algo duro en la frente. Al levantar la mirada se encontró con su amigo de Tauro.

—Parece que el Tíbet vino al Santuario. Hacía mucho que no escuchaba ese mantra.

El primer guardián apretó los labios.

—¿Cómo fue la vigilancia? —preguntó Aldebarán.

—Bien —respondió Mu sin ánimos.

—Por tu cara, necesitás comer algo.

A pesar de no tener hambre, Mu no pudo escapar de su amigo y juntos prepararon el desayuno. Cuando estuvo todo listo se sumaron Kiki y Mie -aunque ella comió en su cuarto. Mientras masticaba desganado, el santo de Aries no le sacaba la mirada de encima a su pupilo. Sentía que le fallaba como maestro. Trataba de convencerse de que con el pasar del tiempo se le haría más fácil. ¿También debía entrenarlo como santo? Antes de la guerra en la que Shion fue parte no era necesario que los habitantes de Jamir supieran pelear. Tal vez Shaka se preocuparía si Kiki resultaba herido.

Mu soltó el tenedor de golpe y se frotó la cabeza.

—Maestro, ¿está bien?

Al ver la cara preocupada de su pupilo la culpa se acrecentó. Aun así se obligó a sonreír.

—Sí… El gajo que mordí estaba agrio.

Esa respuesta fue suficiente para Kiki, que volvió a concentrarse en su propia comida. Mu agarró el cubierto, pero no probó ni un bocado. Entonces Mie apareció en la cocina para lavar los platos y todo lo que había usado. Cuando terminó con eso, se acercó a la mesa y llenó la taza vacía de su hermano. Él la miró sin decir nada.

—Quería preguntarte si podemos empezar con mi formación —habló y dejó la tetera en la mesa.

—¿Vas a formarla como herrera? —preguntó Aldebarán.

—¡Yo también quiero! —exclamó Kiki levantando el tenedor.

—Vos todavía no sabés leer y pataleás cada vez que intento enseñarte —le respondió Mu.

—Ahora sí voy a aprender.

El santo de Aries suspiró para luego llevarse las manos a la cabeza. «Ya estamos todos condenados —pensó—. ¿De qué sirve seguir posponiéndolo?».

—Está bien —dijo—. Empezamos en media hora en la biblioteca.

—Si no te importa, yo también los acompaño —habló Aldebarán.

—¿Por qué? —preguntó su amigo.

El santo de Tauro sonrió con una pizca de tristeza en la mirada.

—El otro día, cuando pasé por Virgo, vi que Shaka había sacado muchos libros y documentos para leer de su biblioteca… Todos tenían más o menos que ver con el continente Mu.

El primer guardián apretó el tenedor tan fuerte que el metal se dobló.

—Él ahora se está preparando en China —Aldebarán continuó—. Se esfuerza más que nadie para ayudar a Mu. No creo que lo haga solamente por él, sino por el resto del Santuario y los herreros que vengan… Yo también soy un santo, así que debería darles una mano… Además, es lo que hacen los amigos, ¿no?

—Aldebarán…

La sonrisa ancha de su amigo provocó que Mu se sintiera más animado y miserable en partes iguales. Miró a su hermana y a su alumno, tan desgraciados como él mismo por haber nacido con un cosmos que los unía al Santuario. Recordó la cara de Athena, las palabras «cuento con vos». Él también era un santo, pero tenía miedo y lloraba solo porque el destino le negaba la felicidad junto a su mejor amigo.

Eran esos momentos los que le hacían sentirse más patético: si fallaba en su misión, ya nadie podría vivir lo que él tanto deseaba. No podía arriesgar el amor de toda la humanidad por su capricho. Pensaba en el resto de sus hermanas; sus obligaciones eran menores, aún tenían cierta libertad, no podía quitarles eso. Aunque se preguntara una y otra vez por qué le había pasado a él, tenía que continuar.

Entonces, en la biblioteca, sacaron tantos libros que no les alcanzó con un escritorio. Mu le dio unas indicaciones a su hermana para que comenzara por aprender los principios de la herrería. Aldebarán buscó por su propia cuenta en el primer libro que agarró. Mientras ellos estaban con sus asuntos, Mu aprovechó para enseñarle a Kiki a leer griego; él repetía un cantito cada vez que reconocía cada letra y hacía una pausa antes de decir cómo se pronunciaban las sílabas que se formaban.

Cuando la clase se calmó, el caballero de Aries sacó de un cofre los planos de las armaduras. Las hojas ya estaban amarillentas. Pasó una por una, hasta detenerse en la de Virgo. Apenas notó que Shaka se metía en sus pensamientos trató de buscar otra cosa. Fue así como se preguntó qué habría hecho él si hubiese sido el primer herrero maestro. ¿Habría usado otros materiales para fabricar las armaduras? ¿Por qué necesariamente tenían que ser los que conocía? ¿Con qué podría reemplazar las lágrimas y la sangre?

La perturbación en el cosmos de Mu era tal que incluso los otros dos santos que lo acompañaban sintieron escalofríos, aunque prefirieron no hacer comentarios al respecto.

—Hermano, ¿cuándo tenés que ir a buscar gammanium a la Isla de la Reina Muerte? —Mie preguntó sin despegar los ojos del libro.

Mu miró al techo para recordar en qué fecha estaban.

—El mes que viene. Todavía hay bastante, pero se tarda mucho en refinarlo.

—¿Puedo acompañarte?

El santo de Aries frunció los labios, luego respondió:

—Bueno.

—¿Yo también puedo ir? —preguntó Kiki levantando la mano.

—No. Todavía sos muy chico —El Aries menor hizo un puchero—. Hasta que no aprendas a leer no podés ir en esas misiones.

—¡Voy a aprender rápido!

Agarró el libro de cuentos y volvió a recitar cada sílaba que reconocía.

—Nunca me quedó en claro algo —dijo Aldebarán.

—¿Qué cosa?

—¿Cuánto tiempo dura el polvo de estrellas hasta que ya no sirve?

—Lo mismo que las estrellas mismas. Incluso si quedara polvo hecho por el primer herrero podría usarlo.

—Según tengo entendido, la Isla de la Reina Muerte es lo único que quedó del continente Mu… ¿Qué tal si todavía hay polvo de aquella época en algún lugar?

El par de hermanos lo miraron con los ojos abiertos a más no poder (aunque Mie tenía puesta la máscara).

—Tenés razón —comentó Mu—. Nunca lo había pensado. Todas las veces que fui, Shion me tenía bien vigilado. Ahora que soy el maestro tal vez pueda investigar por mi cuenta.

—¿No está llena de santos negros? —preguntó su hermana.

—Ellos no serían un problema para Mu —dijo Aldebarán—. Además, es muy cuidadoso.

De pronto el caballero de Aries estaba más animado. Si no hubiera sido porque debía permanecer en el Santuario habría partido en ese preciso momento a la isla. Tenía que tranquilizarse e idear un plan: si el Patriarca llegaba a enterarse, no cabía dudas de que le daría el castigo de su vida.

—¡Maestro, maestro! —la voz risueña de Kiki lo sacó de su mente— ¡Mire!

El pequeño señaló una grulla de papel que volaba como si estuviera viva, rodeada de un resplandor dorado. El corazón de Mu dio un vuelco y se sintió nostálgico. Hacía años que no veía una, sabía bien quién la había enviado. Estiró la mano temblorosa y la grulla se posó sobre un dedo. Al agarrarla se deshizo y el papel volvió a su forma original: era una carta. Sin demorar comenzó a leerla.

«Mu de Aries,

llegamos a El Dorado hace dos días sin problemas. Todavía no alcanzamos la ciudad; nos encontramos en un fortín a la espera de una respuesta del líder.

Por el momento las cosas marchan bien. La bienvenida fue bastante brusca: nos atacaron y debimos defendernos, pero no pasó a mayores, ninguno salió herido. Las armaduras están bien. Los locales son muy atentos aunque todavía no confíen del todo en nosotros.

Los guerreros se llaman Pacific Stars, usan armaduras doradas parecidas a las muestras y tienen motivos de animales. Hay uno en particular, el de la serpiente, que no deja de vigilarme. Se llama Amaro y es bastante joven, como de tu edad. Acá también comienzan a entrenar en una academia desde chicos por lo que nos contaron. Todos usan máscaras, así que no conocemos sus caras aún.

El suelo es rico en piedras preciosas y oro. Encontré una color verde esmeralda que me recordó a tus ojos, así que decidí escribirte. No es necesario que me respondas, quizás hasta sea mejor que no lo hagas. Pero pensé que sería bueno mantenerte al tanto.

Espero que estés bien y que nos veamos pronto.

Saga de Géminis».

Mientras leía Mu se había llevado una mano a la mejilla caliente. Estaba sorprendido por haber recibido la carta. Luego se preocupó por la bienvenida que le dieron a sus compañeros, pero se tranquilizó enseguida al saber que estaban bien. Sin embargo, lo que más le había revuelto el interior fue la confesión de Saga: nunca hubiera imaginado que pensaría en él por una piedra preciosa.

—Hermano, tenés la cara roja.

Cuando escuchó la voz de Mie, dobló el papel y lo guardó en el bolsillo. Carraspeó la garganta antes de hablar:

—Me sorprendió lo que decía la carta.

—¿Era de Saga, no? —preguntó Aldebarán— ¿Cómo va la misión?

—Bien, aunque algo lenta. Están en un fortín y todavía no pueden entrar a la ciudad de El Dorado.

Aldebarán se llevó las manos a la nuca al mismo tiempo que se reclinaba con la silla.

—¿Qué clase de gente será la de El dorado?

—Tal vez con la misión actual se pueda conocer un poco más sobre ellos —comentó Mie.

Mu fijó la mirada en un punto aleatorio del piso. Repasó las palabras de la carta: incluso en El Dorado había guerreros con armaduras. Hubo un tiempo en el que estuvo interesado en estudiar las de Asgard y esa curiosidad revivió de golpe gracias a la misión en América. Si hubiera sido parte del equipo, sin dudas, habría intentado averiguar más sobre cómo los habitantes de esa ciudad misteriosa fabricaban sus equipos.

Sacudió la cabeza. «No puedo considerar reemplazar las armaduras —pensó—. Sería una falta de respeto a mis antepasados, los santos que estuvieron antes y a Athena». Aunque intentara convencerse a sí mismo, la idea de crear una alternativa lo tentaba cada día más. Tenía los planos, sabía manejar las herramientas, solo necesitaba los materiales y la aprobación de la diosa –además de Shion y el resto de su familia.

—No —pensó en voz alta—. Tengo que encontrar la solución al problema del polvo de estrellas.

Bajo la mirada confundida de su amigo, su hermana y su pupilo, Mu abandonó la biblioteca. Caminó por el pasillo amplio y largo del templo, sin enterarse de por dónde iba, ni con las ideas claras. Recién cuando atravesó el vano de la entrada a sus aposentos frenó. Relajó los hombros a la vez que suspiró. Paseó los ojos por el piso y las paredes que de a poco reconoció; cuando volvió a la realidad se sacudió para salir por completo del trance.

Aries seguía donde lo había dejado. Mu lo contempló en silencio, tentado a acercarse y temeroso al mismo tiempo. Le preocupaba que la armadura llegara a enterarse de sus pensamientos sobre crear nuevos equipos; quizás se ofendería tanto que ya no lo reconocería como su portador.

De forma rápida, Mu se arrodilló frente a Aries. Con la mano temblorosa le acarició un cuerno.

—¿Nunca voy a ser digno de que me muestres tus memorias? —le preguntó— ¿Por qué solamente me dejás escucharte cuando querés algo de mí? Me siento perdido. No quiero fallarle al Santuario, pero… soy incapaz de asumir el rol que me fue asignado.

—¿Maestro?

Apenas escuchó la voz de Kiki dio un paso atrás con los latidos acelerados. La mirada brillante de su alumno hizo que le doliera el estómago.

—¿Se siente bien? —preguntó Kiki a la vez que caminó al frente— ¿Aries le dijo algo feo?

—El problema es que no me dice nada —Mu comentó bajo.

El pequeño se arrodilló frente a la armadura y le pidió:

—Aries, no seas malo con el maestro. Él ahora tiene muchas cosas que hacer. No te enojes y no dejes de protegerlo. ¡El maestro Mu es el mejor santo de todos!

Mu no supo cómo reaccionar; solo atinó a sonreír entre nervioso y avergonzado.

—¡Voy a aprender a leer rápido! —exclamó Kiki— ¡Así yo también voy a poder ayudarle a arreglar las armaduras!

Esas palabras transportaron al primer guardián al pasado, de regreso a su hogar en el Tíbet luego de una semana de entrenamiento en Jamir. Su madre, concentrada en el telar; él, sentado mientras se abrazaba las rodillas, incapaz de comprender cómo esa mujer ya no le sonreía ni llenaba los cachetes con besos. No le salía enojarse con ella. Tampoco se animaba a mirarla a los ojos para decirle que no quería volver a aquella torre lejana.

—Naciste para servirle a Athena y proteger a la humanidad —le dijo su madre que acariciaba los hilos—. La constelación de Aries es tu guardiana, así como la del abuelo Shion. Él sobrevivió a una de las guerras más sangrientas y levantó el Santuario casi en completa soledad. Revivió armaduras, organizó a los clanes muvianos; sacrificó mucho por todos nosotros. No es algo que cualquiera pueda hacer, solo alguien fuerte de verdad. Tu destino es el mismo.

En ese momento no pudo decirle que deseaba no haber nacido, algo que hizo varios años más tarde. Aún recordaba las palabras que había escrito en su cuadernos tras aquella discusión con sus padres:

No pedí nacer

Quiero morir

Fui bendecido y castigado

a desafiar a los dioses

Quiero escapar

amar

Crear es mi delito

La bronca, el calor

lo que llevo dentro

Hybris

No pedí nacer

en una tragedia griega

Mu tenía los ojos sobre Kiki, pero seguía inmerso en los recuerdos.

—Está bien —el pequeño le habló a la armadura—: yo le digo.

Entonces se levantó del piso, se sacudió las rodillas y dio un par de pasos hasta quedar delante del caballero.

—Maestro, Aries dice que no le puede dar la respuesta que busca. Por eso nunca le mostró nada.

—¿Qué?

—Él es el más nuevo entre las armaduras y hay muchas cosas que no sabe.

El herrero estaba más confundido. Se preguntaba si no habían creado todas las armaduras al mismo tiempo. Quizás Aries había sido el último y por esa razón no conocía el proceso. Aún le quedaban muchas cosas por descubrir de su propia armadura, lo que le hizo sentir un poco desanimado.

Sin embargo, de lo que estaba seguro era que Kiki sería un sucesor digno, tal vez el mejor de todos, el que pondría fin a la maldición que los acompañaba desde la época del mito.

—Quizás ya sea hora —pensó en voz alta.

—¿Hora de qué?

—De empezar a entrenarte en combate.

Las mejillas de Kiki se pusieron rojas, al mismo tiempo que las pupilas se le dilataron.

—Pero yo no… —tartamudeó— ¡Todavía no sé leer!

—Ya vas a aprender.

Dicho eso, Mu abandonó los aposentos seguido por su alumno. Pasaron por la biblioteca: Mie estaba concentrada en el estudio y Aldebarán se entretenía con la investigación. Luego, el par de arianos bajó al coliseo y se sentaron a ver al santo de Leo que entrenaba a Seiya.

Kiki se ponía de pie y saltaba a cada rato para alentar a su amigo. Mu estaba a gusto por ese ánimo y se contagiaba el entusiasmo. Pero ver el sufrimiento de Seiya en manos de Aioria lo hacía dudar: Kiki apenas tenía tres años y si bien el joven aspirante también era un nene, al menos era un poco mayor que su pupilo.

—Vamos —dijo poniéndose de pie.

—¿No vamos a entrenar?

—Los demás aprendices están muy avanzados. Tal vez en unos meses te puedas sumar.

Tras conseguir varios baldes -de juguete para Kiki- descendieron al arroyo que bordeaba los pies del Santuario. Dejaron todo en la orilla y Mu se inclinó a ver su reflejo en el agua. «Fue en este mismo lugar donde hablé con Shaka por primera vez», recordó aquel día en que lo defendió de un grupo de aprendices que lo molestaban.

Ya lo había visto en varias oportunidades, pero en ninguna se animó a hablarle. Shion «se lo había presentado» a distancia.

—Es el futuro santo de Virgo —dijo—. ¿Sabés lo que significa?

No era necesario que se lo explicara, ya lo habían hecho en Lhasa desde que tenía memoria. Pero Shaka no mostraba interés por nada ni nadie, Mu no sabía cómo acercarse. Además, los rumores y anécdotas que Saga le había contado lo mantuvieron alejado, no por miedo ni nada semejante: entendió que Shaka no quería que se le acercaran. De no haber sido por insistencia de su maestro y que su pasividad alcanzó el límite, jamás habría salido en defensa del indio. «Me alegro de haberlo hecho —pensó—, porque pude ver la sonrisa de Shaka antes que nadie».

—¡Peces! —gritó Kiki a la vez que señalaba dentro del agua.

El santo de Aries se acercó: eran cinco peces en total.

—¿Vamos a pescar?

—No tenemos permitido comer peces —respondió Mu.

—¿Por qué no?

El maestro se detuvo a pensar un momento y recordó lo que había presenciado más temprano: la culpa por no haber instruido a su discípulo en las tradiciones tibetanas y el budismo regresó. Creyó que sería complicado explicarle todo el asunto del karma y las vidas tan de repente, así que optó por otra razón.

—Athena bendijo este arroyo hace muchos siglos, así que está prohibido ensuciarlo y sacar a los peces y plantas que viven acá.

—¡Ohhh! Entiendo.

Mu agarró un balde y lo llenó. Entonces agregó:

—Pero el agua es necesaria para algo muy importante. Una tarea que Athena les dio a pocos santos.

Kiki no perdió más tiempo e imitó a su maestro, quien se aseguró de que no cargara demasiado los baldes; solo llevaría dos llenos hasta la mitad. Mu, en cambio, juntó agua en cuatro.

—Ahora vamos hasta la casa de Virgo.

—¡¿Hasta Virgo?!

—¿Te rendís sin haber empezado?

El Aries menor apretó fuerte el palo que cargaba en los hombros y tomó aire.

—¡Estoy listo!

Entonces comenzó la marcha. Como era de esperar, Mu no tenía ninguna dificultad; cada ciertos metros se volteaba a ver a Kiki. El pequeño pudo seguir el ritmo al principio, pero cuando llegaron a la entrada de Aries debió detenerse. El primer guardián aprovechó el momento para explicarle sobre el cosmos, que tratara de juntar la fuerza en el centro e imaginara que se extendía por todo el cuerpo, como miles de estrellas que le hacían cosquillas y le calentaban por dentro. Eso ayudó a que pudiera continuar, al menos hasta Tauro, donde volvió a descansar; en cada casa se repitió la historia.

El viaje fue demasiado lento. De no haber sido por la telequinesis de Mu, Kiki se habría desplomado en el piso de Virgo, con las piernas temblorosas y los brazos cansados. Le dio un minuto para recuperarse, así recorrieron los pasillos del templo hasta el cuarto donde se preparaban los santos que se sacrificaban por el polvo de estrellas. Mie había sido de mucha ayuda, solamente quedaba lavar la bañera. En un rincón había cepillos, escobas y trapos para la tarea. Mu le explicó a Kiki lo que iban a hacer; después prepararon todo y se pusieron a trabajar.

La tarea no era complicada y el Aries menor estaba muy concentrado en la actividad, lo que fue un alivio para el herrero. Al menos así lo fue hasta que Kiki preguntó:

—¿Cuándo va a volver Shaka, maestro?

—Creo que pasado mañana.

—Es aburrido sin él.

—Soy tu maestro, no puedo ser siempre divertido.

—¡También me divierto con usted! Menos cuando me obliga a leer.

—¿No era que ibas a aprender rápido para ser herrero?

—¡Ahora pienso así! Antes no porque era chico.

—Maduraste muy rápido —dijo riendo—. ¿Solamente porque querés ser herrero?

—Usted lo es, así que debe ser importante. Por eso le hicieron esa fiesta en su cumpleaños.

—Ah, sí —respondió al mismo tiempo que la expresión alegre se le borraba.

Kiki se sentó de piernas cruzadas, agarrándose los pies con ambas manos. Se balanceó hacia adelante y atrás.

—Maestro, ¿usted lo quiere a Shaka?

A Mu se le resbaló la escoba de las manos; de manera rápida y atolondrada la levantó. Se volteó despacio, con una sonrisa nerviosa.

—¿Qué?

—¿Lo quiere?

—Bueno… Es mi mejor amigo, así que… sí.

—¿En serio?

—Sí.

—¡Menos mal!

El santo de Aries inclinó levemente la cabeza hacia el costado.

—¿Por qué querías saber eso?

—Es que Aries me dijo que el maestro Shion siempre se quejaba porque lo obligaban a hacer las tareas que eran de Shaka.

—¿Cómo?

—Él me lo mostró. El maestro Shion también limpiaba este lugar.

A Mu le tomó unos segundos conectar los puntos.

—No, lo que Aries te mostró fueron sus recuerdos del antecesor de Shaka: Asmita de Virgo.

—¿Asmita?

—Ajá. Él fue compañero de Shion cuando era joven. Se parecía mucho a Shaka.

—¿Ellos también eran amigos como usted y Shaka?

—Hmmm… No sé. Shion no era el herrero maestro en esa época, así que… Pero si decís que limpió este lugar, debió ser para ayudarle por su ceguera.

—¿Qué es eso?

—Significa que no podía ver.

—¿También cerraba los ojos como Shaka?

—Seguramente. Pero Asmita no podía ver aunque los tuviera abiertos.

—¿Por qué no?

—Sus ojos no funcionaban. Hay personas que nacen así o que dejan de ver después de un accidente.

—Entiendo.

A pesar de haber dicho eso, Mu se dio cuenta enseguida que aún había algo que tenía intranquilo a su alumno; le bastaba con verle los ojos clavados en los cuadraditos del piso y la manera nerviosa en que se rascaba el tobillo con el índice.

—¿Querés preguntarme otra cosa?

Kiki se abrazó las piernas y se tomó unos segundos antes de hablar.

—¿Aldebarán también quiere a Shaka?

—¿Por qué… lo preguntás?

—Virgo una vez me dijo que un santo de Tauro no quería al santo de Virgo… Pensé que era Shaka, pero usted dice que ese señor Asmita se parecía a él…

Eso era una novedad para Mu. Lo poco que Aries le había transmitido fueron consejos para dominar las técnicas que le correspondía conocer. «¿Por qué las armaduras le cuentan todas esas cosas a Kiki?», se preguntó. Shion también tenía facilidad para comunicarse con ellas. Mu era el herrero maestro, pero no le hablaban; sentía que no les agradaba a pesar de que siempre las trataba bien.

—¿Asmita sufrió mucho? —preguntó el ariano menor— ¿Y si no tenía amigos?

Mu se sentó de piernas cruzadas, mientras sostenía la escoba parada a su lado.

—Según Shaka, Asmita hablaba mucho con Athena y el Patriarca de esa época —respondió sonriente—. Seguramente ellos lo cuidaban para que no se sintiera solo.

—Cuando me lleve a entrenar a Jamir, ¿qué va a pasar con Shaka?

Mu sintió la pregunta semejante a un golpe en el centro de la cara.

—Él tiene que custodiar el templo de Virgo —Se forzó a no sonar desanimado.

—Lo voy a extrañar —contestó Kiki con un puchero—. Lo voy a extrañar como ahora o más… ¿Usted no quiere verlo?

Mu cerró los ojos, junto a una sonrisa tranquila, aunque por dentro luchaba contra los sentimientos. Las palpitaciones eran tan intensas que le daban ganas de llorar.

—A veces tenemos que extrañar un poco a las personas para entender cuán importantes son para nosotros. Así que no pasa nada si no veo a Shaka por unos días.

—¿Él pensará lo mismo?

El caballero de Aries levantó la mirada y la cruzó con la de su pupilo. A veces Kiki hacía preguntas muy incómodas, pero era la primera vez que le daba la impresión de que podía leerle el alma. Incluso creyó que quizás Aries le había dicho algo sobre lo que sentía por Shaka. Le aterró imaginar que podría comentárselo a su amigo. «Si eso llega a pasar, ¡me muero!», pensó.

—¿Y si Shaka lo extraña a usted? —Kiki volvió a preguntar.

Mu infló el pecho y soltó al aire por la boca.

—No sé. Supongo que tendría que pensarlo bien si alguna vez me lo dice.

Ya no quería ser interrogado por su alumno; se puso de pie antes de que abriera la boca y empezó a barrer la pared de la bañera, tan fuerte que el ruido opacara a la voz de Kiki. Él, por su parte, agarró el trapo de nuevo y lo pasó entre las uniones de los cuadraditos del piso. Mu lo miró sobre el hombro, con miedo de que saliera con una pregunta nueva que involucrara a sus sentimientos; por fortuna, la limpieza lo tenía entretenido.

Aunque cada uno trabajaba en silencio, el primer guardián no dejaba de preguntarse por el don de su pupilo. Tenía miedo de que Aries algún día le revelara un secreto vergonzoso. Shion ya le había advertido, por experiencia propia, lo pesado que era cargar con las memorias de las armaduras, una responsabilidad enorme. Se sentía menos y poco digno de merecer su confianza. «Pero voy a ser el Patriarca y Kiki el herrero maestro, tal vez sea mejor así», concluyó, a pesar de que le resultaba amargo. En su interior, bien profundo, había comenzado a surgir algo desagradable.

«¿Y si Kiki les pregunta por el primer herrero?», pensó. Si ellas no confiaban en él, todavía podía usar a su alumno. «¡¿Usar?! —Se escandalizó— Podrían enojarse con Kiki si se enteran. Eso lo dejaría muy triste y Shaka… me odiaría». Suspiró con resignación y asqueado por sus pensamientos.

—*—*—*—

La luz del sol atravesaba las hojas de los árboles. Los pastos le hacían cosquillas a Saga en la mano izquierda, mientras que en la otra sostenía la piedra verde que había encontrado la noche anterior. Podía pasar un rato largo entretenido con el brillo y el tono que le sabía familiar.

—¿Encontró un recuerdo para llevarse? —preguntó una voz femenina.

El caballero de Géminis levantó la mirada y se encontró con la media expresión alegre y serena de la sacerdotisa. Enseguida se dispuso a saludarla con una reverencia, pero ella lo detuvo.

—Espero que estén disfrutando de su estadía en el fortín —dijo—. Lamento que nuestro líder se esté demorando en tomar una decisión.

—No se preocupe. Lo entiendo y el Patriarca también. Todos queremos que la relación entre El Dorado y el Santuario sea mejor.

Ambos miraron hacia un costado, a varios metros de distancia, donde tres Pacific Stars conversaban animados con los santos de plata.

—Tal vez la clave esté en los más jóvenes —pensó el caballero en voz alta.

—Palabras dignas de un líder —comentó la sacerdotisa—. Seguramente lo sea algún día.

Saga sintió un dolor agudo en la cabeza, tanto que la sostuvo con ambas manos. «Todo el mundo lo ve —dijo la voz—. Naciste para liderar, no para ser el consorte de un herrero que te va a quitar el puesto». La visión se le nubló, el cuerpo le ardía por dentro. Distinguió la piedra verde a sus pies e intentó visualizar los ojos de Mu, recordar cuando se conocieron, la voz aniñada del elegido por Aries.

—¿Se siente bien? —preguntó la sacerdotisa en tono alterado.

El caballero de Géminis no conseguía articular las palabras. «Dejame el control a mí —Escuchó en su cabeza— y vas a ver cómo recupero lo que es tuyo, ¡lo que nos pertenece!». Saga quería responderle que era una idiotez: él jamás haría nada que fuera en contra de Athena y el resto del Santuario. Sin embargo, cada vez le fue más difícil mantenerse consciente, en especial cuando percibió cómo su cosmos aumentaba y ardía contra su voluntad. «No… Este no soy yo… ¡Hay otro cosmos dentro de mí!», con ese pensamiento cayó arrodillado al suelo.

Creyó verse reflejado en la mirada asustada de Shaka. Por varios días había intentado ignorar ese miedo, convencerse de que solo eran los residuos de días muy pasados, cuando el indio era el nuevo, el bicho raro en el Santuario, y él la máxima promesa, el líder nato que algún día iba a dirigir a todos los santos. Pero ese calor ajeno, un cosmos que no era el suyo, le confirmó sus temores: se había convertido en una amenaza.

—Es muy pronto para pensar en eso.

La voz de la sacerdotisa le retumbó en los oídos. Poco a poco la temperatura bajó, hasta que esa sensación nueva y amenazante desapareció. La cabeza se le sacudía al luchar por levantar la mirada. Se sintió aliviado, más fuerte y sereno cuando vio a la mujer envuelta en una luz cálida. Por alguna razón, la encontró familiar. El cosmos de la sacerdotisa era dulce, pero Saga percibió una pizca de agresividad, semejante al de Athena.

La mujer le tendió la mano. Esos cinco dedos finos y largos lo hipnotizaron, le pareció que le recorrían el pecho desnudo, que se le enredaban en el pelo a la vez que lo acariciaban hasta hacerlo dormir en una calidez nostálgica. Incluso se le figuró un rostro, labios carnosos, un perfume dulce que le hacía cosquillas. La suavidad del cuerpo femenino, caliente y húmedo; de pronto lo anhelaba todo.

Saga pudo verse a sí mismo arrancándole la máscara y tela por tela a la mujer que tenía enfrente. Nunca había tenido un deseo tan intenso. Le dio miedo rozar los dedos que le ofrecían ayuda. Le dolió el pecho al inhalar, pero le alcanzó para hablar:

—¿Ya nos habíamos visto?

Los labios brillantes de la sacerdotisa se separaron en el centro, aunque enseguida se volvieron a juntar para formar una sonrisa.

—En otra vida —respondió—. O eso podemos creer.

El caballero de Géminis movió la mano hacia la ofrecida por la mujer. No entendía cómo el cuerpo le podía temblar de esa manera; creía que en cualquier momento se desplomaría en el suelo.

—Señora Suma.

El calor, el miedo, los temblores, todo se esfumó con la voz de Amaro, quien se acercaba a paso firme y acelerado. Saga sacudió la cabeza, luego se refregó los ojos.

—Amaro, ¿qué pasa?

El guerrero se acercó a la sacerdotisa para hablarle al oído. El santo de Géminis únicamente llegó a escuchar:

—Su estado… empeoró.

La boca de Suma parecía que iba a formar una sonrisa y a la vez demostrar amargura.

—Bien. Voy enseguida —Tras decir eso giró hacia Saga—. Hay un asunto importante del que tengo que encargarme. Ya podremos hablar con más calma.

—No… No se preocupe.

—Con permiso.

Verla a la sacerdotisa alejarse volvió a hacer que el caballero de Géminis se sintiera intranquilo; al menos no había rastro de aquel cosmos intruso. Más bien era el deseo de ir tras ella y estrecharla en brazos. «¿Será verdad que nos conocimos en otra vida?», se preguntó. Entonces vio la piedra verde frente a sus rodillas; luego, los pies del guerrero de la serpiente.

Saga levantó la mirada. Los ojos rojos de la máscara lo intimidaban y al mismo tiempo le provocaban golpearlo.

—No te confundas, santo de Athena —dijo Amaro en tono grave—. Que tengas la bendición de una diosa no significa nada en El Dorado… Los dioses no existen para nosotros.

Saga se tomó unos segundos para respirar y así contestó:

—¿Y en nombre de quién pelean si no es un dios?

Amaro sonrió de costado.

—Peleamos por nosotros mismos. Los dioses nos abandonaron… O mejor: los matamos.

—¿Mataron… dioses?

—¿No es lo mismo matar que dejar de creer? Si entendieran que los humanos no necesitamos de los dioses, tu Santuario dejaría de existir… Me dan lástima que sean los juguetes de una diosa.

El santo de Géminis no aguantó y le tiró un golpe; Amaro no tuvo problema en esquivarlo. El movimiento brusco llamó la atención de los otros santos y guerreros. Karai y Marin fueron los únicos que reaccionaron; se pusieron en medio de Amaro y Saga.

—Seguro le dijiste algo que no le gustó —comentó el guerrero del zorro. Después se giró hacia el caballero de oro—. Me disculpo en nombre de mi compañero. Tiene la mala costumbre de no pensar antes de hablar.

Saga no respondió, solo miró a Marin; no sabía qué expresión le mostraba, pero entendió rápidamente el pedido de que olvidara lo sucedido. Entonces dejó ir un suspiro, para luego encarar hacia el edificio donde se hospedaban. Nadie se atrevió a seguirlo.

—Amaro, tenés que ser más cuidadoso —le dijo Karai—. Ellos no son nuestros enemigos. No los podés culpar por algo que ya quedó en el pasado.

—Siempre… Siempre que el Santuario se involucra otro pueblo sale perjudicado.

Ni el guerrero del zorro ni nadie respondió, solo el viento que arrastró pétalos de varios colores.

—*—*—*—

Cuando Mu y Kiki terminaron de limpiar ya era de noche. El primer guardián llegó a la casa con su pupilo dormido en brazos. Lo dejó en la cama y abandonó el cuarto en puntas de pie. Se masajeó los hombros a la vez que miraba alrededor; el templo estaba en silencio. Había visto a Aldebarán en su puesto mientras pasaba por Tauro, pero no tenía idea de a dónde podría haber ido Mie.

La buscó en su cuarto y no la encontró. Solo estaba la armadura de Altar en un rincón. Mu suspiró: no era lugar para dejar algo tan valioso. Aunque se tratara de su hermana -y con más razón- tendría que advertirle, como hacía con todos los que requerían sus habilidades de herrero.

Rozó el metal cálido de la armadura y dejó de sentir el piso a sus pies, no sabía dónde era arriba o abajo; tampoco escuchaba nada. Solo alcanzó a distinguir la luna llena que iluminaba el cuarto a través del ventanal; también bañaba el rostro marcado por el tiempo del hombre que limpiaba las herramientas celestes. Las cejas de su pueblo le revelaron la identidad: el maestro de su maestro, Hakurei de Altar. La espalda ancha y las manos gruesas lo hacían más imponente a como se veía en el retrato que tantas veces había apreciado en el salón de los herreros.

Hakurei guardó con cuidado las herramientas en un cofre. Se desató el pelo y la brisa le movió los mechones plateados.

—¿Te vas a quedar ahí toda la noche?

La voz grave acompañada por una sonrisa y la mirada en el firmamento le dieron escalofríos al santo de Aries, quien de pronto se sentía nostálgico.

Se escuchó la fricción de una tela a espaldas del herrero, en una esquina donde no llegaba la luz. Luego, unos pasos. El corazón de Mu se detuvo un instante cuando se iluminó la cara pálida y la cabellera dorada, tan larga y lacia, del santo que no tardó en reconocer. Asmita era idéntico a Shaka, unos centímetros más alto, pero lo encontró tan hermoso como a su amigo. Incluso en la manera de caminar, ligera, se le parecía.

Hakurei golpeó de manera delicada el espacio a su lado, en la alfombra. Asmita tomó asiento, se acomodó la túnica, mientras que el herrero le peinó el flequillo con los dedos. El santo de Virgo pasó las yemas sobre las arrugas y cicatrices en la mano del maestro; él la apartó poco a poco. Asmita separó los labios, pero Hakurei se adelantó a hablar:

—Mañana tenés que volver al Santuario.

—¿No te sentís solo? —preguntó el caballero de Virgo— Pronto todos tus alumnos habrán dejado Jamir.

—Lo importante es que estén junto a Athena ahora que la guerra santa comenzó. Mientras así sea voy a estar tranquilo… Y eso te incluye a vos.

—Fui el primero del que te deshiciste —respondió para luego apoyar la cabeza sobre el hombro de Hakurei.

Al verlo, un cosquilleo intenso le colmó el estómago a Mu, más cuando Asmita agarró la mano del herrero entre las suyas y la llenó de besos suaves. El santo de Aries tenía la cara ardiente, por la cabeza le pasaban tantos pensamientos que no podía centrarse en ninguno. Quería huir, pero aún no conseguía hacerse del control de su cuerpo.

—Por escaparte tan seguido es que existen rumores sobre vos —Hakurei le dijo al santo de Virgo.

—Mi conciencia está tranquila, no me importa lo que se diga de mí. Además, el Patriarca sabe que no hago nada inapropiado.

—Athena también sufre por esto.

—Fui yo quien eligió ser tu compañero y acepto las consecuencias de mis acciones. Me decís todo esto para romperme el corazón.

Hakurei sonrió a medida que bajaba la mirada.

—Debería haberme esforzado más para protegerte.

—Siempre lo hacés. No hay día que no pienses en mi bienestar; lo siento incluso cuando estamos lejos.

Asmita se abrió la túnica de a poco, hasta que dejó al descubierto el pecho plano. Hakurei permaneció con los párpados sellados; la arruga entre las cejas se le hizo más profunda. El santo de Virgo se destapó el hombro derecho. Entonces el herrero maestro, en un movimiento veloz y delicado, se sacó la bufanda para cubrirlo.

—Hace frío —le dijo en tono sereno y ronco—. Aunque seas joven y resistente, podrías enfermarte; derramaste demasiadas lágrimas.

Mu suspiró de asombro.

De pronto tenía a la armadura de Altar enfrente; estaba solo. A lo lejos se escuchaban golpes: era el Santuario. Entonces Mu tuvo ganas de vomitar. Tanto las piernas y las manos le temblaban. La imagen de los labios de Asmita sobre la mano de Hakurei le daba escalofríos.

-NOTAS-

Hola a quien haya llegado hasta acá.

Tanto tiempo sin pasar por este fanfic ;A;

Como ya dije en el último capítulo de Una cicatriz dulce que publiqué, tuve un bloqueo bastante importante. Todavía estoy tratando de salir. Además, estuve con un proyecto personal y tuve que invertir mucho tiempo de escritura en eso.

El capítulo de hoy lo despedacé varias veces. Partes de lo que era el original quedaron hasta para el capítulo 12. Esa fue una de las tantas razones por las que tardé tanto (además que terminé de leer The lost canvas para poder inspirarme lol).

Sentía que necesitaba darle más foco a Mu y su papel como maestro, además de las inseguridades que tiene porque no siente que sea el mejor para ocuparse del puesto de herrero.

Me dio un poco de cosa, pero ojalá que haya quedado claro que le tiene envidia a Kiki ^^;

¡Y el secreto que le reveló Altar! Seguro que va a tener pesadillas por varias noches (?) Así como mis seguidores de Instagram cuando vieron cierta historia que publiqué hace unos días (?)

Saga también tiene sus propios problemas.

Aunque tal vez lo pase bien con la sacerdotisa ;D

Ah, se llama Suma. En realidad tomé un nombre más largo y lo acorté, pero no me acuerdo cuál era.

Ya quiero que Amaro tenga mayor participación, sé que lo van a amar (espero).

Hoy no salió Shaka, pero ya en el siguiente capítulo vuelve su sufrimiento :D

No sé cuándo va a ser eso, pero ojalá que sea pronto...

Para estar el tanto de las actualizaciones les recomiendo seguirme en Instagram y Twitter ( mayulu_).

Lo que me recuerda...

El 6 de abril es mi cumpleaños (no me deseen feliz cumpleaños antes, para evitar la mala suerte). Así que el viernes 8 de abril voy a organizar una reunión en Google Meet para la gente que se quiera sumar a charlar un rato.

Es a partir de las 22hs de Argentina.

Voy a dar todos los detalles en mis historias de Instagram.

Ahora sí creo que es todo.

Cuídense.