Disclaimer: How to Train Your Dragon no me pertenece, es propiedad de DreamWorks Animation, Dean DeBlois y Cressida Cowell. La historia sí es original y de mi autoría, pero su creación y respectiva publicación es por mero entretenimiento.


Capítulo 12

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Hojeaba con detenimiento una de las libretas de bocetos de Hiccup, cuando escuchó la puerta principal abrirse; una clara señal de que sus padres habían vuelto.

Los fuertes pasos de su padre resonaron por toda la casa siendo opacados por la suave voz de su madre llamándolo. Un llamado que, por el momento, no deseó atender; así que regresó su atención a los trazos en las viejas hojas que detallaban futuros inventos y trajes de héroe que su hermano jamás pudo llevar a cabo.

— ¿Tyre?—ahora fue Stoick quien lo llamó mientras subía por las escaleras hacia el ático en el que se encontraba—. ¿No escuchaste que te llamamos?—cuestionó con el ceño fruncido, entrando a la pequeña habitación.

—Sí lo hice—respondió sin alzar su mirada—, pero no quise responder—admitió entonces, dándole vuelta a la página de la libreta.

— ¿Por qué no?—insistió el hombre, sentándose frente a él en el suelo.

El azabache suspiró rendido, cerró la libreta dejándola a un lado y, finalmente, levantó el rostro para encararlo. Sus mejillas estaban irritadas al igual que sus ojos; ya no había lágrimas, pero aun así era claro que había estado llorando.

—Viste las grabaciones—dedujo Stoick con cierto pesar, su mirada se ensombreció—. Le dije a Valka que tal vez no era correcto.

—Lo fue—declaró Ty, formando una pequeña sonrisa que, lentamente, comenzó a iluminar su rostro—. Realmente lo necesitaba.

Stoick carraspeó, no podía negar que su reacción lo sorprendió. Fue un pequeño instante, pero logró ver en su mirada al viejo Tyre, el alegre y aventurero; ese al que él y su esposa amaban demasiado… y ansiaban tener de regreso.

—Todo este tiempo creí que hacía lo correcto al alejarme—volvió a hablar el menor, apoyando la cabeza contra la pared y cerrando los ojos por un momento—. Pensaba que si me llevaba toda la carga, podría mantenerlos a salvo—confesó melancólico, cubriéndose el rostro con un brazo y liberando un suave suspiro que relajó su cuerpo—. Me aterraba la idea de perderlos y no consideré que ustedes sentían lo mismo… Fui egoísta.

—Hacías lo que creías correcto—interrumpió Stoick, no deseaba que se deprimiera nuevamente.

Su voz lo obligó a reincorporarse. Le sostuvo la mirada un par de segundos antes de bajarla con un nuevo suspiro. Los muros que había construido a su alrededor finalmente comenzaban a derrumbarse y su padre, sin importarle los riesgos, avanzaba hacia él a pesar de los escombros que amenazaban con caer sobre él.

—A veces nos concentramos tanto en proteger a los que amamos—continuó el castaño con su potente y segura voz—, que no nos damos cuenta que son nuestras acciones lo que los pone en peligro.

—Yo debí saberlo—declaró Ty, observando sus puños sobre su regazo; notando como, por un segundo, resplandecían de color azul—. Mi carga era pesada, pero puse una peor sobre Hiccup—sus ojos nuevamente se cristalizaron. Comprendía las palabras de su padre, pero aun así no lograba escapar del caos que había en su mente y corazón—… Y a pesar de eso, él estuvo a mi lado. Confió en mí y me apoyó.

Levantó la mirada por última vez, conectándola con la de Stoick. Exhaló, reuniendo la fuerza suficiente para continuar; sabía que solo así podría liberarse de los sentimientos que no lo dejaban seguir adelante.

—Por eso no puedo evitar culparme.

Esa era la verdad. El secreto que guardaba su corazón y que contuvo por tanto tiempo, reacio a permitir que alguien más fuera arrastrado a la oscuridad que lo consumía. Porque sí, se culpaba diariamente por lo ocurrido esa noche y quizá nunca dejaría de hacerlo; pero jamás comprendió el verdadero significado de esa culpa, al menos no hasta ahora.

Nunca se trató de haber evitado que lo siguiera a ese edificio, tampoco era por su falta de fuerza para protegerlo de Grimmel y mucho menos fue por haberlo involucrado en su doble vida. Se culpaba por no darse cuenta de lo que Hiccup necesitaba, por no comprender que él también tenía miedo.

Se culpaba por no notar las intenciones de Hiccup y no aceptar su decisión de luchar a su manera. Ese fue su verdadero error.

—Está bien, hijo—habló entonces Stoick atrayendo su atención, sujetando sus manos que rebosaban de calor—. Te equivocaste, todos lo hacemos—agregó, comprendiendo sus palabras no pronunciadas—; eso es lo que nos vuelve humanos—sonrió, obligándolo a alzar su rostro para encararlo—. ¿Qué clase de padre sería, si no perdono y acepto tus errores?

El cuerpo de Ty tembló, su garganta ardió cuando contuvo un nuevo sollozo, forzando a las lágrimas a quedarse en su interior.

—Gracias, papá—logró decir, tomándolo por sorpresa al abrazarlo, ocultando el rostro en su hombro en busca de nueva fuerza.

El derrumbe de sus muros se había detenido. Los escombros y el polvo comenzaban a disiparse, permitiendo que una nueva luz lo embriagara con su calidez; lentamente la oscuridad que lo rodeaba empezó a desvanecerse.

—Estaremos contigo hasta el final—le prometió Stoick, correspondiendo su abrazo con entusiasmo. Finalmente sentía que su hijo volvía a él, y añoraba que su regreso fuera eterno—. No tienes que seguir haciendo esto solo.

—Lo sé—asintió, aplacando un último sollozo y terminando con el abrazo para poder verlo—, los tengo a ustedes…—sonrió y, tras meditarlo un segundo, añadió: —Y también a Light Fury.

—Una chica muy linda, si me permites decir—confesó el mayor, contagiado por su sonrisa, que se amplió cuando notó su sonrojo.

—No quería involucrarla en esto, pero fue inevitable—agregó Ty tras un carraspeo, logrando controlar sus emociones.

Incluso antes de conocerla, la heroína había estado envuelta en su riña con Grimmel, solo que ninguno se había dado cuenta. La verdad era que, desde el momento en que ambos obtuvieron sus poderes, su destino ya estaba decidido y, al convertirse en héroes, el blanco que había estado oculto en sus espaldas, se volvió visible para el cazador.

No había manera de escapar. Pero tampoco había razón para dejar de luchar, y eso Tyre lo sabía a la perfección.

—Estoy seguro de que estará bien—aseguró su padre ahora de pie, sacándolo de sus pensamientos y tendiéndole una mano para ayudarlo a hacer lo mismo—, es tan fuerte como tú.

Ninguno dijo algo más luego de eso, porque no había otra cosa que decir. Así que se dejaron envolver por un ligero silencio que resultó agradable para ambos.

La pequeña ventana del laboratorio se encontraba abierta, permitiendo que el viento entrara y agitara los papeles desperdigados por toda la habitación. El cielo comenzaba a oscurecerse, dejando que las primeras estrellas hicieran acto de presencia en él.

Ty avanzó con calma hacia la ventana, cerrándola con un rápido movimiento y reacomodando los papeles que habían caído del escritorio. Los guardó nuevamente en una carpeta, devolviéndola a la estantería de la cual la había sacado horas atrás, e hizo lo mismo con la libreta que había estado viendo hasta la llegada de su padre.

— ¿Estuviste aquí todo el día?—cuestionó el hombre atento a sus movimientos.

—No tenía nada mejor que hacer—respondió él, encogiéndose de hombros y girándose en su dirección.

— ¿Al menos comiste algo?—preguntó esta vez con cierta preocupación.

—Ordené pizza—agregó Ty con una sonrisa nerviosa y divertida, señalando la caja vacía en el suelo junto al escritorio—. Era eso o cocinar… y ambos sabemos que no se me da nada bien.

—Eres igual a tu madre en eso—negó Stoick risueño, compartiendo su sonrisa; sintiendo su corazón latir con entusiasmo ahora que todo parecía volver a ser como antes.

—Sí…—alargó pensativo; un ligero sentimiento de alerta se apoderó de él—. Hablando de ella, creo que comenzó a preparar la cena—reveló inquieto tras comprender la advertencia de su cuerpo.

La expresión de Stoick cambió a una de terror, misma que no tardó en alcanzar a Ty; pues ambos sabían el peligro que eso significaba.

— ¿Cómo lo sabes?—indagó temeroso.

—El olor—contestó Ty, encogiéndose de hombros y frotándose la nariz con cierta obviedad.

Con la mirada atenta de su padre puesta en él, inhaló con fuerza, frunciendo el ceño cuando los distintos olores producidos en la planta baja inundaron sus fosas nasales.

—Anchoas, salsa de tomate, calabaza y… creo que ajo—enumeró tras analizarlo un momento; una mueca de disgusto apareció en su rostro—. No creo que sea un buen platillo.

—Jamás me acostumbraré a esto—confesó Stoick aturdido, frotándose las cienes con una mano.

— ¿La comida de mamá o mi olfato?—cuestionó divertido, palmeando su hombro para hacerlo reaccionar.

—Ambas.

—Bueno—carraspeó, conteniendo una risa que le devolvió la alegría a su padre por segunda vez en esa noche—, será mejor ir con ella antes de…—se detuvo cuando un nuevo olor llegó a él, obligándolo olfatear con mayor insistencia y destruyendo su alegría—. Demasiado tarde, ya se le quemó.

Stoick negó con un suspiro, generando una pequeña sonrisa. Avanzó con paso apresurado hacia la puerta, deteniéndose en el borde de las escaleras para observar a su hijo que permaneció inmóvil en su lugar.

— ¿Puedes ordenar más pizza?—le preguntó, temeroso ante la idea de tener que comer lo que su amada esposa estaba cocinando.

—Estoy en eso—accedió en su misma situación, buscando su teléfono para realizar el pedido.

— ¡Perfecto!—celebró el hombre para, ahora sí, comenzar a bajar las escaleras con rapidez, pues incluso él comenzó a percibir el olor de la comida quemada. Necesitaba detener a la castaña antes de que el humo cubriera toda la casa—. ¡Valka… cariño!

Tyre negó divertido, dejando escapar al fin la risa que había estado conteniendo, para después realizar la llamada que salvaría sus estómagos esa noche.

Mientras los tonos de espera resonaban contra su oído, observó por última vez el laboratorio. Sonriendo ante los recuerdos, nuevos y viejos, que esa pequeña habitación le había otorgado.

La oscuridad ya no existía, en su lugar había una latente luz que lo embriagaba de paz.

*O*O*O*

— ¿Leily?

Una dulce voz la llamaba en la distancia, pero la albina se negaba a despertar.

—Leily…—insistía la voz, sumándosele una mano tibia sobre su hombro—. Despierta, cariño.

Frunció el ceño, ocultando el rostro entre sus brazos, que había utilizado como almohada improvisada sobre el escritorio. La espalda le dolía debido a su posición encorvada.

—Cinco minutos más—gruñó, liberándose de su letargo poco agradable.

—Te lastimarás si sigues durmiendo aquí—reprendió su madre con comprensión, frotando con suavidad sus hombros, como si leyera sus pensamientos—. Deberías subir a descansar.

La albina se irguió en su asiento, estirando sus extremidades y haciéndolas crujir ante la mirada reprobatoria de la mayor. Se frotó el rostro para deshacerse de los residuos del sueño y comenzó a hojear los libros sobre los que había estado durmiendo.

—Tengo examen el viernes—explicó, negándose a la petición de su madre—. Necesito estudiar.

—Cariño, es lunes. Tienes tiempo suficiente—trató de convencerla, desviando su mirada a las páginas que Leily intentaba leer a pesar del cansancio—. ¿Cuál es el tema?

Ciclo de Krebs*—dijo ella con pesar, dejando caer su cabeza contra el escritorio, dándose por vencida una vez más.

—Uy, ese es difícil—murmuró la mayor, aumentando la desesperación de su hija—. ¡Pero lo lograrás!—agregó cuando notó su error—. Una vez que lo entiendes, todo resulta más fácil. Y tú eres muy lista, así que estarás bien.

Leily se encogió de hombros ante sus palabras, esas que toda madre le dice a sus hijos para levantarle el ánimo y que, por obvias razones, nunca funcionaban.

—Me gustaría poder ayudarte a repasar—confesó poco después, percibiendo su estrés y cansancio—. Pero no volveré hasta el domingo.

Lo había olvidado, su madre viajaba esa noche a la ciudad de Oslo para realizar unas conferencias sobre cierta investigación que había estado haciendo y de la cual no quería contarle nada.

Su madre, Anna Bristow, trabajaba en Hooligan Genetics, una de las empresas de tecnología genética más importantes del país y cuya sede se encontraba en Berk. Anna se especializaba en biotecnología y había aportado grandes descubrimientos a la sociedad científica durante los últimos años.

—Descuida—intervino, levantándose para mostrarse renovada—. Tú lo has dicho, estaré bien en cuanto lo entienda—no quería preocupar a su madre más de la cuenta, en especial esos días que resultaban tan importantes para ella—. Tengo tiempo suficiente, así que puedo lograrlo.

— ¿Segura?—insistió la mujer, enarcando una ceja—. Puedo pedirle a Julie que te dé asesorías.

Julie, la compañera de su madre en el laboratorio, era su colaboradora de mayor confianza y sin duda tenía grandes capacidades en cuanto a la rama de la biología se refiere. Era casi tan buena como Anna, lo único que las diferenciaba eran los años de experiencia… y que su madre tenía un doctorado.

A ella le agradaba Julie, era amable, divertida y una gran repostera.

— ¿No irá contigo?—cuestionó curiosa, pues casi siempre iban juntas a este tipo de viajes.

—Tiene trabajo pendiente aquí—negó la rubia mientras se dirigía a las escaleras del sótano en el que ambas se encontraban.

—Entonces no hay necesidad de interrumpirla—determinó, comenzando a recoger los libros y apuntes esparcidos por su escritorio.

Dado el trabajo de su madre, habían acondicionado el sótano como un laboratorio, mismo que compartía con ella cuando lo requería por sus estudios.

Había estanterías contra las paredes; repletas de cajas, libros y expedientes de todo tipo. Una mesa de metal, larga y amplia, estaba acomodada en el centro de la habitación, con cajas llenas de tubos de ensayo, microscopios de distintas capacidades, además de otros dispositivos y herramientas de igual utilidad. Incluso contaban con un pequeño refrigerador donde su madre solía guardar las muestras con las que trabajaba.

Por último, cada una tenía su propio escritorio, predispuestos en un rincón diferente para no afectar el área de trabajo contraria.

—Estoy segura de que no le molestará ayudarte—insistió Anna, deteniéndose a mitad de las escaleras para observarla.

Leily suspiró y avanzó en su dirección. La mayor no le estaba dejando muchas opciones para elegir.

—De acuerdo—accedió rendida—; si no puedo hacerlo sola, le pediré ayuda—prometió para satisfacción de su madre que, sonriente, reanudó su marcha.

Al salir del sótano, Leily se sorprendió al ver una maleta junto a la puerta principal. ¿Cuánto tiempo había dormido?

— ¿Ya te vas?—cuestionó confundida, viendo la hora marcada en el reloj del corredor, aumentando su sorpresa al notar que pasaban de las ocho de la noche.

—Mi avión sale en dos horas—asintió la mujer mientras se colocaba el abrigo que había dejado sobre el perchero del recibidor—. Debo apresurarme para evitar el tráfico nocturno.

Suspiró. No le preocupaba estar sola una semana entera, ni tampoco que su madre viajara. Pero no le gustaban las despedidas… porque nunca sabían cuando podía ser la última…

—Hey, ¿estás bien?—habló la rubia, sujetando su rostro con inquietud al notar su debate mental.

—Sí, sí, estoy cansada, es todo—tranquilizó con una ligera sonrisa, cubriendo las manos de su madre con las suyas, mezclando su calor con el frío de ella.

—Bueno…—carraspeó Anna con cierta inseguridad, apartándose para continuar preparándose—. Dejé los números de emergencia en la cocina, y también el de Beth. De hecho le pedí que te visite de vez en cuando, para asegurarse de que todo esté en orden.

Rodó los ojos, sabía que haría algo como eso. Beth era la mejor amiga de Anna; y para Leily era la típica tía que te consentía en todo y te daba dulces, el problema era que podía ser demasiado entrometida cuando su madre le pedía que la vigilara. Sin duda tendría que ser cuidadosa para que su alter ego no fuera descubierto por ella.

—Y te dejé comida en la nevera, solo tienes que calentarla—continuó explicando su madre mientras buscaba algo en su bolso—. Aquí tienes—le entregó una tarjeta de plástico, roja y con unas brillantes letras, que no tardó en reconocer como una tarjeta de crédito—; es sólo para emergencias, ¿entendido?

—Tranquila, no pretendo comprar un auto o algo parecido—bromeó, tomando la tarjeta y guardándola en su pantalón.

Anna la observó con cautela por un par de segundos; confiaba en ella, pero a veces su actitud ponía eso en duda. Estaba dispuesta a decir algo más, cuando un auto sonó su bocina llamando la atención de ambas.

—Mi taxi llegó—dijo en su lugar, viendo el reflejo de las luces a través de la ventana—. Ten cuidado, ¿de acuerdo?—agregó tras darle un fuerte abrazo—. Y no te olvides de activar tu despertador o te quedarás dormida—advirtió, avanzando hacia la puerta—. Asegúrate de cerrar puertas y ventanas antes de salir o irte a dormir.

—No te preocupes—relajó la albina, recargándose contra la pared del pasillo—, dormiré con un bate de baseball bajo la almohada—bromeó, guardándose las manos en los bolsillos de su suéter azul.

—Leily, sin bromas—regañó con el ceño fruncido y, antes de que pudiera agregar otra cosa, la bocina volvió a sonar con insistencia—. Cuídate—insistió, tomando su maleta y abriendo la puerta—. Volveré el domingo.

—Tú también cuídate—correspondió, dándole un último abrazo para verla partir.

—Y Leily—habló nuevamente su madre mientras el conductor guardaba su equipaje en el maletero—, procura descansar. Krebs no se irá a ningún lado—le guiñó un ojo, sonriéndole con ternura, para después adentrarse en el auto.

—Lo prometo—respondió con la misma sonrisa, despidiéndose con una mano.

El taxi se alejó por la calle, que era iluminada por los faros públicos, hasta desaparecer en el cruce al final de la cuadra, sumiéndola en la soledad.

Tras un agotado suspiro, cerró la puerta y caminó con pereza hacia las escaleras, revisando por última vez el reloj cuyo tic-tac resonaba en la ahora silenciosa casa.

—Supongo que dormiré un poco, antes de mi rondín—pensó, rindiéndose ante el cansancio y comenzó a subir, añorando lanzarse sobre su cama para cerrar los ojos y hundirse en un nuevo sueño.

Quizá Krebs podía esperar, pero la seguridad de la ciudad no.

*O*O*O*

Observó su traje extendido sobre la cama, su madre había tomado la libertad de lavarlo y remendar el daño provocado por el disparo; y ahora se encontraba listo, a espera de que decidiera usarlo esa noche.

Convencer a sus padres de que estaba en condiciones para volver a salir, no resultó muy difícil; ellos realmente estaban dispuestos a apoyarlo en sus decisiones, incluso aunque estas lo pusieran en peligro. Era algo que agradecía, en especial ahora que todo parecía ser mejor, pero aún conservaba la inquietud de querer protegerlos y mantenerlos alejados de esa vida.

Él se preocupaba y sus padres también, así como Hiccup también lo había hecho. La diferencia era que ahora lo sabía y no cometería el mismo error de hace tres años.

—Los mantendré a salvo a cualquier costo—juró en voz baja, guiando sus manos hacia las prendas negras que lo llamaban con insistencia.

Con eso en mente, comenzó a prepararse para la noche de patrullaje que llevaría a cabo, después de todo, no podía dejar que Light Fury se hiciera cargo sola. Grimmel seguía allá afuera planeando quién sabe qué cosa; era su deber detenerlo antes de que fuera demasiado tarde… y para eso tenía que cumplir sus promesas, empezando por la que le hizo a la heroína noches atrás…

Había llegado el momento de contarle toda la verdad.

— ¿Qué es eso?—se cuestionó, saliendo de sus pensamientos y fijando la vista en el objeto que cayó al suelo, rozando sus pies descalzos.

El contacto frío del metal erizó su piel, obligándolo a agacharse para tomarlo, descubriendo que se trataba de la bala que lo había herido. Recordó entonces que su madre la había guardado en su cinturón y él, tras ese aviso, aseguró revisarla en busca de alguna pista sobre el tirador. Pero con todo lo ocurrido en los últimos días, la idea quedó en el olvido al igual que el proyectil que ahora descansaba en sus manos.

La examinó con cuidado, detallando las grietas que marcaban el metal plateado y el pequeño espacio transparente en la parte central. Su padre se lo había dicho: no era una bala cualquiera, y eso lo preocupó.

Tenía similitud con los dardos que utilizaba Grimmel, pero este proyectil era diferente… Era más letal.

Sólo conocía a dos personas con la habilidad y el conocimiento suficientes para construir algo como eso… Y uno de ellos había muerto.

—Imposible…

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el llamado en la puerta principal y las voces de sus padres que no tardaron en responder.

— ¿Visitas?—indagó, guardando la bala nuevamente en su cinturón para terminar de vestirse.

Trató de restarle importancia, siendo lo más silencioso posible para no atraer la atención del inesperado invitado. Aunque, algo dentro de él, le decía que no era cualquier visita. Había algo diferente… algo que le resultaba familiar.

*O*O*O*

La puerta fue tocada con insistencia atrayendo la atención de la pareja, siendo Stoick quien decidió abrirla para encontrarse con una joven de mirada inquieta bajo la luz exterior de la casa.

—Buenas noches—logró articular con voz titubeante.

—Buenas noches—devolvió el saludo Stoick—, ¿en qué puedo ayudarte?

La chica miró sobre su hombro, guiando la atención del castaño hacia el auto detenido un par de metros calle abajo.

—Mi auto se averió—fue lo que dijo, volviendo a conectar sus ojos negros con los de él—, ¿podrían prestarme un teléfono para llamar a la grúa? Olvidé el mío en casa.

Stoick la inspeccionó por unos segundos, notando la sincera preocupación que abrumaba su pálido rostro. No parecía haber razones por las cuales desconfiar, así que, siendo quien era, no dudó en ofrecerle la ayuda que estaba pidiendo.

—Claro—respondió tranquilo, apartándose de la puerta cuando sintió a Valka acercarse—. Si quieres puedo revisarlo—sugirió.

— ¿En serio? Muchas gracias—sonrió y buscó la llave en su bolso para después entregársela al mayor que, tras un asentimiento, se dirigió hacia el auto.

—Entra, querida—habló esta vez Valka, atrayendo su atención—, está helando aquí afuera.

Con un ligero sonrojo apoderándose de sus mejillas, la chica aceptó su oferta, ingresando a la casa que rápidamente la envolvió con su calidez.

—El teléfono está junto a ese sillón—señaló la castaña el mueble de color beige en un rincón de la sala, a su lado había una pequeña mesita de madera con el aparato solicitado—. Haz todas las llamadas que necesites.

Detuvo su marcha para ver a la chica que no tardó en imitar su gesto y que en ningún momento dejó de mostrarse incomoda.

— ¿Te gustaría algo de beber?—ofreció para calmar la tensión.

—Agua estaría bien, gracias—accedió con una sonrisa, a lo cual la mayor asintió para después dirigirse hacia la cocina, dejándola sola por un momento.

Inspeccionó la sala y los muebles que la decoraban, escuchando los movimientos de la mujer en el área conjunta. Se aproximó al teléfono, pero, contrario a lo que cualquiera imaginaría, sus manos no lo tomaron; en su lugar las dirigió hacia las persianas abiertas que cubrían la ventana y, con un rápido movimiento, las cerró de forma inmediata. Acto seguido, avanzó hacia la puerta corrediza que conectaba la sala con la cocina.

Valka, ajena a sus acciones, se apresuró a volver a su lado con un vaso de cristal en las manos. Al estar nuevamente en la misma habitación, vio a la chica que, ahora tranquila, retiraba el gorro tejido que cubría su cabeza, revelando unos largos cabellos pelirrojos que cayeron en ondas sobre sus hombros.

— ¿Has hecho la llamada?—le cuestionó, restándole importancia a su acción y entregándole el vaso con agua.

—Oh, sobre eso…—inició la recién descubierta pelirroja, dejando el vaso sobre la mesita de centro; dándole la espalda por unos segundos antes de volver a girarse con una preocupante sonrisa—, no será necesario.

A partir de ese momento, todo resultó confuso para Valka. No supo cómo, pero la chica se movió tan rápido que ni siquiera pudo verla y rozó su brazo enviando una corriente fría por todo su cuerpo; paralizándolo de forma inmediata, impidiéndole volver a sentir. Quiso gritar para pedir ayuda, pero sus labios estaban sellados. Una gruesa capa de lágrimas nubló sus ojos cuando vio a Stoick atravesar la puerta de su hogar, ignorante e inocente.

—Espero que aún no llamaras a la grúa—le alcanzó escuchar decir—. Sólo había que reconectar el…

Su mirada se encontró con la suya y una expresión de terror se apoderó de su rostro antes de que comenzara a correr hacia ella, ansioso por poder ayudarla.

— ¡Valka!—fue lo único que alcanzó a exclamar antes de que su cuerpo fuera congelado por el ataque de la pelirroja.

El eco de su voz viajó por todo el lugar hacia el segundo piso; alertando al azabache que, hasta ese momento, se había mantenido ajeno a lo que ocurría. Ese simple grito sirvió para aclarar sus sospechas, impulsándolo a salir de su habitación, corriendo por el corredor y saltando desde el comienzo de las escaleras para ir al rescate de su familia.

— ¡Apártate de ellos!—advirtió colérico, irguiéndose en su lugar con las manos alzadas y resplandecientes del plasma azul que no dudaba en disparar.

—Me preguntaba cuándo aparecerías—comentó la pelirroja, ignorando sus palabras, mientras acariciaba el cabello de Valka.

—Speed Stinger—pronunció el azabache, aumentando la energía explosiva que ardía contra su piel—, apártate de ellos—repitió seseante.

— ¿Sabías que mi veneno puede ser mortal?—cuestionó relajada, nuevamente evadiendo las órdenes del chico—. Con la cantidad correcta y el ángulo perfecto—comenzó a relatar, guiando su mano hacia el pecho de la castaña; un afilado aguijón de color rojo comenzó a deslizarse sobre el dorso desde su muñeca—, es posible detener un corazón.

— ¡No la toques!—exclamó, su cuerpo dolía por la tensión y el terror que sentía en ese momento.

—Eso dependerá de ti—declaró, observándolo por primera vez con ojos resplandecientes y una sádica sonrisa—… Night Fury.

Entonces recordó que aunque vestía su traje de héroe, su rostro aún estaba desprovisto de una máscara.

Su identidad. Su familia. Todo aquello por lo que luchaba, estaba a punto de ser destruido por ella.

— ¿Cómo me encontraste?—se atrevió a preguntar; no entendía qué estaba ocurriendo y eso lo alteraba aún más.

—Oh, vamos—dijo ella con obviedad, enarcando una ceja en su dirección—. Hemos estado vigilándote desde que volviste a la ciudad. ¿En serio creíste que pasarías desapercibido?

Su desesperación aumentó al escucharla. Todo ese tiempo pensó que estaba un paso delante de Grimmel, cuando en realidad era lo contrario. El cazador tenía todas las piezas del tablero; siempre las tuvo, pero él había sido demasiado tonto como para no darse cuenta.

—Apaga tu fuego—indicó Speed Stinger, señalándolo con la misma mano que poseía el aguijón—, y no les haré daño—prometió, acariciando el rostro ahora frío de Valka con su otra mano—. Después de todo, es a ti a quien busco.

Ty no tuvo otra opción más que obedecer y, con la presión en su pecho aumentando, bajó sus manos, permitiendo que el plasma brillante se extinguiera. Su mirada permaneció fija en sus padres, disculpándose en silencio con ellos por haberlos metido en esa situación. Estaba tan concentrado en ellos, que no notó la nueva sonrisa de Speed Stinger, ni tampoco la sombra sigilosa que se cernía sobre él desde las escaleras.

No fue hasta que esa sombra se abalanzó hacia él, que recobró la compostura, apartándose por reflejo para evitar ser derribado. Se irguió nuevamente tras recuperar el equilibrio, adoptando una posición defensiva e inspeccionando a su atacante con la mirada.

Se trataba de un hombre joven que vestía un traje negro similar al de los demás seguidores de Grimmel, pero había algo diferente en él… Su rostro era cubierto por una máscara de metal, que en realidad parecía un casco y que solo le permitía ver sus ojos violetas. Una capucha caía sobre sus hombros al igual que un arnés del cual colgaba un par de pistolas.

—Atrápalo—ordenó la pelirroja a sus espaldas y el enmascarado no tardó en obedecer, lanzándose al ataque.

Tyre no tardó en seguir su ritmo, esquivando cada golpe que el intruso intentaba asestarle. A diferencia de Speed Stinger, él no parecía poseer ningún poder y eso quizá le daría la ventaja que necesitaba para vencerlo. Con un rápido movimiento, lo empujó haciéndolo perder el equilibrio. Cubrió sus manos nuevamente de fuego azul, propinándole un fuerte golpe que lo hizo chocar contra el barandal de las escaleras. El fuego se transmitió a su traje, quemándolo ligeramente sobre el pecho cuando lo alzó con fuerza para inmovilizarlo.

Sus propios ojos dejaron de ser normales debido a la ira burbujeante que se había apoderado de él. Liberó una de sus manos, generando en ella un nuevo proyectil de plasma que estaba dispuesto a disparar contra la cara enmascarada de su rival.

Y lo habría hecho, de no ser por la voz de Speed Stinger, que volvió a alzarse por encima de sus pensamientos:

—Yo no haría eso si fuera tú.

— ¡Dame una razón para no hacerlo!—rugió con una voz que ya no parecía ser la suya, su mirada permaneció fija en la máscara frente a él.

—A mí no me importa si lo matas—fue la respuesta que dio la pelirroja, avanzando un par de pasos en su dirección—, pero… Estoy segura de que a ti .

Eso bastó para captar su atención. Sus ojos poco a poco volvieron a ser los de antes, inundándose de un inmenso terror cuando captó un olor familiar. El mismo aroma que había percibido la noche del ataque…

La esencia de aquél que le había disparado en esa ocasión y que ahora estaba a su merced. Ese olor que sólo podía pertenecer a una persona; aquella cuyos ojos, por alguna razón, ahora eran violetas.

Todas las preguntas que tuvo esa noche y que olvidó, volvieron de golpe a su mente, aturdiéndolo. Pero esta vez conocía la respuesta y eso, por alguna razón, no lo tranquilizó.

—Todo este tiempo…—murmuró aturdido, apartándose de él; horrorizado por lo que estuvo a punto de hacer—. Hace tres años y hace tres noches…

Giró tembloroso para encarar a la pelirroja que lo observaba divertida, dejando caer tras él al enmascarado. Se negaba a creer que lo que estaba pensando era real, que todo aquello por lo que había pasado desde entonces había sido en vano.

—Este siempre fue el plan de Grimmel—finalizó, en el fondo se lamentaba por no darse cuenta de la verdad a tiempo. Sus ojos, furiosos y cristalizados, se fijaron en Speed Stinger—. ¿Por qué?

— ¿No te gustaría preguntárselo directamente?—cuestionó ella con una amplia sonrisa que no hizo más que aterrar y confundir al azabache.

Esta vez no pudo captar su advertencia silenciosa a tiempo, pues el impacto de todo lo ocurrido había causado estragos en su mente. Para cuando se dio cuenta de ello, había sido demasiado tarde y un fuerte golpe impactó contra su cabeza, nublando su vista y haciéndolo caer contra el suelo.

Desvió su mirada hacia sus padres, aun paralizados, que parecían querer gritar su nombre. Nuevamente les estaba causando dolor y esta vez el único responsable era él.

—Lo siento—susurró sin aliento antes de que sus ojos se cerraran, permitiendo que la oscuridad volviera a capturarlo, pero esta vez era diferente… esta vez quizá no lograría liberarse de ella.


¡Sorpresa! Sé que tardé un poco, pero aquí está el capítulo 12 :D Espero que les haya gustado. Me costó un poco escribirlo porque últimamente no tengo ganas de nada xD pero bueno, al final el resultado me agradó.

Y ya sé lo que van a decir, que estoy demasiado empeñada en hacerle la vida imposible a Tyre, pero… Nah, la verdad que sí xD Es por una buena causa, sólo eso puedo decir e.e pronto todo mejorará… Tal vez…

¿Quién creen que sea el enmascarado? ¿Y cuál es esa verdad que Ty descubrió? Me encantaría leer sus teorías e.e

En fin…

A todos los que leyeron hoy... GRACIAS

Nota: El Ciclo de Krebs, en palabras de mi Parabatai; es el proceso metabólico que nos da energía… o algo así. Y es uno de los temas más complicados de comprender y enseñar de la biología. Dato extra: Mi Parabatai ha sido la inspiración para que Leily estudie biología… (Y el personaje, Julie, es ella xD)