Disclaimer: How to Train Your Dragon no me pertenece, es propiedad de DreamWorks Animation, Dean DeBlois y Cressida Cowell. La historia sí es original y de mi autoría, pero su creación y respectiva publicación es por mero entretenimiento.
Capítulo 17
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Observaba en silencio cómo Astrid caminaba de un lado a otro, inquieta por el silencio y la ausencia de Light Fury. Habían acordado encontrarse en ese callejón en quince minutos, pero la heroína no aparecía por ningún lado y, definitivamente, no estaban dispuestos a irse sin ella.
La inquietud de Astrid podía percibirse en su caminar y en su mirada, esa que se mantenía fija en la entrada del callejón con una esperanza latente de ver a la albina.
—Tal vez la atraparon—susurró preocupada, Tyre había perdido la cuenta de las veces que la escuchó decirlo—, deberíamos volver para ayudarla.
El azabache tan sólo la observó, sentado contra la defensa de la camioneta utilizada para su fuga.
Parte del plan consistía en robar uno de los autos blindados, similar al que Astrid abordó horas atrás mientras fingía ser Light Fury. Antes de llegar a ellos, la heroína había seleccionado un auto, retirándole el rastreador y desactivando su GPS, para evitar ser localizados durante el escape.
Ese plan ligeramente improvisado había funcionado casi perfectamente, pues jamás contemplaron la posibilidad de tener que separarse.
—¡¿Por qué no pareces preocupado?!—exclamó en un nuevo susurro, ahora molesta por la poca muestra de interés.
Tyre suspiró, la rubia finalmente se había detenido para encararlo.
—Claro que estoy preocupado—reveló con calma, aunque sus ojos demostraban lo contrario—. Pero estarlo no servirá de nada. Nos están buscando, Astrid—recalcó, sosteniéndole la mirada—, si nos atrapan, todos sus esfuerzos serán en vano.
—¿Entonces debemos dejar que la atrapen a ella?
—No—negó con la misma calma, algo que, sin duda, no era muy común en él y que, en el fondo, Astrid sabía era sólo una máscara más que decidió ponerse para brindarle seguridad a ella; y lo odiaba por eso, pero en el fondo también le estaba agradecida—. Debemos confiar en ella. Démosles un par de minutos más, no deben tardar en llegar.
Astrid, aún indecisa, asintió, dejándose convencer por sus palabras, hasta que un nuevo pensamiento cruzó por su mente.
—¿Deben?—repitió, enarcando una ceja, confundida y curiosa.
Vio a Tyre apartar el rostro, negándose a observarla nuevamente, como si se hubiera dado cuenta del error que había cometido.
—Tyre—insistió, con una nueva y temible seguridad, mientras se cruzaba de brazos frente a él—. ¿Quién más viene con Light Fury? Acaso… ¿había más prisioneros?—cuestionó, esta vez con la preocupación volviendo a ella.
El azabache se llevó las manos al rostro, suspirando contra ellas y enredando sus dedos entre el flequillo despeinado. Sabía que no podía continuar aplazando esa conversación, pero el miedo a las consecuencias seguía latente en su interior y no podía hacer nada para detenerlo. Porque en el fondo temía haberse equivocado, temía que Grimmel lo hubiera engañado una vez más y que sus esperanzas de verlo con vida se desvanecieran.
No quería que fuera falso. No quería caer nuevamente en esa realidad en la que él estaba muerto. No podría soportarlo y mucho menos deseaba que Astrid cayera con él, porque así al menos le evitaría más dolor.
—Tyre—lo llamó ella nuevamente—, dijiste que me explicarías todo cuando saliéramos de ese edificio—le recordó, había cierta tranquilidad en su voz, quizá había notado su debate mental—. ¿Por qué le pediste a Light que nos separáramos? ¿Fue a buscar a alguien que conoces?
Dejó caer las manos a los costados, aferrándose al auto cuyos faros continuaban apagados para evitar ser descubiertos. Sus ojos buscaron nuevamente los azules de ella; esos que le gritaban que confiara y le prometían soportar la carga juntos, sin importar el resultado.
—No—murmuró la respuesta, su voz comenzó a temblar al igual que su cuerpo—. A alguien que ambos conocemos…
Sus palabras la desconcertaron, obligándola a permanecer en silencio por unos segundos que parecieron eternos, hasta que, finalmente, pareció comprender a quién se refería… y eso rompió toda la seguridad que había estado mostrando.
—Eso… no es posible—musitó, a pesar de la oscuridad que los envolvía, Tyre alcanzó a ver el brillo de las lágrimas que comenzaban a formarse en sus ojos.
—Astrid…—mientras ella negaba en silencio, conteniendo las lágrimas, Tyre logró levantarse para sujetar sus hombros—. Él está vivo—pronunció suavemente—. Hiccup está vivo—volvió a decir, de tal manera que ambos pudieran creerlo.
Una lágrima silenciosa resbaló por el rostro de la rubia, ahora era ella quien se aferraba a los brazos del chico, para que no dejara de sujetarla por temor a caer.
—¿Cómo…?—logró decir con voz rota.
—Grimmel, él nos engañó a todos—intentó explicar Tyre, no se necesitó nada más para que ella comprendiera lo delicado de la situación—. Yo también tengo muchas dudas, pero en este momento no importan.
Astrid asintió, su cuerpo aún temblaba, pero se las arregló para liberarlo de su agarre y mantenerse de pie por su cuenta. Su cabeza había comenzado a dar vueltas, repitiendo una y otra vez las palabras de Ty.
¿Realmente Hiccup estaba con vida? Todo ese tiempo, él había estado vivo… y ellos, ella lo había dejado atrás. Sus tres años de soledad y sufrimiento no eran nada comparados con los de él. La herida que tanto esfuerzo le costó sanar, se abrió de nuevo, sangrando y doliendo con una fuerza superior… Y entonces, al sentir la culpa aplastándola sin piedad, comprendió porqué Tyre se había marchado.
—Él va a estar bien—le susurró el azabache, con una mirada que parecía leer sus pensamientos—. Todos lo estaremos—prometió, sonriendo ligeramente en un intento por calmarla, aunque en el fondo sufría igual que ella.
Cuando finalmente recobró el control de sus pensamientos, la antigua determinación de Astrid volvió, pero esta vez era diferente. El brillo en sus ojos era una advertencia de lo que quería hacer. Porque ahora más que nunca deseaba retroceder sobre sus pasos para ir al encuentro de Hiccup. Y lo habría conseguido, de no ser por Ty quien, nuevamente, se había empeñado en detenerla.
—No lo hagas—le dijo, sujetándola del brazo—. Sé lo que sientes, yo también quisiera ir a buscarlo—confesó, tragando con fuerza—. Quisiera ser yo quien lo salve y no Light Fury—suspiró, mirándola a los ojos—. Pero eso sólo nos pondría en riesgo a todos.
Astrid parecía dispuesta a volverle a reclamar, negándose a obedecer su petición, pero él no le dio la oportunidad.
—Confiemos en ella—repitió con calma—. Confiemos en ambos.
Cierta calma se apoderó de Tyre, cuando la rubia pareció ceder a sus palabras. Pero el sentimiento duró poco, pues a sus oídos llegaron los tenues pasos de alguien acercándose al callejón en el que se ocultaban.
—¿Qué ocurre?—cuestionó ella en un susurro, al notar cómo tensaba su cuerpo.
—Alguien viene—respondió él, colocándose frente a ella, dispuesto a usar la poca fuerza que aún conservaba para defenderla.
Estaba a punto de indicarle que subiera al auto, mientras sus manos eran envueltas por un tenue fuego azul. Pero fue innecesario, porque cuando sus ojos reconocieron a las dos personas frente a él, ese fuego se extinguió.
La pareja continuó avanzando hacia ellos entre la penumbra, hasta que las nubes dejaron de cubrir la Luna y esta iluminó sus rostros.
—Perdón por llegar tarde—dijo Light Fury, sin aliento y nerviosa, para romper la tensión del ambiente.
Pero el par de ojos frente a ella observaban a alguien más. El castaño a su lado se había robado toda la atención.
Su mirada viajó inquieta hasta conectarse con la de su hermano. Por ese pequeño momento, parecieron decirse todo y nada a la vez, ambos sin aliento, con el cuerpo paralizado y un nudo en la garganta.
Ninguno parecía dispuesto a decir algo. Hasta que Astrid, tomando la iniciativa, se apartó de la protección de Tyre, quedando al descubierto, para después caminar hacia el castaño.
Sus pasos fueron torpes y sus ojos resplandecían cada vez más a causa de las lágrimas, pero en ningún momento detuvo su marcha, no hasta estar frente a él, con tan sólo unos centímetros separándolos.
—A-Astrid…—logró pronunciar, su cuerpo había comenzado a temblar a causa de la cercanía.
Observó de reojo a la albina por unos segundos, reclamando el hecho de que le ocultara su presencia. Se había preparado mentalmente para encontrarse con su hermano y aun así no se sentía listo para hablarle. Que Astrid también estuviera ahí, lo cambiaba todo. Con ella todo era diferente.
Bajó su mirada, inseguro, como si no mereciera estar cerca de ella. Olvidando que no se trataba de cualquier chica, pues Astrid Hofferson no permitiría que él volviera a alejarse.
Sólo un golpe en su hombro, fuerte e inesperado, fue suficiente para evitar que retrocediera. Lo obligó a levantar el rostro para encararla, pero, justo cuando pretendía quejarse, sus brazos los envolvieron en abrazo aún más fuerte.
—¿Por qué tardaste tanto?—murmuró ella, ocultando el rostro contra su pecho para evitar que notara sus lágrimas.
Hiccup comprendió entonces que no era el único cuyo cuerpo temblaba y que, aunque una voz en su cabeza insistiera que no merecía estar a su lado, era justo lo que él más había añorado. Fue por eso y por la voz rota de Astrid, que se apresuró a corresponderla, rodeándola con sus brazos y apoyando la cabeza contra la suya, permitiéndose inhalar el dulce aroma de su cabello.
Se aferró a ella y a todo lo que representaba para él: la luz y el perdón que su corazón tanto necesitaba. Con ella en sus brazos, la oscuridad que había estado consumiéndolo, finalmente había terminado de disiparse.
—Perdóname, mi lady—susurró contra su oído, estremeciéndola—. Hice que te preocuparas y no cumplí mi promesa.
—Ya no importa—negó ella, sonriendo ligeramente y alejándose para poder observarlo.
Las lágrimas de antes rápidamente fueron secadas por la mano áspera de él. Acarició su mejilla con ternura, justo como la última vez. Como si el tiempo que les había sido robado hace tres años, finalmente les fuera devuelto y comenzara a correr de nuevo.
Astrid tenía razón, ya no importaba. Nada de lo que había ocurrido le importaba ahora.
—Pero a él sí—continuó Astrid, como si leyera su mente, liberándolo lentamente para dirigir su atención al azabache que continuaba inmóvil observándolos.
Hiccup tragó con fuerza. Sintió como Astrid le brindaba un último apretón de manos para animarlo a continuar y, aferrándose a ese sentimiento, dio su primer paso hacia él. Torpe, tembloroso, cargado de inseguridades y culpa, pero continuó avanzando.
Exhaló suavemente, calmándose, y alzó una mano dudosa hacia el azabache que retrocedió un paso, nervioso y asustado, como una criatura herida que fue acorralada por su atacante. Sus ojos verdes mostraban una luz desconocida para él. Todo en su hermano lucía desconocido ahora, dándole a entender que estaba más lejos de su alcance de lo que pensaba.
Apartó la mirada por instinto, mientras su mano continuaba su asenso hacia el hombro de Tyre, quién, esta vez, pareció aceptarlo. Sólo entonces sus ojos se conectaron nuevamente, retomando la conversación silenciosa que habían dejado pausada momentos atrás.
Esta vez fue Hiccup quien tomó la iniciativa para fundirse en un abrazo, aferrándose a los hombros de su hermano, obligándolo a hacer lo mismo mientras una única lagrima se deslizaba por su rostro.
—Lo siento tanto… Hiccup—logró susurrar Tyre con voz rota—. Lo siento.
—Toothless…—pronunció Hiccup, pero cualquier otra cosa que fuera a decir se desvaneció cuando sintió que el agarre de su hermano se debilitaba, terminando con el abrazo—. ¿Toothless?—lo llamó, esta vez preocupado, sujetándolo con mayor insistencia, pues temía que fuera a caer.
—Estoy bien—musitó con dificultad, encarándolo pero sin dejar de apoyarse en él—. Sólo estoy cansado.
Hiccup entendió, con una ligera sonrisa, que ese cansancio no era sólo por las heridas físicas en su cuerpo, sino también por las psicológicas. Tan sólo abrazarlo bastó para que pudiera sentir el peso que cargaba sobre sus hombros. Una carga que había aumentado con el paso de los años a causa de su ausencia.
—Yo también lo siento, Ty—le susurró, justo como lo hizo con Astrid, para después obligarlo a erguirse con él como su apoyo.
Un acto que, para ambos, significaba lo mismo: A partir de ahora, esa carga sería compartida, justo como tres años atrás.
Fue entonces que desapareció la distancia invisible que lo separaba de su hermano. Ya no era un desconocido ante sus ojos, tan sólo el mismo chico azabache con el cual había compartido su vida, ese cuyos problemas siempre terminaban arrastrándolo para poder resolverlos juntos y volver con la gloria a casa.
Lo que Hiccup no sabía era que, para Tyre representaba lo mismo. Cuando lo vio por primera vez luego de tanto tiempo, le había parecido tan distinto e irreal, que difícilmente creyó que en verdad era su hermano. Había cambiado, y no por causas favorables, pero en el fondo seguía siendo el mismo, al igual que él.
Estaba por decírselo, quería decir más que un «lo siento», quería que supiera cuánto lo había echado de menos. Pero eso tendría que esperar, porque el peligro seguía asechándolos.
El enemigo estaba cerca, lo sabía porque su piel había comenzado a erizarse como una advertencia. Sus ojos viajaron hacia la entrada del callejón y se encontraron en el camino con los de Light Fury quien, con un simple asentimiento, confirmó que ella también había percibido el peligro.
—Se acabó el tiempo—fue lo primero que dijo, después de haber permanecido en silencio todo ese tiempo como una simple espectadora—. Debemos irnos.
Hiccup y Astrid no tuvieron que preguntar para saber lo que eso significaba. Pero la mirada del primero volvió a buscar la de su hermano, llamando su atención con un ligero apretón en sus hombros, pues aún lo ayudaba a mantenerse de pie.
—Volvamos a casa, hermano—mencionó, con cierta emoción en la voz.
Tyre sonrió, permitiendo que una ligera calidez comenzara a nacer en su interior mientras asentía. Sus palabras lo confirmaban: Hiccup seguía siendo él. Aún era su hermano.
•
El auto avanzaba con gran velocidad por las estrechas calles de la zona industrial abandonada, que Grimmel había convertido en su base secreta. El pavimento estaba agrietado y con baches, pero eso no era suficiente para detener su escape.
—¡Sigues siendo pésima conduciendo!—gruñó Tyre, después de que su cabeza golpeara contra el cristal de la ventana a causa de un giro inesperado de la rubia.
—En realidad—carraspeó Hiccup a su lado, ambos se encontraban en el asiento trasero del vehículo—, ha mejorado bastante.
—¿En serio pudo ser peor?—volvió a quejarse el azabache, sujetándose del asiento para no volver a golpearse debido al turbulento viaje.
—Fui su maestro y copiloto—le recordó, la expresión de su rostro mostraba un peculiar miedo a causa de tal recuerdo—. Créeme, era muy mala—susurró.
—¡Escuché eso!—exclamó Astrid, reprendiéndolos a través del retrovisor—. Y no era tan mala.
Como muestra de ello, aceleró aún más y giró bruscamente cuando la calle llegó a su fin, siguiendo las indicaciones del GPS que Light Fury había configurado para su escape.
La cabeza de Tyre volvió a golpear contra el cristal, pero esta vez sus quejas fueron opacadas por la suave risa de la albina, quién, sin darse cuenta, atrajo la atención de todos hacia su lugar como copiloto.
—No entiendo cómo pueden estar tan relajados en esta situación—explicó, observándolos de reojo por el retrovisor—, pero me alegra que sea así—confesó, regalándoles una sonrisa, para después apartar el rostro por temor a que notaran su palidez.
El ambiente se vio interrumpido nuevamente por los bruscos movimientos de Astrid con el volante, sacándole esta vez una queja a todos.
—¡No fue mi culpa!—se defendió, frunciendo el ceño—, esos idiotas no dejan de acercarse—señaló a los autos cuyas luces se reflejaban en el espejo lateral.
Todos dirigieron sus miradas hacia ellos, otorgándole la razón a Astrid y desvaneciendo ese sentimiento relajado, para regresarlos a la seriedad e inquietud.
Light Fury fue la primera en reaccionar, atrayendo nuevamente su atención cuando desabrochó su cinturón de seguridad.
—Saldré a detenerlos—anunció, dispuesta a bajar la ventana para salir por ella, cuando la rápida mano de Astrid sujetó su brazo.
—No, no lo harás—fue lo que dijo, observándola por un segundo mientras continuaba conduciendo—. Estás herida, ¿en serio creíste que no lo notaríamos?—señaló su cuello, donde las marcas de asfixia se mezclaban con las quemaduras de ácido.
Light apartó el rostro al sentirse observada por todos, cubriendo su cuello inútilmente con sus manos. Intentó decirles que estaba bien, pero antes de poder pronunciar la primera palabra, Hiccup habló a favor de Astrid.
—Ella tiene razón—fue su respuesta, acercándose entre ambos asientos para colocar una mano sobre el hombro de la albina—. Deja que nosotros nos encarguemos.
Para ella fue imposible no devolverle la mirada y, cuando lo hizo, la seguridad en los ojos esmeralda la inundó, obligándola a rendirse ante su petición. En el fondo sabía que no lograría llegar muy lejos y que tenían razón. Estaba en su límite, cansada y herida no les sería de gran ayuda.
Aun así, decidió continuar mostrando fortaleza, aunque esta fuera falsa. Y, sin decir nada, le asintió a Hiccup como respuesta, para después verlo dirigirse hacia su hermano.
—¿Aún te queda fuego?—le preguntó, en su mente comenzaba a formularse el plan que los libraría de sus perseguidores.
—El suficiente para un último disparo—respondió el azabache tras pensarlo un momento—. ¿En qué estás pensando?—debía admitir que, aunque las ideas de Hiccup generalmente eran malas, sus planes siempre resultaban exitosos.
El hecho de poder participar nuevamente en una de sus estrategias, lo emocionaba de manera inexplicable. Pero también lo aterraba por los resultados dolorosos que podrían traer a su persona.
Hiccup, con cierta duda, mostró el contenido de su cinturón, provocando que un escalofrío recorriera el cuerpo de Tyre al reconocer la pistola que lo había herido días atrás. Era algo que ya sabía, pero aun así no dejaba de ser impactante.
—Tendremos que hablar sobre eso—murmuró, con la mirada fija en el arma.
El castaño suspiró como respuesta, tomando un cilindro de cristal del tamaño de su mano.
—Tenemos que hablar sobre muchas cosas—concordó entonces, para después señalarle el objeto—. Por ahora, espero que hayas mejorado tu puntería—bromeó, suavizando la nueva tensión con esa sonrisa divertida tan típica de él.
—¡Oye!—se quejó Tyre, comprendiendo sus intenciones y siguiéndole el juego, fingiendo sentirse ofendido—. Mi puntería no era tan mala—reclamó para después recobrar la compostura, sin saber que Astrid los observaba con cierta felicidad—. ¿Eso es lo que creo que es?—se refirió al cilindro cuyo contenido no era desconocido para él.
—Gas de Hideous Zippleback—asintió el castaño, permitiendo que la luz se reflejara en el cristal plateado, inmerso en su conversación al igual que Tyre—. Lo lanzaré a ellos, y cuando estemos a una distancia prudente, debes dispararles—indicó.
Tyre gruñó, despeinándose para despejar sus dudas antes de volver a responder.
—Es una locura—fue lo único que se le ocurrió decir, evaluando los pros y contras de su plan.
Él sabía, por experiencia propia, que el gas de Hideous Zippleback no era una cosa fácil de manejar. En el peor de los casos, si disparaba antes de tiempo, la explosión podría alcanzarlos.
Era arriesgado, pero también era la única opción. Y, aún más importante, el plan era de Hiccup. Si alguien más lo hubiera propuesto, lo habría descartado de inmediato.
Sólo había una cosa de la que estaba seguro…
—¿Confías en mí?—la inquieta voz del castaño se alzó con esa simple pregunta, haciendo eco en su interior.
… y era que siempre podría confiar en su hermano.
—Hagámoslo.
Compartiendo una sonrisa, ambos bajaron sus ventanas, sacando la mitad del cuerpo por ellas para, de esta manera, dar inicio a su plan. Astrid los apoyó de inmediato, estabilizando el vehículo lo más que pudo para evitar que cayeran o fallaran sus tiros.
—Espera mi señal—le indicó Hiccup al azabache, observándolo de reojo mientras se preparaba para lanzar el proyectil.
—Lo único que espero es que tus lanzamientos hayan mejorado—bromeó en voz baja, como una respuesta a su anterior burla, sacándole una ligera risa que calmó la tensión.
Recobraron la compostura. Hiccup inhaló en busca de precisión, calculando mentalmente la distancia y el lanzamiento que debía realizar. Alzó su mano, implorando a los dioses que le permitieran dar en el blanco, y lanzó la capsula con gas que voló por el aire hasta golpear el pavimento justo entre ellos y el enemigo.
Bajo la luz de los vehículos, fue posible distinguir como una ligera estela de humo verde comenzaba a escapar del cilindro fracturado.
—¡Acelera, Astrid!—exclamó y, como respuesta, las llantas rechinaron a causa de la nueva velocidad.
Ambos chicos se sujetaron con fuerza para evitar caer mientras la distancia entre ellos y el gas aumentaba. Un par de segundos después, el vehículo volvió a estabilizarse, permitiéndoles observar con claridad cómo la nube verde cubría el suelo bajo la camioneta enemiga que lideraba la persecución.
—¡Toothless!
Esa fue la señal. Lo único que necesitó para disparar la bola de plasma que había estado reteniendo entre sus dedos y que, con gran velocidad, impactó cerca de las llantas del vehículo, encendiendo la nube verde hasta explotar. Convirtiéndose en un espectáculo de colores inolvidable, cuando el azul de su plasma se mezcló con el verde del gas, transformándose en un fuego rojo que envolvió los vehículos hasta hacerlos volar por los aires.
—¡Eso es!—exclamaron ambos con euforia compartida, mientras Astrid pisaba el acelerador una vez más hacia la salida de la zona industrial, dejando atrás las llamas residuales de la explosión.
—Me alegra tenerlos de vuelta—susurró la rubia, dejando escapar una risa que liberó todo su estrés.
Al final había valido la pena el riesgo. Ese pequeño salto de fe que dio al unirse a Light Fury, había sido el correcto.
*O*O*O*
Aún seguía bajo los efectos de su veneno, cuando Grimmel volvió a la celda en la que se encontraba. No se necesitaba ser un experto, para saber que el cazador estaba molesto y que, para su desgracia, sería ella quien lidiaría con las consecuencias.
Ni siquiera puso resistencia al ser llevada por sus compañeros a una nueva celda, más oscura, húmeda y con olor a muerte. Y, aunque no se inmutó al estar en ella, por dentro temblaba de miedo al reconocer el lugar. Se había jurado a sí misma que jamás volvería ahí, y ahora, por culpa de esos niños que se creían héroes, había roto ese juramento.
Escuchó unos pasos acercándose a sus espaldas, obligándola a girarse para encararlo. Frente a ella, observándola desde arriba con frialdad, estaba Grimmel. Aine, encadenada al suelo, sólo pudo encogerse con miedo.
—Espero—habló el cazador con voz peligrosamente tranquila—que tengas una buena excusa para lo que ocurrió hoy.
La pelirroja tragó con fuerza, conteniendo los temblores de su cuerpo debilitado.
—No sólo permitiste que Light Fury te engañara y siguiera hasta aquí—relató él, con los brazos cruzados tras su espalda—. También dejaste que escapara con mis prisioneros.
—Grimmel…—logró pronunciar con temor—, lo siento. Me tomó por sorpresa.
—¡Ahora por tu culpa—exclamó el hombre, ignorando sus palabras—, tendré que cambiar mis planes!—su voz hizo eco en la habitación oscura, taladrándole los oídos y haciéndola temblar de nuevo.
—Lo intenté, Grimmel—musitó con la mirada baja, aferrándose a las frías cadenas que sujetaban sus muñecas.
Sintió al hombre arrodillarse frente a ella. A pesar de no alzar la mirada, logró ver cómo se acercaba a su oído, respirando sobre su cuello y erizando su piel.
—Pues no intentaste lo suficiente—susurró, acariciando su cuello con una mano fría, para después alejarse nuevamente hacia la puerta—. Por fortuna, logré obtener cierta información valiosa, antes de que lo arruinaras todo.
Aine alzó la mirada de nuevo, iluminada por un ligero sentimiento de esperanza y salvación que se extinguió segundos después.
—Aun así—añadió Grimmel, con una peligrosa sonrisa—, debes ser castigada por tus errores.
Su espalda iluminada por la luz del corredor, fue lo último que vio antes de que la puerta se cerrara con un estruendo, deteniéndole el corazón al comprender lo que eso significaba.
Intentó levantarse, implorar por una segunda oportunidad; pero cuando una segunda puerta comenzó a deslizarse tras ella, supo que todo eso sería en vano… Y se rindió, porque no había nada que pudiera hacer.
Los pasos sigilosos, las manos ásperas en su cuello, los colmillos enterrándose en su piel y el veneno corriendo por sus venas, fueron lo último que sintió antes de sucumbir al resplandor violeta que ahora iluminaba sus ojos.
*O*O*O*
—Preparen todo para partir—ordenó Grimmel a sus hombres, mientras avanzaba por el corredor, dejando atrás la celda de antes.
—¿Qué haremos con los Furies, señor?—se atrevió a preguntar alguien, temeroso por ser el nuevo blanco de su enojo—. Aún podemos buscarlos.
Grimmel se detuvo para encararlo, pareció meditarlo por un momento antes de sonreír.
—Dejémoslos disfrutar de su reunión familiar—declaró con calma—. Tarde o temprano volverán a mi—añadió seguro y satisfecho, a pesar de los inconvenientes, su plan seguiría en marcha—. Por ahora, tenemos que hacerle una visita a Alastair Grant.
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No tuvieron más contratiempos en su viaje luego de escapar del territorio de Grimmel, por lo cual lograron cambiar el vehículo robado por el auto de Astrid, justo como lo habían planeado horas atrás.
A partir de entonces, el trayecto a casa de Leily se volvió silencioso, permitiéndoles a todos tomarse un respiro.
Las calles estaban despejadas a pesar de ser las siete de la noche, quizá el pánico por la captura de ambos héroes había sido suficiente para obligar a los ciudadanos a volver temprano a sus casas. De alguna manera, habían contribuido a su plan de rescate. De vez en cuando se veían pasar las luces azules y rojas de los autos policiacos que vigilaban la ciudad.
Aun así, les tomó tan sólo diez minutos llegar a casa de la albina, donde el matrimonio Haddock y Storm los esperaban impacientes. Minutos atrás les habían enviado un mensaje para avisarles que todos estaban a salvo, pero no consideraron prudente decirles que eso incluía a Hiccup. Por eso, ahora que habían llegado y apagado el motor del auto, se hizo presente la inquietud sobre cómo reaccionarían al verlo.
—Nos adelantaremos—fue Astrid quien rompió el silencio, tomando la iniciativa al salir del auto.
Leily no tardó en seguirla, para después recibir su apoyo para caminar hacia la puerta, dejando a los hermanos solos en la parte trasera del auto.
Toda la seguridad que Hiccup había sentido al reencontrarse con Astrid y Tyre se desvaneció, llevándolo de vuelta a la celda oscura donde Light Fury lo encontró. Nuevamente temía no ser digno de recibir el cariño y los abrazos de su familia, luego de todo el dolor que les había causado.
Pero, por fortuna para él, Tyre no dejó que ese miedo continuara avanzando.
—Hey—lo llamó, sujetando su brazo—. Lo haremos juntos—indicó con calma. Pero su voz no pareció alcanzarlo, pues su cuerpo continuaba paralizado—. Hiccup…—insistió, esta vez mirándolo a los ojos—, ¿confías en mí?
Hiccup suspiró al escucharlo, odiaba que usara sus palabras en su contra, pero también agradecía que lo hiciera. En el fondo sabía que no volvería a estar solo en la oscuridad, porque su hermano jamás lo iba a permitir.
—Hagámoslo—asintió al fin, para después abrir la puerta.
*O*O*O*
Desde que escucharon al auto entrar en la cochera, los Haddock y Storm permanecieron de pie frente a su puerta.
El mensaje que recibieron de Leily había aliviado todas sus preocupaciones, luego de casi tres horas sin tener noticias de ella y Astrid. A pesar de eso, ninguno se atrevió a abrir la puerta, por miedo a lo que fueran a encontrar en su interior. Había cierta inquietud que no los dejaba tranquilos y que sólo logró disiparse cuando Astrid la abrió, caminando hacia ellos con Leily apoyada en su hombro.
—¡Leily!—fue Storm quien gritó, rompiendo el silencio, al ver el demacrado aspecto de su amiga.
—Estoy bien—tranquilizó, dejando que fuera ahora ella quien la ayudara a mantenerse de pie.
No muy seguros, creyeron en sus palabras, para después concentrar su atención en Astrid, en busca de respuestas por la ausencia del azabache.
—Él también está bien—aclaró la rubia ante la pregunta silenciosa que percibió en sus miradas—, pero hay algo que deben saber.
Aclaró su garganta, exhalando con fuerza, para después continuar.
—No fue al único que salvamos.
Esa revelación, tan escasa de datos y palabras, fue suficiente para confundirlos. Pero Astrid no sabía cómo ser más clara sin romperse frente a ellos, y tampoco tuvo tiempo de hacerlo, porque a través de la puerta abierta, dos nuevas siluetas se hicieron presentes.
Esta vez, la mirada de todos estuvo sobre ellos, llenándose de agua que fue derramada en forma de lágrimas. Ninguno sabía qué decir, en especial porque sus voces parecían haberse apagado.
Valka temblaba, con las manos cubriendo su boca y las mejillas húmedas. Stoick, por otro lado, dio un primer paso hacia ellos, alzando una mano titubeante.
Cientos de preguntas inundaron la mente de los dos adultos. Pero entre todas, había una que se alzaba sobre las demás: ¿Era real? Por tanto tiempo les habían rogado a los dioses ver ese rostro de nuevo, y finalmente podían hacerlo. ¿Cómo podían estar seguros de que no era una ilusión? ¿Cómo saber que no era un sueño y que él no desaparecería al tocarlo?
¿Cómo era posible… que él estuviera ahí?
—Hiccup…
La voz rota de Stoick hizo eco en el pequeño corredor, agitando el pecho del castaño menor, que conectó su mirada llorosa con la de sus padres.
—Papá… Mamá…—intentó decirles tantas cosas, mientras se aferraba al brazo de Tyre en busca de consuelo, pero se quedó sin voz antes de poder lograrlo.
Tyre, apoyado en el hombro de su hermano y también con los ojos llorosos, les sonrió a sus padres, luchando con los fuertes latidos de su corazón.
—Hemos vuelto—declaró, el significado detrás de esas palabras fue suficiente para romper las cadenas de dolor que los ataba al pasado.
Las lágrimas jamás se detuvieron, pero fueron acompañadas por los cálidos brazos de la familia que los recibía y que, finalmente, estaba unida de nuevo.
No importaba cómo había ocurrido, ni porqué. Nada de eso era importante ahora que podían abrazarlos de nuevo.
Stoick envolvía con su cuerpo a toda su familia, aferrándose a esa nueva oportunidad que les era brindada, cuando buscó con su mirada llorosa a la heroína que lo había hecho posible.
—Gracias por salvar a mis hijos—musitó, en el fondo sabía que siempre estaría en deuda con ella y que sus palabras jamás serían suficientes.
Leily, enternecida por la escena, dejó escapar sus propias lágrimas al sonreírle. Storm ya no la ayudaba a mantenerse de pie, pues había corrido a consolar a su prima que, después de tanto tiempo, finalmente se rompía en sus brazos.
—Le prometí que lo haría—fue lo que logró responderle, deslizándose contra la pared hasta caer sentada sobre el suelo.
Su fuerza finalmente se había desvanecido, le dolía todo el cuerpo. La piel y los pulmones le ardían como si estuvieran al rojo vivo. Y sus ojos, agotados, se cerraron tras un suspiro.
Ahora que todos estaban a salvo, finalmente podía descansar.
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No supo qué hora era cuando despertó, ni cuánto tiempo había estado dormida. La tenue luz de las lámparas en la calle alcanzaba a filtrarse entre las cortinas de su ventana, permitiéndole observar a la rubia que dormía sobre una silla a su lado.
Llamó a Storm entre susurros y, al no recibir respuesta, optó por levantarse de la cama. Acción que lamentó segundos después, cuando su cuerpo comenzó a doler. Sólo entonces recordó todo lo que había ocurrido las últimas horas y la necesidad de levantarse incrementó. Tenía que asegurarse que todos estaban bien.
Con eso en mente, salió cuidadosamente de la habitación, apoyándose en la pared del corredor para avanzar hacia la siguiente puerta entreabierta.
Por la pequeña abertura alcanzó a distinguir a Astrid, en la misma posición de Storm, junto a la cama en la que descansaba el castaño. En el fondo de la habitación, los padres de Hiccup dormían sobre un pequeño sofá. Pero no había ninguna señal del azabache y eso la preocupó.
Al principio pensó que podría estar durmiendo en la habitación de su madre, pero cuando abrió la puerta, esta seguía intacta y vacía, justo como ella la había dejado. Así que optó por bajar las escaleras, apoyándose en el frío barandal de madera, para evitar caer a causa de sus piernas temblorosas.
El primer piso estaba igual de vacío y silencioso. Tomó uno de sus abrigos y una manta, ambos guardados en el pequeño armario bajo las escaleras y se dirigió hacia la puerta trasera, pues sólo quedaba un último lugar por revisar.
Cuando atravesó el umbral, el frío viento de la noche la hizo temblar, pero dejó de ser importante cuando lo vio sentado en los escalones de madera, bajo la luz de la Luna que se filtraba entre las nubes.
—Te enfermarás si no te abrigas—dijo con voz ronca, avanzando hacia él para cubrirlo con la manta.
—Creí que estabas dormida—respondió él con sorpresa, apartándose para darle espacio en el escalón.
—Me dio sed y bajé por agua—mintió la albina, sentándose a su lado—. Lamento si los preocupé al desmayarme—confesó, ocultando el rostro tras su cabello suelto.
A pesar del frío, sus mejillas habían obtenido un color carmesí.
—Descuida, te esforzaste demasiado—negó él, rozando su mano helada con la tibia de ella sobre la madera—. Me alegra que estés bien—no se atrevía a verla a los ojos, pero aun así le sonrió.
—¿Tú por qué estás aquí?—cuestionó ella entonces, recuperando un poco de autocontrol—, también necesitas descansar.
Lo escuchó suspirar, como si buscara las palabras adecuadas para responder y, cuando finalmente las encontró, alzó su mirada al cielo con cierto porte tranquilo.
—Ha pasado tanto en tan poco tiempo que no podía dormir—confesó, tragando con fuerza para después continuar—. Creo que, en el fondo, tengo miedo de que sea una ilusión.
Bajo la luz de la Luna, sus ojos resplandecieron con nuevas lágrimas.
—No quiero que Hiccup desaparezca al despertar—susurró, esta vez ocultó su rostro entre sus manos.
El corazón de Leily dolió ante esas palabras y un extraño sentimiento de enojo comenzó a aparecer en ella.
—Pero no lo hará, porque sí es real—declaró con fuerza, causándose un ligero ardor en su garganta herida, notando por primera vez la venda que la cubría—. Y aunque fuera así, deberías aprovechar el tiempo que tienes para estar con él.
Tyre se estremeció, quizá por el frío… o por sus palabras, pero algo en él también se encendió.
—No puedo…—pronunció al fin—, no puedo verlo partir de nuevo.
Leily cerró sus puños con fuerza, su enojo había incrementado, obligándola a levantarse de un salto para quedar frente a él.
—¿Entonces planeas huir de nuevo?—reclamó, con voz ronca y el ceño fruncido.
Definitivamente Tyre no esperaba esas palabras, aunque en el fondo una parte de él también se lo había preguntado. Jadeó con el cuerpo tembloroso, conectando sus ojos con los de ella, esos que carecían de un antifaz, porque ya no era sólo Light Fury frente a él…
Y él tampoco era Night Fury ante ella.
—Cualquiera querría tener una segunda oportunidad como tú—continuó la albina, firme y sin apartar la mirada—. Yo daría lo que fuera, para poder volver a ver a mi padre—su voz se rompió al final, alertándolo.
Entonces recordó una vieja conversación que había tenido con ella. Esa que, a pesar de haber sido simples desconocidos en ese momento, fue suficiente para acercarlos.
Se levantó por instinto, quería llegar a ella y reconfortarla. Ansiaba pronunciar su nombre y envolverla entre sus brazos. Pero ella retrocedió, abrazándose a sí misma, con una lágrima solitaria manchando su mejilla.
—Cuando murió…—inició, estremeciéndolo al escuchar su voz ronca—, odié tanto al mundo. Estaba tan molesta y los culpé a todos…
Tyre suspiró, sabía a lo que se refería, pero no deseaba detenerla.
—Culpé al otro conductor por quedarse dormido—pronunció ella, abrazándose con más fuerza—. Culpé a los paramédicos por no llegar a tiempo—tragó con fuerza, endureciendo su mirada—. Y te culpé a ti por desaparecer.
Él lo sabía y que esta vez se lo dijera directamente había sido peor.
—Estaba furiosa porque te fuiste, ¡porque dejaste que tantas personas sufrieran!—exclamó, temblando sin control. Se detuvo por un rato, suspirando y limpiando sus mejillas húmedas; lentamente, su mirada cambió por una más serena—. Hasta que comencé a culparme a mi misma por creer en un héroe al que no le importábamos.
Tyre volvió a dar un paso en su dirección, pero esta vez, Leily no retrocedió.
—Y entonces, quizá como castigo o bendición, mis poderes aparecieron. Qué irónico, ¿no? El accidente que se llevó a mi padre, me dio estos poderes—extendió sus manos, permitiendo que una tenue luz violeta las envolviera.
Se irguió ante él, exhalando para recobrar la fuerza y así poder continuar, disipando cualquier indicio de duda.
—Decidí que sería diferente—declaró—. No dejaría que otros pasaran por lo mismo que yo. Yo no sería un héroe ausente—sonrió con cierta determinación y un peculiar brillo en los ojos—. Pero tú tenías que volver a demostrar que me equivocaba.
Tyre dio otro paso hacia ella, ahora sólo los separaban un par de centímetros. Leily, por otro lado, pareció sopesar lo que estaba por pronunciar. Era algo que jamás había dicho en voz alta. Algo que, tanto el azabache como ella, necesitaban escuchar.
—Incluso aunque te hubieras quedado—dijo tras un suspiro, el brillo jamás abandonó sus ojos—, nada aseguraba que llegarías a tiempo—alzó su mano, invitándolo a tomarla y, cuando lo hizo, continuó—. No siempre podemos salvarlos a todos, aprendí eso de ti… Y te agradezco que volvieras.
Ahora fue el turno de Tyre para dejar escapar una lágrima, mientras su mano temblorosa se aferraba a la de ella.
—Gracias, Night Fury, por enseñarme a ser mejor heroína.
—Yo no tuve que enseñarte nada—confesó él, sonriendo con sinceridad—. La verdad es, que yo te envidiaba—dijo de pronto, sorprendiéndola y llenándola de curiosidad—. Yo siempre tuve a alguien respaldándome, y aun así cometí muchos errores. Pero tú, te las arreglaste para salir adelante sola—envolvió la mano femenina entre las suyas, mezclando el calor de sus pieles—. No importa si Berk no cree en ti, porque tú nunca has dejado de creer en ellos. Tú jamás te has rendido… Y eso, en mi opinión, es suficiente para ser un gran héroe.
Bajo la luz de la Luna, Tyre logró distinguir el color rosado de sus mejillas incrementando, a pesar del esfuerzo de su cabello plateado por ocultarlas.
—Y yo te agradezco eso—agregó, sin dejar de sonreír—. Gracias, Light Fury, por no rendirte y traer de regreso a mi hermano—el enlace de sus manos se fortaleció, estremeciéndolos a ambos y agitando sus corazones—. Estoy en deuda contigo, y no sé cómo recompensarte.
Una ligera risa, nerviosa y serena, escapó de los labios femeninos.
—Puedes hacerlo quedándote—declaró, confundiéndolo—. Aprovecha esta segunda oportunidad, no cometas el mismo error—explicó, liberando su mano para señalarlo con porte amenazador—. Porque si lo arruinas, esta vez sí será tu culpa.
Tyre tragó con fuerza, conteniendo su propia risa, para después responderle.
—Sin presiones, ¿eh?—bromeó, llevándose una mano a la nuca con nerviosismo—. Entonces, también haré las cosas bien contigo—carraspeó, su mirada en ningún momento se apartó de ella—. ¿Qué te parece si iniciamos de nuevo?
Su mano volvió a alzarse frente a ella, esperando que volviera a ser tomada.
—Soy Tyre Haddock—se presentó; firme, tranquilo y sonriente.
—Un placer—dijo ella, aceptando su saludo al enlazar nuevamente sus manos, embriagándose con la calidez ajena—. Soy Leily Bristow.
Ahora todo sería diferente.
Fin de Parte 1: El Regreso del Héroe
Así es, he vuelto, ¡el hiatus ha terminado!... Al menos por ahora.
Como vieron, aquí termina la primera parte de esta historia, que se suponía debía terminar en diciembre del 2019 (y la historia en junio/julio de 2020), pero bueno, no siempre se puede cumplir.
En fin, espero que este capítulo les haya gustado. Yo me emocioné muchísimo al escribirlo, fangirlee y lloré como no tienen idea. Había ansiado por tanto tiempo escribir esa escena final, ¡y al fin lo logré! Así que, ojalá lo hayan disfrutado tanto como yo.
Por otro lado, si encuentran algún error o redacción rara, discúlpenme. Me faltó revisarlo una última vez, ya no podía demorar más tiempo en publicarlo.
Pero bueno…
A todos los que leyeron hoy... GRACIAS
