II

Año 845

—Eso es… Pásalo con cuidado por debajo y ahora enróllalo alrededor de la extremidad con fuerza, tal y cómo has hecho antes.

Fruncí el ceño mientras seguía las instrucciones que la sanadora me iba dando con cuidado. Resultaba difícil mover un cuerpo más pesado que el mío, pero, poco a poco, descubrí que había ciertos trucos que me podrían facilitar el trabajo.

—¿Podrás terminar tú sola? —asentí, aún concentrada en mi tarea—. Bien. Cuando termines lava a ese paciente y, después, coloca los restos que tienen nombre en sus respectivas cajas para poder entregárselos a sus familias. Cuando termines, podrás irte.

No respondí. Tampoco fue necesario porque aquel era mi trabajo, así que la mujer dio media vuelta y se marchó de allí, posiblemente para atender a otros pacientes que revestían mayor gravedad.

Una vez terminé de vendar la herida de aquel paciente, me dirigí a la cama contigua, donde un hombre yacía inconsciente desde hacía un par de días. Sus contusiones habían comenzado a sanar y lucían un mejor aspecto, pero los golpes que había recibido en la cabeza y en la espalda, unidos a la abundante pérdida de sangre, habían provocado que no diera señales de despertar en algún momento.

Llené un barreño con agua caliente antes de desvestirle y, después, tomé una esponja para lavar su cuerpo. No era una tarea cómoda tener que bañar a personas que, sobre todo, tenían mucha más edad que yo, pero había terminado acostumbrándome y, sobre todo, aprovechaba aquellos momentos para despejar mi mente o pensar en otras cosas.

Habían pasado unos tres días desde que la humanidad recordó por qué estaba tras aquellas murallas. Un titán de unos sesenta metros se había aparecido en el Distrito de Shiganshina y había hecho un agujero en el muro, permitiendo la entrada de numerosos titanes que arrasaron con gran parte de la población. La evacuación, sin embargo, parecía estar resultando un éxito, a pesar de las bajas, pero otro titán apareció para destruir el muro y se terminó perdiendo la Muralla María. La población se vio reducida considerablemente, pero aquellos que sobrevivieron se vieron confinados en Rose, donde la sobrepoblación estaba volviéndose insostenible. Desde entonces, el ambiente seguía cargado de una extraña sensación de muerte y terror, pues el miedo a que pudiera repetirse tal experiencia persistía.

Todas las tropas habían sido llamadas para ayudar en Shiganshina, ya que, tras pasar mucho tiempo en las murallas, las expediciones de las Tropas de Reconocimiento habían sido aprobadas de nuevo y, en aquel momento, se encontraban fuera. Esas importantes ausencias incluyeron en la operación a los reclutas. A punto de terminar su entrenamiento, muchos se vieron superados al estar rodeados de tantos titanes. La práctica de los entrenamientos no había proporcionado la experiencia necesaria para algo así y muchos de mis compañeros habían muerto.

Yo, por mi parte, se podía decir que había tenido suerte, ya que no tuve que ver morir a ninguno de mis compañeros. Ser una de las pocas reclutas que sabía de medicina supongo que tenía sus ventajas y consideraron que, a pesar de que mis habilidades eran extraordinarias, sería mucho más útil curando que matando titanes. Estaba resultando una experiencia horrible, pero, a la vez, me sentía afortunada por poder estar poniendo en práctica algo que me apasionaba tanto. ¿Egoísta, verdad? Por supuesto que llegué a considerarme una persona horrible, pero, cuanto más aprendiera, más personas podría salvar en un futuro y eso también me reconfortaba.

Leí con cuidado los nombres que había en las diferentes cajas colocadas a lo largo de una mesa y me prometí que jamás los olvidaría. Todos los soldados a los que había estado curando y todos esos restos que ahora estaba manipulando eran personas que habían dado su corazón por la humanidad y no podía permitir que su valor y su esfuerzo fuera en vano. Al principio resultaba desagradable tener que colocar en las cajas cadáveres desmembrados o restos con los que no se podía formar ni la mitad de un cuerpo humano, pero, finalmente, la tarea terminó convirtiéndose en una más para mí.

Cerré con cuidado la última caja y, con buena caligrafía, escribí el último nombre sobre ella. Se trataba del cuerpo de un chico de las Tropas Estacionarias que debía haber tenido la mala suerte de estar destinado a esa parte del muro justo en un día como aquel. No contaba con más de diecinueve años y aquello me hacía tener ganas de vomitar. En cualquier momento podría ser uno de mis amigos.

Emití un suspiro y me estiré. No sabía qué hora sería exactamente, pero, seguramente, la hora del almuerzo ya se habría pasado.

—¿Todavía sigues aquí? —preguntó otra de las sanadoras.

—Sí, pero ya he terminado por hoy.

—Vete de una vez. Mañana tenéis el examen de acceso y tenéis el último entrenamiento dentro de unos minutos. No quiero que el instructor me regañe porque no completáis vuestra formación.

Sonreí mientras me encaminaba a la puerta.

—¡Por cierto, _ _ _ _! —me giré al escuchar que la mujer me llamaba de nuevo—. Buen trabajo.

Asentí y salí por la puerta colocándome la chaqueta. Atravesé gran parte de la zona habilitada para los heridos que había en el cuartel, donde saludé a médicos, enfermeros e incluso heridos que ya estaban acostumbrados a verme ayudar.

Avancé por los pasillos a gran velocidad, no sin antes detenerme en la cocina, donde uno de los cocineros me lanzó una manzana cuando le pedí algo de comida. No había llegado a mi hora, así que tendría que esperar a la cena para llevarme algo al estómago, ya que no hacían excepciones con nadie. Los horarios eran los que eran.

—¡Ya era hora!

Mara me esperaba al otro lado del patio, desde donde me hizo señas con el brazo para que me acercara hasta ella. La chica puso los brazos en jarras y me observó con resignación mientras chasqueaba la lengua.

—¿Qué? —pregunté inocentemente dando un bocado a la manzana.

—Tienes un aspecto horrible. ¿Cuánto tiempo más vas a ayudar?

—El que sea necesario. Tuve la suerte de no tener lo que ver lo que sucedió en Shiganshina, es lo menos que podía hacer.

La chica se rascó la nuca y asintió, pues no podía más que admitir que yo tenía razón. Ella, en cambio, sí que había tenido que ir hasta allí para ayudar y lo que había visto le había horrorizado.

Mara Theiss era mi mejor amiga prácticamente desde el primer día de entrenamiento. Era una chica tremendamente delgada, pero con una elasticidad y una destreza admirables. Ella era el claro ejemplo de que las apariencias engañaban, pues lucía siempre un aspecto infantil. Su media melena castaña y sus grandes ojos ambarinos destilaban inocencia.

—Date prisa en comerte esa manzana o el instructor nos regañará cuando vea que no estamos haciendo nada.

Asentí mientras daba varios bocados seguidos a la fruta, llenando toda mi boca, por lo que apenas podía masticar. Tiré los restos a un lado y me alejé de ella, poniendo mis puños en posición. Tanto Mara como yo encontrábamos aquellas peleas cuerpo a cuerpo absurdas. Si algún día nos topábamos con algún titán no nos iba a servir de nada, aunque, como las dos aspirábamos a entrar en la Policía Militar, aquello cobraba mucho más sentido. Quizá yo nunca viera a ninguna de aquellas bestias y eso era un alivio. Había escuchado las historias de los compañeros que habían regresado de Shiganshina y me aterrorizaba la idea de estar frente a alguna de aquellas cosas.

Mara fue la primera en atacar. Mi amiga lanzó su puño contra mí y yo lo esquivé como pude. Era rápida, así que siempre tenía que estar más atenta de lo normal a cada uno de sus movimientos. Tenía, además, el dudoso don de engañar a las personas con facilidad, así que utilizaba ciertas trampas para ganar aquellas peleas cuerpo a cuerpo, especialmente cuando peleaba con alguien más grande que ella, aunque ese no fuera el caso.

Debo admitir que no estaba en mis plenas facultades aquel día. Había tenido que levantarme más temprano de lo normal para ayudar con los heridos y no había comido nada desde el desayuno. No obstante y como ya venía siendo habitual, gané a Mara. Pocos eran los que podían hacerme frente en cualquiera de las destrezas que habíamos aprendido durante aquellos años y, por eso, muchos me consideraban una plaza fija para la Policía Militar.

En uno de los ataques de Mara, me giré levemente para golpear justo detrás de sus rodillas, haciendo que sus piernas se doblaran. Entonces, me di la vuelta y le pateé la espalda para, después, aferrar su cuello con ambas manos.

—Y, así, estarías muerta —le dije al oído aguantando la risa mientras la escuchaba soltar toda clase de improperios.

Solté mi agarre y le di un poco de espacio para que se pusiera en pie. Daba igual las veces que peleáramos, Mara parecía no cansarse de perder en cada una de ellas. Era como una guerra personal y no descansaría hasta obtener, al menos, una victoria.

—_ _ _ _ —las dos nos giramos para ver al instructor acercarse hasta nosotras. Las dos nos miramos interrogantes, pues lo único que podíamos esperar era una regañina por su parte y no recordábamos haber hecho nada malo—. Han venido a verte.

Sentí un pinchazo en el estómago y sentí cómo mi respiración se aceleraba. Nadie nunca venía verme. De hecho, los reclutas nunca recibían la visita de nadie, así que aquello me preocupaba. Mara me siguió de cerca, aunque caminando a una distancia prudente. Sabía que aquello no tenía nada que ver con ella, pero podía leerse en su rostro que también pensaba que algo no estaba bien.

Un hombre rubio y musculoso estaba de pie frente a una de las cabañas de madera. Cuando me acerqué hasta él, su rostro se ensombreció. ¿Y si le había pasado algo a mi hermano o a mi madre? No obstante, a medida que me fui acercando, la vi. La insignia con las alas de la libertad. Y eso solo podía significar una cosa.

—¿Eres _ _ _ _ - _ _ _ _? —me preguntó el hombre una vez me puse a su altura, a lo que yo asentí—. Soy el comandante Erwin Smith.

Un momento... ¿Comandante? ¿Erwin Smith? El que él estuviera allí significaba que la Legión de Reconocimiento había regresado y los reclutas no habían tenido noticias de ello. ¿Qué había pasado entonces con Keith Shadis?

—El día de la caída de la Muralla María regresamos de nuestra última expedición— continuó el nuevo comandante de las tropas—, pero me temo que hubo demasiadas bajas… —Erwin me tendió una prenda de color verde perfectamente doblada, pero las manchas de sangre seguían siendo visibles—. Tu padre fue un excelente capitán. Su nombre no será olvidado…

Si Erwin Smith iba a decirme algo más, no lo tuve en cuenta, pues, tras escuchar aquellas palabras, todo lo que había a mi alrededor se desvaneció y solo me apetecía correr. Mis piernas se movieron solas y, a lo lejos, me parecieron escuchar los gritos de Mara, mientras las miradas del resto de mis compañeros se posaban sobre mí.

Caí de rodillas en el suelo, ya lejos de la zona de entrenamiento. Sentía que me faltaba la respiración, por lo que me quité la chaqueta y desabotoné con dificultad mi camisa. Mi cuerpo convulsionaba mientras luchaba por dar bocanadas de aire que pudieran llenar mis pulmones, pero mi garganta estaba completamente cerrada.

Intenté resistirme al agarre de alguien que me había abrazado por detrás, mientras seguía retorciéndome en el suelo por el dolor y, entonces, me permití romper a llorar. Mis ojos se llenaron de lágrimas que se amontonaban resbalando por mis mejillas y pequeños gritos ahogados se escapaban de mi garganta.

—Estoy aquí contigo —la voz de Mara sonó en mi oído—. Estoy contigo —mi amiga me acarició el pelo—. Respira, _ _ _ _. Respira.

Poco a poco, me fui tranquilizando y la ansiedad pasó a un llanto silencioso. No sé cuánto tiempo pasamos así, de rodillas en el suelo abrazadas, pero sí sé que el suficiente como para que algunos destellos naranjas comenzaran a manchar el firmamento.

—Lo siento mucho —dijo Mara tras tanto silencio.

—¿Sabes qué es lo más absurdo de todo? Que no sé por qué estoy llorando por su muerte.

—Era tu padre al fin y al cabo —respondió Mara tras dar un suspiro.

Mara era una de las pocas personas entre mis compañeros que conocía mi historia. La otra era Elric Kittel, un chico alto y fortachón, de cabello castaño claro despeinado y sonrisa picarona que volvía locas a las chicas, aunque claramente a Elric no le interesaban esas otras chicas, sino yo.

Aquellos tres años que habíamos pasado juntos nos habían servido para conocernos mejor y, aunque el grupo lo completaban Alphonse Wilder y Maverick Fenske, Mara, Elric y yo habíamos desarrollado unos lazos mucho más fuertes. Tras conocer mi historia, los dos se habían comprometido a entrar en la Policía Militar conmigo y, desde entonces, nos habíamos estado esforzando muy duro para ello.

Por eso, porque juntos habíamos compartido muchas cosas, me permitía ser más vulnerable con ellos. Nunca me había asustado mostrar mis emociones a los demás, de hecho más bien solía ser un libro abierto, pero con ellos era diferente. Con ellos podía permitirme ser débil y, por eso, Mara fue la que me llevó hasta las habitaciones, de donde no consiguió sacarme el resto del día. No asistí al último entrenamiento ni tampoco a la cena. No sé qué pasó con Erwin Smith y mucho menos sé qué paso con la capa que me había traído de mi padre. Dudaba que todos los miembros de las tropas hicieran aquello, especialmente el comandante, comunicar a un familiar la muerte de alguno de sus miembros. Supongo que habría habido algo especial con la muerte de mi padre, pero, de ser así, tampoco me apetecía saberlo.

¿Qué iba a hacer ahora mi madre? Podría imaginármelo, cuando hubieran aparecido en casa un par de soldados para darle la noticia. Siempre habíamos contado con la ayuda de mi padre, a pesar de que no estaba nunca en casa, pero ahora era diferente. Ahora tenía mucha más presión porque eso significaba que no podía fallar en el examen del día siguiente. No me lo podía permitir.

La puerta de la habitación sonó y unos pasitos se escucharon hasta que noté cómo alguien se sentaba al borde de mi cama.

—¿Te encuentras mejor? —me preguntó Mara, pero yo no respondí—. ¿Quieres comer algo?

—No —dije finalmente solo por cumplir.

Varios toques sonaron a continuación en la puerta de la habitación. Mara se levantó y la entreabrió, dando un suspiro cuando vio quién se encontraba al otro lado de la perta.

—Vete, Elric —dijo mi amiga—. Claramente no quiere ver a nadie.

—¿Y a ti sí? —respondió el chico de mala manera.

—Yo soy su mejor amiga.

—Y yo su amigo —se escuchó un golpe seco—. Déjame pasar de una maldita vez.

Desde mi cama escuché a Mara refunfuñar, pero, tan pronto como los pasos de Elric se unieron a los suyos, ésta cerró la puerta. Levanté la vista para toparme con los ojos azules de Elric sobre mí y, cuando nuestras miradas se encontraron, éste sonrió.

—Ya me he enterado. Todo el mundo está hablando de lo mismo —dijo el chico rascándose la nuca—. Maverick y Alphonse no han querido venir. Decían que lo mejor era dejarte sola.

—Ellos siempre con dos dedos de frente. No como alguien que yo me sé.

—Cállate, Mara —bufó Elric—. Vengo porque…

—¿Qué pasó con Erwin Smith?

Mis dos amigos dejaron de discutir cuando les hice aquella pregunta y me miraron interrogantes. Yo me coloqué boca arriba para poder ver mejor sus expresiones de incredulidad.

—¿Erwin Smith?

—Dijo algo de que era el nuevo comandante de las tropas de reconocimiento, ¿verdad? —asentí ante la pregunta de Mara.

—¿Nuevo comandante? ¿Estás de coña? ¿Es que Shadis ha muerto en la última expedición?

—No, Elric —Mara hizo una pausa— He preguntado a varios superiores y solo me han dicho que ha dimitido, ya que, al parecer, no me pueden dar más información al respecto. No ha debido de ser una expedición muy favorable…

—¿Y ese tal Smith es el nuevo comandante?

—Eso parece —Mara se encogió de hombros—. Pregunté al instructor si había dejado la capa de tu padre o algo más, pero me dijo que no. Simplemente se marchó cuando tú saliste corriendo.

—Quizá se la llevara para entregársela a tu madre. Así tendrá algo que enterrar.

—¿¡Pero cómo eres tan bruto!? —Mara golpeó con fuerza a Elric entre protestas.

—¡Perdón, perdón! Lo he dicho sin pensar. No iba con mala intención.

—No hace falta que jures que ha sido sin pensar, cabeza hueca.

Yo suspiré, ignorando que mis dos amigos se habían enzarzado en una nueva discusión. Mara y Elric solían pasarse el día discutiendo, la gran mayoría del tiempo por tonterías. Sus personalidades chocaban demasiado, pero eso no significaba que no se quisieran. Se protegían y se defendían mutuamente.

Yo, por mi parte, no entendía por qué me había afectado tanto la muerte de mi padre. Quizá sería porque, a pesar de que llevábamos más diez años sin hablarnos, él seguía siendo aquel héroe al que aspiraba convertirme algún día.

No obstante, mis pensamientos se posaron en mi familia por enésima vez. Me imaginaba la situación en casa. Mi madre, rota por el dolor, tenía que fingir que todo iba bien frente a mi hermano. Éste ya tenía catorce años, pero ella no dejaba de tratarle a veces como si fuera un bebé y tampoco la culpaba. La mayoría de las acciones de Ezra era las de un niño de uno o dos años.

—Escúchame, _ _ _ _ —Elric me obligó a incorporarme.

—¿¡Qué crees que estás haciendo!? —protestó Mara.

—Mañana vas a brillar —el chico ignoró a Mara—. Vas a hacer el mejor examen de acceso que nadie haya hecho. Eres buena. Eres la mejor de esta promoción y todos los sabemos. Cumplirás con las expectativas y serás la número uno de nuestra promoción. Reclamarás tu plaza en la Policía Militar y podrás darles a tu madre y a tu hermano la vida que se merecen.

Tras terminar aquello, Elric me estrechó entre sus brazos. Fue una sensación cálida y reconfortante, algo que no había sentido en mucho tiempo, quizás desde que me uní al Ejército de la Humanidad. Mis ojos se cristalizaron, pero me mantuve inmóvil, dejando que fuera él el que llevara toda la iniciativa. Al no obtener respuesta, Elric se separó finalmente de mí, mirándome con cierto aire de tristeza y decepción, pues esperaba también algo por mi parte. El chico se puso en pie y caminó hacia la puerta.

—Buenas noches, Mara —se despidió, colocando cariñosamente su mano sobre el hombro de mi mejor amiga.

Mara suspiró y yo me di la vuelta en la cama, quedando de cara a la pared.

Durante las siguientes horas, el resto de mis compañeros de habitación fueron entrando y metiéndose en sus respectivas camas. Ninguna de ellas me dijo nada, aunque podía notar sus miradas sobre mí y sus cuchicheos dado que, según había dicho Elric, la noticia ya era conocida por todos.

No pasé una buena noche, ya que estuve todo el rato dormitando sin llegar a conciliar el sueño por completo. A lo largo de toda la noche, me despertaba entre sobresaltos y sudores, así que, a la mañana siguiente, sentía todo mi cuerpo agotado.

Durante el desayuno, Maverick y Alphonse se interesaron por mí, pero no quisieron seguir insistiendo. Les dije que todo estaba bien, aunque las grandes ojeras que había bajo mis ojos indicaban todo lo contrario. No podía hacer que todos se preocuparan por mí. Íbamos a tener el examen en un par de horas y todos tenían que dar lo mejor de sí mismos. No obstante, ese no fue mi caso. Creo que nunca he usado peor el equipo de maniobras tridimensionales y nunca he cortado las nucas de aquellos titanes de madera tan mal. Durante el examen, intenté sobreponerme, centrarme en lo que estaba haciendo, pero aquello solo terminaba por agobiarme más.

El instructor me llamó cuando todos nos alejábamos del lugar del examen. Mis amigos se detuvieron también, pero el instructor les hizo un gesto para que siguieran avanzando. Yo me mordí el labio, pues ya sabía lo que me iba a decir. Había sido un fracaso y lo peor es que no había sido capaz de decirles a mis amigos que mi examen había sido un desastre.

— ¿Puedo saber qué demonios te ha pasado? Tus habilidades excepcionales mostradas durante el entrenamiento te daban como firme candidata a una de las diez plazas para la Policia Militar —me preguntó fulminándome con la mirada. Yo no respondí. Simplemente miré al suelo presa de la vergüenza, así que eso no hizo más que encender a mi instructor—. Entiendo que la muerte de tu padre haya sido un duro golpe, pero para ser soldado hay que estar por encima de eso. Verás a mucha gente a la que aprecias morir. Empieza a acostumbrarte a ello.

Mis ojos se cristalizaron, pero conseguí retener las lágrimas. El instructor pasó por mi lado sin decirme nada más y yo me quedé ahí de pie, durante varios minutos, sin moverme de mi sitio. Me sentía profundamente decepcionada conmigo misma. Había prometido entrar a la Policía Militar, proporcionar la mayor seguridad posible a mi familia. Si sucedía en Klorva algo parecido a lo que había pasado en Shiganshina no me lo perdonaría nunca.

—¿Qué ha pasado?

Me preguntó Elric cuando estuve de vuelta en el comedor. Simplemente me encogí de hombros, quitándole importancia, pero pudo notar las miradas de preocupación de mis cuatro amigos sobre mí. Sabían que algo no estaba bien.

No tardaron en descubrir la verdad. Yo no estuve entre los diez mejores de la promoción y fue finalmente Elric el que ocupó aquel puesto. El resto de mis amigos, afortunadamente, sí que consiguieron estar entre los mejores, así que sentí cierto alivio al saber que ellos sí podrían estar a salvo.

Ahora yo tenía que decidir: las Tropas Estacionarias o la Legión de Reconocimiento. Era extraño, pero mi corazón me decía que debía seguir la senda de mi padre, que las alas de la libertad tendrían la respuesta a ese vacío que sentía en mi interior. Sin embargo, mi cabeza me repetía una y otra vez que lo que tenía que hacer era vivir por mi madre y mi hermano y la opción más cómoda era ingresar en las Tropas Estacionarias.

Durante el día, Elric y Mara parecían estar evitándome. Solía encontrarles en el pasillo, cuchicheando a escondidas y aquello me preocupaba. Sentía que ellos estaban tan decepcionados conmigo que no se atrevían ni a dirigirme la palabra. Pasé el día en compañía de Maverick y Alphonse, quienes habían comunicado a nuestros superiores su decisión de aceptar su derecho a una plaza en la Policía Militar. Yo me alegré por ellos y les deseé lo mejor. Ellos no me preguntaron cuál sería la decisión que quería tomar, seguramente porque consideraban que sería incómodo hablar para mí de la gran decepción que había resultado ser para el ejército, así que estuvimos recordando los grandes momentos que pasamos todos juntos a lo largo de aquellos tres años, como cuando Elric se cayó de culo sobre unas ortigas y estuvo durante días con picores porque no quería que yo le tratara o cuando Alphonse se rio tanto durante una comida que los fideos se le salieron por la nariz. Nuestros caminos se separaban y no sabríamos cuándo volveríamos a vernos de nuevo. Esa era la parte más triste de todo.

No fue agradable comunicarle a mi superior que me había decantado por las Tropas Estacionarias sin ni siquiera haber escuchado el discurso que tenía preparado el nuevo comandante de la Legión de Reconocimiento, Erwin Smith. Creo que todos esperaban que tomara la decisión de colocar las alas de la libertad a mi espalda, pero mi cobardía en aquellos momentos me impedía ver más allá.

—¿Qué hacéis los dos aquí? —pregunté cuando vi a Mara y a Elric en la habitación de las chicas—. Estáis actuando muy raro.

Los dos se miraron entre ellos y, después, clavaron sus ojos sobre mí. Yo tragué saliva, incómoda por sus expresiones.

— No vamos a entrar en la Policía Militar —confesó Mara—. Llevamos todo el día hablando de ello y, si tú no entras, nosotros tampoco. Ya lo hemos comunicado a nuestros superiores. Iremos adónde tú vayas.

Me quedé callada unos segundos para apretar mis puños con fuerza. Iba a estallar.

—¡¿Pero en qué demonios estáis pensando!? ¡Sois buenos! ¡Sois brillantes! Yo he cometido un error que debo pagar y eso haré. No voy a permitir que desaprovechéis esta oportunidad. ¡No merece la pena! Quizá os dejen volver y no es demasiado tarde... ¡No os quedéis conmigo! ¡He sido un fracaso! ¡Soy débil!

—¡Cállate! —Elric dio un paso al frente y frunció el ceño— ¿Crees que no sabemos que esto es un paso atrás para nosotros? ¿Tan idiotas nos consideras?

— Elric… —Mara intentó calmarle, pero éste levantó su mano para que le dejara continuar.

—Tú y Mara fuisteis las primeras personas que conocí aquí. Fuisteis mis amigas durante todo este tiempo y me conocéis mejor que nadie. Sabéis cosas de mí que no he contado a nadie y sé que yo sé cosas de vosotras que nadie conoce —el chico hizo una pausa—. Cuando terminamos el primer año de entrenamiento prometimos que estaríamos juntos siempre y eso es lo que vamos a hacer. Eres nuestra amiga y nos da igual que hayas hecho, posiblemente, el peor examen de la historia. Hicimos una promesa, _ _ _ _. No vamos a romperla ahora.

—Sois unos idiotas —dije, aguantando las ganas de llorar.

—Además, las Tropas Estacionarias no estarán tan mal, ¿no? —añadió Elric sonriendo.

Una lágrima cayó por mi mejilla. Intenté limpiarla rápidamente, pero tanto Elric como Mara se dieron cuenta de que estaba aguantando las ganas de llorar, así que los dos me abrazaron. Rompí a llorar. No les merecía. No merecía unos amigos así y mucho menos que ellos desaprovecharan una oportunidad así, pero supongo que ellos también creían que no estaban hechos para la Policía Militar.

Juntos recibimos los uniformes de las Tropas Estacionarias y juntos asistimos a la primera charla informativa que recibimos como nuevos miembros. Fue en aquella ocasión cuando le vi, el hombre de cabello rubio que había llegado junto a Maurice, el panadero, y el médico que atendió a mi hermano. Él fue el que me palmeó cariñosamente en la cabeza aquel día y me dijo que había sido valiente. Por eso, cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí una extraña sensación oprimiendo mi pecho.

Debía ser el destino, que jugaba conmigo a placer, pero terminé estando bajo sus órdenes. Él se convirtió en mi capitán y en una de las personas a las que más aprecio he tenido durante toda mi vida. Él fue algo así como un segundo padre. Con él compartí todo lo que había sucedido desde aquella fatídica noche y así fue como conseguí también su consentimiento para poder escaparme a Klorva siempre que quisiera para ayudar en mi casa, pero también donde realizaba mis funciones como miembro de las Tropas Estacionarias la mayoría del tiempo. Él, por su parte, me habló de su familia, de cómo su mujer fue salvada de su enfermedad por un doctor con el que, desde entonces, estableció unos grandes lazos de amistad. Él había intentado proteger a su familia, pero había fracasado durante la caída de Shiganshina y la mujer del aquel doctor había terminado siendo devorada frente a los ojos de su propio hijo, quien ingresaría dos años después como recluta debido a que bajaron la edad de entrada al ejército tras la enorme sobrepoblación que supuso la caída de la Muralla María.

Quizá eso fue lo que nos unió tanto, nuestra constante sensación de fracaso. Sin embargo, él fue uno de los mejores maestros que he tenido, aunque su afición por el alcohol me sacó más de una vez de mis casillas.

Cinco años después, todo mi universo sería revolucionado por el hijo de aquel doctor del que Hannes tanto hablaba y tanto se acordaba. El Distrito de Trost sería atacado por el que fue apodado el Titán Colosal. Aquel día, un joven pudo transformarse en titán. Eren Jaeger, el hijo del doctor. Yo no le conocería a fondo hasta unos meses después, cuando la reaparición de ambos titanes por tercera vez nos reuniera a todos para pelear por una causa común. Fue entonces cuando él cambio mi modo de ver las cosas y creo que nunca estaré a Eren lo suficientemente agradecida. Él me dio una razón para luchar y, aunque a veces el dolor de la pérdida y la incertidumbre era insoportable, conocí a alguien que hizo que todo eso mereciera la pena.


¡Hasta aquí el segundo capítulo! Espero que os haya gustado.

Muchas gracias por la review y también gracias a Deisumi-chan por haber comenzado a seguir esta historia. Tal y como dije, pretendía hacer los capítulos mucho más largos que el primero, así que he cumplido jaja En el próximo capítulo habrá otro salto temporal, esta vez al año 850 y, concretamente, al asalto al Distrito de Trost para, poco a poco, retomar un poco la historia original, aunque añadiré ciertas cosas de mi propia cosecha que espero sean de vuestro agrado.

Espero vuestros comentarios, sugerencias, opiniones y críticas, siempre constructivas. Escribo esta historia para todo aquel que quiera leerla, así que saber vuestra opinión es muy importante para mí con el objetivo de seguir mejorando.

¡Nos leemos!