III

Año 850

Ordené cuidadosamente los papeles y guardé la tinta y la pluma que había estado utilizando para terminar los últimos informes sobre las murallas. No era necesario completar exhaustivas revisiones a los muros, pero, dado que el trabajo en las Tropas Estacionarias era aburrido y repetitivo y como nadie quería hacer el trabajo del papeleo, era algo de lo que yo solía encargarme.

Cogí mi bolsa de tela, donde guardé una carpeta con el informe y los dos libros de medicina que compré hacía un par de semanas y que seguía estudiando con ahínco. Después, tomé un par de cosas que necesitaría para mi día a día y salí de la habitación.

—¿Ya has terminado? —preguntó mi madre asomando su cabeza por el quicio de la puerta del salón.

—Sí. Me voy a ir ya —respondí, dejando la bolsa sobre el sillón. Ezra me miraba con atención y, cuando me acerqué a por mi chaqueta, me aferró del brazo con fuerza— Tengo que irme, Ezra. No puedo estar eternamente aquí.

Si algo bueno tenían las Tropas Estacionarias es que podía pasar más tiempo con familia. Solía pasarme unos días cada dos semanas, no solo para visitarles, sino también para ayudarles. Normalmente, Hannes se encargaba de que todos mis trabajos tuvieran que hacerse en Klorva, donde también aprovechaba el tiempo para revisar los muros, la munición y el estado de los cañones.

—Toma —mi madre salió de la cocina con un enorme paquete.

—¿Qué demonios es eso?

—Son bollos para las tropas, como siempre. Pero asegúrate de que Elric, Mara y Hannes los coman.

Yo sonreí mientras cogía el enorme paquete. Era mucho más pesado de lo que parecía, pero estaba convencida de que todos apreciarían el detalle de mi madre cuando llegara al pequeño cuartel de nuestro distrito. A mi madre le gustaba cocinar para otros y, en especial, le gustaban las visitas de mis amigos, pero, en aquella ocasión, no habían podido acercarse a casa para pasar unas horas con nosotros, así que, cuando eso sucedía, siempre se aseguraba de prepararles algo.

—Mamá, asegúrate de que Ezra haga sus ejercicios —comenté tras abrazar a mi hermano. Éste negó con la cabeza, intentando disuadir a nuestra madre, así que puse los brazos en jarras—. Sé que te duele, enano, pero hay que hacerlo.

—Me parece cruel —susurró mi madre, pero aún así pude escucharlo.

—Lo sé… —suspiré— Pero hemos estado haciendo las cosas mal durante muchos años. Hemos dejado que Ezra se acostumbre a no hacer nada, por lo que sus músculos no se han desarrollado y eso solo le provoca dolores. Están muy bien sus tratamientos para prevenirlos, pero si le obligáramos a moverse y a reactivar sus articulaciones todo sería más fácil.

—Has avanzado mucho en tu investigación —sonrió mi madre.

—Sí, bueno, pero ese no es el punto —añadí cruzándome de brazos—. Ya sabes cómo son sus series. Debes moverle brazos y piernas, darle masajes para activar su circulación y, después, debes obligarle a levantarse y ponerse en pie para que intente caminar. ¿Lo harás?

—Sí, sí —accedió mi madre, dándome unas palmaditas en la cabeza.

—Sabes que me enteraré si no lo haces.

—¿Quieres irte de una vez? —me dijo poniendo los brazos en jarras y frunciendo el ceño, a lo que yo respondí con una carcajada.

Habían pasado cinco años desde el fallecimiento de mi padre y aún seguía sorprendiéndome cómo parecía que todo seguía igual en mi familia. No asistí a su funeral, a pesar de que me dieron un permiso especial. No obstante, lo que sí hice es ir a visitar a mi madre y a mi hermano un par de días después. Quizás los primeros días vi a mi madre mucho más callada y distraída que de costumbre, pero pronto volvió a ser la de siempre. Ella se dio cuenta de lo que pasaba por mi mente. ¿Cómo era posible que pudiera rehacerse tan rápido de algo así? Lo que me respondió fue simple: era ella la que había elegido casarse con mi padre, aún a sabiendas de lo peligroso que era su puesto. Llevaba muchos años preparada para un día como aquel.

Me despedí de nuevo de ellos y me perdí entre la multitud que abarrotaba nuestra calle, dejando atrás a mi madre, quien me despedía desde la puerta diciéndome adiós con su mano.

Habían cambiado muchas cosas desde el año 845 y yo era una de ellas. Creo que las Tropas Estacionarias era lo que necesitaba para poder ser yo misma. Sin embargo, en ellas no encontraba la felicidad plena, a pesar de que mi orgullo me impedía reconocerlo.

El sonido de la suela de mis botas resonó por el pasillo del cuartel. A lo lejos, podía escuchar varias voces masculinas y rodé los ojos. Casi podía visualizarles, jugando a las cartas y bebiendo aquel repugnante alcohol cuyo olor se pegaba en cualquier parte.

—¡Mirad quién ha vuelto! —gritó Farman al verme, ya que estaba sentado justo frente a la puerta. El resto de hombres que le acompañaban se giró para saludarme.

—Llevábamos días sin verte.

—Ya veo que las cosas siguen igual por aquí —comenté aproximándome a ellos—. Seguís igual de vagos que siempre.

—¡Eh! Es injusto que digas eso. Yo te ayudo siempre con la revisión de la muralla —protestó Elric. Mi amigo estaba sentado en el extremo más alejado de la mesa. En aquellos cinco años, era el que más había cambiado de nosotros. No solo había crecido, sino que su cuerpo se había vuelto mucho más musculoso y se había dejado crecer su cabello castaño, luciendo una media melena.

—¿Piensas beber ese veneno? —pregunté, dejando el paquete que mi madre había preparado sobre la mesa.

—Ya sabes que no. Yo no bebo.

Todos los hombres que le acompañaban comenzaron a reírse. Elric solía ser objeto de bromas entre los miembros de nuestro escuadrón de las Tropas Estacionarias, dado que su interés en mí era evidente para todos, excepto para mí.

—¿Qué llevas ahí? —Preguntó Truman, un hombre cerca de los cuarenta y con gafas.

—Regalo de mi señora madre —respondí, quitándole el envoltorio y dejando, así, los bollos a la luz. Todos los hombres abrieron la boca de par en par por la sorpresa y extendieron sus manos para coger uno, levantando un gran alboroto—. ¡De uno en uno! —grité, intentando poner algo de orden.

—Tienes que darle las gracias a tu madre por estas bendiciones —respondió un chico joven de cabello negro llamado Gus y que había sido una de las últimas incorporaciones a las tropas.

—No os acostumbréis mucho —protesté, mientras recogía el paquete.

—¡Eh! No te lo lleves —protestó Elric, todavía disfrutando de uno de los bollos de mi madre.

—Te guardaré uno, pero tienen que quedar para el capitán.

—¿Sigues haciendo méritos para ganarte su favor, _ _ _ _? —me preguntó Farman con una sonrisa de medio lado que iba con segundas.

—Solo hago mi trabajo —respondí frunciendo el ceño. Sabía lo que significaba aquella sonrisa—. Mientras tú estás aquí, jugado a las cartas y bebiendo, yo patrullo las calles y reviso las murallas. Después, Farman, tendrás la poca decencia de decirles a todos a mis espaldas que le hago ciertos favores a nuestro capitán para que me prefiera a mí antes que a ti, tú que llevas tantos años en las tropas —dramaticé—. Si el capitán me prefiere a mí como su segunda es porque no tengo mi culo plantado a todas horas sobre esta mierda de bancos de madera.

Un silencio se estableció en la habitación. El rostro de Farman estaba rojo por la ira y apretaba los puños intentando contener todo el río de insultos e improperios que estaban pasando por su cabeza. Yo miré a Elric, quien me guiñó un ojo y me dedicó una sonrisa de medio lado. Yo respondí con otra sonrisa discreta y recogí el paquete para dirigirme hasta el despacho de Hannes.

Toqué la puerta un par de veces y, antes de obtener respuesta, la abrí lentamente. Hannes estaba sentado al otro lado del escritorio, donde había apoyada una botella de licor. Sus mejillas estaban ligeramente sonrosadas y, cuando se percató de mi presencia, extendió los brazos hacia mí en bienvenida.

—Hannes-san, ¿cuándo piensa dejar de beber? —pregunté dejando mis cosas a un lado y comenzando a recoger su escritorio.

—Sabes que la vida aquí es muy aburrida.

—¿Por qué no prueba a hacer entonces su trabajo?

—Te echaba de menos, pero odio tus sermones —respondió rascándose la nuca.

Yo suspiré y me senté en la silla libre que había justo frente a él. Primero coloqué sobre la mesa el paquete de mi madre y le mostré los bollos, a los que Hannes miró con atención.

—Los ha hecho mi madre. Debería comer uno. Si va a beber, por lo menos hágalo con el estómago lleno.

Hannes gruñó, pero, aún así, me hizo caso y tomó uno de los bollos.

—¿Cómo están las cosas por tu casa?

—Bien. Comencé a probar en Ezra los ejercicios en los que pensé para mejorar su calidad de vida y tenía razón. Le están costando y son dolorosos, pero hicimos mal en no obligarle a moverse. Llevamos diecinueve años de retraso, pero sé que poco a poco comenzará a moverse solo. Quizás no camine completamente erguido y sus andares serán torpes, pero espero que no tenga que ser constantemente llevado de un sitio a otro por mi madre o por mí.

—Eso es bueno.

—También he completado esto —rebusqué en mi bolsa de tela, de donde saqué la carpeta con los informes. Se los entregué a Hannes y éste los echó un vistazo para, después, mirarme perplejo.

—¿Es esto lo que creo que es?

—Sí, señor. Es el informe trimestral que debemos entregar de las murallas. Me he encargado personalmente del de Klorva. Ya puede mandárselo al comandante Pixis para que lo revise.

—Me dejas de piedra. Creo que tú podrías ocupar mi puesto sin problemas —Hannes rompió a reír a carcajadas.

—No diga tonterías, señor —mis mejillas se encendieron por la vergüenza—. Solo me gusta hacer mi trabajo.

—Esos de la Policía Militar perdieron a una gran recluta.

Yo sonreí. El episodio de mi terrible examen estaba completamente superado. Pasé unos malos días tras aquello, pero tan pronto como me hice a las Tropas Estacionarias, todos mis problemas se esfumaron. Al fin y al cabo, tomé la decisión que me dictaba la cabeza y, hasta el momento, había acertado. No habíamos vuelto a tener ningún asalto como el de Shiganshina y, por extensión, había tenido la suerte de no haberme topado con ninguno de aquellos repugnantes titanes.

Mis amigos y yo solíamos bromear sobre aquel episodio y Mara y Elric solían meterse conmigo por mi examen fallido cuando me ponía demasiado exigente con ellos en nuestro día a día. A pesar de que parecían tan felices como yo, a veces me preguntaba si ellos estaban de acuerdo con la decisión que habían tomado de seguirme, a pesar de que ellos sí podían haber accedido a un puesto en la Policía Militar.

—¡Capitán! —un joven de las tropas interrumpió en el despacho de Hannes, por lo que los dos nos sobresaltamos, poniéndonos de pie rápidamente— ¡El Titán Colosal! ¡Ha vuelto a aparecer!

—¿¡Como dices!? —preguntó Hannes, quedando paralizado por completo.

—¡Ha vuelto a aparecer, señor! ¡En Trost! ¡Se necesitan refuerzos inmediatamente! Eso es lo que decía la carta que acaba de llegar.

—Bien, muchacho, moviliza a algunos de nuestros mejores hombres. Partiremos hacía allí inmediatamente. Que preparen los caballos más rápidos que tengamos.

El chico asintió y salió de la habitación atropelladamente. Yo miré a Hannes. Su rostro había palidecido, seguramente igual que el mío. No podíamos perder ante los titanes. No otra vez.

—Capitán, no debería ir —Hannes me miró interrogante— No está en sus plenas facultades. Deje que el resto nos ocupemos de esto.

—Pero qué estás di…

—Señor, ha bebido —fruncí el ceño—. Si nuestros superiores le ven así en Trost puede poner en riesgo su puesto.

—¿Y eso qué me importa? Si cae Rose también…

—Será el fin de la humanidad. Lo sé. Pero que los soldados que pretendan evitar que eso suceda estén bebidos no es la solución más adecuada.

Hannes suspiró y se dejó caer sobre la silla de su despacho. Se masajeó las sienes mientras yo esperé pacientemente a que tomara una decisión.

—Está bien, _ _ _ _. Coge tu equipo y parte con el resto hacia Trost lo más rápido posible. Necesitarán también tus conocimientos sobre medicina. Yo iré a hablar con los del cuerpo técnico. A ver si se les ocurre alguna idea para proteger el muro…

—¡Sí, señor! —hice mi saludo antes de salir por la puerta.

—No mueras.

No respondí, simplemente me alejé de allí corriendo. Nunca había sentido la adrenalina correr así por mis venas. Era una sensación nueva y excitante. El riesgo de ponerme en peligro, de ayudar a otros, de la sangre, del terror, del miedo… No tenía ni siquiera tiempo para preocuparme por qué pasaría si yo muriera.

Tan pronto como me puse mi equipo de maniobras tridimensionales, subí a uno de los caballos que estaban preparados. Hannes salió para darnos un par de instrucciones antes de partir y, cuando dio la orden, cabalgamos a gran velocidad hacia el sur.

La noticia se había extendido rápidamente, así como el pánico. Varios miembros de las tropas trabajaban en las calles, intentando calmar a las masas, quienes temían que volvieran a repetirse los sucesos de hacía cinco años.

—Elric me ha dicho que has traído bollos de tu madre —Mara, que lucía ahora el pelo corto, se puso a mi altura mientras galopábamos a gran velocidad—. Te juro por Dios que voy a patear el culo a todos y cada uno de los titanes que se crucen en mi paso por dejarme sin bollos.

Yo me carcajeé. Quizá no fuera el mejor momento para hacer bromas, pero se agradecía. Elric también viajaba con nosotras y con otra veintena de soldados que, aunque escasos, esperaban ser de ayuda en Trost.

En menos de una hora, llegamos hasta nuestro destino.

—¿Dónde demonios se encuentra vuestro capitán? —nos preguntó Verman, el capitán de las Tropas Estacionarias en el distrito de Trost.

—En estos momentos, está ocupándose de otros asuntos —respondí bajando de mi caballo—. Me temo que deberá conformarse con nosotros.

Verman nos observó durante unos segundos. Sus ojos ensombrecidos denostaban el poco aprecio que el hombre nos tenía en esos momentos. Finalmente, emitió un gruñido y dio media vuelta para caminar hacia lo alto del muro de Trost mientras iba lanzando órdenes.

—Os dividiréis en grupos. Os quiero protegiendo a los civiles que están siendo evacuados. Protegedles con vuestra vida si es necesario. ¿Me habéis oído?

—¡Sí, señor! —gritamos todos al unísono mientras hacíamos el saludo.

Tan pronto como llegamos arriba pudimos ver la destrucción que asolaba Trost. Desde aquella altura, se apreciaba el agujero en la muralla, algunas de las casas destruidas, los titanes pululando por las calles y los soldados luchando a muerte contra ellos.

—¡Moveos de una maldita vez!

Al grito de Verman, todos nos dispersamos. Elric, Mara y yo nos dirigimos a una de las calles contiguas, donde un grupo de gente se amontonaba. Entre los tres intentamos establecer la calma para guiarles hasta la puerta principal. No obstante, si pensábamos que en aquella ocasión nos íbamos a libar de ver a un titán de cerca, nos equivocábamos.

—¡Un excéntrico! —gritó uno de los soldados de las Tropas Estacionarias de Trost a los que estábamos ayudando.

No pudimos movernos. Ni siquiera cuando escuchamos el grito de terror de la gente. Estábamos inmóviles, tan atemorizados por aquel tremendo ser que corría hacía nosotros golpeándose contra los edificios que éramos incapaces de emitir una respuesta. Pero la suerte estaba de nuestra parte. A lo lejos, apareció una joven de cabello negro que, haciendo alarde de una habilidad extraordinaria, cruzó por detrás del titán un par de veces, haciendo unos cortes limpios y provocando la derrota de éste. Todos pudimos respirar de alivio y, cuando la chica cayó con destreza en el suelo, observé las espadas cruzadas que lucía en su uniforme.

—Una recluta… Solo era una recluta —murmuré mientras la chica volvía a utilizar el equipo de maniobras tridimensionales para alejarse allí.

—Somos patéticos —comentó Elric, visiblemente avergonzado.

—No podré estar nunca lo suficientemente agradecida a esa niña por lo que acaba de hacer, pero estaba gastando demasiado gas —Mara se dio la vuelta para seguir evacuando a la gente, como si nada hubiera sucedido—. Eso le costará la vida.

Elric y yo nos miramos. Mara era la más observadora en lo que aquellas cuestiones se refería. Antes de seguir con mi tarea de evacuación eché un último vistazo al lugar por el que aquella chica se había esfumado dejando atrás un gran chorro de gas. Solo esperaba que Mara se equivocara y que aquella chica viviera a pesar del error que estaba cometiendo.

Poco a poco, los civiles fueron cruzando la puerta de la muralla de la forma más ordenada posible. Podía ver el terror y la incertidumbre en sus ojos. ¿Qué iba a pasar a partir de entonces con ellos? ¿Qué harían? ¿Dónde vivirían? Ya no les quedaba nada.

—Deberíamos hacer algo —Mara y yo miramos a Elric. Nuestro amigo miraba al suelo, apartando sus ojos de la población mientras apretaba sus puños con fuerza.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Mara.

—Que deberíamos estar ayudando a esos reclutas. Y, en cambio, aquí estamos, evacuando a la gente. No digo que no sea importante lo que hacemos, pero deberíamos estar matando titanes.

Yo asentí. Tenía razón. Aquella experiencia serviría de mucho a los reclutas en un futuro, pero solo serviría a los pocos que sobrevivieran. Seguramente, más de la mitad de ellos caería aquel día.

—Que le den a esto —dijo finalmente Elric, ajustándose su equipo.

—¿Qué demonios haces? —pregunté escandalizada, pero, para mi sorpresa, Mara estaba haciendo lo mismo.

—Nosotros vimos lo de Shiganshina. Nos tocó en su momento. Estaremos un poco oxidados, pero voy a hacer lo mismo que aquel día: matar un par de titanes.

Los dos se alejaron de la gente y yo, inconscientemente, les seguí. Tenía la intención de disuadirles, pero terminé uniéndome a ellos en un plan que era completamente absurdo, ignorando los gritos de nuestros compañeros de las tropas, quienes nos pedían que regresáramos inmediatamente. No estábamos siguiendo las normas y eso se consideraba insubordinación, por lo que seríamos castigados y aquello me aterrorizaba.

Yo me quedé parada en un tejado alto, mientras observaba a Elric y a Mara matar titanes en equipo. No iba a negarlo, tenía mucha envidia de lo bien compenetrados que estaban y de lo determinados que parecían, mientras yo parecía un corderito asustado.

Mis ojos solo se apartaron de ellos cuando, a través del rabillo del ojo, capté algo inusual. A lo lejos, un titán estaba peleando contra otros titanes. Aquel ser de unos quince metros de altura, rugía con fuerza mientras se defendía del resto de titanes que se avalanzaban sobre él. Me rasqué los ojos, creyendo que estaba teniendo una alucinación, pero por más que creía estar soñando, aquella imagen no desaparecía.

—¡Elric! ¡Mara! —grité— ¡Tenéis que ver esto! —les dije aún con mis ojos mirando hacia el cuartel de reabastecimiento mientras les hacía señas con las manos, visiblemente emocionaba por lo que estaba presenciando.

—¡_ _ _ _! ¡CUIDADO!

Algo impactó justo donde yo me encontraba. Tuve los suficientes reflejos como para saltar un par de centímetros a la izquierda, lo suficiente para no ser aplastada por la mano de aquel titán. Sin embargo, perdí el equilibro y me deslicé por el tejado de aquella casa, cayendo al vacío. Un grito se escapó de mi garganta y, como pude, activé los ganchos de mi equipo, que se extendieron hasta la casa de enfrente. Los recogí y salí disparada hacia delante, cayendo con torpeza en el tejado de enfrente. Me miré los brazos y piernas. Sentía mi corazón desbocado, los latidos en mis sienes, pero estaba ilesa y eso era lo importante.

Me giré rápidamente para ver qué había pasado con Mara y Elric. Los dos aún peleaban con aquel titán. Vi desaparecer durante unos segundos a Mara, quien había descendido hacia el suelo impulsándose con el gas, y, al ver que el titán se tambaleaba, comprendí que le había cortado los talones para que fuera mucho más fácil para Elric hacer dos cortes limpios sobre su nuca.

Los dos cruzaron el vapor que desprendía aquel ser una vez lograron vencerle y llegaron hasta el tejado en el que me encontraba, visiblemente asustados por lo que acababa de suceder.

—Estoy bien —dije antes de que me preguntaran.

—¡Idiota! —me gritó Mara— ¿¡En qué demonios estabas pensando!? ¡Casi te mata!

—No os vais a creer lo que he visto —mis ojos se iluminaron—. Era un excéntrico, pero no un excéntrico normal. ¡Atacaba a otros titanes! ¡Está ahí! ¡Justo en el cuartel de reabastecimiento! —señalé hacia el edificio, pero ya no había nada, por lo que me quedé paralizada. Era como si se hubiera esfumado y solo quedaba el edificio, parcialmente destruido— ¿Dónde está?

—_ _ _ _- Elric me puso su mano en mi hombro. Mis amigos intercambiaron miradas de preocupación— ¿Te encuentras bien?

—¿Qué? —les pregunté mirándoles incrédula— ¡Claro que estoy bien! No me he golpeado la cabeza ni nada parecido —apreté los puños con fuerza—. Estaba justo ahí, pero no sé dónde estará…

—Creo que deberíamos volver… —propuso Mara.

—No —sentencié.

Ajusté mi equipo, algo dañado tras la caída, y extendí mis ganchos hacia el frente, impulsándome con el gas. Escuché los gritos de mis amigos, pero no miré atrás. Supuse que ellos estarían siguiéndome de cerca, sin poder creer la locura que estaba cometiendo, pero en esos instantes no podía atender a razones. Necesitaba volver a ver a aquel titán porque, al contrario de lo que siempre habíamos creído, de lo que siempre nos habían enseñado, ese titán estaba atacando a otros titanes y eso podría ser muy valioso para futuras investigaciones.

Pasé muchos minutos buscándole, esquivando a titanes que querían acabar conmigo, mientras yo seguía centrada en la única tarea que podía procesar mi mente. Fue entonces cuando capté a lo lejos un grupo de gente, de soldados de las Tropas Estacionarias, rodeando a tres niños. Me acerqué hasta allí y me frené en el tejado de una de las casas que les rodeaban para observar mejor lo que estaba sucediendo. Elric y Mara se posaron unos segundos después a mi lado, pero solo podía prestar atención a lo que estaba sucediendo ante mis ojos. La chica que hacía unos minutos nos había salvado había dado un paso al frente de forma amenazante, intentando proteger a sus amigos.

—¡Yo soy humano! —gritó uno de aquellos tres chicos.

No entendía nada de lo que estaba sucediendo. No entendía por qué aquel joven de cabello castaño tenía que defender su humanidad. No obstante, aquella afirmación no fue suficiente porque el capitán Verman ordenó que dispararan los cañones contra él. Lo que sucedió a continuación fue algo que escapaba a mi conocimiento. Hubo una enorme explosión. Nos cubrimos nuestros rostros con los brazos y, cuando los apartamos y el humo se disipó, un esqueleto de titán había aparecido de la nada.

—¿¡Pero qué cojones es eso!? —gritó Elric muy alarmado.

Mara solo soltaba improperios y yo, por mi parte, solo podía tener la boca abierta por la sorpresa. De repente, del poco músculo que tenía ese titán, se desprendió el cuerpo del chico de pelo castaño de antes, que cayó rodando sobre el suelo, por lo que aquel esqueleto incompleto comenzó a evaporarse a gran velocidad. Mi corazón se aceleró y coloqué mi mano en el pecho, pues sentía que en cualquier momento saldría despedido de mi cuerpo. ¿Ese chico se había convertido en un titán?

Nadie sabía cómo reaccionar. Evidentemente, aquella había sido su respuesta para protegerse del cañonazo, pero aún todos tenían la duda de si verdaderamente aquel muchacho era humano. No podían asegurar que no quisiera hacer daño a la humanidad.

—¡Alto ahí! —gritó el capitán Verman cuando un jovencito rubio dio un par de pasos al frente.

—Él no es un enemigo de la raza humana. ¡Tenemos intención de revelar toda la información que hemos obtenido!

—¡No prestaré atención a vuestra petición de vida! —respondió Verman al muchacho rubio— ¿¡A qué viene eso ahora cuando ya nos ha mostrado qué es en realidad!? Aseguras que no es un titán… ¡Pues dame una prueba! ¡Si no puedes dármela, actuaré para eliminar el peligro!

—¡Para empezar, no necesita ninguna prueba! —las bocas de todos los soldados se abrieron de par en par, incluida la mía. Aquel jovencito tenía muchas agallas para enfrentarse así a un superior— ¡Para empezar, el problema no es el modo en el que le vemos! ¡He oído que muchos le vieron! Si es así, seguro que muchos también le vieron luchando contra los titanes y también vieron cómo los titanes se aglomeraron a su alrededor. O sea, ¡que los titanes le reconocieron como una presa igual que a los hombres! ¡Por mucho que nos devanemos los sesos esa es una verdad inamovible!

Tragué saliva y miré a Elric y Mara, cuyas frentes estaban perladas en sudor por el malestar que generaba aquella escena.

—¿Era eso lo que habías visto antes? —preguntó Elric apretando los puños con fuerza, a lo que yo asentí. No podría borrar nunca aquella imagen de mi cabeza. Un titán luchando contra otros titanes.

—Si combináramos el poder de titán que tiene él con los efectivos subsistentes, tal vez no sería imposible recuperar la ciudad —el joven continuó su defensa—. ¡Por la gloria de la raza humana! ¡Al menos ahora que vamos a morir! —gritó haciendo el saludo— ¡Yo apuesto por su valor estratégico!

El capitán Verman parecía al borde del colapso, pero, a pesar de que lo que el muchacho decía tenía mucho sentido, parecía que Verman no estaba dispuesto a arriesgarse a que el otro chico pudiera transformarse de nuevo para destruirnos a todos.

—Esto es una jodida locura —comentó Mara—. Verman debería matarle ya.

—¡No! —me giré hacia ella— ¡Es solo un crío!

—¿¡Y eso que importa, _ _ _ _!? —Elric se puso del lado de mi mejor amiga— ¡Se transforma en un maldito titán! ¡No pueden asegurar que no se vuelva en nuestra contra!

—¿¡Y eso qué más da!? —intenté defender mi postura, aunque yo tampoco estaba muy convencida— Lo más seguro es que hoy vayamos a perder Rose. Será el fin de la humanidad, pero si él nos ayuda… Entonces… Entonces podremos tener una posibilidad.

—Eso es solo una utopía —sentenció Elric, dirigiendo su atención de nuevo a lo que estaba pasando abajo.

Yo hice lo mismo. Para mi sorpresa, Dot Pixis acababa de hacer acto de presencia y había detenido la orden que estaba a punto de dar Verman. El comandante de las Tropas Estacionarias estaba al mando, a partir de ese momento, de todo lo que sucediera entonces en Trost. El hombre, conocido por ser un tipo bastante extravagante, indicó a los tres chicos que le siguieran a lo alto de la muralla. Pero, sorprendentemente, antes de seguirles, Pixis levantó su rostro y clavó sus ojos sobre mí.

—Eres _ _ _ _-_ _ _ _, ¿verdad? —preguntó elevando la voz para que pudiera escucharle. Todos giraron sus rostros hacía mí, por lo que inmediatamente me sentí incómoda, poco acostumbrada a ser el centro de atención.

—¡_ _ _ _! —me gritó Verman— ¡Te habíamos dado instrucciones muy precisas! ¡Y a vosotros dos también! —apuntó hacia Elric y Mara.

—Tranquílo, Verman —Pixis intentó contener al capitán, que, claramente, no se había olvidado de nosotros y mucho menos de que no habíamos seguido sus instrucciones—. Yo me ocuparé de ellos… —el hombre sonrió— Tú tenías conocimientos de medicina, ¿verdad? Me dijeron que hiciste un buen trabajo durante la caída de la muralla María —asentí—. Bien… Únete a mis hombres. Después hablaremos.

—¡Sí, señor! —grité haciendo el saludo.

Dicho aquello, Dot Pixis, acompañado de aquellos tres jóvenes, se alejó y subió a lo alto de las murallas, donde estuvieron hablando durante varios minutos. Dos hombres y una mujer me hicieron un gesto para que me acercara hasta ellos, así que usando mi equipo de maniobras tridimensionales descendí hasta ponerme a su altura. Les conocía de vista, ya que eran los soldados que acompañaban habitualmente al comandante de las Tropas Estacionarias, pero nunca había estado con ellos.

—¡Llamad al oficial del estado mayor! —gritó Pixis desde lo alto de la muralla.

Sus tres soldados habituales me hicieron un gesto para que les siguiera y, usando nuestros equipos, ascendimos hasta lo alto de las murallas, donde Pixis nos esperaba junto a los tres jóvenes reclutas.

El plan parecía simple, pero las posibilidades de que saliera mal eran muy elevadas. No hubo mucho tiempo para presentaciones, pero el joven de cabello castaño resultó llamarse Eren. Para mi sorpresa, pronto le reconocí como el muchacho del que tanto me hablaba Hannes. Era extraño cómo, a pesar de no haberle visto nunca, sentía como si le conociera de toda la vida, aunque aquel sentimiento no fuera mutuo. Eren debería transformarse en titán, coger una roca y tapar el agujero de Trost para evitar que los titanes siguieran entrando en el distrito.

—¡Capitán! —grité sorprendida al ver a Hannes sobre la muralla, donde había estado con el Cuerpo Técnico utilizando a los mismos titanes para proteger el muro. Él parecía tan sorprendido como yo, aunque tenía cierto deje de miedo en su mirada al ver a Eren acompañándonos.

—Capitán Hannes, espero que no le importe que tome prestado a uno de sus soldados —comentó Pixis con una sonrisa mientras apoyaba su mano en mi espalda para alejarme de él. Hannes nos miró extrañado, pero continuó su camino, aceptando el secretismo con el que Pixis parecía estar llevando aquello.

A mí me habría gustado haber hablado con mi capitán abiertamente sobre lo ocurrido, pero Pixis tenía en mente otros planes para mí. Mientras tanto, Pixis se dirigió al resto de soldados para darles las instrucciones precisas desde lo alto de la muralla. No presté mucha atención a lo que decía, pues estaba demasiado atemorizada como para procesar todo lo que estaba sucediendo, aunque escuché algo de experimentación humana, lo que me dieron ganas de vomitar. Si habían experimentado con ese chico, no podía ni imaginarme lo que había tenido que sufrir. Era repulsivo, por lo que mi empatía hizo que sintiera cierto apego con el castaño.

El jovencito rubio, llamado Armin, fue el que nos dio las instrucciones de lo que debíamos hacer. Me resultaba tierna la manera en la que parecía disculparse por ser él el que tuviera que explicarnos la operación cuando él era un simple recluta. El objetivo era impedir la entrada de titanes o, al menos, proteger a Eren de su ataque, puesto que la presencia de aquellos seres repulsivos solo retrasaría el objetivo de tapar el agujero y el miedo insuflado en los soldados para actuar solo funcionaría durante un tiempo determinado.

Pixis se dirigió por última vez a todos los soldados antes de iniciar la operación. Pidió que muriéramos en ese preciso instante. Nunca antes había escuchado un discurso tan sobrecogedor, pero el miedo de desaparecer, de ser olvidada para siempre hizo que mis piernas temblaran. ¿Morir? No estaba preparada para ello.

— _ _ _ _ —me sobresalté al sentir que alguien me tocaba el hombro. Al girarme, una mujer de cabello corto y gafas estaba detrás mía. La conocía, Rico Brzenska, la capitana de la primera división de las Tropas Estacionarias—, el comandante quiere que formes parte de este escuadrón que se encargará de proteger a Eren.

—Yo… Yo no tengo experiencia…

—Lo sabe —me cortó rápidamente- Lo que quiere es que, con tus conocimientos de medicina, te asegures de que la salud del chico no corra peligro. Ya has visto el vapor que emiten esos titanes y que, incluso, le consideran como un humano más a pesar de ser como ellos. Hay que mantenerle con vida —asentí—. Desde Sina nos han pedido que le mantengamos con vida cueste lo que cueste.

Yo tragué saliva mientras vi alejarse a Rico. Aquello no sonaba nada bien. Si le querían en Sina, eso significaba que Eren pasaría a formar parte de la custodia de la Policía Militar, donde no le esperaba un futuro muy halagüeño.


¡Hasta aquí el tercer capítulo!

Espero que os haya gustado. Quizá el corte del final sea un poco brusco, pero es que durante Semana Santa he estado muy inspirada y escribí, en principio, un capítulo de mas 10000 palabras, así que he optado por dividirlo en dos y este es el resultado.

Muchas gracias a catherinearnshaws por su review. Me alegro de que estés disfrutando esta historia tanto como para dejarme un comentario. Siempre se agradacen las opiniones para saber que se está siguiendo el buen camino o en qué se debe mejorar. Así que ya sabéis, podéis dejar vuestras opioniones, dudas y sugerencias. Todo es bien recibido :)

¡Nos leemos!