IV
A la señal de Pixis, todos nos pusimos en marcha. Eren saltó y, en el aire, se trasformó en titán tras una enorme explosión. Era realmente impresionante ver de cerca a un titán de esas características. Medía aproximádamente unos quince metros, tenía una boca enorme y aquellos inconfundibles ojos verdes. Aún no podía creer lo que estaba presenciando. Era el mismo titán que había atacado a otros titanes. Él estaba de nuestra parte.
Era el momento de comenzar la operación, de que Eren se pusiera en marcha y, aunque lo hizo, no fue de la forma en la que esperábamos. Aquel ser rugió con fuerza y, en un parpadeo, su puño se estrelló en uno de los tejados, justo donde se encontraba Mikasa Ackerman, la chica que le había acompañado en todo momento y que había osado oponerse al ejército para protegerle. Nuestras expresiones mostraron el horror de lo que estábamos presenciando. El jovencito rubio, llamado Armin, gritó su nombre y sentí como si el mundo se hubiera parado a mi alrededor. ¿Pero en qué estaba pensando? Era un titán. No estaba de nuestra parte y nunca lo iba a estar. Había sido una idiota por pensar que podríamos tener alguna oportunidad y recordé la mirada y las palabras que Elric me había dirigido antes. Aquello solo era una maldita utopía.
Sin embargo, había alguien que no se había rendido y que seguía confiando en Eren y esos solo podían ser sus amigos. Respiré de alivio cuando vi que la chica, aparentemente bien tras el golpe, se colocaba frente al titán para intentar hacerle entrar en razón sin mucho éxito.
Fueron momentos de caos y confusión, en los que yo, situada en uno de los tejados, observé la escena impotente. Eren se descontroló por completo y Mikasa, a pesar de haber sido atacada por él, se esforzó por detenerle, haciéndole caer contra una de las casas, destruyéndola por completo. Rico, por su parte, lanzó una bengala al aire indicando que la operación había sido un fracaso. Sin embargo, Mitabi, que era el capitán al mando de nuestro improvisado escuadrón por órdenes de Pixis, se enfrentó a su compañera, pues aún consideraba que quedaba esperanza. Yo intentaba tener esperanza también, pero todo lo que estaba viviendo solo me invitaba al pesimismo.
Los titanes, por otra parte, comenzaron a entrar por el agujero e ignoraban a los soldados, dirigiéndose directamente hacia Eren, que seguía sin responder. Armin se saltó el protocolo y se acercó hasta a su amigo para decirle palabras que no pudieron captar mis oídos debido a la lejanía, pero sí que vi cómo clavaba una de las espadas sobre el brazo titánico de Eren. Aquello le hizo reaccionar y el titán se puso en pie emitiendo un enorme rugido que hizo que se me pusiera la piel de gallina.
Eren consiguió finalmente recoger la roca y comenzó a caminar hacia el agujero. Aquello había sido una victoria para Armin, que celebraba que su amigo estuviera cumpliendo con su objetivo, pero mis ojos solo podían ver con horror cómo parte de mis compañeros eran devorados sin piedad en su intento por defender al castaño. Si conseguía cumplir aquello, si conseguía tapar el agujero, aquello no iba a ser una victoria de la humanidad para mí. Se habían perdido demasiadas vidas.
—¡Protegeremos a Eren hasta la puerta aunque perdamos la vida! —nos gritó Mitabi— ¿¡Me habéis entendido!?
Todo el mundo se movía a mi alrededor, mientras yo permanecía inmóvil. Rico, Mikasa y otros miembros de aquel pequeño escuadrón se movían con destreza asesinando titanes mientras yo seguía paralizada. Nunca había tenido tanto miedo. Nunca había visto a los titanes tan de cerca y ver a Eren, en su forma de titán, ayudando a la humanidad no dejaba de parecerme un extraño sueño del que quería despertar. Sentía que mi cuerpo se estremecía. Solo deseaba salir corriendo de allí, regresar a Klorva y volver a ver la sonrisa inocente de Ezra.
Vi a Mitabi morir. Su mirada agonizante se cruzó con la mía mientras un titán le destrozaba sin piedad con sus dientes y mis ojos se llenaron de lágrimas. Él extendió su brazo, como si me suplicara que parara aquel sufrimiento mientras sus huesos crujían bajo los dientes de aquel titán. Yo me mordí el labio y aferré una de mis espadas, pero era incapaz de moverme. Era incapaz de reaccionar. Era incapaz de salvar a alguien.
No estaba preparada. No aún.
—¡Muévete, _ _ _ _! —me gritó Rico mientras caía al suelo con agilidad.
Yo reaccioné finalmente a las órdenes de Rico, puesto que estaba al mando tras el fallecimiento de Mitabi. Yo me movía, pero en realidad no sabía hacia dónde ir ni qué debía hacer.
Cuando escuché el sonido que hizo la roca al taponar el agujero mis piernas fallaron, pues todo había llegado a su fin. Podía regresar a casa sana y salva. Pero entonces, al ver a Armin y Mikasa correr hacia el titán de Eren, completamente vencido por el esfuerzo, yo también empecé a correr. Solo entonces algo en mi interior despertó. Tenía una tarea que cumplir. Debía asegurarme que Eren Jaeger estuviera bien.
Ellos habían llegado antes que yo a la nuca del titán y peleaban por sacar a Eren de ahí. El calor era insoportable y pronto mi pelo humedecido comenzó a pegarse a mi cara, mientras yo intentaba apartar los mechones de mi rostro.
—¡Apartaos! —les grité, poniéndome a su altura.
—¡Está atascado! —Armin agarraba a Eren, desesperado por sacarle de ahí mientras el titán comenzaba a evaporarse.
—Tiene muchísima fiebre —comenté tocando la piel del castaño, quemando mis yemas de los dedos.
—¡Hay que cortar! —intervino Rico, quien parecía que me había seguido.
—Está bien… —me quedé pensativa unos segundos. Solo había una forma de sacarle de ahí. No era la manera más ortodoxa, pero había que hacer algo rápidamente— Armin, sujétale con fuerza. Rico, intenta no cortarle una de sus extremidades, por favor.
La mujer asintió mientras sacaba sus espadas con determinación bajo la atenta mirada Mikasa. Supongo que el corte fue un éxito porque no lo vi. Mientras eso sucedía, noté varias miradas sobre nosotros y sé que Armin también porque, cuando los dos levantamos la vista, gritamos al unísono al ver a varios titanes acercándose a nosotros.
Debido al corte, Armin perdió el equilibrio al salir Eren prácticamente despedido del cuerpo del titán y cayó hacia atrás, recibiendo el rubio todo el impacto del golpe al llegar al suelo mientras intentaba proteger a su amigo. Yo, sin pensarlo dos veces, me deslicé por la carne del titán hasta el suelo, rodando hasta ellos mientras escuchaba los gritos de advertencia de Mikasa. Los titanes seguían acechándonos y venían directamente a por nosotros tres.
No obstante, la muchacha, que debía haberse ocupado de protegernos, no tardó en alcanzarnos porque alguien ya había venido a ayudarnos en su lugar. No pude evitar ponerme en pie al ver cómo varios destellos de luz cruzaban tras la nuca de los titanes y estos se desplomaban al suelo entre nubes de vapor. Sobre el titán de Eren se paró el soldado que nos acababa de salvar y, tan pronto como vi su capa, mis ojos se abrieron de par en par.
—Mirad —dijo Mikasa, cuyos ojos estaban también iluminados por lo que acababa de presenciar—. Son las alas de la libertad.
—¡Eh! —el hombre giró su rostro y habló con una profunda voz— ¿De qué demonios va todo esto?
No le di mucha importancia a su expresión de indiferencia, ya que mi mente solo pensaba en una cosa. Eren había abierto los ojos y, aunque parecía muy cansado, necesitaba asegurarme de que estaba bien. Dot Pixis me quería para eso.
—¡Eren! —me acerqué hasta él y me puse a su altura, mirándole a los ojos, pero el chico no me devolvía la mirada— ¡Eren! ¡Eren! ¡Mírame!
Armin, que aún sujetaba a su amigo, me miró asustado.
—Aparta tus manos de ese mocoso —me dijo aquel hombre, acercándose a nosotros.
—Mi trabajo es asegurarme de que esté bien —respondí mientras movía mi dedo índice delante de los ojos de Eren, pero seguía sin obtener respuesta por parte del chico.
—Ese jodido mocoso se transforma en un titán. Una niña como tú, de las Tropas Estacionarias, no tiene nada que tratar con él, ¿me has oído, soldado?
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Creo que estaba demasiado alterada tras lo vivido porque las palabras salieron de mi boca como si las vomitara. Ni siquiera era consciente de que, en esos momentos, tenía frente a mí al hombre más fuerte de la humanidad.
—Me han ordenado asegurarme de que este chico permanezca con vida —respondí finalmente poniéndome en pie—. Tiene una fiebre altísima. Si él muere, ya no habrá arma y ya no habrá victoria posible de la humanidad —di un par de pasos hasta situarme frente a él, nuestros rostros separados por muy pocos centímetros—. ¿O es que tú tienes los conocimientos médicos suficientes para determinar que sobrevivirá a esto?- fruncí el ceño.
—¿Con quién cojones te crees que estás hablando, maldita bastarda? —su mirada afilada me fulminó, pero yo no me moví ni un milímetro. No iba a ceder ante él.
—¡_ _ _ _! —Rico me llamó, haciendo que reaccionara. Me di la vuelta y corrí hasta ellos de nuevo para agacharme y atender a Eren como si nada hubiera sucedido— ¿¡En qué demonios estás pensando!?
—Eren, ¿me oyes? —le pregunté de nuevo, ignorando a Rico. Los ojos del castaño terminaron por cerrarse y dejó caer su cuerpo hacia delante. Extendí mis brazos y le recibí contra mi pecho. Estaba ardiendo.
—¡Eren! —exclamó Mikasa preocupada.
—Ayudadme a tumbarle en suelo.
Rico, Armin y Mikasa recogieron a Eren. Les ordené que lo alejaran un poco del titán, donde el calor continuaba siendo insoportable. Lo que menos necesitaba Eren con la fiebre que tenía era recibir más calor excesivo y necesitaba urgentemente agua debido al riesgo de deshidratación, pero, lamentablemente, no tenía nada. ¿Qué demonios debía hacer?
—¡Tú! —dije señalando al soldado de antes, quien seguía parado a un par de metros de distancia, observándonos— ¿Tienes agua?
Él me fulminó de nuevo con la mirada, pero bajo su capa sacó una cantimplora que me lanzó. Yo la recogí al vuelo como pude y me quité mi chaqueta de las tropas, rompiéndola en tiras. Mojé una de las tiras con el agua y la escurrí un poco, dejándola a un lado para, después, bañar a Eren por completo con el poco agua que quedaba en el interior de la cantimplora. Después, le limpié el sudor de la cara con el trozo de mi chaqueta que había humedecido previamente y se lo coloqué por último en la frente.
—¿Has terminado ya, soldado?
Los cinco nos giramos para encontrarnos a varios hombres de la Policía Militar. Nos pusimos en pie e, instintivamente, Armin, Mikasa y yo nos situamos frente a Eren, como si intentáramos protegerlo.
—Responde, soldado. ¿Has terminado?
—Me temo que no tengo aquí los materiales necesarios para tratarle, señor. Tiene mucha fiebre —respondí intentando aparentar tranquilidad.
—He visto que le has colocado una tela humedecida. Eso será suficiente. Nos le llevamos.
—¿¡Qué!? —pregunté mientras varios miembros de la Policía Militar nos empujaban para llevarse a Eren— ¡Ha tapado el agujero! ¡Ha cumplido su misión! —no entendía por qué le defendía. No le conocía de nada, no conocía sus motivaciones, pero, aún así, verle en aquel estado a sus quince años despertaba en mí cierto instinto maternal— ¡Hay que bajarle la fiebre! Si no le baja…
—Puedes retirarte, soldado —sentenció uno de los capitanes de la Policía Militar cuando intenté acercarme a ellos—. Si el chico no mejora, te llamaremos. ¿Lo has entendido? —guardé silencio—¿¡Lo has entendido, soldado!?
—¡Sí, señor! —dije finalmente, haciendo el saludo.
Aquello fue suficiente para que viéramos partir a la Policía Militar con Eren en un carruaje con rumbo a Sina. Rico se acercó hasta mí y puso su mano en mi hombro, intentando reconfortarme.
—Buen trabajo, _ _ _ _—me dio unas palmaditas antes de retirarse.
Yo me giré para mirar a Armin y a Mikasa, quienes lucían devastados. El soldado de la Legión de Reconocimiento chasqueó la lengua y dio media vuelta, alejándose de nosotros. Yo le ignoré y me acerqué hasta los dos muchachos para intentar decirles algo que pudiera reconfortarles, pero no se me ocurrió nada. No sabía qué podría suceder a continuación, pero supuse que un juicio era lo mínimo que Eren podría recibir.
Los tres nos alejamos del titán prácticamente descompuesto y fue entonces cuando me percaté de que la Legión de Reconocimiento había regresado ya de su expedición. Ellos habían sido los que habían acabado con el resto de titanes que querían acabar tanto con Eren como con nosotros, pero había estado demasiado aterrorizada como para darme cuenta.
Solo había reaccionado al final, cuando todo había acabado. Sentía que había fracasado de nuevo y contuve una carcajada al recordar las palabras de Rico. No había hecho un buen trabajo. Seguía siendo una cobarde y eso nunca cambiaría. A veces sentía que necesitaba una motivación más para matar titanes, para enfrentarme a ellos, y era evidente que el hecho de que toda la humanidad hubiera estado en peligro no era suficiente para mí. Era patética.
—¡_ _ _ _! —Elric y Mara corrieron hasta a mí y me abrazaron con fuerza.
—¡Chicos! —correspondí a su abrazo— Me alegro de que estéis con vida.
—¿Cómo ha ido todo? —se interesó Mara.
—Se lo han llevado —respondí apenada, agachando la vista.
—Me temo que no hay nada que se pueda hacer ya —levanté la mirada del suelo y observé al comandante Pixis acercándose hasta nosotros—. No deja de ser una novedad que alguien pueda transformarse en titán, por mucho que haya tapado el agujero. Nosotros tenemos que continuar. Hay mucho trabajo que hacer por aquí. _ _ _ _ —asentí—, tendrás que quedarte por aquí un par de días. Hay que comenzar cuanto antes. Buscar a posibles supervivientes, atender a los heridos e identificar a los muertos. Tus compañeros pueden regresar a Klorva si lo desean.
Elric y Mara me miraron y asintieron, indicándome que no debía preocuparme por ellos, sino completar mi trabajo. Las Tropas Estacionarias fueron las primeras en movilizarse con la ayuda de los reclutas, quienes comenzaron a recibir las instrucciones para devolver a Trost a la normalidad lo antes posible.
Me acerqué hasta uno de los puestos donde me dieron una bata y unos guantes, así como un pequeño maletín con lo necesario para tratar heridos. Me indicaron que, al tener conocimientos de medicina, tendría un grupo de reclutas a los que dirigir durante los días que durara nuestro trabajo en Trost. Los jóvenes estaban asustados, incluso más que yo. Eso, unido a mi falta de experiencia en el liderazgo, me impidió encontrar las palabras adecuadas con las que motivarles en un momento como aquel.
—Está bien —dije emitiendo un suspiro mientras ordenaba mis ideas—. Lo que habéis visto hoy no lo olvidaréis jamás. Seguramente habréis perdido a muchos compañeros, pero debemos comenzar a movilizarnos para sanar a los heridos y encontrar a posibles supervivientes entre los escombros —observé los papeles que me habían entregado con algo de información—. Estamos a cargo de las calles de la zona oeste de Trost. Lo que veremos allí no será agradable, así que quiero que os mentalicéis e intentéis tranquilizaros. Estáis aquí. Habéis sobrevivido un día más. Enhorabuena —los muchachos hicieron el saludo en respuesta, aunque sus miradas estaban vacías—. Descansad unos minutos. Cuando lo ordene, iremos hacia la zona.
Me alejé de ellos, ya que sentía que antes de cumplir con nuestro trabajo, tenía algo que terminar. Busqué entre la multitud las cabelleras morena y rubia de Mikasa y Armin. Posiblemente, lo que menos les apetecería sería verme, pero, como siempre, solía implicarme en exceso en cosas que no me incumbían y debido a eso sentía la imperiosa necesidad de saber cómo estaban.
No tardé en encontrarlos, sentados en los escalones de una de las casas. Me senté al lado de la muchacha, quien se percató de mi presencia, pero me ignoró.
—Deberías dejar que te mirara ese corte —comenté, observando de reojo la herida de su pómulo. No tenía muy buena pinta—. ¿Te lo hizo él? —la chica tomó un mechón de su bonito pelo e intentó tapar la herida, a lo que sonreí— Necesitarás puntos. Es profunda.
—No quiero —susurró.
—Al menos déjame limpiarte la herida. Se puede infectar.
Armin miró de manera significativa a su amiga, por lo que ésta, finalmente, accedió haciendo un leve movimiento con la cabeza. Yo sonreí satisfecha y abrí el maletín que me habían entregado, de donde saqué unos guantes que me puse.
Palpé en primer lugar la zona, algo amoratada por el golpe. No sabía con exactitud qué había sucedido y no quería preguntarle, ya que no parecía muy dispuesta a hablar sobre lo ocurrido. Su propio amigo, alguien a quien había defendido, la había atacado. Eso sería algo difícil de superar.
No tenía el pómulo roto, así que procedí a detener el sangrado de su herida. Tomé una gasa y presioné en la herida, provocando en la muchacha una pequeña mueca de dolor.
—Te llamabas Armin, ¿verdad? —el jovencito rubio asintió con determinación— ¿Puedes llenarme está jeringuilla de agua caliente? —el chico asintió de nuevo y tomó el objeto, alejándose de nosotras corriendo.
Esperé durante varios minutos a que se detuviera el sangrado y, después, observé la herida con atención. Me percaté de que había algunas astillas en la piel, así que cogí unas pinzas y las saqué con cuidado. Armin, que ya había regresado, me entregó la jeringuilla y eché el agua a presión sobre la zona para irrigar la herida y promover así un cerrado más rápido. Finalmente, corté un trozo de venda y lo coloqué en su mejilla, asegurándolo con un poco de esparadrapo.
—Ya está —dije con una sonrisa. La chica se palpó la venda—. Así ya no se infectará, aunque te quedará una bonita marca de guerra.
—Gracias —dijo Armin.
—No hay de qué, chicos. Siento lo que ha sucedido —me puse en pie—. Estará bien. Es un chico fuerte —añadí dirigiéndome esta vez a Mikasa, quien levantó la vista para mirarme con curiosidad—. Se ha transformado en titán dos veces en un día, se ha llevado a varios titanes por el camino y ha tapado el agujero de Trost con una roca casi más grande que él. Creo que sobrevivirá a esto.
Me alejé de ellos aún notando sus miradas sobre mí. Esperaba no haber sonado muy pretenciosa y que entendieran que había dicho todas aquellas cosas porque quería hacerles sentir mejor.
Con Mikasa curada, me dirigí hasta los jóvenes reclutas que me habían asignado y juntos nos dirigimos a la zona oeste de Trost. Durante el resto del día y del día siguiente trabajamos prácticamente sin descanso. Había demasiados heridos que necesitaban ser atendidos y no contábamos ni siquiera con los medios necesarios. Los reclutas no estaban preparados para ver algo así. Yo me esforzaba por protegerles de los peores casos, pero resultaba imposible, ya que necesitábamos siempre más manos. Resultaba estúpido como yo, a su edad, había curado a heridos de Shiganshina y ahora quería evitar que vieran lo mismo que yo. Aunque quizá era eso, no quería que vieran lo mismo que hacía cinco años había visto yo. Pero, por otra parte, también debía ser consciente de que esa era la vida que habíamos elegido.
Tratamos amputaciones, contusiones, hemorragias, fracturas… No tenía ni tiempo para procesar la de gente que pasó por nuestras manos y, también, la de gente que no pudimos salvar a pesar de los esfuerzos.
Tras dos días en Trost y con los heridos estabilizados, las órdenes nos indicaron que era el momento de limpiar las calles de cadáveres. Muchos de ellos estaban ya en descomposición y se corría el riesgo de contagio de enfermedades.
El olor en las calles no era agradable. Seguía oliendo a muerte, así que todos lucíamos pañuelos atados en el rostro para evitar el fuerte olor. La mayoría de los cuerpos que rescatábamos eran restos difíciles de identificar. Debíamos apuntar en unas hojas datos sobre los cuerpos, desde una descripción física hasta la facción del ejército a la que pertenecían. Después, se les asignaba un código con el que identificar a cada cadáver más tarde gracias a algún conocido o algún familiar.
Me paseé por la calle supervisando el trabajo de algunos soldados menos experimentados en ese campo cuando observé a un joven recluta al lado de un cadáver por la mitad. No sabía si el muchacho no sabía cómo proceder o si verdaderamente le conocía, así que preferí acercarme para preguntar.
—Recluta, ¿sabes cómo se llama?
—Nunca creí que le vería así… Pero… Él es el último… Es imposible —murmuró, ignorando mi pregunta—. Eh… ¿Alguien ha visto… cómo ha muerto? —preguntó el chico al aire, pues nadie le hizo caso al estar cada uno pendiente de su tarea y de recuperar otros cadáveres.
—Dímelo si lo sabes —insistí, intentando parecer amable. Por su reacción, parecía que le conocía—. Hace dos días que se tapó el agujero de Trost con la roca y aún no hemos acabado de recuperar los cadáveres. Si esto sigue así hay peligro de que se extienda una epidemia. Debemos impedir un segundo desastre.
El muchacho clavó sus ojos sobre los míos. Era un recluta, un chico de unos quince o dieciséis años y, a pesar de todo, era brutalmente más alto que yo. Su mirada estaba ensombrecida. Definitivamente le conocía y podía apostar mi cuello a que aquel chico era especial para él.
—Pertenecía al cuerpo de reclutas, a la tropa 104. Era el capitán de la Escuadra 19, Marco Bodt.
—Me alegro de que supieras su nombre. Esto facilitará el trabajo —dije mientras anotaba lo que me había dicho en la ficha. Tras eso, hice un gesto a un par de soldados para que vinieran y recogieran el cuerpo—. ¿Quieres… Quieres despedirte antes? —pregunté.
—N-No —me respondió ligeramente sorprendido por la pregunta que le acababa de formular, pero aún con su mirada perdida—. No es necesario.
—Está bien. Entonces sigamos trabajando.
Me sentía realmente mal. No podíamos prácticamente despedirnos de los compañeros que perdíamos y, si alguien nos daba la oportunidad, el concepto del deber que nos habían transmitido nos impedía decir adiós de la manera apropiada.
—_ _ _ _—levanté la vista para toparme con Rico, quien se acercaba a mí dando grandes zancadas—. Recoge tus cosas. Debemos marcharnos.
—¿Adónde? Aún hay muchos cadáveres que deben ser recogidos e identificados —respondí, todavía con mis ojos puesto sobre el joven recluta, quien estaba ya centrado en la recogida de otro cadáver.
—Lo harán otros. Tú has terminado tu trabajo aquí —la mujer me dio la espalda y comenzó a caminar por donde había venido—. Sígueme.
Yo seguí sus instrucciones al pie de la letra, pues, al fin y al cabo, ella era mi superior. Me quité la bata que llevaba y el pañuelo y se los entregué a unos soldados para que los quemaran. Después, Rico me indicó que debíamos subir a un carro. No tenía muy claro hacia dónde íbamos y, a decir verdad, tenía miedo de preguntar. Durante todo el trayecto jugueteé con mis dedos, intentando despejar mi mente, que no dejaba de pensar en cosas retorcidas.
Al cabo de una hora y media, aproximadamente, en la que viajamos las dos en completo silencio, el carro se detuvo bruscamente. Cuando nos bajamos de él, reconocí en seguida el lugar en el que nos encontrábamos. Las bonitas casas bajas y los adoquines del suelo limpios y brillantes en comparación con los de Rose me señalaban que estábamos en el interior de las murallas.
—¿Sina? —pregunté.
—Así es —respondió Rico sin mirarme. En la calle nos esperaban miembros de la Policía Militar a los que seguimos al interior de un enorme y majestuoso edificio.
—¿Estamos en la Corte? ¿Por qué?
—Somos testigos, _ _ _ _.
—¿Testigos de qué?
—Piensa un poco.
Guardé silencio y dejé de insistir. Mi mente repasó todo lo acontecido en los últimos días y lo único en lo que podía pensar era en Eren y su transformación en titán. Eso me recordó el estado febril en el que se encontraba cuando se le llevaron y deseé que estuviera mejor.
Los miembros de la Policía Militar que nos guiaron por los pasillos nos señalaron una puertecita de madera. Al abrirla, nos invitaron a pasar a una diminuta habitación y tomamos asiento en dos sillas de madera que habían preparado para la ocasión. En cuanto nos sentamos, cerraron la puerta y esperamos pacientemente a que dos hombres de mediana edad y aspecto cansado entraran casi media hora después. Los dos se sentaron justo frente a nosotras, al otro lado de la mesa. Los dos sacaron una serie de papeles que colocaron cuidadosamente y los observaron hasta que uno de ellos comenzó a relatarnos todo lo sucedido hacía dos días. Rico y yo asentíamos, pues nos estaban describiendo algo que ya habíamos vivido, y les corregíamos para precisar algún detalle que pudiera habérseles escapado. Sabían mucho de lo ocurrido aquel día, quizás demasiado, lo que me hizo pensar que no éramos las primeras a las que interrogaban.
—Bien, repasados los hechos, comenzaremos con la ronda de preguntas —uno de aquellos hombres miró a su compañero y éste comenzó a redactar en un papel—. ¿Consideráis que el sujeto Eren Jaeger es peligroso?
—No —respondí.
—Sí —miré a Rico sorprendida—. Atacó a uno de los reclutas, Mikasa Ackerman.
—¿Fue por eso por lo que lanzó en primera instancia la bengala? ¿Porque atacó a alguien?
—Así es. Esa bengala indicaba que la operación había fracasado. Al transformarse se descontroló y golpeó con su puño en el tejado en el que se encontraba la recluta Mikasa Ackerman provocándole, afortunadamente, solo una herida en el pómulo.
—¿Qué tiene que decir a eso, _ _ _ _? —el hombre clavó sus oscuros ojos sobre mí y entrelazó sus dedos. Era como si esperara una buena explicación por defender a Eren.
—Yo… —reflexioné unos segundos— Es cierto, perdió el control durante unos minutos, pero después cumplió su tarea. Tapó el agujero.
—¿Y si no hubiera recuperado el control? ¿Le hubiera parecido bien que hubiera atacado a la recluta Ackerman?
—Yo no he dicho eso —respondí frunciendo el ceño. ¿Es que acaso creían que podía estar del lado de los titanes?—. Todo salió bien. Yo curé personalmente la herida en el pómulo de Ackerman y era un simple corte que solo hubo que limpiar. Estaba perfectamente.
—Y después curó a Jaeger…
—En realidad curé a Jaeger antes. Es lo que me indicó el comandante Pixis, que él era la prioridad. Eran órdenes de Sina.
—¿Cómo le sacaron de ahí dentro?
—Estaba atascado, así que teníamos que cortar las tiras de carne que le unían al titán. La capitán Brzenska utilizó sus cuchillas —Rico asintió, confirmando que lo que decía era cierto.
—¿Qué procedimiento siguió cuando le sacaron del titán?
—Tenía abiertos los ojos, pero debía comprobar que estuviera plenamente consciente. Intenté hablar con él y hacerle responder a ciertos estímulos, pero no obtuve respuesta. Su cuerpo demostraba claros signos de fatiga y presentaba mucha fiebre. Para intentar bajar su temperatura corporal mojé su cuerpo en agua. Rasgué mi chaqueta y le coloqué un trozo de tela en la frente, pero, basándome en lo que vi, estoy completamente segura de que eso no ha sido suficiente.
El hombre que estaba haciendo las preguntas sonrió, mientras que el que escribía se detuvo para mirarme. Los dos intercambiaron una mirada cómplice durante unos segundos y el que nos estaba interrogando se apoyó en el respaldo de su silla, a la vez que su compañero continuaba con su trabajo de apuntar toda nuestra declaración.
—Según testigos, antes de comenzar el plan de tapar el agujero de Trost, Eren Jaeger gritó que iba a matarnos a todos. ¿Dijo algo cuando le sacaron del titán o mientras le curaba?
—No.
—¿Está segura?
—Completamente —fruncí el ceño. Era como si eso no fuera lo que esperaban escuchar. Era ridículo— ¿ Es que esperan que responda lo contrario aun siendo mentira?
—¿Es que está poniendo en duda mis dotes para interrogar, soldado _ _ _ _?
—Para nada —respondí entre dientes, tras notar la patada lateral que me dio Rico en la pierna para que guardara silencio.
—¿Y qué sucedió con el capitán Mitabi?
—Fue devorado por titanes —respondió Rico.
—¿Por Jaeger?
—No. Jaeger en esos momentos estaba tapando el agujero. Atacó a Ackerman, pero después no hizo nada que fuera peligroso.
El hombre que tomaba nota se inclinó hacia su compañero para susurrarle algo al oído. Éste frunció el ceño y asintió antes de volver a hablar.
—_ _ _ _, puedes retirarte. Continuaremos con más preguntas para Brzenska.
Yo miré sorprendida a Rico, pero ésta no me devolvió la mirada. Me invitaron a salir de la habitación y fuera, en el pasillo, me esperaban otros dos soldados para conducirme a otra zona de la Corte. Yo pregunté hacia dónde me llevaban, pero solo me indicaron que les siguiera y que guardara silencio.
Bajamos por unas escaleras de piedra durante varios minutos. El ambiente resultaba cada vez más siniestro a medida que descendíamos puesto que las paredes solo estaban iluminadas por antorchas, que proyectaban nuestras siluetas alargadas en las paredes.
Cuando llegamos al final, me sorprendí al ver a Nile Dawk, el comandante de la Policía Militar, esperándome abajo de brazos cruzados. Yo hice el saludo militar y él asintió, señalando una mesa en la que había varios materiales.
—Eren Jaeger no ha despertado aún —me dijo el comandante. Tal y cómo suponía—. Le necesitamos despierto para el juicio que tendrá lugar en unas veinticuatro horas y las Tropas de Reconocimiento han pedido una reunión con él. Supongo que entiendes cuál es nuestra posición.
—¿Para qué quieren las Tropas de Reconocimiento verle? ¿Para qué es el juicio? ¿Le van a ejecutar?
—No hagas tantas preguntas, soldado —Nile Dawk frunció el ceño—. Eso es confidencial. Limítate a hacer lo que se te está ordenando.
Yo asentí. Tomé las cosas que había sobre la mesa y me giré de nuevo hacía el comandante.
—Te lo advierto, soldado. No estás autorizada para hablar con él —me ordenó Nile Dawk.
Un soldado me indicó que le siguiera hasta los calabozos de la Corte, donde había varias celdas vacías y solo una ocupada. Ahí estaba Eren sobre una cama, inmóvil, tal y cómo le dejamos la última vez que le vimos.
—No hagas ninguna estupidez —me dijo el soldado mientras abría la celda. Yo enarqué una ceja. Empezaba a creer que todo el mundo creía que estaba de parte del chico.
—¿Es que pensáis juzgarme por tenerle cierta simpatía? —enarqué una ceja.
—No estás en posición de hablarme de forma déspota —el soldado me dio un empujón para que entrara en la celda.
Me acerqué hasta Eren y dejé las cosas de medicina que me habían proporcionado a un lado. Puse mi mano en su frente y suspiré. Seguía ardiendo, por lo que aquella fiebre alta le había hecho caer en una especie de estado comatoso. Odiaba a los de la Policía Militar por tratar así a un niño de quince años y por no haberme hecho caso. Ahora querían que le despertara por arte de magia y no tenía muy claro que fuera a conseguirlo. Debían haber llamado a alguien más experimentado, pero, claro, eso suponía que los rumores de que un muchacho podía convertirse en titán se extendieran. Los altos mandos habían sido muy precisos con todos los que habíamos estado en Trost aquel día: no debíamos hablar sobre lo sucedido, ni siquiera entre nosotros, lo que me parecía absurdo. No podíamos ignorar lo que habíamos visto.
Coloqué a Eren una serie de gasas húmedas por el cuerpo y la cara para intentar disminuir su temperatura corporal. Mientras tanto, utilicé los productos que me habían dado para preparar algo que el doctor me había enseñado de pequeña. Nunca lo había preparado yo sola, pero esperaba que funcionara. Se utilizaba para despertar a alguien que había perdido la consciencia y no tenía muy claro que pudiera funcionar en el castaño, pero no tenía más opciones.
El carbonato de armonio era utilizado en algunas medicinas, así que lo piqué en un cuenco y, antes de echar agua, me tapé el rostro con un pañuelo para no inhalarlo. En cuanto el agua entró en contacto con aquel polvillo, se generó una especie de humo cuyo olor no era nada agradable. Sin embargo, tenía la capacidad de irritar las membranas mucosas de nariz, garganta y pulmones, de manera que el cuerpo se ve estimulado a respirar más rápido. Lo coloqué rápidamente bajo la nariz de Eren y me mordí el labio al ver que no surtía efecto de manera inmediata.
Estaba a punto de rendirme cuando el chico frunció el ceño y, unos segundos después, abrió los ojos y comenzó a toser. Dejé a un lado el cuenco rápidamente y ayudé a Eren a incorporarse, quien daba bocanadas de aire, aturdido por el olor de los humos. Le acaricié la espalda, intentando ayudarle a respirar y, poco a poco se fue calmando. Cuando su respiración se acompasó, le coloqué de nuevo sobre la cama de la celda. El castaño intentó decirme algo y me aferró con fuerza de la mano. Yo sonreí intentando reconfortarle y le acaricié el rostro con delicadeza. Pronto su agarre se hizo más débil y sus párpados cayeron por el cansancio. Suspiré de alivio cuando le escuché dormir profundamente y le quité los paños mojados cuando noté que el calor de su piel había comenzado a descender lentamente, aunque le mantuve el de la frente por seguridad.
Salí de la celda tras recoger las cosas y se las entregué al soldado que me esperaba fuera, quien cerró la puerta una vez estuve fuera.
—¿Y bien? —me preguntó Nile Dawk desde lo alto de las escaleras— Has estado mucho tiempo con él.
—Me ha costado despertarle, pero ya está mejor. Ahora está descansando. Solo duerme.
—Bien. Puedes marcharte, soldado.
Volví a realizar el saludo mientras observaba a Nile Dawk alejarse acompañado de otros dos miembros más de la Policía Militar. Yo sola ascendí por las escaleras hasta llegar al pasillo principal, donde un soldado me esperaba. El hombre me hizo un gesto para que continuara caminando y él me guió hasta el exterior.
Por el camino, observé cuatro figuras que caminaban hacia nosotros. El contraluz me impidió verles las caras hasta que estuvieron a un escaso metro de distancia, pero mis ojos se abrieron de par en par al ver a Erwin Smith acompañado de dos policías militares y un soldado más, quienes seguramente se dirigían a los calabozos para ver a Eren.
Mi mirada se desvió para toparme con aquellos ojos afilados que me habían fulminado hacía dos días y sentí un pinchazo en el estómago al percatarme de que aquel soldado corriente al que yo había gritado mientras sacábamos a Eren de su forma de titán era el mismísimo Levi Ackerman. El vapor del titán y mis nervios me habían impedido reconocerle, pero ahora que le tenía a algo menos de un metro de distancia no había confusión posible.
Debía llevar el cartel de 'bocazas' escrito en la frente, porque él frunció el ceño al verme. No obstante, mi orgullo era mucho más grande que yo, por lo que enarqué una ceja y le ignoré, posando mi mirada sobre Erwin Smith. El hombre me miró serio y yo asentí en señal de saludo, a lo que él respondió con el mismo gesto mientras que en ningún momento nos detuvimos en nuestro andar.
Me pregunté, entonces, si el comandante Erwin me recordaba, porque yo no me había olvidado de él. Yo nunca lo haría. Él se tomó la molestia de ir a decirme en persona, cuando era una recluta, que mi padre había muerto. Por eso esperaba que él sintiera lo mismo y, extrañamente, esperaba que me perdonara por haber salido corriendo. Todos los días los soldados del ejército perdían a seres queridos y yo había huído. La imagen que debía tener de mí no debía ser la mejor.
Me monté en el carro de vuelta a Rose con el cielo teñido de naranja. Había pasado muchísimas horas en Sina y solo deseaba descansar. Cuando llegué a mi destino, me ordenaron regresar a Klorva con mi capitán, pues, al parecer, consideraban que mi trabajo había terminado. Dejé pacientes que seguramente requerirían mi atención, pero tuve que acatar las órdenes sin rechistar. A veces creo que aquello fue un castigo por no darles en mi declaración las respuestas que esperaban escuchar.
Aquí os traigo recién sacado del horno el cuarto capítulo. Espero que os haya gustado.
Gracias de nuevo a catherinearnshaws por su review y por su consejo. He intentado aplicarlo, espero que se haya notado xD De todas formas, como se puede ver, he tomado nota ;)
Ya sabéis que podéis dejar todas vuestras dudas, quejas, opiniones y sugerencias, que serán muy bien recibidas. Son muy útiles para saber si se está yendo por el buen camino o si hay cosas que se deberían mejorar.
¡Nos leemos!
