V
—¿¡Qué!? —exclamé golpeando con mi puño en la mesa de madera— ¡Has hecho trampa! ¿¡De dónde demonios te has sacado esa carta!?
—Aprende a jugar, aficionada —Mara recogió las monedas que había sobre la mesa y me sacó la lengua mientras se las guardaba.
Elric rompió a reír a carcajadas. Yo chasqueé la lengua frustrada porque aquella era la quinta partida de cartas seguida que perdía frente a ellos. No tenía muy buen perder y el hecho de que mis amigos me restregaran sus victorias por la cara no lo mejoraba.
—Está bien —dije poniéndome en pie aún con mi ceño fruncido— Movámonos. Deberíamos empezar a hacer algo productivo.
—En realidad esto es bastante productivo. Al menos para nosotros —Mara sonrió con malicia mientras yo la fulminé con la mirada—. No pongas esa cara —continuó Mara—. Tienes que aprender a perder… Maldita bastarda.
Elric comenzó a reírse más todavía mientras yo entrecerré mis ojos. Eran mis amigos y, tras regresar a Klorva, les había contado mi 'maravilloso' episodio junto al hombre más fuerte de la humanidad. La situación les había parecido muy divertida a ambos. Yo había tenido el valor no, la osadía de dirigirme de forma irrespetuosa a alguien como Levi Ackerman. Evidentemente, desde entonces, mi enorme bocaza había sido objeto de burlas por parte de los dos. Pero tampoco podía culparles. Posiblemente yo estaría haciendo lo mismo si eso le hubiera pasado a uno de los dos.
—Si lo llego a saber no os cuento nada…
—¡Oh, vamos! ¡Era una broma! —articuló Elric mientras limpiaba sus ojos por las lágrimas producto de la risa— En serio, ¿cómo no pudiste darte cuenta de que era él?
—Estaba muy nerviosa. Además, es un soldado cualquiera. No tiene nada de especial. Ni siquiera es alto. Es más bien bajito.
—¿Cuánto mide entonces?
—Yo diría… —me quedé pensativa unos segundos— Que alrededor de un metro sesenta.
Mis amigos guardaron silencio durante unos segundos y después estallaron en carcajadas. Yo, al principio, les miré de forma reprobatoria, pero, después, me terminé uniendo a ellos. No dejaba de ser sorprendente que aquel del que tanto habíamos oído hablar en los últimos cinco años, aquel al que tantos reclutas admiraban y temían fuera tan poquita cosa.
—Eso sí, tiene unas cualidades impresionantes —dije finalmente—. Deberíais haberle visto. Era increíble su forma de manejar el Equipo de Maniobras Tridimensionales entre los titanes, la precisión en los cortes… Lo hacía todo de manera tan natural...
—¿De qué te sorprendes? —Elric se apoyó de forma desinteresada en el respaldo de su silla— Ese tipo le quitó el puesto de hombre más fuerte de la humanidad al mismísimo Mike Zakarius.
—Me le crucé un par de veces cuando éramos reclutas y es un auténtico monstruo. Menudos músculos… —comentó Mara mientras miraba hacia el techo recordando aquel encuentro que tanto Elric como yo desconocíamos.
—Así que Mike Zakarius, ¿eh? —Elric se acercó a ella y le dio unos toquecitos en el costado. Mi amigo le miró de reojo mientras sus orejas se sonrosaban.
—¡Cállate! Solo estaba comentando que me le encontré dos veces.
—¿Y para eso tienes que mencionar sus maravillosos músculos?
—Yo no he dicho nada de maravillosos —mi amiga se cruzó de brazos, pero el tono rojizo se había extendido de sus orejas a sus mejillas.
—¡Pero si estás roja! —Elric comenzó a carcajearse mientras la señalaba con el dedo.
—¡Voy a darte un puñetazo como no te calles!
Suspiré resignada e, intentando ignorar otra de sus muchas peleas, di media vuelta y salí de la habitación. Habíamos pasado demasiadas horas jugando a las cartas y ya iba siendo hora de trabajar un poco, aunque fuera patrullando las calles del distrito. No me hacía falta detenerme para esperarles, ya que estaba convencida de que, en cuanto hubiera abandonado la habitación, los dos habrían olvidado su pequeña disputa para seguirme por los pasillos del cuartel.
Cuando finalmente pusimos un pie fuera del edificio, tras tomar cada uno de nosotros un rifle, durante unos segundos, los rayos del sol nos cegaron por completo. Éramos como murciélagos escondidos en una cueva. Llevaba demasiado tiempo sin darnos la luz del sol, ya que durante las últimas semanas habíamos llevado a cabo diferentes tareas dentro del cuartel, no fuera de sus paredes.
Habían pasado muchas cosas desde que había regresado de Trost, entre ellas, el juicio a Eren. Fue el propio Hannes el que me explicó qué era lo que había sucedido durante el mismo. Al parecer, la Policía Militar y la Legión de Reconocimiento se habían enfrentado por su custodia. Mientras que los primeros deseaban experimentar con él y después ejecutarle, los segundos tenían planeado usarle como arma. El capitán no conocía muchos más detalles, ya que lo poco que sabía se lo había comentado el comandante Pixis como premio por no haber hecho preguntas sobre la muralla. Lo único que sí sabía con certeza era que Eren ahora formaba parte de las Tropas de Reconocimiento.
Por otra parte, eso significa que los reclutas Mikasa Ackerman y Armin Arlert le seguirían. Eso, sumado a la situación de Eren, tenía muy preocupado a Hannes, quien en el fondo esperaba que los tres jóvenes supieran arreglárselas.
—¿Y bien? Estuviste varias horas reunida con el capitán Hannes —quiso saber Elric mientras nos ajustábamos las armas a nuestros hombros. No habíamos tenido tiempo de comentar mi charla con el capitán, ya que dentro del cuartel nunca estábamos solos y preferíamos evitar ese tipo de temas delante del resto de nuestros compañeros.
—Solo estuvimos hablando. Fue el juicio a Eren —bajé el tono de voz. La transformación del castaño en titán seguía siendo tabú y debíamos andarnos con cuidado, especialmente si estábamos patrullando por las calles como en ese momento. Si algún ciudadano nos escuchaba la situación podría descontrolarse. Mis amigos me miraron expectantes—. Vivirá. Bueno, vivirá dentro de lo que se puede vivir formando parte de las Tropas de Reconocimiento.
—¿Para qué demonios le quieren las Tropas de Reconocimiento? Habría sido de mucha más utilidad a la Policía Militar —opinó Mara—. Ellos le habrían abierto y habrían descubierto cómo es posible que se transforme en un titán.
—No digas esas cosas —fruncí el ceño—. Creo que Eren puede ser de mucha utilidad en las Tropas de Reconocimiento. Éstas pidieron su custodia y la obtuvieron. Al parecer, le usarán como arma.
—¿Como arma? —cuestionó Mara— ¿Para qué demonios quiere el comandante Smith un arma como esa? Te lo digo en serio. Ese hombre me pone la piel de gallina.
—¿Qué quieres decir? —pregunté mirando de reojo a mi amiga.
—Según tengo entendido, es un gran estratega. Con él ha disminuido el número de muertos en las tropas, pero tiene un aspecto que no me gusta. ¿Quién podría ser el comandante de la Legión de Reconocimiento? Lleva demasiadas muertes a su espalda. Esa sería una carga que nadie debería soportar, pero él lo hace.
—Keith Shadis también lo hizo —intervino Elric.
—Sí. Y terminó dimitiendo —puntualizó Mara—. Estoy convencida de que no pudo soportar más muertes. Por eso ahora es instructor. El caso de Erwin Smith es diferente. Me da la sensación de que no tiene remordimientos.
Yo guardé silencio y asentí. Mara tenía parte de razón. Había que tener mucha fuerza mental para soportar la carga que suponía ser comandante, pero, en especial, para ser comandante de las Tropas de Reconocimiento. Aquella facción del ejército era la peor vista por todos los ciudadanos. Cientos de personas perdían la vida cada año y parte de los impuestos se destinaban a su presupuesto, con el que financiaban aquellas expediciones que no generaban ningún avance para la humanidad.
No obstante, yo no estaba del todo convencida de que el comandante Erwin Smith no tuviera remordimientos. Él había visto morir a mucha gente, pero la diferencia era que él sabía enfrentarse a esas muertes. Si él, siendo comandante, no era fuerte mentalmente, no sería el líder que sus soldados necesitaban.
—Lo que me molesta es que los de la Policía Militar fueran tan condescendientes conmigo. Era como si esperaran a que diera un paso en falso, a que dijera algo para que condenaran definitivamente a Eren a pasar el resto de sus días como una cobaya hasta que decidieran que es suficiente y entonces le dieran la muerte —mis amigos me observaron de soslayo—. Entiendo su posición, pero no podían esperar que mintiera en mi declaración para favorecerles a ellos— hice una pausa antes de continuar—. Me alegro de no haber entrado en la Policía Militar
—Se creen los reyes del universo porque están en la zona más segura —Mara me dio la razón—. Hipócritas…
—Los miembros más veteranos de las Tropas Estacionarias no hablan especialmente bien de ellos —intervino Elric—. Es la facción más corrupta del ejército.
—Pero eso es algo que sabemos todos los que estamos en el ejército—Mara chasqueó la lengua— y, curiosamente, nadie le pone remedio. Es mucho más fácil ponerse una venda en los ojos para no ver lo que está pasando. Algún día todo esto estallará y, encima, nuestros superiores se sorprenderán.
Las comisuras de mis labios se torcieron ligeramente, dibujando una sonrisa discreta en mi rostro. A nadie le gustaba hablar de la Policía Militar. Se encargaban de la protección de Sina y del rey, pero, más allá de eso, había oscuros rumores sobre sus negocios.
—¡Disculpad!
Los tres nos giramos cuando escuchamos una voz femenina que nos llamaba. Una muchacha de más o menos nuestra edad se acercaba hacia nosotros moviéndose con dificultad. Mis ojos se deslizaron hacia su abultado vientre. Estaba embarazada y, por el tamaño de su tripa, debía rondar los ocho meses de embarazo.
—Siento importunaros, pero necesito vuestra ayuda.
Era una muchacha bastante guapa. Tenía la piel clara, el pelo castaño cobrizo y unas diminutas pecas en sus mejillas.
—¿En qué podemos ayudarte? —preguntó Elric, mostrando una sonrisa encantadora. Mara se cruzó de brazos y chasqueó la lengua, pero el chico no podía evitarlo.
—¿Eres la soldado _ _ _ _-_ _ _ _? —mis dos amigos se giraron para mirarme con curiosidad. Yo les devolví la mirada y me encogí de hombros para asentir después a la chica. Ésta suspiró— Qué alivio… Me han hablado mucho de ti. Tengo familia en Trost y me dijeron que tú eras una buena médica. Salvaste al hermano de mi padre.
—Oh… Vaya… —fue lo único que se me ocurrió decir.
—Llevo buscándote desde hace un par de días. Me acerqué al cuartel, pero no me dejaron hablar contigo.
—¿Puedo ayudarte en algo?
—En realidad yo soy de Trost, pero me encontraba fuera del distrito cuando todo sucedió. Mi nombre es Tanya Hummels. Me he refugiado en Klorva mientras tanto y me gustaría regresar a casa, pero estoy preocupada por mi bebé. Algo no está bien.
—¿Qué quieres decir?
—Tengo muchos dolores en el abdomen, náuseas, vómitos y mira mis manos —la chica se quitó los guantes que llevaba puestos y nos mostró sus manos, completamente hinchadas.
—Joder —exclamó Elric al verlo, por lo que le fulminé con la mirada. La chica ya estaría lo suficientemente avergonzada por ello como para que el idiota de mi amigo la hiciera sentirse peor.
—¿No has ido a ningún doctor?
—Sí, pero… —la chica se sonrojó— Prefiero que me veas tú. Todos me están diciendo que lo que me sucede son síntomas normales del embarazo, pero siento que hay algo más —sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Está bien… ¿Podemos ir a algún sitio más íntimo en el que pueda examinarte?
La chica nos hizo un gesto para que la siguiéramos. Sus andares eran torpes, seguramente porque también tendría los pies hinchados. Elric la sostuvo de la cintura, intentando ayudarla a caminar, hasta que nos paramos frente a una pequeña casa de piedra en uno de los callejones contiguos, donde parecía que la chica se alojaba.
—Esperadme aquí.
Elric y Mara asintieron mientras yo entraba al interior de la casa junto a la chica.
—Oye, si necesitas ayuda… Solo pega un grito.
Yo sonreí al escuchar las palabras de Elric antes de cerrar la puerta de la casa. Aquella chica no tenía pinta de ser una mala persona y, aunque lo fuera, estaba convencida de que podría apañármelas sola frente a una embarazada.
Otro muchacho joven, seguramente el padre del bebé, nos esperaba dentro. Al vernos se puso en pie rápidamente y se acercó hasta la chica. Estaba visiblemente preocupado y nervioso. Al parecer, ella se había marchado sin avisarle. La chica intentó disculparse sin mucho éxito mientras su novio le gritaba sobre lo preocupado que le tenía y los peligros que podía haber corrido ahí fuera ella sola, así que decidí que lo mejor era intervenir cuanto antes.
—Entra en la habitación —ordené a la chica señalando un pequeño cuarto que había justo a mi izquierda—. No te preocupes. Voy a ver qué le pasa —me dirigí a su pareja antes de que éste me fulminara con la mirada por interrumpir su regañina.
Cerré la puerta a mi espalda y me quité la chaqueta. Hacía bastante calor en el interior de aquella habitación. No era un buen sitio la casa en el que se alojaban, pero seguramente era lo único que podían permitirse con el dinero que tenían. Las paredes estaban sucias y la cama ni siquiera tenía colchón, sino que habían rellenado una funda con lo que parecía paja.
—No deberías asustar así a tu novio —comenté, intentando rebajar la tensión.
—No… No es mi novio —la chica se mordió el labio—. Es mi hermano mayor.
—Oh… Lo siento —para qué abriría mi enorme bocaza—. Túmbate y quítate los zapatos.
La muchacha hizo tal cual le indiqué. Se descalzó con dificultad y se tumbó sobre la pequeña cama que había en la habitación. Yo tomé una silla y me aproximé a la cama, sentándome a un lado para poder observarla mejor. Como había imaginado previamente al verla caminar, tenía también los tobillos muy hinchados. Aquello era normal para una embarazada dado que las hinchazones de las extremidades eran producidas por la retención de líquidos, pero me preocupaba lo que me había comentado antes de los dolores abdominales.
—Te voy a desvestir, ¿de acuerdo?
La chica asintió en silencio y me dejó proceder. Con un poco de su ayuda, retiré la larga falda de color marfil que llevaba puesta y comencé a palparle la tripa. De vez en cuando, obtenía respuestas del bebé, quien reaccionaba a la presión que estaba ejerciendo sobre el vientre de su madre, pero ella, en cambio, solo gemía por el dolor. Esas punzadas de dolor que la joven sentía se producían cada vez que le tocaba su lado derecho, justo debajo de las costillas. Con esos síntomas, me hacía una idea de qué podía tratarse.
—¿Ves bien?
—Sí, claro —la chica me respondió como si fuera la respuesta más obvia.
—¿Y te molesta la claridad?
—Quizá un poco. Pero nada fuera de lo normal.
—¿Vas mucho al baño? —la chica se sonrojó— Quiero decir… A medida que el embarazo avanza, es normal que vayas al baño con mayor frecuencia. El bebé es más grande y tiende a aplastar los órganos. Bueno, sé que suena un poco feo decirlo de tal manera. Para que te hagas una idea, el útero, por ejemplo, se desplaza por encima de la pelvis. Así que es normal que el bebé presione más la vejiga y tengas más ganas de ir al baño.
—No… No voy mucho al baño.
—Entiendo…
—¿Es que eso es malo? —me preguntó intentando incorporarse.
—Voy a avisar a tu hermano para que entre —me puse en pie—. Me temo que no podréis viajar a Trost.
—Eso no es posible. Tengo que volver a Trost. ¡Lo necesito! —yo me giré para mirarla antes de tirar del picaporte— No estaba en Trost cuando el asalto sucedió porque estaba visitando a un doctor en otra zona de Rose, pero mi novio estaba en las Tropas Estacionarias de Trost y no he vuelto a saber de él desde entonces. Seguramente haya muerto y quiero que mi bebé viva porque, entonces, no me quedará nada. Pero si él está vivo, si está entre los heridos, quiero estar en Trost con él. ¡Me necesitará a su lado!
Yo guardé silencio y abrí la puerta, invitando a su hermano mayor a pasar. Podía entenderla. No quería perder el bebé que estaba esperando, pero necesitaba asegurarse también de que su novio estuviera vivo o muerto. Fuera el que fuera su estado, era mucho más fácil seguir adelante sabiendo la verdad que desconociendo su paradero.
Una vez dentro de la habitación, el hermano de la joven se sentó en la silla que había puesto al lado de la cama y yo me quedé de pie, cruzándome de brazos. Había pensado en decir el diagnóstico de forma suave, pero después consideré que era mejor no maquillar la verdad. Debía ser franca con ellos.
—Efectivamente, esos síntomas no son del embarazo. Pueden confundirse —hice una pausa antes de continuar—. Tienes preeclampsia. No es una enfermedad muy habitual, pero puede darse a partir de la semana 20 de gestación, especialmente durante el tercer trimestre de embarazo.
—¿Es muy grave? —su hermano me miró preocupado.
—No os voy a engañar. Puede ser muy peligroso, especialmente si se tiene un síntoma como el dolor abdominal. Y tú lo tienes —sentencié, clavando mis ojos en la joven—. Afortunadamente, no presentas más síntomas como la dificultad en la visión o dolores de cabeza, pero debes tener reposo absoluto —la chica abrió la boca para decirme algo, pero seguí hablando antes de que ella pudiera cortarme—. Sé que quieres viajar a Trost, pero tanto ese niño como tú corréis el riesgo de morir.
—De acuerdo —su hermano asintió con determinación.
—¿¡Qué!? ¡No, Shen! ¡Tenemos que ir!
—¡No vamos a ir, Tanya! Vuestra salud es más importante. Si tú mueres y Gin está vivo, ¿qué hará él entonces? —la chica guardó silencio y su hermano volvió sus ojos hacia mí— ¿Qué debemos hacer?
—La mejor manera de curar la preeclampsia es dando a luz, pero me temo que yo no tengo los conocimientos suficientes para atender un parto —rebusqué una hoja en una cómoda cercana y algo con lo que escribir—. Os apuntaré los datos de un doctor que habita en Klorva. Se retiró hace unos meses, pero lo que sé me lo ha enseñado él. Decidle que vais de mi parte y que algún día le devolveré el favor.
—Muchas gracias —el chico tomó el papel y se lo guardó.
—Hasta que deis con él y que decida cuándo proceder, Tanya, deberás permanecer todo el día en cama. Y no es negociable. Lo mejor es que estés recostada sobre el lado izquierdo el mayor tiempo posible —la chica chasqueó la lengua, frustrada, pero al final accedió— y bebe mucha agua.
Tomé mi chaqueta, que había dejado previamente a un lado, y me la volví a poner.
—Muchas gracias, doctora —su hermano me acompañó a la puerta de la casa.
—No soy doctora. Soy un soldado de las Tropas Estacionarias —igualmente sonreí para que mi respuesta no pareciera tan dura—, pero de nada. Asegúrate de que tu hermana cumple lo que le he dicho.
—Lo haré y en seguida buscaré al doctor.
Yo sonreí y salí por la puerta de la casa. Fuera me esperaban Mara y Elric apoyados en la pared de la casa de enfrente. Los dos comían unas manzanas dulces mientras charlaban observando con indiferencia a los transeúntes que pasaban.
No tardaron mucho en percatarse de mi presencia. Cuando me puse a su altura, tiraron a un lado los palos de las manzanas y se chuparon sus dedos llenos de caramelo.
—Ya era hora —me dijo Elric con la boca llena.
—¿Va todo bien? —se interesó Mara.
—Bueno… Estará bien. Si sigue mis consejos no habrá problema. Tiene preeclampsia y debería tener el bebé cuanto antes, pero de eso es mejor que se encargue un doctor.
Hacía mucho tiempo que no veía al doctor que me había enseñado lo poco que sabía sobre medicina. Él era uno de los pocos doctores, seguramente junto al doctor del que me había hablado Hannes, Grisha Jaeger, que curaban a las personas sin recibir nada a cambio. Él esperaba que siguiera ese camino, que me convirtiera en una digna sucesora, pero opté por la vía del ejército. Nunca le había visto tan enfadado como aquel día o, quizás, también se podría utilizar el término decepcionado.
Fue horrible tener que experimentar algo así de nuevo. El que se había convertido en mi segundo padre me estaba repudiando igual que lo había hecho mi padre biológico. No había hablado con él desde entonces, pero, a medida que había ido creciendo, comprendí que su reacción se había debido a que él estaba preocupado por mí porque también me veía como a su propia hija. O, al menos, eso era lo que yo quería creer.
—Te estás ganando toda una reputación —Elric sonrió de medio lado mientras pasaba su brazo por mis hombros—. Eres como una superestrella por Trost.
—Pero qué dices —emití una carcajada mientras regresábamos a nuestra tarea de patrullar las calles—. Solo hice lo que pude. La suerte es que pude salvar al tío de esa chica. No sé cuántas personas murieron en mis manos. Si hubiera sido al contrario, seguro que no habrían acudido a mí.
—Si continúas así, seguirás sumando puntos para ser capitana algún día.
—¿Tú crees?
—¡Pues claro! —Elric me pellizco la mejilla derecha— Eso sí, los que estén bajo tus órdenes van a saber lo que es trabajar. A nosotros nos tienes explotados.
—No exageres —fulminé con la mirada a mi amigo.
—Eres una mandona, pero te queremos igual —Mara siguió caminando sin mirarme—. Si no te soportáramos, ya habríamos pasado de ti.
Yo sonreí y atraje a los dos hacia mí para abrazarles. Elric se rio, pero Mara protestó y se zafó de nuestro agarre, como normalmente hacía. No obstante, mientras huía de nosotros, capté la comisura de sus labios ligeramente curvada hacia arriba, mostrando una media sonrisa.
Debo reconocer, por mi parte, que me sorprendió gratamente que aquella chica embarazada acudiera a mí. Había viajado desde Trost hasta Klorva para ser tratada porque le habían llegado buenas referencias sobre mí. No iba a negarlo. Podía sentir mi pecho hinchado de orgullo, tanto que me iba pavoneando por las calles del distrito como si hubiera logrado el mayor triunfo de mi vida.
Klorva era generalmente un distrito tranquilo. Más allá del caso de esa joven, nunca nos había sucedido nada fuera de lo común. Sin embargo, cada vez que creía que sería un día cualquiera, siempre sucedía algo que nos hacía trabajar más de lo esperado. No es que me molestara trabajar. Era mi deber y, además, era una forma de mantenerme ocupada e ignorar la monotonía que suponía estar en las Tropas Estacionarias, pero, no sé cómo demonios me las apañaba para estar metida en cualquier lío.
Fue girar a la derecha, por uno de los callejones de Klorva más alejados del centro del distrito, cuando un hombre nos avasalló a los tres. Estaría cerca de los cuarenta, pero aparentaba muchos años más dada la escasez de pelo y las arrugas en su rostro.
—¡Vosotros! ¿¡Cuándo pensáis hacer algo por nosotros!? —el hombre salió del puesto en el que vendía objetos de alfarería y empujó a Mara, que era la que estaba más cerca de él.
—¡Eh! ¡Tranquilícese! —Elric se interpuso entre los dos.
—¡No me digas lo que tengo que hacer, muchacho! ¡No habéis hecho nada!
—¿¡De qué demonios está hablando!? —le reclamó Mara, visiblemente molesta por el empujón que acababa de recibir.
—¡No he sido el primero en denunciar y seguís sin hacer nada! ¡Ese tipo se pasea y nos quita lo poco que tenemos!
—¿Ese tipo? —pregunté confundida— ¿Es que alguien les está robando?
—Estoy harto de las Tropas Estacionarias —el hombre refunfuñó—. No hacéis nada por nosotros.
—Oiga, no tenemos todo el día. Si no nos dice qué pasa, no podremos ayudarle —Mara se cruzó de brazos.
—Se han producido una serie de robos en varias casas por todo Klorva. Lo hemos denunciado muchas veces, pero no nos habéis hecho caso. Que ibais a investigar, que ibais a encontrarle… Sí, ya lo veo. ¡Si ni siquiera sabéis de qué hablo!
Los tres nos miramos entre nosotros y suspiramos resignados. No era la primera vez que algunos soldados más experimentados ignoraban los problemas de los ciudadanos para regresar cuanto antes al cuartel y continuar con sus timbas de cartas acompañadas de alcohol. Nunca me había planteado intentar cambiar las cosas en las Tropas Estacionarias, ya que no me consideraba lo suficientemente apta para llevar a cabo tal responsabilidad, pero sí que esperara que algún día las cosas mejoraran gracias a alguien que sí tuviera el espíritu necesario para cambiar su funcionamiento.
—¿Tomaron nota nuestros compañeros? —me interesé.
—Sí. Vinieron con unas libretas y apuntaron lo que les dijimos, pero no han vuelto a venir —el hombre parecía algo más tranquilo al notar que estábamos interesados.
—Deberíamos mirar en el cuartel —sugirió Elric—. Seguramente archivaran todos esos casos.
—Si miráramos, puede que encontremos pistas —añadió Mara.
—¡Entonces, está decidido! —exclamé emocionada. Nunca había tenido que atender ningún caso de ese tipo que implicara detener a un criminal— ¡Detendremos a ese ladrón!
—Eso dicen todos… —murmuró el hombre poco convencido de nuestra determinación.
—No sabe con quién ha ido a dar, señor —Elric dio al hombre unas palmaditas en la espalda mientras le mostraba una amplia sonrisa —. Esa chica de ahí —me señaló— es la tía más cabezota de todo Klorva. Le aseguro que no parará hasta detener a ese ladrón.
—Cállate —Mara le dio una patada en la pierna derecha —¡Empieza a caminar de una vez!
—¿¡Pero qué demonios te pasa!? ¡Estaba animando al señor, vieja bruja! —Elric se palpó su pierna dolorida mientras comenzaba a caminar de vuelta a una de las calles principales de Klorva, desde donde regresaríamos al cuartel.
—¿¡Vieja bruja!? ¡Y tú cabeza hueca! No puedes ir hablándole así a la gente y menos de tus compañeros.
—Se llama ser agradable. Algo de lo que tú careces.
—Ya… Ya… —intervine dando palmaditas a cada uno en sus cabezas.
Los tres nos movimos hacía el cuartel, donde nos esperaba una larga tarde de búsqueda.
A medida que fuimos moviéndonos entre papeles descubrimos que lo que decía el hombre había sido verdad. Había unos diez robos registrados en distintas zonas de Klorva. Decidimos repasarlos uno a uno para intentar descifrar algo de información al respecto y poner en orden todas nuestras ideas.
No lo voy a negar, fue un trabajo bastante tedioso y comprendí por qué los más veteranos de las Tropas Estacionarias no querían hacerlo. Todos los días sucedían muchas cosas en las calles de Klorva. No era fácil controlar a tanta población, especialmente desde la caída de la Muralla María.
No sobra decir que fuimos el hazmerreír de muchos de nuestros compañeros durante aquel tiempo. Solían meterse con nosotros, alegando que si nos creíamos detectives o algo así. Yo solía ignorarles, era mucho más fácil, pero Elric y Mara eran mucho más temperamentales que yo y más de una vez se metieron en alguna pelea en la que no hubo que lamentar mucho más que algún golpe, pero que, sin duda, enfurecieron a Hannes.
Nuestra investigación nos llevó aproximadamente unos tres días. Durante aquel tiempo, descubrimos muchas cosas sobre aquellos casos de robos e, incluso, intentamos llevar a cabo un plan. Cuando hubimos organizado todas nuestras ideas, decidimos actuar. Seríamos solo nosotros tres, ya que no contábamos con mucha más ayuda, pero antes de ponernos en marcha debíamos hablar con él. Hannes era el único que podía darnos luz verde, aunque era ridículo teniendo en cuenta que solo pretendíamos hacer nuestro trabajo. No obstante, solo había una persona que le podía convencer. Y esa era yo.
¡Hasta aquí el quinto capítulo!
Es un poquito más corto que el anterior, así que lo lamento. Tanto éste como el próximo estarán un poco más centrados en la vida en las Tropas Estacionarias antes de meterme de lleno en lo que será la historia original. Aún tengo que poner en orden unas cuántas ideas, pero se me han ocurrido un montón de cosas que meter en esta historia.
Muchas gracias a catherinearnshaws por dejarme siempre su opinión sobre el capítulo. Tendrás que esperar un poco para saber lo que piensa Erwin, pero creo que te gustará. Y, también, gracias a memerememe. Me alegro de que te esté gustando esta historia. Ya, por último, pero no menos importante, gracias a las personas que han comenzado a seguir o le han dado a favorito a esta historia durante las últimas semanas.
¡Nos leemos!
