VII
—Si hubiera sabido que ibas a venir, habría preparado algo.
Mis ojos continuaron fijados sobre el café que había en mi taza mientras mi madre se paseaba de un lado al otro de la cocina luciendo un camisón blanco y su pelo recogido.
—Siento haberme presentado así —susurré.
—No importa —mi madre sonrió—. Nos gusta tenerte por casa, ¿verdad, Ezra? —Mi hermano, sentado justo en el lado contrario de la mesa, asintió entusiasmado.
Yo me limité a sonreír levemente. Me había despertado antes de que salieran los primeros rayos de sol y, en silencio, me había puesto las botas y había salido del cuartel general rumbo a casa. No me apetecía ver a nadie aquella mañana y mucho menos después de lo que había pasado el día anterior.
Me masajeé las sienes y suspiré. Todo parecía haber sido un mal sueño. El beso con Elric, la discusión con Mara… Nada de eso parecía real y lo único que necesitaba era despejarme un poco. No me apetecía verles. No quería ver la sonrisa de Elric, no quería que me tocara y mucho menos quería notar la mirada inquisitoria de Mara sobre mí. Siempre había creído que nuestra relación de amistad era más fuerte que nada. Era como si juntos pudiéramos vencer a todo el mundo, pero tenía la sensación de que los tres vivíamos en mentiras constantes. ¿Por qué Mara nunca me había dicho lo que pensaba? ¿Por qué yo tenía tanto miedo de decir que no? Se suponía que los amigos podían estar por encima de esas cosas, pero ahora creía que solo nos soportábamos porque no teníamos a nadie mejor en quien apoyarnos. Todos habíamos optado por el camino fácil en nuestras vidas y, aunque pareciera que nos tomábamos en serio nuestro trabajo, tenía la impresión que éramos los que menos creíamos en las Tropas Estacionarias.
—Ezra ha estado haciendo sus ejercicios tal y cómo me dijiste —mi madre entró de nuevo en la cocina ya vestida y se sirvió una taza de café. Yo asentí—. Nos lo estamos tomando muy enserio, ¿verdad, cielo? —mi hermano asintió de nuevo y continuó masticando con lentitud el trozo de pan mojado en leche que se había llevado a la boca.
—No tenías más remedio. Sabes que me habría dado cuenta si no los hace.
—Pues dirás lo que quieras, pero yo no veo mejoría.
—Es normal —di un pequeño sorbo a mi taza de café—. Los resultados solo se verán a largo plazo. No pretendas que empiece a caminar solo con una sesión. Aún no hago milagros.
Mi madre rio cuando dije aquello y dejé de nuevo la taza de café sobre la mesa mientras la observaba por el rabillo del ojo. La notaba más cansada de lo normal, pero preferí no preguntar. Suponía que no sucedía nada malo con Ezra, ya que había engordado un poco desde la última vez que le había visto. Tenía un aspecto más saludable. Pero notaba que había algo más que ella no me contaba. Preferí guardar silencio mientras seguía dándole vueltas a todas las posibilidades. Podía ser problema de dinero, pero dudaba de ello. Todo lo que ganaba en el ejército, a excepción de unas pocas monedas que guardaba para mí, iba destinado a mi madre y mi hermano.
—Debería irme —dije finalmente poniéndome en pie. Bebí el resto del café de un trago y dejé la taza sobre el fregadero. El sol lucía ya en lo alto y las calles de Klorva cada vez comenzaban a estar más pobladas de gente que salía a trabajar o hacer recados. No quería seguir importunando a mi madre con mi visita inesperada. Seguramente tendría cosas más importantes que hacer que permanecer todo el día sentada en silencio en la cocina haciendo compañía a su hija, a quien no le apetecía hablar.
—¿Te vas tan pronto? —preguntó mi madre sorprendida— No me ha dado tiempo a preparar nada para que te lleves al cuartel.
—No es necesario —quizá soné demasiado tajante, ya que mi madre enarcó ambas cejas—. Hoy hay mucho trabajo que hacer. El capitán Hannes salió ayer por la tarde de viaje —me acerqué a mi hermano y le di un beso en la frente mientras éste me tomaba del cuello para abrazarme.
—Como tú quieras…
Y, sin decir nada más, abandoné mi casa. Mi madre se quedó observando el quicio de la puerta por el que me había marchado en silencio durante varios segundos y suspiró. Ella sabía mejor que nadie que había pasado algo, pero nunca me insistía para que le contara las cosas. Su sexto sentido siempre le decía qué sucedía si finalmente no era yo la que se lo contaba.
Caminé a paso lento por las calles del distrito. No tenía muy claro que quisiera ir al cuartel. Efectivamente, había mentido a mi madre sobre el trabajo. No teníamos absolutamente nada mejor que hacer que jugar a las cartas o beber, como hacían muchos de mis superiores. El capitán Hannes, por otra parte, se había marchado a Trost a esperar órdenes. Según tenía entendido, había una importante reunión entre las Tropas Estacionaras y la Legión de Reconocimiento en el distrito con motivo de lo sucedido en Stohess, por lo que parecía que ambas secciones del ejército iban a trabajar conjuntamente a partir de entonces. La aparición de titanes en el interior de las murallas había conmocionado a los nobles y altos cargos y exigían explicaciones a los implicados.
Aunque no de manera oficial, Hannes me dejaba a mí siempre al cargo de las tropas en Klorva cuando él debía abandonar el cuartel por diferentes motivos. No me sentía especialmente preparada para ello. Generalmente, intentaba que todo el mundo se moviera un poco, pero aquel día ni siquiera tenía ganas de pasarme por el edificio.
Intentado alargar el enfrentamiento con mis amigos, me acerqué hasta el mercado, donde ojeé los diferentes puestos y me probé ropa nueva que sabía que no me podía permitir. Las pocas monedas que guardaba para mí eran para poder comer a veces fuera con mis amigos. Nunca era suficiente para renovar mi viejo y apolillado vestuario, así que aquello era como una tortura. Me estaba probando cosas que sabía que nunca me iba a poder permitir. Rebusqué a mediodía en los bolsillos de mi pantalón y saqué unas cuantas monedas de cobre que dejé sobre la mesa de una de las tabernas del sur de Klorva, donde me sirvieron un cuenco con estofado y una jarra de cerveza.
Ya por la tarde decidí regresar al cuartel. Había visto pocos soldados de las Tropas Estacionarias por las calles, así que me crucé de brazos. No podían ser tan vagos como para ni siquiera dignarse a salir del edificio ahora que no estaba el capitán. Yo no estaba siendo el mejor ejemplo, pero debían trabajar en algo, aunque solo fuera para que pareciera que estaban haciendo algo. Entré como una exhalación en el cuartel, pero pronto me percaté de que algo no iba bien. La atmósfera era demasiado tensa.
—¿¡Dónde demonios estabas!? —Mara se acercó a mí grandes zancadas y, tan pronto como se puso a mi altura, me aferró del brazo con fuerza y me llevó hasta el comedor. Juraría incluso que había hecho el amago de pegarme, pero, finalmente, se había contenido.
—¿Qué pasa? —pregunté confusa. Ella no me respondió y siguió arrastrándome por el pasillo. Cuando llegamos al comedor, los soldados se arremolinaban alrededor de las mesas. Muchos llevaban puestos sus equipos de maniobras tridimensionales y otros rezaban de rodillas.
—¡Aquí está! —Farman habló más alto de lo necesario y extendió sus brazos hacia el cielo— El ojito derecho del capitán evadiendo sus responsabilidades…
—Puede explicarme alguien qué…
No me dio tiempo a terminar esa frase. Mara se acercó hasta una de las mesas y tomó un papel que prácticamente me estampó en la cara para que lo leyera. Lo tomé entre mis manos. Parecía una carta y, cuando comencé a leer, mis ojos se abrieron de par en par. No podía ser posible. Otra vez no. Un gimoteo escapó mi garganta y noté que los músculos de los soldados que me rodeaban se tensaron. Ahora entendía por qué muchos rezaban. Estábamos perdidos. Nuestra existencia estaba condenada al fracaso.
—¿Cuáles son tus órdenes? —preguntó un jovencísimo recluta. Sus ojos estaban llenos de terror.
¿Por qué demonios me pasaba esto a mí? ¿Por qué tenía que pasar esto cuando el capitán no estaba aquí? Tragué saliva y eché de nuevo un vistazo a la carta de mi capitán intentando releer lo que en ella venía, cuáles eran las instrucciones del comandante. Debía mantener la calma. Si aquel soldado de unos quince años veía que entraba en pánico no tendría motivos para seguir guardando la compostura.
—Está bien… —contuve unos segundos el aire para soltarlo de un largo suspiro— ¡Preparad los caballos! Ya sabréis lo que pone en esta carta. Somos la vanguardia. Debemos partir de Klorva con destino a Trost. A medio camino nos encontraremos con el grupo del capitán, proveniente de dicho distrito. Nuestra tarea es revisar los muros, asegurarnos de que no haya ningún maldito agujero y de matar a los titanes que hayan atravesado la muralla —intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca—. Esta es la realidad, soldados. La muralla ha vuelto a ser perforada. Nos dividiremos en varios grupos. Vosotros —señalé a los que se encontraban en el lado derecho de la habitación—, iréis por lo alto del muro. Mara, tú les guiarás —mi amiga asintió—. El resto iremos a caballo por la parte baja. Los que estáis a mi izquierda echaréis un vistazo a los caminos. Farman —el hombre se cruzó de brazos—, serán cosa tuya.
Todo el mundo comenzó a movilizarse tan pronto terminé de dar instrucciones. Sentía que mis brazos y piernas temblaban. Todo el mundo a mi alrededor gritaba órdenes mientras yo no sabía hacia dónde debía caminar. Estaba completamente aturdida. La carta de Hannes decía que se habían avistado titanes dentro de Rose, lo que significaba que la muralla había vuelto a ser destruida y ahora estaba bajo nuestra responsabilidad ponerle solución cuanto antes.
—Está acojonada —Farman emitió una leve risita. Yo estaba apoyada en la pared, intentando tranquilizar el miedo y la presión que sentía—. Tiene un marrón encima. Espero que esa jodida cría fracase. A ver si le queda claro de una vez al capitán de que tiene disciplina, pero no los cojones suficientes como para dirigir a un grupo de soldados.
—¿¡Qué has dicho!? —yo me sobresalté al escuchar el grito de Elric. Mi amigo tomó a Farman por el cuello de la camisa y le levantó un par de centímetros en el aire.
—¿¡Qué diablos creéis que estáis haciendo!? ¡Moved el culo, idiotas! ¡Ya habéis oído las instrucciones! —Mara me miró de reojo antes de salir por la puerta. Yo la seguí, pero no intercambiamos ninguna palabra. No sabía si me miraba de aquella manera por cómo Elric había salido en mi defensa o por cómo estaba reaccionando ante aquella noticia. O ambas cosas. Por otra parte, la premisa de Farman me resultaba repugnante, pero también me aterrorizaba. Mucha gente dependía ahora de mí. Si yo fracasaba en la misión, estábamos perdidos y él parecía querer la caída de Rose solo para poder restregarle a Hannes que nunca debió confiar en alguien como yo.
Tan pronto como estuvieron los caballos listos, conseguí ponerme el equipo de maniobras tridimensionales, aún con mis manos temblorosas, y los hombres que me acompañarían estuvieron también preparados, di la orden de avanzar.
El sol había comenzado a ocultarse por el horizonte. Las pocas personas que quedaban en el distrito nos miraron con rostros llenos de preocupación y sorpresa. Mi grupo, conformado por unos cincuenta soldados, cabalgó hasta atravesar las puertas del distrito mientras que el grupo liderado por Mara, de unos quince hombres, utilizó los equipos de maniobras tridimensionales para recorrer lo alto del muro.
Nos esperaba una larga noche. Nuestro grupo se dispersó en dos cuando nos alejamos unos metros de las puertas. Farman se llevó a la mitad del grupo para explorar los caminos en busca de titanes que hubieran podido avanzar tras el instante en el que se hubiera producido el nuevo agujero en el muro. Su misión consistía en localizarlos y matarlos antes de que causaran algún tipo de daño. Cerré los ojos momentáneamente. Esperaba que llegara el máximo número posible de hombres con vida.
Durante cien años, la humanidad había vivido tranquila tras aquellas murallas, pero durante los últimos cinco años habían sucedido demasiadas cosas. Primero en Shiganshina, donde se habían aparecido el Titán Colosal y el Titán Acorazado cinco años atrás. Aquel día la humanidad se vio reducida un veinte por ciento y perdió la Muralla María. Hacía unos meses, el Titán Colosal había vuelto a aparecer, pero esta vez en Trost, donde había vuelto a hacer otro agujero. No obstante, un joven recluta se había transformado en titán desafiando a la lógica y había taponado el agujero, salvando así la Muralla Rose. Por último, los tres últimos días se había hablado de titanes en el distrito de Stohess. Y, ahora, la historia volvía a repetirse. Era como si no pudieran tener ni un minuto de tranquilidad.
Fruncí el ceño mientras veía de nuevo al grupo de Farman cabalgando hacia nosotros unas horas más tarde. Nosotros no habíamos visto ningún agujero o grieta en nuestro tramo de la muralla, lo que me aliviaba, por una parte, pero por otra, me resultaba extraño.
—Nada —elevó la voz para que le escuchara—. No nos hemos topado con ningún titán.
Me mordí el labio y finalmente asentí. Agité las riendas de mi caballo y comenzamos a cabalgar de nuevo hacia Trost, al punto de encuentro. Habíamos tenido suerte, ya que no nos habíamos tenido que topar con el agujero en el muro, pero eso solo podía significar que el grupo de Hannes se había tenido que enfrentar a aquellos seres monstruosos. Solo esperaba que todos estuvieran bien. Seguramente, nosotros llegaríamos antes a la zona intermedia entre ambos distritos dado que no habíamos tenido que afrontar ningún peligro, pero, para mi sorpresa, Hannes y el resto de sus hombres ya estaban allí.
—¡_ _ _ _! —me llamó. Hannes parecía nervioso y caminaba de un lado a otro bajo la atenta mirada de los soldados que le acompañaban. Detuve mi caballo cuando me puse a su altura y descendí de él.
—No hemos visto ninguna grieta en el muro, señor. Y los caminos están limpios de titanes. Farman lo ha comprobado con varios hombres.
—¿Qué está pasando? —una gota de sudor recorrió la frente de Hannes.
—¿Qué quiere decir, capitán?
Todos guardamos silencio mientras él seguía moviéndose de un lado a otro. Se pasó la mano por la frente y, de repente, se subió a su caballo.
—_ _ _ _, tú vendrás conmigo —asentí sin preguntar y me subí a mi caballo—. Vosotros —señaló a un grupo de soldados que había junto a él—, también. Iremos hacia Trost. Hay que avisar al escuadrón de la capitán Hange. Están a unos pocos kilómetros de aquí. El resto, esperad órdenes.
El grupo de hombres que Hannes había seleccionado seguió sus instrucciones sin rechistar. Preferí guardar silencio mientras cabalgábamos. Yo era la única del grupo que no había acompañado a nuestro capitán a Trost, así que era la única que desconocía el estado real de la situación. En aquellos momentos, todo era demasiado confuso.
Poco a poco, Hannes frenó a sus caballos y el resto hicimos lo propio. El animal trotó a lo largo del muro mientras esperamos pacientemente. Hannes no dejaba de mirar hacia arriba, como si buscara algo o, mejor dicho, a alguien.
—Ahí están… —Hannes extendió su equipo de maniobras tridimensionales— _ _ _ _, sígueme.
Yo asentí y fui tras él en todo momento. Escalé por el muro ayudándome de mi equipo y fui la primera en llegar hasta lo alto. A diferencia de mi capitán, no tuve tantas dificultades para llegar hasta la parte superior, mientras que él prácticamente rodó por el suelo cuando logró llegar a lo alto de la muralla. Quise ayudarle a incorporarse cuanto antes, pero negó mi ayuda, así que me aparté a un lado para dejarle espacio a que pudiera recuperarse.
Cuando levanté la vista de mi capitán, me percaté de que había bastantes personas en la parte superior del muro. Y a tres de ellas las conocía. Mikasa Ackerman, Eren Jaeger y Armin Arlert.
—No hay ningún agujero en ninguna parte —consiguió articular Hannes finalmente. Yo le miré sorprendida, pero no fui la única. Las bocas de todos se abrieron de par en par. Cuando revisé la parte del muro que nos habían asignado no habíamos encontrada nada, pero ahora resultaba que Hannes tampoco. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿De dónde habían salido entonces todos esos titanes que se habían avistado? ¿O es que había sido una falsa alarma?—. Hemos buscado toda la noche y puedo garantizar que entre el distrito Trost y el distrito Klorva no hay anormalidades en el muro.
—¿Qué quieres decir? —una mujer de gafas y pelo castaño recogido en una coleta dio un paso al frente.
—Ya nos encontramos con los soldados enviados desde Klorva para observar el muro. La soldado _ _ _ _ es uno de ellos —las miradas de todos se posaron momentáneamente en mí, especialmente una en concreto. Los verdes ojos de Eren me taladraron, por lo que yo deslicé mi mirada hacia Hannes, intentando esquivar la del castaño—. Revisamos también los caminos. Además, durante este tiempo no nos topamos con ningún titán.
—Pero… Hemos visto muchos titanes por aquí —intervino Armin—, en el interior del muro. No hay duda de eso.
—¿Pero mirasteis cuidadosamente por el muro? —preguntó Eren a Hannes— ¿Quizás estás borracho o algo?
—¿¡Cómo va a estar el capitán borracho en una situación así? —fruncí el ceño, visiblemente ofendida.
—No, no lo estoy, Eren —Hannes me miró de reojo. Pude observar que las comisuras de sus labios se curvaron ligeramente hacia arriba—. Y, pensándolo bien, ¿por qué demonios estáis aquí?
Los tres chicos guardaron silencio. La mujer de gafas, que llevaba las alas de la libertad a la espalda, se alejó de nosotros y comenzó a hablar con sus soldados.
—Estamos con el escuadrón de Hange —respondió Eren con franqueza.
Abrí los ojos por la sorpresa y giré levemente mi rostro para mirar a aquella mujer. Era Hange Zoe en persona. Había escuchado hablar muchas cosas de ella, como que estaba loca y que tenía una obsesión enfermiza por los titanes. Pero debo reconocer que me quedé bastante sorprendida, pues parecía una persona de lo más normal a primera vista.
—Tuvimos problemas después de lo que pasó en distrito de Stohess —explicó Armin—. Nos separamos y vinimos con Hange. Otra parte del grupo se quedó en Rose y fueron atacados por titanes. El pueblo de Connie, por ejemplo, otro compañero nuestro, fue completamente arrasado. No ha quedado nada.
—Pero ya lo hemos dicho —intervine—. No hay agujero en la muralla, no hay grieta y no hemos visto titanes.
Armin guardó silencio y noté cómo tragaba saliva. Había algo más que no nos contaban. Faltaba información. Fruncí el ceño y abrí la boca de nuevo, pero antes de poder decir nada, Hannes me interrumpió.
—En cualquier caso, no bajéis la guardia. Nos iremos adelantando —Hannes dio media vuelta y extendió sus ganchos al frente—. Vamos, _ _ _ _.
Yo asentí y me limité a seguir a mi capitán. Atrás dejamos a los tres chicos conversando sobre algo que no alcanzaron a escuchar mis oídos.
Tan pronto como descendimos, volvimos a montar en nuestros caballos y comenzamos a galopar. No era tan estúpida como para no haberme dado cuenta de que la mayoría de los muchachos que estaban sobre las murallas no llevaban puesto su equipo de maniobras tridimensionales. Quise comentarle a mi capitán lo que creía, que había más cosas que desconocíamos, pero eso tampoco habría marcado la diferencia. Seguramente, él también se había dado cuenta.
Habíamos avanzado menos de un kilómetro cuando escuchamos dos enormes explosiones a nuestras espaldas. Los caballos se revolvieron y tuve que tirar de las riendas para intentar calmar al mío, mientras mis compañeros y mi capitán hacían lo propio con los suyos. Un poderoso y caluroso viento nos golpeó en la cara cuando intentamos girarnos para mirar qué sucedía, por lo que nos cubrimos nuestros rostros con los brazos, protegiendo sobre todo los ojos.
—¡Capitán!
—¿¡Qué demonios es eso!?
Poco a poco, el humo se disipó y, aunque lo estaba viendo con mis propios ojos, no podía dar crédito. Ahí estaba de nuevo. El Titán Acorazado, pero poco después de su aparición entró en escena otro titán que, desde lo lejos, me parecía que era el de Eren Jaeger. Escuché varios gritos a mi alrededor. Muchos de mis compañeros perdieron los nervios y contagiaron de nuevo a los caballos, que volvieron a descontrolarse.
—¿Qué? —sentí un nudo en mi garganta— ¿Por qué? —pregunté en voz alta, pero a nadie en particular me respondió. ¿Por qué nos hacían esto? ¿Por qué otra vez nos atacaban? Todo a mi alrededor era demasiado confuso. ¿De dónde había salido el Titán Acorazado?
Hannes volvió a bajarse de su caballo volvió a extender los ganchos de su equipo de maniobras tridimensionales para llegar a lo alta de la muralla. Moví mis brazos para hacer lo mismo, pero me detuvo.
—Cabalga rápido, _ _ _ _. Ve a Trost y cuéntales lo que está pasando. Necesitaremos refuerzos.
No obstante, yo permanecí inmóvil. No podía apartar mis ojos de la batalla que estaba teniendo lugar a unos metros de distancia de nosotros. El Titán Acorazado y el Titán de Eren estaban peleando con muchísima violencia. El castaño, completamente descontrolando y emitiendo rugidos ensordecedores, parecía estar con clara ventaja sobre el Acorazado. Sentía mi corazón acelerado. Podía hacerlo. Eren Jaeger podía hacerlo y poner fin a esta pesadilla.
Pero, de repente, hubo otra explosión más fuerte todavía que las dos primeras. Sobre el muro, una especie de esqueleto gigante con una fina capa de músculo se acababa de aparecer sobre el muro. Mis compañeros gritaron por el asombro y el miedo. Era una imagen monstruosa y, aunque la enorme nube de vapor que emitía no nos permitía ver bien, aquel extraño titán se lanzó desde lo alto del muro para caer sobre Eren Jaeger y el Titán Acorazado.
La explosión fue brutal. Mis compañeros y yo nos cubrimos de la fuerza del impacto, que se extendió hasta nosotros. El calor resultaba incluso insoportable y los caballos volvieron a descontrolarse, tirando a algunos de mis compañeros al suelo.
—¡Muévete, _ _ _ _! —me gritó un compañero— ¿¡Qué demonios sigues haciendo aquí!? ¡Es una emergencia!
Apreté los labios en una fina línea e indiqué a mi caballo que avanzara de nuevo. Aquel compañero tenía razón. Hannes me había dado órdenes de ir hasta Trost para avisar de lo que estaba sucediendo y yo ya había perdido mucho tiempo.
Mi caballo corría tan rápido como podía. Las imágenes de lo que acababa de presenciar no dejaban de repetirse en mi cabeza. Miré hacia atrás para echar un último vistazo. No alcanzaba a distinguir del todo lo que sucedía, pero parecía que el hecho de que aquel enorme titán se hubiera lanzado desde lo alto había dado ventaja al Titán Acorazado. Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Era eso entonces el Titán Colosal? Sin embargo, escuché ruido de explosiones. Tanto las Tropas de Reconocimiento como las Tropas Estacionarias debían estar respondiendo al ataque.
Volví a mover las riendas de mi caballo, suplicándole que fuera más deprisa. Esos dos titanes, el Titán Colosal y el Acorazado, debían ser cambiantes, igual que Eren Jaeger. Tenían que serlo. Eso explicaba muchas cosas, como el por qué nadie había encontrado ni rastro de ellos después de aparecerse tanto en Shiganshina como en Trost.
Desde la distancia, grité para que me abrieran las puertas. Era una emergencia. Los soldados de las Tropas Estacionarias del distrito hicieron tal cual les pedí y, en cuanto las atravesé, bajé de mi caballo prácticamente en marcha. Caí al suelo de rodillas, pero me levanté rápidamente, ignorando el dolor de mis muñecas, que habían soportado mi peso al intentar evitar un golpe más fuerte.
—¡Rápido! ¡Necesito hablar con el comandante Pixis!
Ni siquiera sabía hacia dónde corría, puesto que no sabía el lugar en el que estaban reunidos. Un hombre salió corriendo en dirección contraria hacia la que yo iba, así que finalmente me dejé caer al suelo de rodillas, comprendiendo que lo que estaba haciendo era una estupidez. Sentía el latido de mi corazón en las sienes y el sabor de la bilis inundó mi boca. Tenía que estar soñando. Aquello debía ser una maldita pesadilla.
El soldado debió de llamar al comandante Pixis y al comandante Erwin, quienes varios minutos después aparecieron acompañados de varios soldados. Todos se pusieron a mi alrededor formando un círculo mientras yo intentaba encontrar las palabras adecuadas. Apreté los dientes con fuerza y levanté la vista para clavar mis ojos sobre los dos hombres, quienes estaban parados justo frente a mí.
—No hemos encontrado nada anormal en las murallas.
—Ya veo… Ya me lo imaginaba —Pixis apoyó sus manos en sus rodillas y se agachó un poco para quedar más o menos a mi altura. El hombre me sonrió.
—No lo entiende, comandante… ¡La situación es grave de todas formas! —los ojos del hombre se abrieron de par en par— Cuando llegamos a Trost para entregar nuestro reporte nos encontramos con el escuadrón de las Tropas de Reconocimiento lideradas por Hange Zoe. Tenían muchos nuevos reclutas del Escuadrón 104, los cuales no tenían en su posesión equipos de maniobras tridimensionales. Entre ellos… ¡Tres se convirtieron en titanes, señor! ¡Uno de ellos creo que era Eren Jaeger!
—¿¡Qué demonios estás diciendo!? —un joven alto de cabello castaño se acercó hacia mí— ¿¡Había más titanes entre ellos!? ¿¡Has dicho tres!? ¿¡Quienes fueron!?
—Jean, espera —Erwin Smith extendió su brazo hacia el chico, un crío de no más de dieciséis años, y éste guardó silencio inmediatamente— ¿Qué pasó después de que dieran a conocer su identidad?
—No he visto mucho más, comandante Erwin. Lo poco que pude ver mientras cabalgaba hacia aquí fue que la Legión de Reconocimiento respondió a esos ataques. Entraron en combate con el Titán Colosal y el Titán Acorazado —me mordí el labio—. Creo que ya es muy tarde, señor…
—No te preocupes —Erwin Smith me sonrió levemente y se giró hacia el resto de soldados—. Ya lo habéis oído. Dos soldados, dos humanos más se han transformado. Las Tropas de Reconocimiento estarán peleando contra ellos ahora, si no han caído ya. Debemos movilizarnos.
—Comandante Erwin —me puse en pie y me acerqué hasta el hombre. Dudé unos segundos antes de hablar. Sentía que estaba sobrepasando demasiado la barrera de confianza con el rubio, ya que era un superior. Me parecía que estaba siendo demasiado atrevida. Sin embargo, el asintió con la cabeza, esperando a que continuara—, primero se transformó el Titán Acorazado. No sé qué es lo que pasó ahí arriba…
—Espera —Erwin me detuvo para dar instrucciones junto a Pixis. Las Tropas Estacionarias de Trost también se movilizaron, incluso se llamó a miembros de la Policía Militar, pero se debía esperar a que llegaran el resto de refuerzos antes de partir—. Sígueme —Erwin Smith me hizo un gesto una vez terminó y yo le seguí de cerca—. Jean, tú también.
El muchacho que me habían preguntado tan alarmado quiénes eran los otros dos que se habían transformado caminó con nosotros hasta un edificio de dos plantas. No reparé mucho en su aspecto, puesto que no dejaba de mirar hacia el suelo dado el nerviosismo que sentía, pero podía notar que el chico no paró de mirarme, como si me estuviera escrutando con la mirada, durante todo el recorrido y no alcanzaba a comprender por qué. Pero eso era lo de menos. La prioridad entonces era impedir otra catástrofe.
Erwin Smith arrastró una silla para que tomara asiento. Con manos aún temblorosas, me aferré a ella y me dejé caer emitiendo un suspiro. De repente, un escalofrío recorrió mi espalda y, cuando giré el rostro, me topé con la afilada mirada de Levi Ackerman sobre mí, quien estaba sentado al otro lado de la mesa cruzado de brazos.
—Cuéntame todo lo que hayas visto —precisó el comandante. Estábamos solo los cuatro en aquella habitación. Me sentía como en un interrogatorio.
—Como le he dicho, no sé exactamente cómo pasó porque estábamos regresando a Trost en ese momento, pero el primero en transformarse fue el Titán Acorazado. A éste le siguió Eren Jaeger. Parecía que estaban peleando. No dejaban de escucharse rugidos y golpes. Poco después, se produjo una explosión mucho más fuerte y una especie de esqueleto cubierto por una fina capa de músculo apareció en lo alto del muro y, por difícil que sea de creer, se lanzó desde lo alto sobre Eren Jaeger y el Titán Acorazado. Por eso creo que ya no hay tiempo —contuve la respiración—. El golpe fue brutal y yo seguí avanzando. El capitán Hannes me solicitó que viniera a hablar con el comandante Pixis para solicitar refuerzos, pero… —agaché la cabeza.
—Has hecho bien —Erwin Smith se puso en pie y yo le miré preocupada—. Me alegro de que me lo hayas contado a mí.
Sinceramente, no sabía por qué lo había hecho, pero tenía el presentimiento de que, aunque lo acababa de contar fuera una tontería, tendría mucho más valor si se lo contaba a Erwin Smith que al comandante Pixis. Por otra parte, me sorprendió su frialdad para manejar la situación. Era como si se esperara algo así. Él se dirigió a la puerta, seguido por el joven recluta, pero Levi Ackerman no se movió de su sitio.
—¿A qué esperas, mocosa de mierda? —fruncí el ceño. Estaba claro que me recordaba después de nuestro encontronazo en Sina. No era capaz de olvidar que mi falta de respeto se había debido a la presión del momento y aquello me irritaba profundamente. Me giré levemente para fulminarle con la mirada y me levanté de la silla, abandonando también la habitación. Me resultó extraño que no nos siguiera, al fin y al cabo, él era el hombre más fuerte de la humanidad.
Una vez fuera, ayudé en todo lo que estuvo en mi mano. Preparamos carros, armas y caballos para acompañar al grupo tanto por la parte superior de la muralla como por la parte inferior.
Dos horas más tarde, aproximadamente, llegaron los refuerzos que los comandantes de ambas tropas habían solicitado. La Policía Militar se había ofrecido para proporcionar algunos soldados, pero lo que nadie esperaba es que el propio comandante de aquella facción del ejército, Nile Dawk, apareciera dirigiendo a sus hombres. Aquella fue una grata sorpresa y, solo entonces, pude comenzar a creer que una victoria era posible.
¡Hasta aquí el séptimo capítulo!
Tengo la impresión de que todo ha ido un poco rápido, pero también me parecía una buena forma de transmitir un poco el caos que se debieron de vivir en esos momentos. Como podréis imaginar, llegamos a una de las partes más emocionantes del manga. En el siguiente capítulo pasarán muchas cosas y, entre ellas, habrá mucha acción. Nuestra rayis va a tener una especie de epifanía xD
Muchas gracias por las reviews. Catherinearnshaws, sí, llegamos ya a los sucesos del manga, pero meteré cosas de mi propia cosecha y habrá sucesos intermedios entre episodios del manga, ya que nuestra rayis tiene varias conversaciones pendientes y, por otra parte, su relación con Levi irá desarrollándose muuuuy poco a poco (sinceramente, no veo a Levi como el tipo romántico. Será algo que vaya cociéndose a fuego lento xD). E Isabel Valadez, ahí tienes a Levi jaja Ha sido un pequeño cameo al final y, como aún no tengo escrito el siguiente, no sé si aparecerá en él, pero yo creo que sus próximas apariciones van a tener mucha más chicha ;)
¡Nos leemos!
