VIII

Cabalgamos con los caballos por encima de la muralla hasta llegar a la zona en la que había tenido lugar el enfrentamiento entre los tres titanes. Desde la distancia podía apreciarse que ya no quedaba rastro de ellos y parecía que había varios cuerpos puestos en fila sobre el suelo. Tragué saliva, esperando que no fueran cadáveres. Había pasado demasiado tiempo desde que había comenzado el enfrentamiento, algo más de cinco horas.

—¡Comandante Ewin!

—¡Pero si viene hasta la Policía Militar!

Muchos parecían sorprendidos por la presencia de algunos soldados de la facción más protegida del ejército, pero lo que verdaderamente llamó mi atención fue que varios soldados de las Tropas de Reconocimiento sonrieron al ver a su comandante liderar al grupo. Los ojos de aquellos chicos se iluminaron, como si el rubio trajera todas las respuestas consigo y aquello me hizo sentir cierta admiración por él. Erwin Smith se bajó de su caballo con tranquilidad, como si todo lo que le hubiera contado no hubiera causado ningún impacto en él y clavó sus ojos sobre sus hombres.

—¿La situación ha cambiado? —preguntó el rubio.

—No, señor —respondió con franqueza un muchacho.

Erwin asintió y se abrió paso entre los dos chicos que habían ido a recibirle para ponerse en medio del grupo. Pretendía saber así de primera mano qué era lo que había ocurrido exactamente y dar las órdenes precisas de qué era lo que debían hacer a partir de entonces. No onstante, podía imaginarse lo que había pasado, ya que no veía a Eren Jaeger acompañando a Mikasa Ackerman y Armin Arlert.

De repente, Erwin notó cómo alguien le agarraba de la pierna. El resto de personas que le rodeaban abrieron sus bocas de par en par. Cuando bajó la mirada, se percató de que era la propia Hange Zoe la que, arrastrada por el suelo debido a las heridas, se estaba aferrando a su bota.

—¡Hange-san!

—Tr-Traemé un mapa —articuló finalmente la mujer. Durante unos segundos, nadie se movió, así que tuvo que ser Erwin Smith el que hiciera reaccionar a sus soldados.

—Ya habéis oído a la capitán. Traed un mapa.

Un jovencito asintió con entusiasmo y salió corriendo para regresar tan solo unos segundos después con un viejo mapa de color amarillento. El chico lo extendió sobre el suelo y Erwin nos indicó a todos que nos pusiéramos en círculo alrededor de Hange Zoe, quien observaba el mapa con atención.

—¿Qué ha pasado exactamente? —preguntó Erwin Smith agachándose levemente, apoyando sus manos en sus rodillas.

—Tal y cómo creíamos, dos reclutas de la 104 eran titanes cambiantes. Resultaron ser el Titán Colosal y el Titán Acorazado —explicó Hange—. Pero eso no es todo, Erwin, otra recluta más se transformó también. Tanto el Titán Acorazado como el Titán Colosal se han marchado y se han llevado a Eren Jaeger con ellos.

—Bien —Erwin asintió como si aquella explicación fuera de lo más lógica. Los que estaban a mi alrededor se inquietaron ante las nuevas noticias y yo busqué con la mirada a Hannes, quien estaba situado justo al otro lado, al lado de los dos amigos de Eren Jaeger. Mi capitán me miró con determinación y asintió. Él había estado sobre el muro cuando aquello había sucedido y, si él aparentemente estaba tranquilo, yo también debía estarlo—. ¿Sabes algo?

—Hay un pequeño bosque con enormes árboles aquí. Ahí es donde deberían estar —Hange Zoe señaló una zona del mapa—. Bueno… Dudo que el titan blindado se preocupe de cubrir su rastro. En cualquier caso, aún así, creo que es el lugar al que se dirigen.

—¿Por qué lo crees?

—Estoy apostando en esto, pero… Aunque tengan una gran fuerza en su forma de titanes, ellos están fuera de las murallas, así que hay una alta posibilidad de que sean acosados por otros titanes. Después de todo, ellos acaban de estar en una feroz batalla. Incluso si no están exhaustos como Eren, tienen que estar bastante cansados. Annie estuvo en cama un largo tiempo después de su ataque —Hange hizo una pausa—. Vamos a suponer que su destino está fuera de la Muralla María. También vamos a suponer que no tienen suficiente energía para llegar a su destino sin descansar. Con eso planteado, seguramente, querrán descansar en algún lugar donde los otros titanes no los alcancen, así que seguramente se quedarán ahí hasta el anochecer, que es cuando los titanes son incapaces de moverse. ¡Tenéis tiempo hasta el anochecer! ¡Si podéis llegar a ese bosque antes del anochecer, podréis alcanzarlos!

Erwin se incorporó y se giró para mirarnos a todos.

—Ya habéis oído. En marcha —Erwin comenzó a caminar hacia los caballos. El resto de soldados comenzaron a ajustarse sus equipos de maniobras tridimensionales antes de seguir al comandante.

—Ya sabéis, seguiremos sus instrucciones al pie de la letra —comentó Nile Dawk, el comandante de la Policía Militar—. Él tiene más experiencia que nosotros fuera de las murallas.

Yo tragué saliva. Íbamos a ir a la Muralla María, que desde hacía cinco años estaba infestada de titanes. Debía ser lo más parecido a salir de las murallas y, solo la idea, me daba náuseas.

—Has hecho un buen trabajo, _ _ _ _—me giré para toparme con Hannes al lado—. La prioridad es recuperar a Eren.

Yo asentí mientras mi capitán se alejaba de mí para acercarse hasta los caballos. Sabía lo importante que era aquel chico para él. Me había hablado muchas veces de Eren Jaeger y de sus dos amigos, Mikasa Ackerman y Armin Arlert. Hannes solía contarme en los líos en los que se metían y, como ya desde pequeña, la chica prometía, pues por aquel entonces ya se peleaba con los abusones para defender a sus dos amigos. Todos los chicos la temían en Shiganshina.

Antes de subir a mi caballo, me percaté por el rabillo del ojo de que Hange Zoe intentaba ponerse en pie, aunque sin mucho éxito. Había visto desde lejos el nivel de la explosión y, si había estado cerca, debía tener fuertes contusiones. Necesitaba reposar, no levantarse. Estaba convencida de que pretendía unirse a la expedición.

—No debería levantarse —dije una vez me acerqué hasta ella. La mujer me miró sorprendida mientras la tomaba con delicadeza de los brazos y la obligaba a tumbarse—. Está aturdida por la explosión. Necesita descansar. Tiene contusiones por la cara e imagino que también en el pecho.

—¿Eres médico? —me preguntó. Sus ojos se iluminaron con un extraño y perturbador brillo que en ese momento preferí pasar por alto.

—Sí —respondí—. Bueno, soy lo más parecido a un médico que tienen las Tropas Estacionarias en Klorva —sonreí y Hange Zoe me devolvió la sonrisa. Me puse en pie, no sin antes echar un último vistazo a la mujer, que, finalmente, permaneció tumbada en el suelo y, tras eso, me subí a mi caballo.

Tragué saliva mientras descendíamos de las murallas. Ya había visto a los titanes de cerca durante el asalto a Trost, pero aquello era diferente. Íbamos a salir a terreno desconocido para mí. Cabalgaríamos por lo que, hace cinco años, era la Muralla María y debíamos aprender a interpretar las señales con las que estaban acostumbrados a operar las Tropas de Reconocimiento. Ya no teníamos los edificios alrededor como hacía unos meses en Trost, sino que, ante nosotros, se extendían hectáreas y hectáreas de campo hasta que consiguiéramos llegar hasta el bosque que la capitán Hange Zoe había mencionado.

Erwin Smith, como comandante de las Tropas de Reconocimiento, encabezó la expedición que llevaba a una gran cantidad de miembros del ejército hacía la incertidumbre y el abismo. Mis manos sudaban tanto que apenas me veía capaz de agarrar las riendas de mi caballo a medida que los árboles del bosque se iban haciendo cada vez más grandes.

Un destello iluminó parte de sus recovecos oscuros y sentí una punzada en el estómago. No sabía exactamente a qué podría haberse debido, pero tenía la impresión de que Hange Zoe no se había equivocado ni lo más mínimo en su previsión. Aquellos reclutas habían ido hasta el bosque y, ante la presencia del ejército, se habían vuelto a transformar.

—¡Phil! ¡Lleva a los caballos lejos de aquí! —gritó Hannes a uno de mis compañeros una vez estuvimos a escasos metros de los primeros árboles del bosque— ¡Los enemigos deberían haberse dirigido a las periferias! ¡Dispersaos! —ordenó.

Yo tiré de las riendas de mi caballo, haciendo que éste comenzara a detenerse y clavé los ojos sobre mi capitán. Estaba aterrorizado, tanto como yo, pero también estaba determinado a salvar a Eren Jaeger. Quería acompañarle porque, si en algo nos parecíamos, era en nuestro temor por los titanes, en la cobardía de la que no podíamos escapar a veces.

Algo me decía que no todo iba a salir bien aquel día.

—¡Sigue hacia delante, _ _ _ _! —me gritó mientras extendía sus ganchos hacia los árboles.

Finalmente asentí, aunque seguía teniendo mis dudas sobre su propósito y me apresuré en alcanzar al resto de mis compañeros, quienes habían comenzado a bordear el bosque.

Para mi horror, tuve que presenciar las muertes de muchas personas, que terminaban siendo devoradas por algún titán, atraído por la cantidad de personas que nos estábamos exponiendo en ese momento. Pude escuchar algunos comentarios de la debilidad de la Policía Militar en especial, puesto que la mayoría de hombres que habían caído ya pertenecían a esta facción del ejército. Y, aunque no me gustaba presumir, no me sorprendía que ellos fueran los primeros en caer. Para pertenecer a la Policía Militar debías estar entre los diez primeros de tu promoción, por lo que eso suponía estar bien refugiado en Sina. La mayoría de ellos solo habían visto de Trost o de la Muralla María lo que había quedado tras el paso de los titanes. Carecían de experiencia. Incluso más que yo.

Nuestro escuadrón pronto se encontró con el resto. A lo lejos, pude captar al Titán Acorazado, que comenzaba a alejarse de nuestra posición, mientras cientos de titanes salían de entre los árboles, extendiendo sus brazos hacia nosotros.

—¡El Titán Acorazado está intentando escapar con Eren! —gritó Erwin Smith mientras nos arengaba a continuar avanzando— ¡Debe ser detenido sin importar qué!

Golpeé las riendas de mi caballo para que éste siguiera avanzando a gran velocidad. Miré hacia atrás en repetidas ocasiones hasta que encontré a Hannes entre la multitud. El capitán ya iba subido en su caballo, rodeado por Mikasa Ackerman, Armin Arlert y otro chico que recordaba de hacía unas horas. Era el mismo que en Trost me había preguntado visiblemente alarmado quiénes habían sido los que se habían transformado. Volví la vista hacia delante y apreté los dientes con fuerza. Le conocían. Seguro que aquellos tres chicos conocían a quiénes se habían transformado igual que Eren Jaeger lo hacía.

A medida que comencé a acercarme al Titán Acorazado me percaté de que sobre su hombro iba otro titán mucho más pequeño. ¿Pero cuánta gente así había?

De repente, varias personas comenzaron a extender sus ganchos y los reclutas de antes, acompañados de otros dos jovencitos más, se subieron sobre el hombro del Titán Acorazado en lo que parecía un intento de negociación. No obstante, tenía mucha pinta de no estar teniendo ningún efecto sobre él, puesto que éste no parecía estar dispuesto a detenerse.

—¡Alejaos de ahí, chicos! —les gritó Hannes. Como mis ojos estaban puestos sobre ellos, no me percaté hasta que mi capitán dijo eso de lo que sucedía a escasos metros frente a nosotros. Erwin Smith y sus tropas cabalgaban hacia nosotros seguidos por una horda de titanes—. ¡Erwin! No puedo creer esto… ¿¡Qué está tratando de hacer!? ¡Está atrayendo a todos los titanes hacia aquí!

Sentí mi corazón latir en las sienes. Daba igual lo mucho que deseara no tener que enfrentarme a ningún titán, aquello parecía inevitable. El rostro de Hannes estaba desencajado, posiblemente igual que el mío. Era una locura lo que el comandante de las Tropas de Reconocimiento pretendía hacer. ¿Por qué estaba dirigiendo a los titanes contra nosotros? Los únicos que podíamos estar en peligro ante esa situación éramos nosotros, los humanos.

—¡Saltad de una vez, chicos!

Finalmente, los jóvenes reclutas le hicieron caso y volvieron a sus caballos. El choque era inminente. ¿Qué se suponía que debíamos hacer? Lo único que quería era salir corriendo de allí.

—¡Todas las unidades, dispersaos! ¡Alejaos de los titanes! —gritó Erwin justo cuando sus caballos se mezclaron con los nuestros.

Tiré de las riendas de mi caballo y le hice dar media vuelta para poder seguir al comandante de las Tropas de Reconocimiento. Todos comenzamos a cabalgar para alejarnos de allí.

No podía salir de mi asombro cuando vi cómo todos aquellos titanes que había atraído estaban intentando devorar ahora al Titán Acorazado. ¿Por qué? ¿Por qué devoraban a alguien de su especie, a un titán como ellos? Mi mirada se clavó sobre la nuca de Erwin Smith, que cabalgaba a gran velocidad a unos metros de mí. Aquel hombre era impresionante, pero aterrador a la vez. Sabía muchas cosas y no importaba cuántas vidas podían estar en juego. Él hacía los sacrificios que fueran necesarios por un bien mayor.

A unos metros de distancia de los titanes, nos detuvimos y pudimos observar la escena. Todos aquellos seres monstruosos se lanzaron contra el Titán Acorazado, que permanecía inmóvil.

—¡Todas las unidades! ¡A la carga! —tras detenernos a unos metros de distancia para ponernos a resguardo de los titanes, el comandante Erwin volvió a dar órdenes— ¡El destino de la existencia de la humanidad será decidido en este momento! ¡Sin Eren, el futuro donde la humanidad podrá habitar este planeta jamás existirá! —Erwin tomó las riendas de su caballo antes de volver a comenzar a cabalgar de nuevo— ¡Vamos a recuperar a Eren una vez más! ¡Poned vuestro corazón en esta misión!

Mikasa Ackerman fue la primera en seguir las órdenes de su comandante. La chica, tan pronto como el rubio comenzó a alejarse de nosotros en dirección hacia la masa de titanes, comenzó a galopar tras él. Solo entonces, el resto pareció tener el valor suficiente como para correr derechos hacia el ojo del huracán. Aún así, algunos soldados, especialmente de la Policía Militar, se quedaron atrás pues consideraban que aquello era un suicidio. No obstante, su destino no fue mucho mejor que el de los otros soldados que ya habían caído. No conocían el terreno. Si alguien tenía más posibilidades de morir, eran los rezagados.

Por unos instantes, el Titán Acorazado permaneció inmóvil, pero, finalmente, liberó sus manos dejando a la luz a Eren Jaeger y otras dos personas más que no conocía, pero que eran seguramente igual de pequeñas que el castaño. Una vez consiguió aquel objetivo, el Titán Acorazado envistió con fuerza contra los titanes para sorpresa de todos, que abrimos nuestras bocas de par en par.

—¡Avanzad!

Los titanes estaban a escasos metros de nosotros. Podíamos escuchar el sonido de sus dientes intentando clavarse en la dura carne del Titán Acorazado. Comencé a temblar, mientras mi mente pensaba en cómo crujirían mis huesos si alguno de aquellos seres terminaba por devorarme. Pero todo aquello se esfumó cuando presencié lo que vino a continuación. Fue como si la escena se desarrollara a cámara lenta. Mientras nos ordenaba continuar hacia delante, Erwin Smith extendió su brazo hacia el frente. Un titán de unos cinco o seis metros apareció de la nada. Saltó sobre el rubio y se aferró a su brazo con fuerza.

—¡Capitán Erwin! —gritaron algunos soldados, pero ya era demasiado tarde.

Mis ojos se abrieron de par en par y giré mi cabeza para mirar atrás. Mientras el resto de las tropas avanzaban hacia los titanes, el titán, con Erwin colgando de su boca por el brazo, continuaba corriendo en dirección contraria, como si se tratara de un perro con un hueso en su boca. A partir de ahí, no recuerdo absolutamente nada, pues, durante unos minutos, mi mente se puso en blanco. No sé cómo ni por qué, obligué a mi caballo a dar la vuelta y a cabalgar a contracorriente. Creo que Hannes, que estaba en el mismo escuadrón que yo, gritó mi nombre para que regresara con el grupo, pero no podía atender a razones. Solo tenía un objetivo en mente. Salvar a Erwin Smith.

—¡Avanzad! —gritó Erwin a lo lejos— ¡Eren está delante de vuestros ojos! ¡Avanzad!

Los soldados dejaron de mirar hacia atrás y todos se concentraron en la misión que les había encomendado Erwin Smith. Yo, ignorando cualquier orden y sin saber a ciencia cierta aún cómo lo hice, me puse en pie sobre mi caballo. Si tenía suficiente control del equipo de maniobras tridimensionales podría hacerlo.

Mantuve el equilibrio sobre el animal y, cuando comencé a ver cada vez más cerca el final del escuadrón que estaba dirigiendo Erwin Smith, activé los ganchos y los extendí hacia la espalda del titán, penetrando en su carne. Usando el gas, me impulsé hacia delante, sintiendo cómo mis pies se elevaban y mi cuerpo quedaba suspendido en el aire. El viento, por el impulso, revolvió mi pelo, dificultándome la visión, pero creo que, a pesar de ello, actué por puro impulso. Me balanceé de un lado a otro y, cuando me moví por la derecha, desenvainé ambas espadas. Cuando la gravedad hizo que comenzara a caer, agarré el cable de uno de los ganchos para poder moverme hacia la izquierda. Apreté los dientes con fuerza, intentando buscar el máximo nivel de concentración y, emitiendo un grito, perforé la carne del titán. Justo sobre su nuca.

El titán trastabilló y cayó al suelo con un estruendo. Cuando mi cuerpo tocó el suelo, giré un par de veces sobre mí misma, intentando suavizar el golpe y, rápidamente, me puse en pie. Bajo la nube de vapor que desprendía el titán en descomposición, busqué a Erwin Smith, a quien no tardé en encontrar a un par de metros de distancia. Maldije por lo bajo. Había mucha sangre y no tardé en descubrir el motivo. Había perdido el brazo. Erwin Smith había perdido su brazo derecho.

—¡Comandante Erwin! —grité mientras me agachaba para ayudarle. El hombre se sostenía lo poco que quedaba de su brazo mientras la sangre seguía saliendo a borbotones— Hay que hacerle un torniquete o se desangrará.

—¿No dije que avanzarais? ¡Has desobedecido mis órdenes, soldado!

—Puede ser —respondí con franqueza mientras me quitaba mi chaqueta—, pero me temo que usted no es precisamente mi comandante.

Ni siquiera le miré, por lo que no pude ver cómo las comisuras de sus labios se curvaban ligeramente hacia arriba. Cogí una de mis espadas e hice varios cortes en mi chaqueta, dejando solo el trozo que pertenecía a la espalda, ya que era el trozo cuadrado de tela que podía obtener más rápido. Lo doble varias veces, intentando darme la mayor prisa posible, pues el tiempo corría en mi contra. Quizá Erwin estuviera muy entero para lo que acababa de suceder, seguramente debido a la adrenalina que sentía, pero su herida era igualmente peligrosa para él.

No tenía gasas ni tela suficiente para cubrir todo lo que debía, pero, al menos, debía intentarlo. Era consciente de que si el vendaje quedaba demasiado holgado podía empeorar la situación, ya que se produciría un daño en el tejido y, más importante, un empeoramiento de la hemorragia ya existente.

Até el vendaje por encima de la zona amputada utilizando la mayor fuerza que mi propio cuerpo me permitía. Rebusqué con la mirada algún palo o rama por el suelo que recogí rápidamente y lo coloqué en la parte superior del nudo para atar, a continuación, un segundo nudo sobre él. Giré el palo, intentando no romperlo, para estirar el vendaje y que apretara lo suficiente como para detener el sangrado. Después, con una de las mangas de mi chaqueta, aseguré el palo a falta de gasas.

Chasqueé la lengua. No era perfecto y ni siquiera sabía si resultaría, pero me puse en pie y llamé a mi caballo con un silbido. No tenía nada para entablillarlo, pero aquello era lo mejor que podía hacer en un momento como aquel.

—Intente no mover mucho el brazo —le recomendé mientras él se ponía también en pie. Mi caballo vino acompañado de otro, seguramente el del comandante de las Tropas de Reconocimiento.

—Hemos perdido mucho tiempo. Tenemos que darnos sin prisa.

Erwin Smith se subió apresuradamente en su caballo y yo hice lo propio. Seguí en silencio sorprendida por la determinación del hombre. Acababa de perder el brazo, pero seguía actuando como si no hubiera sucedido nada. Me percaté también entonces de que mi torniquete no había sido todo lo perfecto que yo pensaba, puesto que noté que pequeñas gotitas de sangre resbalaban por la tela de lo que había sido mi chaqueta.

Lo que se vivía a unos metros de distancia era el mismo infierno sobre la tierra. El Titán Acorazado había terminado reaccionando y estaba lanzando los titanes que habían estado intentando devorarle contra las tropas del ejército. Los gritos de los hombres cayendo al suelo, el sonido de sus gemidos mientras eran devorados por aquellos seres monstruosos y los relinchos de los caballos asustados perforaron mis oídos. El césped que había bajo nosotros comenzó a teñirse de rojo mientras otros luchaban por permanecer con vida.

Mi corazón latía con fuerza. Estaban peleando por vivir. Todos se estaban aferrando a la vida y los ojos de muchos se llenaron de esperanza cuando volvieron a ver a Erwin Smith sobre su caballo. Siempre había esperanza. Aunque todo pareciera perdido, la humanidad iba a encontrar cualquier resquicio, por pequeño que fuera, para seguir viviendo.

No obstante, sentí un fuerte impacto cerca de donde me encontraba. Uno de aquellos titanes que el Titán Acorazado estaba lanzando cayó muy cerca de donde yo me encontraba. Aplastó a varios soldados en el proceso y a mí me tiró de mi caballo. Mi cuerpo crujió con fuerza al caer contra el suelo y me mordí la lengua, intentando no perder el conocimiento. Sentía como si todas mis extremidades se hubieran movido de lugar, pero, aún así, me puse en pie, sintiendo cómo mi cuerpo me pedía que me detuviera en cada movimiento.

Mi caballo estaba muy cerca de mí. El animal estaba tumbado sobre el suelo y movía la cabeza alterado. Me acerqué hasta él e intenté tranquilizarlo, pero era incapaz de levantarse, puesto que una de sus piernas estaba rota. Maldije en voz alta mientras insistía en que se pusiera en pie, desesperada por salir de aquel infierno cuanto antes, completamente ajena al dolor innecesario que estaba causándole al pobre animal.

Ahí fue cuando lo vi. Estaba a escasos metros de donde yo me encontraba. Era un titán con la sonrisa más tenebrosa que jamás he visto. A sus pies, se encontraban Mikasa Ackerman y Eren Jaeger. Y mi sangre se heló por completo. Hannes estaba con ellos, estaba intentando salvar a los dos chicos que habían quedado expuestos tras impactar otro de aquellos titanes contra ellos. Solté definitivamente las riendas de mi caballo. Mi capitán perdió momentáneamente el equilibro en el aire. Con una de sus manos raquíticas, el titán agarró con fuerza el cuerpo de Hannes y se lo llevó a la boca, haciendo que litros de sangre y vísceras se derramaran hacia el suelo. El titán tiró, desgarrando carne y órganos, disfrutando el momento mientras su boca manchada de la sangre de Hannes mantenía aquella sonrisa. Solo quedaba la mitad de mi capitán.

Hannes estaba muerto. Mi capitán había muerto.

Un grito ahogado se escapó de mi garganta y caí de rodillas al suelo. Sin embargo, no fui la única que gritó. Eren Jaeger emitió una especie de rugido y lanzó su puño contra el titán que acababa de matar a Hannes, un acto que habría parecido ridículo de no ser porque, de repente, otro titán se lanzó contra aquel titán. Yo permanecía en shock por haber presenciado la muerte de Hannes, pero los que estaban a mi alrededor miraron sorprendidos cómo todos los titanes les ignoraban para dirigirse hacia ese titán de sonrisa tenebrosa. Se lo estaban comiendo. Esos titanes se estaban comiendo a otro titán.

—¡_ _ _ _! —Phil se acercó hasta a mí para hacerme reaccionar, pero era incapaz— ¡No puedes hacer nada por el capitán ya! ¡Debemos marcharnos!

Erwin Smith había ordenado la retirada. Phil tiró de mí y, como un fantasma, me puse en pie y me subí en su caballo. Mi compañero de las Tropas Estacionarias hizo que pasara sus manos por su cintura para que pudiera aferrarme a él y comenzó a cabalgar.

Miré hacia atrás de nuevo. Estábamos dejando atrás una gran extensión de cuerpos y miembros prácticamente irreconocibles. Sentí una punzada en el estómago y, poco a poco, mi mente comenzó a repasar todo lo que acababa de suceder. Mi insubordinación, mi ayuda a Erwin Smith, mi primer asesinato de un titán y la muerte de Hannes. El capitán no regresaría nunca a su casa y fue entonces cuando me invadió una ola de desolación. Volví de nuevo mi cabeza hacia Phil y cubrí mi rostro en su espalda, mientras comenzaba a sollozar contra él. Seguramente él estaría pasando por lo mismo que yo, pero, si lo hacía, supo mantenerse entero.

—Deja de llorar, _ _ _ _—me dijo mientras la muralla comenzaba a hacerse visible de nuevo. Sentía mis ojos hinchados, pero me era imposible detenerme—. Un soldado no debe llorar. No delante de otros.

Tenía razón. Estaba siendo patética porque estaba dejando que las emociones se apoderaran de mí. Ya habría tiempo de llorar a Hannes en la intimidad. No podía hacerlo delante de todo el mundo y menos del comandante de las Tropas de Reconocimiento.

Todos los que pusimos un pie de nuevo sobre la cima de la muralla no lo hicimos siendo los mismos. Todos habíamos cambiado en aquel proceso. Habíamos recuperado a Eren Jaeger, pero ¿a qué precio? Un número casi incontable de personas habían perdido la vida y, al final, el Titán Acorazado y el Titán Colosal se habían escapado. Atrás quedaron, siendo atacados por el resto de titanes, lo que nos dio una forma de escapar, pero dudaba que eso fuera suficiente como para detenerles. Regresarían. Regresarían a por nosotros las veces que hiciera falta.

Arriba ya nos esperaban más soldados y personal médico para atender a los heridos. Yo, afortunadamente, sentía solo mi cuerpo dolorido. Podía decir con certeza que no tenía nada, pero eso no lo podían decir otros. Me percaté, por ejemplo, de que estaban colocando a Mikasa Ackerman sobre una camilla, pero, rápidamente, mi mente se posó de nuevo sobre Erwin Smith. El torniquete no había sido del todo perfecto, por lo que había seguido derramando algo de sangre durante la misión y, ahora que podíamos volver a respirar tranquilos, toda esa adrenalina que le había hecho continuar con su trabajo se esfumaría.

Le busqué con la mirada captándole a unos metros de distancia. Comencé a avanzar hacia él, apartando ligeramente al resto de soldados que se agolpaban sobre la parte de superior de la muralla, preguntándose por qué ellos seguían vivos y otros no. Los hombres que le rodeaban se percataron de que a su comandante le faltaba un brazo y, tan pronto como terminaron de pronunciar aquellas palabras, las piernas del rubio fallaron y todos se lanzaron para agarrarle, evitando que su cuerpo tocara el suelo.

—¡Comandante Erwin!

Un silencio incómodo se estableció sobre el muro. Erwin Smith había estado dispuesto a sacrificarse por la humanidad. Podía sentir el miedo en las miradas de todos los miembros de sus escuadrones. Si él moría, no tendrían ya al líder sobre el que depositaban su confianza más ciega.

—¡Apuraos! ¡Que alguien se lo lleve!

Comencé a correr hacia ellos y pasé el brazo izquierdo de Erwin por mi cuello. Algunos de sus hombres me miraron extrañados, pero tan pronto como una de las enfermeras me habló con naturalidad se tranquilizaron.

—¡_ _ _ _! —me gritó la mujer al reconocerme. No era la primera vez que ayudaba como médico, ya que la última vez había sido en Trost— ¡Hay que ponerle sobre el carro!

Entre varios, conseguimos subirle a uno de los carruajes. Sin ni siquiera pedir permiso, me senté al lado del comandante de las Tropas de Reconocimiento y ordené que se pusieran en marcha cuanto antes. La enfermera me miró y, acto seguido, hizo un gesto al conductor del carruaje para que se pusiera en marcha cuanto antes. Erwin Smith no iba a morir, no si yo podía impedirlo.


¡Hasta aquí el octavo capítulo!

Qué penica me dio la muerte de Hannes... Aunque debido a ella, se descubre que Eren posee la habilidad de la coordenada, lo cual está bastante guay (recemos para que en los recientes capítulos del manga pueda volver a activarla).

Aún no tengo escrito el siguiente capítulo, pero los dos siguientes tengo previsto que sean de mi propia cosecha. Eso sí, puedo asegurar que en el siguiente saldrá Levi y no será un mero cameo. Van a saltar chispas xD

Muchas gracias a catherineanshaws e Isabel Valadez por vuestros comentarios. Me animáis y me dais consejos muy valiosos para seguir mejorando esta historia. Como siempre, cualquier duda, queja o sugerencia es bien recibida, ya que esta historia no es solo mía, sino también vuestra, de los lectores (y tuya también, David que sé que me lees y luego me haces esas críticas del capítulo que tanto me gustan ;).

¡Nos leemos!