IX

Cerré mis ojos, sintiendo cómo la cálida agua de la ducha se deslizaba sobre mi piel. Pasé mis manos por todo mi abdomen y me detuve en el costado izquierdo, donde todavía sentía punzadas de dolor.

Habían pasado dos días desde que habíamos recuperado a Eren Jaeger y sentía que mi vida había cambiado por completo.

Abrí los ojos bajo el agua y pasé mis manos por mi cabello, limpiando todos y cada uno de los rincones de mi cuerpo. Sentía todos mis músculos doloridos y mis ojos hinchados tras pasar horas sin dormir. Ya ni siquiera las contaba. Había habido demasiados heridos y, también, demasiados muertos cuyos cuerpos no íbamos recuperar nunca.

Me puse de cuclillas y me abracé a las piernas, intentando contener mis sollozos. No había tenido ni siquiera tiempo para llorar a mi capitán ni para ir a ver a su mujer. Una vez llegamos a las murallas, me subí a un carruaje junto a un inconsciente Erwin Smith. Como yo era la que le había hecho el torniquete, los doctores de Sina, adonde fue trasladado, me dejaron trabajar con ellos, pero lo que no sabía es que ese acto irracional que había cometido me iba a ascender a la categoría de médico. Al menos en aquella ocasión.

Nunca había trabajado tanto en mi vida. Había tantos heridos a los que atender, tantos heridos a los que salvar… Recuerdo mi uniforme lleno de sangre, un uniforme del que ya me había deshecho, pero sentía que la sangre, por más que frotaba, no salía nunca de debajo de mis uñas.

Cerré finalmente el grifo de la ducha y salí de ella para observar mi cuerpo desnudo frente al espejo. Lucía un aspecto horrible. La falta de horas de sueño había hecho que dos enormes bolsas de color negro salieran bajo mis ojos, mi piel había palidecido y, aunque los moratones por el golpe que me había llevado al caer de mi caballo estaban ya amarillentos, mis músculos se resentían por la falta de descanso. Me acerqué hasta el espejo y me palpé las ojeras. Lo poco que había dormido habían sido pequeñas cabezadas en una silla durante un par de minutos antes de levantarme y seguir tratando heridos. Pero, ahora que, tras dos días de caos, todo estaba estabilizado, sentía que no podía dormir.

Por primera vez en mucho tiempo pude volver a ponerme mi vieja ropa. Quizá no fuera la falda más bonita que tenía, pero me gustaba su color granate y tenía cierto cariño al parche de color verde botella que mi madre cosió cuando la tela terminó por rasgarse. A veces había que hacer sacrificios y prefería guardar el dinero para cosas más importantes, como la comodidad de mi hermano, que comprarme ropa nueva.

Peiné un poco mi cabello todavía mojado con los dedos y me puse la bata blanca que me habían entregado para poder tratar a los soldados heridos. Resultaba gratificante que te reconocieran como médico, aunque por dentro no me sintiera del todo como tal, puesto que nunca llegué a terminar mi formación. No obstante, el llevar aquella bata me daba cierta autoridad dentro de aquel edificio. Había sabido, por ejemplo, que Mikasa Ackerman había resultado muy herida durante la misión. La chica había terminado por agravar sus lesiones, especialmente durante el trayecto de vuelta, ya que el montar a caballo había provocado que sus costillas fracturadas se desplazaran ligeramente hacía los pulmones.

Caminé por el pasillo levemente iluminado por el fuego de las antorchas que se extendían a lo largo de las paredes. Ya era noche cerrada y solo quedaban los médicos y enfermeras de guardia, pero, aunque no tuviera por qué quedarme, llevaba mucho tiempo sin saber de Erwin Smith. Era consciente de la gravedad de su situación. Había perdido mucha sangre y, aunque yo le había realizado un torniquete, aquello no había sido suficiente. Una vez se le pasó el efecto de la adrenalina, el comandante de las Tropas de Reconocimiento perdió el conocimiento. Habían tenido que anestesiarle para limpiar la herida. Desafortunadamente, el corte había dañado severamente el hueso y los músculos, así como las venas y las arterias, por lo que habían tenido que llevar a cabo una tarea de restauración severa. El objetivo era evitar que aparecieran úlceras, permitir una buena circulación de la sangre y que no quedaran puntos de hipersensibilidad en el muñón.

Por otra parte, también era importante controlar las fiebres que sufría y evitar una posible infección de la herida. Por eso era necesario vigilarle. Según me habían contado las enfermeras, Erwin Smith alternaba periodos de inconsciencia con otros en los que estaba perfectamente al tanto de lo que sucedía a su alrededor. Sin embargo, sus despertares no duraban más de unos minutos, pues en seguida volvía a perder el conocimiento debido a la medicación.

Abrí la puerta de su habitación para hacer la sustitución cuando me sorprendí al ver cierta mirada afilada sobre mí. Erwin Smith parecía estar durmiendo y, sentado en una silla, justo al lado derecho del rubio, estaba Levi Ackerman. Tragué saliva, extrañamente incómoda por la situación y por el aspecto del moreno. Si mis ojeras ocupaban prácticamente toda mi cara, las suyas no eran una excepción, pero intenté mantenerme lo más estoica posible para hablar con él, aunque sabía que no me tenía demasiado aprecio desde Trost.

—Capitán Levi —saludé, apretando mis puños en los costados. Esperé pacientemente, pero él no respondió, sino que desvió su mirada y la posó sobre su comandante—. Creo que debería ir a descansar. Es tarde y no…

—Cierra la boca, bastarda.

Fruncí el ceño. ¿Pero con quién demonios se creía que estaba hablando? Vale, quizá la primera vez que nos habíamos visto yo no había sido la persona más agradable, pero estaba cansada de la forma en la que me trataba y me miraba, como si no fuera un ser humano. Suspiré antes de responder porque tampoco quería armar un escándalo, pero aquel tipo sacaba lo peor de mí.

—Capitán, debería descansar. Necesita dormir. Lleva demasiado tiempo aquí. Yo me quedaré con el comandante Erwin Smith.

—¿Es que estás sorda, mocosa de mierda? —Levi me fulminó con la mirada— Ponle una mano encima al cejotas y te parto la cara.

—¿Qué has dicho?

—¿Es que aparte de sorda eres idiota?

—Está bien. He intentado hacer esto por las buenas, pero tendrá que ser por las malas —di varios pasos hacia él hasta que me situé justo a su lado—. Lárgate ahora mismo de aquí. Erwin Smith es mi paciente y no quiero que, por el momento, tenga más visitas.

—¿Pero quién te has creído que…? —Levi se puso en pie, intentando intimidarme y, no lo iba a negar, mis piernas temblaban porque, a pesar de su altura, Levi era un tipo aterrador. No obstante, me sacaba tanto de mis casillas que lo único que deseaba era partirle esa cara de superioridad que tenía.

—¡Escúchame bien, enano de mierda! —mi tono se elevó más de lo necesario. Levi abrió la boca para decirme algo, pero le corté antes de que pudiera pronunciar una sola palabra— ¿Ves esto? —pregunté señalándome la bata blanca— Esto me da plenos poderes aquí dentro. ¡Soy médico! Y, si como médico, digo que te marches de esta sala, tienes que marcharte. ¿¡Me has entendido!? ¡Yo mando aquí! —apunté con mi dedo hacia la puerta— ¡Largo!

A pesar de que el rostro de Levi no cambió ni un ápice, pude notar un extraño brillo en sus ojos. De hecho, creo que de no haber sido por el lugar en el que estábamos, una habitación con su comandante intentado recuperarse de una grave herida, me habría dado una paliza allí mismo.

Finalmente, Levi pasó por mi lado sin ni siquiera rozarme y se marchó de la habitación, cerrando la puerta con un sonido seco. Yo me quedé unos segundos más de pie en el mismo sitio y me llevé la mano al corazón. Sentía cómo éste latía con fuerza, como si intentara escaparse de mi pecho, y terminé por dejarme caer en la misma silla en la que él había estado sentado. Me prometí, entonces, que jamás me pasearía por los cuarteles si podía encontrarme con el capitán Levi y que dormiría con un cuchillo bajo la almohada. En algún momento se cobraría su venganza. También podía optar por pedirle disculpas, pero, reconozcámoslo, era demasiado orgullosa como para valorar siquiera esa posibilidad.

Eché un vistazo a la cama de Erwin Smith. Coloqué un poco las sábanas y le volví a arropar, intentando que no cogiera frío durante la noche. Después, revisé el suelo y, al comprobar que se estaba acabando, rebusqué entre los cajones de la cómoda que había en la habitación y saqué una nueva bolsa que sustituí por la vieja.

Hecho todo aquello, volví a tomar asiento sobre la silla. Al otro lado había un sofá que sentía que me estaba llamando a gritos, a pesar de no tener un aspecto muy confortable. Preferí quedarme allí, de brazos cruzados, y observar cómo el pecho de Erwin Smith ascendía y descendía lentamente. No parecía tener mucha fiebre, las décimas de la mañana le habían bajado y, seguramente, dentro de poco podría estar plenamente consciente. Fue entonces cuando me pregunté cuál sería su reacción cuando fuera consciente de todo lo que había pasado, de que ya no tenía un brazo. A partir de entonces, debería aprender a desenvolverse con la mano izquierda y aquel sería un proceso duro de aceptar.

Sin ni siquiera darme cuenta, mis párpados se volvieron pesados. No sé en qué punto me quedé dormida ni cómo, pero lo hice. A decir verdad, tenía mucho miedo de lo que pudiera soñar, por eso también había estado evitando el conciliar el sueño. No obstante, en aquella ocasión no soñé nada o, al menos, yo no lo recuerdo, aunque, extrañamente, me pareció sentir mientras dormía que alguien me acariciaba el pelo. Era la misma sensación que tenía muchas noches cuando era pequeña, especialmente cuando mi padre regresaba a casa. Él me acariciaba el pelo mientras dormía o, al menos, eso era con lo que solía soñar cuando él aún vivía.

Fue entonces cuando, lentamente, comencé a abrir los ojos de nuevo. Sentía mi espalda y brazos doloridos, pero aquello era producto de la mala postura que había cogido. Debido al cansancio, había terminado apoyando mis brazos sobre la cama de Erwin Smith y mi cabeza sobre ellos mientras mi cuerpo había permanecido sentado sobre aquella silla de madera.

Cuando me percaté de lo que había sucedido, di un respingo hacia atrás. No tenía que haberme dormido. ¿Cuánto tiempo había pasado así? Dios... Mi deber era vigilar a Erwin Smith, no quedarme dormida.

Me puse en pie rápidamente, intentando despejarme, cuando noté la mirada de alguien sobre mí. Los ojos azules de Erwin Smith me observaban con curiosidad. Mi rostro palideció e, inconscientemente, intenté colocarme el pelo con mis dedos, como si aquello fuera a dar mejor imagen de mí.

—Lo-Lo siento —agaché la cabeza una y otra vez, como si hiciera una especie de reverencia a modo de disculpa—. No debí haberme quedado dormida. Es una vergüenza —me acerqué hasta su cama y puse mi mano en la frente para intentar medir la temperatura— No tiene fiebre. Eso es un alivio. ¿Necesita algo? ¿Cualquier cosa? Puedo pedir que le…

—Tranquila —Erwin Smith sonrió levemente—. No necesito nada.

Me llevé la mano al pecho. ¿Cómo podía haberme quedado dormida? Si le hubiera pasado algo a Erwin Smith, si sus lesiones su hubieran agravado, seguramente no me habría enterado y eso nunca me lo perdonaría.

—No-No debí haberme quedado dormida. Lo siento mucho. Yo…

—Siéntate —aquello sonó más como una orden, así que guardé silencio y me senté en la silla—. Deberías sentarte en el sofá, no ahí. Has debido de trabajar mucho.

—Yo, bueno… Por favor, no se lo cuente a nadie —emití una risita nerviosa—. Aunque no soy nadie para pedírselo… —me llevé las manos a la cara— Dios mío, pero qué estoy diciendo…

—No se lo voy a decir a nadie —abrí mis dedos para poder ver a través de ellos. Erwin Smith me miraba con expresión divertida, cosa que me pareció extraña, especialmente porque el rubio parecía una persona fría. Quizá todavía estuviera aturdido por los medicamentos, así que eché un vistazo al reloj que había sobre la mesa.

—Es hora de que vuelva a tomar sus medicinas, si no el muñón se infectará —me puse en pie para rebuscar en los cajones de la cómoda.

—Ah sí… Es verdad. Perdí el brazo —Erwin miró donde hacía unos días había estado su brazo derecho. Yo tragué saliva, esperando que entrara en pánico, pero, finalmente, suspiró con resignación y volvió a mirarme.

—Siento lo que sucedió, comandante.

—No lo sientas. Más lo siento yo.

Me acerqué de nuevo hasta la cama y machaqué las pastillas que debía tomarse. Después las eché un vaso que llené con agua y se lo entregué para que lo tomara. Erwin Smith hizo el amago de cogerlo con su brazo derecho, pero rápidamente fue consciente de que no lo tenía y extendió su brazo izquierdo.

—Es normal lo que acaba de sucederle. Debe acostumbrarse —le expliqué, intentando reconfortarle—. Durante un tiempo seguirá sintiendo su brazo derecho.

—Ya veo… —respondió tras beber de un trago el agua con la medicina y entregármelo de nuevo. Dejé el vaso sobre la mesa y me senté de nuevo en la silla. Aún quedaba un poco para que comenzaran a salir los primeros rayos del sol— Pusiste en riesgo tu vida —le miré interrogante—. Sé que no soy tu comandante, pero desobedeciste mis órdenes y te pusiste en peligro, soldado.

—N-No sé qué me pasó por la mente —fruncí el ceño, intentando recordar, pero mi rostro se relajó cuando vi las comisuras de los labios de Erwin curvadas ligeramente hacia arriba. No estaba enfadado conmigo, pero me resultaba incómodo que estuviera siendo tan amable conmigo.

—¿Llevas mucho tiempo aquí?

—Solo he pasado con usted esta noche, comandante. El resto del tiempo el capitán Levi no se ha separado de usted. Me ha costado mucho convencerle de que debía ir a descansar —tragué saliva. Sería mejor que le ocultara al rubio las barbaridades que le había soltado a uno de sus hombres de confianza.

—Seguramente él habría reaccionado igual que tú. No le gustó el no poder venir a la misión.

Yo asentí, aunque no sabía muy bien de lo que estaba hablando. Tenía razón. El capitán Levi no había viajado con el resto de las Tropas de Reconocimiento desde Trost para recuperar a Eren. ¿Es que le pasaba algo?

—¿Has salvado a mucha gente?

Levanté la vista sorprendida por la pregunta que Erwin Smith me acababa de formular. Me parecía que el rubio estaba intentando iniciar una conversación tras los dos días de aturdimiento y dolores que habría pasado. Simplemente era una cortesía, pero no me sentía muy cómoda hablando de forma natural con alguien que tenía un rango muy superior al mío.

—Eso creo. Tampoco estoy muy segura —me encogí de hombros—. Llega un punto en el que dejas de contarlos y solo son trozos de carne —un silencio se estableció entre nosotros hasta que fui consciente de lo que acababa de decir—. Dios, no debería haber dicho eso —me sonrojé—. Es totalmente inapropiado.

—¿Por qué te disculpas de todo lo que dices? —abría la boca para responder, pero no sabía qué decir— No me parecías ese tipo de chica cuando actuaste así para salvarme.

Tenía razón. Desde entonces había sentido como si hubiera dos personas muy diferentes dentro de mi cuerpo y ya no sabía cuál era la de verdad, si la valiente y brusca o la cobarde e inocente. Agaché la cabeza y jugueteé con mis dedos, intentando poner en orden mis pensamientos. ¿Qué demonios me estaba pasando? Sentí retortijones en el estómago.

—Todos hemos pasado por eso —continuó Erwin—. Soy el comandante de las Tropas de Reconocimiento. ¿Cuántas personas crees que fallecieron bajo mis órdenes? Es duro decirlo, pero a veces, los soldados son meros números para mí.

Sinceramente, no le estaba escuchando. Algo en mi interior se movía por dentro. Era como si necesitara desahogarme. Cerré los ojos e intenté tranquilizarme, pero mis labios se movieron solos.

—Déjeme unirme a las Tropas de Reconocimiento —susurré de repente. Erwin Smith guardó silencio y yo abrí mis ojos de par en par. Eso era. Eso era lo que me pasaba— ¡Por favor! ¡Deje que me una a las Tropas de Reconocimiento!

Erwin Smith me observó cuidadosamente, como si me estuviera analizando. Tras eso, rompió a reír, lo que me hizo sentirme ridícula en cierta manera. Había dicho todo aquello por puro arrebato, pero no podía evitar sentirme feliz por haber confesado una verdad que llevaba tanto tiempo rondándome por la cabeza. Recordé entonces mis días como recluta, mi fracaso en el examen y cómo me decanté por las Tropas Estacionarias cuando mi corazón me pedía a gritos que escogiera las Tropas de Reconocimiento. Como siempre, había escuchado a mi cabeza, pero ver a Erwin Smith en acción, ver la determinación en los ojos de Eren Jaeger cuando quiso enfrentarse solo con su puño al titán que acababa de acabar con Hannes, ver la determinación en ese niño de quince años cuando quiso tapar el agujero del muro, todo eso me había hecho darme cuenta de que eso era lo que necesitaba para poder luchar por la humanidad. Recordaba cómo en Trost había sido incapaz de moverme hasta que Eren Jaeger salió agotado de la nuca de su titán, solo él y Erwin Smith habían sido capaces de darme la motivación que tanto creía que me faltaba. El problema siempre había sido yo. Había elegido mal desde el primer momento.

—¿Por qué me estás pidiendo esto ahora? —se interesó el rubio.

—No lo sé, señor. Solo sé que es el sitio en el que deseo estar —tragué saliva antes de continuar—. Entendía que era preciso preguntárselo a usted antes porque ¿de qué me serviría unirme a su facción del ejército si usted no me quiere? Sé que no tengo ni la mitad de experiencia que sus hombres, pero haré todo lo que esté en mi mano por demostrarle que puedo unirme a la causa por la humanidad —apreté mis puños con fuerza y sentí cómo mi pecho se hinchaba por el orgullo. Eso era lo que necesitaba.

—¿Crees que iba a decir que no a alguien como tú, a alguien con tus habilidades y con tus conocimientos de medicina? Detuviste mi hemorragia con tu chaqueta y un palo.

Mis ojos se iluminaron cuando le escuché decir aquello. Tenía su aprobación, tenía la aprobación de Erwin Smith para ingresar en la Legión de Reconocimiento. Me llevé la mano al pecho, sintiendo cómo mi corazón latía a gran velocidad.

—Tendré que hablar con el comandante Pixis…

—El resto depende de él— Erwin asintió, mostrando una sonrisa comedida.

La puerta de la habitación se abrió y una de las enfermeras entró. Llevaba una bandeja con algo de comida y se acercó para tendérsela a Erwin. El comandante observó los cubiertos con cierto desosiego y sentí cierta pena por él.

—Puedo ayudarle…

—No —me cortó rápidamente—. Estoy bien. Las medicinas no tardarán en hacerme efecto y me volveré a dormir. Tu compañera puede ayudarme si yo no puedo.

—¿Está seguro?

—Deberías ir a descansar, soldado.

Eché un vistazo a mi compañera y, cuando ésta asintió con la cabeza, me permití salir de la habitación, puesto que quería asegurarme de que todo estuviera correcto. Podía haberme ido a dormir, ya que lo necesitaba, pero decidí que todas esas horas de sueño que tenía acumuladas debían esperar.

Entré en un cuarto del edificio en el que estábamos en Sina y en el que guardábamos nuestras cosas. Dejé la bata dentro de un armario y cogí la chaqueta del nuevo uniforme que me habían entregado tras regresar a las murallas. El anterior había quedado completamente inservible, pero, tras haber hablado con Erwin Smith, me alegraba de ello. No todos podían decir que habían salvado a alguien con un brazo amputado en medio de la nada. El comandante de las Tropas de Reconocimiento había insistido en eso a su manera.

Ya había amanecido cuando salí del edificio. Aún refrescaba un poco, por lo menos hasta que el sol no estuviera en lo alto. Antes de abandonar el edificio, pasé por las cocinas, de donde cogí una manzana que fui devorando durante mi camino. Hasta entonces, no me había dado cuenta del hambre que tenía, pero casi que podía escuchar mis tripas rugir reclamando más alimento que una simple fruta.

Tenía entendido que el comandante Pixis permanecía en el interior de las murallas. El hombre, al parecer, estaba esperando a que Erwin Smith despertara y estuviera en plenas facultades para poder hablar de lo ocurrido. Solo tenía que cruzar parte de Sina y preguntar por él. Cuando me recibiera, mis días en las Tropas Estacionarias quedarían atrás. No sabía muy bien cómo me iba a dirigir a Pixis ni cuál sería su reacción y, por mucho que tratara de imaginarme un posible escenario, me era imposible. Seguramente estaría demasiado cansada como para hacer funcionar bien mi cerebro. Podía haber ido a dormir, pero cuanto antes cumpliera con los trámites para el traslado, mejor. No quería arrepentirme.

—¿A qué vienes, soldado? —me preguntó un hombre alto y de cabello rojizo apostado sobre la puerta del despacho de Dot Pixis.

—Vengo a ver al comandante Pixis.

—En este momento no puede atenderte.

Chasqueé la lengua, intentando buscar palabras que pudieran convencer a aquel tipo de que se apartara de la puerta y me dejara pasar al despacho. No obstante, aquel parecía mi día de suerte y, a lo lejos, vi a la chica que siempre acompañaba a nuestro comandante. La muchacha, de media melena, caminaba hacia nosotros sosteniendo unos papeles entre sus brazos.

—Eres la soldado _ _ _ _-_ _ _ _, ¿verdad? —me preguntó con curiosidad cuando se puso a mi altura.

—Sí. Necesito hablar con el comandante —la chica abrió la boca para decir algo, seguramente lo mismo que ya me habían dicho, que estaba ocupado, así que volví a hablar antes de obtener otro 'no'—. Es sobre Erwin Smith.

Los dos soldados me miraron sorprendidos. Después, intercambiaron entre ellos miradas significativas y, finalmente, el hombre se apartó de la puerta y me hizo un gesto para que llamara. Con mis nudillos, golpeé en la fría madera hasta que escuché la voz de Pixis al otro lado, indicando que podía entrar.

El despacho de Dot Pixis estaba más ordenado de lo que me esperaba. Tenía un par de estanterías llenas de libros a la derecha y, al fondo, un gran ventanal iluminaba el despacho, presidido por una enorme mesa de madera repleta de papeles. El comandante tenía una botella de licor en la mano que dejó inmediatamente sobre la mesa en cuanto me vio, pero no pude evitar sonreír. Era igual que Hannes en ese aspecto.

—¿Qué te trae por aquí? —me preguntó con amabilidad. Yo me acerqué hasta él y tomé asiento al otro lado de la mesa.

—Erwin Smith evoluciona favorablemente, señor. Parece que ya está plenamente consciente, aunque aún las medicinas son muy potentes y necesita descansar todavía.

—Eso es estupendo. Es una gran noticia —el hombre suspiró de alivio y se dejó caer contra el respaldo del enorme butacón sobre el que estaba sentado—. Me gustaría hablar con él. En Sina se están moviendo —yo miré al hombre interrogante. Éste pronto lo notó y carraspeó. No me equivocaba, no me había equivocado en ningún momento. Nos estaban ocultando información desde el primer momento— ¿Eso es todo? —preguntó intentando cambiar de tema.

—Me temó que no, comandante —jugueteé con mis dedos, intentando poner en orden mis ideas—. Quiero unirme a las Tropas de Reconocimiento, señor —no miré a Dot Pixis a la cara cuando solté aquella frase de manera atropellada. Cuanto más rápido lo dijera, mejor.

—Vaya… Me parecía que estabas tardando demasiado en pedírmelo.

Levanté la cabeza y, para mi sorpresa, me topé con la sonrisa inocente de Pixis. El hombre tomó la botella de licor y le dio un trago para, después, volver a dejarla sobre la mesa.

—¿Qué? —fue lo único que se me ocurrió decir.

—Reconozcámoslo, _ _ _ _, eres una buena soldado. Eres disciplinada, trabajadora, entregada… Pero las Tropas Estacionarias oprimían tu libertad. Me di cuenta en Trost. Cuando te vi trabajar junto a mis hombres, ayudando a Eren Jaeger a tapar el agujero, me percaté de que estar en las Tropas Estacionarias te había cortado las alas. Hannes también lo veía.

—¿Por qué no me dijo eso nunca?

—Eras tú la que debía darse cuenta. Fracasaste en tu examen. Todo el mundo lo sabe —miré para otro lado avergonzada. Debí haber sido el hazmerreír durante mucho tiempo—. Todo el mundo hablaba de esa recluta que prometía tanto, pero que hizo el peor examen que se recuerda. Tenías dos opciones y te decantaste por las Tropas Estacionarias. ¿Crees que yo me iba a oponer? —el hombre sonrió de medio lado— Cuando te integraste, nos percatamos del potencial que tenías y que éste, por supuesto, no era tu sitio, pero creo que tanto Hannes como yo fuimos muy egoístas como para reconocerlo. Eres la única a la que parece que le gusta revisar las murallas y hacer los informes.

—No es verdad —me sonrojé—. Solo lo hacía porque era mi trabajo.

—Pero lo hacías. El resto, en cambio, nos emborrachamos y jugamos a las cartas. ¿Ves adónde quiero llegar? —Dot Pixis se echó hacia delante y apoyó los codos sobre la mesa— Sé que llevas dos días cuidando de los heridos, así que no estarás al tanto, pero he nombrado a Farman como capitán tras el fallecimiento de Hannes —el hombre hizo una pausa antes de continuar—. Para serte sincero, pensé en ti, _ _ _ _. Eres la que más se lo merecía, pero, cuando me contaron lo que hiciste fuera de Rose, comprendí que ya te habíamos perdido.

Guardé silencio. ¿Qué se suponía que debía responder a eso? No me consideraba válida aún para ser capitana, así que, en realidad, seguramente lo habría rechazado. Reí por dentro. Farman había obtenido lo que quería. Era el capitán y ahora podría disponer del resto como quisiera.

Pobres Elric y Mara…

Mi corazón se detuvo unos instantes. Hacía tres días que no veía a mis amigos. No sabía nada absolutamente de ellos y me preguntaba si estarían bien. Y Ezra y mamá… Seguramente estarían preocupados tras haberse enterado de lo que había pasado. Debía hablar con ellos y explicarles lo que había sucedido y, en especial, mi decisión.

—Espero que Farman esté a la altura, señor —respondí finalmente, poniéndome ya en pie.

—Yo también.

—¿Le importa que vaya a despedirme de mis compañeros a Klorva?

—Para nada —Pixis rió—, pero eso deberías preguntárselo a tu nuevo comandante, aunque no creo que haya ningún problema.

Asentí con la cabeza en señal de respeto y me di la vuelta para dirigirme hacia la puerta del despacho. Pero, cuando puse la mano en el picaporte, Pixis volvió a hablar.

—Espero que Erwin Smith te saque más partido que nosotros, _ _ _ _.

Una leve sonrisa se dibujó en mi rostro y abrí la puerta. Fuera estaban los dos soldados, a los que despedí con un gesto de cabeza. Los dos me observaban interrogantes mientras yo abandonaba el edificio, seguramente por la enorme sonrisa que poblaba mi rostro. Nunca me había sentido tan satisfecha conmigo misma hasta ese momento. Había tomado una decisión. No sabía si era la correcta, pero, por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba haciendo algo por mí, no por contentar o favorecer a los demás y era una sensación francamente reconfortante.

Me estiré al salir de nuevo a la calle y aspiré con fuerza. Ahora sí, estaba deseando tumbarme y descansar. Iba a dormir por días, pero ya no sería una soldado de las Tropas Estacionarias, sino de la Legión de Reconocimiento.


¡Rayis ha cambiado de facción! Se veía venir, ¿no? Pero aún le quedan muchas cosas por hacer. En el siguiente capítulo regresará a Klorva y pasarán muuuchas cosas. Drama is coming. ¿En qué escuadrón créeis que estará? A lo mejor os lleváis una sorpresa ;)

catherinearnshaws: El tema de Erwin, lo de si aún la recuerda, aún no ha sido respondido del todo, pero lo será. Tengo planeada una conversación bastante entreñable entre estos dos. Su admiración por el comandante no va a dejar de crecer. Este capítulo ha sido de mi propia cosecha y espero que te haya gustado. Es muy posible que los dos siguientes también lo sean antes de comenzar con el arco de la insurrección.

Io-chan Ao-sama: ¡Gracias por los comentarios! Ay... Y lo que te queda de enfrentamiento entre rayis y Levi jajaja Van a saltar chipas. En este capítulo alguien está empezando a marcar su territorio xD

Isabel Valadez: Por ahora aquí nadie agradece nada a nadie xD Yo pido que tengáis paciencia con la relación de estos dos. Va a haber muchos momentos de tensión, pero poco a poco van a ir descubriendo que la otra persona no es tan horrible como pensaban.

AraRavenclaw: Gracias por el comentario. Me alegro de que te guste esta historia :)

Antes de despedirme, quería comentar que este mes de junio es un poco complicado para mí. En las próximas semanas tengo unos importantes exámenes de francés y debo estudiar. También son las fiestas del sitio en el que vivo, así que no tendré tiempo para escribir. Os pido paciencia. No voy a dejar esta historia.

Por último, arfhasrhags el capítulo 82 del manga *se va a una esquina a llorar*. Técnicamente, de mis personajes favoritos, solo queda ahora Jean con vida (el otro está muerto parece T.T). ¿¡Y habéis visto su brazo derecho!? No digo más por si no lo habéis leído, no quiero haceros spoilers, pero... #PrayforArmin y #PrayforSasha

¡Nos leemos!